Comentario – Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

La conformación del grupo de seguidores de Jesús que está en el origen del cristianismo y de la Iglesia es el resultado de unos encuentros personales que instauraron estrechos lazos de amistad y de compañerismo. San Juan nos hace saber que Jesús, tras haber determinado salir para Galilea, encuentra a Felipe y le dice: Sígueme. Aclara que Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Es probable que Felipe tuviera ya contactos con Andrés y Pedro o que perteneciera al mismo círculo de los discípulos de Juan Bautista. El encuentro con Jesús pudo deberse a estos contactos. Pero el evangelista añade, a continuación, que Felipe se encontró con Natanael, que no podía serle desconocido, y le expresó con asombro su última noticia: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret.

Para decir que habían encontrado a aquel de quien escribió Moisés, tenían que estar familiarizados con tales Escrituras. El personaje aludido era sin duda el Mesías esperado. Pues bien, Felipe manifiesta a su amigo la certeza de que el Mesías profetizado es Jesús, el Nazareno. Natanael no da crédito a esta noticia, porque entiende que de Nazaret, tierra de gentiles, no puede proceder el Mesías anunciado. De Nazaret no podía salir nada bueno. Felipe no le replica. Se limita a facilitarle el encuentro personal con el personaje en cuestión: Ven y verás, ven y tendrás ocasión de comprobarlo por ti mismo.

Cuando Jesús le ve acercarse a él, dice de él, como si le conociera de siempre: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Aquello tuvo que sonarle a Natanael a un juicio un poco presuntuoso. ¿Cómo se permitía enjuiciarle aquel desconocido que nada sabía de él? Por eso le contesta: ¿De qué me conoces para decir eso de mí? Y Jesús le muestra un indicio de sus dotes cognitivas: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Bastó esta simple indicación para que cambiara enteramente la actitud de ese israelita de verdad, íntegro, honesto, siempre con la cara descubierta, sin doblez ni engaño. Rabí –respondió-, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

Confesar a Jesús Hijo de Dios por haberle adivinado el lugar en que se encontraba antes de ser llamado por Felipe, parece excesivo. Y Jesús se lo hace notar: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y realmente llegó a ver cosas mayores, signos mayores de su poder de persuasión, de curación, de transformación. Veréis el cielo abierto –les dice Jesús- y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Verán, pues, abrirse el cielo; verán personajes celestes cortejando al Hijo del hombre. Pero también verán cosas contrarias; verán al Mesías contradicho, discutido, despreciado, rechazado, injuriado, humillado, condenado como un malhechor, crucificado, sepultado. Y en semejante visión su fe se verá zarandeada, combatida, cuestionada: Ahí tenéis a vuestro Rey, clavado en una cruz, les podían echar a la cara sus contradictores.

¿Era la amistad de estos hombres con Jesús, su fe en él, tan fuerte como para hacer frente a estos desafíos? No lo parece. Pero la fe de aquellos discípulos reverdeció con la resurrección del Maestro. Sólo este hecho (= cosamayor explica la fuerza arrolladora de una fe capaz de entregar la vida en su momento testimonial (= martirio). La amistad explica muchas cosas en la relación de aquellos discípulos con Jesús, pero no lo explica todo.

Para seguir manteniendo la fe (= confianza) en él, tuvieron que ver realmente cosas mayores, tuvieron que ver el cielo abierto para dar entrada triunfal al Resucitado de entre los muertos. Pero no cabe duda de que hubo unos contactos que propiciaron encuentros, y los encuentros hicieron surgir la amistad –esa confluencia de intereses entre diversas personas- que habría de robustecerse con el tiempo. Sólo esta amistad ininterrumpida explica la permanencia en el seguimiento, incluso en los momentos más críticos y complicados, y finalmente la experiencia de las apariciones tras su muerte y sepultura. También hoy, como entonces, la fe sigue siendo una cuestión de amistad, que depende de un encuentro personal con el Viviente. Si falta éste se hace difícil no sólo el brotar de la fe, sino hasta su propio mantenimiento.

Jesús alude en este pasaje a un cielo abierto, un cielo, por tanto, que nos deja ver sus entrañas; nos deja ver al Hijo del hombre rodeado de una corte de ángeles. Hoy celebramos la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, que no son simplemente cortesanos del séquito celeste del Hijo del hombre ya glorificado. Los nombres de estos arcángeles comparecen en los escritos sagrados tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento para referirse a personajes que intervienen en la historia sin ser humanos, a emisarios del mismo Dios que entran en contacto con los hombres para hacer funciones de guía militar, de mensajero o de médico; por tanto, enviados de Dios para cumplir un encargo en favor de la humanidad necesitada de guía o brazo protector, de mensaje de esperanza o de medicina reparadora.

Tales son las funciones reseñadas por el texto sagrado de los santos ángeles que hoy traemos a la memoria litúrgica, ángeles que están al servicio de Dios y para el bien del hombre. Sus presuntas apariencias humanas no les equiparan a los hombres. Siguen siendo ángeles, esto es, creaturas de Dios dotadas de inteligencia y voluntad y capaces de llevar a cabo ciertas tareas de parte del mismo Dios y de entrar en contacto –a pesar de su invisibilidad natural- con los destinatarios de su acción (palabras y actuaciones), esos seres humanos que viven en el espacio y el tiempo y van construyendo la historia con sus constantes intervenciones. Y si los ángeles se hacen activamente presentes en nuestra historia de salvación es preciso que les otorguemos la estimación debida y la relevancia que les concede la misma revelación. Que ellos nos protejan, nos guíen, nos iluminen y nos sanen.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística