II Vísperas – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Aleluya.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Un evangelio que nos confronta con la verdad

Estamos hoy frente a un texto evangélico muy conocido y citado. A la vez, y más allá de cómo se ha interpretado muchas veces, estamos ante un texto sugerente y profundo, que nos puede interpelar si dejamos a un lado ideas preconcebidas o tantas veces repetidas.

Al leer con atención los primeros párrafos de este evangelio, en estos tiempos que corren, es posible que encuentre eco en nosotros una palabra, una realidad, que muchas veces ha pasado desapercibida. En estas líneas se habla de la VERDAD, de lo que realmente es verdadero, de las intenciones profundas y del uso que hacen de la verdad estos personajes. Se habla de cómo fariseos y herodianos, que defienden “verdades” distintas frente al tema del tributo al César, la disimulan, la sacrifican, la someten a tejemanejes poco honestos buscando solo perjudicar a Jesús. Le presentan como búsqueda de la verdad lo que no tiene nada que ver con ella.

Esto que pasaba hace veinte siglos, ¿no nos recuerda muchas realidades actuales? ¿Es, nuestra sociedad, una sociedad sensible a la verdad? ¿No es común en nuestros medios de comunicación relativizar, ignorar e incluso falsear la verdad para que una noticia venda, se haga viral en las redes o perjudique al adversario? No hace falta ser muy críticos para poner ejemplos de estos casos. Y si damos un paso más, personalmente ¿no hemos sacrificado nunca la verdad, o la hemos callado para lograr algo, para perjudicar a un adversario o para otros muchos intereses?

¿Somos de los que descubren y desenmascaran la mentira, como Jesús, o de los que pactan y se callan ante ella? ¿Damos valor a la verdad o es tan solo una moneda de cambio frente a otros valores?

Sin creérselo quizá del todo o sin pretender valorarle, sino solo adularle, los fariseos le dicen a Jesús “sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie…” Reconocen en él a una persona sincera, fiel a la verdad y por ello libre. Seguro que recordamos lo que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32)  o “Yo he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” (Jn 18, 37)

¿Somos personas libres? ¿Buscamos y escuchamos la verdad, a Aquel que es la verdad? ¿No intentamos muchas veces recorrer caminos de libertad que transitan muy lejos de la verdad?

Desde esta introducción, en la que Jesús desenmascara la falsedad e hipocresía de los fariseos y verbaliza que conoce sus intenciones pretendidamente ocultas, escuchamos la pregunta planteada: ¿Es lícito pagar impuesto al César o no?

El tema era muy serio en tiempos de Jesús. Va más allá de pagar el impuesto o no. Plantea una concepción de la vida que tiene que ver con ser libres o esclavos. Son el pueblo de Israel, pueblo elegido por Dios ¿cómo se van a someter al César?

Jesús, en su respuesta sigue desenmascarando la mentira e hipocresía de los que le tienden la trampa, al pedirles la moneda. Todos llevan en el bolsillo el denario, la moneda que es el sueldo diario con el que cubren sus necesidades. Todos la están usando a pesar de que su imagen sea del “César”. De hecho han aceptado la moneda del César para poder vivir. Y aquí nos deslumbra la palabra de Jesús: “Pues, si es así, si tenéis lo que es del César “devolverle” al César lo que es suyo” (el verbo que usa el evangelio (apodidômi), no significa “dar” sino “devolver”. El que han empleado los fariseos (dídomi) si significa “dar”) Una clave interesante. 

Pero Jesús continúa dándole a la respuesta una profundidad que sus adversarios no esperaban y contestando a lo que no han preguntado. “Y a Dios lo que es de Dios”  ¿Qué es de Dios? Para los judíos, como para nosotros, todo es de Dios. Si la moneda tiene la imagen del César, toda persona humana es en sí misma imagen de Dios, como hijos e hijas suyas. Y desde esa realidad surge todo en nuestra vida. Por tanto no se trata de repartir, de hacer proporciones y equilibrios de hasta dónde y cuanto tengo que dar… Jesús no pone en el mismo plano a Dios y al César, a tantos césares a los que pagamos tributo, de los que nos hacemos súbditos…

Sugiero que, para descubrir toda la fuerza de esta frase tan controvertida y de la que se han sacado todo tipo de conclusiones, la formulemos al revés: “Dadle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Jesús deja claro que toda realidad y respuesta parte de esta realidad: Todo lo hemos recibido como hijos e hijas de Dios. Y todo lo que compartamos con nuestros hermanos y hermanas, lo estamos compartiendo con Él. Este es el gran cambio social, el camino que traerá una auténtica revolución. Si le damos a Dios lo que es de Dios, veremos con más claridad si hay que pagar impuestos, a quien, cómo y cuando. Siempre, desde nuestra pertenencia a Él como sus hijos e hijas.

Mª Guadalupe labrador Encinas fmmdp

Devolved a Dios lo que le arrebatasteis, el hombre

Los jefes comprendieron que las tres parábolas se referían a ellos, (los obreros de última hora, los hermanos mandados a la viña y el banquete de boda). Contraatacan con tres preguntas que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César, que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, cuál es el primer mandamiento, que leeremos el próximo domingo.

Merece atención el texto del segundo Isaías que hemos leído. Es muy interesante, porque es la primera vez que la Biblia habla de un único Dios. Estamos a mediados del s. VI a. c. y hasta ese momento, Israel tenía su Dios, pero no ponía en cuestión que otros pueblos tuvieran sus propios dioses. Esto no lo hemos tenido nunca claro. El creer en un Dios único es un salto cualitativo increíble en el proceso de maduración de la revelación.

El evangelio de hoy no es sencillo. Con la frasecita de marras, Jesús contesta a lo que no le habían preguntado. No se mete en política, pero apunta a una actitud vital que supera la disyuntiva que le proponen. Una nefasta interpretación de la frase de Jesús la convirtió en un argumento para apoyar el maniqueísmo en nombre del evangelio. Seguimos entendiendo la frase como una oposición entre lo religioso y lo profano. Hoy entre la Iglesia y el Estado. Se trata de una falta absoluta de perspectiva histórica.

Moisés utilizó a Dios para agrupar a varias tribus en un solo pueblo. Israel fue siempre una teocracia en toda regla. Cuando se instauró la monarquía por influencia de las naciones próximas, al rey se le consideró como un representante de Dios (hijo de Dios), sin ningún poder al margen del conferido por la divinidad. Al proponer la pregunta, los fariseos no piensan en una confrontación entre el poder religioso y el poder civil, sino entre su Dios y el César divinizado. La moneda es clave para entender la respuesta.

caesar

TI(berius) CAESAR DIVI AUG(usti) F(ilius) AUGUSTUS:     PONTIF(ex)  MAXIM(us)

Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto                       sumo pontífice

Jesús dice: “¿De quién es la imagen y la inscripción?”. Lo que se cuestiona es, si un judío tiene que aceptar la soberanía del César o seguir teniendo a Dios como único soberano. Con su respuesta, Jesús no está proponiendo una separación del mundo civil y el religioso. En tiempos de Jesús tal cosa era impensable. No hay en el evangelio base alguna para convertir la religión en una especulación de sacristía, sin influencia en la vida real.

Fariseos y herodianos, enemigos irreconciliables, se unen contra Jesús. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, pero se habían acomodado. Los herodianos eran partidarios del poder de Roma. La pregunta era una trampa. Si decía que no, se ponía en contra de Roma. Los herodianos lo podían acusar de subversivo. Si decía sí, los fariseos podían acusarlo de contrario al judaísmo, porque se ponía en contra del sentir del pueblo.

El verbo que emplea Jesús, «apodídômi», no significa dar, sino devolver. El que emplean los fariseos (dídomi), sí significa “dar”. Una pista interesante para comprender la respuesta. Estaban contra el César, pero utilizaban su moneda y tienen derecho a exigir que se la devuelvan. Un verdadero judío tenía que renunciar a utilizar el dinero de Roma. Les hace ver que ya han contestado, pues han aceptado la soberanía de Roma.

Al preguntar por la imagen, Jesús está haciendo clara referencia al Génesis, donde se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios. Si el hombre es imagen de Dios, hay que devolver a Dios lo que se le ha escamoteado, el hombre. La moneda que representa al César, tiene un valor relativo, pero el hombre tiene un valor absoluto, porque representa a Dios. Jesús no pone al mismo nivel a Dios y al César, sino que toma claro partido por Dios. Esta idea es una de las claves del mensaje de Jesús.

Tampoco se puede utilizar la frase para justificar el poder. Si algo está claro en el evangelio es que todo poder es nefasto, porque machaca al hombre. Se ha repetido hasta la saciedad, que todo poder viene de Dios. Pues bien, según el evangelio, ningún poder puede venir de Dios, ni el político ni el religioso. En toda organización humana, el que está más arriba, está allí para servir a los demás, no para dominar.

Jesús dice que el César no es Dios, pero no hemos dudado en convertir a Dios en un César. (He leído una homilía: “el único César que existe es Dios”). No es fácil asimilar que tampoco Dios es un César. No se trata de repartir dependencias, ni siquiera con ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, evitaría toda solución falsa. El problema es una trampa en sí mismo. No existe una alternativa entre César y Dios.

Se ha predicado que había que estar más pendiente del César religioso que del César civil. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. El que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando. Tampoco el estado tiene derecho alguno que defender. Los dirigentes civiles tienen que defender siempre los derechos de los ciudadanos.

No defendemos el anarquismo. Al contrario, una sociedad, aunque sea de dos personas, tiene que estar ordenada y en relaciones mutuas de dependencia. En ella una tiene mayor responsabilidad; pero todas las relaciones humanas deben surgir del servicio y la entrega a los demás, no del dominio. Ningún ser humano es más que otro ni está por encima del otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor…”

No existe una realidad sagrada y otra profana. En la expulsión de los vendedores del templo, Jesús está apostando por la no diferencia de lo sagrado y lo profano, para Dios todo es sagrado. Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras con la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno, pero en lo más hondo del ser. Si solo lo encontramos en la iglesia, hemos caído en la idolatría.

La única manera de entender todo el alcance del mensaje de hoy es superar la idea de un Dios fuera que arrastramos desde el neolítico. La creación no es más que la manifestación de lo divino. No hay nada que sea de Dios, porque nada hay fuera de Él. Somos imagen de Dios, pero no pintada o esculpida, sino reflejada. Para que Dios se refleje, tiene que estar ahí. No hay reflejo en un espejo si la cosa reflejada no está del otro lado.

Meditación

La tarea fundamental del ser humano es solo una:
reflejar con nitidez la imagen de Dios.
A medida que vaya desprendiéndome de mi falso yo,
irá apareciendo el verdadero Ser.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Cuando se proclamó el evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. Así recuerda san Pablo a los tesalonicenses la experiencia de la primera evangelización, de la que él se siente protagonista. No sólo había habido palabras (las palabras no logran tanto si no son portadoras de fuerzas ocultas y de convicciones profundas), sino fuerza del Espíritu. Aquella comunidad cristiana, asentada en Tesalónica, bien edificada, activa en la fe, esforzada en el amor, paciente en la esperanza, no era sólo fruto de unas palabras bien estructuradas, sino obra del Espíritu Santo que sabe crear convicciones profundas y duraderas.

Pero, para crear tales convicciones el Espíritu Santo necesita de misioneros como Pablo dispuestos a la evangelización en cualquier parte del mundo. Y evangelizar es anunciar el evangelio, es decir, la buena noticia de la salvación que nos llega con Jesús. Pero el evangelio con el que se evangeliza, antes que anuncio es narración de unos hechos como el que refiere el pasaje evangélico de este día (Mt 22, 15).

En cierta ocasión -refiere este pasaje- unos fariseos quisieron comprometer a Jesús con una pregunta. Para ello no dudaron en aliarse con sus adversarios, los herodianos. Su malintencionado objetivo era desprestigiarle ante sus seguidores e incondicionales. La pregunta venenosa era ésta: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

La pregunta lleva una enorme carga de intencionalidad. Si respondía afirmativamente, se situaba en el bando de los colaboracionistas del César romano y de su rey títere, Herodes, y en contra de los partidarios de la independencia política y administrativa del pueblo judío; si respondía negativamente, se situaba en el bando contrario y se delataba como un rebelde al Imperio, quedando señalado de por vida como sospechoso de insubordinación (al estilo de los celotas). Cualquier respuesta le colocaba, por tanto, en una posición de partido, en una situación delicada. Pero él no ha venido para separar -introduciendo partidos-, sino para unir, superando fronteras (entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, judíos y griegos, publicanos y fariseos, hombres y mujeres), en una nueva unidad: la comunidad reconciliada en el amor de los que acogen su palabra y su Espíritu y pasan a formar parte de una nueva familia.

Pide una moneda. Le muestran un denario. ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Del César, le dicen. Pues si son del César -responde Jesús-, dadle al César lo que es suyo. Si es el César el que ha acuñado estas monedas, si estáis bajo su régimen administrativo, dadle lo que le corresponde como gobernante y administrador; porque algún gobernante hay que tener y algún impuesto hay que pagarle al administrador. Jesús parece alinearse, sin mostrarse partidario entusiasta, con los que aceptan ese régimen gubernativo y tributario, al menos mientras exista y un cambio revolucionario o evolucionario no lo modifique. Se sitúa más bien entre esos pacíficos que saben esperar y aceptar pacientemente y no entre los rebeldes impacientes que provocan la revolución y el cambio brusco y violento de los regímenes injustos. De hecho, parece que se vio tentado a seguir este camino, pero él no lo tomó. Lo que a él le interesa es otra cosa que afecta tanto a oprimidos como a opresores: que le demos a Dios lo que es de Dios. Por eso añade: y a Dios lo que es de Dios.

El añadido es más importante que la respuesta en su parte primera. Porque si al César hay que pagarle parte de lo que lleva su imagen e inscripción, a Dios, Señor absoluto de personas y reinos, también hay que pagarle y con más motivo aún. Y de Dios es también todo lo que lleva su imagen e inscripción; en primer lugar, nosotros mismos, hechos por Él a su imagen, y después, todo lo creado, esto es, todo lo que lleva la inscripción de creatura de Dios. Luego Dios, que nos ha acuñado a su imagen, que nos ha hecho de la nada, y por eso puede convertirnos en su propiedad(aunque la imagen-cuño más que signo de propiedad es signo de amor, pues no quiere que seamos tratados como propiedad de otro), puede exigírnoslo todo, hasta la propia vida.

Somos de Dios en el sentido más radical del término, y no querer serlo, además de una insensatez, es un imposible, pues una creatura no puede dejar de ser de su Creador. No dar a Dios lo que es suyo, además de una injusticia, es una temeridad. Y si de Dios es la vida, la vida que tenemos porque la hemos recibido de Él, nunca podemos considerarnos dueños absolutos de la misma. Y si no lo somos de la propia para quitárnosla según convenga, mucho menos de la ajena, de la que no es siquiera nuestra, aunque dependa de nosotros por no poder depender todavía de sí misma.

Tener conciencia de que nuestras vidas dependen enteramente de Dios, de que Él es nuestro único Señor y Dueño y por eso le pertenecemos, nos fuerza a vivir de otra manera: con un gran sentido de dependencia respecto de Dios, pero de libertad respecto de los demás (hombres); y al mismo tiempo con una confianza enorme, pues el Dios de quien dependemos es providente, cuida de nosotros tanto o más que de los lirios del campo o de las aves del cielo.

Este es el evangelio que hay que seguir anunciando hoy, el que nos dice: dad a Dios lo que es de Dios, para evitarnos la tentación y la pretensión de constituirnos en dioses de nosotros mismos, porque si somos de Dios no podemos ser Dios, o constituirnos en señores de la vida propia o ajena y, por tanto, en los que deciden sobre su nacimiento o su cese.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio

10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.

Lectio Divina – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Tributo al César
Cuando la hipocresía prepara una trampa
a las personas honestas
Mateo 22,15-21

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:

Mateo 22,15-17: La pregunta de los fariseos y de los herodianos
Mateo 22,28-21: La respuesta de Jesús

b) Clave de lectura:

Jesús llega desde Galilea a Jerusalén para la fiesta anual de la Pascua. Cuando entra en la ciudad es aclamado por la gente (Mt 21,1-11). En seguida entra en el templo de donde expulsa a los vendedores (Mt 21,12-16). Aunque reside en Jerusalén, sin embargo las noches las pasa fuera de la ciudad y vuelve después por la mañana, (Mt 21,17). La situación es muy tensa. En Jerusalén, en las discusiones con las autoridades, los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los fariseos, Jesús expresa su pensamiento en parábolas (Mt 21,23 al 22,14). Lo quisieran apresar, pero tienen miedo (Mt 21,45-46). El evangelio de este domingo sobre el tributo al César (Mt 22,15-21) se coloca en este conjunto de conflictos de Jesús con las autoridades.

c) El texto:

15 Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. 16 Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. 17 Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?» 18 Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo:«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19 Mostradme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario.Mateo 22,15-2120 Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» 21 Dícenle: «Del César.» Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto del texto que ha llamado más tu atención? ¿Por qué?
b) ¿Cuáles son los grupos de poder que preparan una trampa contra Jesús?
c) ¿Qué hizo Jesús para liberarse de la trampa de los poderosos?
d) ¿Qué sentido tiene hoy la frase: “Pues, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”?

5) Para los que desean profundizar aun más en el tema

a) Contexto en el que se encuentra nuestro texto en el Evangelio de Mateo:

Como antes decíamos, el contexto del Evangelio de este 29º Domingo común es el debate entre Jesús y las autoridades. Comienza con la discusión con los sacerdotes y los ancianos sobre la autoridad de Jesús (Mt 21,23-27). Después viene la parábola de los dos hijos, en la que Jesús denuncia la hipocresía de algunos grupos (Mt 21,28-32). Siguen dos parábolas, la de los viñadores asesinos (Mt 21,33-46) y la de los invitados que no quieren participar en el banquete nupcial (Mt 2,1-14). Ahora aquí, en nuestro texto, (Mt 22, 15-22), aparecen los fariseos y los herodianos que le preparan una trampa. Le hacen preguntas sobre el tributo que hay que pagar a los romanos. Era un asunto polémico que dividía a la opinión pública. Querían a toda costa acusar a Jesús y, así, disminuir su influencia sobre la gente. Primero los saduceos comienzan haciendo preguntas sobre la resurrección de los muertos, otro tema polémico, causa de división de opiniones entre saduceos y fariseos (Mt 22,33-33). Todo termina con la discusión acerca del mandamiento más grande (Mt 22,34-40) y del mesías hijo de David (Mt 22,41-45).

Como Jesús, también los cristianos de las comunidades de la Siria y de la Palestina, para los cuales Mateo escribía su evangelio, eran acusados e interrogados por las autoridades, por los grupos o por los vecinos que se sentían a disgusto por el testimonio de ellos. Leyendo estos episodios de conflictos con las autoridades, se sentían confortados y se armaban de valor para continuar en el camino emprendido.

b) Comentario del texto:

Mateo 22,15-17: Una pregunta de los fariseos y de los herodianos
Los fariseos y herodianos eran los líderes locales no apoyados por el pueblo en Galilea. Habían decidido desde hacía tiempo matar a Jesús. (Mt 12,14; Mc 3,6). Ahora, por orden de los sacerdotes y ancianos, quieren saber de Jesús si está a favor o en contra de pagar el tributo a los romanos. ¡Pregunta hecha a posta, llena de malicia! Bajo la apariencia de fidelidad a la ley de Dios, buscan motivos para acusarlo. Si Jesús hubiese dicho: “¡Se debe pagar!”, podrían acusarlo entre el pueblo de ser amigo de los romanos. Si Él hubiera dicho: “¡No se debe pagar!”, podrían también acusarlo a las autoridades romanas de ser un subversivo. ¡Un callejón sin salida!

Mateo 22,18-21a: La respuesta de Jesús: mostradme la moneda
Jesús se ha dado cuenta de la hipocresía. En su respuesta, no pierde el tiempo en discusiones inútiles y va directamente al meollo de la cuestión: “¿De quién es esta imagen y la inscripción?” Ellos responden: “¡Del César!”

Mateo 22, 21b: Conclusión de Jesús
Jesús los lleva a la conclusión: “¡Pues, lo del César devolvédselo al César y lo de Dios a Dios!”. De hecho, ellos reconocían ya la autoridad del César. Estaban dando ya al César lo que era del César, porque usaban sus monedas para comprar o vender y hasta para pagar el tributo al Templo. Por consiguiente, la pregunta era inútil. ¿Por qué preguntar por algo, cuya respuesta es ya evidente en la práctica?. Ellos, que por la pregunta fingían el ser siervos de Dios, estaban olvidando la cosa más importante: ¡olvidaban dar a Dios lo que era de Dios! A Jesús le interesa que “den a Dios lo que es de Dios”, o sea, que recuperen al pueblo que por su culpa se había alejado de Dios, porque con sus enseñanzas cerraban al pueblo la entrada del Reino (Mt 23,13). Otros dicen: “Dad a Dios lo que es de Dios”, o sea, practicad la justicia y la honestidad según las exigencias de la ley de Dios, porque a causa de vuestra hipocresía estáis negando a Dios lo que le es debido. ¡Los discípulos deben darse cuenta de esto! Porque era precisamente la hipocresía de estos fariseos y herodianos la que estaba cegando sus ojos (Mc 8,15).

c) Profundizando: Impuestos, tributos, tasas, diezmos:

En el tiempo de Jesús, el pueblo de la Palestina pagaba muchísimos impuestos, tasas, tributos, multas, contribuciones, ofrecía dones, diezmos. Según cálculos hechos por expertos, la mitad de las entradas familiares se destinaban a pagar los impuestos. He aquí una lista para tener una idea de todo lo que la población pagaba como impuesto:

* Impuestos Directos sobre las propiedades y personas físicas:
Impuestos sobre la propiedad (tributum soli). Los fiscales del gobierno verificaban la entidad de las propiedades, de la producción y del número de esclavos y fijaban la cantidad que se debía pagar. Periódicamente, había nuevas fiscalizaciones mediante los censos.
Impuestos sobre las personas (tributum capitis). Para los grupos pobres, sin tierra. Incluía tanto las mujeres como los hombres, entre los doce y sesenta y cinco años. Un impuesto sobre la fuerza del trabajo: el 20% de la ganancia de cada individuo era para los impuestos.

* Impuestos Indirectos sobre varias transacciones:
Corona de oro: Originariamente se trataba de un don al emperador, pero se convertía en un impuesto obligatorio. Se pagaba en ocasiones especiales, como, por ejemplo, las fiestas o visitas del emperador.
Impuesto sobre la sal: La sal era monopolio del emperador. El tributo se refería a la sal para uso comercial. Por ejemplo, la sal usada por los pescadores para salar los peces. De ahí viene la palabra “salario”
Impuesto sobre la compraventa: Por cada transacción comercial se pagaba el 1% . Los fiscales eran los que recogían estos sueldos. En la compra de un esclavo, por ejemplo, exigían el 2%.
Impuesto para ejercer una profesión: Para hacer cualquier cosa se necesitaba de una licencia. Por ejemplo, un zapatero de la ciudad de Palmira pagaba un denario al mes. Y un denario era lo equivalente al salario de una jornada. Hasta las prostitutas debían pagar.
Impuestos sobre el uso de cosas de utilidad pública: El emperador Vespasiano introdujo el impuesto para poder usar los baños públicos en Roma. Decía. “¡El dinero no tiene olor!”

Otras tasas y obligaciones:
Peaje: Se trataba de un impuesto sobre la circulación de las mercancías, pedido por los publicanos. Se pagaba el peaje sobre las calles. En los puntos fiscales se colocaban guardias que obligaban a pagar a los que no querían hacerlo.
Trabajo forzado: Todos podían ser obligados a dar cualquier servicio al Estado durante cinco años, sin ser remunerados. Así fue como Simón fue obligado a llevar la cruz de Jesús.
Subsidio especial para el ejército: La población estaba obligada a ofrecer hospitalidad a los soldados. También era necesario pagar una cierta cantidad en alimentos para el sostenimiento de las tropas.

Impuestos para el Templo y para el Culto:
Shekalim: Era el impuesto para el mantenimiento del Templo.
Diezmos: Era el impuesto para la manutención de los sacerdotes. “¡Diezmo” significa la décima parte!
Primicias: Eran impuestos para el mantenimiento del culto,¡“Primicias” o sea los primeros frutos de todos los productos del campo!

6. Salmo 62

Contra los labios mentirosos

¡Sálvanos, Yahvé, que escasean los fieles,
que desaparece la lealtad entre los hombres!
Falsedades se dicen entre sí,
con labios melosos y doblez de corazón.
Acabe Yahvé con los labios melosos,
con la lengua que profiere bravatas,
los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden, ¿quién será nuestro amo?».
Por la opresión del humilde, por el gemido del pobre,
me voy a levantar, dice Yahvé,
a poner a salvo a quien lo ansía.
Las palabras de Yahvé son palabras limpias,
plata pura a ras de tierra, siete veces purgada.
Tú, Yahvé, nos guardarás,
nos librarás de esa gente para siempre;
los malvados que nos rodean se irán,
colmo de vileza entre los hombres. 

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

A Dios lo que es de Dios y la carta más antigua

Dos posturas ante el tributo al César

Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. Esta vez, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador romano. Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, tasas de sucesión y de ventas, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.

Fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partida­rios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían con­flictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma.

Como a nadie le gusta pagar, los rabinos discutían si se podía eludir el tributo. Y algunos adoptaban la postura pragmática que refleja el tratado Pesajim 112b: «… no trates de eludir el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes».

Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos religiosos. Dado que el pago del tributo era signo de sometimiento al César, algunos lo interpretaban como un pecado de idolatría, ya que se reconocía a un señor distinto de Dios. Este era el punto de vista de los sicarios, grupo que comienza con Judas el Galileo, cuando el censo de Quirino, a comienzos del siglo I de nuestra era. Al narrar los comienzos del movimiento cuenta Flavio Josefo: «Durante su mandato [de Coponio], un hombre galileo, llamado Judas, indujo a los campesinos a rebelarse, insultándolos si consentían pagar tributo a los romanos y toleraban, junto a Dios, señores morta­les» (Guerra de los Judíos II, 118). Más adelante repite afirmaciones muy pareci­das: «Judas, llamado el galileo…, en tiempos de Quirino había atacado a los judíos por someterse a los romanos al mismo tiempo que a Dios» (Guerra de los Judíos II, 433).

La trampa de la pregunta

Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que le hacen a Jesús sobre si es lícito pagar el tributo podía compro­meterlo gravemente ante las autoridades romanas (si decía que no), o ante los sectores más progresistas y politizados del país (si decía que sí). Además, la pregunta es especialmente insidiosa, porque no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.

La respuesta de Jesús

Jesús, que advierte enseguida la mala intención, ataca desde el comienzo: «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» Pide la moneda del tributo, devuelve la pregunta y saca la conclusión. Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.

Estas palabras de Jesús, tan breves, han sido de enorme trascen­dencia al elaborar la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y se han prestado también a inter­pretaciones muy distin­tas.

Las cosas de Dios

Si analizamos el texto, las palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no constituyen una evasiva, como algunos piensan. Van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero es la cuestión principal.

Si el evangelio no fuese tan escueto, podría haber parafraseado la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que os hagan reverencias y os llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.

Naturalmente, la comunidad cristiana pudo sacar de aquí conse­cuencias prácticas. Frente a la postura intransigente de los sicarios, defender que no era pecado pagar tributo al César. Y, con una perspectiva más amplia, fundamentar una teoría sobre la conviven­cia del cristiano en la sociedad civil, sin necesidad de buscar por todas partes enfrentamientos inútiles. Siempre, incluso en las peores circunstancias políticas, nadie podrá arrebatarle a la iglesia y al cristiano la posibilidad de dar a Dios lo que es de Dios.

El emperador no siempre es enemigo (1ª lectura)

En Israel, desde los primeros siglos, hubo gente fanática y enemiga de conceder el poder político a un hombre mortal. El único rey debía ser Dios, aunque no quedaba claro cómo ejercía en la práctica esa realeza. Otros grupos, sin negarle la autoridad suprema a Dios, aceptaban el gobierno de un rey humano. Pero siempre debía tratarse de un israelita, no de un extranjero. La novedad del texto de Isaías, una auténtica revolución teológica para la época, es que Dios, aunque afirma su suprema autoridad («Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios»), él mismo escoge al rey persa Ciro, lo lleva de la mano, le pone la insignia y le concede la victoria. Porque Ciro, al cabo de pocos años, será quien conquiste Babilonia y libere a los judíos, permitiéndoles volver a su tierra.

Este proceso de esclavitud – liberación – vuelta a la tierra recuerda al ocurrido siglos antes, cuando el pueblo salió de Egipto. La gran novedad, escandalosa para muchos judíos, es que ahora el salvador humano no es un nuevo Moisés sino un emperador pagano.

El texto ha sido elegido para confirmar con un ejemplo histórico que se puede respetar al emperador, pagar tributo, sin por ello ofender a Dios.

El escrito más antiguo del Nuevo Testamento (2ª lectura)

Desde este domingo hasta el 33 inclusive la segunda lectura se toma de la 1ª carta de Pablo a los tesalonicenses, escrita en Corinto hacia el año 49/50.

Tesalónica, ciudad fundada por Alejandro Magno, es la segunda en territorio europeo que pisan Pablo y sus compañeros, después de Filipos. Aunque el libro de los Hechos sugiere que su estancia duró unos quince días, las cartas a los Tesalonicenses y las relaciones que se establecieron en los misioneros y la comunidad hacen pensar en varios meses. A estos cristianos dirige Pablo su primera carta, que es también el documento más antiguo del Nuevo Testamento.

La carta comienza con una larga acción de gracias, recordando la forma en que los apóstoles transmitieron el evangelio y la acogida que tuvieron por parte de los tesalonicenses (1,2-2-16). Tras una sección sobre los acontecimientos posteriores (2,17-3,13) insiste en cómo debe ser la vida cristiana en lo que respecta a la castidad, el amor fraterno y el trabajo (4,1-12). La parte final se centra en dos cuestiones muy relacionadas: la suerte de los difuntos (4,13-18) y el tiempo y las circunstancias de la venida del Señor (5,1-11).

La finalidad de la carta se ha prestado a bastante debate, existiendo tres teorías: 

a) Pablo escribe para responder a una carta que le han enviado los tesalonicenses.

b) Pablo escribe para exhortar, animar, robustecer en la fe, dadas las serias dificultades en que vive la comunidad y las persecuciones de todo tipo, especialmente de los judíos.

c) Pablo pretende, sobre todo en el c.2, una apología de su persona y de su actividad apostólica frente a sus enemigos.

El breve fragmento elegido por la liturgia de hoy solo contiene el exordio, con los elementos típicos (remitentes, destinatarios, saludo) y el comienzo de la acción de gracias, donde Pablo recuerda las tres grandes virtudes de los tesalonicenses (fe, amor, esperanza) y el don de la elección.

José Luis Sicre

Religión y política

1.- La escena del denario se inscribe en esa tremenda y larga lucha de Jesús para evitar las trampas de los representantes de la religión oficial judía. Buscaban dos cosas: o desprestigiarle ante el pueblo o poderle acusar de desacato ante el invasor romano. Por eso le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César. Una afirmación positiva al respecto le habría traído la enemistad de muchos judíos que consideraban al invasor romano, como usurpador de, no solo, el poder político o civil, sino también del poder divino. Pues en una sociedad teocrática como la hebrea todo el poder emanaba de Dios. Cualquier aproximación a la causa romana era génesis de desprestigio e, incluso, de odio. Jesús tenía un gran prestigio entre el pueblo, sus actos, signos y palabras constituían un golpe de aire fresco, de viento de divinidad, dentro de un mundo religioso muy poco espiritual, muy tecnificado y regulado en exceso. No se olvide que todas estas añagazas de fariseos y saduceos, de herodianos, escribas y senadores, llegaban además por un temor innegable a la capacidad del pueblo para asumir y aceptar un liderazgo natural de Jesús que ellos no tenían. Esta claro, y lo dice el texto evangélico en más de una ocasión, que el pueblo admirado por sus milagros, querían hacerle rey. Sin duda, ese enorme entusiasmo había llegado a los oídos de esos dirigentes. Además, en los enfrentamientos verbales, Jesús no ocultaba la verdadera realidad de esa gente: eran hipócritas. Y mucho. Eso lo sabía el pueblo tambien.

2.- A los romanos las cuestiones religiosas del pueblo judío no les importaban mucho. No suponían para ellos un peligro, ya que las autoridades religiosas colaboraban con la ocupación. Eso es un hecho. Existía un statu quo y, en general, los romanos no alteraban las condiciones del culto. Otra cosa era, claro está, que alguien se negase a pagar impuesto o plantease una acción política contraria a la ocupación de los representantes del Imperio Romano. Negarse a pagar los impuestos o hacer alegatos contra la capacidad recaudatoria de los romanos era un delito muy grave. Por ello, y como queda dicho, cualquiera de las dos respuestas posibles a la pregunta de los adversarios de Jesús tendría condiciones funestas. Y de ahí surge la habilidad y sabiduría enormes del profeta galileo. No les responde con un largo discurso con motivaciones profundas sobre un hecho político, mejor o peor traído desde el punto de vista patriótico. Solo les pide que le enseñen un denario y describan quien aparece en la moneda. Está Jesús llevando a los mismos embaucadores a que den la respuesta acertada. Era más que obvio que en la pieza de un denario aparecía la imagen y la inscripción del César. Era del emperador romano y, por tanto, le pertenecía. Y respondió: “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” Y los tramposos tuvieron que marchar asombrados por la inteligencia de Jesús y derrotados una vez más. El pueblo que asistía encantado a estos debates se alegraba de la derrota de aquellos que también intentaban día a día someter a la gente corriente a los mismos chantajes o presiones parecidas.

3.- “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” La frase, de todos modos, ha pasado a la historia como una definición de la brecha que se abre entre Dios y el poder político. Incluso en los tiempos posteriores del cristianismo, donde se confundían los poderes políticos y religiosos, la respuesta de Jesús a los fariseos quedaba como una invitación a no hacer política con el nombre de Dios, aunque fatalmente se iba seguir haciendo durante muchos siglos y, hoy mismo, todavía, hay mucha tentación a convertir la religión en política, o que esa misma política mediatice la libertad religiosa. Y, sin embargo, ahí están las palabras de Jesús que marcan una equidistancia entre ambas cosas. Merece la pena meditar en estos días en los que, por ejemplo en España, las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia atraviesan un mal momento, si sigue siendo aplicable a la situación creada, las palabras de Jesús pronunciadas hace dos mil años.

4.- Comenzamos a leer hoy la primera carta a los Tesalonicenses. Este texto de San Pablo estará presente en estos últimos domingos del Tiempo Ordinario, fin del año litúrgico, y que anteceden al ya, relativamente cercano, tiempo de Adviento. Se escribió en Atenas en el año 51 y durante muchos años se ha considerado como el texto más antiguo del Nuevo Testamento. Va ir marcando la realidad de unos tiempos finales que sirven para esperar la llegada del Salvador. En el fragmento de hoy, se nos ha recordado la vida en la fe, en la esperanza y en el amor que son las cuestiones más principales que deben llenar la vida de los seguidores de Cristo.

San Pablo será quien pida oraciones para los poderes políticos. Estas plegarías han estado presentes en la vida de la Iglesia hasta nuestros días. Son muchos los domingos que en la oración de los fieles se pide por los gobernantes. Y esto, sin duda, liga con el planteamiento de la frase de Jesús de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La administración de la cosa pública no puede –ni debe—ser antagónica con el sentir y el vivir religioso. Pablo de Tarso pedía oraciones por el Emperador para que el pueblo de Dios pudiera vivir en paz y sin ninguna perturbación. Pero las persecuciones han existido y esa fórmula planteada por Pablo era un camino general para rezar por todos, incluso por los enemigos. Eso también son palabras de Jesús. Hoy nuestra oración debe ir dirigida a la obtención de la paz y de la concordia, evitando cualquier provocación que dificulta un camino de paz. Ciertamente, el poder político debe respetar las creencias del Pueblo de Dios y alejarse de cualquier intento de conculcar libertades. Hemos, pues, de rezar, de manera continuada, por la paz en libertad.

Ángel Gómez Escorial

No hagamos un «sinpa»

Desde hace un tiempo, lamentablemente se ha popularizado la expresión “hacer un sinpa”. Consiste en que una o varias personas se marchan de un bar, restaurante, gasolinera o cualquier otro servicio “sin-pa-gar” lo consumido. Algunas personas que lo han hecho se jactan de ello, pero no piensan en las consecuencias que tiene no sólo para las víctimas de su delito, sino para ellos mismos, porque puede acarrearles una multa e incluso, si reinciden, penas de prisión.                       

Aunque a la mayoría nos produce rechazo que alguien haga un “sinpa”, hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar si nosotros, de un modo más o menos consciente, no estaremos haciendo algún que otro “sinpa” no sólo en lo económico, sino también con Dios.

En el Evangelio hemos escuchado el encuentro que Jesús tuvo con unos discípulos de los fariseos y unos partidarios de Herodes, que querían comprometer a Jesús con una pregunta: ¿es lícito pagar el impuesto al César, o no? Los que preguntan a Jesús le están preguntando si es lícito hacer un “sinpa” al César, es decir, no pagar impuestos. El imperio romano había sometido al pueblo de Israel y el hecho de pagar impuestos al César se veía como una afrenta y un signo de sumisión, por lo que algunos creían que dejar de pagar equivalía a un acto de rebeldía frente al opresor.

Este modo de pensar no nos resulta ajeno. Pensemos si nosotros hoy en día no seguimos viendo los diferentes impuestos como una obligación o una imposición del poder de turno, y buscamos diferentes modos de “hacer un sinpa”: no pedir facturas para ahorrarnos el IVA, trabajo en negro sin firma de contrato, y otros ejemplos. Y esto a menudo lo vemos totalmente “justificado”.

Sin embargo, Jesús da su respuesta: Pagadle al César lo que es del César. Jesús no entra a discutir si los impuestos son justos o no. Como escribió el autor Maertens-Frisque, el Señor viene a decir: “vosotros aceptáis la autoridad y los favores del imperio romano; aceptad también sus prescripciones y someteos a sus exigencias. No se pronuncia, pues, respecto a la legitimidad del poder; se limita a hacer constancia de que es aceptado y que, como tal, exige obediencia”. (Nueva Guía de la Asamblea Cristiana VI). Ya tenemos un primer punto de reflexión: ¿Yo hago “sinpas” con los impuestos? Si quiero gozar de los beneficios que la autoridad pone a mi disposición, ¿soy consciente de que debo colaborar en su sostenimiento?
Pero Jesús, en su respuesta, lleva más allá la reflexión, haciendo ver que también a Dios se le hacen “sinpas”, por eso añade: y [pagadle] a Dios lo que es de Dios. Los fariseos eran muy escrupulosos a la hora de “cumplir” los preceptos de la Ley, pero a menudo era un cumplimiento puramente formal, externo, como en diferentes ocasiones les denunció Jesús en las controversias que tuvo con ellos. No lo hacían por verdadero convencimiento, no habían entendido el sentido de esos preceptos, sino que a menudo entraban en una casuística exagerada buscando el mínimo a cumplir.

Y de nuevo esta actitud no nos debe resultar ajena. También nosotros queremos que Dios nos atienda y ayude, pero a veces le hacemos “sinpas”, no le damos lo que debemos darle, porque nos limitamos a “cumplir” los preceptos religiosos pero no nos hemos preocupado de buscar el sentido de ese cumplimiento, y buscamos el mínimo: “rezamos” oraciones aprendidas, pero no “oramos” dialogando con Dios, porque eso nos llevaría más tiempo; “cumplimos” el precepto dominical pero seguimos preguntando si “hoy es obligación ir a Misa”, o “¿Si llego antes del Credo me vale?”, aunque me pierda toda la Palabra de Dios; nos confesamos “una vez al año”, en lugar de buscar regularmente el encuentro con la misericordia de Dios; nos limitamos a “ir a Misa” pero no queremos saber nada de ningún compromiso evangelizador, ni de los necesitados y excluidos…    

No hay justificación para que alguien haga un “sinpa”, y todos debemos condenar esos hechos. Pero a la vez, tengamos presente otra de las respuestas que Jesús dio a los fariseos en el pasaje de la mujer adúltera: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra (Jn 8, 7), y pensemos en cómo actuamos nosotros. Reconozcamos sincera y humildemente los “sinpas” que hacemos tanto en lo referente al “César” de turno como en lo referente a Dios, y pidamos al Señor que nos haga entender y aceptar el sentido de la “ley” tanto civil como religiosa, para que, de corazón y no por obligación, “paguemos al César lo que es del César” y sobre todo, “paguemos a Dios lo que es de Dios”.    

Comentario al evangelio – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

¿QUÉ SIGNIFICA HOY DAR A DIOS LO QUE ES DE DIOS?


      Lo del César y lo de Dios. Lo de Dios y lo del César. A Jesús le quieren tentar los fariseos y herodianos para que tome partido por una de las dos opciones. Es una pregunta trampa: si optara por el César… llevaría la contraria a la Ley de Dios, pues Dios está por encima de todas las cosas, de todos los reyes, de todos los poderes.  Es el mandamiento principal… y no estaría conforme con la fe judía. Si opta por Dios… es denunciable al césar, porque nadie puede anteponerse a él. Los fariseos estarían esperando la primera opción, pues son totalmente contrarios al sometimiento a Roma del pueblo judío. Los herodianos, en cambio, no consentirían que alguien se oponga a la autoridad del César… y lo denunciarían.

     La respuesta que Jesús les ha dado se ha prestado a múltiples interpretaciones, actualizaciones y aplicaciones… procurando cada cual arrimar el ascua a su sardina. Y la separación y distinción y mutua implicación entre política y religión, entre Estado e Iglesia no termina de estar suficientemente clara en muchos ámbitos.

Si damos la palabra a los Santos Padres, por ejemplo a san Hilario y Lorenzo de Brindisi:

+ Conviene por lo tanto que nosotros paguemos a Dios lo que le debemos, esto es, el cuerpo, el alma y la voluntad. La moneda del César está hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo tanto dad vuestras riquezas al César y guardad la conciencia de vuestra inocencia para Dios».

+ «Hay que pagar al César la moneda que lleva su efigie y la inscripción del César, a Dios lo que ha sido sellado con el sello de su imagen y semejanza… Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26). Eres hombre, ¡oh cristiano! Eres la moneda del tesoro divino, una moneda que lleva el sello y la inscripción del emperador divino. Por tanto, pregunto con Cristo: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?» Tú respondes: «De Dios.» Yo te respondo: ¿Por qué, entonces, no das a Dios lo que es suyo?»».

     Quiere decirse, entonces, que el hombre, todo hombre, merece un respeto que ningún «emperador», partido político, ideología, interés económico, religioso, nacionalista o cualquier otro, pueden pretender ignorar o suprimir. Y que es nuestra tarea como seres humanos y como seguidores de Jesús… defender y proteger esa «moneda» que solo pertenece a Dios y de la que nada ni nadie se puede apropiar: el ser humano, todo ser humano.

No dar a Dios lo que es de Dios (por poner unos pocos ejemplos) significa y supone:

– Que muchos jóvenes, inmigrantes y personas mayores de 45 años tengan que asumir contratos abusivos y horarios agobiantes, para poder llevar algo de dinero a casa.

– Que cuando los poderosos de la tierra se reúnen a organizar la economía mundial, tengan como criterio prácticamente exclusivo el beneficio económico de los países más ricos

– Que cuando los organismos internacionales (incluida la Iglesia) hablan del hambre en el mundo, la destrucción de la naturaleza, y el creciente abismo entre ricos y pobres… no seamos capaces de tomar decisiones y empezar a renunciar a parte de nuestra comodidad y lujos, y cambiar estilos de vida.

– Que llevemos un estilo de vida tan acelerado, con la agenda atiborrada, y nos falte tiempo para estar con la familia, comer juntos, tener una conversación tranquila… o encontrar tiempos y espacios de silencio para la oración y la meditación, la lectura reflexiva. Aunque sí encontramos«tiempo» para estar enganchados a las redes sociales, ir al cine, ver la televisión, o dejar pasar las horas de manera inconsciente y con poco sentido.

– Que sigamos empeñemos en meter en la cabeza de los jóvenes la importancia de estudiar y conseguir un buen puesto de trabajo, ser los primeros a toda costa… aunque luego sean unos egoístas, insolidarios, exigentes, comodones y señoritos.  Los «valores» y el cultivo de lo que nos hace personas (la vida interior) están de capa caída, aunque seguramente harían esta sociedad mucho más humana.

– Que ir a comprar no sea ya consecuencia de la necesidad de adquirir un producto determinado o necesario, sino una costumbre y un placer: «a ver qué encontramos». Luego cual nos vamos llenamos de chismes inservibles y de cosas que realmente no necesitamos, y que no sabemos dónde poner, y acabamos buscando a quién dárselas porque ya no están de moda, no es «lo último», ocupa sitio…

– Al césar tenemos que pagarle el tributo de tener un determinado aspecto físico -como sea, incluso llegando a enfermar -, invertir dinero en ropa no para vestir, sino para presumir y dar buena imagen; acudir a ciertos lugares de moda, ver tales películas, tener ciertos discos-libros-programas de ordenador, ver ciertos partidos de fútbol… mientras procuramos no ver a quienes ni agua tienen para lavarse…

– Que las relaciones personales, en lugar de ser de verdadera amistad, se conviertan en «relaciones sociales» donde los favores se apuntan y se cobran… pero donde hay escasa confianza, libertad, gratuidad, confidencia…

– Que la atención sanitaria y la futura vacuna excluya a los que no tienen recursos, a los que son muy mayores para ocupar una cama de hospital…

– Que la fe se quiera arrinconar en el ámbito privado, o se ridiculice, o se convierta en acontecimiento turístico o folklórico, y que no repercuta ni afecte a la cultura, a las opciones políticas, al arte, a la educación… porque estas cosas son todas del «cesar» y Dios no tiene nada que decir.

– Que además de las desastrosas consecuencias que están teniendo el coronavirus, y que se hagan (menos mal) tantos esfuerzos por encontrar una solución, nos «olvidemos» de que en 2018 enfermaron de tuberculosis  10 millones de personas, de las cuales 1,5 millones fallecieron a causa de la enfermedad. O que el número de personas que sufren hambre en el mundo llegó a 690 millones en 2019, unos diez millones más que en 2018. En América Latina y el Caribe, esa cifra alcanzó los 47,7 millones, hilvanando así cinco años consecutivos de aumento de ese lastre en la región.

¿Y QUÉ SERÁ, ENTONCES, DAR A DIOS LO QUE ES DE DIOS?


Pues lo de Dios es la felicidad del hombre. De toda persona: da igual su edad, sexo, condición social o económica, etnia…

Pueden usarse otros sinónimos: salvación, conversión, comunión, fraternidad universal (hay un solo Dios y padre de todos, por tanto Tutti Fratelli).

     Lo de Dios, tal como lo leemos en toda la escritura, es lo que huela a justicia, paz, compartir, curar, liberar de esclavitudes, madurar y profundizar en nosotros mismos y en nuestras relaciones, dar sentido a las pequeñas cosas de cada día, y también a las decisiones importantes…

   

Dar a Dios lo que es de Dios es impedir que cualquier«hombre» o institución se tome atribuciones que no le corresponden para lograr sus propios beneficios en contra del ser humano, y en especial, de los colectivos más frágiles. Y, desde luego, no servirse del nombre de Dios (2 mandamiento) para «justificar» lo que es incompatible con Él. Esta es la tarea de todo ser humano, pero especialmente es la tarea de los que «son de Dios», de cualquier creyente que sabe cuál es el interés máximo del Dios de Jesús, y el modelo de vida que presentó Jesús, que es la Imagen de Dios por excelencia a la que intentamos parecernos.

    Hoy hace falta que todos los bautizados nos hagamos mucho más conscientes de que «dar a Dios lo que es de Dios» es el primero de los 10 mandamientos.  Mientras no reconozcamos y adoremos el rostro de Dios no en un euro o un dólar, sino en el rostro de los más pobres de la tierra, no estaremos siendo fieles a nuestra fe. Es lo que Jesús nos ha pedido hoy: «Dad a Dios lo que es de Dios». Menos mal que a veces los «Ciros» de turno (primera lectura), aún no siendo conocedores de Dios, hacen mucho en su favor, sin saberlo. Bienvenido sea.

Nota: En España celebramos este fin de semana el Domingo Misionero (Domund). Hay muchos recursos preparados para esta ocasión, incluido un mensaje del Papa. Este año se ha elegido como lema: «“Aquí estoy, envíame” (Is 6,8)». Es fácil acceder a ellos en múltiples lugares de Internet.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

Imagen  superior de Chema Morillo