Recoger los frutos

Cuando llegó la vendimia, mandó a sus criados para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía

Comentando la parábola de los trabajadores de la viña, afirmaba John Wesley que el objetivo fundamental de la parábola era mostrar que muchos judíos serían rechazados y muchos paganos admitidos.

Esta dura parábola se originó como la expresión del agudo conflicto al que había llegado Jesús con los gobernaban su pueblo, tomando después una especial significación a raíz de la destrucción de Jerusalén.

Sus líderes no habían cultivado suficientemente bien la viña de su dueño, habiéndosela robado a quien tenía derecho a ella.

La oferta hecha por Jesús, de una sociedad más fraternal, solidaria e igualitaria, tropezó con los intereses del gobierno.

Esta parábola posee un profundo sarcasmo, que resume la historia de los adalides de Israel. En el Antiguo Testamento habían comenzado como humildes inquilinos y frente a Jesús concluyen como homicidas.

Del mismo modo que la Iglesia antigua, como la de nuestros días saben que su razón de ser fiel a la misión de Jesús, que no se especifica tanto por la ortodoxia de la doctrina como por la praxis de liberación de los más necesitados.

“Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto” (Jeremías 17, 7-8)

La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos (Proverbios 18, 21)

Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto Levítico, 26, 3-4

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos (Juan 15, 8)

Les dijo Jesús esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y le echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no lo da, la cortas” (Lucas 15, 6-9).

higuera1

La parábola de la higuera estéril es una de las ocho parábolas que terminan bruscamente sin que los evangelios brinden una interpretación directa de su aplicación. En esas parábolas, Jesús dejaba al oyente sacar sus propias conclusiones.

El uso de la higuera, que simboliza al pueblo de Israel, implica que la pertenencia al pueblo de Dios, y el árbol simboliza al pecador que no da frutos de conversión.

Y es verdad que ninguna disciplina al presente, parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados (Hebreos 12, 11)

Y en El libro de los Proverbios se dice queUn corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese.

El Evangelio de Mateo relata que Cuando llegó la vendimia, mandó a sus criados para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía, pues como eran muy crueles, a uno le golpearon, a otro le apedrearon y al tercero le mataron, luego se lavaron las manos como Pilatos, y se fueron a contarle al dueño de la viña lo ocurrido.

Poema de Pedro Antonio de Alarcón

EL FRUTO DE BENDICIÓN

¡Cuántas veces fugaz la Primavera
vistió de flores mil el campo abierto,
hora tornado en árido desierto,
ni sombra ya de lo que en Mayo fuera!

En tanto aquella flor, la flor primera,
logro de afanes en cerrado huerto,
ve trocada el colono en fruto cierto,
de árboles mil semilla duradera.

¡Así la juventud! ¡Así la vida!
La que en vanos placeres se consume,
olvidada a la tarde desfallece:

en tanto que la fiel y recogida
que a un solo amor consagra su perfume,
más allá de la tumba reverdece

Vicente Martínez

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I Vísperas – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXVII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel. Aleluya.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXVI de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia; derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo. Por nuestro Señor.

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Lucas 10,17-24
Regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.» Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.»
En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a ingenuos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Mi Padre me lo ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»
Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.»

3) Reflexión

• El contexto. Anteriormente, Jesús había enviado a setenta y dos discípulos, ahora éstos vuelven y se explican. Puede constatarse que el éxito de la misión se debe a la experiencia de la superioridad, o mejor, de la supremacía del nombre de Jesús respecto a las potencias del mal. La caída de Satanás coincide con la llegada del Reino: los discípulos lo han visto al realizar la misión. Las fuerzas demoníacas han quedado debilitadas: los demonios se someten al poder del nombre de Jesús. Pero este convencimiento no puede ser el fundamento de su alegría y del entusiasmo de su testimonio misionero; la alegría tiene sus raíces profundas en el hecho de ser conocidos y amados por Dios. Esto no quiere decir que la protección de Dios y la relación con él nos sitúen siempre en ventaja ante las fuerzas demoníacas. Aquí se pone la mediación de Jesús entre Dios y nosotros: “Mirad, os he dado el poder” (v.19). El poder de Jesús es un poder que nos hace experimentar el éxito ante el poder diabólico y nos protege. Un poder que sólo puede ser transmitido cuando Satanás es derrotado. Jesús ha asistido a la caída de Satanás, aunque aún no ha sido derrotado definitivamente; los cristianos están llamados a impedir este poder de Satanás sobre la tierra. Ellos están seguros de su victoria, aunque vivan en situación crítica: participan de la victoria en la comunión de amor con Cristo aunque son probados en el sufrimiento y el la muerte. Sin embargo, el motivo de la alegría no está en la seguridad de salir indemnes, sino en el hecho de ser amados por Dios. La expresión de Jesús “vuestros nombres están escritos en el cielo” atestigua que el estar presente en el corazón de Dios (la memoria) garantiza la prolongación de nuestra vida en la dimensión de la eternidad. El éxito de la misión de los discípulos es consecuencia de la caída de Satanás, pero por otra parte muestra la benevolencia del Padre (vv.21-22): el éxito de la Palabra de Gracia en la misión de los setenta y dos, vivida como designio del Padre y en comunión con la resurrección del Hijo, es desde ahora revelación de la bondad del Padre; la misión se convierte en un espacio para revelar la voluntad de Dios en el tiempo humano. Esta experiencia la transmite Lucas en un contexto de oración: Muestra la reacción en el cielo (“te doy gracias”, v.21) y también en la tierra (vv.23-24).
• La oración de júbilo. En la oración que Jesús dirige al Padre guiado por la acción del Espíritu, se especifica que “se llenó de gozo”, expresando la apertura al gozo mesiánico y proclamando la benevolencia del Padre. Se hace evidente en los pequeños, en los pobres y en los que no cuenta para nada, porque ellos han escuchado la palabra anunciada por los enviados y de esta manera acceden a la relación entre las personas divinas de la Trinidad. Sin embargo, los sabios y doctos, en su seguridad, se complacen en su competencia intelectual y teológica. Esta actitud les impide entrar en el dinamismo dado por Jesús a la salvación. La enseñanza que Lucas pretende transmitir a cada creyente, e igualmente a las comunidades eclesiales, se podría sintetizar así: la humildad abre a la fe; la suficiencia de las propias seguridades cierra al perdón, a la luz, a la benevolencia de Dios. La oración de Jesús tiene sus efectos sobre todos los que acogen la benevolencia del Padre y se dejan envolver por ella.

4) Para la reflexión personal

• La misión de ser portadores de la vida de Dios a los demás comporta un estilo pobre y humilde. ¿Está tu vida atravesada por la vida de Dios, de la Palabra de gracia que viene de Jesús?
• ¿Tienes confianza en la llamada de Dios y en su poder, que busca manifestarse a través de la simplicidad, de la pobreza y de la humildad?

5) Oración final

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en amor con los que te invocan;
Yahvé, presta oído a mi plegaria,
atiende a la voz de mi súplica. (Sal 86,5-6)

Viñas y cepas escogidas

1.- Desde el día de nuestro Bautismo, todos y cada uno de nosotros, formamos parte de la gran viña del Señor. Unos damos vino dulce, otros con más grado, otros con menos y otros –a veces– puede que hasta un poco avinagrado.

–Vino Jesús, y como dice Juan en su prólogo, todavía muchos no nos hemos enterado de que sigue viniendo y regándonos sin medida. Que nos cuida para crezcamos y maduremos.

–Vino, el Señor, y en muchas ocasiones –consciente o inconscientemente- le apedreamos, lo alejamos de nuestra existencia. Como mucho, le permitimos, que una vez a la semana, trabaje nuestras almas, consolide los sentimientos de nuestro corazón, eleve nuestro espíritu. Pero ¿esto es suficiente?

2.- Uno cuando mira el panorama de la cruda realidad social y política que nos acecha, llega a pensar que, el evangelio de los viñadores homicidas, tiene especial vigencia y relevancia en nuestra tierra española. Una tierra mimada (católicamente hablando), plantada en medio del mundo como punto de referencia en la práctica cristiana, en el envío de miles de misioneros, en un rico patrimonio histórico (difícilmente de entender al margen del cristianismo) pero en la que, últimamente, los vientos no están muy a favor de cavar y fomentar raíces cristianas.

–Padres a los que se arrendó el crecimiento espiritual de los hijos han flaqueado (cuando no boicoteado) ese intento.

–Políticos que crecieron al amparo y sudor de los centros católicos, son ahora incomprensiblemente los primeros en arrebatar y negar ese mismo derecho a otros padres.

–Todo lo que huela “a viña del Señor” es apartado (cuando no fumigado) injustamente o tratado con cierta frivolidad en muchos medios de comunicación social. Es así. No nos debemos ni amedrentar ni asustar. Ocurrió, ocurre y ocurrirá.

3.- No es que Dios se aleje del hombre, es éste quien sintiéndose dueño y hacedor de todo, arrambla con todo lo que haga falta para crear otra moral, otra ética y un mundo de falsos ideales. ¿El resultado? Posiblemente la incapacidad, en un futuro inmediato, de vivir el hombre al lado de otro hombre.

La incredulidad, la religión a la carta, el consumo sistemático de sacramentos (pero sin trascendencia en la vida cotidiana) a cobardía a la hora de defender nuestras convicciones religiosas (que como buena viña tan buenos vinos ha dado a Occidente), etc.,son muchas formas de dejar morir esa fe plantada al borde de nuestro camino, en el inicio de nuestra vida, en los siglos de nuestra historia, por aquellos evangelizadores que tuvieron siempre muy claro que, el dueño de todo, era y sigue siendo Dios.

4.- ¿Seremos capaces de rechazar, con nuestro silencio o nuestra sistemática condescendencia, aquello que Dios quiere y propone para nuestro pueblo?

Nuestra nación, familia, parroquia, amigos, matrimonio, catequesis, grupos… son viñas y cepas escogidas, plantadas y mimadas por el Señor. Desde la Iglesia, como buena torre y vigía del Señor, todos los domingos en cada Eucaristía nos cuida, nos riega, nos alimenta, nos poda y nos abona con su gracia.

Que aquello que escuchamos en la Palabra de Dios, y a lo que la misma Iglesia nos exhorta, lejos de caer en saco roto (seriamos un poco homicidas de los sueños de Dios) sea un motivo de gratitud por su presencia, su protección y su fuerza.

Javier Leoz

Comentario – Sábado XXVI de Tiempo Ordinario

Al regreso de los setenta y dos discípulos de la breve misión encomendada por Jesús, expresan su contento por la experiencia. Y es que hasta los demonios se les sometían al pronunciar el nombre de Jesús. Era una experiencia de dominio. Habían gustado realmente el poder de que disponían para someter las fuerzas del mal, y esto les llenaba de satisfacción, quizá más por el poder (erótica del poder) que por el efecto benéfico logrado en todos aquellos en los que el maleficio cedía terreno.

Jesús parece confirmar esta apreciación de sus discípulos cuando les dice: Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Y a continuación: Os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Por tanto, su experiencia no había sido un espejismo. Realmente disponían de potestad para pisotear el ejército del enemigo. Pero su contento no debían ponerlo ahí, sino en otra cosa. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.

En esta inscripción deben (y debemos) poner su alegría. Es verdad que todavía no están en el cielo y no pueden disfrutar, por tanto, de esa estancia, pero sí pueden alegrarse porque disponen al menos de una inscripción en el reino de la bienaventuranza que les permite vivir esperanzados. Nuestro principal motivo de alegría no debe estar ni en nuestro poder (aunque sea un poder recibido de Dios), ni en nuestra actividad (aunque ésta sea una actividad tan noble y benéfica como la de extirpar el mal o la de la evangelización), sino en que nuestros nombres están grabados en el corazón de Dios, en que moramos en ese corazón como sus predilectos o al menos como sus dilectos. Ahí debe radicar nuestra alegría: en la conciencia de que Dios nos ama o por eso nos reserva un lugar junto a sí, en el cielo.

La alegría en la que vivía Jesús le venía del Espíritu Santo. Lleno de esta alegría exclama: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Este sí es un motivo de alegría suscitado por el Espíritu Santo: gozarse con las acciones de Dios que esconde a los sabios y entendidos lo que revela a la gente sencilla. Este proceder divino que dificulta el conocimiento a los engreídos en su sabiduría y lo facilita a los sencillos es un inmenso motivo de alegría para el que está lleno del Espíritu de Dios.

Cristo ha constatado que su mensaje ha sido mejor acogido por los sencillos que por los que creen saber más que él de estos asuntos, los asuntos del Reino. Son precisamente los escribas (entendidos en las Sagradas Escrituras) y fariseos quienes más resistencia han plantado a su mensaje. Esta actitud de complacencia en su propio saber les ha privado del conocimiento que Dios quería revelarles por medio de su Hijo; en cambio, los sencillos, desde la conciencia de su propia ignorancia, lo han aceptado con extrema facilidad. El resultado es que Dios se ha revelado a éstos ocultándose a los otros. Pero no porque haya decidido caprichosamente discriminar a los primeros, negándoles la participación en este conocimiento, sino porque su actitud les ha cerrado al don divino. Pero, Jesús, que sintoniza enteramente con este modo de proceder, se alegra y da gracias al Padre porque ha colmado a los sencillos de sus dones, precisamente porque son sencillos, esto es, porque se dejan donar. Porque en este ámbito siempre será verdad que nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.

El Hijo es el único medio para conocer al Padre. Y pretender seguir otra vía de conocimiento o acceso al Padre es una pretensión inútil. Nadie conoce al Padre si el Hijo no se lo da a conocer; porque el único que conoce de verdad al Padre es el Hijo. Saltarse esta mediación es condenarse al desconocimiento de Dios.

Por eso es tan necesario ser sencillo, tener un corazón dócil, aceptar la verdad que nos llega por la revelación del Hijo: no una verdad conquistada con nuestro esfuerzo, sino una verdad recibida con humildad. Si lo hacemos así, seremos dichosos, porque alcanzaremos a ver lo que todo hombre ansía ver, lo que muchos profetas y reyes desearon ver y no vieron, lo que nosotros mismos deseamos ver ahora y no podemos porque vivimos en el tiempo de la fe. Lo que sí podemos es alegrarnos con esta revelación que nos presenta a Dios como Padre y nos hace sentirnos hijos amados de Dios. Este amor paternal se convierte en la garantía de nuestra futura bienaventuranza, porque nos sitúa ya en el cielo como inscritos. Aún no podemos gozar de esta estancia, pero sí al menos esperar el momento del gozo amparados en nuestra inscripción. Ésta se presenta como una garantía de posesión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

64. La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera.

Malos labradores

1.- «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña» (Is 5, 7) Hombres del campo que viven y mueren pegados a su tierra. Ellos pueden comprender mejor que nadie el contenido de este gran poema del profeta Isaías: Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. Tierra roja y cepas verdes, tierra limpia de hierbajos y bien arada. Días y días de trabajo, bajo el sol o bajo la lluvia. La entrecavó, la descantó. Levantó en medio una atalaya y construyó al lado un lagar. Y esperó que todo aquel trabajo recibiera su justa recompensa.

Dios se vale de comparaciones asequibles para cuantos le escuchan. A través de estas palabras nos quiere recordar cuánto hizo por Israel, la viña elegida y querida. No obstante, sus palabras pueden ser aplicadas a cada uno de nosotros. Sí, con cada uno de nosotros Dios ha repetido la historia y puede entonar también ese canto de amor dolorido. Él se ha volcado en nuestra vida, nos ha mimado a lo largo de los años. Se ha desvivido con la solicitud con que un campesino cuida a su viña. Y al cabo de tanto tiempo y de tanto amor, Dios ha esperado nuestra respuesta con la misma ilusión con que el labrador espera los frutos de su viña.

«… esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos» (Is 5, 7) Desilusión amarga. En lugar de uvas, la viña sólo dio agrazones. Hojarasca y pámpanos verdes y agrios… Israel devolvió a Dios desprecio y rebeldía a cambio del inmenso amor que había recibido. Como tú y como yo hemos pagado con indiferencia la ternura infinita del Señor. Y en lugar de frutos de santidad, hemos dado hojas y ramas secas.

«¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré lo que voy a hacer con mi viña: Quitaré su valla para que sirva de pasto, derruiré su tapia para que la pisoteen…». Lo que era una tierra prometedora se convertirá en un erial intransitable. Las palabras de Dios brotan heridas, son un triste lamento que suena con la violencia de un grande amor burlado…

Espera un poco más, Señor. Ya no queremos separarnos de ti. Deseamos responder con amor a tu infinito amor. Ya estamos arrepentidos. Espera un poco más. Y tu amor realizará el milagro de cambiar los pámpanos, verdes y agrios, en apretados racimos de uva dorada y dulce.

2.- «Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste» (Sal 79, 9) Una vez más el lenguaje divino se nos hace humano. De nuevo la santa Madre Iglesia aplica a las realidades humanas la luz divina. Y así, entrado ya el otoño, cuando todavía en algunos lugares se vendimian las viñas, la Liturgia nos trae el recuerdo de este salmo que habla de una vid trasplantada por Dios, cultivada con esmero y sacrificios, pero ingrata a los cuidados divinos, pues en lugar de uvas dio agrazones.

Ya el profeta Isaías dedicó, como acabamos de ver, uno de los más bellos poemas a la historia de un labrador que plantó una viña con tal ilusión que inspiró al poeta un bello canto de amor dolido. ¿Qué más cabía hacer por mi viña -se dice-, que yo no haya hecho? En efecto, la plantó en un fértil collado, la entrecavó, la descantó, puso buenas plantas, construyó una cerca y una atalaya con un lagar para defenderla y estar siempre pendiente de ella.

Así actuó Yahvé con su pueblo y así actúa el Señor con cada uno de nosotros. Nos elige entre otros mejores que nosotros, nos da a manos llenas la vida, la natural y la sobrenatural, se nos da a sí mismo en la Eucaristía, más inerme que en la cruz donde murió de amor por nosotros. Bien puede decirnos el Señor, con acentos de honda queja: ¿Qué más cabía hacer?

«¿Por qué has derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?» (Sal 79, 13-14) El pueblo de Israel, paradigma y ejemplo vivo de nosotros mismos, fue desleal con Dios, rompió la alianza pactada, se olvidó de sus compromisos, volvió la espalda a quien todo se lo debía. La viña soñada, en lugar de dulces uvas dio pámpanos agrios. Entonces la ira de Dios se desbordó lo mismo que las aguas de un río tras la tempestad.

El labrador derribó la cerca y la torreta vigía, el huerto cerrado se hizo campo abierto a ladrones y alimañas, los cardos y las zarzas crecieron libremente. Israel quedó borrado del mapa durante siglos y siglos, portando sobre sus espaldas el escarmiento de los demás. Israel, como una lección permanente que atraviesa dolorida las páginas de la Historia.

Vamos a reflexionar un poco, vamos a volver de nuevo nuestros ojos hacia el Dios del perdón. Digamos humildemente, con el salmista: «Dios de los ejércitos, vuélvete; mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú la hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti, danos vida para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

3.- «Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones» (Flp 4, 7) Nada os preocupe, nos dice hoy Dios a través de San Pablo. Y cuando realmente hay motivos para preocuparse, no hay más que recurrir al Señor, seguros de que él nos solucionará de la mejor forma nuestros problemas, persuadidos de que incluso cuando parece que nada se soluciona, en realidad esa misma carencia de solución es la auténtica solución. Por tanto, en todo momento hemos de recurrir a Dios y desechar así toda zozobra

Entonces, sigue el Apóstol, la paz de Dios, que sobrepuja todo cuanto uno puede imaginar, custodiará nuestros corazones de toda pena o congoja. Tengamos muy en cuenta que los deseos del Señor para nosotros son de paz y no de aflicción. Es lógico que sea así, supuesto que él es nuestro Padre Dios, bueno y poderoso, infinitamente sabio y lleno de compasión.

Cuántas veces nos recuerda el Señor que estamos llamados al optimismo, a la esperanza cierta, a la alegría serena y permanente. Pensemos con detenimiento, en todo esto, desechemos en consecuencia cualquier sombra de tristeza o de preocupación.

«Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra» (Flp 4, 9)Con esa a actitud de confianza filial y ese talante de buen humor, hay que enfrentarse con el acontecer de cada día, y superar las grandes o pequeñas dificultades que nos puedan sobrevenir. Para ello hemos de tener en cuenta el lado positivo y bueno de las cosas y de las personas, fijarnos en lo que es verdadero, justo y noble, amable y digno de alabanza, virtuoso y meritorio.

Y al mismo tiempo esforzarnos por poner en práctica cuanto hemos aprendido de nuestros mayores en la fe, lo que hemos recibido como un tesoro que hay que custodiar y aumentar con el empeño personal de cada uno. Traer a la memoria la figura y la palabra de Cristo, y tratar de encarnarlo en nuestra propia vida. Hemos de ser conscientes de que no basta decirse o parecer cristiano, hay que poner empeño en serlo. Sólo así, luchando por ser fieles al Señor, el Dios de la paz estará con nosotros.

4.- «Había un propietario que plantó una viña…» (Mt 21, 33). La parábola tiene un marcado sabor veterotestamentario. Recuerda sobre todo el canto de amor a la viña, que recoge la primera lectura de hoy. Toda la historia de los amores de Dios con su pueblo está resumida en estos pasajes. El Señor, dueño del universo, se había reservado una porción de la Humanidad para sí. Lo refiere el libro del Éxodo, antes de narrar la alianza del Sinaí, que selló Yahvé con los hijos de Israel, liberado del poder de Egipto y caminando entonces por el desierto hacia la tierra de promisión.

El Señor había cuidado con esmero a los suyos, les había enviado hombres con poder para salvarlos de sus enemigos, aquellos pueblos vecinos que los acosaban, o para ayudarles en sus guerras para conquistar la tierra de Caná. No hubo desgracia que no encontrara su alivio en Yahvé.

Pero Israel no correspondió a tantos desvelos, no se sometió al poder de Dios, no obedeció sus mandatos, ni reconoció a los que en nombre de Yahvé les advertían de su conducta depravada. Al contrario, en lugar de atender a sus palabras, los despreciaban o les amenazaban, les hacían callar con la violencia. Cuando Jesús recordaba esto, al acercarse en cierta ocasión a Jerusalén, no pudo contener las lágrimas y se echó a llorar sobre aquella ciudad, tan querida y tan ingrata.

La serie de atropellos llegó al culmen cuando rechazaron violentamente a Jesucristo, el Hijo del Dios Altísimo, crucificándolo en una cruz. Cumplieron así la profecía que vaticinaba que los constructores rechazarían la piedra angular, desechándola como inservible. Jesús les hace ver lo que estaba ocurriendo, y lo que ocurriría luego si seguían rechazándolo. Pero estaban obcecados, el orgullo los tenía ciegos. Al final llevarían a cabo sus designios de odio y de envidia. Arrastraron al Hijo de Dios fuera de la viña, a la salida de la Ciudad Santa, y allí lo colgaron entre el cielo y la tierra, a la vista de todo el pueblo, la viña elegida.

Antonio García Moreno

Canto al amor irreflexivo

1.- Esta parábola sienta en el banquillo de los acusados a los representantes religiosos del pueblo judío y a todo su pueblo. A través de los siglos Dios ha enviado a sus mensajeros y de esos profetas tan conocidos como Amos, Miqueas, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Zacarías fueron asesinados como en la parábola. Y el último enviado por Dios, Jesús el Hijo, fue echado fuera de Jerusalén y ajusticiado a petición de ese mismo pueblo. Por eso pierde el privilegio de pueblo escogido y se le da a otros viñadores que den fruto.

2.- Pero yo diría que la parábola es un canto al respeto de Dios al hombre y de su amor irreflexivo. Si so habéis dado cuenta todo sucede en la viña en ausencia del dueño de ella. Dios está ausente, pero eso no significa que no le importe el problema, ni que evada sus responsabilidades, ni que deserte de su posición de dueño de la viña.

Significa un incompresible respeto al hombre. Dios toma en serio al hombre y le deja actuar. No hace de él un robot. No interviene inmediatamente en escena, como hubiéramos hecho nosotros, que al primer rechazo de los viñadores y a su violenta oposición nos hubiera faltado tiempo para enviar a la policía autonómica, a la nacional y a la guardia civil

Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Muy lejos está Dios de pensar como nosotros. Dios espera siempre. Dios confía siempre. Dios nunca muestra su orgullo ofendido.

3.- De Dios sabemos algo de su infinita sabiduría, de su poder invencible, de su majestad infinita, pero cuando se trata de su amor estamos perdidos, no entendemos nada. Cuando el amor de dios entra en juego, el Dios de los Ejércitos, el Dios Creador de todas las cosas, el que tocando los montes con un dedo los convierte en humo, ese Dios desparece y queda entre nosotros el Dios débil, el Dios Niño, el Dios marginal, el Dios al que tantas veces tomamos por payaso, el Dios irreflexivo, imprudente. Hubo un Rey Prudente en España. Nosotros tenemos un Dios Imprudente.

4.- Los viñadores apalean y matan a los primeros mensajeros. Y Dios vuelve a enviar otros y otros y otros. Y cuando los matan a todos “envía al que le queda, a su hijo querido” El que le queda. Da la sensación de que Dios se ha vaciado de todo en favor del hombre. Lo ha hecho todo. Ha enviado todo. Y no le queda más que el Hijo. Ya no tiene más que hacer ni enviar. Dios se queda en la miseria, pobre y vacío. Y Dios envía al Hijo todavía esperando y confiando en el hombre.

Un Dios que se empobrece y vacía por un ser tan miserable como el hombre… ¿hay un amor más irreflexivo e imprudente? ¿Podemos nosotros entender un amor tan grande? ¿O es que no nos atrevemos a admitirlo porque exigiría demasiado de nosotros? Podemos imitar a Dios en otras cosas, pero en su amor imprudente es demasiado para nosotros.

Aunque hay viñadores que no son de nuestra viña que lo han imitado, es una de tantas escenas del hambre en el mundo. Dos esqueletos vivientes tumbados en la arena del desierto. La fría noche ya está encima. La madre se quita la manta y la echa encima del hijo moribundo de hambre, sabiendo que al amanecer ella habrá muerto de frío, pero el hijo aun vivirá.

¿Entregará el Señor nuestra viña a esos viñadores que entienden a nuestro Dios Imprudente?

José María Maruri, SJ

Jesús profetiza su muerte

1. La imagen de la viña y campo del Señor, el pueblo de Dios, esta relacionada a la primera y tercera lecturas. La pregunta fundamental del texto es: ¿qué más puede hacer Dios por su pueblo que no haya hecho? Y, dice el texto, el pueblo le ha pagado a Dios esos cuidados con traiciones y malos frutos.

En la segunda lectura continúa la carta de san Pablo a los cristianos de la comunidad de Filipos. El apóstol nos exhorta a poner por obra todo lo enseñado y predicado por él y entonces, dice, “viviremos en la paz de Dios”. Nos pide Pablo tener en cuenta todo lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro y amable, todo lo que es virtud o mérito. Los cristianos no necesitaríamos discutir nuestra fe con nadie, para convencerlo, si nuestra vida fuera como Pablo nos lo pide. No convencemos a nadie porque lo que decimos creer lo desmentimos claramente con las obras de nuestra vida diaria. Se trata de poner por obra lo que hemos aprendido de memoria; el cristianismo no es para saberlo, sino para vivirlo.

2. Apartándose de lo que Isaías dice en la primera lectura de la liturgia eucarística de este domingo, Jesús no habla de la viña sino de los viñadores. Lo que originalmente había sido una parábola, fue convertida por Mateo en una alegoría en la que la viña es Israel; los inquilinos son los sacerdotes, los letrados y los “ancianos” o senadores ; Dios es el dueño de la viña ; los profetas aparecen como sirvientes enviados por el dueño, y Jesús queda como el hijo del dueño de la viña.

Lo que el evangelista Juan resume con la frase de “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que lo recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios”, aparece en esta alegoría retratado en forma de cuento. Es lo mismo que ya Jesús había explicado en otra forma diciendo que el hijo que había dicho “sí” a su padre luego no hizo lo que el padre quería y que el hijo que primero había dicho “no” a su padre había acabado haciendo lo que el padre quería y por ello tenía la prioridad para entrar en el Reino de Dios, y Jesús aludía expresamente a las prostitutas y a los publicanos.

Jesús viene a decir, de hecho, que la Buena Nueva del Reino se le anunciará al pueblo sencillo, a los desposeídos, y no a los dueños de todo en Israel. Y termina proclamando algo que tiene que haber sonado como terrible en los oídos de los judíos: Que el mensaje del Reino se dirigiría ahora a otro pueblo, a los no-judíos, puesto que los judíos no habían querido recibirlo.

3. La resurrección de Jesús lo convierte en la piedra angular, la piedra esencial, del templo vivo de Dios, la comunidad cristiana. Sólo Jesucristo lo es y nadie puede poner otra piedra angular, fundamental y decisiva que la que Dios mismo ha puesto. Esa referencia a Jesús como piedra angular aparece en varios escritos del Nuevo Testamento.

Jesús había profetizado para sí mismo la muerte que habían tenido todos los profetas. Para ello no hacía falta sino conocer la historia de Israel y la mentalidad del ser humano. Quien habla y obra como Jesús morirá como Jesús; eso no sólo hace dos mil años, sino también en nuestro siglo y entre nosotros.

En la parábola que aparece en el Evangelio se habla en forma simbólica, típica del lenguaje apocalíptico, de la muerte y resurrección de Jesús: El hijo del dueño de la viña ha sido muerto, pero la piedra rechazada por los arquitectos ha venido a ser la piedra principal de todo el edificio. El que muere como Cristo tendrá, pues, derecho a una resurrección como la de Cristo. Quien hace la voluntad del Padre no sólo es padre, madre y hermano de Jesús, sino, como Jesús y con Jesús, es también piedra angular del templo vivo de Dios.

Con ese relato evangélico se estaba justificando el por qué el Evangelio, la Buena Nueva, se ofrecía a los pobres, a los pecadores, a los que no llenaban las condiciones, a los otros pueblos de la tierra. Se dice a los judíos: Los arrendatarios de la viña del Señor y jefes del pueblo, no han querido, se han negado, han acumulado una lista vieja de rechazos a las invitaciones continuas de Dios, han rechazado al último mensajero, han llenado el vaso hasta derramarlo; por eso Dios va a dar su viña a otros, va a entregar la bandera de la salvación a otros para que otros la lleven.

Antonio Díaz Tortajada

El riesgo de defraudar a Dios

La parábola de los «viñadores homicidas» es tan dura que a los cristianos nos cuesta pensar que esta advertencia profética, dirigida por Jesús a los dirigentes religiosos de su tiempo, tenga algo que ver con nosotros.

El relato habla de unos labradores encargados por un señor para trabajar su viña. Llegado el tiempo de la vendimia sucede algo sorprendente e inesperado. Los labradores se niegan a entregar la cosecha. El señor no recogerá los frutos que tanto espera.

Su osadía es increíble. Uno tras otro, van matando a los criados que el señor les envía para recoger los frutos. Más aún. Cuando les envía a su propio hijo, lo echan «fuera de la viña» y lo matan para quedarse como únicos dueños de todo.

¿Qué puede hacer el señor de la viña con esos labradores? Los dirigentes religiosos, que escuchan nerviosos la parábola, sacan una conclusión terrible: los hará morir y traspasará la viña a otros labradores «que le entreguen los frutos a su tiempo». Ellos mismos se están condenando. Jesús se lo dice a la cara: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

En la «viña de Dios» no hay sitio para quienes no aportan frutos. En el proyecto del reino de Dios que Jesús anuncia y promueve no pueden seguir ocupando un lugar «labradores» indignos que no reconozcan el señorío de su Hijo, porque se sienten propietarios, señores y amos del pueblo de Dios. Han de ser sustituidos por «un pueblo que produzca frutos».

A veces pensamos que esta parábola tan amenazadora vale para el pueblo del Antiguo Testamento, pero no para nosotros, que somos el pueblo de la Nueva Alianza y tenemos ya la garantía de que Cristo estará siempre con nosotros.

Es un error. La parábola está hablando también de nosotros. Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. También ahora Dios quiere que los trabajadores indignos de su viña sean sustituidos por un pueblo que produzca frutos dignos del reino de Dios.

José Antonio Pagola