II Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como un luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete, mandó un criado a avisar a los convidados: «Venid, que ya está preparado.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete, mandó un criado a avisar a los convidados: «Venid, que ya está preparado.» Aleluya.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Tenemos un banquete pendiente

El Evangelio de hoy nos sugiere una profunda reflexión sobre la imagen cristiana de Dios, un Dios que pretende atraer al género humano a un banquete inclusivo y no a un juicio excluyente. El Reinado de Dios es un banquete, utilizando el mismo lenguaje metafórico de esta parábola. Es un mensaje que no conviene olvidar en un mundo y en una cultura que ha cuestionado a la religión como una alienación de las personas en oposición a su felicidad. Y es, precisamente la felicidad y plenitud, la meta de lo esencial del cristianismo, superando el mal, el sinsentido y la muerte.

Jesús narra esta parábola en un contexto incierto, polémico y lleno de tensión con el judaísmo institucional. La atmósfera que envuelve al texto son los últimos días de su vida, ya en Jerusalén; un momento en el que está horneándose un doble juicio, político y religioso, por sus discursos, acciones y provocaciones a las autoridades rabinas. Quizá, a través de esta alegoría, pretende expresar su certeza de que el proyecto de Dios se va a realizar a pesar de las contradicciones humanas.

Se podrían extraer tres sugerencias para abordar esta parábola que, por cierto, ya existía con otros matices en el Talmud palestino. Tres invitaciones para poner de manifiesto que el Reinado de Dios supera nuestra visión sesgada del Dios de Jesús.

Por un lado, los invitados al banquete no quieren acudir y se van a sus quehaceres y haciendas, incluso se sienten molestos por la invitación. Una vez más aparece la alarma de vivir la fe en una posición de confort, de búsqueda de seguridades y certezas, de instalación en lo de siempre y de reactividad y resistencia ante lo nuevo. No parece que Jesús esté en sintonía con una visión tan acomodada de la adhesión a su proyecto. Ofrece la posibilidad de la plenitud humana, todo está preparado en el interior de la persona para conectar con la Fuente y vivir desde lo esencial que va más allá de lo que podamos controlar y dominar.

En segundo lugar, la parábola narra que, ante la negativa de los invitados, el banquete se abre a todos los que están fuera, en los caminos y encrucijadas, buenos y malos. La mirada divina no se detiene en un reducto excepcional de su creación; supera toda dualidad y revela una mirada a la esencia humana, a lo que realmente es y no lo que hace. No somos invitados por lo que hacemos sino por lo que somos en profundidad, por lo que nos hace seren permanente conexión con nuestro origen. Sin duda, una nueva transgresión de la ley judía porque el pueblo elegido ahora es la humanidad sin excepciones.

Y, por último, el polémico traje de bodas para entrar en el banquete que no se trata de una purificación penitencial que sólo me afecta a mí; es el traje sino de la vinculación a la nueva visión de la plenitud que incluye a todos. No se trata de soltar la culpa por “los pecados cometidos” sino trascender las categorías humanas y mirar a todo el género humano desde la fuente de su ser, en su centro existencial. No es una salvación-plenitud individual sino colectiva, de toda la humanidad, aunque incluye una transformación personal que mueve a mirar a los semejantes desde la dignidad y valor que poseen.

Esta parábola comienza preguntándose a qué se puede comparar el Reinado de Dios. Quizá pueda quedar abierta a muchas interpretaciones, pero lo que sí parece expresar con claridad es que somos llamados a participar de la vida divina sin condiciones, donde tenemos pendiente una comida que no es tristeza, ranciedad, martirio, sino un festín que se expande y atrae a tod@s hacia la unidad con Dios.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Solo quedará fuera quien se niegue a entrar

El domingo pasado el simbolismo se tomaba de la viña, hoy la imagen es el banquete. También es un relato polémico que acusa a los dirigentes judíos, de haber rechazado la oferta de salvación que Dios les hace por medio de Jesús. Mt se dirige a una comunidad que tenía que superar el trauma de la separación de la religión judía y el peligro de repetir los mismos errores. Insiste en el tema de la universalidad, que tantos quebraderos de cabeza produjeron a las primeras comunidades. No es fácil renunciar a los privilegios.

El texto de Is es una joya. El profeta tiene que hablar a un pueblo que atraviesa la peor crisis de su historia. Lo hace con una visión de futuro muy lúcida. Creo que hoy el texto del AT supera al evangelio, en belleza formal y en mensaje teológico. Naturalmente es un lenguaje simbólico. Habla de manjares enjundiosos y vinos generosos, de quitar el luto de todos los pueblos, de alejar el oprobio y enjugar las lágrimas de todos los rostros, de aniquilar la muerte para siempre. Bella oferta para el pueblo hundido en la miseria.

Se trata de una salvación total por parte de un Dios en quien confía el profeta, a pesar de las circunstancias adversas. El intento de Is es que todo el pueblo soporte la dura prueba, confiando en su Dios, en cuyas manos está su futuro. Lo verdaderamente importante del relato de Is, el chispazo apuntado que tenemos que descubrir es éste: “Dios salva a todos”. Y digo apuntado, porque también allí se ponen condiciones: los que no son judíos, se ven obligados a venir a “este” monte (Jerusalén), para encontrar salvación.

En el AT el banquete designa los tiempos mesiánicos. Para Jesús significa el Reino de Dios. Para los que pasan hambre diariamente, el banquete puede ser una ocasión única para quitar las penas. En concreto, el banquete de boda era la única ocasión que tenía el pueblo sencillo de celebrar una fiesta y olvidarse de la dura realidad de una vida cuyo primer objetivo era llenar el estómago. Naturalmente no se trata más que de una metáfora para indicar que Dios está dispuesto a saciar los anhelos del ser humano.

También hoy Mt alegoriza el relato y lo completa con la segunda parte, (ausencia del vestido de boda), que no está en Lc. Es el Padre el que invita a la boda de su Hijo. Los primeros invitados son los jefes religiosos judíos, que se negaron a aceptar el mensaje de Jesús. El prender fuego a la ciudad hace una alusión clara a la destrucción de Jerusalén. Los nuevos invitados son todos los seres humanos, sin importar raza ni condición social y, lo que es más escandaloso, sin importar si son buenos o malos.

Podemos pensar que en el relato, leído literalmente, existe una distorsión del mensaje de Jesús. El Dios de Jesús no es un señor que monta en cólera y manda acabar con aquellos asesinos. Esto no tiene nada que ver con la idea que Jesús tiene de Dios, pero responde muy bien al Dios del AT que a su vez refleja la manera de ser del hombre, proyectada sobre Dios. Es una pena que sigamos insistiendo hoy en esa idea de Dios. Nos sentimos más a gusto con el Dios del AT que con el Dios de Jesús que es amor.

Tampoco el añadido del individuo que no llevaba traje de fiesta, tiene mucho que ver con el evangelio. Si salen a los cruces de los caminos para llamar a toda la gente que encuentren, ¿Qué sentido tiene que se le exija un vestido de boda? ¿Es que la gente va por los caminos vestidos de boda?. Puede hacer referencia a la túnica blanca que se entregaba a los recién bautizados. Claro que la intención del evangelista es buena, pero se ha entendido literalmente y nos ha metido por callejones sin salida.

El texto quiere evitar malas interpretaciones de la pertenencia a la comunidad. Era muy fácil entrar a formar parte de la comunidad y aprovechar todas las ventajas sin vivir de acuerdo con el evangelio. Es fácil confesarse creyente, pero nada más difícil que entrar en la dinámica del evangelio. No basta pertenecer a una comunidad. Solo el que de verdad se revista de Cristo (Pablo), puede estar seguro de entrar en el Reino. Dios no toma represalias contra nadie. Solo se queda fuera el que se niega a entrar.

El mensaje de las lecturas de hoy tiene una acuciante actualidad. Dios llama a todos, hoy como ayer. La respuesta de cada uno puede ser un sí o un no. Esa respuesta es la que marca la diferencia entre unos y otros. Si preferimos las tierras o los negocios, quiere decir que es eso lo que de verdad nos interesa. El banquete es el mismo para todos, pero unos valoran más sus fincas, sus negocios, y no les interesa. Todo el evangelio es una invitación. Si no respondemos que sí con nuestra vida, estamos diciendo que no.

Cuando el texto dice que, “los primeros invitados no se lo merecían”, tiene razón, pero existe el peligro de creer que los llamados en segunda convocatoria son los que lo merecían. El centro del mensaje del evangelio está en que invitan a todos: malos y buenos. Esto es lo que no terminamos de aceptar. Seguimos creyéndonos los elegidos, los privilegiados, los buenos con derecho a excluir: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Como parábola, el punto de inflexión está en rechazar la oferta. Nadie rechaza un banquete. Ojo a los motivos de los primeros invitados para rechazar la oferta. La llamada a una vida en profundidad queda ofuscada, entonces y ahora, por el hedonismo superficial. El peligro está en tener oídos para los cantos de sirenas, y no para la invitación que viene de lo hondo de nuestro ser que nos invita a una plenitud humana. La clave está en descubrir lo que es bueno y separarlo de lo que es aparentemente bueno.

No puede haber banquete, no puede haber alegría, si alguno de los invitados tiene motivos para llorar. Solamente cuando hayan desaparecido las lágrimas de todos los rostros, podremos sentarnos a celebrar la gran fiesta. La realidad de nuestro mundo nos muestra muchas lágrimas y sufrimiento causados por nuestro egoísmo. Seguimos empeñados en el pequeño negocio de nuestra salvación individual, sin darnos cuenta de que una salvación que no incorpora la salvación del otro, no es cristiana ni humana.

Dios no nos puede prometer nada, porque ya nos lo ha dado todo. Nuestra existencia es ya el primer don. Ese regalo está demasiado envuelto, podemos pasar toda la vida sin descubrirlo. Esta es la cuestión que tenemos que dilucidar como cristianos. El problema de los creyentes es que presentamos un regalo excelente en una envoltura que da asco. No presentamos un cristianismo que lleve a la felicidad humana, más allá de todo hedonismo.

Efectivamente, es la mejor noticia: Dios me invita a su mesa. Pero el no invitar a mi propia mesa a los que pasan hambre, es la prueba de que no he aceptado su invitación. La invitación no aceptada se volverá contra mí. Sigue siendo una trampa el proyectar la fiesta, la alegría, la felicidad para el más allá. Nuestra obligación es hacer de la vida, aquí y ahora, una fiesta para todos. Si no es para todos, ¿quién puede alegrarse de verdad?

Meditación

Acepto la invitación de Dios, cuando invito a los demás.
Mientras haya una sola persona que no come,
el banquete del Reino estará incompleto.
Que todos disfruten de la fiesta depende de mí.
Soy yo el que tengo que eliminar todas las lágrimas.
Esperar un milagro de Dios es idolatría.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

Jesús se presenta como el que viene a instaurar el Reino de los cielos de parte del Padre. Por eso no es extraño que hable tanto y de tan diversos modos de esa realidad, y que lo haga en parábolas: El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. De nuevo el Rey, y al mismo tiempo Padre. Tampoco falta el Hijo.

Se trata de una semejanza que nos acerca a la inteligencia de la realidad. En este Reino se celebran unos desposorios. Habrá, por tanto, celebración. Pero no hay celebración sin celebrantes o invitados. Y no hay celebrantes sin motivos para celebrar. Aquí el motivo es la boda misma. Pero para sentir este motivo como propio hay que compartir la alegría de los contrayentes o del que invita a la boda. Pues bien, para que los invitados se sientan realmente invitados se cursarán invitaciones personales que podrán ser aceptadas o rechazadas, o excusadas.

La parábola habla de quienes excusan la asistencia porque tienen otros intereses (tierras y negocios) que les tienen ocupados o les sirven de excusa para no asistir. La invitación ha sido rechazada o menospreciada. Pero este mismo rechazo les hará indignos del Reino: no se lo merecen porque lo han menospreciado o porque han apreciado más sus tierras sus negocios.

Pero como el banquete preparado no puede quedar sin invitados -pues entonces no habría banquete ni celebración-, la invitación se hará extensiva a otros muchos, se hará universal: a todos los que encuentren en los cruces de los caminos. Eso no significa que los invitados puedan presentarse de cualquier manera (sin condiciones) en la boda. Han de ir vestidos con traje de fiesta. Sólo así podrán participar del banquete. De lo contrario, serán expulsados o excluidos, porque la celebración requiere de un hábito celebrativo, que puede ser el de la alegría, el de la ausencia de rencores o enemistades, el de la misericordia, el de la disponibilidad para compartir con los demás, el de la rectitud de intención, el de la generosidad, el de la honestidad, etc.

En aquellos primeros invitados podemos ver al pueblo de Israel (judíos), cuyo rechazo atrajo la bendición para los gentiles, universalizando la llamada a la salvación. Nosotros somos históricamente de esos a quienes se hizo extensiva la invitación a participar en las bodas del Hijo. Pero invitados, y habiendo respondido afirmativamente a la invitación, revistiéndonos de Cristoen nuestro bautismo, ese traje de fiesta que hemos de conservar blanco (en su condición bautismal) para el banquete, nosotros también podemos despreciar o menospreciar el bien que se nos ofrece atraídos por otros bienes que podríamos designar como nuestras tierras nuestros negocios. A veces, ni siquiera estos. Basta con nuestras diversiones o pasatiempos para apartarnos de la invitación.

En cualquier caso, siempre hay un menosprecio de lo que Dios nos ofrece (misa, palabra, catequesis, espacio y tiempo para la oración, experiencia del Reino) y un aprecio excesivo (sobreprecio) por lo que nosotros nos proporcionamos (bienes materiales, lujos, comodidades, placeres, dinero idolatrado). Pero rechazar la invitación divina a celebrar la presencia de su Hijo en medio de nosotros, a compartir con él su palabra, a gustar de su perdón, a alimentarnos de su cuerpo, a gozar con su amistad… es menospreciar lo que nos llega con él, es despreciar la salvación que nos llegas con su palabra, con su perdón, con su amistad, con su vida. Y el que esto hace no podrá decir nunca con el profeta: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. ¿Cómo podremos gozarnos con su salvación si no la celebramos? ¿Y cómo podremos celebrarla si no aceptamos su invitación a participar en ella?

La celebración por excelencia de nuestra fe cristiana es la misa dominical. Por eso es tan importante acoger esta invitación que nos hace el mismo Jesús (haced esto en memoria mía) por medio de su Iglesia. Pero también es importante que nos presentemos al banquete debidamente equipados, con el traje de fiesta, que equivale fundamentalmente a nuestra disposición como invitados: disposición para celebrar, para compartir, para comulgar, para escuchar, para responder a los compromisos de la fe o a las exigencias de nuestra amistad con Cristo o de nuestra filiación divina. Sólo esta disposición interior nos preparará para participar definitivamente en el banquete del Reino de los cielos. Sólo revestidos de Cristo, de sus actitudes y sentimientos, podremos compartir con él su vida gloriosa o recibir de él la herencia prometida, o vivir en su mismo estado de bienaventuranza.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Preparación de la revelación evangélica

3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio.

Lectio Divina – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

Invitación universal al banquete del Reino
Acoger la salvación con la disposición justa
Mateo 22, 1-14

1. Oración inicial

Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Tú, que descendiendo sobre María de Nazareth, la convertiste en tierra buena donde el Verbo de Dios pudo germinar, purifica nuestros corazones de todo lo que opone resistencia a la Palabra. Haz que aprendamos como Ella a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia.

2. Lectura

a) El contexto:

El significado de la parábola resulta muy claro si la leemos en su contexto. Ella sigue inmediatamente a otra parábola del Reino (21, 33-43) y forma parte de una discusión de Jesús con los sumos sacerdotes y fariseos sobre su misión y autoridad (ver: 21, 23-46).

En la parábola precedente, la parábola de la viña, Jesús hace un sumario de la historia de salvación. Dios rodeaba a Israel con una atención particular y esperaba que tantos cuidados produjesen fruto en una vida de fidelidad y justicia. De tiempo en tiempo enviaba a profetas para recordar al pueblo el fruto que Dios esperaba, pero la misión de los profetas encontraba siempre el rechazo por parte de Israel. Finalmente Dios envió al propio Hijo, pero éste fue matado. Llegado a este punto Jesús declara que dado que Israel continuaba rechazando el Reino, éste pasará a otro pueblo, esto es, a los paganos (21,43). Esta frase nos ofrece la clave de lectura para nuestra parábola que en realidad repite el mensaje de la precedente con otra imagen y composición.

Es necesario decirlo claramente. Las dos parábolas no pueden justificar de ninguna manera la idea de que Dios ha rechazado a Israel en favor de la Iglesia. Basta leer Rom 9-11 para convencerse de lo contrario. Jesús usa un discurso duro, de tipo profético, para inducir a su pueblo al arrepentimiento y hacerse aceptar por él. Por otro lado, también los paganos, convertidos en nuevos invitados, corren el riesgo de ser arrojados fuera, si no han sido hallados vestidos con el traje de bodas.

b) El texto:

Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: `Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.’ Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se enojó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: `La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.’ Mateo 22, 1-14Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.
«Cuando entró el rey a ver a los comensales vio allí uno que no tenía traje de boda; le dice: `Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’ Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: `Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.’ Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Quiénes representan a los invitados que rechazan la invitación?
b) ¿Quiénes representan a los nuevos invitados encontrados por los caminos?
c) ¿Quién representa al hombre sin traje nupcial?
d) ¿Cuáles son en mi vida «los asuntos urgentes» que me impiden aceptar la invitación de Dios?
e) ¿Cuál es el traje pedido por mí concretamente para poder participar en el banquete nupcial del Reino de Dios?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

 El banquete del Reino

Los profetas muchas veces anunciaron los bienes de la salvación y especialmente aquellos de los tiempos escatológicos con la imagen de un banquete. La primera lectura de la liturgia de este domingo (Is 25, 6-10a) es un ejemplo. También Isaías, al par que Jesús, habla de un banquete preparado por Dios para todos los pueblos, pero el pueblo de Israel y más específicamente la ciudad de Jerusalén, quedan al centro del proyecto de Dios, como mediadores de la salvación que Dios ofrece a todos. En el Nuevo Testamento, por el contrario, aún reconociendo que «la salvación viene de los judíos» (Jn 4, 22), el único mediador de la salvación es Jesús, que continúa ejerciendo su mediación a través de la comunidad de sus discípulos, la Iglesia.

 El traje nupcial

Es una ofensa para quien te ha invitado, ir a la fiesta con un traje ordinario de trabajo. Es señal de que no tienes en la debida consideración la ocasión a la que has sido invitado. Esta imagen, utilizada en la parábola del banquete del reino, quiere significar que no se entra en el Reino sin estar preparado; el único modo de preparase a ello es la conversión. En efecto, cambiar vestido en lenguaje bíblico indica cambiar el estilo de vida o sea convertirse (ver por ejemplo, Rom 13,14; Gal 3, 27; Ef 4, 20,24).

 «Muchos los llamados, pocos los elegidos»

La expresión es un semitismo. En ausencia del comparativo, el hebreo bíblico usa expresiones fundadas en una drástica oposición. Por lo cual esta expresión no dice nada sobre la relación numérica entre los llamados en la Iglesia y los elegidos a la vida eterna. Sin embargo, es verdad que la parábola distingue entre la llamada a la salvación y la elección y perseverancia final. La generosidad del Rey es inmensa, pero es necesario tomar en serio las exigencias del Reino. La expresión es una acuciante llamada a no contentarse con una pertenencia formal al pueblo de Dios. No se puede tomar la salvación por descontado. En esto Jesús sigue de cerca la enseñanza de los profetas. Basta recordar a Jer. 7, 1-15 i Os 6, 1-6.

6. Salmo 47

El Señor Rey de Israel y del mundo

¡Pueblos todos, tocad palmas,
aclamad a Dios con gritos de alegría!
Porque Yahvé, el Altísimo, es terrible,
el Gran Rey de toda la tierra.

Somete pueblos a nuestro yugo,
naciones pone a nuestros pies;
él nos elige nuestra heredad,
orgullo de Jacob, su amado.

Sube Dios entre aclamaciones,
Yahvé a toque de trompeta:
¡tocad para nuestro Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad!

Es rey de toda la tierra:
¡tocad para Dios con destreza!
Reina Dios sobre todas las naciones,
Dios, sentado en su trono sagrado.

Príncipes paganos se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán.
De Dios son los gobernantes de la tierra,
de él, inmensamente excelso.

7. Oración final

¡Oh Dios, Señor del mundo y de todos los pueblos!. Tú has preparado desde siempre una fiesta para todos tus hijos y nos quiere reunir a todos en torno a tu mesa para participar en la misma vida. Te damos gracias por habernos llamados a tu Iglesia por medio de Jesús tu Hijo. Tu Espíritu nos haga siempre atentos y disponibles para continuar acogiendo tu invitación y nos revista del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad verdadera, a imagen de Cristo, para poder entrar en la fiesta de tu Reino junto con una multitud de hermanos. Sírvete de nosotros, si lo deseas, para continuar llamando a otros al banquete universal de tu Reino.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Un banquete que termina mal

El domingo anterior, la parábola de los viñadores homicidas terminaba diciendo que la viña sería consignada «a un pueblo que produzca sus frutos» (v.43). Algo parecido afirma la parábola de hoy, la de los invitados al banquete, que nos ha llegado a través de Mateo y Lucas. Para comprender el enfoque de Mateo es esencial tener en cuenta no solo el texto de la primera lectura (Isaías) sino también la versión de Lucas.

El punto de partida: un festín de manjares suculentos (Is 25,6-10a)

La parábola de los invitados a la boda se inspira en un poema del libro de Isaías a propósito del gran banquete que Dios organizará “en este monte”, Jerusalén, que supondrá la alegría, la salvación y la victoria sobre la muerte para todos los pueblos. Un banquete al que todos están invitados.

La reinterpretación irónica de Lucas (Lc 14,15-24)

El texto de Isaías podía provocar en cualquiera el sentimiento que pone Lucas en boca de un oyente de Jesús: «¡Dichoso el que coma en el Reino de Dios!». Entonces Jesús, con gran dosis de ironía y realismo, cuenta una parábola que podemos dividir en dos actos:

Acto I:

– Un hombre organiza un gran banquete;

– Envía a un criado a llamar a los invitados;

– Los invitados se excusan de buena manera.

Acto II:

– El hombre, irritado, manda al criado a invitar al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos;

– El criado obedece, pero todavía sobra sitio;

– El hombre vuelve a enviarlo «hasta que se llene la casa».

Moraleja:

– «Ninguno de aquellos invitados probará mi banquete».

En la versión de Lucas, la parábola contada por Jesús explica por qué en la comunidad cristiana (el banquete) no están los que cabría esperar (los judíos), sino otros (los paganos). Del optimismo de Isaías pasamos al terrible realismo con que Jesús enfoca siempre las cuestiones.

La reinterpretación más dura y crítica de Mateo

La versión de Lucas podía suscitar en las comunidades cristianas un sentimiento de satisfacción y de falsa seguridad. Para evitarlo, Mateo añade una última escena e introduce también interesantes cambios. Los dos actos se convierten cuatro:

Acto I:

– Un rey invita a la boda de su hijo;

– Envía criados (en plural);

– Los invitados no quieren ir.

Acto II:

– El rey vuelve a enviar criados;

– Los invitados no hacen caso a los criados e incluso matan a algunos de ellos;

– El rey mata a los asesinos y prende fuego a su ciudad.

Acto III:

– El rey manda a recoger a por las calles a todos, malos y buenos;

– La sala se llena de comensales.

Acto IV:

– El rey descubre a un comensal sin traje de fiesta;

– Manda expulsarlo del banquete.

Moraleja:

– «Hay más llamados que escogidos».

Mateo ha reinterpretado la parábola a la luz de los acontecimientos posteriores y en clara polémica con las autoridades religiosas judías.

En el Acto I, el protagonista no es un hombre cualquiera, sino un rey (Dios), que celebra la boda de su hijo (Jesús). Y no envía a un solo criado, sino a muchos (referencia a los antiguos profetas y a los misioneros cristianos). Los invitados, en vez de excusarse de buena manera, como en Lucas, simplemente no quieren ir.

Entonces introduce Mateo un acto nuevo (II), donde la invitación del rey encuentra una oposición mucho mayor (incluso llegan a matar a algunos criados) y la reacción del monarca es terrible, porque manda su ejército a acabar con los asesinos y a prender fuego a la ciudad (destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70).

El Acto III también representa una novedad con respecto a Lucas: no se invita a pobres, lisiados, ciegos y cojos, sino a todos, buenos y malos. El enfoque socioeconómico de Lucas (en el banquete entran los marginados sociales) lo sustituye Mateo por el moral (todo tipo de personas).

Pero Mateo añade un nuevo Acto, el IV, que es el que más le interesa: un invitado se presenta sin vestido de boda y es echado fuera.

Con estos cambios, la parábola explica por qué la comunidad cristiana está compuesta de personas tan imprevisibles y, al mismo tiempo, contiene un toque de atención para todas ellas. En el Reino de Dios puede entrar cualquiera, bueno o malo. Pero, si se acepta la invitación, hay que presen­tarse dignamente vestido.

Ni frac ni minifalda

Para entrar en una mezquita hay que descalzarse. Para entrar en una sinagoga hay que cubrirse la cabeza. Para entrar en cualquier iglesia se aconseja o exige un vestido digno. Pero el vestido del que habla la parábola no se mide en centímetros ni se debe caracterizar por su elegancia. Es una forma de comportarse con Dios y con el prójimo. O, utilizando una metáfora de san Pablo, hay que vestirse de nuestro Señor Jesucristo. No es un disfraz. Es un modo de vivir y de actuar que recuerde a los demás, dentro de lo posible, como él vivió y actuó.

La generosidad de los filipenses y la de muchas personas actuales (Fil 4,12-14.19-20)

Pablo no quería ser gravoso a las comunidades que fundaba. No aceptaba que le ayudasen económicamente, prefería ganarse de vivir trabajando con sus manos. Pero hay ocasiones en las que no puede hacerlo, como ocurre cuando está preso en la cárcel de Éfeso. Entonces acepta y agradece la ayuda que le envían los filipenses, y les asegura que Dios se lo recompensará con creces.

La pandemia actual, con todo lo que tiene de malo, ha puesto también de relieve la bondad y generosidad de muchas personas, dispuestas a ayudar y a sacrificarse por el prójimo. A ellas puede aplicarse lo que dice Pablo. En recompensa, «Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia».

José Luis Sicre

El banquete de Jesús

1.- El Señor nos ha invitado a una fiesta y debemos acudir adecuadamente a ella. No vaya a ser que entremos en su Casa sin la ropa apropiada. No es lo más importante del fragmento de Mateo que leemos hoy, pero si resulta muy llamativo. ¿Estamos todos suficientemente preparados para acudir a la comida que nos da Jesús? Pues, probablemente, no. Pero la gracia y la ternura del Padre perdona nuestros pecados y transforma nuestro ropaje injusto en traje de gala. Hay muchos comentaristas que ven en el banquete ofrecido por un rey, con motivo de la boda de su hijo, un paralelismo con nuestra Mesa Dominical, con la Eucaristía. Y es adecuado. Recibir al Señor en nuestro interior nos obliga a una limpieza que no podemos hurtar. No nos resulta lícito acercarnos a esa Mesa con graves pecados en nuestra conciencia y, sobre todo, cuando reconciliarse con Dios es tan fácil mediante el Sacramento de la Penitencia.

Por otro lado, en estos tiempos se habla mucho del gran número de comuniones y de la baja cifra de confesiones, bajo la idea de que muchos hermanos llegan a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo sin las debidas condiciones. Esa suposición es un tanto temeraria, porque hemos de confiar en la bondad individual y colectiva del Pueblo de Dios. Nadie, en su sano juicio o correctamente formado, aceptará recibir indignamente el Pan del Cielo. El rey que invitaba al banquete solo encontró a uno mal vestido y lo lanzó al terrible exterior. Algo parecido pasa en nuestros templos, pero si alguno de los que asisten a esta Asamblea del Pan y de la Palabra, pretenden entrar en la Fiesta –la Eucaristía es una Fiesta– tendrán que desistir y acercarse antes al lugar del perdón sacramental. Suponer que existe una desviación multitudinaria es no confiar en la misericordia de Dios y en sus esfuerzos tutelares sobre la Iglesia.

2.- ¿Y cómo es el banquete que nos ofrece el Señor? Isaías lo describe muy bien. «El Señor de los Ejércitos –dice el profeta– preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos». Es la recepción festiva de un gran acontecimiento. Se trata del «resultado final» de la actividad redentora del Mesías. Y por eso el profeta añade: «Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país.» El banquete se lleva a cabo en medio de la promesa de felicidad absoluta. La Eucaristía es primicia de eternidad. Isaías nos avanza una descripción de nuestra meta.

3.- San Pablo refleja de manera magistral la acción de Dios sobre sus Criaturas. «Todo lo puedo en aquel que me conforta», dice. La frase del Capítulo Cuarto de la Carta a los Filipenses es formidable. Lo podemos todo si Dios nos conforta, nos ayuda. Pablo repite en sus cartas que su debilidad hace manifestar la fuerza de Dios y que no es al autor de su proeza evangelizadora, si la fuerza del Señor Jesús que aparece en él. En este caso la lógica coordinación litúrgica entre las Lecturas Santas de hoy aparece en el premio de Dios a quienes les siguen. Añade Pablo de Tarso: «hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús». El premio final es el banquete eterno y a ese se refiere nuestro Salvador en el Evangelio de San Mateo.

4.- En estos domingos del Tiempo Ordinario, en su ciclo A, aparecen todas las parábolas sobre la actitud del rey desobedecido y escarnecido por un pueblo infiel. Hoy es el banquete de bodas. El domingo pasado oíamos la actividad criminal de los viñadores. Y como en el caso de la parábola del propietario que sale, varias veces en el día, a contratar jornaleros, se establece asimismo el efecto de la justicia divina.

Históricamente son advertencias de Jesús a los fariseos. Profetiza en ellas su muerte, pero también la lejanía del pueblo judío como rebaño predilecto de Dios. La respuesta –en la parábola que leemos hoy– de los invitados a la boda no es ni siquiera correcta. Asesinan incluso a los enviados que les participan la fiesta. La justicia regia caerá sobre esos desagradecidos. Y como la sala del banquete se queda vacía, no está ocupada por sus primeros destinatarios, se abre la posibilidad de otras gentes, de otros invitados. Son buscados en cualquier parte, en todos los sitios, en las encrucijadas de los caminos. La sala se llenó finalmente. El premio ha ido a otros. La historia ha cambiado desde ese momento. Cuando un rey sustituye o elimina a su corte, a sus cortesanos se está –sin duda– dando un cambio profundo a la vida real de su país. Eso también nos lo quiere decir Cristo. El pueblo, la estirpe, la raza en la que había nacido desprecia la invitación de Dios a nueva vida, representada en el mensaje que les ha llevado Jesús a ellos en primer lugar. No quieren ir. Incluso, algunos fuerzan su negativa con la violencia. Es posible que en esos días cercanos a su muerte, el Hijo de Dios, sintiera una gran amargura y tristeza por la dureza de corazón de su propio pueblo. Sin embargo, la decisión de celebrar la fiesta continúa. El premio sigue en pie. La boda y el banquete van a llegar con su alegría, con su gran fiesta.

5.- No podemos dejar de pensar que, hoy, una parte del nuevo pueblo de Dios tenga concomitancias con el antiguo, con el que no quiso ir y desprecie la Fiesta de la Gracia, el banquete de la Eucaristía, el alimento del cielo que nos acerca al Reino de los Cielos. Bien pudiera ser que la dureza de corazón de algunos les llevara a despreciar, una vez más, a los pobres, a los enfermos, a los que no esperan nada, sentados a la vera del camino, o en la escuadra de la encrucijada de carreteras. Eso sería terrible. Hemos de perseverar con humildad. Y que nuestros deseos de cumplir con Dios y con su Iglesia, no se conviertan en actitudes farisaicas e hipócritas, sin amor, sin humildad, sin alegría. Eso es tan duro como lo que le ocurrió al invitado de última hora que no supo adecuar su vestido a la importancia del banquete que el Señor Dios, su Hijo Unigénito y el Espíritu Santo le habían ofrecido.

Ángel Gómez Escorial

Estamos entrenados

Llevamos ya ocho meses afectados por la pandemia del coronavirus y, dejando aparte a los irresponsables, al resto nos está costando sobrellevar esta situación, sobre todo a quienes más directamente la han sufrido y están sufriendo por haber enfermado, o haber perdido a un ser querido, o haberse quedado sin trabajo. Pero también se hace pesado a quienes, no viéndose gravemente afectados, son responsables para llevar la mascarilla, se ponen gel hidroalcohólico, guardan la distancia de seguridad, respetan los protocolos establecidos, soportan las colas en los comercios… Aunque se procura llevar esta situación lo mejor posible, el ánimo suele estar bajo y en más de una ocasión protestamos y manifestamos el cansancio y las ganas de que todo esto pase.                       

Varias veces hemos escuchado que esta pandemia, con toda su dureza, es una ocasión para ofrecer un testimonio de fe. Un testimonio no sólo de palabras, de “contenidos” de fe, sino un testimonio práctico. Como suelo decir, “la fe se nos tiene que notar”, y por eso tenemos que preguntarnos cuál ha de ser nuestro comportamiento como cristianos para que “se nos note”.

Y en la 2ª lectura de hoy San Pablo nos ha ofrecido varias pistas: sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo… Un modo de concretar estas palabras de San Pablo, siempre pero especialmente en esta época, para que “se nos note” la fe, es entrenarnos en ser responsables, cumpliendo las normativas sin esperar a que nos lo digan, sin quejarnos o protestar por las incomodidades, sino aceptándolas con buen ánimo porque tenemos claro que son necesarias por el bien de todos. También nos tendríamos que entrenar en no enrarecer más el ambiente con comentarios o polémicas que no llevan a ninguna parte, ya sea en persona o por otros medios.

Con pequeños gestos cotidianos que muestren este “entrenamiento”, estaremos manifestando que sabemos vivir en pobreza y abundancia, cuando las cosas van bien y cuando nos cuesta llevarlas adelante, estaremos dando testimonio de nuestra fe, porque como dijo el Papa San Pablo VI en “Evangelii nuntiandi”: La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira?

Y la respuesta a estas preguntas también nos la ha ofrecido San Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta. Confortar es dar vigor, espíritu y fuerza a alguien, y a nosotros el espíritu y la fuerza nos vienen del Señor, que nos mueve a “entrenarnos” para afrontar desde la fe las situaciones más duras. Él nos conforta en la oración y, sobre todo, en la Eucaristía, el banquete que, como hemos escuchado en el Evangelio, es un anuncio del Reino de los Cielos, y al que estamos convidados.

En la Eucaristía el Señor nos conforta porque es su presencia real, su Cuerpo y su Sangre. Al dársenos como alimento, el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros (1ª lectura), dándonos fuerza y vigor para “entrenarnos” y que nuestra fe en Él se nos note en el modo en que hacemos las cosas y nuestro estilo de vida sea un testimonio creíble para otros.   

¿Se me está haciendo pesado este tiempo? ¿Cumplo las normativas por convencimiento, o no soy suficientemente responsable y lo hago por obligación? ¿Me “entreno”, como decía San Pablo, en los pequeños gestos? ¿Cómo es mi participación en la Eucaristía? ¿Es para mí como un banquete, como un festín? ¿Me siento confortado cuando vuelvo a mis quehaceres?

Aunque nos sintamos cansados y estos meses se nos estén haciendo pesados, y precisamente por eso, deseemos el encuentro con el Señor en su banquete, en la Eucaristía, al que estamos todos convidados, malos y buenos. Si participamos en ella de tal modo que después somos capaces de “entrenarnos” y mostrar a los demás cómo nos conforta el Señor, seguro que cuestionaremos a otras personas, porque nuestra vida cotidiana será un testimonio creíble de nuestra fe en Él.    

Comentario al evangelio – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

El Rey que invita y las reacciones de los invitados


         Domingos anteriores Jesús nos presentaba diferentes invitaciones relacionadas con la Viña de Dios. En esta ocasión las invitaciones tienen que ver con un Banquete de Bodas, en el que encontramos algunos puntos sorprendentes y relevantes:

           • Lo primero es que no estamos muy habituados a que nos hablen del Reino de Dios como de un «banquete de bodas». En este tipo de eventos están muy presentes la alegría, la convivencia, el encuentro, la amistad con quien nos ha invitado, pero también la comunión que va surgiendo entre todos los asistentes, incluso aunque muchos no se conozcan. Esta manera de presentar el Reino excluye que la entrada al Reino sea un asunto privado, o individualista: es con otros. Tampoco hay que hacer méritos, o ganarse que a uno le inviten. Basta con que el anfitrión quiera contar con nuestra presencia, depende más que nada de su amistad o cariño. Evidentemente una invitación así no se percibe como algo «obligatorio», pues más bien uno se siente halagado por haber sido invitado a un momento tan especial y trascendente para los novios. A eso se alude precisamente en la invitación a la comunión eucarística: «Dichosos» los invitados a la mesa/cena del Señor». A la mesa eucarística y a la mesa del Reino.

           •  Jesús presenta a Dios como un Rey (el padre del novio) que invita, que hace una oferta: «Venid a mi fiesta»: quiero celebrar la salvación, que sois mis amigos, que me apetece que nos acompañéis en un momento tan gozoso y especial, porque la fiesta de mi hijo no sería tal fiesta si faltáis vosotros. Cabe esperar, además, que siendo el Rey quien invita, en el banquete no falte de nada, que sea un derroche: «manjares suculentos, un festín de vinos de solera…»

El amor de los novios y su boda es presentado a menudo en la Biblia como símbolo de la Alianza, un compromiso de amor entre Dios y su pueblo. Y esto  nos tiene que recordar la escena de la última Cena de Jesús (también un banquete), donde Jesús habla de alianza (nueva y eterna), habla de amistad y de amor mutuo, de que ha sido él quien ha elegido a sus invitados/amigos, de su ardiente deseo de que sean uno entre ellos, y de que se sirvan (lavatorio) mutuamente…

Lo peculiar de este banquete, tal como lo profetiza Isaías, es que será multitudinario, porque estarán invitados «todos los pueblos». Importante: el pueblo de Dios no considera ya que la salvación sea exclusivamente para ellos. Y Jesús completa esa universalidad diciendo que son invitados «malos y buenos».

           

•  Soprendente nos puede resultar la reacción de los invitados. Es posible que alguna vez hayáis recibido la invitación de alguien con quien simpatizamos poco, o que nos incomode porque probablemente nos encontremos con otros invitados que preferimos evitar, o tal vez altere o estropee otros planes que habíamos hecho… y entonces procuramos buscarnos una buena excusa para no quedar mal. 

     Mateo nos cuenta en otro lugar las excusas de algunos discípulos antes la llamada de Jesús: me he comprado una yunta que tengo que probar, o unas tierras, o se me ha muerto mi padre, o… El caso es que nuestros intereses, nuestros planes y nuestros sentimientos desembocan en un: «no voy». O quizá, más diplomáticamente, «cuánto siento no poder ir».

¿Qué pasa en este banquete de bodas, en que el Rey se encuentra con un plantón generalizado? ¿Por qué no tiene éxito la propuesta de Jesús?

     § Hay invitados que dicen “no” abiertamente, sin excusas ni rodeos. Son los que tienen cerrado el corazón, y esa alegría nupcial no va con ellos, esa boda no es para ellos una «buena noticia». Ese Rey les estropea sus planes, se ven en aprietos para ajustar sus agendas. Ese Rey es aburrido, no tiene nada que ofrecerles, no se lo van a pasar bien. Puede que hasta hayan tirado directamente a la papelera la invitación sin pensarlo dos veces. No tengo ganas de molestarme. Mateo diría que están «prisioneros» de sus negocios, posesiones y costumbres. Como aquel joven rico: «qué difícil es que un rico entre el Reino de los Cielos». Podríamos decir: qué difícil es que un rico se tome en serio las propuestas de Dios. Es más fácil «enhebrar camellos». No han pasado la experiencia de Pablo: que ha aprendido a vivir en pobreza y abundancia, en la hartura y el hambre, en la abundancia y la privación, sin renunciar a su misión y a su relación con el Señor. Estos invitados no saben de renuncias, sacrificio o privaciones.

     § Hay invitados que acuden a regañadientes. Quizá le habrían preguntado si se atrevieran: Pero «¿es obligatorio ir?». A lo mejor si no voy se enfada conmigo, se ofende… Y se les nota enseguida, porque en sus caras no está presente la alegría, no acuden con ilusión y con ganas. Toca ir y ya está. Y van un poco por inercia o por compromiso. Se me ocurría pensar si tal vez pudiera achacarse su rechazo a la actitud o el modo de presentarles la invitación los mensajeros del Rey: quizá les han reñido si no van, quizá les han dicho lo que les podría pasar si se quedan en casa, quizá les han puesto condiciones, quizá ellos mismos con su presencia ya desmotivaban… En tal caso no serían dignos mensajeros del Rey. Pero de la parábola al menos no se pueden extraer estas conclusiones.

     §  Y hay invitados que la emprenden con los mensajeros. Les ofende o molesta o desagrada que haya un Rey, que esté organizada una boda, que acuda la gente, que molesten a los demás… Se sienten fastidiados, incómodos y ofendidos. Por supuesto que no se sienten invitados, aunque lo estén. Y pasan al ataque: a por los mensajeros, quitarlos de en medio, que se callen, que no molesten, que se vayan, que mejor y más libres sin ellos.

       •  Y sorprendente lo tozudo que es el Rey. No se rinde ante los rechazos. Sus mensajeros son enviados numerosas veces: «Venid, está todo preparado». Pero ante el desastroso resultado, no suspende su fiesta, y decide buscar invitados improvisados por las plazas, por las afueras de la ciudad, por los cruces de caminos. Solían ser lugares peligrosos, no frecuentados por la gente bien, sino más bien por pobres, parados, desarraigados, vagabundos, criminales quizás, en todo caso personas poco deseables. Pero fueran buenos o malos, el Rey no filtra a los nuevos invitados. 

Seguro que se sintieron encantados de que alguien les ofreciera alegría, alimento, convivencia, de que los hayan tenido en cuenta. Y acuden. Es lógico. Estos fueron los que mejor escucharon a Jesús por los cruces de caminos de Galilea, según cuentan los evangelistas. Estos que no tienen agendas superocupadas, ni negocios que supervisar, ni han comprado una yunta de bueyes, porque tampoco tienen bueyes…

     Parece lógico que el Rey se harte de sus «amigos» de siempre: en realidad falsos amigos, amigos interesados, amigos de pega, amigos que le atienden cuando les viene bien, amigos que no saben compartir, ni quieren les interesa el encuentro con otros, sobre todo si esos otros son los de los cruces de caminos (las periferias, que diría el Papa Francisco). Así que envía sus tropas para acabar con ellos y con su ciudad. Ya está bien de hipocresía y mala voluntad.

    •  Sin embargo este Rey no acepta que llegue uno y diga  “ya estoy”. Me apunto. Apuntarse (lo mismo que bautizarse, hacer la comunión o casarse, incluso ir a misa y comulgar, es relativamente fácil, y bastantes se apuntan…). Pero de entre todos los desarrapados de los caminos «uno» no está presentable. Esta excepción no supone forzar o contradecir el mensaje general de la parábola: la tradición cristiana siempre se ha referido al Bautismo como ponerse un «vestido nuevo», o «revestirse de Cristo». Podéis preguntarle a San Pablo.

      Jesús no quiere cortarle a nadie la digestión, pero sí quiere que se tomen en serio su invitación. No vale cualquier traje para compartir mesa con el Rey. Entre tantos invitados, es de suponer que bastantes -malos y buenos- no tendrían mucho que ponerse para la ocasión, teniendo en cuenta «dónde» los habían ido a buscar. Pero el Rey se fija SOLO EN UNO. Como símbolo de que hace falta «ponerse» la actitud adecuada, no simplemente aprovechar la ocasión.

    Me viene a la cabeza aquella Cena de despedida de Jesús, donde también uno de los comensales  no aguantó… y optó por marcharse. Se sentía incómodo en aquella fiesta, por mucho cordero, mucha fiesta de Pascua y muchas canciones que hubiese. No quiso o no fue capaz de acoger al Rey en su corazón, y que le cambiase sus esquemas y prioridades. Estaba fuera de lugar. Jesús no tuvo que echarle fuera: se marchó él solo con su fracaso y sus ideas fijas.

   •  Concluyendo: Hay llamadas del Rey-Dios, insistentes, a todas horas, a cualquier hora. ¿Quién las escuchará y se moverá para acudir? El Banquete de bodas (el Reino, la salvación, el seguimiento de Jesús, o como queramos llamarlo) está abierto a todos: buenos y malos. Nuestro Dios no es excluyente ni elitista. Algunos habrá que se queden fuera, como aquellas vírgenes necias que se quedaron sin aceite en sus lámparas. Algunos no querrán acudir a pesar de la invitación. Y algunos (esperemos que la mayoría) acepten la invitación y no pondrán «pegas» a encontrarse y aceptar y compartir con todo tipo de personas, convocadas por el Rey. Aunque tengan pocos méritos.  Y todos… procuraremos ir debidamente «revestidos» y transformados por el Bautismo que hemos recibido. 

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen de José María Morillo