¿Cuáles son nuestros ídolos?

1. La idea que une la primera y tercera lecturas, de este domingo es el amor al prójimo. Un amor que debe ser eficaz, un amor que, por lo mismo, debe verse en obras.

Según el Nuevo Testamento el amor a Dios se manifiesta amando al prójimo. Recordemos que san Juan, en su primera Carta, nos dice que el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, miente descaradamente. San Agustín llega a decir que “el primer precepto consiste en el amor de Dios, pero en tus actos debes comenzar por el amor del prójimo”. En la primera lectura de este domingo, Dios viene a declarar que El es compasivo y saldrá a defender al oprimido, al explotado, al exprimido y sufriente, porque lo hecho al prójimo es hecho a Dios y El se da por agraviado u honrado en el prójimo.

2. Cuando le preguntan a Jesús, la última semana antes de su muerte, si hay o no resurrección, los saduceos descubren que Jesús no tiene mentalidad saducea. Ahora los fariseos quieren saber si Jesús simpatiza con sus ideas o no. Le preguntan acerca del mandamiento principal de la Ley, cuestión que era punto esencial de discusión entre fariseos y saduceos. Jesús responde como había respondido el rabino fariseo Hillel (aunque sin citar su nombre) y hasta con la frase de Hillel que significaba que la Ley se resumía en el amor a Dios y al prójimo. San Pablo hará más expresa la idea diciendo que el que ama ha cumplido ya toda la Ley. Y san Agustín de Hipona, en la misma línea, acuñará la idea resumen de “ama y haz lo que quieras”.

3. Ya en el Antiguo Testamento existía la obligación de amar al prójimo, pero entendiendo como prójimo solamente a otro israelita. Para Jesús “prójimo” es todo aquel que está a mi alrededor, sin limitación de raza, religión, cultura o sexo; es mi prójimo sea bueno o malo, sea amigo o enemigo. Eso era tan novedoso que el evangelista Juan llega a denominarlo “un mandamiento nuevo”.

La idea clave está en que la Ley entera –seiscientos quince mandamientos– es resumida por Jesús en “amar”, en amarnos los unos a los otros como Dios nos ha amado. Así que, según Jesús, no podemos hace esas distinciones que tanto nos gustan entre “dimensiones” verticales y “dimensiones” horizontales de nuestras relaciones. Si Dios se ha hecho carne, el hombre no puede separar lo que Dios ha unido, y amar a Dios es amar al prójimo.

Como manifestación de ese mandamiento de amar al prójimo, la primera lectura de este domingo recalca: No exprimirás, no oprimirás y “si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él usurero exigiéndole intereses”, una frase que quisiéramos subrayar.

La usura, en su definición primera, era el hecho de pedir intereses por el dinero prestado. Aprovechar la necesidad de un prójimo para obtener ganancias. De tal manera lo entendió así la Iglesia que, hasta siglo XVIII, consideró a la banca como una profesión pecaminosa, y eso porque el Evangelio nos manda prestar sin esperar nada a cambio. No nos interesa si el comercio, la economía o el capitalismo consideran buena la práctica de exigir intereses a quien nos pide prestado en un momento de necesidad, tal cosa ni es cristiana ni evangélica, sino todo lo contrario.

4. En la segunda lectura, san Pablo se hace lenguas de que los habitantes de Tesalónica habían abandonado a los ídolos y se habían vuelto a Dios. La “fe en Dios” es “volver a Dios abandonando los ídolos”. Con ello la comunidad cristiana se ha convertido en un modelo moral “para todos los creyentes”. La comunidad ha acentuado la inseparabilidad del amor a Dios y al prójimo.

¿Podría el Apóstol decir lo mismo acerca de nosotros? ¿Cuáles son nuestros ídolos? ¿El dinero, el poder, el prestigio? ¿Estamos dispuestos a abandonarlos para volvernos a un Dios que es amor y que quiere que lo amemos en el prójimo nuestro? ¿Hemos llegado al extremo de agarrar de pretexto a Dios para no abandonar el culto a nuestros ídolos?

Antonio Díaz Tortajada

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