Comentario – Lunes XXVI de Tiempo Ordinario

Los discípulos discutían acerca de quién era el más importante.

La importancia de una persona se suele medir, según baremos sociales, por el oficio que ejerce (se considera más importante a un concejal del ayuntamiento que a un barrendero del mismo ayuntamiento), o el puesto que ocupa en una determinada institución (los puestos dirigentes suelen considerarse más importantes, quizá porque su influyo es mayor o se concede más valor a su actividad), o por la sabiduría que ha demostrado tener en un determinado campo del saber en virtud de sus enseñanzas o publicaciones, o por el poder de que aparece revestido por razón de su fuerza, su dinero o su habilidad.

La importancia que se da a una persona suele tener medidas sociales. En general, todos entendemos que hay personas importantes en nuestro mundo y que tales personas son ésas, las que los medios de comunicación social se encargan de señalar o de encumbrar.

En el fondo, en todos nosotros hay un latente deseo de ser importantes, aunque tal deseo puede verse contrarrestado por ese otro deseo de vivir en la tranquilidad que da el anonimato o de evitar los riesgos o responsabilidades que van asociados a los puestos importantes. Tras el deseo de ser importantes está la innata aspiración a ser reconocidos o a que se reconozcan nuestros esfuerzos; quizá la necesidad de ser estimados suficientemente.

Jesús, adivinando lo que pensaban –a la vez, objeto de su interés y de su estima-, se dispone a escenificar una enseñanza ejemplificante. Toma a un niño de la mano, lo pone a su lado y les dice: El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado.

Aquel niño no era precisamente una persona importante. Ninguno de sus contemporáneos le tenía por tal. Tal vez fuera importante para sus padres, pero no en razón de ninguna cualidad, sino simplemente porque era su hijo. Pero para el resto no tenía ninguna importancia. Podría adquirir importancia con el paso del tiempo, pero en cuanto niño no tenía ninguna importancia.

Pues bien, Jesús escoge a alguien sin importancia o sin relevancia, un niño, para concluir que el más pequeño (o el menos importante) de vosotros es el más importante. ¿Para quién, cabe preguntarse? Pues esa valoración o medida tendrá que establecerla alguien. En este caso, alguien que no tiene la misma vara de medir que la sociedad que cataloga a ése como pequeño o poco importante. Pero antes de llegar a esa conclusión, ha dicho a propósito del niño que el que le acoge en su nombre le acoge a él.

¿Por qué acoger a un niño en su nombre es acogerle a él? Parece obligado tener que subrayar la intención con que se acoge al niño, no sólo el hecho de acoger lo pequeño. Se trata de hacerlo en su nombre. Sólo así se le acoge a él. Y acogerle a él es acoger al mismo Dios Padre que lo envía. Una acogida lleva a la otra.

La importancia con que medimos las cosas y las personas es siempre muy relativa. Depende de los criterios de estimación. Yo puedo considerar más importante a una persona que tiene sabiduría o coraje que a otra que tiene poder, pero es cobarde y miedosa. ¿Quién mide la importancia de las cosas en último término?

No hay más respuesta que el que las ha hecho o creado. Sólo Dios puede medir la importancia de las cosas. Y él parece concedérsela a los humildes, a los que son conscientes de su propia pequeñez, aun estando dotados de grandes virtudes o dones o de grandes talentos. Y como la humildad suele estar en los pequeños… En cualquier caso, la importancia la da o la mide Dios, y él valora mucho la humildad o la sabiduría humilde, la bondad, en suma, lo que está en sintonía con su propio ser.

Demos importancia a lo que tiene importancia para Dios y no simplemente a lo que los hombres damos importancia, muchas veces fascinados y engañados por su brillo o apariencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística