Amor, defensas y sustitutos

La pregunta que los fariseos formulan a Jesús no era ociosa: por una parte, se trataba de una cuestión debatida entre ellos y, por otra, parecía necesario establecer una cierta jerarquía entre la jungla de normas que los propios fariseos habían desarrollado al comentar la Torá.

La respuesta de Jesús se enmarca dentro de la ortodoxia tradicional: el primer mandamiento para un judío es el famoso Shemá Israel (“Escucha, Israel”), tal como fue recogido en el Libro del Deuteronomio (6,4-9). En su respuesta, Jesús une el Shemá Israel con el amor al prójimo. Lo que hace es anudar dos textos de la Torá: Deut 6,4-5 y Lev 19,18. Sin embargo, tampoco esta unión sería completamente original de Jesús, ya que su propio interlocutor –otro rabino– la reconoce del mismo modo.

No es casual que diferentes tradiciones sapienciales, de un modo u otro, establezcan el amor como “el mandamiento más importante”. Porque tal “mandamiento” no depende de alguna voluntad arbitraria, sino que es expresión de la naturaleza de lo real. Al afirmar que el amor es “lo más importante” no se hace sino reconocer la unidad profunda de lo real, la no-separación de todo lo que es. Porque eso es el amor, no un sentimiento o emoción, sino la certeza de que no existe nada separado de nada, por lo que todo lo que hago a alguien o a algo me lo estoy haciendo a mí. Y es aquí justamente donde se enraíza la llamada regla de oro, presente en todas las tradiciones espirituales: “No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti” o “trata a los demás como desearías que ellos te tratasen a ti”.

Lo que ocurre es que, al querer amar, solemos encontrar no pocas resistencias. Por un lado, el amor humano es reactivo. Eso significa que, cuando no nos hemos sentido amados de un modo incondicional, nuestra propia capacidad de amar ha podido quedar bloqueada y nosotros mismos atrapados en diferentes mecanismos de defensa, al tratar de protegernos del sufrimiento generado por aquella carencia. Por otro, el miedo a darnos o entregarnos suele hacer que nos defendamos del amor, prefiriendo permanecer en nuestra zona de confort.

A raíz de una parábola de Jesús, hace unas semanas comentaba que, en el nivel profundo, la realidad es como la fiesta de un banquete de bodas. Sin embargo, al no verla así –porque estamos alejados de aquella profundidad–, podemos pensarla como un castigo, un absurdo –“pasión inútil” la llamó algún filósofo existencialista–, una prueba o un aprendizaje. Y al alejarnos de aquella misma profundidad que es plenitud, buscamos sustitutos de la fiesta, para entre-tenernos –necesita entretenerse el que no se “tiene” a sí mismo–, en un intento desesperado de evitar la superficialidad y el vacío. 

Cuando desconectamos del amor –entendido como certeza de no separación–, nos alejamos de nosotros mismos y, en el mismo movimiento, de la vida que somos. Tal vez necesitemos recorrer el camino que nos permita mantener una cercanía amorosa con nosotros mismos y con toda la realidad, en la certeza de que somos uno con todo lo que es.

¿Amo o me distancio?

 

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Luz que te entregas!
¡Luz que te niegas!
A tu busca va el pueblo de noche:
alumbra su senda.

Dios de la luz, presencia ardiente
sin meridiano ni frontera:
vuelves la noche mediodía,
ciegas al sol con tu derecha.

Como columna de la aurora,
iba en la noche tu grandeza;
te vio el desierto, y destellaron
luz de tu gloria las arenas.

Cerró la noche sobre Egipto
como cilicio de tinieblas,
para tu pueblo amanecías
bajo los techos de las tiendas.

Eres la luz, pero en tu rayo
lanzas el día o la tiniebla;
ciegas los ojos del soberbio,
curas al pobre su ceguera.

Cristo Jesús, tú que trajiste
fuego a la entraña de la tierra,
guarda encendida nuestra lámpara
hasta la aurora de tu vuelta. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: Col 1, 2b-6b

Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El amor no lleva cuentas del mal; amar es cumplir la ley entera.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El amor no lleva cuentas del mal; amar es cumplir la ley entera.

PRECES
Demos gracias al Señor, que ayuda y protege al pueblo que se ha escogido como heredad, y, recordando su amor para con nosotros, supliquémosle, diciendo:

Escúchanos, Señor, que confiamos en ti.

Padre lleno de amor, te pedimos por el Papa, y por nuestro obispo:
— protégelos con tu fuerza y santifícalos con tu gracia.

Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo,
— para que así tengan también parte en su consuelo.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Dígnate dar y conservar los frutos de la tierra,
— para que a nadie falte el pan de cada día

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten, Señor, piedad de los difuntos
— y ábreles la puerta de tu mansión eterna.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXIX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 13,1-9
En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.» Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: `Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala; ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’ Pero él le respondió: `Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.’»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos proporciona informaciones que encontramos sólo en el evangelio de Lucas y no tienen pasajes paralelos en otros evangelios. Estamos meditando el largo caminar de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén, que ocupa casi la mitad del evangelio de Lucas, desde el capítulo 9 hasta el capítulo 19 (Lc 9,51 a 19,28). Es aquí donde Lucas coloca la mayor parte de la información que tiene sobre la vida y la enseñanza de Jesús (Lc 1,1-4).
• Lucas 13,1: El acontecimiento que pide una explicación. “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con la de sus sacrificios.”. Cuando leemos los periódicos o cuando asistimos al noticiario en la TV, recibimos muchas informaciones, pero no siempre evaluamos todo su significado. Escuchamos todo, pero no sabemos bien qué hacer con tantas informaciones y noticias. Noticias terribles como el tsunami, el terrorismo, las guerras, el hambre, la violencia, el crimen, los atentados, etc. Así fueron a llevar a Jesús la noticia de la terrible masacre que Pilatos, gobernador romano, hizo con algunos peregrinos samaritanos. Noticias así nos incomodan. Nos derriban: ¿Qué puedo hacer?” Para apaciguar la conciencia, muchos se defienden y dicen: “¡Es su culpa! ¡No trabajan! ¡Es gente llena de prejuicios!” En tiempo de Jesús, la gente se defendía diciendo: “¡Es un castigo de Dios por sus pecados!” (Jn 9,2-3). Desde hace siglos se enseñaba: “Los samaritanos no valen. ¡Siguen una religión equivocada!” (2Re 17,24-41)!
• Lucas 13,2-3: La respuesta de Jesús. Jesús tiene otra opinión. «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”. Jesús ayuda a las personas a leer los hechos con otros ojos y a sacar una conclusión para su vida. Dice que no fue castigo de Dios. Por el contrario: “Y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” y procura alertar hacia la conversión y el cambio.
• Lucas 13,4-5: Jesús comenta otro hecho. “O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?” Debe haber sido un desastre muy comentado en la ciudad. Una tormenta derribó la torre de Siloé y mató a dieciocho personas que se estaban abrigando debajo. El comentario normal era: “¡Castigo de Dios!” Jesús repite: “No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo «. Ellos no se convirtieron, no cambiaron, y cuarenta años después Jerusalén fue destruida y mucha gente murió asesinada en el Templo como los samaritanos, y mucha más murió debajo de los escombros de las murallas de la ciudad. Jesús trató de prevenir, pero no escucharon la petición de paz: “¡Jerusalén! ¡Jerusalén!” (Lc 13,34). Jesús enseña a descubrir las llamadas que vienen de los acontecimientos de la vida de cada día.
• Lucas 13,6-9: Una parábola para que la gente piense y descubra el proyecto de Dios. » Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: `Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala; ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’ Pero él le respondió: `Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.” Muchas veces la viña es usada tanto para indicar el cariño que Dios tiene hacia su pueblo o como falta de correspondencia de parte de la gente hacia el amor de Dios (Is 5,1-7; 27,2-5; Jr 2,21; 8,13; Ez 19,10-14; Os 10,1-8; Mq 7,1; Jn 15,1-6). En la parábola, el dueño de la viña es Dios Padre. El agricultor que intercede por la viña es Jesús. Insiste con el Padre para alargar el espacio de la conversión.

4) Para la reflexión personal

• El pueblo de Dios, la viña de Dios. Yo soy un pedazo de esta viña. Me aplico la parábola de la viña. ¿Qué conclusiones saco?
• ¿Qué hago con las noticias que recibo? ¿Trato de tener una opinión crítica, o sigo la opinión de la mayoría y de los medios de comunicación?

5) Oración final

¿Quién como Yahvé, nuestro Dios,
con su trono arriba, en las alturas,
que se abaja para ver el cielo y la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza al pobre del estiércol. (Sal 113,5-7)

Escucha, Israel

1.- «Esto dice el Señor: No oprimirás ni vejarás al forastero» (Ex 22, 21) Dios da leyes a su pueblo. Él se ha comprometido a llevarlos hasta la tierra prometida, les ha librado de la dura esclavitud de los egipcios y luchará junto a ellos en la conquista de la tierra que les espera. Pero a cambio les exige fidelidad. Y entre esas disposiciones pactadas destaca la de no oprimir ni despreciar a los extranjeros, a los emigrantes. A ellos se refiere el texto sagrado de modo particular. A esa pobre gente que ha dejado abandonada a su familia, desarraigados de su patria, lejos de los suyos, en medio de un ambiente extraño y a menudo hostil y difícil.

Porque también ellos, los hebreos, han vivido fuera de su tierra y Dios los ha librado de la opresión humillante de la esclavitud. Y cada uno de nosotros, aunque de otro modo, también éramos esclavos y hemos recibido la libertad como don precioso que Dios nos ha concedido. Y no podemos mirar a nadie con desprecio, aunque sea a un pobre hombre de fuera, rumano, marroquí o ecuatoriano que viene a nuestra tierra porque en la suya es difícil vivir.

«No explotarás a viudas ni a huérfanos…» (Ex 22, 22) Dios sigue preocupándose de los débiles, de los indefensos, de los fácilmente explotables. Son figuras perennes. La viuda de fácil manejo, víctima propicia para el engaño y la seducción. El huérfano abandonado también a su suerte, tantas veces despojado. No es verdad que Dios rechace a los ricos por el mero hecho de serlo, ni que acoja al pobre sólo porque lo es. Pero sí es cierto que Dios rechaza al rico que lo es sólo para sí, al que no hace justicia, al que no practica con obras el amor a los demás. Como también es cierto que desvía sus ojos del pobre que tiene su corazón cargado de odio, o que es pobre porque también es perezoso y vago, o que se desespera en su pobreza y no lucha por salir de ella, al mismo tiempo que levanta confiado su mirada a Dios.

Dios baja a detalles: «Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero cargándole de intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo… Si grita a mí yo lo escucharé, porque soy compasivo», dice el Señor.

2.- «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador» (Sal 17, 2-3) Los sentimientos más íntimos del poeta afloran a veces en sus palabras. Hoy su amor a Dios rebosa encendido, vertiéndose en exclamaciones de gozo. Y, como siempre, vamos a tratar de hacer nuestras sus propias plegarias, vamos a repetir al Señor que le amamos con todo el alma. A pesar de nuestra miseria y pequeñez, de nuestra frialdad y nuestro egoísmo, digamos también: «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora».

Son expresiones que reflejan una gran confianza, persuasión de que él es la fuente y el origen de todo, mientras que nosotros somos menos que nada. No obstante, el Señor se complace en nuestra profesión de amor, en especial si va acompañada de un sincero arrepentimiento por haberle ofendido y del firme propósito de no ofenderle nunca más.

«Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos» (Sal 17, 4) Todos los nombres y títulos, dados por el hagiógrafo a Dios en este salmo, ponen el acento en su condición de protector y de bienhechor supremo. El salmista está convencido de que Yahvé le librará de sus enemigos por poderosos que sean, que le ayudará por muchas que sean las dificultades que se presenten.

Lo mismo hemos de pensar cada uno de nosotros. Dios nos librará de todo mal si acudimos confiados a él, si nos llegamos hasta su presencia para decirle que le necesitamos, que nos sentimos solos, que sufrimos quizás en lo más íntimo de nuestro ser. El Señor nos escuchará si humildemente le rogamos que tenga misericordia de nosotros, que se compadezca de nuestra miseria y pequeñez.

Si lo hacemos así, veremos cómo Dios se pone a nuestro lado, para sostenernos en la prueba, para animarnos en la lucha, para darnos al fin la victoria. Entonces, también con el salmista podremos exclamar: «Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido».

3.- «Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros, para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor» (1 Ts 1, 5) El Apóstol se remite a los acontecimientos que ellos han presenciado, a las obras que este gran evangelizador ha realizado entre los de la ciudad de Tesalónica. No les recuerda sus palabras, aquellos inspirados sermones que él predicaba, nos les dice que tengan presente su profunda doctrina. Él recurre a sus obras, a su conducta ejemplar como principal testimonio, como argumento decisivo.

San Pablo hizo lo mismo que el Señor: empezó por actuar y pasó luego a predicar. Y eso es lo que hemos de hacer los que somos cristianos, y más los que tenemos la misión sacrosanta de proclamar el mensaje evangélico. Primero vivir como cristianos, como sacerdotes de Jesucristo, y luego hablar a los demás de esa fe que nos mueve y que nos sostiene. Y ante nuestra propia limitación, recurramos una vez más al Señor para pedirle que nos ayude a ser consecuentes con nuestra condición de hijos de Dios, de testigos convincentes de Jesucristo

«Desde vuestra comunidad, la Palabra del Señor ha resonado…» (1 Ts 1, 8) Tesalónica fue una caja de resonancia en donde encontró eco el mensaje salvador de Cristo. Y desde allí se extendió la onda sonora hasta llegar no sólo a Macedonia, sino hasta toda la Acaya y mucho más lejos aún. Era tal la vida de aquellos primeros cristianos, tal su fe y, sobre todo, tal su amor y su conducta, que su buena fama corría de boca en boca.

Caja de resonancia, altavoz de alta fidelidad y potencia que lanza a los aires las notas alegres del amor cristiano, de la comprensión y la paz, de la lucha por el bien… Dios cuenta con nuestra cooperación sincera y generosa para difundir ese nuevo estilo de vida. Ante todo, repito, con nuestra vida honesta y entregada, sin regateo ni cuquería, con el cumplimiento amoroso y esmerado del pequeño deber de cada instante. Sólo así este mundo, contaminado y sucio de tanto ruido estridente, se llenará con el sonido limpio y gozoso de la Palabra de Dios.

4.- «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón» (Mt 22, 37) Llevados de un afán de cumplir meticulosamente la Ley, sus estudiosos e intérpretes habían multiplicado los preceptos y normas. Con razón diría San Pedro que no podían imponer a los gentiles un yugo, que tampoco ellos, los judíos, conseguían sobrellevar. Y dentro de esa multiplicidad de mandatos, se discutía también sobre cuál era el principal. Por eso acuden al Rabí de Nazaret, para ver cuál es su sentencia. Pero el Señor zanja la cuestión recurriendo a ese pasaje del Deuteronomio, que los israelitas se sabían, y se saben, de memoria, la oración llamada «Shemá», por ser así como comienza en hebreo: Escucha. Es una llamada de atención que los judíos procuran tener siempre presente, incluso de una manera física, enrollada en un pedazo de papel o de pergamino y metida en una cajita, la «mezuzah», que se atornilla en sitio visible o se sujeta en la frente, delante de los ojos. Y como ése, usan otros curiosos recursos para no olvidarse de que Yahvé es nuestro Dios, y que es uno solo, y que a él hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

Pero Jesús, aunque no había sido preguntado sobre eso, añade que el segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo. Es un modo de aclarar y recordar que no se puede amar a Dios si no se ama también al prójimo. Decir lo contrario es una mentira. Así lo especifica San Juan cuando afirma que quien dice amar a Dios y no ama a su hermano es un embustero. Es evidente, la dimensión vertical y trascendente es esencial en el mensaje evangélico, hasta el punto de que si se prescinde del amor a Dios, todo lo demás no sirve para nada… Pero al mismo tiempo hay que atender a la vertiente horizontal, pues la proyección hacia el hombre, complementa ese mensaje proclamado por Jesucristo. Es como si ese símbolo de la cruz, nos recordara no sólo la muerte de Cristo, sino también el modo como ha de vivir el cristiano. Levantando hacia arriba el corazón y la mente, teniendo los brazos abiertos para quienes le rodean. Sólo así la cruz está completa, con los dos trazos, el vertical y el horizontal, bien marcados.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXIX de Tiempo Ordinario

En cierta ocasión, refiere san Lucas, se presentaron a Jesús unos judíos para contarle lo que les había sucedido a unos galileos que, estando ofreciendo sacrificios, hallaron la muerte asesinados por Pilato. ¿Para qué le presentan este caso? Tal vez para ponerlo a prueba o simplemente solicitando su juicio. Es entonces cuando Jesús les contesta: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y añade, abundando en el tema: Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Jesús parece desmarcarse de la mentalidad de sus contemporáneos judíos, que solían pensar que el final de una persona era consecuencia directa de su estado moral. El pecado –pensaban ellos- acarrea el mal como castigo, que se puede presentar en forma de desgracia voluntariamente provocada, como el asesinato a manos de un gobernador sin escrúpulos o temeroso de una revuelta, o en forma de desgracia casual o involuntaria como el desplome de una torre que aplasta a los que se hallan en sus inmediaciones. Del mismo modo que la lepra era una maldición para los leprosos, así también la muerte de aquellos galileos o de estos accidentados.

En el caso de los galileos, el mal (privación de la vida) es causado por el hombre; en el caso de los aplastados por la torre, el mismo mal (privación de la vida) se presenta como una desgracia sin causa aparente, aunque puede que detrás del accidente haya también negligencias humanas, como la de quienes no corrigieron o avisaron del deterioro de esa edificación ruinosa. En cualquier caso, ven una correlación directa entre el pecado cometido y el mal padecido. La mentalidad religiosa difícilmente puede liberarse de esta correlación entre el mal moral (pecado) y el mal físico (desgracia), porque imagina que todo pecado ha de tener su correctivo. El castigo o correctivo vendría en cierto modo a sanar la marca o la servidumbre dejada por el pecado. De ahí la expiación y la penitencia, siempre tan ligadas al sufrimiento.

Pero Jesús, en su respuesta, desconecta esta correlación que se establece entre el pecado y el mal sufrido, de modo que a los que perecen en unas muertes como las reseñadas habría que aplicarles el calificativo de pecadores por encima de los demás. También los justos y los inocentes sufren y mueren a manos de poderosos sin escrúpulos y a consecuencia de accidentes (culpables o inculpables) y desgracias que no son achacables a ningún humano. El libro de Job es testigo de tales sufrimientos.

Esos galileos no eran más pecadores que los demás porque acabaran así. Tampoco los aplastados por la torre de Siloé. ¿Por qué acabaron así? Jesús no responde a esta pregunta. Acabaron así por causas diversas y porque Dios lo permitió, como permite la muerte de tantos otros seres (humanos) mortales. Acabaron así, porque el hombre es mortal y frágil, y de alguna forma tiene que morir. Y acabaron así porque existe la maldad (egoísmos, odios, homicidios, guerras, injusticias, agresiones) en el mundo, que también es causa de muerte para los humanos. Pero Jesús añade algo más: y si no os convertís, pereceréis lo mismo.

La noticia de tales hechos resulta una ocasión propicia para llamar a la conversión que es lo que, a juicio de Jesucristo, realmente importa. Y conversión es dar el fruto que de nosotros se espera, el fruto que de nosotros espera el que nos plantó, como a la higuera de la parábola. Porque, a propósito de la conversión, Jesús cuenta una parábola que habla del labrador que va a buscar fruto en su higuera y no lo encuentra. Y lo sigue buscando durante tres años. Y la higuera sigue sin dar fruto. Y ya toma la decisión de cortarla, porque está ocupando terreno en balde. Y el viñador interviene y le dice que espere un año más a ver si a base de cavarla y abonarla logra que dé algún fruto. Pero si al cabo de un año sigue estéril, se cortará.

Es una alegoría de la vida humana, que ha sido plantada en el mundo para que dé frutos. Permanecer estéril es ocupar un terreno en balde. Si pasan los años y no damos fruto, lo normal es que el que nos plantó decida cortarnos. En el caso del hombre, el que se beneficia de tales frutos no es propiamente el dueño de la tierra, que no tiene necesidad de ellos, sino otros hombres y el mismo hombre que fructifica y que ha sido creado para eso. No realizar este designio es quedarse baldío. Y nada hay más triste que la esterilidad, en el sentido más radical del término: esterilidad de frutos, no de hijos.

Jesús hace coincidir, por tanto, la conversión con la fructificación. Convertirse es dejarse labrar, abonar, regar y dorar por el sol; porque sólo así podremos dar el fruto que se espera de nosotros. Arrancar la vida del suelo vital también se hace depender de la decisión del dueño de la misma. Pero no hemos de sacar falsas consecuencias. No todo el que sufre una muerte prematura muere por resistirse a dar fruto y no todo el que muere tras haber vivido una larga vida muere tan tarde porque no ha dejado de dar fruto y Dios lo ha mantenido en vida para beneficio de los demás. Hay mártires que han entregado la vida a edad muy temprana y estaban colmados de frutos, y hay quienes mueren a una edad muy longeva y apenas pueden presentar frutos valiosos. La suerte de nuestra vida con su fenecer forma parte de los ocultos designios de Dios.

Lo que sí hemos de saber es que estamos en este mundo para dar fruto, un fruto buscado por Aquel que lo reclama como Dueño de esa plantación. Y la donación del fruto exige en muchos casos, si no en todos, la conversión. Tales frutos deberán llevar la marca de lo humano y de lo cristiano, al menos para los que hemos recibido el bautismo y la nueva vida de los hijos de Dios, para los que disponemos del Espíritu Santo que fructifica en frutos de santidad: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad; pues tales son los frutos del Espíritu Santo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Unidad de ambos Testamentos

16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.

¿Cuáles son nuestros ídolos?

1. La idea que une la primera y tercera lecturas, de este domingo es el amor al prójimo. Un amor que debe ser eficaz, un amor que, por lo mismo, debe verse en obras.

Según el Nuevo Testamento el amor a Dios se manifiesta amando al prójimo. Recordemos que san Juan, en su primera Carta, nos dice que el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, miente descaradamente. San Agustín llega a decir que “el primer precepto consiste en el amor de Dios, pero en tus actos debes comenzar por el amor del prójimo”. En la primera lectura de este domingo, Dios viene a declarar que El es compasivo y saldrá a defender al oprimido, al explotado, al exprimido y sufriente, porque lo hecho al prójimo es hecho a Dios y El se da por agraviado u honrado en el prójimo.

2. Cuando le preguntan a Jesús, la última semana antes de su muerte, si hay o no resurrección, los saduceos descubren que Jesús no tiene mentalidad saducea. Ahora los fariseos quieren saber si Jesús simpatiza con sus ideas o no. Le preguntan acerca del mandamiento principal de la Ley, cuestión que era punto esencial de discusión entre fariseos y saduceos. Jesús responde como había respondido el rabino fariseo Hillel (aunque sin citar su nombre) y hasta con la frase de Hillel que significaba que la Ley se resumía en el amor a Dios y al prójimo. San Pablo hará más expresa la idea diciendo que el que ama ha cumplido ya toda la Ley. Y san Agustín de Hipona, en la misma línea, acuñará la idea resumen de “ama y haz lo que quieras”.

3. Ya en el Antiguo Testamento existía la obligación de amar al prójimo, pero entendiendo como prójimo solamente a otro israelita. Para Jesús “prójimo” es todo aquel que está a mi alrededor, sin limitación de raza, religión, cultura o sexo; es mi prójimo sea bueno o malo, sea amigo o enemigo. Eso era tan novedoso que el evangelista Juan llega a denominarlo “un mandamiento nuevo”.

La idea clave está en que la Ley entera –seiscientos quince mandamientos– es resumida por Jesús en “amar”, en amarnos los unos a los otros como Dios nos ha amado. Así que, según Jesús, no podemos hace esas distinciones que tanto nos gustan entre “dimensiones” verticales y “dimensiones” horizontales de nuestras relaciones. Si Dios se ha hecho carne, el hombre no puede separar lo que Dios ha unido, y amar a Dios es amar al prójimo.

Como manifestación de ese mandamiento de amar al prójimo, la primera lectura de este domingo recalca: No exprimirás, no oprimirás y “si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero exigiéndole intereses”, una frase que quisiéramos subrayar.

La usura, en su definición primera, era el hecho de pedir intereses por el dinero prestado. Aprovechar la necesidad de un prójimo para obtener ganancias. De tal manera lo entendió así la Iglesia que, hasta siglo XVIII, consideró a la banca como una profesión pecaminosa, y eso porque el Evangelio nos manda prestar sin esperar nada a cambio. No nos interesa si el comercio, la economía o el capitalismo consideran buena la práctica de exigir intereses a quien nos pide prestado en un momento de necesidad, tal cosa ni es cristiana ni evangélica, sino todo lo contrario.

4. En la segunda lectura, san Pablo se hace lenguas de que los habitantes de Tesalónica habían abandonado a los ídolos y se habían vuelto a Dios. La “fe en Dios” es “volver a Dios abandonando los ídolos”. Con ello la comunidad cristiana se ha convertido en un modelo moral “para todos los creyentes”. La comunidad ha acentuado la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo.

¿Podría el Apóstol decir lo mismo acerca de nosotros? ¿Cuáles son nuestros ídolos? ¿El dinero, el poder, el prestigio? ¿Estamos dispuestos a abandonarlos para volvernos a un Dios que es amor y que quiere que lo amemos en el prójimo nuestro? ¿Hemos llegado al extremo de agarrar de pretexto a Dios para no abandonar el culto a nuestros ídolos?

Antonio Díaz Tortajada

Hermanos de todos

1.- En el evangelio del domingo pasado observamos cómo los fariseos quieren comprometer a Jesús para que responda si hay que obedecer a Dios o al Estado. Jesús aclara que la obediencia a Dios no impide los derechos de los ciudadanos. En esta misma línea, los fariseos vuelven al ataque, «para ponerlo a prueba» con esta pregunta: «¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Ellos eran celosos cumplidores, al menos aparentemente, de las 613 leyes prescritas para todo buen judío.

Jesús responde con las palabras del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser» (Dt. 6,5), es decir con las tres facultades que definen la persona humana. Todo judío, según este texto, debía poner estas palabras en la frente, atarlas en su mano, escribirlas en las jambas de su casa.

La novedad de Jesús es asemejar este mandamiento primero al segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estas palabras aparecen ya en el capitulo 19 del libro del Levítico para evitar la venganza y el rencor contra «los hijos de tu pueblo». Jesús amplia este amor también hacia el extranjero, e incluso al enemigo. No por casualidad en el evangelio paralelo de Lucas viene a continuación la explicación de qué entiende Jesús como prójimo en la parábola del Buen Samaritano. Jesús no invita a ir en contra de la Ley, sino a situarnos más allá de ella, por encima de ella.

2.- Los fariseos habían deformado el espíritu inicial de la Ley. En el Código de la Alianza de la lectura del Éxodo, semejante a otros códigos procedentes de Oriente, se especifica la protección hacia los más débiles: los forasteros, las viudas, los huérfanos, los pobres que reciben dinero en préstamo. Está formulado en un sentido negativo: «no oprimirás, no explotarás…» Pero todo esto se cumple si hay amor. El amor nace de Dios porque «Dios es amor». En el salmo 17 se pone de manifiesto la bondad de Dios: «mi roca, mi alcázar, mi libertador, mi salvador». El amor de Dios es gratuito y universal. Ya no hay distinción entre razas, lenguas o culturas porque Dios es Padre de todos.

3.- Nosotros, que hemos experimentado el amor que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones el día de nuestro Bautismo, hemos de anunciar a todos que Dios es amor. Esto lo han entendido muy bien los misioneros, «Pan partido para el mundo», tal como reza, en recuerdo a la Eucaristía, el lema que este año nos propone el Domund. Renunciando a su familia y a su patria demuestran su amor a todos sin distinción, con las palabras y con las obras. Su labor es promover los valores del Reino. Son testigos privilegiados de la Palabra de Dios, actualizando en nuestros días lo que Pablo recuerda a los Tesalonicenses, que «acogieron la Palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo, para llegar a ser modelo para los creyentes». Las dificultades con las que se encuentran son grandes, en ocasiones les lleva a dar su vida por Cristo. Los mártires son testigos de los riesgos que supone anunciar la justicia y el amor.

4.- En una sociedad donde abunda el anonimato, la soledad, el vacío de cariño, es necesario anunciar que «Dios es compasivo». No basta con la justicia, con lo debido, hay que amar, porque el hombre de hoy necesita ser amado. Podemos gritar la respuesta del salmo: «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza». Pero el amor de Dios se hace visible y concreto en el amor al prójimo. Ya lo dice San Juan: «el que dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso» (1 Jn 4,20). Al final de nuestra vida se nos examinará del amor, no de si hemos cumplido muchas leyes, o hemos ido mucho al templo, o si sabemos mucho de religión o de vidas de santos. Hemos de entender el amor como Cristo lo entendió: como auto donación, como entrega de uno mismo. Un amor que es «ágape», fraternidad.

Vivir como hermanos supone asumir un nuevo estilo de vida, unos valores nuevos que nos llevan a vivir en comunión con los excluidos, los marginados, los preferidos de Dios. Quizá nos hace falta despojarnos de todo el ropaje legalista y rutilante con que hemos cubierto nuestra fe. En la Eucaristía celebramos el amor de Dios. Cada vez que nos reunimos para partir el pan debe avivarse en nosotros el amor a los necesitados. Esta es la esencia de nuestra fe.

José María Martín OSA

Dios no pide más que amor

1.- Los pobres judíos del tiempo de Jesús tenían nada menos que 365 mandamientos negativos y 248 positivos. Era natural que se planteasen la cuestión de cuál de todos estos mandamientos era el más importante. Nosotros no llegamos a tanto. Pero tenemos los 10 Mandamientos… de los que ocho son negativos. Tenemos los cinco de la Iglesia, la regulación del ayuno eucarístico, sin meternos a contar los 1752 cánones de los cuáles no pocos implican obligación más o menos graves. Y antes de la reforma litúrgica un pobre cura en una sola misa podía cometer un sinfín de pecados mortales.

¿Pero es qué no hay un camino sencillo para llegar a Dios? ¿Es posible que Dios haya hecho tan difícil llegar a Él? Dios nos responde como hizo entonces, que su ley no pide más que amor: amor a Dios y por Dios al hombre, o amor al hombre y en él a Dios.

Pues si Dios que es amor no pide más que amor y especialmente amor al hombre, ¿me queréis decir cuál de nuestros mandamientos nos dice de manera positiva que debemos amar a los demás? Sólo hay dos sitios en que podemos vislumbrarlo y es a través de la selva de NOES de los diez mandamientos, que se supone que esos NOES son para no hacer daño a los demás, pero no habla de hacerles el bien.

Los que nos aprendimos de memoria los mandamientos recordamos que ya acabada la recitación de los diez mandamientos había una coletilla que decía: “Estos diez mandamientos se resumen en dos, amar a Dios y al prójimo como a ti mismo. Quisiera yo saber cuantos de los que preparan la confesión recorriendo los diez mandamientos incluyen en el examen una coletilla tan importante. ¿Sabéis que el nuevo Derecho Canónico, en el índice de materias no aparece la palabra “amor” o “caridad”, al menos en las dos ediciones que yo tengo?

¿En qué cuneta del camino se nos ha quedado ese mandamiento –que es tan importante como el primero—que resume la Ley según San Pablo y que Jesús llama su mandamiento?

2.- El Señor nos dice más: “en esto conocerán que sois mis discípulos si os amáis unos a otros” Os conocerán no en venir a misa, no en confesar y comulgar, ni siquiera en amar a Dios, sino en amar a los hermanos. Y cuando nos declaramos católicos practicantes nos referimos sólo a venir a misa, a confesar y a comulgar, pero no por eso nos señalan con el dedo y se dicen unos a otros: mirad ese es discípulo de Jesús.

El mundo enteró señaló con el dedo, en su prodigiosa vida, a Teresa de Calcuta. Y señala con el dedo a las Hermanitas de la Caridad y a tantos y tantas religiosas y seglares que dedican su tiempo a los demás y especialmente a los que no estan ni en el censo de ningún partido político de importancia.

3.- ¿Y por que tanto insistir en amar a los demás, cuando lo más importante es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas? San Juan que a pesar de sus misticismos debió ser realista como Santa Teresa nos dice. “El que diga yo amo a Dios y odia a su hermano, es un embustero. Porque, ¿Quién no ama al hermano que ve cómo va a amar a Dios que no ve?” ¡Digo con amor de verdad!

Porque a Dios lo hemos puesto muy alto, en lo más alto de los cielos y nuestro amor a Él puede ser platónico, puede ser un enviarle de vez en cuando nuestros cariñosos recuerdos. Decirle muchas cosas. Pero Él allí y nosotros aquí.

Pero a Dios no le bastan nuestros cariñosos recuerdos y se baja de lo alto de los cielos y se nos hace el encontradizo en el enfermo que visitamos, en el que nos tiende la mano porque no tiene que comer, en el que se hiela con el frío del invierno.

Dios ha querido identificar el amor hacía Él y el amor al hermano metiéndose en el hermano. El enfermo es Dios. El hambriento es Dios. El que pasa frío es Dios.

Os voy a leer unas breves frases que suenan a Teología de la Liberación: “Somos culpables de todo lo que los pobres sufren, si no sacrificamos nuestra vida por sacarlos de la miseria. Que Dios nos conceda la gracia de que nuestros corazones se conmuevan ante los pobres y de pensar que ayudándoles practicamos la justicia y no la misericordia”… Son palabras de San Vicente de Paúl en el siglo XVII.

José María Maruri, SJ

No olvidar lo esencial

No era fácil para los contemporáneos de Jesús tener una visión clara de lo que constituía el núcleo de su religión. La gente sencilla se sentía perdida. Los escribas hablaban de seiscientos trece mandamientos contenidos en la ley. ¿Cómo orientarse en una red tan complicada de preceptos y prohibiciones? En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: ¿qué es lo más importante y decisivo? ¿Cuál es el mandamiento principal, el que puede dar sentido a los demás?

Jesús no se lo pensó dos veces y respondió recordando unas palabras que todos los judíos varones repetían diariamente al comienzo y al final del día: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Él mismo había pronunciado aquella mañana estas palabras. A él le ayudaban a vivir centrado en Dios. Esto era lo primero para él.

Enseguida añadió algo que nadie le había preguntado: «El segundo mandato es: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Nada hay más importante que estos dos mandamientos. Para Jesús son inseparables. No se puede amar a Dios y desentenderse del vecino.

A nosotros se nos ocurren muchas preguntas. ¿Qué es amar a Dios? ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no es posible siquiera ver? Al hablar del amor a Dios, los hebreos no pensaban en los sentimientos que pueden nacer en nuestro corazón. La fe en Dios no consiste en un «estado de ánimo». Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él para vivirlo todo desde su voluntad.

Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de gente que sufre y a la que Dios ama tanto. No hay un «espacio sagrado» en el que podamos «entendernos» a solas con Dios, de espaldas a los demás. Un amor a Dios que olvida a sus hijos e hijas es una gran mentira.

La religión cristiana les resulta hoy a no pocos complicada y difícil de entender. Probablemente necesitamos en la Iglesia un proceso de concentración en lo esencial para desprendernos de añadidos secundarios y quedarnos con lo importante: amar a Dios con todas mis fuerzas y querer a los demás como me quiero a mí mismo.

José Antonio Pagola