Vísperas – Jueves XXIX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES XXIX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Éste es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén.

 

SALMO 29: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«no vacilaré jamás»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi lengua sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

SALMO 31: ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso e hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

— Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA: Rm 8, 28-30

Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe —de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego— llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor nos alimentó con flor de harina.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

R/ Nos sació con miel silvestre.
V/ Con flor de harina.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro refugio y nuestra fortaleza, y digámosle:

Mira a tus hijos, Señor.

Dios de amor, que has hecho alianza con tu pueblo,
—haz que recordemos siempre tus maravillas.

Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad
—y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Haz que siempre edifiquemos la ciudad terrena unidos a ti,
—no sea que en vano se cansen los que la construyen.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies,
—para que tu nombre sea conocido en el mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros familiares y bienhechores difuntos dales un lugar entre los santos
—y haz que nosotros un día nos encontremos con ellos en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas amanezca nuevamente la luz, haz que, durante la noche que ahora empieza, nos veamos exentos de toda culpa y que, al clarear el nuevo día, podamos reunirnos otra vez en tu presencia, para darte gracias nuevamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Lectio Divina – Jueves XXIX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 12,49-53
«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! «¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra?

No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta algunas frases sueltas de Jesús. La primera sobre el fuego sobre la tierra la tiene sólo Lucas. Las otras tienen frases más o menos paralelas en Mateo. Esto nos remite al problema del origen de la composición de estos dos evangelios que hizo correr ya mucha tinta a lo largo de los últimos dos siglos y se resolverá plenamente sólo cuando podamos conversar con Mateo y Lucas, después de nuestra resurrección.
• Lucas 12,49-50: Jesús, vino a traer fuego sobre la tierra.     «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” La imagen del fuego vuelve muchas veces en la Biblia y no tiene un sentido único. Puede ser imagen de la devastación y del castigo y puede también ser la imagen de la purificación y de la iluminación (Is 1,25; Zc 13,9). Puede evocar hasta protección como vemos en Isaías: Si pasas en medio de las llamas, no te quemarás” (Is 43,2). Juan Bautista bautizaba con agua, pero después de él, Jesús habría de bautizar por medio del fuego (Lc 3,16). Aquí, la imagen del fuego es asociada a la acción del Espíritu Santo que descendió el día de Pentecostés bajo la imagen de lenguas de fuego (He 2,2-4). Las imágenes y los símbolos no tienen nunca un sentido obligatorio, totalmente definido, que no permita divergencia. En este caso ya no sería ni una imagen, ni un símbolo. Es típico de la naturaleza del símbolo el provocar la imaginación de los oyentes y de los espectadores. Dejando la libertad a los oyentes, la imagen del fuego combinado con la imagen del bautismo indica la dirección en la que Jesús quiere que la gente dirija su imaginación. El bautismo es asociado con el agua y es siempre expresión de un compromiso de Jesús con su pasión:. ¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» . (Mc 10,38-39).
• Lucas 12,51-53: Jesús vino a traer la división. Jesús habla siempre de paz (Mt 5,9; Mc 9,50; Lc 1,79; 10,5; 19,38; 24,36; Jo 14,27; 16,33; 20,21.26). Entonces ¿cómo entender la frase del evangelio de hoy que parece decir lo contrario: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división.”. Esta afirmación no significa que Jesús estuviera a favor de la división. ¡No! Jesús no quiere la división. El anuncio de la verdad que él, Jesús de Nazaret, era el Mesías se volvió motivo de mucha división entre los judíos. Dentro de la misma familia o de la comunidad, unos estaban a favor y otros radicalmente en contra. En este sentido la Buena Noticia de Jesús era realmente una fuente de división, una “señal de contradicción” (Lc 2,34) o como decía Jesús: “Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.” Era lo que estaba ocurriendo, de hecho en las familias y en las comunidades: muchas divisiones, mucha discusión, como consecuencia del anuncio de la Buena Noticia entre los judíos de aquella época, unos aceptando, otros negando. Lo mismo vale para el anuncio de la fraternidad como valor supremo de la convivencia humana. No todos concordaban con este anuncio, pues preferían mantener sus privilegios. Por esto, no tenían miedo de perseguir lo que anunciaban la fraternidad y el compartir. Esta es la división que surgía y que está en el origen de la pasión y de la muerte de Jesús. Era lo que estaba aconteciendo. Lo que pensaba la gente. Jesús quiere la unión de todos en la verdad (cf. Jn 17,17-23). Hasta hoy es así. Muchas veces, allí donde la Iglesia se renueva, el llamado de la Buena Noticia se vuelve una “señal de contradicción” y de división. Personas que durante años vivieron acomodadas en la rutina de su vida cristiana, y que ya no quieren ser incomodadas por las “innovaciones” del Vaticano II. Incomodadas por los cambios, usan toda su inteligencia para encontrar argumentos en defensa de sus opiniones y para condenar los cambios como contrarios a lo que ellas piensan ser la verdadera fe.

4) Para la reflexión personal

• Buscando la unión, Jesús era causa de división. ¿Te ocurrió lo mismo alguna vez?
• Ante los cambios en la Iglesia, ¿cómo me sitúo?

5) Oración final

¡Aclamad con júbilo, justos, a Yahvé,
que la alabanza es propia de hombres rectos!
¡Dad gracias a Yahvé con la cítara,
tocad con el arpa de diez cuerdas; (Sal 33,1-2)

El amor a Dios aquí y en el cielo (amor a Dios)

Si el Amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el Amor en el cielo? (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 428).

Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura: mira qu ella dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 11).

Este amor será la medida de la gloria de que disfrutemos en el paraíso, ya que ella será proporcionada al amor que habremos tenido a Dios durante nuestra vida; cuanto más hayamos amado a Dios en este mundo, mayor será la gloria de que gozaremos en el cielo, y más le amaremos también, puesto que la virtud de la caridad nos acompañará durante toda la eternidad, y recibirá mayor incremento en el cielo. ¡Qué dicha la de haber amado mucho a Dios en esta vida!, pues así lo amaremos también mucho en el paraíso (Santo Cura de Ars, Sermón sobre el precepto 1º del decálogo).

¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida! (Jn 14, 6) (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles laicice, 30-XII-1998, n. 34).

Comentario – Jueves XXIX de Tiempo Ordinario

La frase que inicia este pasaje evangélico es tan ardiente y enigmática como el fuego que se enuncia. Decía Jesús: He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá que estuviera ya ardiendo!

Ya algunos profetas del AT habían hecho bajar fuego del cielo para consumir la víctima del sacrificio y mostrar a los incrédulos dónde radicaba el poder o de dónde procedía la fuerza. Pero cuando los discípulos de Jesús, que le acompañan por los caminos de Samaría, le proponen hacer descender fuego del cielo para acabar con sus enemigos y opositores, él desautoriza sus propósitos maléficos, les reprende y les encara con su propia conciencia: ¡no sabéis de qué espíritu sois!

No parece, pues, que Jesucristo pretenda aniquilar al mundo, por muy hostil e ingrato que éste se presente, con un fuego devorador. También se compara al Espíritu, del cual él es portador y Ungido, con el fuego ardiente, un fuego que incendia y purifica. En esta forma se presenta el señalado día de Pentecostés, como llamaradas de fuego posadas sobre las cabezas de los Apóstoles. Éste parecía más bien un fuego inocuo; pero lo cierto es que penetró en su corazón y los llenó de entusiasmo misionero. Disponía, pues, de una fuerza impulsora o propulsora. Es el fuego del Espíritu. En el mundo pagano se habla de la llama de los dioses que debe custodiarse y mantenerse viva en los altares, lo mismo que la antorcha de las Olimpíadas.

Pues bien, Jesús ha venido al mundo para introducir en su entraña el fuego de su Espíritu, que es el Espíritu de Dios. Y su deseo es que esté ya ardiendo. Sólo así habrá cumplido su objetivo. ¿Y cuál es el ardor de este Espíritu? No puede ser otro que el ardor divino. El Espíritu de un Dios, que es amor, no puede ser otra cosa que amor, amor ardiente, encendido, vigoroso, impulsor.

Es el amor derramado en nuestros corazones del que habla san Pablo. Y el amor enciende, impulsa, da calor y vida; pero también quema, purifica las impurezas, transforma, y este efecto trae consigo dolor. Nuestro yo egoísta y concentrado en sí mismo se retuerce bajo los efectos purificadores de este fuego. Si el objetivo de Jesús es, finalmente, enviarnos su Espíritu, que será el que complete la misión iniciada por él en nosotros, ¿cómo no entender su ardiente deseo de ver arder al mundo en este fuego? También tendría que ser el nuestro, pues sin pasar por él no podrá alumbrar el nuevo mundo, o el reino de Dios.

Pero Jesús añade algo que resulta aún más desconcertante. Si su deseo es que el mundo arda en el amor de Dios y se instaure un reino de paz, ¿por qué este desafío a la lógica que se desprende de su propósito? ¿Pensáis –dice- que he venido a traer al mundo paz? No, sino divisiónEn adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

El que envía a sus discípulos para que vayan por delante de él anunciando la cercanía del reino y llevando no sólo un saludo de paz, sino el don de la paz, dice ahora que no ha venido al mundo a traer paz, sino división, una división que afecta a las conexiones más naturales, a las que unen a un padre con su hijo o a una hija con su madre. El que después de resucitado se presenta a sus apóstoles con el saludo de la paz, dice ahora ser causa de división. ¿Cómo entender esto?

Si echamos una mirada a la historia del primitivo cristianismo constatamos un hecho, y es el fenómeno de la división provocado por la entrada del cristianismo en la sociedad pagana. En muchas familias (como la de Perpetua, mártir del siglo III) se produce la conversión de uno de sus miembros al cristianismo. Esto provoca inmediatamente la separación de ese miembro del resto de la familia, que empieza a considerarle como un excluido o como el adepto de una secta indeseable.

Probablemente Jesús aluda a este hecho. Habiendo venido al mundo como portador de la paz y de la reconciliación, siendo él mismo paz para un mundo enemistado, ya que con su sangre ha derribado ese muro de odio que separaba a judíos y gentiles, haciendo de ellos un nuevo pueblo, sin embargo es causa de división. El odio, tanto de judíos como de paganos, recae ahora sobre los cristianos como pone de manifiesto la antigua literatura apologética y martirial. Jesús se convierte en signo de contradicción y en bandera discutida que acaba segregando a sus partidarios de los que no lo son, y eso incluso en el seno de las mismas familias que se rompen por razón del ingreso en ellas de la levadura cristiana que no a todos transforma.

La división se presenta así como una consecuencia de la presencia misma –presencia discutida- de Cristo en el mundo. Basta esa presencia que reclama seguimiento para que se produzca de inmediato la división entre los que deciden seguirle y los que deciden no seguirle o incluso perseguirle, y con él a todos sus partidarios. El mismo Jesús ahondó en este hecho: el que no está conmigo, está contra mí. Los que se ponen contra él no pueden estar del mismo lado que los que se ponen con él. Tal es la inevitable división que deja en el mundo el que viene a instaurar la paz mesiánica de parte del Padre. Pero su pretensión no es otra que reconciliar a todos los hombres con Dios y entre sí. Para lograr esto estuvo dispuesto a morir. Pero en ningún caso Jesús, el que proclamó dichosos a los que trabajan por la paz, puede ser considerado un enemigo de esa paz por la que hay que trabajar y por la que él dio la vida como manso cordero llevado al matadero.

Que Dios nos encuentre ardorosos trabajadores de su paz, aunque esto nos separe involuntariamente de aquellos que se oponen a esta noble actividad. Y pidamos al Señor de los dones que nos otorgue este don a nosotros y nuestras familias.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO IV

EL ANTIGUO TESTAMENTO

La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento

14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.

La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: «Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza» (Rom. 15,4).

Misioneros: pan partido para el mundo

1.- Amar a Dios, con toda nuestra alma y con todo nuestro ser, tendría que suponer, en esta jornada misionera, potenciar los mismos sentimientos con los que tantos miles de misioneros/as se han sentido empujados para dejar, tierra y familia llevando el amor de Dios a tantos rincones conocidos o perdidos de la tierra.

El pan partido para el mundo, Jesús, se siembra, se siega, se cuece y se ofrece con el testimonio y la valentía, la audacia y el desprendimiento de hombres y de mujeres que –lejos de esa espiral de egoísmo que nos invade- salen de sí mismos multiplicándose en pan material y espiritual especialmente en las zonas más desfavorecidas de nuestro planeta.

¿Os habéis parado a pensar qué es lo primero que preguntan a un misionero cuando llega a su misión? ¿Os habéis detenido a pensar que es lo qué nos preguntan a los que estamos en la zona de la opulencia y del bienestar?

A los primeros les dicen: ¿qué nos traen?, ¿por qué Dios nos ama?, ¿quién es Dios?, ¿es verdad que somos hermanos?

A los segundos, por el contrario, nos desconciertan frases como las siguientes: ¿por qué siempre dicen Vds. lo mismo?, ¿por qué no son más breves sus homilías?, ¿es necesario ir a misa para hacer la primera comunión?, ¿por qué tenemos que enviar a nuestros hijos a la catequesis?

Son los contrastes de los que tienen hambre de Dios con aquellos otros que están cansados porque, ni tan siquiera, se han molestado en conocerle aunque sean sus hijos por el Bautismo. En unos la fe llega como novedad, en otros, se transmite más como derecho que como regalo de Dios.

2.- La Jornada Misionera del Domund tiene esa vertiente solidaria hacia tantos países que conocen a Jesucristo pero que necesitan de nuestra ayuda espiritual y económica. Hacia aquellos otros países que ni tan siquiera han oído pronunciar el nombre de Jesús. Hoy, también, pensamos en aquellos otros donde con frecuencia, Jesucristo, ha quedado relegado a un fenómeno cultural, a una referencia o reflexión histórica pero sin consecuencias prácticas a la hora de la verdad.

Estamos a punto de iniciar el V Centenario del nacimiento de San Francisco Javier (patrón de las misiones junto con Santa Teresita del Niño Jesús). ¿Qué diría hoy este Santo si volviese a la tierra que le vio nacer y contemplase cristianos que viven como si no lo fueran? ¿Qué reacción tendría si viese que la vida cristiana no está formada ni formulada en muchas personas, porque son incapaces de retener o de aprender unas oraciones?

Posiblemente, San Francisco Javier, inventaría otra jornada mundial para recuperar a los cristianos que han quedado fríos por el camino. Llamaría, de puerta en puerta, despertando el entusiasmo por la persona de Jesucristo.

3.- Hoy, en esta Jornada Mundial de la Propagación de la Fe, no nos podemos centrar solamente en aquellos continentes donde tradicionalmente se ha focalizado esta jornada. Hoy, en Europa y en aquellas sociedades asentadas económicamente, Dios ha pasado a ser, en muchos casos, un nombre anónimo, indiferente e invisible en el corazón para muchos ciudadanos, la iglesia un ente desconocido cuando no lapidado o desprestigiado, Jesucristo un personaje histórico y la fe algo del pasado.

¿Qué es amar a Dios sobre todas las cosas? Es querer que en nuestra familia y en nuestra sociedad esté presente como un punto de referencia y motor en el vivir de muchas personas.

Javier Leoz

Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo

Cuando los fariseos oyeron que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron, y uno de ellos, doctor en la ley, le preguntó para tentarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el principal y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas».

Mateo 22, 34-40

PARA MEDITAR

Ya veis que ser creyente no requiere muchas normas ni cosas muy complejas. Se trata de que Dios esté en el centro de tu vida. Que no usemos el ser creyente como el traje de un superhéroe: que cuando nos lo quitamos ya no somos lo que éramos antes. Si eres creyente, lo eres las 24 horas del día, es algo que está en ti, no que va contigo.

Pero no sólo debemos amar a Dios: debemos amar a los demás como a nosotros mismos. Que breve se dice y lo que a veces nos cuesta querer a los demás. Debemos promover entre todos la cultura del amor, donde todos podamos sacar lo mejor que tenemos de nosotros mismos.

PARA HACER VIDA EL EVANGELIO

  • ¿Conoces a alguna persona o grupo de personas que necesiten ser amadas por los demás, que sufren por no ser queridas?
  • Jesús resumió la fe en estos dos mandamientos, ¿crees que es complicado entender lo que supone ser creyente?
  • Escribe un compromiso que puedas hacer para que esas personas que no se sienten queridas por los demás puedan darse cuenta de que tú estás con ellas.

ORACIÓN

Te quiero por quererme, Señor.
Te quiero porque me haces la vida más bonita.
Te quiero porque un día
decidiste llamarme.
Te quiero porque tu amor
me hace amoroso.
Te quiero porque Tú me invitas
a aceptarme.
Te quiero porque Tú me enseñas
a quererme.
Te quiero porque Tú dinamizas
mi crecimiento.
Te quiero porque Tú me impulsas
a entregarme.
Te quiero por tantas personas
que has puesto en mi camino.
Te quiero porque me enseñas
a quererles.
Te quiero por todo lo que ellas
me complementan.
Te quiero por todo lo que puedo
entregarles.

¡Te he dicho que Te quiero!

Te quiero por quererme, Señor.
Te quiero porque me haces la vida más bonita.
Te quiero porque un día decidiste llamarme.

Te quiero porque tu amor
me hace amoroso.

Te quiero porque Tú me invitas a aceptarme.
Te quiero porque Tú me enseñas a quererme.
Te quiero porque Tú dinamizas mi crecimiento.
Te quiero porque Tú me impulsas a entregarme.

Te quiero por tantas personas
que has puesto en mi camino.
Te quiero porque me enseñas a quererles.

Te quiero por todo lo que ellas me complementan.
Te quiero por todo lo que puedo entregarles.

Te quiero por el mundo que soñamos juntos.
Te quiero porque cuentas conmigo para construirlo.
Te quiero porque siento tu fuerza en mis entrañas.
Te quiero porque cada mañana me pones en camino.

Te quiero porque me quieres,
porque te quiero y nos quieres.

Te quiero por este corazón
que me has dado,
que ama con pasión y necesita
ser amado,
y no descansará hasta que deje brotar todo el amor
que Tú has puesto dentro de cada uno de nosotros.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el Evangelio – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

• «Los fariseos» (34) ponen a prueba a Jesús. Y lo hacen con lo que dominan: la letra de «la Ley» (36). A los fariseos, Jesús les ha recriminado que cumplan formalmente las normas de la Ley, y que subordinen las cosas más importantes de la Ley a sus propias tradiciones (Mt 15,6; 23,13-33; Lc 12,1).

• La respuesta de Jesús a la pregunta sobre los mandamientos (37 y 39) comienza con un texto (37) que todos los judíos conocían de memoria (Dt 6,5). Es la afirmación que el amor a Dios está por encima de todo y debe comprometer a la persona en todas sus dimensiones -esto es lo que se expresa con «corazón», «alma», «ser» (37)-. Pero Jesús sigue y añade el amor al prójimo unido inseparablemente al amor a Dios (39). Lo hace citando Lv 19,18, un escrito citado en otras ocasiones en el Nuevo Testamento (Mt 5,43; 19,19; Rm 13,9; Ga 5,15 y Jm 2,8).

• «La Ley y los Profetas» (40) es una expresión que equivale a todo el Antiguo Testamento. Cuando se dice esto se está hablando de lo que tiene valor normativo. «La Ley» designa el Pentateuco y «los Profetas», en un sentido amplio, son todos los demás libros del Antiguo Testamento. Jesús está diciendo que los mandamientos del amor a Dios y a los demás estaban ya presentes en la Ley de Moisés. La novedad de la afirmación de Jesús consiste en el hecho de ponerlos a los dos en una relación tan directa y en convertirlos en el fundamento de la Escritura (Rm 13,10).

• La intención de fondo de Mateo, expresada en el versículo conclusivo (40), es presentar a Jesús mismo como el que lleva la Ley a su plenitud (Mt 5,17). La plenitud no se alcanza por el cumplimiento de la norma sino por la iniciativa de él, de su amor, de su don. Él es la plenitud de la Palabra de Dios entre nosotros (Jn 1,14).

• Este Evangelio del «mandamiento principal» (36) viene precedido -en la misa de este domingo- de un fragmento del libro del Éxodo (Ex 22,20-26) que recuerda algunos mandamientos de la Ley de los que inciden más en los pobres y desvalidos. La Ley ha sido dada por Dios para favorecer a los más pobre

Esto pone un acento importante al pasaje de Mateo. Amar a Dios y a los demás se verifica en el amor a los pobres, en la opción preferencial por los pobres, al tenerlos en cuenta para cualquier decisión-actuación.

* Las disputas de Jesús con sus adversarios no son ningún diálogo. Ya tienen decidido que lo quieren matar. A propósito de esta actitud de los fariseos -que no se acercan a Jesús para dialogar sino para «ponerlo a prueba» (35)- podemos cuestionamos sobre nuestras reuniones alrededor del nuevo Templo que es Jesús: nuestras reuniones para celebrar la Eucaristía o para hacer revisión de vida, por ejemplo, y cualquier otra reunión de las que participamos en los ambientes en que vivimos, trabajamos y actuamos. Jesús está en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre (Mt 18,20). Está presente por su propia iniciativa. Está presente a pesar de las dificultades. Pero no reconoceremos nunca su presencia si, como los fariseos o los saduceos hicieron con Jesús, nos acercamos a los demás para «ponerlos a prueba», tendiéndoles trampas.

* Los fariseos, desde el momento en el que adoptan la actitud de «ponerlo a prueba», se incapacitan a sí mismos para reconocer en Jesús la presencia de Dios. Sin embargo, Jesús no renuncia a anunciarles la Buena Noticia: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Cuando nosotros nos reunimos en el movimiento o en la parroquia y vamos encontrando a éste o a aquél que nos caen más o menos bien y, también, a aquellos otros con los que no compartimos gran cosa o, incluso, a los que nos despiertan antipatía, estamos invitados a adoptar actitudes nuevas: diálogo, escucha, acogida… a pesar de las discrepancias. Nunca a «poner a prueba» o a hacer comen- tarios para tentar. Sólo así podremos escuchar a aquel que, a pesar de todo, hablará por propia iniciativa. Y nos daremos cuenta de que habla para todo el mundo, para los demás y para mí. Que a unos y a otros nos ofrece la Buena Noticia del amor de Dios. Y a unos y a otros nos interpela, nos cuestiona, con el fin de mover los corazones a conversión y de poner las vidas en acción testimonial en medio del mundo.

Comentario al evangelio – Jueves XXIX de Tiempo Ordinario

Qué diferente el Jesús del Evangelio de hoy con tantas predicaciones que insisten en presentar la imagen de un Jesús tan dulce y tan suave, que “no mata ni una mosca”. El Jesús del Evangelio es un hombre apasionado por el Reino de su Padre y un hombre que no ha venido a traer un mensaje adormecedor a sus seguidores, sino a despertarlos a la fuerza irrefrenable y transformadora del amor. Por supuesto que Jesús no quiere la división de las familias ni de la sociedad, pero sabe que, cuando una persona se encuentra de verdad con Él, no queda indiferente: su vida se transforma y sus valores le llevan a luchar por lo que considera valioso, al punto de cuestionar incluso tradiciones y lazos que perecían tan sagrados e incuestionables como son los familiares. El Evangelio es una luz que todo lo ilumina; su claridad trae nuevos criterios de vida y, si los tomamos en serio, se convierten en un fuego que nos purifica de lo que no sirve y enciende en nosotros procesos de vida abundante al servicio del Reino de Dios

¿Has sentido ese fuego dentro de tu vida? No se puede ser cristianos de verdad sin estar poseídos por este fuego, y no me refiero a un carácter apasionado o a un temperamento impulsivo que muchas veces arrasa con la vida de las personas provocando daño y división sin más. Me refiero al fuego del amor que tiene su origen en el perdón que recibimos, en la alegría de saber que Dios nos busca cuando nos creíamos perdidos, en la confianza de saber que Él nunca nos ha abandonado y en la fortaleza de contar con el amor de Aquel que se entregó hasta el extremo por nosotros. Cuando este fuego enciende su llama en nuestro interior se convierte en luz para nuestros pasos y deja al descubierto todo aquello que se opone al Reino de Dios para denunciarlo y transformarlo. No se trata de un fuego violento y vengativo, sino de un fuego que ofrece calor, luz y aliento de vida a toda costa.

¿Quieres vivir encendido en ese fuego? No olvides la frase de los discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32). Deja que la escucha de su Palabra encienda ese fuego en tu corazón.