La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LA LLAMADA DE LOS DOCE

Mt 10, 1-4; Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16

No habían pasado muchos días desde que el Señor hablara del vino nuevo y del vestido viejo. Había sido con ocasión de las disputas sobre el descanso sabático.

Quizá los discípulos no entendieron al principio lo que el Señor quería expresar con aquellas imágenes, pero su sentido era cada vez más claro: Él iba a traer un vino nuevo mejor que el viejo. No una mejor cosecha que la anterior, sino otras vides, plantadas en una tierra y bajo un sol distintos (todo el mundo). Un vestido nuevo, no uno remendado. Iba a surgir un pueblo de Dios con una organización también distinta. Las viejas estructuras no podían sostener la novedad de Cristo.

Como fundamento de ese nuevo pueblo de Dios, su Iglesia, escoge ahora a los Doce, después de una noche en oración en el monte. ¿Por qué seleccionó a estos y no a otros? Es todo un misterio. Llamó a los que él quiso (Mc). Eligió a doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios. Y formó el grupo de los doce: a Simón, a quien puso el nombre de Pedro… (Mc). Así se les llamó más tarde: los Doce. Constituirán un grupo bien determinado y completo: por eso, después de la muerte de Judas es elegido Matías para completar este número, que corresponde al de los doce Patriarcas de Israel. Los judíos se consideraban el pueblo de las doce tribus de Israel, que será reconstituido en estos términos al fin de los tiempos. El Señor les asegura que se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel[1].

Es san Lucas quien nos dice que Jesús salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración. Al día siguiente, eligió a los Doce. Es la oración de Cristo por la Iglesia incipiente.

En muchos lugares del evangelio se nos muestra Cristo unido a su Padre Celestial en una íntima y confiada plegaria. Convenía también que Jesús, perfecto Dios y Hombre perfecto, orase para darnos ejemplo de oración humilde, confiada, perseverante, ya que Él nos mandó orar siempre, sin desfallecer (cfr. Lc 18, 1), sin dejarse vencer por el cansancio, de la misma manera que se respira incesantemente.

Desde un punto de vista humano los Doce no eran, de ningún modo, personas con condiciones excepcionales; ignorantes y plebeyos, llamarían a Pedro y a Juan más tarde. Parecían tan poco relevantes que después de la muerte del Señor nadie se preocupó de ellos, a pesar de ser sus más íntimos colaboradores. Consideraron que no merecía la pena. El Señor tiene unos criterios que no siempre se corresponden con los nuestros: Llamó a los que él quiso (Mc). Y con ellos, a pesar de su ignorancia y de su falta de virtudes, llevaría a cabo su misión redentora en la Iglesia[2].


[1] Según el Apocalipsis (Ap 21, 12-14), la nueva Jerusalén tiene doce puertas, en las cuales están escritos los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel, y descansa sobre doce pilares, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

[2] Así se expresa san Josemaría al hablar de los Doce: «Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quién sería el mayor, cuando –según su mentalidad– Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo (…).

«Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios» (Es Cristo que pasa, n. 2).