La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO

Mt 5, 13-16; Mc 9, 49-50; Lc 14, 34-35

Después de las bienaventuranzas recoge san Mateo una doble comparación, dirigida a sus discípulos de todos los tiempos. Dice el Señor: Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo.

La tierra de Jesús era rica en sal; de hecho, el cercano mar Muerto era un verdadero depósito de ella. También abundaba en las aparcerías, en las pescaderías… Constituía una verdadera industria. En el Templo existía el llamado granero de la sal[1], para disponer de ella en las ceremonias rituales. Todo el mundo sabía que la sal conserva los alimentos y les da buen sabor; por eso, evocaba la sabiduría. Era un elemento apreciado. En el Levítico se prescribía que todo alimento que se ofreciera a Dios fuera condimentado con sal, significando la voluntad de ofrecer algo agradable. En la vida corriente, comer la sal con alguien significaba tener con él buena amistad; un pacto de sal era un pacto indisoluble.

Los discípulos de Jesús serán la sal para toda la tierra, pues darán un sabor nuevo a todos los valores humanos, evitarán la corrupción, traerán con sus palabras la sabiduría al mundo y darán sentido a lo que acontece.

Pero no hay sal para la sal. Si no cumple su misión, si se vuelve sosa, no vale sino para tirarla afuera y que la pisotee la gente.

El Señor hace una parecida advertencia con la imagen de la luz. Él ha vivido en una región luminosa, y parecen gustarle los días en que brilla el sol, los horizontes despejados, las vistas de lejos de las ciudades. De la luz sacará muchas de sus enseñanzas.

Isaías había predicho que Israel sería una luz para las naciones[2]. Jesús advierte precisamente a sus discípulos que en ellos se cumple este anuncio: Vosotros sois la luz del mundo. Sois –les dice– como una ciudad iluminada que se ve desde todas partes: no puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte. Vosotros sois la luz de la casa: no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa[3].

Cada uno de vosotros, les dice, ha de ser luz para los suyos, a vuestro lado verán con claridad. Todos juntos seréis como una ciudad construida en la cima, que se ve desde todas partes y sirve de orientación.

¡Qué desgracia si la sal se desvirtúa!, pero no lo es menos si la luz se oscurece. Jesús lo repetirá en otras ocasiones. Aquí se conforma con añadir: Alumbre así vuestra luz ante los hombres, como la lámpara en la casa, como la ciudad en el horizonte, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos.


[1] Esd 7, 22.

[2] Is 42, 6; 49, 6.

[3] Los judíos se alumbraban generalmente con lámparas de aceite (Mt 25, 8). Eran de arcilla y tenía dos orificios: uno para verter el aceite y el otro para la mecha. Se colocaban sobre un soporte (a veces se colgaban de un gancho) para aprovechar mejor la luz.