Santoral 22 de octubre

SAN PABLO DE LA CRUZ, presbítero y fundador († 1775) (Su fiesta, el 19)

La vida de San Pablo de la Cruz es un torbellino de tentaciones y un abismo de mortificaciones. Unos días antes de morir, sus discípulos, a los que ha dado vida con su vida y le siguen ya como religiosos pasionistas, le piden un favor:

—»Padre, por favor, déjenos su corazón como herencia». Y él:

—»Mi corazón—dice apretándolo sobre su pecho—Este corazón no merece mas que desprecios de todo el mundo. Que lo echen a los buitres, que lo abrasen y lo vuelvan cenizas y lo arrojen al viento. ¡Miserable corazón que no ha aprendido aún a amar a Dios! «. 

Antes había dicho en un éxtasis de amor y en uno de aquellos arrebatos que eran bastantes frecuentes: «Necesito un océano; quiero sumergirme en un océano de fuego y de amor; quiero convertirme en rescoldo de amor; quiero poder cantar en la hoguera del amor increado, precipitarme en la magnificencia de sus llamas, perderme en su silencio, abismarme en el todo divino»… 

Este hombre, ahora ya maduro en años, era así desde niño. Había nacido el 3 de enero de 1694 en Ovada, de la provincia italiana de Génova, de padres honrados y buenos cristianos. Su padre, Lucas Danei, hombre de gran fe y ejemplar vida, se ve obligado a corregir a su pequeño Pablo Francisco sus excesos en su vida de sacrificio impropia del todo de un niño y un joven de su edad. De hecho pasa ya largas horas entregado a la oración; pasa días sin comer ni beber y tortura sus tiernas carnes con instrumentos de mortificación. 

Hasta los veintiséis años se dedica a formarse a la vez que ayuda a su padre en las tareas de su modesto comercio. Después de meditarlo muy seriamente se entrega a Dios de lleno y viste un hábito que le ha mostrado en un sueño la Virgen Dolorosa: De negro, llevando en el pecho un corazón rematando con una crucecita y este letrero: Jesu XPI PASSIO, en letras blancas. Será aún hoy el escudo de la Congregación Pasionista fundada por el, sobre todo, para dar culto a la Pasión del Señor, como instrumento de nuestra salvación. 

San Pablo de la Cruz ha sido un gran enamorado de la Cruz y de los padecimientos de Cristo que siempre ha tratado de imitar. Su rica espiritualidad se cifra en la verdad, eterna e inmutable anunciada por San Pedro: Cristo sufrió por nosotros para que sigamos sus huellas. La santidad que se inspira en la Pasión y Muerte de Cristo, en su Cruz, es la mas grande, la mas genuina, la mas preciosa, la deseada por Dios. 

El Papa Benedicto XIII le había ordenado sacerdote el 1727 y, pasado algún tiempo, se retiró al monte Argentario, en la Toscana italiana, donde maduró su vocación definitiva de fundador de uno de los mas glorioso Institutos de la Iglesia de los tiempos modernos. La vida de Pablo de la Cruz—que así se llamará para siempre—es sencilla y a la vez profundamente extraordinaria: Se retira a la soledad y se despoja de todo aquello que pueda distraerle de su entrega total a Jesucristo. Empieza a gozar de gracias místicas y profundiza en la vida contemplativa, sobre todo, en la faceta del amor sin medida como correspondencia al que tan grande nos ha tenido Jesucristo padeciendo y muriendo por nosotros en la Cruz. 

Pablo de la Cruz quiere cargar sobre su cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo y empieza su vida de terribles mortificaciones. Casi parece imposible como un cuerpo humano sea capaz de poder resistir tanto tormento. 

Además de su vida contemplativa por excelencia se entrega también a la vida activa o de apostolado, el más fogoso de su tiempo. El no puede sufrir que se condenen las almas, que se extienda el mal y hace cuanto puede para atajarlo. Agotado, gastado por Cristo y las almas, expira santamente el 18 de octubre de 1775. Tenia 81 años de edad. Pío IX lo canonizó. Su obra la continúan sus hijos.

 

Otros Santos de hoy: Eusebio, Alejandro, Felipe, Heraclio, Alodia.

Justo y Rafael Mª López-Melús