Vísperas – Martes XXVII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MARTES XXVII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Estoy, Señor, en la ribera sola
del infinito afán. Un niño grita
entre las olas, contra el viento yermo.

A través de la nada,
van mis caminos
hacia el dolor más alto,
pidiendo asilo.

La espuma me sostiene,
y el verde frío
de las olas me lleva,
pidiendo asilo.

Hacia el amor más alto
que hay en mí mismo,
la esperanza me arrastra,
pidiendo asilo.

Gloria al Padre, y al Hijo
y al Espíritu Santo. Amén.

SALMO 124: EL SEÑOR VELA POR SU PUEBLO

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.

Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo
ahora y por siempre.

No pesará el cetro de los malvados
sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan
su mano a la maldad.

Señor, concede bienes a los buenos,
a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor rodea a su pueblo.

SALMO 130: ABANDONO CONFIADO EN LOS BRAZOS DE DIOS

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Has hecho de nosotros, Señor, un reino de sacerdotes para nuestro Dios.

LECTURA: Rm 12, 9-12

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo. En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes. Servid constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.
V/ Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

R/ Tu fidelidad de generación en generación.
V/ Más estable que el cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

PRECES

Invoquemos a Dios, que ha infundido la esperanza en nuestros corazones, y digámosle:

Tú eres la esperanza de tu pueblo, Señor.

Te damos gracias, Señor, porque en Cristo, tu hijo, hemos sido enriquecidos en todo:
— en el hablar y en el saber.

En tus manos, Señor, están el corazón y la mente de los que gobiernan;
— dales, pues, acierto en sus decisiones, para que te sean gratos en su pensar y obrar.

Tú que concedes a los artistas inspiraciones para plasmar la belleza que de ti procede,
— haz que con sus obras aumente el gozo y la esperanza de los hombres.

Tú que no permites que la prueba supere nuestras fuerzas,
— da fortaleza a los débiles, levanta a los caídos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por boca de tu Hijo, nos has prometido la resurrección en el último día,
— no te olvides para siempre de los que ya han sido despojados de su cuerpo mortal.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común de todos:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestra oración vespertina suba hasta ti, Padre de clemencia, y descienda sobre nosotros tu bendición; así, con tu ayuda, seremos salvados ahora y por siempre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Martes XXVII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial 

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Lucas 10,38-42
Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»

3) Reflexión

• El contexto. El viaje de Jesús emprendido en 9,51, está sembrado de encuentros singulares, entre ellos el de un doctor de la ley (10,25-37), que precede al encuentro con Marta y María (vv. 38-42). Ante todo, pues, el doctor de la Ley hace una pregunta a Jesús, lo cual propicia al lector ocasión para descubrir cómo se consigue la vida eterna, que es la intimidad con el Padre. A ella se llega participando en la misión de Jesús, el primer enviado que nos muestra la misericordia de Dios en su plenitud (v.37). En Jesús, el Padre se ha acercado a los hombres mostrando de manera tangible su paternidad. La expresión que Jesús dirige al doctor de la Ley y al lector, al final del encuentro, es crucial: “Vete y haz tú lo mismo” (v.37). Hacerse próximo, acercarse a los otros como ha hecho Jesús, nos hace instrumentos para mostrar de manera viva el amor misericordioso del Padre. Esta es la llave secreta para entrar en la vida eterna.
• La escucha de la Palabra. Después de este encuentro con un experto de la Ley mientras iba de camino, Jesús entra en un poblado y es acogido por sus viejos amigos Marta y María. Jesús no es sólo el primer enviado del Padre, sino también el que, por ser Él la Palabra única del Padre, reúne a los hombres, en nuestro caso los miembros de la familia de Betania. Si es verdad que hay muchos servicios que llevar a cabo, como la acogida y atención a las necesidades de los demás, es aún más cierto que lo que es insustituible es la escucha de la Palabra. Aquí, el relato de Lucas es al mismo tiempo un hecho real y algo ideal. Empieza con la acogida por parte de Marta (v.38), y después presenta a María en la actitud propia del discípulo, sentada a los pies de Jesús y atenta a escuchar su Palabra. Esta actitud de María resulta extraordinaria, porque en el judaísmo del tiempo de Jesús no estaba permitido a una mujer asistir a la escuela de un maestro. Hasta aquí vemos un cuadro armonioso: la acogida de Marta y la escucha de María. Pero la acogida de Marta se convertirá en breve en un súper activismo: la mujer está “tensa”, dividida por las múltiples ocupaciones; está tan ocupada que no consigue abastecer las múltiples ocupaciones domésticas. La gran cantidad de actividades, comprensible por tratarse de un huésped singular, sin embargo resulta desproporcionada, hasta el punto de impedirle vivir lo esencial justo en el momento en que Jesús se presenta en su casa. Su preocupación es legítima, pero pronto se convierte en ansia, un estado de ánimo no conveniente para acoger a un amigo.
• Relacionar el servicio y la escucha. Su servicio de acogida es muy positivo, pero resulta perjudicado por el estado ansioso con que lo realiza. El evangelista deja ver al lector que no hay contradicción entre la diaconía de la mesa y la de la Palabra, pero pretende presentar el servicio en relación con la escucha. Marta, al no haber relacionado la actitud espiritual del servicio con la de la escucha, se siente abandonada por su hermana y en vez de dialogar con María se queja al Maestro. Atrapada en su soledad, se enfada con Jesús que parece permanecer indiferente ante su problema (“¿No te importa…?”) y con la hermana (“que me ha dejado sola en el trabajo”). En su respuesta, Jesús no la reprocha ni la crítica, pero busca ayudar a Marta a recuperar lo que es esencial en aquel momento: escuchar al maestro. La invita a escoger la parte única y prioritaria que María ha escogido espontáneamente. El episodio nos alerta sobre un peligro siempre frecuente en la vida del cristiano: los afanes, el ansia y el activismo pueden apartar de la comunión con Cristo y con la comunidad. El peligro aparece de manera muy sutil, porque con frecuencia las preocupaciones materiales que se realizan con ansia las consideramos una forma de servicio. Lo que preocupa a Lucas es que en nuestras comunidades no se descuide la prioridad que hay que dar a la Palabra de Dios y a su escucha. Es necesario que, antes de servir a los otros, los familiares y la comunidad eclesial sean servidos por Cristo con su Palabra de gracia. Cuando estamos inmersos en las tareas cuotidianas, como Marta, olvidamos que el Señor quiere cuidar de nosotros. Por el contrario, es necesario poner en manos de Jesús y de Dios todas nuestras preocupaciones.

4) Para la reflexión personal

• ¿Sabes relacionar el servicio con la escucha de la Palabra de Jesús? ¿Te dejas llevar más bien por la ansiedad ante tus múltiples ocupaciones?
• ¿Has entendido que antes de servir debes aceptar ser servido por Cristo? ¿Eres consciente de que tu servicio sólo será divino si antes acoges a Cristo y a su palabra?

5) Oración final

Tú me escrutas, Yahvé, y me conoces;
sabes cuándo me siento y me levanto,
mi pensamiento percibes desde lejos;
de camino o acostado, tú lo adviertes,
familiares te son todas mis sendas. (Sal 139,1-3)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

XV. EL SERMÓN DEL MONTE

1.- LAS BIENAVENTURANZAS

Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-26

Jesús, en este tiempo en el que nos encontramos, ha enseñado ya una serie de verdades que habían sembrado la inquietud entre los fariseos y también, quizá, en alguno de sus propios discípulos: puede perdonar los pecados, es mayor que el Templo, es Señor del sábado… El Bautista nunca se había expresado de este modo. Pero los milagros, la elevación de su doctrina y su propia personalidad eran señal clara de autenticidad. Y las gentes le seguían desde todos los lugares: de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, del resto de Judea y gentes del otro lado del Jordán (Mt). Es más, la muchedumbre le apretujaba y quería tocarle porque salía de él una virtud que sanaba a todos (Lc).

Por otra parte, habían pasado pocos días desde la elección de los Doce. Ahora se detendrá largamente en exponer a todos un resumen de su doctrina y de las condiciones que han de reunir sus discípulos. Nos encontramos en Galilea, en el segundo año de la vida pública, poco tiempo antes de aquella fiesta que muchos autores identifican con la primera Pascua de este ministerio público. Estamos, pues, en el llamado «año feliz», aunque han comenzado ya los primeros chispazos de la fuerte oposición de los fariseos.

La llamada de los Doce y esta catequesis conocida como el Sermón de la Montaña tienen un particular significado en la vida de Jesús. Algunos consideran estos hechos como los primeros pasos para la fundación de la Iglesia. Con la elección de los apóstoles preparaba sus continuadores; en el Sermón de la Montaña tenemos un compendio de la nueva Ley, en la que culmina la antigua dada por Moisés.

Así comienzan estas enseñanzas, según nos las ha transmitido san Mateo: Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba.

A las bienaventuranzas, con las que comienza esta larga catequesis, se las ha llamado la carta magna del reino de Dios. Resumen la esencia de la predicación del Señor y constituyen las palabras más certeras sobre la felicidad del hombre. Son como una entrada solemne a todo el discurso. El Señor aprovecha la gran concurrencia de gentes para dar una imagen completa del verdadero discípulo, en el que se refleja su propia imagen[1].

Bienaventurado quiere decir feliz, dichoso. Jesús nos enseña aquí cómo la felicidad

no depende de lo que tiene el hombre, sino de lo que es, y no debe estar condicionada a los acontecimientos –la fortuna, la salud, las satisfacciones–, ni tampoco a la actitud de los demás hombres hacia el discípulo de Cristo, sino al modo como este reacciona frente a ellos; esa felicidad profunda que el Señor promete a sus seguidores tiene, en definitiva, su fuente en Dios[2].

Jesús no promete la felicidad y la salvación a unas determinadas clases de personas que aquí se indicarían, sino a todos los que le sigan y le imiten. Para entrar en el Reino de los Cielos que Él anuncia es necesario un estilo nuevo, una manera de comportarse distinta a la de los fariseos.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Para seguir a Cristo es necesario tener el alma libre de todo atadura: del amor a sí mismo en primer lugar, de la excesiva preocupación por la salud, del futuro…, de las riquezas y bienes materiales.

En su camino por ciudades y aldeas, Jesús pedía a unos la renuncia absoluta para disponer de ellos con más plenitud, como hizo con los apóstoles y lo hará con el joven rico, y con tantos, a lo largo de los siglos, que encontraron en Él su tesoro y su riqueza. A todo el que pretenda seguirle, le exige Cristo un desprendimiento efectivo de sí mismo y de lo que tiene y usa. Si este desasimiento es real, se manifestará en muchos hechos de la vida ordinaria, pues, siendo bueno el mundo creado, el corazón tiende a apegarse desordenadamente a las criaturas y a las cosas. Ahora promete el Señor un gran gozo, que va unido a la pobreza de espíritu y al desprendimiento. Bienaventuradosdichosos

La pobreza que pide el Señor es un estado del alma de quien tiene su tesoro en Dios y utiliza las demás cosas como simples medios. El cristiano ha ser pobre en la tierra –aun en el caso de poseer muchos bienes– porque su tesoro ha de estar en el Señor, y los medios humanos tienen solo una función instrumental subordinada. El gran valor que ha descubierto es Jesucristo, que enseña a comunicar y compartir los bienes materiales.

Más que una condición social, esta pobreza expresa la actitud religiosa de indigencia y de humildad ante Dios: es pobre el que acude a Dios sin considerar méritos propios y confía solo en la misericordia divina para ser salvado; exige a la vez el desprendimiento real de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos.

Este concepto religioso de la pobreza tenía ya una larga tradición en el Antiguo Testamento y presenta una clara evolución a lo largo de la Revelación. En los primeros Libros Sagrados parece existir una exaltación de los bienes materiales como don de Dios; la pobreza y la carencia serían siempre un mal, un castigo. Pero con la progresiva revelación de la retribución del «más allá» se perfila poco a poco su valor relativo. Se comprende, cada vez mejor, que los bienes de este mundo, buenos en sí mismos, pueden llevar al olvido de Dios por una confianza excesiva en ellos y por la autosuficiencia que generan.

Además de vivir con una austeridad de vida real, efectiva, el discípulo de Cristo debe aceptar y querer esas condiciones de pobreza no como algo impuesto por necesidad, sino voluntariamente, con afecto: no es pobre en el espíritu quien lo es solo obligado por su situación económica o social, sino quien, además, acepta ese estado de modo voluntario[3].

La pobreza que pide Jesús va más allá de la pobreza material. No es solo la pobreza del dinero; en ocasiones será la falta de salud, la situación de quien se siente aislado, incomprendido…

Esta actitud religiosa de la pobreza está muy emparentada con la llamada infancia espiritual. El cristiano se considera ante Dios como un hijo pequeño que no tiene nada en propiedad; todo es de Dios su Padre y a Él se lo debe. Esta misma forma de comportarse lleva consigo el desprendimiento de los bienes y una austeridad en su uso, también por parte de los cristianos que se han de santificar en medio del mundo.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Anuncia el Señor que, si se llevan las cruces de la vida –enfermedad, dolor, pobreza…– con Él, no se harán pesadas: la fe convierte en bien lo que para otros sería un mal irremediable. El Señor promete, a quienes aprenden a sufrir con Él, abundante consuelo en esta vida y luego una felicidad sin término.

Llama aquí bienaventurados Nuestro Señor a quienes están afligidos por alguna causa y la llevan unidos a Él; y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados, o apenados por las ofensas que otros hacen a Dios, y llevan ese dolor con amor y deseos de reparación. Él consuela con paz y alegría, también en este mundo, a los que lloran los pecados: «vivir bajo la protección del poder de Dios y cobijado en su amor, este es el verdadero consuelo»[4]. Después participarán de la plenitud de la felicidad y de la gloria del Cielo: «el consuelo será total cuando también el sufrimiento incomprendido del pasado reciba la luz de Dios y adquiera por su bondad un significado de reconciliación; el verdadero consuelo se manifestará solo cuando el último enemigo, la muerte, sea aniquilado con todos sus cómplices»[5].

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Venid a Mí todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré, decía Jesús a quienes se le acercaban. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera[6]. Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.

Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor, y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.

Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con sus discípulos, lentos y distraídos. No tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente. No se impacienta con sus tosquedades y con su lentitud para aprender.

Aquí enseña que los mansos serán dichosos porque ellos heredarán la tierra.

Los mansos no son los blandos ni los amorfos. La mansedumbre está apoyada sobre una gran fortaleza de espíritu. Ella misma implica en su ejercicio continuos actos de fortaleza. De modo semejante a como los pobres, según el evangelio, son los verdaderos ricos, los mansos son los verdaderos fuertes. Mansos son los que sufren con paciencia las persecuciones injustas; los que en las adversidades mantienen el ánimo sereno, humilde y firme, y no se dejan llevar de la ira o del abatimiento.

Pero a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la nobleza de alma y con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia o cuando está en juego la verdad. No es verdadera mansedumbre la que sirve para encubrir la cobardía. Ejemplo tenemos en la expulsión de los mercaderes del Templo.

Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus nervios, de su mal carácter; poseerán a Dios, porque su alma se halla dispuesta para la oración, para la contemplación; poseerán a los que les rodean, porque un corazón así es el que gana amistad y cariño.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y en Él hallaban la paz. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud que abre las puertas a la felicidad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Hambre y sed de justicia es hambre y sed de Dios, de santidad. La justicia de la que habla la Sagrada Escritura es un concepto esencialmente religioso y tiene un sentido más amplio que el empleado en el lenguaje normal, con predominio jurídico. Se llama justo en la Sagrada Escritura a quien se esfuerza con sinceridad por cumplir la voluntad de Dios, manifestada de modos bien diversos. En muchos casos coincide con lo que hoy llamamos santidad.

La perfección cristiana incluye la justicia en sentido moral y jurídico, pero va más allá, hasta el interior del corazón y del amor a Dios y a las demás criaturas. Jesús promete en esta bienaventuranza la saciedad: Dios colma con su Vida a quien la desea firmemente y pone los medios para alcanzarla. Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba… De su seno brotarán ríos de agua viva.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Los discípulos habían oído muchas veces al Maestro: Siento profunda compasión por la muchedumbre. Esta era la razón que tantas veces movía el Corazón del Señor. La abundancia de bienes y la misericordia sin límites serían señales de la llegada del Mesías. Aquí dice el Señor que quien tenga un corazón compasivo y misericordioso será bienaventurado porque alcanzará misericordia de Dios, que es el gozo más profundo que el hombre puede experimentar.

Para aprender a ser misericordioso el discípulo debe fijarse en el Maestro, que viene a salvar lo que estaba perdido; no viene a terminar de romper la caña cascada ni a apagar del todo la mecha que aún humea, sino a cargar con las miserias de todos para salvarlos de ellas, a compadecerse de los que sufren y de los necesitados. Cada página del evangelio es una muestra y un verdadero compendio de la misericordia divina, de esa actitud constante de Dios hacia el hombre.

Pero el Señor impone una condición para obtener de Él compasión por nuestros males y flaquezas: que también nosotros tengamos un corazón grande para quienes nos rodean. En la parábola del buen samaritano enseñará el Señor de modo muy gráfico cuál debe ser nuestra actitud ante el prójimo que sufre. No nos está permitido «pasar de largo» con indiferencia, sino que debemos «pararnos» junto a él. «El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios», y «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios»[7].

La actitud compasiva del discípulo de Cristo ha de manifestarse en primer lugar con las personas más cercanas. Los enfermos merecen una atención especial. La misericordia para con los demás se ha de extender a todas las manifestaciones de la vida; también en el juicio sobre el prójimo. Así se obtiene de Dios misericordia para la propia vida y se alcanzan una paz y un gozo insospechados.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Después del pecado original, el hombre ha de realizar un esfuerzo continuo por purificar sus intenciones íntimas. No basta con hacer buenas acciones externas; es necesario purificar la intención con que se llevan a la práctica.

El Señor enseña que la raíz de la bondad o malicia está en el corazón, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu. Como veremos, en cierta ocasión, unos escribas y fariseos preguntarán a Jesús: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?, pues no se lavan las manos cuando comen pan. El Maestro aprovechará la ocasión para hacerles ver que ellos descuidan preceptos importantísimos. Y les dice: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

Jesús convocará entonces al pueblo, porque va a declarar algo importante. No se trata de una interpretación más de un punto de la Ley, sino de algo fundamental. El Señor señala lo que verdaderamente hace a una persona pura o impura ante Dios.

Y después de llamar a la multitud les dijo: Oíd y entended. Lo que entra por la boca no hace impuro al hombre, sino lo que sale de la boca; eso sí hace impuro al hombre. Y un poco más tarde explicará aparte a sus discípulos: Lo que procede de la boca sale del corazón, y eso es lo que hace impuro al hombre. Pues del corazón proceden los malos pensamientos, homicidios… El hombre entero queda manchado o enriquecido por lo que ocurre en su corazón: malos deseos, despropósitos, envidias, rencores… o pensamientos indulgentes, compasivos… Los mismos pecados externos que nombra el Señor, antes que en la misma acción externa, se han cometido ya en el interior del hombre. Ahí es donde se ama o se ofende a Dios.

El Señor llama aquí bienaventurados y felices a quienes guardan su corazón. El premio es la visión de Dios[8], que no puede alcanzarse propiamente en plenitud sino en la vida eterna. La pureza del alma es el preámbulo de la visión, de la vida contemplativa. Ya desde ahora esta pureza nos permite ver según Dios, recibir a los demás como «prójimos», como hermanos, considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

La paz era uno de los grandes bienes constantemente implorados en el Antiguo Testamento. Se promete este don al pueblo de Israel como recompensa a su fidelidad, y aparece como una obra de Dios de la que se siguen incontables beneficios[9]. Pero la verdadera paz llegará a la tierra con la venida del Mesías. Por eso los ángeles cantaban en su Nacimiento: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Con el Mesías se renuevan la paz y la armonía del comienzo de la Creación y se inaugura un orden nuevo.

El Señor es el Príncipe de la paz[10], y desde el mismo momento en que nace trae un mensaje de paz y de alegría, de la única paz verdadera y de la única alegría cierta. Después las irá sembrando a su paso por todos los caminos: Paz a vosotros. La presencia de Cristo en sus discípulos era, en toda circunstancia, la fuente de una paz serena e inalterable: Soy yo, no temáis, les dirá en diversas ocasiones. Sus enseñanzas constituyen la buena nueva de la paz[11]. Y este es también el tesoro que dejará en herencia a sus discípulos de todos los tiempos: la paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo (Jn).

Bienaventurados los que saben traer la paz, dice ahora a toda aquella muchedumbre que le escucha. Dichosos quienes reconcilian a los contendientes, apagan el odio, unen lo que está separado. Ellos serán llamados hijos de Dios. La primera epístola de san Juan nos da la exégesis auténtica de esta bienaventuranza: Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios y realmente lo somos. La filiación divina es el origen de toda paz verdadera.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que padecen persecución por ser fieles al Señor, y la llevan con paciencia y con alegría. El cristiano que se mantiene unido a Él a pesar de las adversidades es de hecho un mártir, un testigo de su Maestro, aunque no llegue a la muerte corporal.

Al pronunciar estas palabras, el Señor contemplaba cómo se pretendería destruir la fe de sus discípulos con la violencia y el martirio a lo largo de los siglos. Y cómo, en otras ocasiones, se verían oprimidos en sus derechos más elementales, o algunos tratarían de manipular la opinión pública contra la fe religiosa de la gente. El Señor promete el Reino de los Cielos a quienes sufran a causa de su fe.

Y concluye el Señor: Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron.

Estas palabras, a modo de recapitulación, eran una invitación a vivir esas enseñanzas[12].


[1] «Las bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene dónde reclinar la cabeza (cfr. Mt 8, 20), es el auténtico pobre; Él, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cfr. Mt 11, 29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con Él. Pero precisamente por su oculto carácter cristológico las Bienaventuranzas son señales que indican el camino también a la Iglesia, que debe reconocer en ellas su modelo, orientaciones para el seguimiento que afectan a cada fiel, si bien de modo diferente, según las diversas vocaciones» (J. RATZINGER – BENEDICTO XVI –, Jesús de Nazaret . Desde el Bautismo a la Transfiguración, p. 102).

[2] Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer.

[3] Jesús tuvo también amigos y discípulos entre personas de buena posición social (los hermanos de Betania, Simón el fariseo, Nicodemo, José de Arimatea, Ana, mujer de Cusa…), pero estos habían encontrado en Él un tesoro, y tenían el corazón desprendido de los bienes y eran generosos a la hora de emplearlos con los demás.

[4] BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret I, p. 116.

[5] BENEDICTO XVI, o.c., p. 117.

[6] Mt 11, 28-30.

[7] BENEDICTO XVI, Enc. Caritas in veritate, n. 16.

[8] El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios. «La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir» (San Gregorio de Nisa, beat. 6) (cfr. Catecismo, n. 2548).

[9] En este sentido, escribió Juan Pablo II: «La familia está llamada a ser protagonista activa de la paz gracias a los valores que encierra y transmite hacia dentro, y mediante la participación de cada uno de sus miembros en la vida de la sociedad», Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-12-1993. Y el Beato Álvaro del Portillo comentó así esta misma idea: «Si la familia puede ser protagonista de la paz, e influir decisivamente en la vida de las naciones, ha de cumplir una condición ineludible: que no pierda sus valores propios; la solidaridad, el espíritu de sacrificio, el cariño y la entrega de unos a otros, de manera que cada uno de sus miembros no piense en sí mismo, sino en el bien de los demás», Carta pastoral de 1 de enero de 1994.

[10] Is 9, 6.

[11] Hch 10, 36.

[12] Las ocho bienaventuranzas que presenta san Mateo las resume san Lucas (Lc 20 ss.) en cuatro. Las expresiones del texto de Lucas tienen, a veces, una forma más directa e incisiva que las del primer evangelio, que son más explicativas. Y van acompañadas de cuatro antítesis. En ellas condena el Señor: la avaricia y apego a los bienes del mundo; el excesivo cuidado del cuerpo, la gula; la alegría necia y la búsqueda de la propia complacencia en todo; la adulación, el aplauso y el afán desordenado de gloria humana.

Comentario – Martes XXVII de Tiempo Ordinario

Lucas nos recuerda que, en cierta ocasión, Jesús fue recibido en casa por una mujer llamada Marta. Marta asume el protagonismo de la recepción. De ella es la casa en la que Jesús es acogido. María es simplemente la hermana de Marta. Pero a partir de un determinado momento María empieza a adquirir más relieve en la escena.

De María se dice que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Así se la representa, en actitud de escucha, como ensimismada, pendiente de los labios de Jesús, disfrutando de su compañía y conversación, desinteresada de todo lo demás, sintonizando con los pensamientos y sentimientos del amigo y del Maestro. Este es su modo de acoger al huésped.

La actitud de Marta, la anfitriona, es otra. También recibe a Jesús y lo acoge en su casa, dispuesta a prestarle todos los servicios que merece tan ilustre huésped. Es ella la primera en recibirlo, pero no parece mostrar el mismo interés que su hermana por la palabra del Maestro y el Señor. Su centro de interés es el servicio: que todo esté en orden y bien dispuesto: la mesa, el banquete, la decoración. Y en ello se multiplica hasta no dar abasto, hasta sentirse desbordada por el trabajo. Es esa sensación la que le hace detenerse finalmente, reclamando el auxilio de su hermana, que permanece sentada, a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escucharle y tal vez conversar con él.

Pero, en semejante reclamo, no se dirige a su hermana, sino al que cree está reteniendo a su hermana. De este modo el reproche se lo dirige al mismo Jesús que no parece reparar en semejante injusticia. Habla con respeto, pero seguramente que malhumorada: Señor –le dice-, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.

El trato es respetuoso. Le llama Señor. Pero no deja de exponerle una queja en tono de reproche, como culpándole de la situación. Si su hermana le ha dejado sola es por culpa de quien la entretiene en amena conversación. Así, parece que la única manera de remediar la injusticia sería decirle a la hermana indolente que Marta, la otra hermana, tiene razón, por tanto que acuda a echarle una mano como ella reclama. Pero no es ésta la respuesta de Jesús que, con la confianza que le da la condición de amigo y con la autoridad que le da la condición de Maestro y Señor, le dice a Marta: Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

No es que Jesús desprecie los desvelos y atenciones con que quiere obsequiarle esta mujer que lo ha recibido (entendemos que con alegría) en su casa. Pero quiere hacerle ver lo que a él realmente interesa, cómo se siente mejor acogido, qué es lo realmente necesario. Ella está pendiente de demasiadas cosas y casi todas ellas superfluas o prescindibles, tantas que no da abasto, hasta generar en ella un estado de nerviosismo y de ansiedad que no le reporta ningún beneficio. No comprende que la cosa realmente necesaria en esos momentos, aquello para lo que él está allí, en su casa, es para ser acogido como lo que es, como Maestro y Señor, es para ser escuchado.

Porque el mejor modo de acogerle es conceder espacio a su palabra, comulgar con sus intereses, recibir las confidencias del amigo. Esta es la parte mejor (o buena, como dice el texto griego) de la recepción. Y María ha sabido verlo así. María ha sabido escoger, quizá sin pretenderlo, llevada simplemente por la espontaneidad del corazón que le inclinaba a situarse a los pies de Jesús y a absorber todo lo que procedía de él.

Se ha visto en la conducta de Marta y María (respecto de Jesús) la simbolización de dos actitudes: la activa y la contemplativa. Pero antes que eso habría que ver en ellas, ambas amigas del Maestro, dos modos diferentes de sintonizar con su persona y su enseñanza.

El de María, totalmente centrada y absorbida en el Señor; y el de Marta, absorbida por otras muchas cosas que la inquietan y la agitan y descentrada de lo que tendría que ser el centro de su interés, la palabra de Jesús, porque esto es lo realmente necesario en orden a la salvación. La elección de María es al menos la parte mejor.

La otra parte, la peor o la no tan buena, es la que acaba enredándose con esas cosas que distraen de lo necesario. Y no es que en la actitud de Marta no hubiera amor al Señor. Todos sus desvelos estaban orientados a agasajar al huésped (quizá también a quedar bien). Pero el Señor se sentía mejor acogido por la que se limitaba a prestarle atención como una buena amiga o confidente.

En ambas hermanas había amor, pero el amor de María estaba más centrado. María supo escoger, guiada tal vez por el instinto esponsal, la mejor parte y no se la quitarán. No se la quitaron las inquietudes de su hermana y otros afanes de este mundo. Pudo quitársela momentáneamente la muerte intempestiva, violenta y tumultuosa de su Señor; pero la recuperó al tercer día, al poder disfrutar de nuevo de la compañía resucitada de su humanidad gloriosa.

En este mundo, las preocupaciones y afanes de la vida pueden arrebatarnos, al menos parcialmente, esta parte mejor; pero siempre podremos reencontrarnos con ella y plenificada en la otra vida, cuando ya nada ni nadie pueda arrebatarnos la presencia amada de nuestro Maestro y Señor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Espíritu de la predicación y del culto

67. El santo Concilio enseña de propósito esta doctrina católica y amonesta a la vez a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos[193]. Y exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina a que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios [194]. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia bajo la dirección del Magisterio, expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen, que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. En las expresiones o en las palabras eviten cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

Recursos – Ofertorio Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

PREPARACIÓN DE LA MESA DEL ALTAR

(Con música de fondo, dos de las mujeres de la comunidad visten y adornan la mesa del altar. Hoy no debe faltar un bonito centro de flores. Sin embargo, se debe evitar todo barroquismo y profusión de cosas sobre el altar. Terminada la labor, una de las mujeres dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, hemos preparado y adornado la mesa del altar para la celebración de un banquete, porque Tú eres el Novio que estás en medio de nosotros y de nosotras. Así anticipamos las bodas del Reino. Queremos, sin embargo, que esto sea también el símbolo de la ofrenda de nuestras vidas.

PRESENTACIÓN DE ALGÚN ELEMENTO DEL APERITIVO

(Este signo supone que se va a realizar una pequeña fiesta de la comunidad después de la Eucaristía, como inicio del Curso Pastoral, o… Concretamente, podrían ser una bolsa de patatas fritas y un refresco, aunque esto sólo sea una sugerencia, que puede ser sustituido por cualquier otra cosa. La ofrenda la han de hacer dos personas, y una de ellas dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Te traemos, Señor, estas muestras de la fiesta que seguirá a este encuentro de fe de nuestra comunidad, reunida en torno a la mesa de tu Palabra y del Cuerpo de tu Hijo. Queremos con este gesto hacer crecer todavía más nuestro amor y fraternidad. Tú lo haces, cada domingo, con tu Palabra y la Comunión; pero nosotros y nosotras, por nuestra parte, queremos sumar a tu gracia nuestro empeño por construirnos cada vez más como una comunidad unida, sin fisuras ni barreras que nos separen y enfrenten.

PRESENTACIÓN DEL CARTEL MISIONERO DEL «DOMUND»

(Conviene presentarlo el domingo anterior, como forma de sensibilización de la Comunidad. Puede hacer la ofrenda uno-una de los-las jóvenes de la comunidad. Lo debe situar en un lugar bien visible)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te traigo este cartel misionero del DOMUND que anuncia la Jornada que celebra la Iglesia el próximo domingo. Con él, en mi nombre y en el de toda la comunidad, te quiero hacer presente nuestro deseo y compromiso evangelizador. Pero también queremos crear una “Cadena de solidaridad” con otros pueblos, con muchas menos posibilidades que nosotros y nosotras. Por eso, desde hoy, toda esta semana y, especialmente, el domingo que viene, nos comprometemos y participaremos en la Campaña del DOMUND. Acepta, Señor y Padre nuestro, nuestros gestos que hablan de fraternidad, de comunión y de solidaridad.

PRESENTACIÓN DE UN PARAGUAS

(Hace la ofrenda una persona adulta de la comunidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te traigo hoy este paraguas. Es y ha sido muchas veces, en mi vida y en la de muchos de nosotros y de nosotras, el símbolo de nuestras actitudes evasivas ante los compromisos y las exigencias que Tú nos has transmitido a través de tu Palabra. Muchas veces, o hemos mirado hacia otro lado o hacia otras personas. Hoy, con esta ofrenda, te queremos pedir que nos cambies el corazón y nos lo hagas receptivo a tu palabra y a sus exigencias.

PRESENTACIÓN DE LOS GRUPOS DEL CATECUMENADO DE ADULTOS

(Bien pudiera haber una representación numerosa de los distintos grupos de Catecumenado que hubiere en la Comunidad-Parroquia. También sería bueno preparar un HOJA IMPRESA con el proyecto que trabajan para poderlo ofrecer a todos y todas los y las participantes en la celebración. En nombre de todos y de todas, una de las personas dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor y Padre nuestro: queremos, antes que nada, agradecerte de corazón por el regalo que nos has hecho en Jesús, tu Hijo amado y nuestro Hermano. Pero, también, queremos expresarte nuestro deseo de seguir profundizando en nuestra fe, para así poder comunicarla, vitalmente, a nuestra cultura y entorno. Al presentar hoy a la comunidad el proyecto de nuestros grupos del CATECUMENADO de ADULTOS-AS, a Ti te ofrecemos nuestro compromiso de trabajarlo con buen ánimo y de ayudarnos mutuamente en esta labor, tan interesante como necesaria hoy en día. Acoge nuestra ofrenda, Padre.

Oración de los fieles – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

Este pueblo tuyo que camina hacia tu Reino para entrar en tu banquete eterno, presenta ante Tí las necesidades de esta vida cotidiana. Tú que tan bien las conoces, acompáñanos atendiendo lo que tus fieles te suplican:

ESCUCHA A TU PUEBLO, SEÑOR.

1. – Por la Iglesia: el Papa, los obispos, diáconos y demás personas que caminan hacia Ti, para que acudan en tu ayuda ante cualquier dificultad, sabiendo que sólo en Dios se encuentran verdes pastos y fuentes tranquilas. OREMOS

2. – Pidamos por todos aquellos que andan en sus negocios dando la espalda a Dios, para que convirtiéndose a la Luz encuentren a Cristo que es Camino, Verdad y Vida. OREMOS

3. – Por los que son llamados a la fiesta eterna del Señor, que nuestra plegaria sirva para reparar las faltas de su corazón y puedan compartir la mesa con Cristo. OREMOS

4. – Por la paz en nuestros países y en nuestro mundo, para que aquellos que tienen la solución en sus manos descubran en Cristo el camino para obtener la verdadera paz que El nos brinda. OREMOS

5. – Por los enfermos y aquellos que sufren algún mal del alma o del cuerpo, para que encuentren dentro del rebaño de Dios esas fuentes de tranquilidad y reposo. OREMOS

6.- Por todos los aquí reunidos para que veamos en cada Eucaristía un anticipo de la mesa que Dios nos tiene preparada, e invitemos continuamente a otros a esta mesa. OREMOS

Señor, atiende estas suplicas y repara nuestras fuerzas. Prepáranos para continuar el camino y haz que al final de nuestros días, participemos del banquete que Tú nos tienes preparado.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Amen.


Señor, sabemos que la salvación viene de Ti, por eso traemos a Tu presencia nuestras peticiones con la seguridad de que serán acogidas.

CONFIAMOS EN TU MISERICORDIA, SEÑOR.

1.- Por toda la Iglesia, para que su actitud y testimonio, muestren al mundo que el Espíritu Santo habita en nosotros. OREMOS

2.-Por todos los que trabajan por amor al Señor, especialmente los misioneros, para que acepten libremente su responsabilidad, sin esperar el éxito, ni la utilidad. OREMOS

3.- Para que sepamos vivir con serenidad y fortaleza la realidad de cada día, aunque nos parezca amarga, sin sentido, e incluso, a veces no seamos capaces de comprenderla. OREMOS

4.- Por todos los pueblos que en este momento sienten el dolor, la falta de alimentos, el sin sentido de la prueba; para que en lo más profundo de su ser sientan al Padre que los ama y a unos hermanos que les tienden la mano para ayudarles. OREMOS.

5.- Por todos nosotros, que traemos el corazón tan lleno de peticiones; que tengamos la seguridad de que el Espíritu del Señor está actuando para que se vean resueltos nuestros problemas. OREMOS

Aquí te traemos, Padre, nuestra oración, en medio de las tinieblas y el silencio, con la seguridad de que siempre somos escuchados, aunque no percibamos la respuesta que seríamos capaces de razonar. Lo hacemos todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Comentario al evangelio – Martes XXVII de Tiempo Ordinario

Pablo explica los acontecimientos que precedieron a su conversión, para decir a la comunidad que si abandonó la tradición recibida y por la que tanto ahínco luchó fue porque Dios le llamó personalmente. Se manifiesta a sí mismo como un fariseo ferviente, llegando incluso a convertirse en perseguidor de los cristianos. Bien, pues este hombre, fue el mismo que desde el encuentro con Cristo en el camino de Damasco se transformó en lo que es ahora, un ferviente seguidor de Jesucristo. Subrayando que el Evangelio que predica no lo ha recibido de los apóstoles (manifiesta que sólo acude una vez a Jerusalén para ver a Pedro, y que después no vio a ningún otro apóstol que a Santiago), sino que lo ha recibido directamente de Dios, de Jesús, como los mismos apóstoles. La autenticidad de su apostolado radica en su obediencia directa y radical a la llamada de Cristo a ser su apóstol.

El Evangelio narra el encuentro de Jesús con Marta y María. Podemos preguntarnos si es lícita la actitud de María, sentada a los pies de Jesús y conversando tranquilamente con Él, mientras Marta se afana en los quehaceres de la casa. ¿podríamos trasladar la pregunta a nuestro tiempo en que hay tantas cosas que hacer? Jesús le dice a Marta que sólo hay una cosa necesaria. Muchos hombres y mujeres descubren esta verdad en el momento de su muerte. Es como si, al final del camino, con la perspectiva de toda su existencia delante de los ojos, percibieran de golpe lo que merece la pena y lo que es puro relleno. Algunos, «por revelación», descubren esto mucho antes y tratan de conducirse de un modo nuevo, dando valor al estar «a los pies del Señor» (tanto en su vertiente contemplativa, como en su vertiente activa).

¿Quién nos va a ayudar a descubrir el poder transformador de una vida planteada de este modo?