Vísperas – Viernes XXVIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXVIII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Cantadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

SALMO 144

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA: Rm 8, 1-2

Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

R/ Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
V/ Para conducirnos a Dios.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal
— por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofrece el pecado y aplaca la penitencia,
— aparta de nosotros el azote de tu ira, merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
— no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
— abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como hostia viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXVIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 12,1-7
En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas será proclamado desde los terrados.
«Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése.
«¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta una crítica de Jesús contra las autoridades religiosas de su tiempo.
• Lucas 12,1ª: Miles y miles de personas buscan a Jesús. “En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros…”. Esta frase deja entrever la enorme popularidad de Jesús y el deseo de la gente de encontrarse con él (cf. Mc 6,31; Mt 13,2). Deja entrever, asimismo, el abandono en el que se encontraba la gente. “Son como oveja sin pastor”, decía Jesús en otra ocasión cuando vio la multitud aproximarse para escuchar su palabra (Mc 6,34).
• Lucas 12,1b: Cuidado con la hipocresía “Se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”. Marcos hablaba ya de levadura de los fariseos y de los herodianos y sugería que se trataba de la mentalidad o de la ideología dominante de la época que esperaba a un mesías glorioso y poderoso (Mc 8,15; 8,31-33). Aquí, en este texto, Lucas identifica la levadura de los fariseos con la hipocresía. La hipocresía es una actitud que invierte los valores. Esconde la verdad. Muestra una fachada bonita que encubre y disfraza la podredumbre que hay por dentro. En este caso la hipocresía era la cáscara aparente de la máxima fidelidad a la Palabra de Dios que escondía la contradicción de la vida de éstos. Jesús quiere lo contrario. Quiere coherencia que no deja en lo escondido.
• Lucas 12,2-3: Lo escondido será revelado. “Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas será proclamado desde los terrados”. Es la segunda vez que Lucas habla de este asunto (cf. Lc 8,17). En vez de la hipocresía de los fariseos que esconde la verdad, los discípulos deben tener sinceridad. No deben tener miedo a la verdad. Jesús los invita a compartir con los otros las enseñanzas que aprendieron de él. Los discípulos no podían tenerlas sólo para ellos, sino que debían divulgarla. Un día, las máscaras se caerán y todo será revelado a las claras, proclamado desde los terrados (cf. Mt 10,26-27).
• Lucas 12,4-5: No hay que tener miedo. “No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése”. Aquí Jesús se dirige a sus amigos, a los discípulos y a las discípulas. Ellos no deben tener miedo de aquellos que matan el cuerpo, que torturan, que machacan y hacen sufrir. Los torturadores pueden matar el cuerpo, pero no consiguen matar en ellos la libertad y el espíritu. Deben tener miedo, esto es, de que el miedo al sufrimiento los lleve a esconder o a negar la verdad y, así, les haga ofender a Dios. Pues quien se aleja de Dios se pierde por siempre.
• Lucas 12,6-7: Valéis más que muchos pajarillos. “¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos” Los discípulos no deben tener miedo a nada, pues ellos están en las manos de Dios. Jesús manda mirar los pájaros. Dos pajarillos se venden por pocos centavos y ninguno de ellos cae en tierra sin el consentimiento del Padre. Hasta los cabellos de la cabeza están contados. Lucas dice que ningún cabello cae sin que el Padre lo diga (Lc 21,18). ¡Y caen tantos cabellos! ¿Por esto: “no temáis; valéis más que muchos pajarillos. Es ésta la lección que Jesús saca de la contemplación de la naturaleza. (cf Mt 10,29-31)
• La contemplación de la naturaleza. En el Sermón de la Montaña, el mensaje más importante Jesús lo saca de la contemplación de la naturaleza. El dice: » Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.” (Mt 5,43-45.48). La observación del ritmo del sol y de la lluvia llevaron a Jesús a esta afirmación revolucionaria: “Pero yo os digo: amar a vuestros enemigos!” Lo mismo vale para la invitación a mirar los lirios del campo y las aves del cielo (Mt 6,25-30). Esta actitud, sorprendentemente contemplativa ante la naturaleza, lleva a Jesús a una crítica de las verdades aparentemente eternas. Seis veces seguidas tuvo el valor de corregir en público la Ley de Dios: “Se os dijo, pero yo os digo…”. El descubrimiento hecho en la contemplación renovada de la naturaleza se vuelve para él una luz muy importante para releer la historia con otros ojos y descubrir en ella las luces que antes no eran percibidas. Hoy estamos antes una nueva visión del universo. Los descubrimientos de la ciencia respecto de la inmensidad del macro-cosmos y del micro-cosmos están siendo fuente de una nueva contemplación del universo. Está comenzando ya la crítica de muchas verdades aparentemente eternas. 

4) Para la reflexión personal

• Lo escondido será revelado. ¿Hay en mí algo que temo sea revelado un día?
• La contemplación de los pajarillos y de las cosas de la naturaleza lleva Jesús a actitudes nuevas y sorprendentes que revelan la bondad gratuita de Dios. ¿Tengo costumbre de contemplar la naturaleza? 

5) Oración final

Pues recta es la palabra de Yahvé,
su obra toda fundada en la verdad;
él ama la justicia y el derecho,
del amor de Yahvé está llena la tierra. (Sal 33,4-5)

Comentario – Viernes XXVIII de Tiempo Ordinario

El evangelista nos habla de una multitud (miles) de personas agolpadas alrededor de Jesús. Éste toma la palabra para dirigirse en primer término a sus discípulos y les advierte de un peligro que deben evitar: Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. De nuevo, en la crítica de Jesús a los fariseos comparece la hipocresía como uno de los caracteres más notables de su conducta. Pero la hipocresía, siendo una nota que distingue la conducta farisaica, no es patrimonio de los mismos. Fácilmente puede fermentar los comportamientos. Nadie es inmune a este contagio o fermentación. Por eso la equipara a la levadura. Y basta un poco de levadura para que fermente toda la masa. La levadura tiene una enorme potencia; puede acabar transformando una masa que es mucho mayor que ella, pero que no tiene su poder. Debido a esta potencialidad maleante hay que guardarse seriamente de la hipocresía, si no se quiere que acabe transformándonos en nuevos fariseos, en fariseos del s. XXI. Jesús quiere mantener a sus discípulos alejados de semejante vicio que tanto puede asemejarles a sus adversarios.

El Señor quiere hacerles ver además la inutilidad de la ocultación o de la simulación que está en la estratagema del comportamiento hipócrita. Los sepulcros blanqueados no podrán ocultar lo que esconden por mucho que lo pretendan, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Un crimen podrá encubrirse durante mucho tiempo, pero seguramente que acabará descubriéndose; y si no se descubre en el transcurso de esta vida, acabará saliendo a la luz en el día del juicio, cuando resplandezca la verdad. Es cierto que podemos ocultar cosas (un vicio, un defecto, una mala acción, una conducta inmoral, etc.) a la mirada de muchos, si no de todos, pero no a la mirada de Dios, para el que todo está patente. No podemos negar que hay quienes se llevan su secreto a la tumba y que uno podría intentar destruir, y conseguirlo, todas las pruebas que pudiesen delatarlo, pero aun así no podría escapar al juicio de Dios. No hay nada escondido que no llegue a saberse.

Esto tendría que hacernos reflexionar, aunque sin atribuirle a Dios, como hizo Jean PaulSartre en su juventud, una mirada objetivante o petrificadora. Al parecer esto fue lo que le hizo derivar hacia el ateísmo, apartando a Dios definitivamente de su vida para recuperar la libertad que creía perdida por no poder evitar la mirada de Dios. Pero la mirada de Dios es siempre amorosa. Dios, que es amor, no puede tener otra mirada. Sentirnos bajo la mirada de Dios no debe significar sentirnos vigilados como por los ojos de un policía e impedidos para obrar con libertad; podría significar tal vez sentir sobre nosotros la vigilancia del centinela que nos guarda y nos avisa de los peligros que nos amenazan o del padre que nos cuida, nos advierte y nos protege sin que ello suponga coacción a nuestra libertad de movimientos.

Lo que suele paralizarnos casi siempre es el temor: temor a equivocarnos, temor a hacer el ridículo, temor a ser tachados de ignorantes o de idiotas, temor a ser injuriados, perseguidos, rechazados, atormentados, denigrados, temor al desprecio o a la marginación social, temor a la descalificación, a la humillación, temor a la enfermedad, a la inutilidad, a la vejez, temor a la muerte, al juicio, al más allá, temor a que se descubra lo escondido o a que se sepa lo ocultado… Pues bien, Jesús les dice a sus amigos y, por tanto, también a nosotros: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más.

¿Es que se puede hacer más que “matar el cuerpo”? ¿Es que matando el cuerpo no se quita la vida que late en ese ser vivo? ¿Cómo no tener miedo al que puede arrebatarte lo más valioso de nuestras posesiones? Porque, desposeídos de la vida, ¿para qué queremos nuestros bienes? Y continúa: Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego. A ese tenéis que temer, os lo digo yo. Matar y después echar en el fuego es como matar dos veces. Jesús parece aludir a una “segunda muerte”. Así llama San Agustín a la condena en el fuego eterno: segunda muerte.

Según esto, es más de temer el que nos puede privar de la vida eterna, infligiéndonos la segunda muerte, que el que nos puede arrebatar esta vida ligada al cuerpo. Al fin y al cabo esta vida será siempre temporal; tiene, por tanto, una duración limitada. Que nos la quiten antes o después, de una manera violenta o pacífica, es algo relativo. Lo que ya tiene otro valor es que nos arrebaten la vida eterna. Eso es lo que debe ser absolutamente temido. Pero Dios no va a permitir tan fácilmente que nos priven de esa vida para la que nos ha creado y redimido. Si no se olvida de uno solo de esos gorriones que tienen tan poco valor en el mercado: dos cuartos; si tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza, ¿cómo va a olvidarse de nosotros, que tenemos tanto valor para él, tanto que nos ha entregado la sangre de su Hijo? ¿Cómo no nos va a prestar atención singular cuando tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza? Jesús destaca la desproporción: no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Por tanto, no tengáis miedo.

Esta es la última palabra que queda resonando como un eco tras la lectura de este pasaje evangélico: no tengáis miedo, ni a la mirada de Dios, ni a que se sepa lo que esconden las tinieblas o los corazones, ni a los que nos pueden arrebatar el honor, la fama o la vida. Sólo hemos de temer nuestro propio desvarío, nuestra inconsciencia o nuestra proclividad a dejarnos engañar por el padre de la mentira que nos hace creernos Dios o simplemente hombres capaces de prescindir de Él, menospreciando su promesa de vida eterna.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

La Sagrada Tradición

8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.

Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.

Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16). 

La misa del Domingo

Roma exigía a los pueblos sojuzgados numerosos impuestos tales como gabelas, peajes, aduanas, tasas, etc. Entre todos estos impuestos estaban los que se debían pagar directamente al y para el César. El tributo que iba directamente al arca imperial era, por un lado, el que debían pagar los propietarios “por el suelo”, y por otro, el personal —llamado también “capitación”— que debían aportar anualmente todos los varones desde los catorce años y las mujeres desde los doce, hasta los sesenta y cinco en ambos casos.

También los israelitas tenían que pagar obligatoriamente estos impuestos. El tributo directo, así como también el censo o empadronamiento, era tenido por los judíos como la señal suprema del sometimiento al poder extranjero, y por ello algunos grupos radicales de aquella época, como en el caso de los zelotes, se negaban a pagarlo.

Asimismo algunos fariseos sostenían que pagarlo era pecado, al constituir un acto de tácito reconocimiento a las pretensiones divinas del Emperador romano. Para entender mejor esta posición conviene explicar también algo sobre las monedas usadas en aquella época.

Las monedas de poco valor, como el óbolo o el leptón, podían ser acuñadas por los jerarcas y autoridades locales. Pero, de modo contrario a la costumbre ampliamente difundida, las monedas acuñadas por los jerarcas judíos como Herodes Agripa o por autoridades romanas que gobernaban Judea como en el caso de Poncio Pilato, no podían llevar acuñada ninguna imagen o retrato de sus rostros debido a que para los judíos observantes toda representación de figuras humanas se consideraba prohibida por la Ley.

Ahora bien, las transacciones mayores debían hacerse con monedas de mayor valor, fundamentalmente con la moneda imperial como el denario o el sestercio. Éstas monedas llevaban acuñado el rostro del emperador que en algunos casos incluía el título “divino César”, razón por la cual los judíos observantes como los fariseos se negaban a usarla.

Los herodianos, que eran aliados de los romanos, no se hacían en cambio ningún problema en pagar el tributo al César y aceptar el uso de la moneda imperial.

Aún cuando no estuviesen de acuerdo, todos los judíos estaban obligados a pagar los impuestos si no querían oponerse frontalmente al poder dominante y exponer a la nación a un mal mayor. No podían sino humillarse y aceptar su uso mientras esperaban la tan ansiada liberación que les traería el Mesías esperado.

En el Evangelio de este Domingo entran en escena fariseos y herodianos. Estos grupos, a pesar de sus profundas e irreconciliables divergencias, se unen en su odio común al Señor Jesús y planean juntos cómo eliminarlo (ver Mc 3,6). Unos en contra y otros a favor, se acercan al Maestro para preguntarle si es lícito o no pagar el impuesto al César. Más que escuchar su posición con respecto a este delicado tema, les interesaba tener algo de qué acusarlo, ya sea ante el pueblo, para restarle autoridad, o ante la autoridad romana, para poder quitarlo de en medio.

Si el Señor respondía que era deber de los judíos pagar el impuesto al César, reconociendo de hecho su dominio sobre Israel, decepcionaría al pueblo entero que lo consideraba como “el hijo de David”, el Mesías que estaba a punto de instaurar el Reino de Dios liberándolos para siempre del dominio impío de los pueblos extranjeros. Una vez perdida la aceptación popular, los fariseos podrían hacer con Él lo que quisieran.

Si respondía que no había que pagar dicho impuesto, los herodianos podrían acusarlo de sedición ante el procurador romano y ejecutarlo. Notemos que finalmente será ésta la acusación con la que llevan al Señor ante Pilato: «hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey» (Lc 23,2). La acusación era obviamente falsa.

La respuesta del Señor desbarata la trampa de los discípulos de los fariseos y de los herodianos. Luego de echarles en cara su malicia les pide que le muestren la moneda del impuesto. Probablemente alguno de los herodianos, amigos del César, cargaba consigo una de aquellas monedas y se la muestra al Señor. Luego de preguntar a quién pertenecía el rostro acuñado en aquel denario y recibir la evidente respuesta «es del César», sentencia el Maestro: «Pues denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Con esta respuesta proverbial el Señor da a entender que no se oponía al pago del impuesto al César (ver la enseñanza del Señor en Mt 17,24-27), pero que junto a este pago es fundamental también darle «a Dios lo que es de Dios».

El Señor se manifiesta a favor de una distinción clara entre el dominio de la política y el dominio de lo religioso. En la antigüedad lo político y lo religioso tendían a identificarse, al punto que los mismos gobernantes se hacían llamar hijos de dioses o dioses ellos mismos. Así sucedía con los egipcios, con los griegos y también con los romanos. La división entre Dios y el César reafirmaba lo que los judíos —a diferencia de los pueblos vecinos— consideraban desde siempre, a saber, que la máxima autoridad humana no era divina.

Los judíos a lo largo de su propia historia habían considerado a su rey como un elegido y consagrado por Dios, pero nunca como una divinidad. Encima del rey de Israel estaba Dios y su Ley. También el rey, puesto por Dios como un pastor para guiar a su pueblo en su Nombre, debía obediencia a Dios y a su Ley. Menos aún podían los judíos aceptar que un rey, gobernante o emperador extranjero tuviese que ser reconocido y adorado como una divinidad. Este rechazo lo llevaban al extremo de negar toda autoridad humana que no fuera una manifestación clara y directa de Dios, despreciando y negando cualquier valor o norma humana que no fuera conveniente para ellos. Según este razonamiento muchos judíos se creían con derecho a no considerarse moralmente obligados por una autoridad o ley humana, como era el caso de la obligación de pagar el tributo al César.

Para el Señor la obediencia a Dios está sin duda antes que nada y por encima de todo. Sin embargo, Él no duda en reconocer que también la autoridad humana, aunque sea extranjera, debe ser razonablemente obedecida.

Se deduce de lo dicho por el Señor que no hay que darle a Dios lo que es del César ni al César lo que es de Dios. Nadie puede pretender, en nombre de Dios, extraerse de la obediencia a la autoridad humana legítimamente constituida porque el bien común de la sociedad así lo demanda. Pero ello exige como contraparte que la autoridad humana no se exceda de sus límites atribuyéndose un poder y autoridad que sólo a Dios corresponde, mandando obediencia por ejemplo a leyes inicuas que atentan contra el orden natural y la Ley de Dios. La obediencia a la autoridad política es un deber que se subordina a la obediencia última a Dios.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Con esta lapidaria respuesta resuelve genialmente el Señor la pregunta que maliciosamente le hicieron algunos sobre la licitud de pagar los impuestos al César. Pero podemos preguntarnos ahora: ¿a qué se refiere Jesús con eso de “darle a Dios lo que es de Dios”? ¿Qué es de Dios?

La imagen de la moneda nos da una luz para poder responder a esta pregunta crucial. En la moneda del impuesto estaba acuñada una imagen, la del César, es decir, la del Emperador romano de turno. También estaba acuñada una inscripción: el nombre del César. Para el Señor parece que esa moneda sirve de figura para comprender otra realidad mucho más importante: la del ser humano. En la Escritura leemos repetidas veces que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (ver Gén 1,26-27; 5,1; 9,6; Sab 2,23; Eclo 17,1-4). He allí la respuesta: el hombre, todo hombre por más insignificante que parezca, es de Dios, porque tiene grabado en lo más profundo de su ser esa “huella”, ese “sello divino”, esa imagen e inscripción que “a gritos” le reclama la comunión con Dios.

Ese reclamo profundo lo experimenta todo ser humano a modo de un hambre de Dios, de una inapagable sed de Infinito, sed de felicidad, sed de un amor auténtico que resuelva su necesidad de amar en la profunda e intensa comunión con otros y con el Tú divino, en una comunión que no acabe nunca, una comunión en la que el objeto de su amor jamás le sea arrebatado.

Pero si por un lado experimentamos ese profundo reclamo de nuestro ser, que es una necesidad imperiosa de Dios, al mismo tiempo experimentamos también un tremendo miedo de “darle a Dios lo que es de Dios”, miedo de entregarnos a Él confiadamente. ¿Es un miedo a que me quite lo que yo pienso que me hará feliz? ¿Miedo a que me pida más de lo que estoy dispuesto a dar? ¿Miedo a que si lo amo demasiado perderé el control de mi vida? Es un miedo absurdo, pues si a Dios le damos todo lo que es de Dios, Él nos dará a cambio todo aquello que hace la vida verdaderamente humana, libre, grande y bella.

Darle a Dios lo que es de Dios implica, en lo concreto, consagrarle a Dios mi vida y mis intenciones, amarlo con todo mi ser y por eso mismo buscar hacer lo que Él me dice, trabajar por ver realizados sus designios en mi vida. En la medida en que tú te orientes hacia Dios “dándole a Dios lo que es de Dios”, devolviéndole a Él aquello que lleva su misma huella grabada en lo más profundo del corazón, contribuirás a que las tinieblas retrocedan, contribuirás a que la sociedad se oriente cada vez más a Dios, volviéndose de este modo una sociedad cada vez más justa, fraterna y reconciliada. De otro modo, en la medida en que no se reconozca la huella divina grabada en lo profundo de cada ser humano, desde el recién concebido hasta el más anciano o inútil para la sociedad, sólo prevalecerá la injusticia, el abuso de aquellos que ostentan el poder económico o político, la explotación abierta o encubierta del hombre por el hombre, el asesinato “suavizado” con términos eufemísticos como “interrupción del embarazo” o “poner fin al sufrimiento de la persona”, cada vez más leyes inicuas serán sancionadas por la mayoría.

Un medio sencillo para “darle a Dios lo que es de Dios” es vivir el ejercicio de la “consagración de las intenciones”. Consagrar significa dedicar, ofrecer a Dios. La “intención” es la razón, a veces sólo por mí conocida, por la que hago algo. “Consagrar mis intenciones a Dios” quiere decir hacer las cosas por Dios, según la exhortación del apóstol Pablo: «ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31). Ello implica hacer lo que Dios me pide, en el momento en que me lo pide, según su divino designio para conmigo, conocido y madurado a la luz de la oración y el encuentro con Él. En este empeño debemos mirar y aprender de Cristo, haciendo nuestro su criterio de elección y acción: «yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre» (Jn 8,29).

La misa del domingo: misa con niños

SALUDO

La Gracia y la Paz de Dios Padre y de Jesucristo el Señor, y la Fuer­za de su Espíritu nos acompañe y esté con todos nosotros.

ENTRADA

 Todos los años, al llegar al penúltimo domingo de octubre, en nuestra celebración de la Eucaristía resuena una llamada que el Señor nos hace a todos por medio de la Iglesia. Es la llamada del Domund, la llamada a tener muy presente la misión cristiana de hacer que el Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra.

Por eso, hoy, recordaremos la labor que llevan a cabo los misioneros y misioneras, y rezaremos por ellos, y les aportaremos nuestra ayuda. Y reviviremos también en nosotros esa vocación misionera que todos los cristianos debemos tener).

ACTO PENITENCIAL

Sabiendo que Dios Padre siempre nos perdona y nos da su amor, nos reconocemos pequeños y limitados:

– Tú, que nos liberas de todo mal y esclavitud. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos llamas a vivir unidos, teniendo un mismo sentir. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú, aliento permanente para cuantos en Ti confían. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Al reunirnos convocados por tu Amor, Señor, sentimos la presen­cia de los hermanos y viene a nosotros tu Palabra de vida. En esta acción de gracias a Ti por todo lo que somos y tenemos, llegue tam­bién nuestro ruego para que sepamos seguir a Jesús, descubriendo que sólo Él tiene palabras de Vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA PROFÉTICA

En toda situación humana nos habla cl Señor, por lo que haremos bien estando atentos. Israel está a punto de caer en la desesperanza, pero sur­ge con fuerza la voz de Dios por medio del profeta, presentándose como el Dios único y liberador, fuera del cual no hay otro.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo escribe a una de las primeras comunidades cristianas, la de Tesalónica, deseándoles los bienes que Dios concede de la gracia y de la paz, indicándoles de qué modo están presentes en sus oraciones, valoran­do el esfuerzo que van realizando y la acogida de la Palabra.

LECTURA EVANGÉLICA

Los fariseos tratan de cazar a Jesús con una pregunta concreta sobre los impuestos, sabiendo que cualquier respuesta le va a comprometer: no les interesa la respuesta, sino la trampa. Pero Jesús muestra su «elegan­cia» recordando que lo importante y necesario es vivir abiertos y preocu­pados por cumplir la voluntad de Dios.

ORACIÓN DE LOS FIELES

 Presentemos nuestras plegarias al Padre, para que su amor alcance a toda la tierra. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

  1. Por la Iglesia, por todos los cristianos. Que respondamos con fuerza y acierto a la llamada que Dios nos hace para ser testigos evangelizadores en nuestra vida. OREMOS: 2. Por los misioneros y misioneras que trabajan en países lejanos. Que reciban el apoyo de nuestra oración y nuestra ayuda. OREMOS:
  2. Por las vocaciones misioneras, tanto religiosas como laicales. Que no falten cristianos enviados a llevar por todo el mundo, especialmente a los países pobres, la buena noticia del Evangelio. OREMOS:
  3. Por los que gobiernan las naciones: Que sirvan lealmente a todos los pueblos, defendiendo a los débiles y trabajando por la paz y el bien común. OREMOS:
  4. Por… OREMOS: 6. Por todos nosotros. Que la participación en la Eucaristía nos reafirme en la fe y nos empuje a la misión. OREM

Escucha, Padre, nuestras plegarias, y transforma nuestro mundo con la gracia del Espíritu Santo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

De las viñas plantadas en nuestros campos y de la semilla que se espera que dé fruto, pero sobre todo de tu gran Amor, recibimos, Señor, este pan y este vino que ahora traemos al altar; que la Fuerza de tu Espíritu venga sobre ellos y sean para nosotros Cuerpo y San­gre de Jesús. Que vive y reina.

PREFACIO    Dominical IV

De la mano de tu palabra, Señor, descubrimos en este día la necesi­dad de rcorientar nuestra vida hacia Ti, reconociendo que eres el único Señor, Dios de la historia, y que en cada momento te muestras en las aspi­raciones nobles de las personas y en el deseo de vivir en fraternidad.

Descubrimos que nuestra fe en Ti, si quiere ser verdadera, debe pro­ducir obras en favor de las personas. Que esta fe sólo es respuesta a un Amor grande, el Tuyo, que mueve la entrega y la creatividad. Y que la esperanza, tan olvidada pero tan necesaria, debe mantener la paz y el áni­mo en medio de tantas preocupaciones que acompañan a la vida.

Buscadores de las razones para esperar, buscadores de un Amor que ya está entre nosotros, te decimos: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Al terminar nuestra celebración llegue a Ti, Señor, la acción de gracias que te dirigimos. Que la comunidad cristiana, alimentada por Ti y sostenida por el Espíritu, viva atenta al mundo y a las per­sonas, y trabaje sin cesar por mostrar tu rostro de Dios Padre. Por Jesucristo.

DESPEDIDA

Marchemos todos con la paz del Señor, y que sepamos comunicarla a todos los hombres trtaducida en amor y justicia.

Ser cristianos y ser ciudadanos

Hoy y siempre, nos guste o no,
preguntar por la licitud de un impuesto,
cuando tenemos dinero y patrimonio
y vivimos muy dignamente,
es querer defendernos frente a los otros
-sean el césar,
la hacienda pública,
los pobres de la acera
o la propia conciencia-.

Y querer que Tú aclares
y justifiques nuestros quereres
de servir a dos señores
-cuando nos conviene-
o de enfrentarlos sin escrúpulos
-cuando nos conviene-,
es jugar a ser hipócritas
aunque no aparezcamos en la escena
y sean otros los que abren las puertas.

Aquel día que, mirándonos a los ojos, dijiste
«al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios»,
abriste una brecha en el horizonte:
proclamaste la soberanía de Dios Padre,
la autonomía de la creación entera,
la libertad de conciencia de las personas,
la repulsa de toda ideología política y religiosa
y el uso de Dios para nuestros intereses.

Sabemos que no es evangélico
llegar a Dios por la presión del poder que impera
ni defender el estado apelando a su voluntad.
Con el proyecto de Dios no se juega.
No hay nadie, por grande que sea,
dentro o fuera de la iglesia,
que pueda adueñarse del mismo, o hacerse su guía,
apelando a poderes, leyes y costumbres
o a la gracia divina.

Y como lo de Dios tiene que ver,
no solo con las cosas religiosas,
también con las realidades y decisiones políticas,
toda iglesia que quiera ser evangélica
no puede quedarse encerrada
ni en los corazones ni en las sacristías;
ha de salir a las plazas públicas
para defender el proyecto de Dios
y la autonomía de la sociedad laica.

Por eso, Señor, enséñanos
a ser cristianos y ciudadanos.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXVIII de Tiempo Ordinario

La cita no tiene trampa. El que cuenta el número de las estrellas y la arena de las playas marinas, ¿no va a tener contados los pelos de tu cabeza?

Me dirás: «yo no tengo madera de mártir». Ya somos dos. Pero, después de leer estas palabras, me pregunto: «¿cómo escuchas  las palabras de tu maestro y tu Señor? ¿es que son para ti esa semilla que cae al borde del camino?, ¿o la que cae entre zarzas? ¿No sabes que las palabras de Jesús van dirigidas al hombre entero y que han de llegar al corazón, un corazón bueno, para que puedan dar fruto?». Y si me pregunto de nuevo, con perplejidad y algo de azoramiento, qué es un corazón bueno, me doy cuenta de que necesito meditarlo. Pero, por de pronto, advierto que será un corazón que está abierto a la Palabra; y que esta apertura es algo más que la memorización de unas cuantas frases bonitas del evangelio, y que el encuentro con la Palabra sólo se da en el cor ad cor (el corazón a corazón) con ella.

También me parece bueno añadir dos «coletillas»: de momento, no es necesario que me mese los cabellos, ni siquiera que me desmelene; pero tampoco he de preocuparme si en las luchas de la vida salgo ligeramente despeinado. No tengo por qué aparentar ser uno de esos héroes de película que, efectivamente, salen de las más arduas peleas tan indemnes que no se les despeina el pelo. No me fío de esos guionistas y directores que por no sé qué trucos consiguen que sus «buenos» salgan siempre tan guapos, tan elegantes y con el pelo tan arreglado en los fotogramas.