La misa del Domingo

Roma exigía a los pueblos sojuzgados numerosos impuestos tales como gabelas, peajes, aduanas, tasas, etc. Entre todos estos impuestos estaban los que se debían pagar directamente al y para el César. El tributo que iba directamente al arca imperial era, por un lado, el que debían pagar los propietarios “por el suelo”, y por otro, el personal —llamado también “capitación”— que debían aportar anualmente todos los varones desde los catorce años y las mujeres desde los doce, hasta los sesenta y cinco en ambos casos.

También los israelitas tenían que pagar obligatoriamente estos impuestos. El tributo directo, así como también el censo o empadronamiento, era tenido por los judíos como la señal suprema del sometimiento al poder extranjero, y por ello algunos grupos radicales de aquella época, como en el caso de los zelotes, se negaban a pagarlo.

Asimismo algunos fariseos sostenían que pagarlo era pecado, al constituir un acto de tácito reconocimiento a las pretensiones divinas del Emperador romano. Para entender mejor esta posición conviene explicar también algo sobre las monedas usadas en aquella época.

Las monedas de poco valor, como el óbolo o el leptón, podían ser acuñadas por los jerarcas y autoridades locales. Pero, de modo contrario a la costumbre ampliamente difundida, las monedas acuñadas por los jerarcas judíos como Herodes Agripa o por autoridades romanas que gobernaban Judea como en el caso de Poncio Pilato, no podían llevar acuñada ninguna imagen o retrato de sus rostros debido a que para los judíos observantes toda representación de figuras humanas se consideraba prohibida por la Ley.

Ahora bien, las transacciones mayores debían hacerse con monedas de mayor valor, fundamentalmente con la moneda imperial como el denario o el sestercio. Éstas monedas llevaban acuñado el rostro del emperador que en algunos casos incluía el título “divino César”, razón por la cual los judíos observantes como los fariseos se negaban a usarla.

Los herodianos, que eran aliados de los romanos, no se hacían en cambio ningún problema en pagar el tributo al César y aceptar el uso de la moneda imperial.

Aún cuando no estuviesen de acuerdo, todos los judíos estaban obligados a pagar los impuestos si no querían oponerse frontalmente al poder dominante y exponer a la nación a un mal mayor. No podían sino humillarse y aceptar su uso mientras esperaban la tan ansiada liberación que les traería el Mesías esperado.

En el Evangelio de este Domingo entran en escena fariseos y herodianos. Estos grupos, a pesar de sus profundas e irreconciliables divergencias, se unen en su odio común al Señor Jesús y planean juntos cómo eliminarlo (ver Mc 3,6). Unos en contra y otros a favor, se acercan al Maestro para preguntarle si es lícito o no pagar el impuesto al César. Más que escuchar su posición con respecto a este delicado tema, les interesaba tener algo de qué acusarlo, ya sea ante el pueblo, para restarle autoridad, o ante la autoridad romana, para poder quitarlo de en medio.

Si el Señor respondía que era deber de los judíos pagar el impuesto al César, reconociendo de hecho su dominio sobre Israel, decepcionaría al pueblo entero que lo consideraba como “el hijo de David”, el Mesías que estaba a punto de instaurar el Reino de Dios liberándolos para siempre del dominio impío de los pueblos extranjeros. Una vez perdida la aceptación popular, los fariseos podrían hacer con Él lo que quisieran.

Si respondía que no había que pagar dicho impuesto, los herodianos podrían acusarlo de sedición ante el procurador romano y ejecutarlo. Notemos que finalmente será ésta la acusación con la que llevan al Señor ante Pilato: «hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey» (Lc 23,2). La acusación era obviamente falsa.

La respuesta del Señor desbarata la trampa de los discípulos de los fariseos y de los herodianos. Luego de echarles en cara su malicia les pide que le muestren la moneda del impuesto. Probablemente alguno de los herodianos, amigos del César, cargaba consigo una de aquellas monedas y se la muestra al Señor. Luego de preguntar a quién pertenecía el rostro acuñado en aquel denario y recibir la evidente respuesta «es del César», sentencia el Maestro: «Pues denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Con esta respuesta proverbial el Señor da a entender que no se oponía al pago del impuesto al César (ver la enseñanza del Señor en Mt 17,24-27), pero que junto a este pago es fundamental también darle «a Dios lo que es de Dios».

El Señor se manifiesta a favor de una distinción clara entre el dominio de la política y el dominio de lo religioso. En la antigüedad lo político y lo religioso tendían a identificarse, al punto que los mismos gobernantes se hacían llamar hijos de dioses o dioses ellos mismos. Así sucedía con los egipcios, con los griegos y también con los romanos. La división entre Dios y el César reafirmaba lo que los judíos —a diferencia de los pueblos vecinos— consideraban desde siempre, a saber, que la máxima autoridad humana no era divina.

Los judíos a lo largo de su propia historia habían considerado a su rey como un elegido y consagrado por Dios, pero nunca como una divinidad. Encima del rey de Israel estaba Dios y su Ley. También el rey, puesto por Dios como un pastor para guiar a su pueblo en su Nombre, debía obediencia a Dios y a su Ley. Menos aún podían los judíos aceptar que un rey, gobernante o emperador extranjero tuviese que ser reconocido y adorado como una divinidad. Este rechazo lo llevaban al extremo de negar toda autoridad humana que no fuera una manifestación clara y directa de Dios, despreciando y negando cualquier valor o norma humana que no fuera conveniente para ellos. Según este razonamiento muchos judíos se creían con derecho a no considerarse moralmente obligados por una autoridad o ley humana, como era el caso de la obligación de pagar el tributo al César.

Para el Señor la obediencia a Dios está sin duda antes que nada y por encima de todo. Sin embargo, Él no duda en reconocer que también la autoridad humana, aunque sea extranjera, debe ser razonablemente obedecida.

Se deduce de lo dicho por el Señor que no hay que darle a Dios lo que es del César ni al César lo que es de Dios. Nadie puede pretender, en nombre de Dios, extraerse de la obediencia a la autoridad humana legítimamente constituida porque el bien común de la sociedad así lo demanda. Pero ello exige como contraparte que la autoridad humana no se exceda de sus límites atribuyéndose un poder y autoridad que sólo a Dios corresponde, mandando obediencia por ejemplo a leyes inicuas que atentan contra el orden natural y la Ley de Dios. La obediencia a la autoridad política es un deber que se subordina a la obediencia última a Dios.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Con esta lapidaria respuesta resuelve genialmente el Señor la pregunta que maliciosamente le hicieron algunos sobre la licitud de pagar los impuestos al César. Pero podemos preguntarnos ahora: ¿a qué se refiere Jesús con eso de “darle a Dios lo que es de Dios”? ¿Qué es de Dios?

La imagen de la moneda nos da una luz para poder responder a esta pregunta crucial. En la moneda del impuesto estaba acuñada una imagen, la del César, es decir, la del Emperador romano de turno. También estaba acuñada una inscripción: el nombre del César. Para el Señor parece que esa moneda sirve de figura para comprender otra realidad mucho más importante: la del ser humano. En la Escritura leemos repetidas veces que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (ver Gén 1,26-27; 5,1; 9,6; Sab 2,23; Eclo 17,1-4). He allí la respuesta: el hombre, todo hombre por más insignificante que parezca, es de Dios, porque tiene grabado en lo más profundo de su ser esa “huella”, ese “sello divino”, esa imagen e inscripción que “a gritos” le reclama la comunión con Dios.

Ese reclamo profundo lo experimenta todo ser humano a modo de un hambre de Dios, de una inapagable sed de Infinito, sed de felicidad, sed de un amor auténtico que resuelva su necesidad de amar en la profunda e intensa comunión con otros y con el Tú divino, en una comunión que no acabe nunca, una comunión en la que el objeto de su amor jamás le sea arrebatado.

Pero si por un lado experimentamos ese profundo reclamo de nuestro ser, que es una necesidad imperiosa de Dios, al mismo tiempo experimentamos también un tremendo miedo de “darle a Dios lo que es de Dios”, miedo de entregarnos a Él confiadamente. ¿Es un miedo a que me quite lo que yo pienso que me hará feliz? ¿Miedo a que me pida más de lo que estoy dispuesto a dar? ¿Miedo a que si lo amo demasiado perderé el control de mi vida? Es un miedo absurdo, pues si a Dios le damos todo lo que es de Dios, Él nos dará a cambio todo aquello que hace la vida verdaderamente humana, libre, grande y bella.

Darle a Dios lo que es de Dios implica, en lo concreto, consagrarle a Dios mi vida y mis intenciones, amarlo con todo mi ser y por eso mismo buscar hacer lo que Él me dice, trabajar por ver realizados sus designios en mi vida. En la medida en que tú te orientes hacia Dios “dándole a Dios lo que es de Dios”, devolviéndole a Él aquello que lleva su misma huella grabada en lo más profundo del corazón, contribuirás a que las tinieblas retrocedan, contribuirás a que la sociedad se oriente cada vez más a Dios, volviéndose de este modo una sociedad cada vez más justa, fraterna y reconciliada. De otro modo, en la medida en que no se reconozca la huella divina grabada en lo profundo de cada ser humano, desde el recién concebido hasta el más anciano o inútil para la sociedad, sólo prevalecerá la injusticia, el abuso de aquellos que ostentan el poder económico o político, la explotación abierta o encubierta del hombre por el hombre, el asesinato “suavizado” con términos eufemísticos como “interrupción del embarazo” o “poner fin al sufrimiento de la persona”, cada vez más leyes inicuas serán sancionadas por la mayoría.

Un medio sencillo para “darle a Dios lo que es de Dios” es vivir el ejercicio de la “consagración de las intenciones”. Consagrar significa dedicar, ofrecer a Dios. La “intención” es la razón, a veces sólo por mí conocida, por la que hago algo. “Consagrar mis intenciones a Dios” quiere decir hacer las cosas por Dios, según la exhortación del apóstol Pablo: «ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31). Ello implica hacer lo que Dios me pide, en el momento en que me lo pide, según su divino designio para conmigo, conocido y madurado a la luz de la oración y el encuentro con Él. En este empeño debemos mirar y aprender de Cristo, haciendo nuestro su criterio de elección y acción: «yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre» (Jn 8,29).