Vísperas – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXVII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

SALMO 134

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 1, 2-4

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros sin falta alguna.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Invoquemos confiados a Cristo, pastor y guardián de nuestras vidas, y digámosle:

Favorécenos, Señor, por tu bondad.

Buen Pastor del rebaño de Dios,
— ven a reunir a todos los hombres en tu Iglesia.

Ayuda, Señor, a los pastores, de tu pueblo peregrino,
— para que apacienten sin desfallecer a tu grey hasta que vuelvas.

Escoge de entre nosotros pregoneros de tu palabra,
— para que anuncien tu Evangelio hasta los confines del mundo.

Ten compasión de los que en su trabajo desfallecen a mitad del camino;
— haz que encuentren un amigo que los levante.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Muestra tu gloria en el gozo de tu reino
— a los que en este destierro escucharon tu voz.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, que quisiste que Cristo, tu Hijo, fuese el precio de nuestro rescate, haz que vivamos de tal manera que, tomando parte en sus padecimientos, nos gocemos también en la revelación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 11,15-26
Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa los demonios.» Otros, para ponerle a prueba, le pedían un signo del cielo. Pero él, conociendo sus intenciones, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado y una casa se desploma sobre la otra. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?… porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: `Me volveré a mi casa, de donde salí.’ Y, al llegar, la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta una larga discusión entorno a la expulsión de un demonio mudo que Jesús acababa de realizar ante la gente.
• Lucas 11,14-16: Tres reacciones diferentes ante la misma expulsión. Jesús estaba expulsando demonios. Ante este hecho bien visible, realizado ante todos, hubo tres reacciones, diferentes. La gente quedó admirada, aplaudió. Otros dijeron: «Por Beelzebul, príncipe de los demonios, expulsa los demonios.” El evangelio de Marcos informa que se trataba de los escribas que habían llegado a Jerusalén para controlar la actividad de Jesús (Mc 3,22). Otros pedían una señal del cielo, pues no se convencieron ante la señal tan evidente de la expulsión realizada ante todo el pueblo.
• Lucas 11,17-19: Jesús muestra la incoherencia de los adversarios. Jesús usa dos argumentos para rebatir la acusación de estar expulsando demonios en nombre de Beelzebul. En primer lugar, si el demonio expulsa su propio demonio, se divide a sí mismo y no sobrevive. En segundo lugar, Jesús les devuelve el argumento: “Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos?” Dicho con otras palabras, ellos también estarán haciendo las expulsiones en nombre de Beelzebul.
• Lucas 11,20-23: Jesús es el hombre más fuerte que llegó, señal de la llegada del Reino. Aquí Jesús llega al punto central de su argumentación: “Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos.” En la opinión de la gente de aquel tiempo, Satanás dominaba el mundo mediante demonios (daimônia). El era el hombre fuerte y bien armado que guardaba su casa. La gran novedad era que Jesús conseguía expulsar los demonios. Señal de que él era el hombre más fuerte que llegó. Con la llegada de Jesús el reino de Beelzebul entró en declino: “Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios.”. Cuando los magos del Faraón vieron que Moisés hacía cosas que ellos no eran capaces de hacer, fueron más honrados que los escribas de Jesús y dijeron: “¡Aquí está el dedo de Dios!” (Ex 8,14-15).
• Lucas 11,24-26: El final es peor que el principio. En la época de Jesús, en los años 80, ante las persecuciones, muchos cristianos se volvieron atrás y abandonaron las comunidades. Volvieron a la forma de vivir de antes. Lucas, para avisar a ellos y a nosotros, guardó estas palabras de Jesús sobre el final que es peor que el principio.
• La expulsión de los demonios. El primer impacto que la acción de Jesús causa en la gente es la expulsión de los demonios: “¡Hasta a los espíritus impuros da órdenes y ellos le obedecen!” (Mc 11,27). Una de las principales causas de la discusión de Jesús con los escribas era la expulsión de los demonios. Ellos lo calumniaban diciendo: “¡Está poseído por Beelzebul! Expulsa a los demonios por el príncipe de los demonios” El primer poder que los apóstoles recibieron cuando fueron enviados en misión fue el poder de expulsar los demonios: “Les dio poder sobre los espíritu del mal” (Mc 6,7). La primera señal que acompaña el anuncio de la resurrección es la expulsión de los demonios: “Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas”. (Mc 16,17). La expulsión de los demonios era lo que más llamaba la atención de la gente (Mc 1,27). Alcanzaba el centro de la Buena Nueva del Reino. Por medio de esto, Jesús devolvía las personas a ellas mismas. Devolvía el juicio, la conciencia (Mc 5,15). Sobre todo el evangelio de Marcos, del comienzo al final, con palabras casi iguales, repite sin parar el mismo mensaje. “¡Y Jesús expulsaba los demonios!” (Mc 1,26.34.39; 3,11-12.22.30; 5,1-20; 6,7.13; 7,25-29; 9,25-27.38; 16,17). Parece un refrán que vuelve una y otra vez. Hoy, en vez de usar siempre las mismas palabras, usaríamos palabras distintas para transmitir el mismo mensaje y diríamos: “¡El poder del mal, Satanás, que da miedo a la gente, Jesús lo venció, lo dominó, lo agarró, lo destronó, lo derrotó, lo expulsó, lo eliminó, lo exterminó y lo mató!” Lo que el evangelio nos quiere decir es esto: “A los cristianos está prohibido tener miedo de Satanás!” Por su resurrección y su acción libertadora, Jesús aleja de nosotros el miedo de Satanás, crea libertad en nuestro corazón, nos da firmeza en la acción y pone esperanza en el horizonte! ¡Debemos caminar con Jesús, por su camino, con el sabor de la victoria sobre el poder del mal.

4) Para la reflexión personal

• Expulsar el poder del mal. ¿Cuál es hoy el poder del mal que masifica a la gente y le roba la conciencia crítica?
• ¿Puedes decir que estás totalmente libre y liberado/a? En caso de respuesta negativa , alguna parte de ti está en poder de otras fuerzas. ¿Qué haces para que este poder no te domine?

5) Oración final

Actúa con esplendor y majestad,
su justicia permanece para siempre.
De sus proezas dejó un memorial.
¡Clemente y compasivo Yahvé! (Sal 111,3-4)

Comentario – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

San Lucas nos presenta a Jesús realizando una buena acción, en concreto, liberando a un endemoniado del mal espíritu que le tenía poseído. Pero hay quienes, extraviados por su manera deformada de ver las cosas, confunden el bien con el mal, la buena acción con la mala. Algunos de entre la multitud –precisa el evangelista- dijeron: Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.

Sabemos por otras versiones del evangelio que los que sostenían y enarbolaban esta opinión eran los fariseos. Como no querían reconocer a Jesús como enviado de Dios, atribuían sus acciones, incluidas aquéllas que eran manifiestamente contrarias al espíritu del mal, a su condición de aliado de Belzebú, el príncipe de los demonios, y a las malas artes empleadas por él. Por arte de Belzebú tal vez pueda entenderse el recurso a la magia, como si los magos dispusieran de artes proporcionadas por los demonios para engañar a los seducidos por esas técnicas; o se podría aludir con esta expresión simplemente al poder «sobrenatural» del demonio.

Sea como sea, Jesús responde a esta crítica malévola con un razonamiento tan simple como cargado de lógica: Si quien echa a los demonios de sus posesiones o fortalezas es un aliado del mismo demonio, ello vendría a significar que la guerra civil se ha instalado en el reino de Satanás, haciendo imposible su supervivencia; pues un reino en guerra civil va a la ruina en un corto espacio de tiempo. No tiene, por tanto, ninguna lógica pensar que el que expulsa los demonios de sus aposentos esté confabulado con ellos o esté actuando como aliado de los mismos. El que se presenta como enemigo del demonio al actuar contra él no puede ser tenido por aliado suyo. Esto es incongruente. Además, si, como vosotros decís –les dice Jesús-, yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan?

Al parecer, Jesús no era el único exorcista de la región. Según testimonio del historiador Flavio Josefo, muchos judíos solían practicar con éxito exorcismos. No es extraño, por tanto, que el Maestro de Nazaret se remita a ellos para constituirlos en jueces de sus críticos. ¿A qué poder o arte habría que referir estas acciones «milagrosas» protagonizadas por otros judíos? ¿También habría que atribuir al diablo tales acciones? Juzgándole a él, se estarían constituyendo en jueces de aquellos otros exorcistas; pero no, serán ellos los que sometan a juicio a quienes ahora están dictando sentencia. Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios –sentencia el Maestro, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

Jesús se remite al sentido común. ¿No es más lógico pensar que el que actúa como adversario de demonio, el enemigo de Dios, actúe en alianza con Dios, puesto que está haciendo la guerra a su enemigo, el diablo? Y el aliado de Dios no puede perseguir con su actividad otra cosa que la implantación de su Reino. La expulsión de los demonios se convierte así en una de las señales más clarividentes de la llegada del Reino de Dios, pues el retroceso del demonio en su dominio es simultáneamente avance del Reino de Dios.

Aquí, como en tantas otras cosas, impera la ley del más fuerte. El demonio puede hacerse fuerte en su territorio, pero si llega otro más fuerte, le podrá desarmar y arrebatarle el botín. El que ha venido de parte de Dios y actúa con su poder es a todas luces más fuerte que el demonio; por eso, puede expulsarle y arrebatarle su dominio. Él es el más fuerte, viene a decir Jesús, y el que no está con él, está contra él, y el que no recoge con él, desparrama. La sentencia pronunciada por Jesús (el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama) suena muy excluyente, a diferencia de aquella otra, sin duda más amigable, que incluye a los favorables a su causa a los que no están en contra de ella: el que no está contra nosotros, está a favor nuestro.

Aquí, en contraste con el aserto anterior, se considera adversario al que no está a favor de Jesús. Quizá el contexto antifarisaico en que se produce explique la rotundidad de la afirmación. Jesús vendría a decir: el que no está conmigo porque no me reconoce como enviado de Dios y portador de su mensaje y poder, está contra mí, si sitúa del lado contrario a mi causa y mi persona. La obstinación de los fariseos que les lleva a tergiversar las cosas hasta el punto de hacer de Jesús, el enviado de Dios, un aliado del demonio, explica también que el Maestro de Nazaret les atribuya ese pecado, denominado blasfemia contra el Espíritu Santo, que no tendrá perdón jamás. Lo que encuentra Jesús en aquellos que siguen pidiéndole un signo del cielo, puesto que los signos que él les ofrece son interpretados como antisignos (o signos de una actuación diabólica), es una maldad que les ciega, impidiéndoles ver la realidad de las cosas o haciéndoles ver al diablo donde está Dios. Es esa ceguera que lleva a la confusión más nefasta, a confundir el bien con el mal.

El pasaje evangélico se cierra con una alusión a la vuelta de los espíritus inmundos al lugar que abandonaron, dado que no encuentran una morada mejor que aquélla, pero esta vez reforzando su presencia con la compañía de otros siete espíritus peores. Evidentemente el final de ese hombre resultará peor que el principio. Con semejante descripción parece como si Jesús estuviera invitando a no bajar la guardia frente al demonio, ya que puede volver en cualquier momento, dejando a sus víctimas en peor situación que la ya padecida. No obstante, y aun contando con esta posibilidad, siempre podremos acudir al que es más fuerte, al que dispone de capacidad para asaltar y vencer al fuerte; porque el demonio es fuerte, pero el Ungido del Espíritu, el que obra con el poder de Dios es mucho más fuerte. Ante el empuje de fuerzas adversas, siempre podremos confiar en una fuerza superior a todas ellas, en la fuerza de Dios manifestada en Cristo Jesús.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Proemio

1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola con confianza, hace suya la frase de S. Juan, que dice: «Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn., 1, 2-3). Por tanto, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión, para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de salvación; creyendo, espere; y esperando, ame.

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXVIII DE TIEMPO ORDINARIO

                    

SALUDO

Dios nuestro Padre que en Jesucristo, el Señor, nos llama sin cesar por medio del Espíritu a la vida y a la fiesta, esté con todos nosotros.

 

ENTRADA

La Eucaristía es, de todas las fiestas que podamos celebrar, la más grande e importante de la vida cristiana porque nos ayuda a entrar en comunión tanto con el Padre como con los hermanos. Continuamente nos llama el Señor a vivir en fiesta, porque su invitación es a la alegría y al gozo. Todo su mensaje se orienta a vivir ese festín del que nos habla el pro­feta, donde se enjugarán las lágrimas de todos los rostros y se arrancará el velo que cubre a los pueblos. Y el Reino de Dios es como una permanen­te boda, un convite, de los que nos llenan de verdad porque nos sentimos invitados no para cumplir, sino para que seamos los protagonistas.

Claro, que nuestras celebraciones no parecen muchas veces una fies­ta, sino otra cosa bien distinta. ¿Qué nos pasará a los cristianos, que no vivimos la alegría de nuestro Señor? Algo falla, y ese algo no viene de Dios. Que la celebración nos ayude a descubrir la vida nueva y la alegría que vienen del

ACTO PENITENCIAL

Delante de Dios Padre reconocemos nuestras faltas de caridad hacia las personas, pidiéndole su gracia y perdón:

– Tú, Palabra de vida, que nos llamas de las tinieblas a la luz. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, Palabra de vida, que acompañas el caminar de quienes te buscan con sincero corazón. CRISTO, TEN PIEDAD.

-Tú, Palabra de vida, que nos quieres entregados a Ti y a los herma­nos. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Dios de bondad y misericordia, danos tu perdón como lo esperamos de Ti. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Nos reunimos, Señor, en esta fiesta, expresión de amor y de com­promiso, esperando que la fuerza que de Ti procede mueva nuestra vida y así acojamos de verdad la misión de evangelizar, de modo que todas las personas puedan reconocerte como el Dios del Amor y la Vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

LECTURA PROFÉTICA

El profeta Isaías nos acerca la visión del Monte de Dios en el que se celebrará el banquete universal, para todos los pueblos. La mesa será servi­da por el mismo Dios y ya no habrá muerte ni dolor, porque Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y apartará el oprobio de todos los Pueblos.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo ha aprendido, con la fuerza de Dios, a vivir en medio de los suyos, de las comunidades, y a interiorizar sus medios de vida. Sin ninguna superioridad, sabe «vivir en pobreza y abundancia». Él trata de lle­var a cabo su misión en medio de las gentes con las que comparte la vida.

LECTURA EVANGÉLICA

Escuchamos la parábola del rey que celebraba la boda de su hijo y los invitados se excusan uno tras otro. Al rechazo del convite viene la nueva invitación del rey, esta vez hecha a todos los que están al borde del cami­no, lo que hace que la sala del  convite se llene a rebosar.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Presentemos al Padre nuestras plegarias, llevando en nuestro corazón las necesidades de los hombres y mujeres del mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

1.- Por el papa Francisco y por nuestro obispo. Que el Espíritu Santo los ilumine en su labor, para que sepan conducir a la Iglesia según la voluntad amorosa de Dios. OREMOS.

2.- Por las Iglesias de España y de América. Que demos siempre en nuestros países un testimonio fiel del amor inagotable de Dios. OREMOS.

3.- Por nuestros gobernantes. Que lleven a cabo su labor con dedicación y espíritu de servicio, para el progreso y el bienestar de todos los ciudadanos. OREMOS.

4.- Por los que entre nosotros sufren la pobreza y la mala distribución de los bienes que Dios ha querido que fueran para todos. Que crezca el espíritu solidario, especialmente en aquellos que tienen mayores posibilidades económicas. OREMOS.

5.- Por nosotros. Que seamos siempre portadores de la bondad y la vida de Jesucristo. OREMOS.

Mira, Padre, con bondad a tu pueblo, y concédenos lo que con fe te hemos pedido. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Junto con estas ofrendas recibe, Señor, las súplicas de tus hijos, para que esta Eucaristía, celebrada desde la fe, con amor y para la esperanza, nos lleve a participar un día de la plenitud de la vida jun­to a ti. Por Jesucristo.

 

PREFACIO

El banquete de bodas, Señor, la fiesta de tu reino, es el esfuerzo de los cristianos por serte fieles y por buscar en todo momento la verdad de la vida, el triunfo de la paz y del amor. Pero esto aún no es realidad y debe­ríamos asumir la responsabilidad que tenemos, y casi siempre la falta de entrega.

Nuestras iglesias suelen llenarse de gente los domingos, y todos creemos ser buenos y cumplidores porque nos damos la paz, comulgamos, rezarnos y cantamos. Pero junto a esto nos ignoramos, salimos de la igle­sia como liemos entrado y vivimos lejos unos de otros.

La parábola de Jesús sigue viva para que nos sintamos invitados y cambiemos el traje gris por el traje de fiesta que ilumine la vida. Ayúda­nos a unirnos a quienes sí han vivido de este modo, para poder decirte: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Al darte gracias por esta celebración, presencia y anticipo de uni­dad, que alimenta nuestra fe y da fuerza a la esperanza, te pedimos, Señor, que nos llenes de inquietud y fortaleza para buscarte en la vida y en los hermanos. Por Jesucristo.

 

DESPEDIDA:

A la hora de marchar, no olvidemos que estamos invitados a una gran fiesta en la casa del Padre. No dejemos caer en olvido su llamada.

La misa del domingo

El Señor en el Templo, a los ya alterados sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, les vuelve a hablar con una nueva parábola: un rey, que celebraba la boda de su hijo, manda a sus siervos para avisar a los invitados, pero estos no quisieron ir. Rechazan la invitación porque, según su criterio, tienen otras cosas más importantes que hacer, como cuidar sus negocios o trabajar sus tierras. Al estar pendientes de sus propios asuntos, no les interesa la invitación del rey a participar de su alegría ni de las bodas de su hijo. El desprecio es evidente, más aún si tenemos en cuenta que en un rey oriental la invitación equivalía a una orden.

Los siervos llegan donde el rey con la noticia de la negativa de los invitados. Con suma paciencia él los vuelve a mandar para decir a sus invitados que el banquete está ya preparado y todo está a punto, y que ha sacrificado sus mejores terneros y reses para agasajarlos. A pesar de tanto ruego e insistencia del rey «los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; otros agarraron a los criados y los maltrataron hasta matarlos».

En esta nueva alegoría el rey representa también a Dios Padre. El banquete preparado es el Reino de los Cielos, presente y establecido ya en la tierra por la presencia de Jesucristo, el Hijo del Padre que ha venido a sellar una nueva Alianza con su pueblo por medio de su propio sacrificio en el Altar de la Cruz. Con Él han comenzado los tiempos mesiánicos, con Él ha llegado ya «la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4): todo está listo para “la boda” del Hijo.

«Vengan a la boda», es la invitación apremiante que hace Dios a los miembros del pueblo de Israel, particularmente a sus jefes religiosos. Ellos son los primeros invitados a participar del banquete de bodas. Sin embargo, ese deseo y el Plan de Dios quedaría frustrado por su negativa a acudir a la boda, por despreciar el llamado de los antiguos profetas y en concreto el llamado apremiante de Juan el Bautista por la llegada inminente del Reino de los Cielos: ellos «no quisieron ir», no quisieron recibir el bautismo de Juan, no quisieron convertirse, no quisieron reconocer al Mesías y entrar en el Reino de los Cielos.

Esta vez el rey, ante este nuevo rechazo y asesinato de algunos de sus siervos, reacciona con firmeza: manda a sus tropas dar muerte a los asesinos e incendiar sus ciudades. Luego dio estas órdenes a sus criados: «Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda». Los siervos hicieron lo mandado, invitando a cuantos pasaban por allí, «malos y buenos».

Esta invitación ha sido interpretada comúnmente como un llamado a los gentiles, quienes en un primer momento no estaban invitados a participar del Reino de los Cielos, pues en los cruces o bifurcaciones de los caminos era donde solían pasar los viandantes venidos de los más diversos lugares y pueblos. Asimismo, a diferencia de los primeros convocados, las personas que pasan por los cruces de los caminos son personas desconocidas para el rey. Ello hace más patente que la invitación está abierta a todos, no solamente a un grupo de conocidos o elegidos, no sólo a Israel, sino incluso a los desconocidos, a los que en un primer momento no habían sido invitados, a los gentiles.

Como resultado de esta nueva invitación, la sala del banquete se llenó.

La siguiente escena muestra al rey haciendo su ingreso a la sala para saludar a los invitados. Al toparse con «uno que no llevaba traje de fiesta (y) le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”». Un vestido especial era de tela fina y lo llevaban ordinariamente los soberanos, así como también personas distinguidas. Los vestidos de fiesta se diferenciaban probablemente sólo por el hecho de ser de mejor tela. El color era preferentemente blanco (ver Ecles 9,8; Mc 9,3).

Aquel invitado había acudido a la celebración sin estar «vestido con traje de boda». El verbo usado por San Mateo es usado también por San Lucas (ver Lc 24,49) y sobre todo por San Pablo para referirse no sólo a un vestido exterior, sino también interior: «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Gál 3,27). San Pablo exhorta continuamente a vestirse de Cristo (ver Rom 13,14; Ef 4,24) en un proceso interior que implica —análogamente a como uno se despoja de una ropa sucia u ordinaria para revestirse de vestidos limpios y festivos— un desvestirse de las obras del mal para vestirse con las armas de la luz (ver Rom 13,12; Ef 6,11; Col 3,9-10.12; 1Tes 5,8).

El vestido digno, que esté en sintonía con la ocasión, representa las disposiciones morales requeridas para participar en el Reino. No basta haber sido invitados, tampoco es suficiente haber ingresado a la sala, se exige una vestidura apropiada, se exigen las necesarias condiciones morales para permanecer en el banquete, se exige estar “revestidos de Cristo”, asemejarse a Él por las obras.

Al ser interpelado aquel hombre y no dar razón alguna, mandó el rey a los sirvientes: «Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». El lugar donde «habrá llanto y rechinar de dientes» es la expresión usual para hablar del infierno como un lugar de terrible sufrimiento (Mt 13,42.50).

Con esto quedaba claro que no todo “llamado” es ya definitivamente “escogido”. Aunque todos, buenos y malos, son invitados o “llamados”, sólo aquellos que se presenten debidamente vestidos o revestidos de Cristo serán admitidos en el banquete eterno.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Los invitados rechazan la invitación, se niegan a asistir. Como en los Domingos antecedentes aparece nuevamente el tema de la rebeldía frente a Dios, del rechazo de Dios mismo y de sus designios, del rechazo de participar en la fiesta que Dios ha preparado para el hombre. ¡Qué tremendo! El ser humano no quiere participar de la fiesta preparada para él, rechaza el gozo, la felicidad, la alegría, que proceden de la participación en la alegría que Dios vive en sí mismo.

¡Y cuántos también hoy rechazan la invitación participar de las bodas del Hijo de Dios, rechazan a Cristo y su Evangelio, se niegan a beber el vino nuevo que Él ha traído para alegrar los corazones! Quien rechaza este llamado insistente de Dios, que toca y toca a la puerta del corazón humano, a sí mismo se excluye de la vida y acarrea sobre sí la ruina, el desastre, la destrucción y la muerte.

¿A qué se debe este terco y obstinado rechazo? El rechazo se debe principalmente a que el invitado tiene otras cosas que hacer, cosas que juzga más importantes y urgentes: mantener sus negocios, atender su tierra, etc. Muchos dicen: “no tengo tiempo” para asistir a la fiesta, como hoy también muchos dicen: “no tengo tiempo para ir a Misa, no tengo tiempo para Dios, y Dios no es lo más importante para mí, la fiesta que Él ha preparado no es para mí sino una ‘pérdida de tiempo’”. Sí, en un mundo tan agitado y activo como el nuestro, hay mucho que hacer, tanto el trabajo o los estudios absorben todo nuestro tiempo, y a muchos ya no les queda tiempo para Dios. Y si algo de tiempo les queda, prefieren utilizarlo para divertirse, para relajarse o simplemente para dormir.

¿Y yo? ¿Hago caso a las invitaciones constantes de Dios, a las señales o personas que el Señor pone en mi camino para invitarme a la fiesta? ¿O prefiero “mis negocios”, “mis campos”, todo lo que me reporta una ganancia, un placer, mayor poder? Sin duda, ante todas las maravillas, posibilidades o placeres que el mundo me ofrece, ante todo lo que hay por hacer, Dios parece que no tiene nada que dar: la fiesta que ofrece “es una pérdida de tiempo”, porque “de nada aprovecha”, porque es “una fiesta aburrida”.

¡Y qué triste es ver cómo esta parábola se realiza hoy en la vida de tantos católicos, invitados a la Fiesta de la Eucaristía! Para muchos ir a Misa, ir a esta fiesta semanal que Dios prepara para nosotros en espera de la Fiesta que no tendrá fin, el tiempo que deberíamos dedicar a participar en la celebración de la Misa dominical se ha convertido en “un tiempo que se puede emplear mejor en otras cosas”. Formalmente se trata de un rechazo de Dios mismo y de una autoexclusión del Banquete de la comunión con Dios al que Él hoy nos invita en primer lugar.

¡Dios me invita a su fiesta! ¿Cómo respondo yo? Dios llama e invita continuamente, toca y toca a la puerta del corazón. ¿Le abro? ¿Salgo a su encuentro? ¿Lo busco? ¿O le digo: “ahora no”, “más tarde”, “ahora no tengo tiempo”, “no molestes, déjame en paz”, “tengo otras cosas más importantes que hacer, otros asuntos más importantes que atender”, “tengo pereza”, “no te quiero en mi vida”, “tu fiesta me aburre”? ¿O respondo como María, con prontitud, y con presteza abro mi corazón a Aquel que llama?

Quien deja entrar a Cristo en su vida, participa ya verdaderamente de la fiesta de la salvación, que llena su corazón de un gozo y alegría rebosantes: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11).

Venid a la fiesta

Hoy has preparado un banquete,
en tu amplia tienda de la alianza
levantada en esta tierra tuya y nuestra,
para que tu presencia no nos resultara extraña.
Es tu hijo quien se casa,
y la ocasión es única
para hacernos presente
tu generosidad y gracia.

Ya está la entrada engalanada,
los jardines adornados,
las farolas y antorchas alumbrando
caminos, rincones y plazas,
las habitaciones dispuestas
y la sala del banquete preparada
con todo lo necesario para la fiesta,
porque la ocasión es única.

La mesa lista para el banquete
con los mejores manjares que se conocen
y un vino reserva excelente,
para alegrar a los reticentes,
traído de tu viña predilecta.
Todo en abundancia,
que a ti te gusta que sobre y no falte
cuando se va o se pasa por tu casa.

Los criados han partido
para invitar a tus amigos,
que son muchos y muy distintos
y están dispersos por el amplio mundo.
¡Venid a la fiesta! ¡Venid a la fiesta!,
se oye en pueblos y casas,
y como un eco resuena setenta veces siete
y llega a todos los corazones.

Atardece, y tu tienda está vacía.
Tus amigos, muy ocupados
en sus cosas y haciendas,
declinan la invitación
como si fuese una oferta cualquiera.
Te hacen pasar un mal trago
aduciendo motivos, disculpas y excusas
que suenan a justificar sus conciencias.

Sin embargo, hoy, la fiesta se hará;
es tu querer y voluntad decidida.
Tu generosidad y riqueza
no pueden terminar en la basura.
De la calle, de las plazas,
de los rincones más olvidados
y del reverso de la historia
llegarán tus invitados.

Serán cojos, ciegos y sordos,
hambrientos, pobres y presos,
ciudadanos y extranjeros,
emigrantes sin papeles,
hombres y mujeres, ancianos y niños
de toda raza, color y oficio,
que oyen a tus mensajeros
y se sienten sorprendidos.

Los que a nada sois invitados…
¡Venid a la fiesta!
Los que estáis solos y sin futuro…
¡Venid a la fiesta!
Los que tenéis hambre y no trabajo…
¡Venid a la fiesta!
Todos los despreciados y humillados…
¡Venid a la fiesta!
Los sin nombre y sin historia…
¡Venid a la fiesta!
Los que no sois sino recursos humanos…
¡Venid a la fiesta!
Los que sufrís la risa y la miseria…
¡Venid a la fiesta!
Los nadie de ahora y siempre…
¡Venid a la fiesta!

¡Vamos a tu fiesta, Señor!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

Si hay algo que nos fastidia es que nos saquen de nuestras casillas. Los psicólogos modernos dicen que todos tenemos una zona de confort. Se refiere al mundo de nuestras relaciones, al entorno habitual, a nuestras creencias. Se refiere al periódico que leemos habitualmente, a la radio que escuchamos. En general oímos opiniones que compartimos porque lo único que hacen es, como mucho, expresar de una manera nueva o diferente, lo que ya pensábamos. Nada nuevo. En esa zona nos movemos como pez en el agua. Nos sentimos cómodos. Lo que también dicen los psicólogos es que para crecer hay que salir de esa zona de confort, atreverse a hablar con gente diferente, a conocer lugares nuevos, a escuchar otras opiniones, a dejarnos sorprender y afectar por realidades nuevas. Es la única forma de crecer, de madurar como personas. 

A los que escuchaban a Jesús y veían las cosas que hacía, todo aquello los descolocaba.  Podían haberse sentido interpelados por la acción de Jesús y pensar que allí podía haber quizá una presencia nueva y salvadora. Pero optaron por no salir de su zona de confort. Y buscaron  una solución. Si Jesús hacía esas cosas era porque él mismo estaba al servicio del jefe de los demonios. Es decir, aunque objetivamente lo que hacía Jesús era liberar a las personas del dominio del mal, ellos habían llegado a la conclusión de que eso no era más que un artificio. En realidad Jesús era el representante de Belcebú. De esa manera, ellos podían seguir tranquilos en su zona de confort, haciendo lo de siempre, sintiendo que controlaban perfectamente las relación de los hombres con Dios. No había ninguna necesidad de cambiar. Podían seguir con lo de siempre. 

Jesús, si leemos atentamente y en serio el Evangelio, nos descoloca. Nos saca de nuestra zona de confort, nos invita a hacernos planteamientos nuevos, a buscar soluciones diferentes. No vale lo de siempre. El Reino nos habla de una nueva realidad. Si siempre hemos dicho que “ojo por ojo”, quizá sea tiempo de buscar caminos nuevos que nos lleven de verdad a la una mayor justicia y fraternidad. Quizá sea tiempo de pensar que no hay razón para que las cosas tengan que ser como siempre han sido y que tenemos posibilidad de cambiar, de mejorar, de ser mejores.