Autonomía y docilidad: un falso dilema

No parece probable que esta parábola –al menos tal como ha llegado hasta nosotros– fuera pronunciada por Jesús. Se trata, más bien, de la lectura que hicieron aquellas comunidades a partir de los hechos ocurridos, tratando de responder a una cuestión absolutamente crucial para ellas: ¿cómo explicar la muerte de Jesús?, ¿cuál ha sido su sentido y cuáles sus consecuencias?

Con esta parábola –que aparece en los tres evangelios sinópticos– intentan explicar lo acontecido, y lo hacen en clave cristológica (¿quién es realmente Jesús?) y en clave eclesiológica (¿quiénes somos nosotros?). A través de la parábola responden: Jesús es el Hijo, “la piedra angular”, y nosotros, las comunidades nacidas a partir de sus seguidores, somos el “nuevo pueblo” elegido.

La parábola presenta a Dios como un “propietario” que “arrienda” su campo a unos trabajadores. Tal imagen de la divinidad que, en aquel contexto cultural y en el paradigma en que se movían, era asumida sin dificultad, chirría notablemente para la consciencia moderna hasta producir rechazo. Se rechaza lo que para esta consciencia aparece como proyección y heteronomía.

 Es claro que, al nombrar o pensar a Dios, la mente no puede sino crear una proyección a medida de sus propias experiencias y de las creencias recibidas. Y es comprensible que, en aquella cultura, se presentara a Dios como un “señor todopoderoso” que imponía su voluntad “desde fuera”.

La modernidad, celosa de la autonomía, se rebela con fuerza contra cualquier forma de heteronomía, que entiende como sometimiento e infantilismo. Y la postmodernidad, defraudada por los “grandes relatos”, sospecha de cualquier construcción mental sin apoyo en una realidad verificable.

Con todo, más allá de esa doble crítica, la raíz de aquellas trampas habría que buscarla en la idea de la separación. Tal como lo veo, todo dios pensado y separado no puede ser sino un constructo mental, una divinidad creada a imagen y semejanza de la propia mente que la crea, con sus miedos y sus necesidades, sus expectativas y sus fantasmas, sus culpabilidades y sus anhelos.

Pero Dios no puede ser pensado –en nuestra mente solo caben objetos, por lo que tenía razón la mística beguina Margarita Porete cuando afirmaba que “no hay otro Dios que aquel del que nada puede pensarse”– y tampoco puede ser separado –no existe nada separado de nada–. La idea de separación, generada por la mente que ve la realidad como una suma de objetos separados, y asumida de manera acrítica, supone un error de partida que vicia toda propuesta.

Todo se modifica radicalmente cuando comprendemos aquello que dijera el místico Maestro Eckhart, en el siglo XIII: “El fondo de Dios y mi fondo son el mismo fondo”, es decir, cuando no imaginamos a Dios como un ser separado, sino como aquello inefable –no impersonal, sino transmental y transpersonal– que constituye el fondo último, la mismidad de todo lo que es, nuestra última identidad.

En esa comprensión, todo encaja. La autonomía –proclamada por la modernidad, aunque con frecuencia entendida de manera egoica, es decir como si fuera prerrogativa del ego, que se plasmaría en la expresión: “yo hago lo que me da la gana”– no significa seguir el propio capricho, sino docilidad y fidelidad a lo que somos en profundidad.

Para la mente analítica o absolutizada, “autonomía” y “docilidad” aparecen como actitudes contradictorias y mutuamente excluyentes. Sin embargo, desde la comprensión no-dual se advierte que se trata de la misma actitud, vista desde dos ángulos diferentes. No solo no hay oposición entre ellas, sino que se reclaman mutuamente. Se trataba, por tanto, de un falso dilema, como tantos otros que crea –y en los que se pierde– la mente.

“Autonomía” y “docilidad” no son actitudes opuestas sino, en una admirable paradoja, las dos caras de la misma actitud. Porque no soy más autónomo cuando sigo los dictados del ego –ahí soy esclavo de sus apetencias y adicto a sus necesidades–, sino cuando vivo en coherencia con quien realmente soy. Y tampoco soy más dócil cuando me someto a cualquier referencia externa o separada. La persona sabia es dócil en todo momento a lo que somos –a la vida, a nuestra identidad profunda– y, en ese movimiento, es plenamente libre y autónoma. Porque ha comprendido que no somos el yo separado, sino la vida que se está experimentando en este yo.

¿Cómo entiendo y vivo la autonomía?

Enrique Martínez Lozano

Anuncio publicitario

II Vísperas – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Llamados a cuidar la viña de Dios

De nuevo Mateo nos presenta a Jesús invitando a sus oyentes a imaginar una historia y reaccionar ante lo que en ella acontece. Este relato se situ en los acontecimientos que se desarrollan en Jerusalén y que terminarán con la crucifixión de Jesús.

Desde su llega a Jerusalén (Mt 21) Jesús vive un conflicto abierto con las autoridades religiosas que cuestionan su autoridad y su mensaje. La parábola que recordamos hoy forma parte de la conversación que él tiene con los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo dentro del recinto del Templo (Mt 21, 23) y que está unida con la que escuchábamos el domingo pasado (Mt 21, 28-32) y que continuará en el capítulo siguiente (Mt 22) .

Escuchad esta otra parábola

La parábola presenta a un señor que arrienda una viña a unos campesinos y cuando envía a sus empleados a recoger la parte de la cosecha que le corresponde por el arriendo, los labradores reiteradamente se niegan a entregarle su parte y lo hace de forma violenta, matando a los emisarios. El hecho de que ricos terratenientes, que vivían en las ciudades, arredraran a campesinos sin tierras sus propiedades en el campo a cambio de parte de la cosecha era una situación frecuente en la Palestina del siglo I. Una realidad que no sería dramática para el arrendatario sino estuviese agravada por los impuestos que debían de pagar tanto en forma de diezmos a los sacerdotes como de tributos al Roma y a Herodes y que apenas les permitía quedarse con un mínimo para sus sustento y el de sus familias. Esta carga económica suponía con frecuencia un progresivo endeudamiento de los campesinos que podía llevarlos a la pobreza absoluta incluso a la esclavitud.  Esta situación generaba cada vez mayor inestabilidad social produciéndose diversos movimientos campesinos en contra de los abusos de las elites o de los romanos.

Partiendo de este contexto conocido, Jesús desafía a sus oyentes a identificarse con los viñadores homicidas revelándoles así que es consciente de que su vida está amenazada porque ellos, como líderes religiosos de Israel, están actuando como los arrendatarios de la parábola. La alusión a la viña evoca textos proféticos de Isaías y Jeremías reforzando así su denuncia de la tradición que ellos están cometiendo contra la alianza que Dios hizo con Israel:

“La viña del Señor todo poderoso es el pueblo de Israel…Esperaba de ellos derecho y no hay más que asesinatos, esperaba justicia y solo hay lamentos” (Is 5,1-7)

“Yo te había plantado como viña selecta, llena de las mejores cepas. ¿Cómo te has convertido en cepa degenerada?” (Jr 2,21).

De este modo Jesús se identifica con el Hijo de la parábola y actualiza en su propia vida la memoria profética de Israel. Su anuncio del Reino es una llamada clara a escuchar al@s pobres, a l@s oprimid@s… a buscar la justicia, a no convertir la religión en una excusa para el abuso. Dios quiere que cuiden de su viña, que la hagan fructificar desde la acogida, la bondad y el perdón.

La piedra que rechazaron los constructores

Mateo al recoger en su evangelio esta parábola le va a dar un toque personal para confirmar la fe de su comunidad que estaban experimentando el rechazo den sus hermanos judíos por su fe en Jesús.  

Mateo invita a sus oyentes a reconocer en la parábola el destino de Jesús. Él era el hijo asesinado y su muerte en la cruz demostraba una vez más la infidelidad de Israel al camino que Dios le había propuesto. La pregunta puesta en boca de Jesús al final de la parábola: ¿qué hará el dueño de la viña con estos viñadores? (Mt 21, 40) tiene en el testimonio de quienes le siguen una respuesta clara: Lo habían matado, pero Dios lo había resucitado confirmando así su vida y su mensaje.

Desde esta certeza pueden recordar las palabras del salmo 118. En ellas sostienen su esperanza porque saben que los que se creían arquitectos de la fe han fracasado en su elección.  Jesús es la piedra angular desde la que construir comunidad (Sal 118, 22- 23) y por eso, pueden afrontar el rechazo, el abandono como lo había afrontado Jesús.  Ellos y ellas son ahora los llamados y llamadas a cuidar la viña de Dios y han de hacerlo desde la justicia, la bondad y el perdón. Ellos y ellas, como comunidad del Reino han de dar fruto abriendo las puertas de su casa a quien quiera escuchar su mensaje y encuentre junto a ellos y ellas un camino de vida y salvación.

Hoy, herederas y herederos de aquellas comunidades primeras como la de Mateo, seguimos estando invitadas/os a cuidar la viña de Dios, a cuidar a nuestros hermanos y hermanas, a construir espacios de sororidad y fraternidad, al estilo de Jesús que es la piedra angular de nuestra casa. La parábola nos invita al discernimiento para que no nos apropiemos del mensaje del Reino, desvirtuándolo y alejándolo del horizonte al que señaló Jesús. El horizonte de los/as pequeños/as, de los perseguidos/as, de los abandonados/as, el horizonte del amor compasivo de Dios.

Carme Soto Varela

Oprimir al otro en nombre de Dios, es idolatría

De las tres parábolas con que responde Jesús a los jefes religiosos, (los dos hijos a la viña, los viñadores homicidas y el banquete de boda), la de hoy es la más provocadora. Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben estos evangelios ya se había producido la muerte de Jesús, la destrucción de Jerusalén y la separación de los cristianos de la religión judía. Era muy fácil anunciar como profecía, lo que había sucedido ya.

Aunque el relato puede verse como parábola, el mismo Mt nos la presenta como una alegoría, donde a cada elemento del relato, corresponde un elemento metafórico espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas.  El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo, a quien se ha entregado la viña que tiene que producir abundantes frutos, es la comunidad cristiana.  

El relato del evangelio es copia casi literal del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mt los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero al final se retoma la perspectiva de Isaías, pero se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Isaías ni a Jesús se le podría ocurrir.

Como en los domingos anteriores, se nos habla de la viña. Una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente Jesús recordó muchas veces el canto de Isaías a la viña. Sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión de la comunidad cristiana muy posterior a Jesús.

“Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos”. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad que pueden caer en la misma trampa y ser rechazada por no reconocer los derechos de Dios.

Recordemos que entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos y que, seguramente, hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta, aunque no fueron escuchados. Muchas de las enseñanzas de Jesús, y precisamente las más polémicas, ya las encontramos en ellos.

“La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular”, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros, sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado pero permanece como pueblo elegido.

Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y procedían con mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios, era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo.

No se pone en duda que la viña dé frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan de los frutos que corresponden al dueño. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba. No criticó el templo y la Ley en sí sino la interpretación que hacían de ambos. También nuestros dirigentes son administradores y no dueños de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige.

La historia nos demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta nefasta actitud es separar el interés de Dios, del interés del ser humano concreto y personal. El segundo paso es oponerlos. Dados estos pasos, ya tenemos justificado que se pueda machacar impunemente al hombre en nombre de Dios.

¿Qué espera Dios de mí? Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Él es el que se nos da totalmente. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcance el máximo de ser. Como seres humanos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud, precisamente por nuestra humanidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella.

¿De qué frutos nos habla el evangelio? Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley. El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y ahí tenéis asesinatos; esperó justicia y ahí tenéis lamentos”. En cualquier texto de la Torá, hubiera dicho: “esperó sacrificios, esperó un culto digno, esperó oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley”.  Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya es mucho, sino de amor desinteresado, que es la norma suprema.

La denuncia nos afecta a todos, porque todos tenemos algún grado de autoridad y todos la utilizamos buscando nuestro propio beneficio, en lugar de buscar el bien de los demás. No solo el superior autoritario que abusa de sus súbditos, como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: “si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere”. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para domesticar a los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros.

Meditación

Si en nuestro interior descubrimos alguna queja contra Dios,
no hemos entendido nada de lo que Dios es para nosotros
y nuestra relación con Dios será inadecuada.
El primer paso seguro hacia Dios
es descubrir que Él ya ha dado todos los pasos hacia mí.
Responder a ese don total, es nuestra meta.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Hoy la palabra de Dios se nos ofrece en forma de parábola y alegoría: La viña del Señor es la casa de Israel: una viña de la que se esperaban uvas, su fruto natural y maduro, pero dio agrazones, un aborto de fruto (un brote no comestible por inmaduro). Y en el evangelio leemos: se os quitará a vosotros el Reino de Dios y le será dado a un pueblo que produzca sus frutos. Luego de lo que aquí se trata es de la fecundidad (= los frutos) de una vida (= la viña), la nuestra, que su propietario ha puesto en nuestras manos como arrendatarios, o también, de la respuesta a una laboriosidad y unos cuidados, los de nuestro labrador, derrochados sobre nosotros.

Ser fecundos es una ley inscrita en la misma naturaleza de las cosas. Un árbol está puesto para dar fruto, o sombra, o madera, u oxígeno, que son los frutos de los árboles no frutales. Y nosotros estamos en este mundo, con más razón aún que el árbol, para dar fruto, que es dar de nosotros o de lo que Dios ha puesto en nosotros. El fruto no es sólo la exigencia del dueño de nuestra vida (lo que Dios reclama de nosotros), sino la exigencia de la misma vida que existe para fructificar y que si no fructifica quedaría frustrada, no alcanzaría su realización ni su satisfacción. Por eso, el fruto es la alegría de esa vida capaz de fructificar; en cambio, la esterilidad es la tristeza de una vida que se queda a medio camino, una vida a la que se impide ser fecunda, dar el fruto que se espera razonablemente de ella. Se trata de la esterilidad del que pudiendo ser fecundo no lo es; por tanto, de una esterilidad culpable.

Cuando el profeta habla de la viña infecunda y de las consecuencias de su esterilidad, lo hace en un contexto de amor. La esterilidad de la viña resalta aún más si se tiene en cuenta el amor derrochado por el labrador en ella. Lo que el profeta canta es un canto de amor: el amor de alguien que ha buscado para su plantel preferido un fértil collado, que lo ha entrecavado, que lo ha descantado, que ha plantado buenas cepas, que lo ha protegido con una cerca, etc, un amor diligente, cuidadoso, protector. Después de tanto derroche sólo cabe esperar al tiempo de la cosecha. Y Dios sabe esperar a ese momento. No exige frutos antes de tiempo o a destiempo. Los frutos maduros quedan reservados para la madurez, aunque ésta se pueda anticipar o retrasar.

Pero aquella viña en lugar de uvas dio agrazones; y la esperanza de aquel labrador quedó frustrada. La reacción del que había puesto todos sus cuidados y energías en la viña, la reacción del labrador ante tamaña ingratitud (porque ése es su pecado: no responder a las expectativas del que nos ha creado y plantado y labrado y regado y fecundado con la buena semilla) es el abandono: quitará la valla protectora, de modo que la viña se convierta en pasto de las bestias salvajes y se vea pisoteada y arrasada, e invadida por toda clase de zarzas y cardos.

Es la imagen del amor decepcionado que acaba abandonando al que era objeto del mismo. Porque no ha sabido responder al amor derrochado en ella, la viña se convertirá realmente en un barbecho; porque no ha querido tener dueño, ni protector, ni cuidador, se adueñarán de ella las malas hierbas y las bestias del campo.

¿No es esto lo que sucede con nosotros cuando rompemos la cerca protectora de la Iglesia; cuando dejamos de recibir la lluvia saludable de su palabra, de sus avisos, de sus exhortaciones, de sus exigencias y de su gracia sacramental; cuando dejamos de frecuentar los lugares de oración; cuando despreciamos los refugios que se nos ofrecen en razón de nuestra debilidad; en fin, cuando menospreciamos su labranza y sus cuidados? ¿No es esto lo que les ha sucedido a muchos de nuestros bautizados, que, buscando una falsa independencia, han acabado siendo víctimas de las esclavitudes más salvajes o más destructivas y se han convertido en un barbecho expuesto a la ocupación de todo el que pasa, ya sea un sectario o un comerciante de la droga, del alcohol o del sexo? Y, sin embargo, no hay que desesperar nunca.

Nuestro Dios no nos abandona tan fácilmente como parece dar a entender la alegoría de Isaías. El amor de Dios es tolerante, pero también insistente, paciente. Es lo que pone de relieve la parábola evangélica. Tras haber sido rechazados sus primeros enviados (con el objeto de percibir los frutos que le correspondían), envía a otros con los que hacen lo mismo: a uno lo apalean, a otro lo matan, a otro lo apedrean. Finalmente, decide enviar a su propio Hijo, por ver si a éste, por ser el Hijo, lo respetan. Pero lo que hacen es matarle para quedarse con la herencia: Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron: una cabal descripción de lo que harán con el mismo Jesús, que se identifica con el hijo de la parábola. ¿Qué más puede hacer el propietario de la viña, esto es, Dios, que quitarles la viña (= el Reino de los cielos) a esos labradores para dársela a otros, a un pueblo que produzca sus frutos y se los entreguen a su tiempo?

Jesús estaba describiendo en su parábola la historia del pueblo de Israel, la viña del Señor que le había sido entregada, a modo de arriendo, a sus dirigentes para que le devolvieran los frutos pertinentes. Dios implicará a ciertas personas, sus profetas, en esta tarea de reclamación, pero estos serán ignorados, despreciados e incluso asesinados por aquellos dirigentes. Finalmente enviará a su propio Hijo, el relator de la parábola, que, al tiempo del relato, no había sido aún apresado, empujado fuera de la viña y asesinado, pero que lo será, tal como quedaba plasmado en la misma narración. Su propio desenlace vital formaba parte de esta historia de infidelidad e injusticia escrita por aquellos a quienes les había sido encomendada la viña del Señor, el pueblo elegido.

Cuando oyeron la conclusión del relato, aquellos sumos sacerdotes y fariseos comprendieron que hablaba de ellos; por eso creció su indignación contra él e intentaron echarle mano, pero no lo hicieron porque temían a esa multitud enfervorizada que le rodeaba y le tenía por profeta. Jesús dictamina: Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.

La «viña del Señor» ya no es simplemente el pueblo elegido, sino la comunidad mesiánica, el Reino de los cielos, que se da en arriendo a los que tienen por misión trabajar y cultivar los frutos latentes de esa viña plantada por él mismo. Esos arrendatarios, siendo simples administradores de unos bienes ajenos, han pretendido ilegítimamente hacerle con la propiedad de los mismos para manejarlos a su antojo, adquiriendo sobre ellos un dominio soberano y, por tanto, arrebatándoselos a su dueño y Señor.

Este es quizá el primer pecado de aquellos labradores: pretender usurpar a Dios el dominio absoluto que le corresponde en cuanto dueño de su pueblo, de su ley, de sus designios, de sus bienes; para llevar a cabo estos planes se han visto obligados a matar a los enviados de Dios que se han presentado a ellos reclamando los frutos que el Dueño pedía como suyos. Entre esos enviados estará también su propio Hijo, llegado en un último envío para reclamar lo mismo que habían reclamado los profetas anteriores a él: los frutos que Dios espera obtener de lo sembrado por él mismo en la historia de este pueblo que es el suyo, el escogido como aliado. Dado que harán oídos sordos a la reclamación de Dios por medio de su Hijo, silenciando finalmente su voz y arrancándolo de la tierra de los vivos, les será quitado sin ningún miramiento ese Reino que les había sido entregado en cuanto pueblo elegido, para serle dado a otro pueblo y a otros dirigentes que produzcan sus frutos a su tiempo. ¿No hay aquí una profecía del traspaso del Reino al nuevo pueblo de la alianza, al pueblo salido del costado de Cristo?

Pero la historia no ha acabado. Lo mismo que les fue arrebatado al pueblo judío y a sus dirigentes, puede serles arrebatado de nuevo al pueblo cristiano, porque sigue sin dar el fruto que Dios espera de él. Y el pueblo es en gran medida lo que han hecho sus dirigentes de él. De ahí el importante papel de la jerarquía de la Iglesia en la conformación y fructificación de esa Iglesia a cuya cabeza está. Dios nos ha entregado ahora su viña, los bienes del Reino (su palabra, su ley, sus sacramentos, sus consejos, su evangelio, su Espíritu, sus dones salvíficos), para hacerla fructificar con nuestro trabajo. Si pasa el tiempo, llegan los tiempos de la recolección, silenciamos la voz de sus profetas, que Él sigue enviando tras la muerte y resurrección de su Hijo, y seguimos sin dar el fruto esperado, puede que también a nosotros se nos quite el Reino de Dios no sólo como campo de trabajo, sino como recompensa.

Si nuestros frutos son escasos; si no somos del todo ingratos, pero nuestra respuesta es mediocre o insignificante, que al menos no propiciemos el abandono de Dios, rompiendo su cerca, rechazando sus cuidados, menospreciando sus advertencias, descuidando su labranza. Sólo si emprendemos este camino sin retorno acabaremos siendo abandonados a nuestro libre albedrío. Porque si Dios ha permitido la muerte de su propio Hijo a manos de los viñadores homicidas, es decir, de nosotros, es porque nos quiere seguir dando nuevas oportunidades de fructificación y salvación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia

65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.

Lectio Divina – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

La parábola de los labradores homicidas
Mateo 21,33-43

1. Oración inicial

Señor, en este domingo quiero rezarte con una de las imágenes más bellas del Antiguo Testamento: “no abandones la viña que tu diestra ha plantado”. Continúa cultivándola y enriqueciéndola con tu amor de predilección. Los fragmentos de tu Palabra en esta liturgia dominical sean motivos de esperanza y consolación. Que yo pueda meditarlos y dejarlos cantar en el corazón, hasta el último día de mi vida; que mi humanidad, se convierta en seno en el que pueda germinar la fuerza de tu palabra.

2. Lectura

a) Contexto:

La parábola de los labradores homicidas está colocada por Mateo en la cornisa de otras dos parábolas: la de los dos hijos (21,28-32) y la del banquete de bodas (22,1-14). Juntas las tres parábolas contienen una respuesta negativa: la del hijo al padre, la de algunos campesinos al dueño de la viña, la de ciertos invitados al rey que celebra las bodas de su hijo. Las tres parábolas intentan mostrar un único punto: se trata de aquéllos que como no han acogido la predicación y el bautismo de Juan, ahora están de acuerdo unánimemente en rechazar el último enviado de Dios, la persona de Jesús. La introducción a la primera parábola de 21,28-33 sirve también para la parábola de los labradores homicidas: Llegó al templo y mientras enseñaba los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se le acercaron y le preguntaron: ¿Con qué autoridad obras así? ¿Quién te ha dado esta autoridad? Es la aristocracia sacerdotal y aquella otra secular la que se acerca a Jesús cuando Él entra en el templo. Están preocupados por la popularidad de Jesús y hacen sus preguntas a Jesús para saber dos cosas: qué tipo de autoridad se atribuye para hacer aquello que hace, y el origen de esa autoridad. En realidad la segunda resuelve lo que se pide en la primera. Lo sumos sacerdotes y los jefes del pueblo exigen una prueba jurídica: no se recuerda jamás que los profetas tengan autoridad directamente de Dios.

b) El texto:

33 «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. 34 Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos.35 Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. 36 De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. 37 Finalmente les envió a su hijo, diciendo: `A mi hijo le respetarán.’ 38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: `Éste es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia.’ 39 Y, agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron.
Mateo 21,33-4340 Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» 41 Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo.» 42 Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? 43 Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos.

3. Un momento de silencio orante

La palabra de Dios no puede ser comprendida si Dios mismo no abre el corazón (Act 16,14). Pero a nosotros compete la escucha que es adhesión, asentimiento silencioso. Para no hacer prevalecer la curiosidad sobre la escucha, quedémonos en silencio delante de la Palabra…

4. Interpretar el texto

a) Invitación a la escucha:

La parábola se abre con una invitación a escuchar: Escuchad otra parábola (v.33) . Jesús parece reclamar la atención de los dirigentes del pueblo a la parábola que está por pronunciar. Es un imperativo, “escuchad”, que no excluye un sentido amenazador (Gnika), si se atiende a como termina la parábola: “Por esto os digo que el reino de Dios os será quitado y le será dado a un pueblo que lo hará fructificar” (43). Por el contrario, a sus discípulos Jesús explica la parábola sin amenazas (Mt 13,18).

¿Cuál sería la explicación de esta invitación amenazante para escuchar? El presupuesto se ha de buscar en las condiciones económicas de la Palestina del siglo 1º después de Cristo: grandes extensiones de terrenos pertenecían a latifundistas extranjeros, los cuáles arrendaban los terrenos a grupos de arrendatarios. El contrato de arrendamiento preveía que parte de lo que se cosechaba era para el patrón el cual ejercía su derecho enviando a gente de confianza a recaudar lo debido. En esta situación se puede comprender cómo estaría probado el estado de ánimo de los campesinos: existía un fuerte descontento que alguna vez acababa en revuelta.

Jesús en su parábola toca esta situación concreta, pero la transporta a un estado de comprensión más alto: aquella situación se convierte en un compendio de la historia de Dios con su pueblo. Para Mateo, al lector se le invita a hacer una lectura simbólica de la parábola: detrás del “patrón” está la figura de Dios; detrás de la viña Israel.

b) El atento cuidado del dueño por su viña (v.33):

Ante todo existe la iniciativa de un dueño que planta una viña. Tal atención y cuidado se describe por Mateo con cinco verbos: plantó… rodeó… cavó… construyó… arrendó. El dueño, después de haber plantado la viña, la arrienda a unos labradores y se ausenta.

c) Los diversos intentos por parte del dueño de recaudar los frutos de la viña (vv.34-36):

En esta segunda escena el dueño envía por dos veces a los siervos que, encargados por el dueño de recaudar los frutos de la viña, son maltratados y asesinados.. Tal acción agresiva y violenta se subraya con tres verbos: golpearon… mataron… apedrearon… (v.35). Enviando otros siervos, más numerosos que los primeros, e intensificando los ultrajes padecidos, Mateo intenta aludir a la historia de los profetas, pues también ellos tuvieron que sufrir tales ultrajes. Sólo para recordar: Uria es asesinado con la espada (Jer 26,23); Jeremías es puesto en el cepo (Jer 20,2); Zacarías es lapidado (2Cr 24,21). Una síntesis de este particular de la historia profética se encuentra en Nehemías 9,26: “han matado a tus profetas…”

d) Por último envía al hijo:

También se le invita al lector a reconocer en el hijo mandado por “último”, al enviado último de Dios a quien tendrán respeto y le entregarán los frutos de la viña. Es el último intento del dueño. La indicación de “último” lo define como Mesías. No se excluye, además, que este proyecto de eliminación del hijo sea modelado sobre otra historia del Antiguo Testamento: los hermanos de José que dicen: “¡Ea, matémosle y echémoslo en cualquier cisterna ¡” (Gén 37,20).

El relato de la parábola toca su vértice dramático con el éxito de la misión del hijo: que viene matado por los arrendatarios-viñadores con el intento de posesionarse de la viña y usurpar la propiedad. El destino de Jesús se acerca al de los profetas, pero, en cuanto que es hijo y heredero, es superior a ellos. Tal acercamiento crsitológico se puede encontrar en la Carta a los Hebreos, donde, sin embargo, se demuestra la superioridad de Cristo como hijo y heredero del universo: “Dios, que había hablado muchas veces en los tiempos antiguos y de diversos modos a los padres por medio de los profetas, últimamente… ha hablado a nosotros por medio de su Hijo, a quien ha constituido heredero de todas las cosas… (vv. 1-2)

Hay un particular en este final de la parábola que no se ha de descuidar: Mateo anteponiendo el gesto “lo echaron fuera de la viña” y haciéndolo seguir de este otro “lo mataron”, intenta decididamente aludir a la pasión de Jesús que fue conducido fuera para ser crucificado.

e) La entrega de la viña a otros labradores (v.42-43):

La parte final del relato evangélico afirma la pérdida del reino de Dios y su cesión a otro pueblo capaz de llevar fruto, o sea, capaz de una fe viva y operante en una praxis de amor. La expresión “por esto os digo…será quitado y será dado..” indica la solemnidad de la acción de Dios con la que viene signada la historia del antiguo Israel y la historia del nuevo pueblo.

5. Pistas meditativas para la praxis eclesial

– El símbolo de la viña es para nosotros el espejo en el cuál se puede ver y reflexionar la historia personal y comunitaria de nuestra relación con Dios. Hoy es la Iglesia esta gran viña que el Señor cultiva con esmero y que confía a nosotros, viñadores (= colaboradores), con el deber de continuar la misión por Él comenzada. Ciertamente la propuesta es grande. Sin embargo, como Iglesia, somos conscientes de la tensión que existe entre fidelidad e infidelidad, entre el rechazo y la acogida que la Iglesia puede experimentar. El evangelio de este domingo nos muestra que, no obstante las dificultades y la aparente fragilidad, nada puede detener el amor de Dios por los hombres, ni siquiera la eliminación de su Hijo, al contrario, este sacrificio nos procura a todos la salvación.
– Somos llamados a estar con Jesús para continuar la misión de ayudar al hombre a encontrarse con Él para ser salvado; luchar cada día para contener las fuerzas del mal que intentan eliminar el deseo de obrar el bien y promover la justicia.
– Como Iglesia somos llamados a aprender, en el ejemplo de Jesús, a experimentar la contestación y a ser capaces de soportar las dificultades en nuestro empeño de evangelizar. ¿Estás de acuerdo en que las pruebas educan nuestro corazón? ¿Y que las dificultades pueden ser un instrumento para medir nuestra autenticidad y la madurez de nuestra fe?

6. Salmo 80 (79)

El salmista expresa el deseo de todo hombre del contacto de la mano de Dios que prepara el terreno para plantar y trasplantar la viña predilecta.

De Egipto arrancaste una viña,
expulsaste pueblos para plantarla,
luego cuidaste el terreno,
echó raíces y llenó la tierra.

Su sombra cubría las montañas,
sus pámpanos, los enormes cedros;
extendía sus sarmientos hasta el mar,
hasta el Gran Río sus renuevos.

¿Por qué has hecho brecha en sus tapias,
para que la vendimie cualquiera que pase,
la devasten los jabalíes del soto
y la tasquen las alimañas del campo?

¡Oh Dios Sebaot, vuélvete,
desde los cielos mira y ve,
visita a esta viña, cuídala,
la cepa que plantó tu diestra!
Como a basura le prendieron fuego:
perezcan amenazados por tu presencia.

Que tu mano defienda a tu elegido,
al hombre que para ti fortaleciste.
Ya no volveremos a apartarnos de ti,
nos darás vida e invocaremos tu nombre.
¡Haz que nos recuperemos, Yahvé Sebaot,
ilumina tu rostro y nos salvaremos!

7. Oración final

¡Señor, cuántas veces el amor es pagado con la ingratitud más negra! No hay nada tan destructivo como sentirse traicionado, verse burlado, saber que hemos sido engañado. Todavía más difícil es el constatar que tanto gestos de bondad, de generosidad, de apertura, de tolerancia, como tantas palabras dichas con sinceridad y hasta el empeño de ser solidarios y sinceros, no ha servido de nada.
Señor, tú que has conocido la ingratitud de los hombres; Tú que has sido paciente con quien te ofendía; Tú que has sido siempre misericordioso, manso, ayúdanos a combatir nuestra inflexible dureza hacia los otros. También nosotros te dirigimos la invocación del salmista: “No abandones la viña que tu diestra ha plantado”. Nuestra oración, después de este encuentro con tu Palabra, se convierta en súplica siempre más penetrante hasta llegar a tu corazón. “Levántanos Señor, muéstranos tu rostro y seremos salvos”. Señor, tenemos mucha necesidad de tu misericordia y mientras que en nuestro corazón esté el deseo y la búsqueda de tu rostro, el camino de la salvación está siempre abierto. Amén.

De canción de amor a canción de muerte

Acto I: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia 735 a.C.

El murmullo se apaga lentamente. Cuando se hace silencio, Isaías se dirige a la gente congregada: «Voy a cantar una canción de amor. Del amor de mi amigo a su viña». El público sonríe incrédulo. No imagina al profeta cantando una canción de amor. Lo más frecuente en él son denuncias y elegías.

La canción habla del trabajo entusiasta que dedica su amigo a una hermosa viña: entrecava el terreno, lo descanta, plata buenas cepas, construye una atalaya y, esperando una magnífica cosecha, cava un lagar. Al cabo del tiempo, la viña, en vez de dar uvas hermosas y dulces, da ácidos agrazones.

Isaías aparta la cítara y mira fijamente al público: «Ahora os toca a vosotros hacer de jueces entre mi amigo y su viña. ¿Podía hacer por ella más de lo que hizo?».

La gente guarda silencio e Isaías continúa: «Voy a deciros lo que hará mi amigo: derribará su valla para que sirva de pasto a ovejas y cabras, para que la pisoteen mulos y toros; la arrasará para que crezcan en ella zarzas y cardos, y prohibirá a las nubes que lluevan sobre ella».

El profeta se interrumpe y pregunta de nuevo: «¿Quién es mi amigo y cuál es su viña?». Pero no da tiempo a que nadie intervenga: «La viña del Señor sois vosotros, los hombres de Israel y de Judá. Dios ha hecho mucho por vosotros, y esperó a cambio que practicarais el derecho y la justicia, que os portarais bien con el prójimo. Pero sólo habéis producido asesinatos y provocado lamentos».

Acto II: Explanada del templo de Jerusalén. Hacia año 29 de nuestra era.

Jesús acaba de contar a los sacerdotes y senadores la parábola de los dos hermanos, advirtiéndoles que las prostitutas y los publicanos les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Inmediatamente, sin darles tiempo a reaccionar ni responder, les dice:

-Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar…

-Esa ya la sabemos, comenta uno en voz alta. Esa no es tuya, es de Isaías.

Jesús no se inmuta. Y la parábola toma de repente un rumbo imprevisible. A diferencia de la viña de Isaías, esta sí da fruto. El problema no radica en la viña, sino en los viñadores, que se niegan a entregar los frutos a su legítimo propietario.

El drama se desarrolla en tres etapas. En las dos primeras, el dueño envía unos criados, y los viñadores los apalean, matan o apedrean. En la tercera, envía a su propio hijo. Cuando lo matan, Jesús, igual que Isaías, se encara con los oyentes, pidiéndoles su opinión: «¿Qué hará con aquellos labrado­res?»

A diferencia de lo que ocurre en Isaías, los oyentes intervienen, emitiendo una sentencia tremendamente dura: los viñadores merecen la muerte y la viña será entregada a otros más honrados.

Tres grandes enseñanzas

  1. La canción de la viña de Isaías insiste en una idea que a muchos cristianos todavía les resulta extraña: el amor de Dios se paga con amor al prójimo. Dios ha hecho mucho por los israelitas, pero lo que pide de ellos no es actos de culto sino la práctica de la justicia y el derecho. Jesús dirá que el segundo mandamiento (amar al prójimo) es tan importante como el primero (amar a Dios). Y la 1ª carta de Juan afirma: «Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar… a nuestros hermanos».
  1. Para Jesús, a diferencia de Isaías, el pueblo no es una viña mala e improductiva. Al contra­rio, da frutos a su tiempo. El mal radica en las autoridades religiosas, que consideran la viña propiedad privada y no recono­cen a su auténtico propietario. Por eso Mateo termina con un comentario incomprensiblemente suprimido por la liturgia: «Al oír sus parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que iban por ellos» (v.45). Sería completamente equivocado utilizar la homilía de este domingo para atacar al público presente, que bastante hace con soportarnos. Quienes debemos sentirnos especialmente interpelados somos los que tenemos una responsabilidad dentro de la comunidad cristiana.
  1. En su versión final (véase el apartado siguiente), la parábola subraya la importancia y triunfo de Jesús. Después de todos los profetas (los criados), él es “el hijo”, lo más valioso que Dios puede mandar. Y aunque las autoridades religiosas lo infravaloren y desprecien, él termina convertido en la piedra angular del nuevo edificio de la Iglesia.

La complicada historia de la parábola

Ya que esta parábola sólo se encuentra en el evangelio de Mateo, se discute si la contó realmente Jesús o es creación del evangelista. Cabe una tercera postura: la parábola la contó Jesús, pero fue adaptada más tarde por Mateo.

En esta última hipótesis, la parábola primitiva hablaría sólo del envío de los criados, los profetas, a los que los viñadores apalean, matan o apedrean. Y terminaría con las palabras: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Cuando mataron a Jesús, los primeros cristianos pensaron que este era el mayor crimen, y Mateo habría añadido las palabras referentes al envío y la muerte del hijo. En la misma línea de subrayar la importancia de Jesús se habrían añadido las palabras del Salmo 118,22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». Es un cambio fuerte de metáfora. Los viñadores se convierten en arquitectos, y el hijo en una piedra. Los constructo­res la desechan, porque no la consideran válida como piedra angular, la que soporta el peso de todo el arco. Sin embargo, Dios la coloca en un puesto de privilegio. Con este añadido, la parábola pierde en clari­dad, pero advierte a las autoridades religiosas que su crimen no ha servido de nada, y alegra a los cristianos con la certeza del triunfo de Jesús.

La paz de Dios y la forma de conseguirla (Filipenses 4,6-9)

La lectura de Pablo comienza con las palabras: «Nada os preocupe», y repite más adelante dos promesas muy parecidas: «La paz de Dios custodiará vuestros corazones» y «el Dios de la paz estará con vosotros». La paz, siempre necesaria, lo es quizá más en este tiempo. Pablo indica a los cristianos de Filipos tres recursos para conseguirla: 1) la oración, la súplica y la acción de gracias; 2) tener en cuenta todo lo que es virtud o mérito; 3) poner por obra lo que recibieron, oyeron y vieron en él.

Si reflexionamos sobre estos recursos y los ponemos en práctica, conseguiremos la paz de Dios.

José Luis Sicre

Los nuevos fariseos

1.- Una de las cosas más inquietantes que surge de la lectura del evangelio de este Domingo XXVII del Tiempo Ordinario es si, entre nosotros, entre los fieles y entre los integrantes de lo que llamaríamos la Iglesia jerárquica, hay fariseos y fariseísmo. Y si esa tendencia nefasta nos impediría escuchar –hoy también– los auténticos mensajes que Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Del Dios compasivo y misericordioso que es el único propietario de esa gran viña que es la humanidad entera. Da miedo pensar que alguien, que está muy cerca, nos esté marcando el camino real hacia Dios y nosotros lo rechacemos por su falta de ortodoxia. Esa primera idea merece que nuestra oración se dirija al propio Jesús para pedirle, desde la máxima humildad, estar completamente abiertos a todos los mensajes que se pronuncien en el lenguaje de Dios: en el idioma del amor.

La batalla de Jesús contra la religión oficial judía de su tiempo es algo que deben tener siempre en guardia a todos los cristianos y, sobre todo, a aquellos hermanos que tienen responsabilidades sobre el rebaño de Dios: el Papa, los obispos, los sacerdotes y diáconos, los religiosos y religiosas y, tambien, los laicos comprometidos. Ninguna estructura puede reemplazar el verdadero camino mostrado por Jesús a sus seguidores: el del amor, el de la paz, el de la humildad, el de la pobreza. Hay que aceptar el trabajo eclesial con, además, una gran limpieza de corazón, donde los tópicos o las ideas preconcebidas han de desaparecer. Sobre esa idea aparece –como terrible sentencia final—las palabras de Jesús en el Juicio Final: donde los benditos son aquellos que atendieron al prójimo con un vaso de agua, un trozo de pan, una vestido para el desnudo y una visita compasiva a los encarcelados. Es el examen de amor que nos hará al atardecer de nuestras vidas. Por eso, otras cosas más rituales o de pura estructura deben ser secundarias. Pero, como decía, hemos de tener los oídos abiertos a los mensajes de Dios, en cualquier momento y circunstancia. Aunque, claro, la dificultad está en saber cual es el verdadero mensaje de Dios que nos llega. Ahí la abundancia de generosidad, de amor, de paz, de alegría serán ingredientes para descubrir la autenticidad de la comunicación divina.

2.- Otro aspecto muy notable que nos comunica el Evangelio de Mateo es que el propio Jesús, descubre ante sus enemigos, que están conspirando para matarle. Ciertamente que profetiza su muerte, pero en la parábola de los viñadores asesinos está también la advertencia –la denuncia– pública de que sus enemigos conspiran para matarle, hecho, de acuerdo con la legislación romana, no les estaba permitido. El conocimiento general de que preparaban algo grave y completamente ilegal bien podría parar sus manejos.

¿Tiene sentido esta idea? ¿No sabía ya Jesús, por su entidad divina, que iba a morir crucificado? Sí, naturalmente. Pero el empeño de Jesús estaba en que esos hermanos –los fariseos, los saduceos y otros elementos de la religión oficial—no cometieran tan gran pecado. Y arrepentidos creyeran en el Enviado del Padre. Aquí surge la gran paradoja: ¿si Jesús sabía de su muerte, por qué buscaba que el deicidio no se produjera? Pues es muy claro: quería evitar, una vez más, otro pecado de la humanidad. Aunque para nosotros en ello también se pone de manifiesto que los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni los pensamientos de Dios son nuestros pensamientos. De todos modos –y esto ya le he repetido muchas veces—Romano Guardini, el gran teólogo ítalo-germano, en su obra “El Señor” se plantea que la redención pudo ser de otra forma, con la conversión del pueblo judío y la no necesidad del sacrificio de Jesús. Pero, definitivamente, la denuncia previa, por parte de Jesús, de la futura comisión de un gran delito, no surtió efecto. Fariseos y saduceos defendían su estatus y su régimen religioso y político. Y, ante ello, fue muy fácil que el Maligno anidara en sus corazones.

3.- La primera lectura, del profeta Isaías, en total correspondencia con el Evangelio, muestra la tragedia, más repetida, por el pueblo de Israel, la cual iba a llegar hasta cumplirse en Cristo. Israel, sistemáticamente, asesinaba a los enviados de Dios. Y, sin embargo, el Dios tierno, compasivo y misericordioso continuó enviando mensajeros para que ese pueblo se convirtiera. Puede, asimismo, leerse –o interpretarse– que el texto de Isaías contiene como una idea de cambio, como si la última oportunidad de salvar la relación con Dios, iría a llegar algún día. Para nosotros, los cristianos, el asesinato de Jesús de Nazaret por la religión oficial judía trajo la elección de un nuevo pueblo. Jesús, por boca de Mateo, lo va a decir claramente: otros vendrán a ocupar el sitio de los arrendadores asesinos. Pero, entonces, los nuevos arrendadores de la viña no podremos cometer los mismos pecados que los anteriores. Y, sobre todo, no podemos hacerlo porque a nosotros se nos ha transmitido la verdad. Si lo hiciéramos, la gravedad de nuestro pecado sería enorme. Pero, gracias a Dios, el salmo 79, en relación también con la primera lectura, nos presenta lo que tenemos que hacer, como hemos de cuidar la viña del Señor. Pedir que vuelva a cercar su viña y, entonces, cuidarla como se merece.

4.- Y en el contexto todas esas inquietudes sugeridas hasta aquí, aparece el breve texto de San Pablo que hemos escuchado hoy. Procede del capítulo cuarto de la Carta a los fieles de Filipos y un canto hermosísimo a la esperanza, surgido de la presencia del Dios de la Paz en nuestros corazones. Nada debe preocuparnos si, siempre, estamos en oración dirigida al Señor. Y es que Pablo tiene toda la razón, porque las inquietudes, las dudas, las posibles paradojas que nos imprima la vida, se resolverán gracias a la oración constante. Y esa familiaridad con Dios nos ayudará a resolver todo. Y digo todo. La oración es el gran remedio a todos nuestros males. Es luz para la gran oscuridad –en ideas o conductas—provocada por el engaño y la maldad del Malo.

Ángel Gómez Escorial

Caer en la cuenta

Muchos niños de ciudad creen que los alimentos que venden en tiendas y supermercados salen así de las fábricas. Desconocen los procesos de la parte agrícola, ganadera o pesquera, y no caen en la cuenta de todas las personas que trabajan, de todas las tareas que hay que realizar y del tiempo que se emplea para que esos alimentos lleguen a las tiendas. Y en general, esto mismo ocurre en muchos aspectos de nuestra vida ordinaria: utilizamos servicios o participamos en actividades sin caer en la cuenta de todo y de todos los que hay detrás de lo que habitualmente utilizamos, y damos por hecho que siempre van a estar ahí, disponibles cuando a nosotros nos venga bien.

También en lo referente a la Iglesia, muchos piensan así. Excepto las personas con un mayor compromiso, la mayoría de feligreses que frecuentan nuestras parroquias, movimientos y asociaciones no caen en la cuenta del trabajo que hay que llevar a cabo para que la parroquia pueda abrir sus puertas, o para que la asociación o movimiento desarrolle sus fines, y no se valora suficientemente lo que se recibe y por eso tampoco se tiene mucho problema en dejarlo de lado.

La Palabra de Dios de este domingo nos recuerda todo lo que el Señor ha puesto en nuestra vida, a nuestro alcance, no sólo para disfrutarlo sino sobre todo para que podamos dar fruto. En la 1ª lectura hemos escuchado ese canto de amor a su viña: La entrecavó, la descantó, plantó buenas cepas; construyó en medio una talaya y cavó un lagar. Como explica el mismo profeta, la viña del Señor es la casa de Israel. Dios ha puesto muchos y buenos medios a su alcance, y esperó que diese uvas, pero dio agrazones.

Y en esa línea, Jesús nos ha ofrecido la parábola conocida como “de los viñadores homicidas”: un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la asa del guarda… Jesús recuerda que Dios ha puesto muchos y buenos medios al alcance de su pueblo, pero esta vez no sólo no le entregan sus frutos, sino que los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Incluso al hijo del propietario lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

En ambos casos, los beneficiarios de esos medios que Dios ha puesto a su alcance no los han aprovechado para dar fruto, sino en su propio beneficio, y esta actuación tiene una consecuencias: voy a quitar su valla… la dejaré arrasada… (1ª lectura). Y no los seguirán teniendo a su disposición: Se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos (Evangelio).

Nosotros somos y formamos hoy la viña del Señor, y Él nos invita a caer en la cuenta de todo lo que ha puesto a nuestro alcance para que crezcamos y demos fruto, así que traduzcamos a nuestra realidad los ejemplos que hemos escuchado. La tapia, la atalaya, el lagar, la casa del guarda… hacen referencia a los medios materiales. Tenemos una parroquia, con su templo, sus salas de reunión, sus elementos litúrgicos, instrumentos formativos… que nos ofrece unos espacios privilegiados para el encuentro con el Señor en la oración, en la celebración y en la formación. ¿En qué medida valoro todo esto? ¿Lo aprovecho, participo habitualmente en las actividades? ¿Procuro cuidar el material?

Los criados que el propietario envía hacen referencia a las personas (la mayoría laicos, y también religiosos y religiosas y sacerdotes) que, de un modo callado pero constante, hacen posible que la parroquia, movimiento o asociación desarrolle sus fines. ¿Valoro que esas personas estén ofreciendo su tiempo y esfuerzo, o pienso que están ahí “porque no tienen otra cosa que hacer”? ¿Les guardo la debida consideración, o creo que sólo les gusta figurar? ¿Me siento llamado a ofrecer también mi tiempo, mis capacidades, o pienso que “ya lo harán otros”?

Por último, en la parábola el propietario envía a su hijo. En la parroquia, movimiento o asociación, el centro también es Jesucristo, el Hijo de Dios: ¿Tengo esto bien presente, o veo todo lo que se propone como unas iniciativas “de los que están ahí” y por eso si no me acomoda no hago caso?

Somos la viña del Señor, y Él sigue poniendo a nuestro alcance medios materiales y humanos para que demos fruto. Ojalá caigamos en la cuenta de todo esto y seamos buenos viñadores que aprovechan y ponen por obra lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis (2ª lectura) y entreguen al Señor los frutos que Él espera de nosotros.