«César» y «Dios» en clave transpersonal

La pregunta de los fariseos era una trampa difícil de resolver, teniendo en cuenta la realidad sociopolítica y religiosa del pueblo judío, sometido al Imperio Romano. La respuesta de Jesús es una salida airosa, inteligente y astuta, que confronta a los fariseos con su propia mentira.

En ocasiones, dicha respuesta ha servido como pretexto para fragmentar la realidad, de manera dualista, entre el “reino de Dios” y el “reino del César”, como si por un lado fuera “lo espiritual” y por otro “lo material”.

Sin entrar ahora en ese debate, prefiero hacer una lectura “transpersonal” de aquella respuesta, refiriéndome a la “doble dimensión” o “doble nivel” de lo real (y de nosotros mismos).

“Dar a Dios lo que es de Dios”: en una lectura teísta que piensa a Dios como un ser separado, tal expresión subraya la sumisión a Dios –mejor o peor entendida–, como Señor de la propia existencia.

En la comprensión transpersonal, “Dios” –etimológicamente: “luz”– es otro nombre para referirnos al misterio último de lo real, la plenitud que constituye el fondo o identidad profunda de todos los seres. “Dar a Dios lo que es de Dios” podría traducirse, por tanto, por: “Vivid en conexión con vuestra verdadera identidad”

Siempre dentro de esa clave de lectura, y utilizando los términos “César” y “Dios” como símbolos, cabría decir que el primero representa al “yo” o la “personalidad” –estamos en el nivel fenoménico o de las formas–, mientras que el segundo alude a nuestra verdadera identidad.

Ahora bien, en contra de lo que cree la mente separadora, no hay ningún dualismo, ya que ambos niveles se hallan abrazados en una unidad mayor: hay polaridad –dos niveles–, pero no dualismo. La realidad es no-dual, lo Uno se manifiesta y despliega en lo múltiple.

Se trata de “dar al yo” lo que le pertenece, lo cual significa reconocerlo en su nivel como expresión en la que se está experimentando lo que somos. Y de “dar a Dios” lo que es de Dios, reconocer nuestra identidad profunda y vivirnos desde ella.

Al afirmar que la referencia última es “lo que somos”, no se está absolutizando el yo como criterio último de comportamiento. Porque “lo que somos” no es el yo, sino aquella identidad, más allá del yo –transpersonal– que compartimos con todos los seres. Dicho de otro modo: “dar a Dios lo que es de Dios” –vivir en conexión consciente con lo que somos– supone la mayor toma de distancia posible del ego, la liberación de aquella creencia que nos identificaba con él.

En resumen, entendida simbólicamente y en esta clave, la respuesta de Jesús constituye una síntesis preciosa de toda la sabiduría. ¿Qué es vivir sabiamente? Atender el yo –el nivel de las formas– desde la conexión consciente con nuestra verdadera identidad: la consciencia, la vida, la plenitud de presencia.

¿Desde dónde me vivo y actúo?

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. De oriente a occidente no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De oriente a occidente no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXVIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 12,8-12
«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.

«A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.

«Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.»

3) Reflexión

• El contexto. En el cap. 11 que precede a nuestro relato, Lucas, en el camino de Jesús hacia Jerusalén, muestra su intención de revelar los abismos del obrar misericordioso de Dios y, al mismo tiempo, la profunda miseria que se esconde en el corazón del hombre, y en particular en los que tienen la misión de ser testimonios de la Palabra y de la obra del Espíritu Santo en el mundo. Jesús presenta estas realidades con una serie de reflexiones que surten efecto en el lector: verse atraído por la fuerza de su Palabra hasta el punto de sentirse interiormente juzgado y despojado de las pretensiones de grandeza que inquietan al hombre (9,46). El lector se identifica, además, con algunas actitudes provocadas por la enseñanza de Jesús: ante todo, se reconoce en el discípulo que sigue a Jesús y es enviado delante de él como mensajero del reino; en el que tiene dudas para seguirlo; en el fariseo o doctor de la ley, esclavos de sus propias interpretaciones y estilo de vida. En síntesis, el recorrido del lector por el cap. 11 tiene como característica encontrarse con la enseñanza de Jesús que le revela la intimidad de Dios, la misericordia del corazón de Dios, pero también la verdad de su ser como hombre. Sin embargo, en el cap. 12 Jesús contrapone al corazón pervertido del hombre la benevolencia de Dios, que siempre da de manera sobreabundante. Está en juego la vida del hombre. Hay que estar atento a la perversión del juicio humano, o mejor, a la hipocresía que distorsiona los valores para sólo favorecer el propio interés y las propias ventajas más que para interesarse por la vida, la que se recibe de manera gratuita. La palabra de Jesús dispara al lector un interrogante sobre cómo afrontar la cuestión de la vida: el hombre será juzgado por su comportamiento ante los peligros. Hay que preocuparse no tanto de los que pueden “matar el cuerpo”, sino tener en el corazón el temor de Dios que juzga y corrige. Jesús no promete a los discípulos que se ahorrarán las amenazas y las persecuciones, pero les asegura la ayuda de Dios en el momento de la dificultad.

• Saber reconocer a Jesús. El compromiso valiente de reconocer públicamente la amistad con Jesús comporta, en consecuencia, la comunión personal con él cuando vendrá para juzgar al mundo. Al mismo tiempo, “el que me niegue”, el que tenga miedo de confesar y reconocer públicamente a Jesús, él mismo se condena. Se invita al lector a reflexionar sobre la importancia crucial de Jesús en la historia de la salvación: es necesario decidirse, o con Jesús o contra Él y contra su Palabra de gracia; de esta decisión, reconocer o negar a Jesús, depende nuestra salvación. Lucas evidencia que la comunión que en el tiempo presente ofrece Jesús a sus discípulos será confirmada y llegará a la perfección en el momento de su venida en la gloria (“vendrá en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”: 9,26). Es evidente la referencia a la comunidad cristiana: aunque se está expuesto a la hostilidad del mundo, es indispensable que el testimonio valiente de Jesús y de la comunión con Él no disminuya, es decir, no hay que avergonzarse de ser y de manifestarse cristianos.

• La blasfemia contra el Espíritu Santo. Blasfemar es entendido aquí por Lucas como hablar de manera ofensiva o en contra. Este verbo se aplicó a Jesús cuando, en 5,21, perdonó los pecados. La cuestión que plantea nuestro pasaje puede presentar alguna dificultad para el lector: ¿Es menos grave la blasfemia contra el Hijo del hombre que la que va contra el Espíritu Santo? El lenguaje de Jesús puede resultar un poco fuerte para el lector del evangelio de Lucas: a lo largo del evangelio ha visto a Jesús mostrando la actitud de Dios que va en búsqueda del pecador, que es exigente pero sabe esperar el momento de la vuelta a Él y la madurez del pecador. En Marcos y en Mateo, la blasfemia contra el Espíritu Santo es la falta de reconocimiento del poder de Dios en los exorcismos de Jesús. Pero en Lucas más bien significa el rechazo consciente y libre del Espíritu profético que actúa en las obras y enseñanzas de Jesús, es decir, el rechazo del encuentro con el obrar misericordioso y salvífico del Padre. La falta de reconocimiento del origen divino de la misión de Jesús, la ofensa directa a la persona de Jesús, pueden ser perdonadas, pero el que niega el obrar del Espíritu Santo en la misión de Jesús no será perdonado. No se trata de la oposición entre la persona de Jesús y el Espíritu Santo, o de un contraste o símbolo de dos períodos diversos de la historia, el de Jesús y el de la comunidad post-pascual, sino que, en definitiva, el evangelista trata de demostrar que negar la persona de Cristo equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo.

4) Para la reflexión personal

• ¿Eres consciente de que ser cristiano reclama afrontar dificultades, insidias y peligros, hasta el punto de arriesgar la propia vida para dar testimonio de la amistad personal con Jesús?
• ¿Te avergüenzas de ser cristiano? ¿Prefieres el juicio de los hombres, su aprobación, o el hecho de no perder tu amistad con Cristo?

5) Oración final

¡Yahvé, Señor nuestro,
qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Tú que asientas tu majestad sobre los cielos. (Sal 8,2)

Un compromiso: humanizar nuestro

1.- «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Esta afirmación de Jesús puede entenderse de muchas maneras, no siempre concordantes con el sentido que quiere transmitirnos el Evangelio. Hay quien saca la conclusión de que el cristiano no debe meterse en política, otros se atreven a decir que la religión es algo que «pertenece al ámbito de lo privado», hay quien sugiere que hay que aceptar sin rechistar las decisiones de la autoridad civil, mande lo que mande…». ¿Cómo debemos entender esta expresión? En primer lugar, analicemos el contexto: son los herodianos y los fariseos los que quieren meter en apuros a Jesús. Ambos son colaboracionistas del poder romano dominante, al contrario de los zelotes o de los saduceos que no aceptan este dominio. Quieren que tome partido. Jesús no cae en la trampa, porque su mensaje no es partidista, sino universal y, al mismo tiempo, demuestra que, ante todo, sus seguidores tienen que ser buenos ciudadanos. Proclama, en cierto modo, lo que después el Concilio Vaticano II explicó: la autonomía de la fe con respecto al poder político. En épocas pasadas se unieron las dos realidades y la consecuencia fue nefasta para la Iglesia, supeditada y dominada por el Estado. Se dio lugar a una situación de «Cristiandad», en la que difícilmente podía darse una personalización de la vivencia religiosa.

2. – El cristiano, no obstante, no debe desentenderse de lo que ocurre en la sociedad, porque somos ciudadanos del mundo y hemos aceptado el compromiso de transformarlo según los criterios evangélicos. Hoy se habla mucho de «laicismo». En un sentido positivo puede entenderse como la lógica autonomía entre lo temporal y lo religioso. Pero no lo entienden bien quienes niegan cualquier intervención del creyente en lo temporal y reducen su actuación a lo privado. Entonces caemos en la «laicidad», que trata de encorsetar lo religioso como algo perteneciente al individuo aislado, negando a la fe cualquier tipo de expresión o manifestación. Quien esto hace practica un ateísmo confesional, que impide a los demás manifestar un sentimiento tan humano como es la fe religiosa. La expresión «A Dios lo que es de Dios» conlleva reconocer qué es lo que debemos hacer para honrarle y demostrarle nuestro amor: su voluntad es que colaboremos en la construcción de un mundo más humano y esto implica denunciar lo que es injusto, eliminar las estructuras injustas de pecado y comprometerse -tomar partido en el sentido positivo- en todo aquello que realiza al hombre como persona y le confiere la dignidad de hijo de Dios.

3. – Hemos de crear una conciencia de participación y colaboración en las estructuras del mundo: trabajo, comunidad de vecinos… La comunidad cristiana debe ser creadora de comunión humana. Nuestra profesión de fe debe dar un testimonio de caridad interna que sea muestra de credibilidad ante una sociedad rota, sectorizada y dividida. Este testimonio es la base de su acción transformadora. Es una comunidad humanizadora del territorio donde los hombres pierden el anonimato, son conocidos por sus nombres, los marginados se integran, se denuncian los racismos, se trabaja por una sociedad basada en nuevos valores. Dentro de toda su acción, destaca el servicio a los pobres, como sello de auténtica evangelización. La comunidad cristiana está llamada a ser la comunidad pública donde el corazón de Dios sigue latiendo en medio de la sociedad y donde es posible dar crédito al amor. La cercanía y la comunión humanas tienen que ser signos de la comunión en la fe. Humanizar el territorio es hacer presente la salvación, es decir hacer la realidad humana más habitable y más en comunión. La Iglesia no debe cobijarse en sí misma, sino que debe romper sus fronteras para encontrar su campo de acción en el mundo donde está situada. Y en él desarrollar una evangelización tanto por el anuncio explícito de Jesucristo como por el trabajo por un cambio de estructuras sociales. Conocer la persona y el mensaje de Jesús supone la salida al mundo para evangelizar y darle una respuesta cristiana.

4. – Hay que construir una comunidad capaz de evangelizar a los pobres. La renovación que pide nuestro tiempo es una conversión clara a los «nuevos pobres» espirituales y materiales y un compromiso en la transformación de las estructuras de pecado que generan la pobreza. Para ello es necesario: educar en la fraternidad y solidaridad, algo fundamental en un mundo que educa en el individualismo y la competencia, y fomentar las actitudes cristianas de denuncia y compromiso. El cristiano, llegado el caso, puede hacer «objeción de conciencia», cuando una ley dictada por el poder atente contra los principios básicos de la fe o de la dignidad humana. Sería una desobediencia civil. ¿Es esto… meterse en política?

José María Martín OSA

Comentario – Sábado XXVIII TO

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de DiosY si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. «Estar de parte de alguien» es dar testimonio en su favor, defenderle llegada la ocasión, hablar bien de él, mostrarse su partidario y su aliado, formar partido con él. Nosotros solemos ponernos de la parte de nuestros amigos, familiares, miembros de la misma comunidad, quizá compañeros de trabajo o de profesión en razón de nuestros intereses comunes, personas a las que amamos o con las que tenemos cierta afinidad ideológica; pero siempre tendríamos que estar de la parte de la verdad y de la justicia. En cuanto seguidores y discípulos de Cristo, ¿qué otra cosa puede esperar de nosotros que tenernos de su parte?

Pero lo cierto es que no siempre nos tiene, porque en situaciones de contradicción podemos desertar, al menos momentáneamente, de su partido; podemos negarnos a reconocer que somos de los suyos, porque esta confesión nos puede acarrear muchos problemas. A veces el miedo no nos permite dar este paso y acabamos negando conocerle, como Pedro en el patio del Sumo Sacerdote. Pues bien, nos dice Jesús, si uno se pone de mi parte ante los hombres –porque ahí es donde hay que ponerse de su parte, ante los hombres, no ante los ángeles o ante testigos invisibles- yo también me pondré de su parte ante los ángeles.

Y para ponerse de parte de Jesús, no es necesario dar la espalda a la verdad y a la justicia; al contrario, ponerse de parte de Jesús es mantenerse partidario de la verdad, la justicia y la misericordia, porque todo eso representa Jesús. Él nos quiere tener como partidarios en este mundo, y eso cuando ya ha dejado de estar corporalmente presente (como habitante) en este mundo, y se compromete a estar de nuestra parte en otro escenario, ante los ángeles de Dios, cuando necesitemos realmente de su defensa y testimonio favorable.

Puede parecer una simple correspondencia entre dos aliados que reclaman lealtad mutua. Pero es mucho más. Es mucho más importante que nosotros le tengamos de nuestra parte en el trance del juicio final, que él nos tenga de su parte en nuestra peregrinación por este mundo, ante los hombres, porque nuestro testimonio en su favor sólo puede beneficiarnos a nosotros mismos y a todos esos hombres que pueden tener dificultades para acceder a él y a los frutos de su acción redentora. Pero es indudable que él espera de nosotros que nos pongamos de su parte, y de la parte de los continuadores de su misión –de la parte de su Iglesia siempre que permanezca su Iglesia- frente al ataque injusto, frente a la calumnia de que pueda ser objeto, frente al desprestigio esterilizador, frente a la acusación falaz, frente al desconocimiento culpable, frente a la burla mordaz…

Y entre el ponerse de su parte y el negarle o renegarle no se contemplan estados intermedios. No ponerse de su parte ya es una manera de negarle, aunque no signifique exactamente ponerse en su contra o en la parte contraria. Pues bien, si uno me reniega ante los hombreslo renegarán ante los ángeles. Ya algunos Padres de la antigüedad, como san Ambrosio, repararon en este cambio de sujeto. No es el Hijo del hombre, esto es, Jesucristo, el que lo renegará ante los ángeles; pero lo renegarán; tendrá, pues, adversarios que den testimonio desfavorable de él ante Dios y sus ángeles. En tal caso, Cristo no testimoniaría nunca en contra de nadie, aunque otros lo hicieran por él, sino siempre a favor de los que se hubieran mostrado partidarios suyos y de su causa.

Por eso, hablar contra el Hijo del hombre, aun siendo un pecado de maledicencia, es perdonable; pero no lo es blasfemar o hablar contra (o mal) el Espíritu Santo. ¿Qué diferencia hay entre el Hijo del hombre y el Espíritu Santo para hacer esta discriminación? ¿Se trata de un hablar contra Jesús como puro hombre, mientras que el hablar contra el Espíritu Santo es hablar contra Dios? ¿Por qué un pecado es perdonable y el otro no? ¿No hemos vivido siempre en la Iglesia del supuesto de que todo pecado es perdonable si hay arrepentimiento?

San Ambrosio vio en la blasfemia contra el Espíritu Santo el pecado de los fariseos que no estaban dispuestos a reconocer que en Jesucristo actuaba el Espíritu Santo, es decir, que nunca aceptaron que Jesús había venido de parte de Dios y obraba sus milagros y curaciones como Ungido del Espíritu, movido por el mismo Espíritu. Al contrario, veían en él a un aliado de Belzebú. Esta ceguera para ver en Jesús al enviado de Dios es lo que él llamaría blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras se mantenga esta postura no hay posibilidad de abrirse a la acción misericordiosa de Dios que obra por Jesucristo.

Se trata de una obstinación o intransigencia que cierra todas las compuertas por donde puede llegar el perdón. Por eso el pecado se revela imperdonable. Decir de Jesús cosas tales como que es un borracho, amigo de publicanos y pecadores, que anda entre malas compañías, que es un engreído, que no respeta las leyes más sagradas del judaísmo, que es un malhechor, no parece que sea obstáculo insalvable para obtener el perdón, siempre que medie el arrepentimiento; pero decir de él que obra movido por el espíritu del mal ya es situarse en contra del Espíritu del bien, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. Y esto no tiene fácil marcha atrás.

No se trata sólo de una blasfemia, se trata de una ceguera, de una obstinación que, persistiendo, hace imposible el perdón. Si dejara de persistir, también sería perdonable, puesto que lo imperdonable es la ceguera voluntaria. El perdón exige el arrepentimiento; y donde no hay arrepentimiento no puede haber perdón o el perdón donado no puede surtir efecto. Se trata, quizá, de la muralla de la autosuficiencia humana que se alza contra Dios impidiéndole –porque él lo permite- realizar su obra de salvación en ese espacio. Habría que derribar la autosuficiencia para que el agua de la misericordia divina pudiese regar ese terreno. Que Dios nos libre de contraer este pecado de irreparable efecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura

9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad. 

Sacad a Dios de la sacristía

1.- Algunos de vosotros tal vez recuerde una escena de la película de Charlot llamada El Dictador, en que Hitler, Mussolini y Stalin se reparten las naciones del mundo dando vueltas al globo del mundo y señalando al azar con el dedo. Naturalmente que Charlot se pilla los dedos repetidamente entre el soporte y el globo. En el mismo sentido del reparto, pero admitiendo en él a la religión, Víctor Hugo dijo aquello de “el César y el Papa, las dos caras de Dios”

Nada más lejano de este sentido del reparto del pastel que las palabras de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Jesús no piensa en el conflicto entre dos autoridades o dos instituciones iguales. Más bien plantea la soberanía absoluta de Dios expresada en la frase de Isaías que acabamos de oír: “Yo soy el Señor y no hay otro”

El “de quien es la imagen de la moneda” es recordarles que esa imagen es el sello de propiedad, y como la moneda lleva la imagen del César y debe ser suya, así todo hombre, incluido el César, lleva en si mismo la imagen de Dios y a Dios debe dársele. Ninguna institución, ni gobierno, ni Iglesia, tiene poder absoluto sobre el hombre, sólo Dios.

2.- La más torcida interpretación de esta frase de Jesús es la de abandonar el campo del mundo y la sociedad a los gobiernos y encerrar a Dios en la sacristía como si ese fuese su lugar apropiado.

Y cuando la Iglesia en nombre de ese Dios metido en la sacristía se opone a una ley gubernamental del aborto, de una educación viciada, de la eutanasia, se la acusa de meterse donde no le llaman, porque hay que dar al César lo que es del César.

Exacto, hay que colaborar con el César en la creación de una sociedad mejor, mas igual, hay que colaborar cumpliendo las leyes justas, hay que pagar los impuestos pago de los servicios que recibimos y en la medida en que los recibimos. Pero no hay César por muy mayoría absoluta que tenga, que se haga con el derecho a disponer de la vida y de la libertad y de la conciencia de sus súbditos.

3.- Cuanto más fuerza tiene el Estado más tiene la tentación de creerse el poder absoluto, peligra la conciencia individual que se manipula desde los medios de comunicación, se convierte al hombre en máquinas de votar al único ser absoluto que es el Estado. Como hay la tentación del nacional catolicismo hay la tentación del nacional agnosticismo.

Todo gobierno está llamado no a mangonear al hombre, sino a servirlo, a buscar su bien, a crear el ambiente necesario para que sea feliz, sin olvidar que en el hombre hay un elemento trascendental que hay que atender para esa felicidad.

José María Maruri, SJ

La respuesta de Jesús

1. “Yo soy el Señor y no hay otro”, frase que aparece en la primera lectura, es la idea de fondo de la respuesta de Jesús a la pregunta capciosa que se le hace para hacerle caer en una trampa.

En la primera lectura, del libro de Isaías, Dios, el único Dios que existe, el único Señor de todos los seres humanos, escoge a un pagano, Ciro, para liberar al pueblo de Israel. Dios escoge a quien le parece como instrumento y el hombre tiene que aprender a descubrir la mano de Dios en toda experiencia de liberación, la lleve a cabo Dios por medio de quien la lleve a cabo, en favor de su pueblo.

2. En la segunda lectura, empieza este domingo el desarrollo de la primera carta de San Pablo a los cristianos de la ciudad de Tesalónica. No tiene, esta segunda lectura, conexión explícita con las otras dos, pero hay en ella una frase que hay que resaltar para cuestionarnos. Recordamos sin cesar, dice Pablo, la actividad de la fe de ustedes, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Si Pablo nos dirigiera una carta a nosotros, ¿podría decirnos lo que allí dice a esos cristianos de Tesalónica? ¿Qué ha pasado con nuestra fe, el esfuerzo de nuestro amor, el aguante de nuestra esperanza en Jesucristo?

3. La respuesta de Jesús a la trampa que le ponen los saduceos va en la misma línea que el mensaje esencial de la Buena Nueva: Viene el Reino de Dios y hay que escoger entre Dios y el dinero. Así, pues, dad al César el dinero, ¡para lo que le va a durar!

Los saduceos vivían de acuerdo al criterio de que había que dar a Dios sólo una parte y la otra había que dársela al César; una especie de “mitad y mitad”. Jesús dice que hay que optar radicalmente por Dios y que si el dinero lleva el sello del emperador hay que darle al emperador sólo lo que es suyo; a Dios hay que darle todo lo demás; viene el Reino de Dios y entonces al César no le va a durar nada el manejo del dinero. Viene un tiempo, dice Jesús, viene un mundo nuevo en el que ni César ni el dinero serán el criterio o poder decisivo. A Dios hay que darle la vida, sólo a Dios pertenece.

4. Lo último que Jesús hubiera querido decir es que había que repartirse entre Dios y otro. Si Jesús hubiera querido decir eso, los saduceos lo hubieran respaldado y jamás lo hubieran acusado de ser enemigo del César. En el capítulo 23 de Lucas oímos a los saduceos acusar a Jesús de prohibir pagar el tributo al César y andar sublevando al pueblo (que era lo mismo); ellos, los saduceos, lo entendieron muy bien.

No podemos servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. No podemos poner al mismo nivel a Dios y a lo que no es Dios, a Dios y al poder, a Dios y al Estado, a Dios y a la ideología política. Bien claro lo dice la primera lectura de la liturgia dominical de este domingo: “Yo soy Dios, yo soy el Señor, y no hay otro”.

5. El cristiano es hombre de un solo Señor: Jesucristo. Así lo proclamamos en la oración-himno del “Gloria”, reivindicando para Cristo los títulos que el senado, representando al pueblo de Roma, daba al César: ¡Sólo tú eres santo, es decir “divino”; sólo tú eres Señor; sólo tú eres altísimo, oh Jesucristo! ¿De verdad sólo nos dejamos señorear por Cristo? ¿O el dinero se ha convertido en nuestro Dios y señor? ¿O la comodidad? ¿O el consumo? ¿O el sexo?, ¿o el poder?, ¿la ideología?, ¿un partido? ¿Quién es dueño de nuestro corazón? ¿Dios o alguno otro “dios”?

Vivimos en un mundo que nos hace indispensable el uso del dinero, pero no podemos, si queremos ser cristianos, dejar que el dinero se convierta en el criterio decisivo. El criterio decisivo, si nosotros somos y queremos seguir siendo cristianos, es Dios, es decir el amor, porque Dios, el único que existe, es amor y sólo amor.

Antonio Díaz Tortajada

Dios y el César

1.- «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas… (Is 45, 1) Naciones fuertes, dueñas de la situación, soberbias, capaces de provocar una guerra mundial, o de mantener ciertas contiendas que desangran sin cesar a pequeños países. Las grandes potencias. Los poderosos que maquinan en la cumbre los destinos de la humanidad.

Pueblos fuertes, capaces de asombrar una y mil veces a los demás, a esos pueblos que no acaban de quitarse de encima el triste sambenito de subdesarrollados. Naciones poderosas… Cuando Cristo llegue, sus altivas cabezas rodarán por tierra. Y aquellos que nunca bajaron la frente, quedarán humillados por la mano poderosa del Ungido de Dios.

Cada uno de nosotros somos a veces un pequeño tirano que no se baja de su ridículo trono; un pequeño enano que se empina sobre la punta de los pies, mirando por encima del hombro a los otros enanitos… Cuando venga Cristo veremos quién fue realmente grande, quién sobresalía, quién era fuerte y poderoso. Y no lo olvidemos: Dios derribará al poderoso de su trono, y levantará al humilde. Al rico, al soberbio, lo despedirá vacío, y al pobre, lo colmará de bienes.

«Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios…” (Is 45, 5) Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor. Los demás son pobrecitos pigmeos, más dignos de lástima que de otra cosa. Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en él, es un miserable, un pobre desgraciado que hundiéndose en las arenas movedizas, comete la estupidez de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

No nos engañemos. Sólo Dios es sólido agarre para nuestro hundirnos de cada día. Sólo él puede salvarnos, sólo en él está la solución de todos nuestros problemas. Fuera de él nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo. No hay otro fuera de mí, repite el Señor. Yo soy el Señor y no hay otro…

Ayúdanos, pues, Señor. Ayúdanos. Ya nos conoces. Somos tan torpes que nos confundimos con frecuencia y ponemos nuestra confianza en los hombres. Y nos llevamos cada desengaño… Sólo tú, Señor, sólo tú no fallas nunca. Sólo en ti puedo descansar seguro, sólo apoyado en la fuerza de tu brazo puedo caminar tranquilo en medio de tantas dificultades.

2 .-«Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra» (Sal 95, 1) Los cantares son expresión lírica de los más hondos sentimientos, borbotones gozosos de quien tiene rebosante el corazón. Por eso, la Iglesia ha cantado siempre. Podemos afirmar que desde que el hombre existe, al encontrarse con Dios ha roto a cantar: las palabras se quedaron entonces cortas y hubo que adornarlas con música.

Cuántas composiciones musicales tienen como motivo de inspiración un sentimiento religioso. Podemos decir que no hay en la historia de la música un buen compositor, que no haya dedicado alguna partitura para cantar al Señor. Desde luego los más célebres artistas del pentagrama han escrito alguna de sus mejores obras a un tema espiritual, arrancando del alma humana sentimientos de amor y de veneración hacia el Señor.

Cantar a Dios, tener el alma tan llena de fervor que la palabra resulte insuficiente, para manifestar lo que dentro del alma ocurre. Señor, hoy te pedimos que aumentes nuestro amor hacia ti, para que el gozo interior nos impulse a cantar con unción y piedad.

«Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses» (Sal 95, 4) En efecto, los dioses de los gentiles son mera apariencia, mientras que nuestro Dios y Señor ha hecho el cielo y la tierra. Dioses que el hombre mismo se ha ido fabricando a lo largo de los tiempos, pequeños y raquíticos, hechos a la propia medida. Y, como todo lo humano, algo caduco, efímero, pasajero. «Vanidad de vanidades y todo vanidad», como afirma el sabio de Israel que el Señor mismo inspiró.

La fe en el Dios verdadero da relieve y sentido a la vida y a las cosas. En efecto, si el hombre mira con la perspectiva de la fe, descubre que sólo una cosa importa realmente, la salvación eterna. Por eso la vida que únicamente tiene unos horizontes terrenos resulta absurda, abominable incluso. Es de pena que por tan poca cosa se entusiasme e ilusione el hombre, animal incomprensible tantas veces.

Sólo Dios permanece, sólo él calma nuestra continua ansiedad, sólo él nos llena de verdad y plenamente. Vamos, pues, a preocuparnos un poco más de buscar a Dios, de creer en él, de esperarle, de amarle. Solamente así tendremos el corazón siempre joven, pronto para cantar con alborozo y con unción.

3.- «A vosotros, gracia y paz» (1 Ts 1, 1) Esta carta de San Pablo a los fieles de Tesalónica es probablemente el escrito más antiguo de cuantos componen el Nuevo Testamento. La fecha en que fue redactada data del año cincuenta. Y ya entonces encontramos estos saludos en los que se desea la gracia y la paz. Hoy, cuando han pasado tantos siglos, la Iglesia, a través de sus ministros y en nombre de Dios, sigue deseando a los hombres la gracia y la paz.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, esto es, su benevolencia, su favor. Gracia, en el sentido que se usa aquí, es lo contrario a paga estipulada. Se obtiene una gracia cuando se recibe algo de forma gratuita. Por eso cuando se nos desea la gracia de Dios, se nos desea su perdón y su amor, que son siempre fruto de su bondad y nunca algo merecido, o el resultado de un intercambio o una compraventa.

De ahí que estar en gracia de Dios equivale a estar en estado de amistad con él. Amistad que siempre resulta de su benevolencia, y nunca de un derecho que el hombre tenga frente al Señor. Así, pues, al desearnos la Iglesia la gracia de nuestro Señor Jesucristo nos desea la amistad con Dios, lo mejor que podemos tener.

«Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido…» (1 Ts 1, 4) Amados de Dios, sin que ninguno haya merecido ese amor, o se le haya adelantado tomando la iniciativa. ¡Amados de Dios!, si nos diéramos cuenta de lo que esto significa, si supiéramos valorar esa realidad divina, si conociéramos el don de Dios…

¡Tarde te amé -se lamentaba san Agustín al inicio de sus Confesiones-, oh belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Estabas dentro de mí y yo te buscaba fuera de mí, y andaba errante en todo lo bello que salió de tus manos. Todo eso me retenía lejos de ti, cuando todo eso si no fuera por ti no existiría. Llamaste, clamaste, rompiste mi sordera, me quemaste, resplandeciste y apagaste mi ceguera, me hiciste sentir tu fragancia y mi espíritu corrió tras de ti a quien tan sólo anhelo…

Palabras encendidas de un corazón apasionado que, después de mucho buscar, encontró en Dios lo que buscaba. Nos hiciste para ti -dirá también este gran hombre-, e inquieto está nuestro corazón hasta que repose en ti. Ojalá que acabemos de apreciar el amor infinito que Dios nos tiene y nos decidamos seriamente a querer a Dios sobre todas las cosas, y amarle con todas nuestras fuerzas, con toda el alma.

4.- «… y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21) Los fariseos iban estrechando el cerco contra Jesús. En esta ocasión se unieron a los herodianos, partidarios de la dinastía de Herodes, a quienes los fariseos rechazaban en su interior. Se cumplió así el salmo segundo que habla de cómo los poderosos de la tierra se amotinan, todos a una, contra el Mesías. También durante la Pasión, Pilato y Herodes enemistados entre sí, se reconciliaron a costa de Jesús.

En esta ocasión la emboscada urdida no podía ser más insidiosa. Cualquier respuesta era comprometida. Si decía que era lícito pagar el tributo, le acusarían de colaboracionista con el poder extranjero, y si contestaba negativamente podrían denunciarle ante la autoridad romana. Astucia y malicia que denota el odio profundo que tenían contra Jesús. Pero no sabían ellos que de Dios nadie se burla y que Cristo es el Hijo de Dios. Por eso su respuesta deshizo de un golpe la trampa.

Hay que dar al César lo que es del César. Hay que cumplir con los deberes cívicos. Jesús mismo pagó el tributo, aunque por su condición soberana no tenía obligación de hacerlo. Más tarde San Pablo, siguiendo la enseñanza del Maestro, hablará también de la obediencia debida al poder legítimamente constituido, de la obligación de pagar los tributos impuestos por el Estado.

La segunda parte de la respuesta de Jesucristo establece la independencia y separación de los dos poderes, el civil y el religioso. A Dios lo que es de Dios: la adoración rendida, la entrega generosa, la obediencia fiel a su Ley, el amor sobre todas las cosas.

Conforme a esta doctrina no es admisible mezclar lo político con lo religioso. No se puede comprometer a la Iglesia en banderías humanas, no se la puede vincular a ningún partido. La misión de la Iglesia es espiritual y trascendente, no material ni meramente humana. Intentar otra cosa es traicionar a Cristo y destruir su Iglesia.

Antonio García Moreno

La vida solo es para Dios

La exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta con analizar la trayectoria de su actividad. Se le ve siempre preocupado por suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.

Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos: Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada o insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.

Como ha subrayado Jon Sobrino, pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada, pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad. Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada.

Por eso Jesús se preocupa tanto de la vida concreta de los campesinos de Galilea. Lo primero que necesitan aquellas gentes es vivir, y vivir con dignidad. No es la meta final, pero es ahora mismo lo más urgente. Jesús les invita a confiar en la salvación última del Padre, pero lo hace salvando a la gente de la enfermedad y aliviando dolencias y sufrimientos. Les anuncia la felicidad definitiva en el seno de Dios, pero lo hace introduciendo dignidad, paz y dicha en este mundo.

A veces, los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en la vida eterna. Por eso nunca hay que dar a ningún César lo que es de Dios: la vida y la dignidad de sus hijos.

José Antonio Pagola