Vísperas – Miércoles XXIX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste.

que el agua del camino es amarga…, es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste…

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar…

Mas entonces me miras…, y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?+

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
+ El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda ofreceré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

LECTURA: St 1, 22.25

Llevad a la práctica la ley y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. El que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla por obra, éste será dichoso al practicarla.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

R/ No arrebates mi alma con los pecadores.
V/ Y ten misericordia de mí.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

PRECES

Que en todo sea glorificado el nombre del Señor, que atiende a su pueblo elegido con infinito amor. A él suba nuestra oración:

Muestra, Señor, tu caridad.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia:
— guárdala de todo mal y haz que crezca en tu amor.

Que todos los pueblos, Señor, te reconozcan como el único Dios verdadero,
— y a Jesucristo como el Salvador que tú has enviado.

A nuestros parientes y bienhechores concédeles tus bienes,
— y que tu bondad les dé la vida eterna.

Te pedimos, Señor, por los trabajadores que sufren:
— alivia sus dificultades y haz que todos los hombres reconozcan su dignidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

En tu misericordia, acoge a los que hoy han muerto
— y dales posesión de tu reino.

Unidos fraternalmente, como hermanos de una misma familia, invoquemos a nuestro Padre:
Padre nuestro…

ORACION

Escucha, Señor, nuestras súplicas y protégenos durante el día y durante la noche; tú que eres inmutable, danos siempre firmeza a los que vivimos sujetos a la sucesión de los tiempos y de las horas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Miércoles XXIX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 12,39-48
Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.» Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: `Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le castigará severamente y le señalará su suerte entre los infieles. «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas que merecen azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos lanza de nueva una exhortación a la vigilancia con otras dos parábolas. Ayer la parábola era sobre el dueño y el empleado (Lc 12,36-38). Hoy, la primera parábola es sobre el dueño de la casa y el ladrón (Lc 12,39-40) y la otra habla del propietario y del administrador (Lc 12,41-47).
• Lucas 12,39-40: La parábola del dueño de la casa y del ladrón. “Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.” Así que como el dueño de la casa no sabe a qué hora llega el ladrón, así nadie sabe la hora de llegada del hijo del Hombre. Jesús lo deja bien claro: » Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre!» (Mc 13,32). Hoy, muchas gente vive preocupada con el fin del mundo. Por las calles de las ciudades, a veces se ve escrito sobre los muros: ¡Jesús volverá! Hubo gente que, angustiada por la proximidad del fin del mundo, llegó a cometer suicidio. Pero el tiempo pasa y ¡el fin no llega! Muchas veces la afirmación “¡Jesús volverá!” es usada para meter miedo en las personas y obligarlas a atender una determinada iglesia. De tanto esperar y especular alrededor de la venida de Jesús, mucha gente deja de percibir su presencia en medio de nosotros, en las cosas más comunes de la vida, en los hechos de la vida diaria. Pues lo que importa no es saber la hora del fin del mundo, sino tener una mirada capaz de percibir la venida de Jesús ya presente en medio de nosotros en la persona del pobre (cf Mt 25,40) y en tantos otros modos y acontecimientos de la vida de cada día.
• Lucas 12,41: La pregunta de Pedro. “Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» No se ve bien el porqué de esta pregunta de Pedro. El evoca otro episodio, en el cual Jesús responde a una pregunta similar, diciendo: “A vosotros os he dado conocer el misterio del Reino de Dios, pero a los otros todo les es dado a conocer en parábolas” (Mt 13,10-11; Lc 8,9-10).
• Lucas 12,42-48ª: La parábola del dueño y del administrador. En la respuesta de Pedro Jesús formula otra pregunta en forma de parábola: “¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?” Inmediatamente después, Jesús mismo en la parábola da la respuesta: el buen administrador es aquel que cumple su misión de siervo, que nunca usa los bienes recibidos para su propio provecho, y que está siempre vigilante y atento. Es posible que sea una respuesta indirecta a la pregunta de Pedro, como si dijera: “Pedro, ¡la parábola es realmente para ti! A ti te incumbe saber administrar bien la misión que Dios te da como coordinador de las comunidades. En este sentido, la respuesta vale también para cada uno de nosotros. Y allí toma mucho sentido la advertencia final: “a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.”.
• La llegada del Hijo del Hombre y el fin del mundo. La misma problemática había en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Mucha gente de las comunidades decían que el fin del mundo estaba cerca y que Jesús volvería después. Algunas comunidades de Tesalónica en Grecia, apoyando la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Por esto, había personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o semanas. Trabajar ¿para qué, si Jesús iba a volver? (cf 2Ts 3,11). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que no trabajaban decía. “Quien no trabaja, ¡no tiene derecho a comer!” Otros se quedaban mirando al cielo, aguardando el retorno de Jesús sobre las nubes (cf He 1,11). Otros se quejaban de la demora (2Pd 3,4-9). En general, los cristianos vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús venía a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta de este mundo de aquí abajo e inaugurar la nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Pensaban que esto acontecería dentro de una o de dos generaciones. Mucha gente seguiría con vida cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá nunca!” (2 Pd 3,4). Hasta hoy, la venida final de Jesús no ha ocurrido. ¿Cómo entender esta tardanza? Supone que ya no percibimos que Jesús volvió, que está en medio de nosotros: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20). El ya está con nosotros, a nuestro lado, en la lucha por la justicia, por la paz y por la vida. La plenitud no ha llegado todavía, pero una muestra o garantía del Reino ya está en medio de nosotros. Por esto, aguardamos con firme esperanza la plena liberación de la humanidad y de la naturaleza (Rm 8,22-25). Y en cuanto esperamos y luchamos, decimos con certeza: “¡El ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).

4) Para la reflexión personal

• La respuesta de Jesús a Pedro sirve también para nosotros, para mí. ¿Soy un buen administrador/a de la misión que recibí?
• ¿Cómo hago para estar vigilante siempre?

5) Oración final

¡De la salida del sol hasta su ocaso,
sea alabado el nombre de Yahvé!
¡Excelso sobre los pueblos Yahvé,
más alta que los cielos su gloria! (Sal 113,3-4)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 15, 38-39

38Y el velo del Templo fue rasgado en dos de arriba abajo.

39Pero viendo el centurión que estaba frente a él que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.

15, 38-39: Ahora bien, este grito y esta muerte en el desamparo no son la última palabra de la narración; el resto de la perícopa está ocupada por las reacciones sobrenaturales (15,38) y humanas (15,39-40) a la muerte de Jesús, que transforman el triste paisaje en una escena de revelación. El primer acto es la rotura de la cortina del Templo (15,38), un rasgón que va de arriba abajo: viene, pues, «de arriba», es decir, de Dios (cf. Jn 3, 3.7.31; 19,11). Pero ¿qué significa esta acción divina?

Aquí, de nuevo, como en la oscuridad al mediodía, la imagen contiene probablemente varias dimensiones. Considerando su violenta destructividad, un aspecto del rasgón es el juicio divino: anticipa la demolición del Templo por los romanos aproximadamente cuarenta años después de la muerte de Jesús. El acontecimiento puede ser también acto de tristeza divina, como se ilustra por las tradiciones rabínicas que hablan de que Dios rasga sus ropas de púrpura por la tristeza ante el saqueo de Jerusalén. Pero también puede interpretarse en sentido positivo: el velo se rasga, la gloria de Dios oculta tras él comienza a irradiarse hacia fuera, hacia el mundo y, como reflejo inicial de esta revelación, un ser humano, un gentil por demás, proclama la filiación divina de Jesús por vez primera en el evangelio. Esta interpretación revelatoria de la rotura de la cortina de Templo también está de acuerdo con otro empleo marcano del verbo «rasgar», que aparece en el bautismo de Jesús, donde los cielos se rasgan, el Espíritu desciende sobre Jesús como una paloma, y una voz divina declara que él es el Hijo de Dios (1,10-11). Por tanto, como en Ap 21,22-27, el resplandor de Dios, que anteriormente estaba limitado a la envoltura protectora del interior del Templo, surge como manifestación pública en el amanecer de la nueva edad, de modo que no solo los judíos sino también las naciones, personificadas en el centurión pagano, puedan caminar en su luz. Mientras que otros testigos de la muerte de Jesús han mirado y mirado sin ver, el misterio del reino de Dios se otorga ahora al centurión; sólo él ve alethôs («verdaderamente»). La aclamación de Jesús por el centurión desafía así a aquellos para quienes la vista de un prisionero clavado, degradado y agonizando supone una burla de la noción misma de soberanía, con la cual el término «hijo de Dios» estaba íntimamente relacionada. El poder real revelado en la cruz es así lo contrario de la coerción imperial, que vence a la humanidad por la fuerza, y de su reacción igual pero contraria, la violencia revolucionaria.

La revelación que tiene lugar con la muerte de Jesús vence también el dualismo que atraviesa todo el evangelio: el enfrentamiento entre Dios y la humanidad, pues esta última estaba bajo el poder de Satanás (cf. 7,7-8; 8,33). Mas ahora, por la muerte de Jesús en la cruz, que actúa como un exorcismo, se produce una bendita paradoja, gracias a ella surge el resplandor de la nueva edad desde las profundidades de la debilidad y el dolor, y un hombre sufriente se revela como el Hijo de Dios. Al penetrar en el sentido de esta paradoja cristológica, el centurión, un ser ajeno a la «ciudadanía de Israel», «ajeno a las alianzas de la promesa» (Ef 2,12), un pagano de una tierra distante, se hace el primer ser humano del evangelio que capta la altura y la profundidad de la identidad de Jesús. Así, inconscientemente, cumple el final triunfante del salmo cuyas ardientes palabras han ido marcando la escena de la muerte de Jesús en el evangelio: «Todos los confines de la tierra recordarán y se volverán al Señor; y todas las familias de las naciones lo adorarán. Pues el reinado pertenece al Señor, y reina sobre las naciones» (Sal 22,27-28).

Comentario – Miércoles XXIX de Tiempo Ordinario

El pasaje evangélico de este día, que es continuación del que se leyó ayer, prosigue también la misma temática: Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

La venida del Hijo del hombre es tan imprevista como la llegada de un ladrón. Si el dueño de la casa supiera a qué hora habrá de producirse, estaría preparado para hacerle frente o para evitar que maniobrase; haría lo imposible para que el ladrón no obtuviese su botín. Pero los ladrones no suelen actuar a la luz del día; buscan los momentos oportunos; actúan cuando nadie los espera. Pues bien, el modus operandi del Hijo del hombre en su venida es similar al de un ladrón, aunque él no es un ladrón, pues no viene a llevarse nada que no sea suyo. Pero podemos tener también la impresión de que cuando nos arrebata la vida se lleva lo que no es suyo. ¿Es sin embargo así?

Las palabras de Jesús parecen tener un marcado carácter escatológico. No aluden a cualquier venida o a una de esas múltiples presencias de Jesucristo que se hacen notar en la vida de un creyente, sino a la venida que cierra un ciclo existencial y que se hace coincidir con la clausura de este período, es decir, con la muerte del hombre en su singularidad o de la humanidad. Nuestra experiencia nos dice que la vida cesa en nosotros de la manera más inesperada y en las circunstancias más diversas. Diversas son también las causas: una enfermedad, un accidente, una agresión, una catástrofe, una infección, una ejecución.

Hay muertes que se anuncian con cierta antelación como la muerte de un condenado, la de un enfermo incurable o la de un anciano que no puede prolongar más sus días. Pero ni siquiera en estos casos se sabe exactamente la hora en que se va a producir: a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Hay enfermos o ancianos que parece que van a morir al día siguiente y luego duran meses o años; otros, parece que van a durar meses o años y fallecen de repente. Es verdad que el suicida puede calcular con exactitud el momento de su muerte, pero también puede que le surjan imprevistos que no entraban en sus cálculos y desbaraten sus propósitos. Sólo el dueño absoluto de nuestras vidas dispone de datos que le permiten saber cuándo cesarán. Sólo Dios conoce nuestra fecha de caducidad. Pero, puesto que a nosotros se nos escapa, lo sensato es que estemos preparados. De nuevo, una invitación a la vigilancia que nace de la imprevisión de la hora.

No obstante, cabe preguntarse: ¿Por qué esta preparación? ¿Para qué esta vigilancia? La razón queda expuesta en la explicación que sigue a la pregunta de Pedro. Somos administradores de unos bienes, entre los cuales se incluye la vida, que nos han sido entregados por el que es dueño absoluto de los mismos. El amo que ha depositado tales bienes en nuestras manos espera de nosotros fundamentalmente dos cosas: fidelidad y solicitud. Creernos dueños de lo que sólo somos administradores es cometer un grave error. No tener en cuenta que el manejo de nuestra vida y posesiones es administración de bienes es incurrir en un olvido que no dejará de tener consecuencias. Olvidar que semejante gestión va a ser juzgada y valorada por el que nos ha encomendado esta tarea es una irresponsabilidad. A veces los bienes que Dios nos encomienda tienen carácter personal. Son unos hijos, o unos educandos, o unos feligreses, o unos obreros, o unos pacientes, o unos ciudadanos.

El Señor espera del administrador (padre, médico, profesor, gobernante, etc.) que ha sido colocado al frente de esa servidumbre que reparta la ración a sus horas, es decir, que preste el servicio que debe prestar, que se le ha encargado prestar porque se ha preparado para ello. De esa gestión tiene que responder ante el que la encomienda. No se trata sólo de responder ante la sociedad (un ente que puede no exigirnos ciertas respuestas), ni siquiera ante aquellos mismos a quienes servimos (puede que ni siquiera tengan derecho a exigirlo); se trata de responder ante Dios que es, en definitiva, el que los ha puesto en nuestras manos expertas. Pues bien, si actuamos con responsabilidad mereceremos la bienaventuranza: Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Una buena respuesta (=gestión) a la tarea encomendada tendrá como premio una mayor concesión de bienes que acrecentarán nuestra dicha. Pero si al empleado le da por pensar que su amo está lejos y no puede controlarle, y que su vuelta no está próxima, y empieza a comportarse irresponsablemente maltratando a sus subordinados y abusando de la comida y la bebida y emborrachándose, llegará el amo de ese criado el día y la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. Todos somos empleados o criados de este dueño ante el cual tenemos que responder de nuestra gestión en su día. Y el día no lo fijamos nosotros, sino Él.

Si hemos respondido según lo previsto en sus planes seremos recompensados con el premio merecido por los que han sido fieles; de lo contrario, seremos condenados a la pena de los que no son fieles. Aquí se premia la fidelidad en la ejecución del trabajo encomendado. Y la exigencia depende de la capacidad donada: al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Si a uno se le confía mucho, es porque se le ha dado mucho; de ahí que se le pueda exigir conforme a lo que se le ha dado. Pero no hemos de olvidar nunca que la recompensa con la que Dios premia nuestros esfuerzos es infinitamente superior a las exigencias.

A Dios no podemos ganarle en generosidad. Y nuestra aportación (humana) en cualquier asunto sólo sería posible desde la base de la previa donación divina. Sin Él, sin su aliento creador, sin su dinamismo conservador, no podríamos hacer nada. Por tanto, sintámonos dignificados y estemos agradecidos porque Dios nos ha querido asociar como colaboradores en su obra, algo que implica responsabilidad, pero también una promesa de vida más plena y gratificante.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Condescendencia de Dios

13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable «condescendencia» de la sabiduría eterna, «para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza». Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.

Comentario Domingo XXX de Tiempo Ordinario

Oración preparatoria

Señor y Hermano Jesús, Tú dijiste que “tu Padre nos enviaría en tu nombre el Espíritu Santo y que Él nos recordaría lo que nos enseñaste y nos los explicaría todo”. Tú conoces la pobreza y la aridez de nuestro corazón. Te pedimos que tu Espíritu nos lo refresque, nos lo ilumine, nos haga entender tu Evangelio. Nos lleve sobre todo a fiarnos de Ti y de tu Padre, a seguirte en fe confiada y amorosa, y a poner nuestro grano de arena para construir paz y vida en nuestro entorno. AMEN.

Mt 22, 34-40

«34Pero los fariseos, cuando oyeron que había hecho callar a los saduceos, se reunieron en grupo, 35y uno de ellos, que era letrado, le preguntó para ponerlo a prueba: 36“Maestro, ¿qué mandamiento es [el más] grande en la Ley?”.

37Pero él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38Este es el mandamiento [más] grande y primero. 39Pero el segundo es igual a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”».

PALABRA DE DIOS

 

CONTEXTO

Después de las tres duras parábolas que Jesús dirige a los dirigentes judíos (Mt 21,28-22,14), comienzan las controversias de Jesús con diversos grupos judíos. Comienzan con los fariseos y el tributo al César (texto del domingo anterior), y continúan con los saduceos y el tema de la resurrección, texto inmediatamente anterior al de esta semana. Ahora, otra vez los fariseos quieren poner en aprietos a Jesús con el tema del mandamiento principal de la Ley. Tras este episodio, Jesús propondrá a los fariseos la cuestión del Mesías (22,41-46) y comenzará el capítulo 23, una agria andanada de Jesús contra escribas y fariseos.

TEXTO

El v. 34 es un versículo de transición que recuerda la conversación de Jesús con los saduceos en el relato anterior y menciona la reunión de los fariseos, escenario del relato siguiente. El diálogo consta de la exposición (v. 35), la pregunta del letrado fariseo (v. 36) y una respuesta muy larga de Jesús (vv. 37-40). La palabra clave Ley (vv. 36 y 40; además, letrado, de la misma raíz) engloba todo el diálogo. El v. 40 añade una información que el letrado no había preguntado, por lo que adquiere una especial importancia como conclusión y lección de este evangelio.

ELEMENTOS A DESTACAR

• La pregunta planteada es muy pertinente en aquel contexto: los judíos mantenían 613 mandamientos (365 prohibiciones, 248 preceptos) y su “sistema legal” era muy enrevesado. Esto puede significar para nosotros como una alerta en nuestro modo de relacionarnos con Dios, si tenemos claras las “urgencias” de nuestra fe, si atendemos “lo fundamental” de ella en nuestra vida.

• “Amar a Dios” no evocaba entonces, ni debe hacerlo ahora, un sentimiento, ni oraciones, o una mística que huye del mundo, sino el conocimiento del único Dios y la obediencia a él dentro del mundo. Por eso el texto pasa, irrenunciablemente, al amor al prójimo. Pero ¿cómo conocer a quien no se ve? Este primer mandamiento exige un estilo profundo de vivir la fe, no es cosa de un rato al día o de la asistencia sacramental. Lo incluye y lo supera. ¿A qué te mueve esta necesidad de “vivir abiertos a la Trascendencia de Dios”?

• “Amar al prójimo” evocaba entonces, y debe hacerlo ahora, un comportamiento práctico solidario con el prójimo, pero en el contexto mateano, “prójimo” adquiere una dimensión universal (cf. 5,43-48; 7,12). La medida de ese comportamiento es la medida que cada uno usa para sí mismo. ¿A qué te mueve esta necesidad de “vivir al servicio de todos los hermanos”?

• Nosotros, en este mundo “ateo” e “individualista” debemos traducir este texto en nuestra vida para hacer realidad lo que el texto presupone: anclar nuestro compromiso ético en una relación con Dios que nos construye y nos va haciendo cada día. En este sentido, la Biblia toda tiene un “primer” precepto: que el amor de Dios puede equilibrar todo el amor del ser humano, ya sea a Dios, al prójimo o a sí mismo.

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

XXX Domingo de Tiempo Ordinario
25 de octubre 2020

Ezequiel 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicense 1, 5-10; Mateo 22, 34-40

El gran Mandamiento

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Reflexión
¿Quiénes eran los saduceos? Eran una clase alta de la época, con mucho poder, muy materialistas y no creían en la resurrección. Jesús les había callado la boca diciéndoles que Dios es un Dios de Vivos y no de muertos. ¿Quiénes eran los fariseos? Los fariseos por otra parte, cumplían rigurosamente la ley, se creían perfectos y despreciaban a quien no cumpliese la Ley. Para ese entonces había mas de 600 reglas que cumplir para los judíos. Por eso le preguntan a Jesús cuál era el Mandamiento más importante. Jesús resume todas esas leyes en una y responde que es EL AMOR a Dios y al prójimo. Jesús afirma que hay que amar a Dios de manera absoluta, citando lo que Dios dijo a Moisés en el pasado cuando le dio las tablas de la Ley: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Y además une un segundo mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Primero, Jesús nos pide tener una relación cercana con Dios. Esto lo podemos lograr mediante la oración. Creer, esperar, confiar en Dios y orar para que ilumine tu corazón para que el amor transforme nuestro corazón. Segundo, Jesús nos dice que con la medida con que nos amamos a nosotros mismos, hemos de amar a los demás. Ver a los otros con los ojos de Jesús, con la mirada de amor que los demás necesitan. Jesús nos dio la mayor muestra del cumplimiento de este amor: La Cruz. El madero vertical une el cielo con la tierra, este madero nos muestra el amor de Dios a los hombres y nos invita al amor de los hombres hacia Dios. El amor que sube y baja, que se alimenta por amor a nuestro Padre celestial. Y el madero horizontal sujeta los brazos de Jesús, formando un abrazo que nos envuelve, en un amor fraterno, uniéndonos como hermanos, tocando a todos con su gran amor.

Actividad
Completa los dos mandamientos que Jesús dio al Doctor de la Ley.

Oración
Señor, ayúdame a amar como Tú amas, extendiendo mi corazón en los dos horizontes que me muestras. Enséñame a amar hoy un poco más, a darme un poco más, y así contribuir con la construcción de tu Reino

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

El mandamiento principal – Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: – Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le dijo: – «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas

Explicación

En aquél tiempo los fariseos le preguntaron a a Jesús: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Respondió Jesús: – Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos resumen todos los demás. Así pues, si queremos cumplir todos los mandamientos solo hay que hacer una cosa: amar, amar y amar.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Domingo 30º ordinario-A (Mt 22,34-40)

Discípulo 1: Maestro, es difícil ser judío. Nuestra Ley es muy exigente y complicada.

Discípulo 2: Yo he contado hasta 613 mandatos en la Ley de Moisés. Nos dan normas para todo.

Discípulo 1: Cualquier cosa que hacemos está controlada. Es imposible cumplir todas las reglas.

Jesús: Las leyes pueden ser muchas, pero el Padre Dios sólo es uno, y os aseguro que no pide demasiado.

Discípulo 2: Entonces…¿Para qué tantas leyes y tantas normas?

Jesús: Porque a los hombres les gusta complicarlo todo. Os repito que el Dios Padre pide bastante poco.

Discípulo 1: Mira, Maestro, por allí vienen unos fariseos. Se les habrá ocurrido algo nuevo para molestarte. Parece que no tuvieron bastante con aquello de la moneda del César.

Discípulo 2: Sus cabezas están llenas de leyes, se creen muy listos y muy buenos por saberlas todas de memoria, y no toleran que tú, Jesús, sepas más que ellos y les dejes en ridículo.

Fariseo 1: Maestro, queremos hacerte una pregunta: Como tú lo sabes todo podrás respondernos. Estamos seguros de que sí.

Fariseo 2: A ver, dinos: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?

Jesús: ¿Por qué queréis ponerme a prueba?

Fariseo 1: ¡Nooo!, ¡qué va!, Es que nosotros también estamos liados con tantas normas.

Fariseo 2: Y nos interesa saber de verdad tu opinión, a ver: ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley de Dios?

Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser».

Fariseo 1: ¿Y cuál es el segundo? Dinos también el segundo.

Jesús: El segundo es tan importante como el primero.

Fariseo 2: Pues, venga, dinos el segundo mandamiento.

Jesús: El segundo es semejante al primero: «Amarás al prójimo como a ti mismo».

Discípulo 1: ¿Por qué son tan importantes estos dos mandamientos?

Jesús: Porque estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y a los Profetas.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XXIX de Tiempo Ordinario

Llevamos toda la semana en un ambiente escatológico, o sea, reflexionando acerca del fin de los tiempos. Y hoy el Evangelio da una vuelta de tuerca más. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Casi nada. Este Evangelio es especialmente doloroso para las personas religiosas. Porque algunos hemos recibido mucho, desde pequeñitos, en la familia, con el Bautismo, con la fe, con una buena educación, con unos amigos agradables, con diversas experiencias, con una vocación especial por parte de Dios… Y, por eso, hay que devolver mucho también.

El tiempo no es como la gasolina, que, si usamos menos el coche, la ahorramos, o como el dinero, que cuanto menos lo utilizamos, más tenemos. El tiempo, lo usemos o no, se gasta.

Estamos en la vida yendo. Vamos de ida, y no sabemos cuánto tiempo nos queda. Quiera Dios que muchos, muchos años. De ti depende hacer uso de ese tiempo. Puedes perderlo, pero no volverá.

Somos administradores de la gracia de Dios, y no podemos actuar como queramos, sino como Dios quiere. Vivir para los demás, no para uno mismo, y obrando con amor, sin violencia. Si Pedro esperaba una respuesta diferente, le quedó claro que el único privilegio del seguidor de Jesús es el privilegio del servicio. Si vivimos así, estaremos más cerca del Maestro, cada uno con su vocación específica, pero todos dentro del mismo espíritu. Puede ser que tú no tengas muchos cargos o muchas cargas, pero sí has recibido muchos dones, materiales o espirituales, de parte de Dios. Ahí te juegas mucho de tu respuesta a Él.

De ti depende, por tanto, dedicarle un poco de tiempo a Dios, cada día. Se nos acaba el año litúrgico, y empieza, dentro de un mes, el Adviento. Estamos llamados a vivir en espera, en esperanza. Tienes el tiempo en tus manos. ¿Qué vas a hacer? Piénsalo, y reparte las 24 horas de cada día entre todo lo necesario (estudio, trabajo, familia, amigos, descanso, hobbies) y reserva algunos minutos para Él. No te olvides, mañana será tarde para arrepentirse por el tiempo perdido. Que el Señor nos encuentre preparados.