Vísperas – Témporas de acción de gracias y de petición

VÍSPERAS

TÉMPORAS DE ACCIÓN DE GRACIAS Y DE PETICIÓN

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 24

Ant. En ti confío, Señor, no quede yo defraudado.

A ti, Señor, levanto mi alma;
Dios mío, en ti confío,
no quede yo defraudado,
que no triunfen de mí mis enemigos;
pues los que esperan en ti no quedan defraudados,
mientras que el fracaso malogra a los traidores.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
Por el honor de tu nombre, Señor,
perdona mis culpas, que son muchas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En ti confío, Señor, no quede yo defraudado.

SALMO 27

Ant. Escucha, Señor, mi voz suplicante.

A ti, Señor, te invoco;
Roca mía, no seas sordo a mi voz;
que, si no me escuchas, seré igual
que los que bajan a la fosa.

Escucha mi voz suplicante
cuando te pido auxilio,
cuando alzo las manos
hacia tu santuario.

No me arrebates con los malvados
ni con los malhechores,
que hablan de paz con el prójimo,
pero llevan la maldad en el corazón.

Bendito el Señor, que escuchó
mi voz suplicante;
el Señor es mi fuerza y mi escudo:
en él confía mi corazón;
me socorrió, y mi corazón se alegra
y le canta agradecido.

El Señor es fuerza para su pueblo,
apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad,
sé su pastor y llévalos siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Escucha, Señor, mi voz suplicante.

CÁNTICO de EFESIOS

Ant. Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan. Aleluya.

LECTURA: St 5, 16b-18

Mucho puede hacer la oración intensa del justo. Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Luego volvió a orar, y el cielo derramó lluvia y la tierra produjo sus frutos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío.
V/ Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío.

R/ Inclina el oído y escucha mis palabras.
V/ Porque tú me respondes, Dios mío

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Yo te invoco porque tú me respondes.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Pedid y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Pedid y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá», dice el Señor.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, y digámosle:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate asistir con tu gracia los trabajos del nuevo año.

Que los que por nuestra debilidad nos sentimos sin ánimos,
— con tu fuerza nos veamos eficaces.

Tú que has venido a salvar al mundo,
— ilumina con tu luz a todos los hombres.

Tú que has querido que la inteligencia del hombre investigara los secretos de la naturaleza,
— haz que la ciencia y las artes contribuyan a tu gloria y al bienestar de todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que viniste al mundo para salvar a los pecadores,
— concede a los que han muerto el perdón de sus culpas.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y las esperanzas de cuantos a ti acuden, sacia tú los deseos de nuestro corazón y danos también aquellos bienes que superan el conocer del hombre, pero que tú has preparado para los que te aman. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XXVII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 10,25-37
Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.» Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: `Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.’ ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta la parábola del Buen Samaritano. Meditar una parábola es lo mismo que profundizar en la vida, para descubrir en ella los llamados de Dios. Al descubrir el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén (Lc 9,51 a 19,28), Lucas ayuda a las comunidades a comprender mejor en qué consiste la Buena Nueva del Reino. Lo hace presentando a personas que vienen a hablar con Jesús y le plantean preguntas. Eran preguntas reales de la gente al tiempo de Jesús y eran también preguntas reales de las comunidades del tiempo de Lucas. Así, en el evangelio de hoy, un doctor de la ley pregunta: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» La respuesta, tanto del doctor como de Jesús, ayuda a comprender mejor el objetivo de la Ley de Dios.
• Lucas 10,25-26: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Un doctor, conocedor de la ley, quiere provocar la pregunta: «¿Qué he de hacer para tener en heredad vida eterna?» El doctor piensa que tiene que hacer algo para poder heredar. El quiere garantizarse la herencia por su propio esfuerzo. Pero una herencia no se merece. La herencia la recibimos simplemente por ser hijo o hija. ”Así, pues, ya no eres esclavo, sino hijo, y tuya es la herencia por gracia de Dios”. (Gal 4,7). Como hijos y hijas no podemos hacer nada para merecer la herencia. ¡Podemos perderla!
• Lucas 10,27-28: La respuesta del doctor. Jesús responde con una nueva pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley?» El doctor responde correctamente. Juntando dos frases de la Ley, él dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» La frase viene del Deuteronomio (Dt 6,5) y del Levítico (Lev 19,18). Jesús aprueba la respuesta y dice: «¡Haz esto y vivirás!» Lo importante, lo principal, ¡es amar a Dios! Pero Dios viene hasta mí, en el prójimo. El prójimo es la revelación de Dios para conmigo. Por esto, he de amar también a mi prójimo con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi fuerza y con todo mi entendimiento.
• Lucas 10,29: «¿Y quién es mi prójimo?» Queriendo justificarse, el doctor pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» El quiere saber para él:»¿En qué prójimo Dios viene hasta mi?» Es decir, ¿cuál es la persona humana prójima a mí que es revelación de Dios para mi? Para los judíos, la expresión prójimo iba ligada al clan. Aquel que no pertenecía al clan, no era prójimo. Según el Deuteronomio, podían explotar al “extranjero”, pero no al “prójimo” (Dt 15,1-3). La proximidad se basaba en lazos de raza y de sangre. Jesús tiene otra forma de ver, que expresa en la parábola del Buen Samaritano.
• Lucas 10,30-36: La parábola:
a) Lucas 10,30: El asalto por el camino de Jerusalén hacia Jericó. Entre Jerusalén y Jericó se encuentra el desierto de Judá, refugio de revoltosos, marginados y asaltantes. Jesús cuenta un caso real, que debe haber ocurrido muchas veces. “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto.”
b) Lucas 10,31-32: Pasa un sacerdote, pasa un levita. Casualmente, pasa un sacerdote y, acto seguido, un levita. Son funcionarios del Templo, de la religión oficial. Los dos vieron al hombre asaltado, pero pasaron adelante. ¿Por qué no hicieron nada? Jesús no lo dice. Deja que nosotros supongamos o nos identifiquemos. Tiene que haber ocurrido varias veces, tanto en tiempo de Jesús, como en tiempo de Lucas. Hoy también acontece: una persona de Iglesia pasa cerca de un hombre sin darle ayuda. Puede que el sacerdote y el levita tengan una justificación: «¡No es mi prójimo!» o: «El es impuro y si lo toco, ¡yo también quedo impuro!» Y hoy: «¡Si ayudo, pierdo la misa del domingo, y peco mortalmente!»
c) Lucas 10,33-35: Pasa un samaritano. Enseguida, llega un samaritano que estaba de viaje. Ve, es movido a compasión, se acerca, cuida las llagas, le monta sobre su cabalgadura, le lleva a la hospedería, da al dueño de la hospedería dos denarios, el sueldo de dos días, diciendo: «Cuida de él y si gastas algo más te lo pagaré cuando vuelva.» Es la acción concreta y eficaz. Es la acción progresiva: llevar, ver, moverse a compasión, acercarse y salir para la acción. La parábola dice «un samaritano que estaba de viaje». Jesús también iba de viaje hacia Jerusalén. Jesús es el buen samaritano. Las comunidades deben ser el buen samaritano.
• Lucas 10,36-37: ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Él dijo: “El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.” Al comienzo el doctor había preguntado: “¿Quién es mi prójimo?” Por detrás de la pregunta estaba la preocupación consigo mismo. El quería saber: «¿A quién Dios me manda amar, para que yo pueda tener paz en mi conciencia y decir: Hizo todo lo que Dios me pide: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» La condición del prójimo no depende de la raza, del parentesco, de la simpatía, de la cercanía o de la religión. La humanidad no está dividida en prójimo y no prójimo. Para que tu sepas quién es tu prójimo, esto depende de que tu llegues, veas, te muevas a compasión y te acerques. Si tu te aproxima, te acercas, el otro será tu prójimo! Depende de ti y no del otro! Jesús invierte todo y quita la seguridad que la observancia de la ley podría dar al doctor.
• Los Samaritanos. La palabra samaritano viene de Samaría, capital del reino de Israel en el Norte. Después de la muerte de Salomón, en el 931 antes de Cristo, las diez tribus del Norte se separaron del reino de Judá en el Sur y formaron un reino independiente (1 Re 12,1-33). El Reino del Norte sobrevivió durante unos 200 años. En el 722, su territorio fue invadido por Asiria. Gran parte de su población fue deportada (2 Re 17,5-6) y gente de otros pueblos fue traída hacia Samaria (2 Rs 17,24). Hubo mezcla de raza y de religión (2 Re 17,25-33). De esta mezcla nacieron los samaritanos. Los judíos del Sur despreciaban a los samaritanos considerándolos infieles y adoradores de falsos dioses (2 Re 17,34-41). Había muchas ideas preconcebidas contra los samaritanos. Eran mal vistos. De ellos se decía que tenían una doctrina equivocada y que no formaban parte del pueblo de Dios. Algunos llegaban hasta el punto de decir que ser samaritano era cosa del diablo (Jn 8,48). Muy probablemente, la causa de este odio no era sólo la raza y la religión. Era también un problema político y económico, enlazado con la posesión de la tierra. Esta rivalidad perduró hasta el tiempo de Jesús. Sin embargo Jesús los pone como modelo para los demás.

4) Para la reflexión personal

• El samaritano de la parábola no pertenecía al pueblo judío, pero hacía lo que Jesús pedía. ¿Hoy acontece lo mismo? ¿Conoces a gente que no va a la Iglesia pero que vive lo que el evangelio pide? ¿Quién es hoy el sacerdote, el levita y el samaritano?
• El doctor pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús pregunta: “¿Quién fue prójimo del hombre asaltado?” Son dos perspectivas diferentes: el doctor pregunta desde sí. Jesús pregunta desde las necesidades del otro. Mi perspectiva ¿cuál es?

5) Oración final

Doy gracias a Yahvé de todo corazón,
en la reunión de los justos y en la comunidad.
Grandes son las obras de Yahvé,
meditadas por todos que las aman. (Sal 111,1-2)

Tengo preparado el banquete

“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los invitados” (Mt 22,2-3)

La liturgia de la Palabra, con tono alegre y festivo, nos invita a vivir la experiencia personal y comunitaria que tiene lugar cuando llevamos a cabo lo que el Padre del cielo prepara para toda la humanidad, dado que la invitación, en principio dirigida a los “invitados”, se extiende en realidad “a todo el mundo”, incluyendo a “buenos y malos”.

Esta simple constatación, que se desprende de la página evangélica, reclama una toma de posición por nuestra parte, pues todos, “buenos y malos”, estamos invitados al mismo banquete, sin distinción alguna. Esta invitación general hace recordar las palabras del mismo Jesucristo cuando, dirigiéndose a todos, a la gente y a sus discípulos, decía: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mc 8,34; Lc 9,23; cf., sin embargo, Mt 16,24).

De esta manera es posible explicitar lo que todos sabemos muy bien, es decir, que la invitación que el Señor dirige a todo el mundo, tras el «niégate a ti mismo», pasa por «tomar la cruz» para así poder ser compañero de viaje del mismo Jesucristo. Considerando la página del Evangelio descubrimos que el viaje que nos ve «compañeros» de Jesucristo, siguiendo sus pasos, nos conduce a todos, buenos y malos, hacia el banquete del reino celestial, del que nos hablan claramente la página del Evangelio y, en perspectiva de futuro, también la primera lectura, que afirma que «el Señor del universo preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados».

Es cierto que el texto de Isaías localiza tal acontecimiento en el «monte Sión», en la ciudad santa de Jerusalén. Ahora bien, al lector de Isaías le resulta fácil comprender que se trata de un lenguaje metafórico y que tal «monte Sión» se entiende como la «Jerusalén celestial», que es donde la página del Evangelio concentra nuestra atención, explicitando que se trata del «reino de los cielos».

Las dos etapas, la del seguimiento de Jesucristo después de haber superado la fase del «yo», y la celebración del banquete en el «reino de los cielos», quedan reflejadas muy certeramente en la segunda lectura, tal como nos ofrece el testimonio de san Pablo, escribiendo desde la cárcel, donde carecía de cualquier tipo de comodidad, pero exclamando con sincero convencimiento: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación». Así es como el Apóstol proclama con sincero convencimiento su grito de victoria: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

La carta de san Pablo a los Filipenses fue escrita hacia los años 56-57 mientras que la primera lectura de este domingo podría ser fechada en el siglo VI a.C. Unos seiscientos años separan los dos textos: el de Isaías habla de un tiempo futuro, cuando Dios preparará para todos los pueblos «un festín de manjares suculentos»; por su parte, san Pablo ya ha vivido la experiencia de Jesucristo, ha dado el paso del judaísmo al cristianismo, se encuentra encarcelado por su predicación del Evangelio, ha adherido a Jesucristo de manera incondicional y decisiva, pues «sabe de quién se ha fiado» (2 Tm 1,12).

Tengamos en cuenta los pasos que se requieren para llegar al banquete del reino de los cielos. Notemos en primer lugar que la iniciativa no es cosa nuestra sino que proviene de Dios, que es quien anuncia el banquete, el mismo que invita a todos a participar en él. Ante tal invitación ninguna persona debiera sentirse excluida, pues la invitación es incondicional, para “buenos y malos”, es decir, para todos.

Ahora bien, en la página del Evangelio se dice que los convidados no quisieron ir al banquete, alegando “razones personales”, esas que tienen que ver con el propio “yo”. Esta consideración nos permite considerar la posibilidad de comportarnos personalmente como los convidados que rechazaron la invitación, puesto que también nosotros somos muy amigos de sacar a relucir nuestro “yo”, como si fuera el criterio último para decidir nuestro modo de actuar. El ejemplo de san Pablo pone de manifiesto que el Apóstol deja de lado su “yo” para adherir incondicionalmente a Jesucristo, dando la razón de su modo de actuar, sencillamente «porque sabe de quién se ha fiado».

El desaire de los convidados no ha sido razón suficiente para suspender el banquete, y la parábola evangélica cuenta que Dios se sale siempre con la suya, puesto que «la sala se llenó de comensales». Esta es la conclusión de la primera parábola propuesta en la página del Evangelio (Mt 22,1-10).

Como bien sabemos el texto de Mateo relata otra escena que parece continuación de la primera, cuando en realidad, según el criterio de los estudiosos, los versículos 11-14 tendríamos que interpretarlos como otra parábola, tal como afirma la traducción oficial de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española (Madrid 2010), que explica en la nota correspondiente: «Se reúnen aquí dos parábolas: la de la invitación a la boda (22,1-10), que contempla el destino del pueblo judío y la del hombre vestido indignamente (22,11-14), dirigida a la comunidad cristiana».

El traje de fiesta y el vestido de boda

Bien se puede preguntar en qué consista «el traje de fiesta» (v. 11) y «el vestido de boda» (v. 12), dicho todo esto desde la perspectiva cristiana, que habitualmente identifica el banquete celestial con la Eucaristía. Así es como «el traje de fiesta» y «el vestido de boda» se suelen identificar con las virtudes propias de la vida cristiana, comenzando por la fe y concluyendo con la caridad, el amor.

Santo Tomás de Aquino falleció el 7 de marzo de 1274. El año anterior, encontrándose en Nápoles, había predicado el contenido del Credo. En dicho comentario se ponen de manifiesto los cuatro bienes que produce la fe, a saber: por la fe se une el alma a Dios(cf. Os 2,20), de manera que «todo lo que no proceda de la fe es pecado» (Rm 14,23). En segundo lugar, por la fe comienza en nosotros la vida eterna (cf. Jn 17,3). En tercer lugar, la fe dirige la vida presente (cf. Hb 2,4, citado en Rm 1,17 y en Gal 3,11). En cuarto lugar, por la fe vencemos las tentaciones (cf. Hb 11,13; 1 P 5,8).

La fe es la puerta de la vida cristiana y la caridad es su culmen, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). Pues bien, san Pablo ha sintetizado maravillosamente en qué consista la vida cristiana, con otras palabras, cuál sea «el traje de fiesta» y «el vestido de boda». Todo esto se concretiza en el amor, porque, si no tengo amor no soy nada (cf. 1 Cor 13). La caridad consiste en avanzar por el camino trazado por la fe, que se manifiesta concreta y operante mediante la caridad.

En el tiempo que nos toca vivir hemos de echar mano tanto de la fe como de la caridad, aunando en nuestra vida personal estas dos dimensiones, que son las que nos relacionan decisivamente tanto con Dios-Trinidad como con nuestro prójimo, de manera que todos seamos capaces de vivir la experiencia del «banquete de bodas», al que el Padre del cielo nos invita para celebrar la presencia salvadora de su Hijo Jesucristo, presente realmente en la Eucaristía.

Fr. José Mª Viejo Viejo O.P.

Comentario – Témporas de acción de gracias y petición

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Se trata de la petición hecha a nuestro Padre del cielo; por tanto, de la oración de petición. Jesús establece una equivalencia entre la petición, la búsqueda y la llamada, aunque una cosa sea pedir y otra llamar o buscar. Pero probablemente el que busca tenga que pedir respuestas o aclaraciones o indicaciones con el fin de encontrar lo que busca. Y el que llama es muy probable que lo haga porque busca algo. Jesús alienta la esperanza de sus discípulos, de modo que les permita mantenerse en estado de petición, de búsqueda o de llamada. Porque lo normal es que el que pide acabe recibiendo, aunque sólo sea por la insistencia. Lo mismo le sucede al que llama. Si insiste en la llamada, tarde o temprano la puerta se le abrirá. Y si persevera en la búsqueda acabará encontrando.

Pero aquí se trata de pulsar el llamador de la puerta del cielo. El destinatario de nuestra petición es Dios, el Dios que lo trasciende todo, pero que no es ajeno a nuestras vidas, preocupaciones y necesidades. Pues resulta que ese Dios es también nuestro Padre del cielo. Puede parecernos que el cielo está muy distante de la tierra y que los intereses del cielo poco tienen que ver con los de la tierra, pero un Padre, por muy celeste que sea, no puede estar distante de las necesidades y aspiraciones de sus hijos. Y el Padre de Jesucristo se ha revelado también nuestro Padre. Al final, las tres acciones (pedir, buscar y llamar) se concentran en una sola: pedir. Sobre la petición recaen todos los ejemplos: Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!

Todos hemos tenido padres y muchos lo son. No nos entra en la cabeza que un padre normal le dé a su hijo una piedra cuando éste le pide pan. Podrá desentenderse de la responsabilidad de alimentar a su hijo, que ya sería grave, pero darle una piedra (o una bomba disfrazada o un pan envenenado) en lugar del pan que le pide nos parecería una monstruosidad. Pero esta es la conducta ordinaria que se espera de un padre medianamente bueno (o malo) con su hijo. Hasta los padres malos saben dar cosas buenas a sus hijos; porque no dejan de ser padres, aunque sean malos. Se supone que para sus hijos harán más acopio de bondad. Pero aquí estamos hablando de Dios, que es sólo bueno, que no tiene la más mínima sombra de maldad, que es la suprema bondad. ¿Qué cabe esperar de este Padre? Sólo el bien, sólo cosas buenas. Un hijo de Dios no puede esperar de Él cosas malas. Y de un Padre con capacidad operativa no debemos limitarnos a esperar el bien; también podemos pedirlo. Cuántas veces nos hemos dirigido a nuestros padres para pedir algo o que hagan algo por nosotros; y ellos han discernido si convenía o no satisfacer nuestra petición. Es verdad que nuestros padres son ignorantes y falibles. Necesitan muchas veces que les manifestemos nuestras necesidades y deseos y pueden errar a la hora de decidir qué es lo mejor, si cumplir tales deseos o no.

Dios conoce lo que nos hace falta aún antes de que se lo pidamos y sabe perfectamente lo que nos conviene en orden a la consecución de nuestro bien definitivo. Nuestras peticiones tienen un valor relativo. No le informan de nada, puesto que conoce hasta lo profundo de nuestro corazón. Todo está patente a su mirada. A pesar de todo, Jesús nos dice: Pedid y se os dará. Quizá para que tomemos conciencia de que tenemos Padre a quien poder dirigirnos desde nuestra indigencia, para reforzar nuestra conciencia de hijos y no de huérfanos. Y pedir con la certeza de que de ese Padre sólo pueden proceder cosas buenas. ¿Pero qué sucede cuando nos encontramos con el mal de una enfermedad, de un agravio, de una calumnia, de un oprobio? ¿Qué sucede cuando pedimos ser liberados de ese mal y el mal persiste? ¿Es que Dios no nos oye? ¿Es que está impedido para actuar en nuestro favor? ¿Es que no puede evitar lo que sucede? Pero ¿no es el Todopoderoso? ¿Es que el mal que sufrimos no es en realidad un mal, sino un bien, porque de él se desprenden muchos bienes? ¿Es que lo que ahora experimentamos como un mal se transformará pronto en un bien?

No todas nuestras preguntas van a encontrar una respuesta fácil; pero, en cuanto hijos de Dios, hemos de vivir pendientes de dos grandes certezas: que Dios nos escucha y que, por tanto, podemos y debemos pedirle mientras tengamos necesidades, y que Dios no puede darnos más que cosas buenas, aunque de momento no pueda darnos el «bien supremo» o el «bien carente de todo mal», esto es, el cielo, puesto que aún no ha llegado nuestra hora, aún somos habitantes de la tierra.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

IV. El culto de la Santísima Virgen en la Iglesia

Naturaleza y fundamento del culto

66. María, ensalzada, por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial. Y, ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Santísima Virgen es venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades. Por este motivo, principalmente a partir del Concilio de Efeso, ha crecido maravillosamente el culto del Pueblo de Dios hacia María en veneración y en amor, en la invocación e imitación, de acuerdo con sus proféticas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso» (Lc 1, 48- 49). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia., a pesar de ser enteramente singular, se distingue esencialmente del culto de adoración tributado al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo favorece eficazmente, ya que las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los limites de la doctrina sana y ortodoxa, de acuerdo con las condiciones de tiempos y lugares y teniendo en cuenta el temperamento y manera de ser de los fieles, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col 1, 15-16) y en el que plugo al Padre eterno «que habitase toda la plenitud» (Col 1,19), sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos.

Homilía – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

1.- Un banquete «a lo grande» (Is25, 6-10a) 

¿El motivo?: «Festejar y gozar la salvación». El banquete es, por lo tanto, festivo, sin lágrimas, sin duelos y sin muerte, que ya estará aniquilada para siempre. Es un festín de alegría encima mismo del monte Sión. 

Es banquete de abundancia de manjares y de vinos de solera. «Enjugadas las lágrimas de todos los rostros», la abundancia del gozo de la salvación. 

Es banquete de presencia. «Aquí está nuestro Dios». E poder de su mano salvadora sobre el monte: «La mano del Señor se posará sobre este monte». Y el mismo Señor que prepara el banquete, como generoso anfitrión. En aquella comida da Dios todo lo que tiene y lo que es. La comida, acercando a Dios y a su pueblo en experiencia gozosa de salvación. 

Es banquete abierto a las naciones. Quitado su oprobio, el Israel del banquete de Dios volverá a ser la medicación para su acción salvadora. Todos los pueblos podrán sentarse a la mesa, en una comunión universal: el Señor «arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa
a todas las naciones». 

Se rompen las barreras que mantenían a los gentiles apartados de la salvación. Se abre generosamente el círculo de los invitados: no unos pocos privilegiados; es un banquete abierto para todo el que quiera saciar su hambre en la mesa preparada por el Señor.

2.- Un buen entrenamiento (Flp 4, 12-14.19-20) 

La evangelización exige siempre entrenamiento. Lo exigió a Pablo, lo ha exigido en la historia y lo exige hoy: estar bien entrenados para todo u en todo. 

Desde una nueva jerarquía de valores, la ofrecida por vida de Jesús y su evangelio, todo se hace relativo. Y llega
a que dé lo mismo estar hartos que hambrientos, nadar en la abundancia o estar privados de todo. La tendencia natural nos lleva a la satisfacción, que quisiéramos colmada. Pero la experiencia diaria es distinta. El evangelizar cada día nos confronta con frecuencia con una insatisfacción marcada por la propia debilidad y por la debilidad humana del evangelio ofrecido. 

Pablo apunta hacia fuera de sí mismo, cuando habla del origen de su fuerza. «Todo lo puedo en aquel que me conforta». En Él experimenta el fundamento de la gracia que sostiene. Pero, los propios filipenses no son tampoco ajenos a esta fortaleza del Apóstol: «Hicisteis bien en compartir mi tribulación». En el mutuo compartir los «duro trabajos del evangelio» se expresa la fortaleza en la misma debilidad. 

Así lo expresa nuestro soneto de hoy: «Sobrevivir en copia y en pobreza./ Me dio tu providencia gozo y duelo/ yo te di la pobreza de mi celo/ y el mezquino calor de mi tibieza». 

3.- Un banquete para todos (Mt 22, 1-14) 

Los israelitas se consideraban los únicos comensales del banquete del Señor. El resto de las naciones había quedado excluido de la mesa. No consideró Israel su oficio de mensajero, escogido para invitar. Le pareció y defendió que sólo él era el invitado. 

Tomando pie de la tradición bíblica (primera lectura), Jesús compara la realidad consumada del Reino con un banquete de bodas. Pero es un banquete extraño. Y en extrañeza, encierra el banquete la lección. 

Los convidados no quisieron asistir. Y sin embargo, habían sido ellos los primeros llamados. «Mandó criados para que avisaran a los convidados». La invitación se hace insistente: «Mandó a enviar criados para comunicarles: «Todo está a punto, venid a la boda»»… Toda una historia de llamadas a su pueblo, que culmina con la invitación a este banquete final, el banquete del Mesías… Pasada la preparación, ha llegado la etapa final: «Venid», son las bodas del Cordero. 

Pero Israel busca pretextos para no incorporarse al banquete. Y desde ese rechazo y la cólera del rey («son un pueblo de dura cerviz») se produce la apertura a la invitación universal. Una invitación que llega a todos lo excluidos. Los primeros invitados no fueron dignos de la gratuita invitación. Habrá, ya desde ahora, otros nuevos invitados con otro «merecimiento», el fundado en la gratuidad de la llamada y no en los méritos propios para ser los invitados: «A todos los que encontréis, invitadlos a la boda». Por los caminos del mundo invitando, por la gracia, hasta que el salón de bodas se llene de comensales. 

Sólo hay un traje de fiesta. El traje de quien es invitado por la gracia. El traje de los méritos propios es un traje tan indigno que no vale para sentarse en la mesa de invitados.

Banquete universal

¡Invítame al festín ele tu largueza
y que la salvación colme mi anhelo; 
arranca de mis ojos este velo,
que les hurta el color de tu belleza!

Supe vivir en copia y en pobreza. 
Me dio tu Providencia gozo y duelo. 
Yo te di la torpeza de mi celo
y el mezquino calor de mi tibieza.

Mi traje no es lujoso ni adecuado, 
pero mi corazón se ha despojado 
de cualquier apetencia o atadura…

Pon Tú lo que le falta a mi atalaje, 
pues no tengo otro hatillo o equipaje 
que el afán de gozar de tu ventura…

Pedro Jaramillo

Mt 22, 1-14 (Evangelio Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario)

Un banquete para la libertad

El evangelio del banquete que un rey da por la boda de su hijo es una de las parábolas más sofisticadas del evangelio de Mateo, que marca unas diferencias substanciales con la que nos ofrece Lucas (14,15-24); incluso podríamos hablar de parábolas distintas. Mateo nos habla de un rey, rechazado por los magnates, y tras ser maltratados y asesinados algunos de sus criados, manda atacar y destruir la ciudad. Ahora se debe ir a los cruces de los caminos para instar a los transeúntes a que vengan al banquete. Como es lógico, vinieron toda clase de gentes, buenas y malas. ¿Qué significa, pues, que tras esta invitación tan generosa e informal, el rey venga a la sala del banquete y encuentre a uno que no tiene traje de bodas? Esto cambia el sentido de la interpretación de los vv. 1-10, cuando la sala se llenó de invitados, poniendo de manifiesto que incluso los que no estaban preparados son invitados a un banquete de bodas. Aquí nos encontramos con lo más extraño, quizás lo más importante y original de la parábola de Jesús redactada por Mateo.

Los vv. 11-14, sobre el traje de bodas, pues, deben ser un añadido independiente. Estaríamos ante una reconstrucción alegorizante para la comunidad de Mateo, que saca unas consecuencias nuevas para los miembros de esa comunidad cristiana tan particular, con objeto de que sepan responder siempre a la llamada que se les ha hecho. Pensemos en la «justicia» de las buenas obras, del compromiso constante, de la perseverancia, a lo que es muy dada la teología del evangelio de Mateo. En todo caso no debemos perder de vista que la parábola la pronunció Jesús para poner de manifiesto la fiesta de la libertad de Dios que llama a todo el que encuentra. Por lo mismo, el significado del traje de boda, añadido posteriormente (quizás se trataba de una parábola independiente), debe estar supeditado al primero, porque no es lógico que los invitados por los caminos estén preparados para una boda. No obstante deberíamos suponer que en la semiótica del vestido con que se quiere generar el texto, todo el mundo, incluso lo más pobres, siempre encuentran unas ropas más decentes para ir a una boda o a un banquete; de lo contrario no tendrían sentido los vv. 11-14. Por eso pensamos con otros intérpretes que se trata de una parábola sobreañadida a la original de los vv. 1-10, que son los coinciden más con Lc 14.

En todo caso, la parábola es escandalosa, y debe seguir siéndolo en cuanto a los motivos de los que rechazan el banquete, como en la actitud del rey que, en vez de suprimir el banquete, invita a todo el mundo que se encuentre por los caminos: hay que buscar a las personas que no están atadas a nada ni a nadie; son libres. El banquete no es un acto burlesco, sino que Jesús piensa en el festín de la salvación; no en una fiesta de compromiso, sino de libertad. En ese supuesto, hasta el hombre que no lleva vestido de boda, independientemente de la teología de Mateo, habría que entenderlo, hoy y ahora, como que no está allí como los demás, libre para la gracia de Dios. Quien no posea esa actitud, “ese vestido”, estará echando por tierra la fiesta de la libertad y de la gracia.

Flp 4, 12-14. 18-20 (2ª Lectura Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

Agradecimiento generoso

Este texto pone punto final a la lectura de Filipenses en la liturgia de estos domingos. Pablo le da las gracias a esa comunidad, una de las más queridas y generosas con él, a la vez que con la comunidad madre de Jerusalén, según el compromiso que habían pactado Pedro y Pablo en la asamblea de Jerusalén (cf Gl 2; Hch 15). Aquí les recuerda que él personalmente está acostumbrado a todo, a la hartura y a pasar hambre. Pero mientras permanecía en prisión (casi con toda seguridad en Éfeso), le han enviado ayuda por medio de Epafrodito, y se lo agradece. Cristo le da fuerza para todo, es la afirmación más contundente y significativa.

La vida cristiana, pues, es también una llamada a solidaridad en las necesidades básicas, que no puede ser más que consecuencia de una comunión de fe y de amor. Compartir los dones espirituales podría ser, en algunos casos, demasiado poco ante la angustia y las necesidades que muchos experimentan. Dios es el primero que comparte la creación con nosotros y debemos ser consecuentes. Pablo, en este pequeño «billete» que escribe, le agradece a la comunidad que ha sabido compartir el evangelio mismo como don recibido. Sabemos, incluso, que ese discípulo Epafrodito se quedará con Pablo un tiempo (entre otras cosas porque enfermó junto al Apóstol) y le ayudará muy eficazmente mientras el apóstol estaba encarcelado. 

Is 25, 6-10a (1ª Lectura Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario)

Dios salvará a todos los pueblos

Esta lectura forma parte de un conjunto del libro de este profeta (cc. 24-27), conocido entre los especialistas bíblicos como «apocalipsis de Isaías». En realidad no es conjunto netamente apocalíptico, aunque no podemos negar la opción escatológica que se apunta en distintos momentos, como una gran liturgia, con himnos, cánticos, que predicen el triunfo de Dios sobre sus enemigos en el monte Sión, en Jerusalén. Se propone, como período de composición de este Apocalipsis, la época posterior al destierro de Babilonia (s. VI a. C.); esto es lo más probable, aunque no podemos precisar el momento de su composición.

El autor sigue las huellas y la teología de Isaías, y por eso ha sido introducido en el libro del gran profeta y maestro. La lectura de hoy es, probablemente, el trozo más hermoso de este conjunto en el que, después de un cántico al Dios liberador, el profeta habla de un momento prodigioso, bajo el símbolo de un banquete, de un festín escatológico, donde será destruida la muerte y el oprobio de su pueblo. Y entonces todos reconocerán a Dios como «salvador» en el monte santo, en la nueva Jerusalén.

No es frecuente en cantos de tipo apocalíptico un mensaje tan hermoso y esperanzador. Aunque en este caso no se podría haber expresado mejor aquello que debe ser la esperanza bíblica. Porque la palabra profética convoca a algo que verdaderamente no se realizará en este mundo, ni en esta historia. Por el contrario es necesaria otra «historia» nueva, si es que podemos hablar así, que necesariamente está en las manos de Dios; esto último es determinante. El «velo» que tienen todos los pueblos, según el texto de hoy, debe caer para que todos los hombres puedan ver algo nuevo y definitivo. Ni Sión o Jerusalén podrán soportar este sueño profético. Será una Jerusalén no hecha por manos de reyes o trabajadores explotados. Un sueño, desde luego, de esperanza. 

Comentario al evangelio – Témporas de acción de gracias y petición

Aunque la población en el planeta se acumula cada vez más en las ciudades, hay una conciencia creciente de nuestra dependencia de la tierra, del medio ambiente. Los signos el cambio climático, la sobreexplotación de los recursos, los gases de eecto invernadero, etc son efectos de nuestro maltrato al planeta.  En medio de las junglas de cemento y hierro en que se van convirtiendo nuestras ciudades nos damos cuenta de que somos parte de la tierra y de que nuestro propio equilibrio depende del equilibrio de la naturaleza que nos rodea. Abusar de la tierra es abusar de nosotros mismos. Respetar su bienestar es el primer paso para nosotros disfrutar de él. Sus ritmos son nuestros ritmos. Y los productos de la tierra siguen siendo una opción más sana que tanto producto medio artificial, lleno de colorantes, conservantes, anti-oxidantes y no sé cuántas otros ingredientes químicos que le ponen para que parezca lo que no es. 

Hoy celebramos una fiesta que tuvo mucho sentido en su momento (cuando el mundo era menos urbano y más rural, más campesino y más ligado a la tierra), que lo ha perdido durante un tiempo (cuando la humanidad ha vivido el sueño de la modernidad, de la industrialización, etc.) y que es posible que hoy lo recupere. Las Témporas de Petición y Acción de Gracias eran una fiesta instituida al final de la cosecha. Terminaban los grandes trabajos del verano y con ellos la recogida del alimento que posibilitaría la supervivencia hasta una nueva cosecha. Aquellos campesinos tenían una clara conciencia de que su cosecha, lo que posibilitaba su vida en definitiva, era fruto de su trabajo pero también y sobre todo don gratuito de Dios . Por eso, se veían casi obligados a volverse a él y dar gracias por los dones recibidos al tiempo que pedir un invierno suave que les permitiese llegar de nuevo al comienzo de otro ciclo. 

Hoy es tiempo para darnos cuenta de nuestra conexión básica con la tierra, de intentar vivir una vida más equilibrada, de reconocer que seguimos dependiendo del ritmo de las cosechas. Y, sobre todo, que todo lo que tenemos: el tiempo, las cosechas, la inteligencia, la capacidad de trabajar, la libertad, el amor… todo es don gratuito de Dios. Y que la mejor actitud con que podemos vivir es en acción de gracias y en respeto a todo lo que nos rodea, a la vida en todas sus formas.