De la buena noticia a la amenaza

En la Biblia, la boda es un símbolo cargado de significado: representa la relación de Dios con su pueblo, tal como lo expresa, de manera intensa y poética, el libro de Oseas. En los evangelios, se utiliza esa misma imagen como símbolo del “Reino de Dios”. Si entendemos el “Reino” como la “dimensión profunda de lo real”, la imagen no puede ser más adecuada.

En su nivel profundo, y a pesar de las apariencias en el nivel fenoménico o de las formas, lo real es una “boda”, es decir, una unidad indisoluble, donde no cabe separación: todo es uno.

Cuando Jesús afirma que el reino de Dios es como un banquete de bodas está diciendo lo que siempre han sostenido las personas sabias: lo realmente real es unidad, plenitud, gozo… En ese plano, todo está bien. Y esa es nuestra identidad, porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

La primera parte del relato subraya la gratuidad, la amplitud, la inclusividad, el gozo: todos caben en el banquete de bodas. Sin embargo, en la segunda mitad, se produce un cambio tan abrupto que resulta abiertamente contradictorio con el mensaje inicial. Es patente la mano de otro redactor animado por un objetivo sectario y proselitista: exigir la pertenencia a la comunidad –el “traje de fiesta” es una alusión al bautismo, puerta de acceso al grupo–, como condición para participar del “banquete”.

La identificación con la propia creencia llega a ser tan obtusa que ni siquiera cae en la cuenta de la contradicción en la que incurre: exigir la pertenencia al propio grupo como condición para participar en el “Reino”, es decir, para participar en la vida. No advierte que la vida no se alcanza a través de las creencias –no es el premio a lo que alguien cree–, sino que es aquello que somos todos.

¿Qué ha sucedido? Probablemente, en un lapso de pocos años, aquellas comunidades adoptaron un perfil sectario, característico de grupos religiosos nacientes y minoritarios, identificando la verdad con su propia creencia –de ahí nace la afirmación de que la propia religión es la única verdadera–, el “banquete” (inclusivo) con el “traje de fiesta” (excluyente).

La consecuencia es dramática: la buena noticia proclamada en la parábola inicial –todos tienen su lugar en el banquete de bodas– se transforma en amenaza y en castigo: quien no se integra en la comunidad es “arrojado fuera”, donde hay “llanto y rechinar de dientes”; la predicación posterior lo nombraría como “infierno” y lugar de tormentos eternos. De ese modo, la universalidad del mensaje primero se transformó en amenazadora intolerancia religiosa.

¿Cómo se explica el cambio? Sin duda, por la propia dinámica de todo grupo sectario, que absolutiza las propias creencias y juzga como errado a todo aquel que no las comparte. Lo que sucede es que, en este caso, el contraste es flagrante: la buena noticia convertida en amenaza. El mensaje de Jesús tergiversado en un punto decisivo por sus propios discípulos.

Las personas sabias no buscan seguidores –no hacen proselitismo–, mucho menos amenazan. La comprensión les regala un respeto exquisito a la libertad; saben que cada persona tiene un camino propio; viven compasión porque, aun sin justificar cualquier acción, la comprenden y son conscientes de que el mal es siempre fruto de la ignorancia.

¿Cómo me sitúo, en la práctica, ante posicionamientos diferentes?

Enrique Martínez Lozano

Anuncio publicitario

I Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXVIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor de los ejércitos prepara para todos los pueblos un festín. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor de los ejércitos prepara para todos los pueblos un festín. Aleluya.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXVII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 11,27-28
Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy es bien breve, pero encierra un significado importante en el conjunto del evangelio de Lucas. Nos da la clave para entender lo que Lucas enseña respecto de María, la Madre de Jesús, en el así llamado Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2).
• Lucas 11,27: La exclamación de la mujer.“Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» La imaginación creativa de algunos apócrifos sugiere que aquella mujer era una cecina de Nuestra Señora, allá en Nazaret. Tenía un hijo, llamado Dimas, que, como tantos otros chicos jóvenes de Galilea de aquella época, entró en la guerrilla contra los romanos, fue llevado a la cárcel y ejecutado junto con Jesús. Era el buen ladrón (Lc 23,39-43). Su madre, al oír que Jesús hablaba tan bien a la gente, recordó a María, su vecina y dijo: “¡María debe ser tan feliz teniendo a un hijo así!”.
• Lucas 11,28: La respuesta de Jesús. Jesús responde, haciendo el mayor elogio de su madre: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Lucas habla poco de María: aquí (Lc 11,28) y en el Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2). Para Lucas, María es la hija de Sión, imagen del nuevo pueblo de Dios. Presenta a María como modelo para la vida de las comunidades. En el Concilio Vaticano II, el documento preparado sobre María, fue inserto como capítulo final en el documento Lumen Gentium sobre la Iglesia. María es modelo para la Iglesia. Y sobre todo en la manera de relacionarse con la Palabra de Dios Lucas ve en ella el ejemplo para las comunidades. María nos enseña cómo acoger la Palabra de Dios, cómo encarnarla, vivirla, profundizarla, rumiarla, hacerla nacer y crecer, dejarnos plasmar por ella, aún cuando no la entendemos o cuando nos hace sufrir. Es ésta la visión que subyace detrás del Evangelio de la Infancia (Lc 1 e 2). La llave para entender estos dos capítulos nos es dada en el evangelio de hoy: “Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Veamos cómo en estos capítulos María se relaciona con la Palabra de Dios.
a) Lucas 1,26-38:
La Anunciación: «¡Hágase en mí según tu palabra!»
Saber abrirse, para que la Palabra de Dios sea acogida y se encarne.
b) Lucas 1,39-45:
La Visitación: «¡Dichosa aquella que creyó! «
Saber reconocer la Palabra de Dios en una visita y en tantos otros hechos de la vida.
c) Lucas 1,46-56:
El Magnificat: “¡El Señor hizo en mí maravillas!”
Reconocer la Palabra en la historia de la gente y producir un canto de resistencia y de esperanza.
d) Lucas 2,1-20:
El nacimiento: “Ella meditaba todas estas cosas en su corazón.»
No había sitio para ellos. Los marginados acogen la Palabra.
e) Lucas 2,21-32:
La presentación: «¡Mis ojos vieron tu salvación!»
Los muchos años de vida purifican los ojos.
f) Lucas 2,33-38:
Simeón y Ana: «Una espada atravesará su alma»
Acoger y encarnar la palabra en la vida, ser señal de contradicción.
g) Lucas 2,39-52:
A los doce años en el Templo: «Entonces, ¿no sabían que tengo que estar con el Padre?»
Ellos no comprendieron las Palabras que les fueron dichas!
h) Lucas 11,27-28:
El elogio de la madre: «Dichoso el vientre que te llevó!»
Dichoso aquel que escucha y pone en práctica la Palabra.

4) Para la reflexión personal

• ¿Consigues descubrir la Palabra viva de Dios en tu vida?
• ¿Cómo vives la devoción a María, la madre de Jesús?

5) Oración final

¡Cantadle, tañed para él,
recitad todas sus maravillas;
gloriaos en su santo nombre,
se alegren los que buscan a Yahvé! (Sal 105,2-3)

Las bodas del rey

1.- «Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…» (Is 25, 6) Nuevamente Dios nos habla de cosas terrenas para hacernos entrever las que son propias del cielo. Palabra humana que contiene realidades divinas, en la medida en que esto es posible. Hoy nos habla la liturgia de un festín maravilloso en la cima del monte santo. Una montaña sagrada, ese símbolo que los hombres de todos los tiempos han sabido vislumbrar, sintiendo que allá en la cima de un monte es más sensible la grandeza de Dios.

Cuántos santuarios están clavados en las peñas más escarpadas. Como nidos de águilas, colgados entre el cielo y la tierra, allá por donde las nubes pasan. Como si en estas alturas la cercanía de Dios fuera mayor, como si entonces hubiéramos llegado a la antesala del cielo… Levanta el vuelo de tu imaginación, asciende por las zigzagueantes sendas que conducen a la altura. Escala día a día las escarpadas rocas de todos los momentos. Asciende, asciende siempre. Aunque la fatiga te haga detener la marcha por unos momentos. Entonces descansa un poco y emprende luego la escalada, asciende hasta la cumbre. Allí te espera Dios.

«La mano del Señor se posará sobre este monte… (Is 25, 10) Nuestro gran místico castellano habló extensamente sobre la subida al monte Carmelo. Vio en éste el lugar un símbolo del encuentro con Dios. Juan de la Cruz, hombre de tierra llana, hijo de la ancha Castilla, voló tan alto, tan alto que a la caza le dio alcance… Subir, subir cada día un poco. Eso ha de ser nuestra vida siempre. Y saber dar a cada jornada el color y la luz que, para un alpinista, tiene el trecho de escalada que ha de recorrer. Aire deportivo para todas nuestras horas. Sin miedo al viento frío de las cumbres, con el alma limpia como el aire de los altos picachos. La piel tostada y los músculos tensos, coronando al fin de cada día las etapas que nos hemos señalado.

Volar como las águilas, sin quedarnos en ave de corral; remontarnos por encima de las mil miserias de la vida. Dios nos llama a cosas mayores, quiere vernos despegados de la materia pesada que frena nuestro vuelo. Quiere que seamos libres, con las alas del espíritu siempre limpias, ágiles y prontas para remontar el más bello y alto vuelo.

2.- «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar…» (Sal 22, 1) Habría que vivir en las áridas tierras de Judá para comprender el hondo sentido que encierran las palabras del salmo, habría que haber recorrido la ruta de los beduinos, que aún hoy van con su rebaño en busca de lugares donde crezca un poco de hierba, o brote el agua con que abrevar al ganado. Entonces quizás nos calaría mejor este canto de esperanza y de paz que la Iglesia pone en nuestros labios y en nuestros corazones.

Canto de esperanza y de paz, deseo divino y humano, de Dios y de quienes le representan. Exhortación para que cada uno viva la inquebrantable confianza de los hijos de Dios, esa seguridad que nada remueve, la firme persuasión de que cuanto ocurre entra de alguna manera en los planes del Señor, que busca con ello nuestro bien.

«… me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas…” (Sal 22, 3) Aunque camine por cañadas oscuras, dice el salmista, nada temo, porque tú vas conmigo y tu cayado me sosiega. La esperanza es, pues, compatible con las contradicciones y con la tribulación más grande. La esperanza brilla con más fuerza precisamente cuando todo se derrumba, cuando humanamente ya no hay remedio. Esperar contra toda esperanza, tener sosiego y serenidad cuando todo se tambalea.

Señor, tú que conoces a cada una de tus ovejas por su nombre, tú que amas al rebaño porque es tuyo, que no eres como el mercenario que huye ante el peligro, tú que te enfrentas con el lobo aun a riesgo de tu vida, quítanos el miedo y la tristeza. Tú que abandonaste a buen recaudo a las noventa y nueve, para buscar a la oveja perdida, tú que al encontrarla la pusiste sobre tus hombros regresando lleno de alegría; tú, mi buen pastor, infunde en nosotros la más firme esperanza.

3.- «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo» (Flp 4, 12) San Pablo procedía de Tarso, rica ciudad comercial. En una ocasión hará defender sus derechos de ciudadano romano. Y frente al tribuno que le explica haber adquirido su categoría de ciudadano gracias a una fuerte suma, el Apóstol responde, no sin cierto orgullo, que él es ciudadano romano no por dinero, sino por su nacimiento.

Pero toda esa nobleza de su familia de sangre la sacrificó por su amor a Jesucristo. Desde su encuentro con él, camino de Damasco, Pablo sigue a Cristo y cambia su condición de rico romano por la de pobre misionero que va de un lado para otro, predicando incansable el Evangelio de la salvación.

Estoy entrenado en todo y para todo, nos asegura con sencillez este gran hombre. Sí, está entrenado. Es decir, está en forma para vivir fiel a Jesús. Y eso gracias a un entrenamiento continuo, esto es, gracias a la repetición incesante de oraciones, trabajos, privaciones y sacrificios… Y a ese entrenamiento estamos todos obligados. Sólo así podremos repetir con San Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

«En todo caso hicisteis bien en compartir mi tribulación» (Fl 4, 14) Aunque San Pablo se siente con fuerzas para sobrellevar, apoyado en Dios, todas las calamidades que le sobrevienen en su labor apostólica, él agradece con sencillez la ayuda que le prestan los cristianos de Filipos. Además, les enseña que esa conducta es muy grata a Cristo, por eso dijo que quien ayudara a un profeta recibiría paga de profeta.

En pago, les dice a ciencia cierta, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús… Sí, el que ayude a otro por amor de Dios, recibirá abundante recompensa; sobre todo si a quien se ayuda es, además, un ministro del Señor.

El tema de la generosidad presenta un amplio campo para un entrenamiento a fondo. Hay que ser generosos y desprendidos. Hemos de ponernos en guardia contra la mezquindad y la tacañería tan propia de los que tienen mucho, y hoy cada vez tenemos más. Hay que dar y hay que darse. Que no nos pueda la avaricia o la ambición de querer siempre más. Al contrario, tengamos muy en cuenta que a los ojos de Dios es mejor dar que recibir.

4.- «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo…» (Mt 22, 2) En un reino las bodas del rey son, sin duda, uno de los acontecimientos más festivos que pueden ocurrir. Por eso el Señor se vale de esta comparación, en más de una ocasión, para hacernos comprender de alguna manera las alegrías del Cielo. Alegría y abundancia de toda clase de bienes que se prolongan por muchos días. En el caso del Cielo por toda la eternidad. Estamos ante la promesa mayor que el Dios omnipotente nos hace, eso que colmará finalmente todos los deseos y anhelos del corazón humano. Es lo más que podemos decir de ese premio que el ojo no vio, ni el oído escuchó, ni el entendimiento humano puede imaginar.

Y este rey invita a unos y otros, nos llama a todos a participar de esa gran fiesta. Pero muchos rechazan su invitación, se justifican de mil maneras, no comprenden la grandeza del don que se les ofrece y lo cambian por unos placeres efímeros y vacíos. Luego se darán cuenta del mal negocio que han hecho, se lamentarán mirando sus manos vacías, cuando pudieron tenerlas llenas. No seamos sordos a la invitación divina, no dejemos pasar ocasión alguna de aceptar lo que nos ofrece. Aunque por ello tengamos que privarnos de otra cosa, estemos persuadidos de que al final siempre saldremos ganando.

Porque, además, el rechazo a esa invitación supone no sólo la privación de unos bienes excelentes, sino también el ser castigados con el padecimiento de unos males terribles. La parábola habla del incendio de sus ciudades. Luego se refiere también a las tinieblas exteriores, al llanto y al rechinar de dientes. Para siempre a oscuras, mientras que los de dentro, los que disfrutan del gran banquete del rey, gozan de la luz y la gloria. Ellos reirán y cantarán cerca del Rey de reyes, vivirán por siempre la paz que sólo Dios puede dar. Los otros, los que no aceptaron la invitación de bodas, llorarán a lágrima viva, con un gemir desconsolado, con una desesperación que no tiene otro consuelo que la rabia y el coraje contra uno mismo, el apretar con fuerza los dientes, hasta hacerlos rechinar.

El banquete real está todavía abierto para ti y para mí, para todo aquel que aún está vivo. Sí, mientras hay vida hay esperanza. Dios nos invita otra vez, nos dice que todo está preparado. Respondamos que sí, confesemos humildemente nuestros pecados. Revistiéndonos con la gracia del perdón divino, entremos en la sala del banquete, probemos en la Eucaristía cuán dulce y suave es el Señor.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXVII de Tiempo Ordinario

El pasaje evangélico nos recuerda ese momento de exaltación en el que una mujer de entre el gentío, movida por el entusiasmo que suscitaba en ella la presencia de Jesús, levantó la voz sin ningún pudor y dijo con tono elogioso: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Aquella mujer felicitaba a la madre de Jesús por tener el hijo que tenía. El elogio iba destinado a ese “hombre” que despertó en ella tanta admiración y al que hubiera deseado seguramente tener por hijo; pero toca de lleno a la madre a la que declara dichosa por haber llevado en su vientre y haber amamantado a un hijo como ése. También a la madre le reconoce el mérito de haber contribuido a la crianza y formación de ese hombre que merece toda su admiración.

Al elogio de la mujer, sin embargo, Jesús no se limita a asentir, sin añadir nada. Al contrario, corrige, precisa y mejora esta apreciación: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Él sitúa las cosas y, por tanto, la felicidad que se desprende de ellas, en un plano más hondo y decisivo que el biológico o el de las relaciones naturales que brotan del mismo. Para el Señor, los verdaderamente dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen; porque se trata de una palabra dicha no sólo para ser oída con atención (de modo que quedemos bien informados), ni siquiera para ser reconocida en su autoridad o validez, sino para ser cumplida, pues concierne a nuestro modo de conducirnos en la vida y a nuestro destino final.

Según esto, María sería más dichosa por escuchar la palabra de Dios y cumplirla que por haber parido y criado a un “hombre admirable”, más aún, al mismo Hijo de Dios hecho hombre; entre otras razones, porque si fue la madre (biológica) de Jesús es porque “antes” escuchó la palabra de Dios y dijo: Hágase (fiat). Sin éste asentimiento voluntario que brotaba de una extrema disponibilidad para adecuarse a los planes de Dios, sin este hágase (o activa apertura al cumplimiento de esa voluntad divina), no se hubiera hecho –no hubiera sucedido- ni la concepción ni el alumbramiento del Mesías; para ambas cosas Dios pide colaboración humana. Por eso entra en diálogo y ofrece razones o muestra caminos de realización: El Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Será una partenogénesis.

Luego María fue dichosa (una dicha no exenta de sufrimientos) por haber tenido a ese hijo –un hijo que le reportó tanto alegrías como sufrimientos-; pero antes lo fue por haber escuchado la palabra de Dios. Precisamente por haber escuchado y secundado esta palabra tuvo al hijo. De no haberlo hecho, no lo habría tenido. Tener a Jesús fue “efecto” de una acción de Dios que reclamaba colaboración humana: “¿Quieres ser la madre del Mesías? -Hágase conforme a tu querer”. Y se hizo. Pues dichosos nosotros si escuchamos la palabra de Dios y la cumplimos, porque veremos realizada la promesa de felicidad que va ligada a esta bienaventuranza.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO I

LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA

Naturaleza y objeto de la revelación

2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.

Nunca habían sido invitados

1.- El festín, símbolo evangélico del Reino de Dios, preparado por El para todos es la idea que une la primera y tercera lecturas en este domingo. La salvación de Dios es para todos porque el amor de Dios es incondicional.

Lo que aparece en la versión de Mateo como una sola parábola era, en su origen según todos los expertos, dos parábolas que quedaron juntadas por la primera comunidad cristiana en una sola historia. Como lo tenemos en nuestra versión, el mensaje es doble y bien claro: Hay un banquete del Reino de Dios, y tenemos que estar siempre listos para entrar en él. El rey es Dios que nos invita a celebrar la boda de su hijo. Isaías nos describe esta boda como un festín del tiempo mesiánico.

Se invita a entrar en el Reino a todos los que nunca habían sido invitados porque además, los que siempre habían sido invitados no quisieron venir. Una vez más aparece reflejado claramente que las parábolas fueron dichas a enemigos de Jesús.

Pongámosle atención a la frase que dice que el banquete se llenó de buenos y malos. Va en la misma línea de revelación en que Jesús dice que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, o caer su lluvia sobre buenos y malos. Nos salvamos por gracia, nos salvamos porque Dios nos ama incondicionalmente, porque Dios nos ama aunque nosotros no llenemos las condiciones para ser amados.

2. Los rabinos contaban, en la época de Jesús, la historia del invitado tonto que había sido avisado del banquete y que había dejado para el último momento prepararse. En el momento en que llegó el novio (como las famosas vírgenes necias) no estaba listo y ni siquiera se había buscado el vestido apropiado que prestaba, en esos casos, el organizador del banquete.

El mensaje no puede ser más claro: ¿Estamos invitados, pero vivimos “como si” de un momento para otro fuéramos a tener que entrar? Recordemos que la plenitud del Reino llegará repentinamente, con la “repentividad” del ladrón. En cualquier caso, el Reino de Dios es solamente de Dios y sólo Dios decide quién entra y quién no.

Detrás de todo el relato está un versículo de Isaías (61,10), que dice: “Altamente me gozaré en Yahvé, y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia, como esposo que se ciñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas” Hay, pues, que llevar el vestido que nos distingue como miembros de la comunidad de salvados por Dios; los primeros cristianos decían que había que pertenecer a la comunidad cristiana si se quería tener derecho a participar en el banquete del Reino.

3. La segunda lectura continúa el desarrollo de la carta de san Pablo a los Filipenses. Contiene una de las frases más bellas de todo el Nuevo Testamento: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Lo puedo todo en Cristo, que va en mi corazón hecho una sola cosa conmigo por la encarnación.

La fuerza de Dios, la Palabra de Dios, se ha hecho una sola cosa con nosotros y tenemos en nosotros toda la fuerza de Dios. Como dirá en otra parte el mismo san Pablo: “No yo, sino la gracia de Dios conmigo”. ¿Nos sentimos así? ¿Sentimos que, aunque experimentamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo, fuerza sabiduría, y Palabra de Dios?

Como todas las demás parábolas, las del Evangelio de este domingo, iban dirigidas a los enemigos de Cristo, a los que se escandalizan de que Cristo admita en su Reino sin condiciones a los indignos, a los pobres, a los que no llenan las condiciones. En esas parábolas Jesús dice: El banquete, o sea el Reino, era para vosotros, pero vosotros, los que teníais la prioridad, no quisisteis venir. Dios ha dado el lugar de vosotros a otros. Dios regala su salvación, si vosotros no la queréis, Dios la ofrece a otros.

4. Hemos sido llamados por Dios, ¿estamos preparados? ¿Somos de los llamados que responden a Dios o de los que buscan pretextos para no responder a Dios como Él quiere? ¿Nos escandaliza que Dios invite y deje entrar en su Reino a los que a nosotros nos parecen indignos? ¿Actuamos frente al Reino como si nosotros fuéramos los legítimos dueños o, humildemente, nos ponemos un vestido de penitencia y agradecemos a Dios que nos admita?

Antonio Díaz Tortajada

¿Llevamos puesto el traje de fiesta?

1.- Compartir una comida es signo de fraternidad y de alegría. Cuando alguien celebra algo importante suele hacerlo con una comida. Algunas religiones imaginan la felicidad de la otra vida como una mesa llena de manjares a la que se sientan aquellos que han sido invitados. También los israelitas celebraban la cena pascual, recuerdo y actualización de la liberación de Egipto. En el texto de Isaías de este domingo se anuncia un festín de manjares suculentos «para todos los pueblos». La invitación de Dios es, pues, universal. No hay duda de que Dios no hace acepción de personas, para El todos somos iguales, a todos nos invita a participar en su fiesta.

2.- Sin embargo, tal como se expresa en la parábola de los invitados a la boda, no todos responden positivamente a la invitación. Los primeros invitados no quisieron ir a pesar de la insistencia del rey que les ofrece terneros y reses cebadas. ¿No era esto suficientemente atractivo o tal vez esperaban conseguir cosas mejores en otros lugares? Se nos dice que uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios… ¡Cómo se parece esta parábola a la actitud de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo a quienes la utopía les hacía soñar con un mundo mejor, pero la facilidad de «otros negocios» les despertó de sus sueños y les acercó a la gallina de los huevos de oro! Mataron la utopía y se instalaron en una realidad material que llenaba sus bolsillos y vaciaba su espíritu.

3.- Pero la invitación sigue en pie y hay muchos que respondieron positivamente. Pusieron su vida al servicio de los más necesitados, se dejaron guiar por los criterios evangélicos de la sencillez y fraternidad, entendieron lo que significa celebrar la vida. A la invitación responden tanto buenos como malos. San Agustín hace referencia al Bautismo, don que reciben todos los cristianos, también la fe la reciben muchos y muchos también han recibido el sacramento del altar. Pero no todos llevan el vestido nupcial. ¿Cuál será este vestido? San Pablo nos presenta un bolso lleno de cosas extraordinarias: lenguas de los hombres y de los ángeles, ciencia y profecía, fe para trasladar los montes, distribución de bienes a los pobres. Pero falta el vestido nupcial: «Si no tengo caridad de nada me sirve».

4.- Examinemos cómo celebramos nuestras Eucaristías. ¿Venimos vestidos de fiesta, es decir con cara alegre?, ¿se nota que estamos celebrando la alegría de nuestra fe?, ¿estamos en comunión con el Señor y con los hermanos?, ¿nos damos cuenta de que la Eucaristía nos compromete a ser constructores de un mundo donde reine la justicia y el amor? Si no es así, es que no tenemos puestos el traje de fiesta adecuado.

José María Martín OSA

La Eucaristía: fiesta y encuentro

1.- Hay un estribillo de un canto, que sobre todo en el tiempo de Adviento, recobra especial relevancia: es Cristo quien invita, alegra el corazón, viste el alma de fiesta que viene tu Señor.

A punto de clausurar el Año Eucarístico que, hace un año, inició Juan Pablo II, la Eucaristía, sigue solicitando de nosotros actitudes de fiesta y de encuentro, de alegría y de perdón, de caridad y de justicia. Son, todas ellas, diferentes costuras del auténtico traje de fiesta que desea el Señor para aquellos que acudimos, con debilidades pero con confianza, al banquete pascual.

2.- Como Rey, Dios, Domingo tras Domingo, prepara un banquete de bodas en cada altar. Convoca con campanas y cánticos a su pueblo para que escuche su Palabra, para que lo sientan cercano. Unos somos sensibles a su llamada y acudimos. En otros, ese tañido de convocatoria y de invitación, hace tiempo que dejó de ser decisivo y de marcar la orientación del Día del Señor.

Como Rey, Dios, el día primero de cada semana, intenta disuadirnos de esa pereza que nos aleja de él, de esa tentación que supone decir a todo “sí” (deporte, campo, playa, montaña) dejando en inferioridad de condiciones a la misa dominical por ejemplo.

–A un banquete no se va por obligación. Pero, cuando uno deja de comer, su cuerpo se debilita, su organismo se desequilibra. ¿No ocurre algo parecido en la vida de muchos cristianos? Comenzaron por dejar la misa, olvidaron la oración y han acabado teniendo a Dios como un eterno desconocido. Qué bien suenan las palabras del Papa Benedicto: “la eucaristía es el secreto de la santidad”

–A un banquete no se va por la fuerza. Pero, como educadores, también los padres, hemos de saber transmitir a los hijos que la Eucaristía es un magnífico regalo de Dios, un momento intenso para vivir y celebrar la presencia del Señor. ¿Por qué muchos padres indican, valoran, exigen cualquier otro camino a sus hijos antes que aquel que conduce a la Eucaristía?

–A un banquete no se acude por simple cortesía. Dios no necesita nuestras alabanzas pero, la Eucaristía, cada fin de semana, es una fuente que emana muchos sentimientos que en el mundo escasean. La Eucaristía es pan para los que quieren ser fuertes ante un mundo que nos debilita.

3.- ¿Por qué hacemos del domingo un torbellino de actividades y no damos prioridad a algo que es mucho más profundo como la Eucaristía? ¿Por qué en el domingo todo sí y Dios no?

Juan Pablo II murió dejándonos aquella exhortación apostólica sobre la Eucaristía. Entre otras cosas decía que no era cuestión de celebrar cosas extraordinarias, cuanto el recuperar, revivir, saborear y potenciarla más y mejor.

4.- Que nadie, ni el rumbo ni las modas de los nuevos tiempos, nos rompan la tarjeta de invitación que desde el cielo, Dios como Rey, nos hace llegar para que compartamos este don, gracia, encuentro, sacramento y fiesta que hace del domingo un día diferente al resto de los días de la semana.

Dejar a un lado la eucaristía dominical, a la larga o la corta, implica dejar a Cristo de lado y dejar nuestra vida interior sin un contraste con la Palabra, con la comunidad, con la iglesia y con nosotros mismos. ¡No seamos desagradecidos!

Javier Leoz

Ir a los cruces de los caminos

Jesús conocía muy bien la vida dura y monótona de los campesinos. Sabía cómo esperaban la llegada del sábado para «liberarse» del trabajo. Los veía disfrutar en las fiestas y en las bodas. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a un banquete y poder sentarse a la mesa con los vecinos a compartir una fiesta de bodas?

Movido por su experiencia de Dios, Jesús comenzó a hablarles de una manera sorprendente. La vida no es solo esta vida de trabajos y preocupaciones, penas y sinsabores. Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos e hijas. A todos nos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

No se contentaba solo con hablar así de Dios. Él mismo invitaba a todos a su mesa y comía incluso con pecadores e indeseables. Quería ser para todos la gran invitación de Dios a la fiesta final. Los quería ver recibiendo con gozo su llamada, y creando entre todos un clima más amistoso y fraterno que los preparara adecuadamente para la fiesta final.

¿Qué ha sido de esta invitación?, ¿quién la anuncia?, ¿quién la escucha?, ¿dónde se pueden tener noticias de esta fiesta? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a todo lo que no sea nuestro propio interés, no creemos necesitar de Dios. ¿No nos estamos acostumbrando poco a poco a vivir sin necesidad de una esperanza última?

En la parábola de Mateo, cuando los que tienen tierras y negocios rechazan la invitación, el rey dice a sus criados: «Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». La orden es inaudita, pero refleja lo que siente Jesús. A pesar de tanto rechazo y menosprecio habrá fiesta. Dios no ha cambiado. Hay que seguir convidando.

Pero ahora lo mejor es ir a «los cruces de los caminos» por donde transitan tantas gentes errantes, sin tierras ni negocios, a los que nadie ha invitado nunca a una fiesta. Ellos pueden entender mejor que nadie la invitación. Ellos pueden recordarnos la necesidad última que tenemos de Dios. Pueden enseñarnos la esperanza.

José Antonio Pagola