II Vísperas – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo

La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.

Antes del día.
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.

La fe velando,
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: 2Ts 2, 13-14

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida.
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón.» Aleluya.

PRECES

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres; 
— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,
— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz 
— y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, las almas de los difuntos
— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Un PCR al verbo amar en tiempos de pandemia

En el asunto del amor nos va la vida y precisamente por eso necesitamos recordar con cuánta facilidad nos engañamos a la hora de ponerlo en práctica. Quizá por eso Jesús le hace a Pedro junto al lago un test de diagnóstico rápido: Y cuando le oye responder afirmativamente a su pregunta “¿Me amas más que…?, le pone inmediatamente delante el camino en que verificar la autenticidad de su amor: “Apacienta a los míos, cuídalos, preocúpate, hazte cargo de ellos”.

El test sigue siendo eficaz hoy y quizá en este tiempo de pandemia nos venga bien actualizar sus imperativos[1] y escucharlos como dirigidos personalmente a cada uno de nosotros.

– Si me amas, huye de la obsesión por que termine cuanto antes este tiempo de crisis para poder volver “a lo de antes”. Eso “de antes” estaba absolutamente descompensado y urge reequilibrar el mundo: el sueño de un crecimiento y un consumo sin límites está teniendo consecuencias devastadoras.

– Si me amas, aprende las lecciones de la pandemia: los límites de la autosuficiencia y la común fragilidad, la conciencia de que, frente al virus de la Covid 19, no hay más defensa que el virus de la solidaridad.

– Si me amas, hazte de nuevo las preguntas esenciales, reflexiona sobre los retos planteados, el sentido de la vida, de las cosas y del mundo. Prepárate para defender la vida, apreciarla como nunca, amarla, vivirla; no desde el temor a la muerte, sino desde la alegría de estar vivos.

– Si me amas, piensa junto a otros y a largo plazo sobre el futuro de la condición humana: qué decisiones y políticas públicas son necesarias para defender la vida y su disfrute, su sentido y su sentir.

– Si me amas, desconfínate mentalmente por rebeldía y no resignación, por esperanza y con esperanza. Ponte a favor de una política y una economía de la vida y por la vida y escucha las preguntas de las generaciones futuras sobre qué mundo mejor pueden esperar.

– Si me amas, apacienta las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft): eres tú el encargado de apacentarlas, no dejes que sea su poder de distracción quien tome el control de tu vida.

– Si me amas, enciende en la oscuridad luz de visión, de orientación y de esperanza.

NOTA por si a alguno le pasa como a Pedro: las consecuencias del amor que Jesús le ponía delante le venían tan grandes, que trató de salirse por la tangente: “- Vale, yo lo intento, pero ¿qué pasa con fulanito y menganito y el otro, que no están por la labor de vivir todo eso?” El corte recibido fue fulminante: “-¿Y a ti qué te importa? Tú, sígueme”. Que en el fondo no es más que la versión adulta del juego “Antón Pirulero” que nos sabíamos los niños de antes: “Cada cual, cada cual, que atienda a su juego”.

Dolores Aleixandre


[1] Están inspirados en el excelente artículo de Manuel Montobbio “Desconfinarnos mentalmente: la invocación a la vida de Jacques Attali” en el que comenta el libro de ese autor: L´économie de la vie. Se préparer a ce qui vient” (El Ciervo, Sept –Oct 2020, p 20-21)

Cualquier ser humano y Dios «no son dos»

La pregunta sobre el tributo al Cesar se la hicieron los fariseos y herodianos. A continuación, narra Mt otra pregunta de los saduceos sobre la resurrección de los muertos, en la que ellos no creían. Quieren ridiculizar la creencia en otra vida con el supuesto de siete hermanos que estuvieron casados con la misma mujer. Jesús desbarata sus argumentos. Por eso, a continuación, el texto de hoy dice: “Al oír que había hecho callar a los saduceos”, los fariseos vuelven a la carga: ¿Cuál es el primer mandamiento?

La pregunta no era tan sencilla. La mayoría consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia. Otros defendían que guardar el sábado era el primero. Había quien defendía el amor al prójimo como el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos. Jesús responde recitando la “shemá” (escucha), que todo israelita recitaba dos veces cada día (Dt 6, 4-9). Jesús la referencia al Lev 19,18, pero elimina la primera parte que dice: “No guardarás rencor ni tomarás venganza de los hijos de tu pueblo”, con lo que deja claro quién es el prójimo al que hay que amar.

La originalidad de Jesús está en unir los dos mandamientos. De hecho, lo único que hace es citar dos textos del AT. No se trata solo de una yuxtaposición o de una equiparación. Se trata de una identificación en toda regla que, además, prepara el terreno a Jn para poder decir con rotundidad: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Es el mandamiento nuevo, que convierte la Ley en vieja. Después de 20 siglos, seguimos sin aceptar la diferencia entre AT y NT.

El valor absoluto de cada persona es una propuesta exclusiva de Jesús. Hasta entonces el individuo no contaba más que como perteneciente e integrado en el grupo. Desde esa perspectiva, lo único que interesaba eran las manifes­taciones del amor, no el amor mismo. De ese modo, el precepto recaía sobre las manifestaciones. El amor que exige Jesús no se puede alcanzar con el cumplimiento de un precepto. Ya no se trata de una ley, sino de una actitud: “Un amor que responde a su amor”. El amor que pide Jesús no se impone.

El concepto de “prójimo” es modificado por Jesús de manera sustancial. Para un judío, prójimo era el que pertenecía al pueblo y, a lo sumo, el prosélito. Jesús desbarata esa barrera y postula que todos somos exactamente iguales para Dios. El cristianismo no siempre ha sabido trasmitir esta idea de igualdad y hemos seguido creyendo que nosotros somos los elegidos y que Dios es nuestro Dios, como los judíos de todos los tiempos.

Jesús no propone un amar a Dios ni un amor a él mismo. Dios ni ama ni puede ser amado, es amor. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios sino con relación al hombre. Cuando seguimos proponiendo los mandamientos de “la Ley de Dios” como marco para la vida de la comunidad, es que no hemos entendido el mensaje de Jesús. S. Agustín lo entendió muy bien cuando dijo: “Ama y haz lo que quieras”. Pero Pablo lo había dicho con la misma claridad: “Quien ama, ha cumplido el resto de la Ley”. No se trata de una nueva ley, sino de hacer inútil toda ley, toda norma, todo precepto.

El “Como a ti mismo” (también superado por Jesús: “Como yo os he amado”) necesitaría un comentario más extenso. Únicamente diré que el amor solo se puede dar entre iguales. Si considero superior o inferior al otro, mi relación con él nunca será de amor. Desde esta perspectiva, ¿a dónde se van todas nuestras “caridades”? Lo que nos pide Jesús es que quiera para los demás todo lo que estoy deseando para mí.  ¡¿De verdad creo hacer caridad cuando doy al mendigo la ropa vieja que ya no voy a utilizar?!

Una vez más tenemos que resaltar la imposibilidad de aceptar el mensaje de Jesús, sin abandonar la idea de Dios del AT. Esta es la trampa en la que cayeron los primeros cristianos que eran todos judíos. Aquí está también, la clave para entender tantas aparentes contradicciones en los evangelios. Lo que pide Jesús es más de lo que puede enseñar cualquier institución. La excesiva fidelidad a la institución nos impide alcanzar el mandamiento nuevo. Por eso Jesús criticó tan duramente las instituciones religiosas de su tiempo, (Templo, Ley, culto). Se habían convertido en un obstáculo para llegar al hombre.

El amor consiste en desarrollar la capacidad que tiene un ser de salir de sí e ir al otro para enriquecerle y enriquecerse como persona. A Dios no se le puede amar directamente ni mucho ni poco, porque no le podemos conocer. Dios no es un sujeto con el que me pueda encontrar. No es nada distinto de mí o de la creación. Amar a Dios y amar al prójimo es un único acto. Dios y el prójimo no se pueden separar. Tampoco Dios puede amar a sus criaturas porque no son nada fuera de Él. Demuestro que estoy abierto al amor si amo a todos. Si dejo de amar a una persona, puedo estar seguro de que lo que me mueve no es amor, sino egoísmo, instinto, pasión, interés o la simple programación.

El amor no responde a necesidad alguna de mi ego. Acontece en la profundidad del ser, incluyendo todos sus aspectos. Es el único camino para un crecimiento armónico del ser, impidiendo que la parte material y biológica del mismo, se imponga y arrastre a la parte más noble, malográndole sus posibilidades de ser humano. Superar el egoísmo no significa una renuncia a nada sino un acopio de humanidad. No suprime ninguno de los aspectos de nuestra humanidad, sino que los colma y les da su verdadero sentido.

El amor no es consecuencia del conocimiento. Los escolásticos decían: “No se puede amar nada, si antes no se conoce”. Pero no basta con conocer, debo conocerlo como bueno para mí. El conocimiento racional será siempre egoísta, solo puede apreciar lo que es bueno para mi falso ser. Solo de un conocimiento vivencial puede nacer el verdadero amor. Si necesito motivos interesados para amar, no es amor. Si amamos para hacer un favor, tampoco funciona. Tengo que descubrir que soy yo el que me enriquezco al amar. Ese enriquecimiento se produce en mi verdadero ser, y eso no nos interesa demasiado.

El mayor peligro a la hora de comprender el amor evangélico es que lo confundimos con el deseo de que el otro me quiera. El deseo de que otro me ame es instintivo y no va más allá del interés egoísta. La mayoría de las veces, cuando decimos te amo, en realidad queremos decir: “Quiero que me quieras”. Esto no tiene nada que ver con el mensaje de Jesús. Cuando oímos decir a una persona: “No puedo vivir sin ti”, en realidad, lo que está diciendo es: “No te voy a dejar vivir, porque te voy a exigir que vivas solo para mí”.

Es ignorancia creer que podemos amar a Dios aunque no amemos al prójimo; o peor aún, que podemos amar a uno mucho y a otro poco o nada. El amor es uno solo porque es una actitud personal. El amor queda especificado en la persona que ama, no por la persona amada. Tiene que existir antes de manifestarse. Lo que llega a los demás, lo que se percibe al exterior, son solo las manifestaciones de ese amor. La actitud vital es única en cada persona, pero el amor evangélico tiene que ser práctico, tiene que manifestarse en obras. Solo puede manifestarse cuando me encuentro con otro, con el próximo.

Meditación

La buena noticia de Jesús es que puedo identificarme con Dios.
El amor que Jesús nos pide es fruto de un descubrimiento
que solo puedes hacer viajando hacia tu interior.
Más allá de lo razonable, tú puedes descubrir la Vida,
esa VIDA de Dios que está en ti y está en todas las cosas.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

El pasaje evangélico de este día comienza así: En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba. Tanto saduceos como fariseos plantaron cara al mensaje de Jesús. Por eso la polémica surgida de esos encuentros fue constante. Y cuando el maestro de Nazaret hace callar a unos intervienen los otros, siempre con la intención de ponerlo a prueba y desprestigiarle ante sus enfervorizados seguidores. La pregunta con la que quieren ponerlo a prueba es ésta: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Entre los mandamientos que componen la Ley, unos referidos a Dios y otros al prójimo, ¿cuál es el principal, es decir, el que hace de principio y fundamento? Todos los mandamientos de la Ley son expresión de la voluntad del Legislador. Pero ¿habrá alguno que sea como el pilar en el que se apoyen todos los demás? En su respuesta, Jesús señala el mandamiento que en la tradición deuteronómica (Dt 6, 5) aparece como primero: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. Jesús, por tanto, da prioridad a lo que la tradición bíblica consideraba primero.

Nada es anterior al primero, y Dios es el primero. Nada puede quitarle a Dios, el primero, su primacía. Y nada es más exigente que el amor integral, esto es, el amor que implica a todo el ser de la persona que ama. Amar con todo el ser (con la fuerza de la voluntad y los sentimientos y sin excluir la aportación de la corporeidad que envuelve todas nuestras acciones) es amar de la manera más totalizante; y el que así ama, cumple todos los mandamientos que tienen que ver con el destinatario de ese amor.

Pero hay un segundo mandamiento que es semejante al primero y que en cierta medida lo completa, porque junto con él sostiene la Ley y los Profetas. Luego sin él, la Ley estaría falta de sostén. Y este segundo mandamiento, que no es el principal, pero se le asemeja y se le equipara, suena así: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Se mantiene el amor del primero, pero cambia el destinatario, que ya no es Dios, el íntimo, sino el prójimo. Pero si Dios, aproximándose a nosotros hasta hacerse como uno de nosotros, acaba por identificarse con el prójimo, ¿cómo distinguir el primer mandamiento del segundo?

En la medida en que Dios y el prójimo (necesitado) se identifican, no son distinguibles; en la medida en que se distinguen, porque Dios es el Creador y el prójimo su criatura, sí pueden distinguirse como se distinguen los mandamientos referidos a Dios y al culto que se le debe y los referidos al prójimo (no matarás, no mentirás, no robarás, no dirás falso testimonio, no cometerás adulterio) y al respeto que le es debido. Pero ambos mandamientos se presentan de tal manera entrelazados que sólo unidos (y no por separado) constituyen el sostén de la entera Ley: uno no podría cumplir la Ley entera si se limitase a amar a Dios sin tener en cuenta al prójimo o a amar al prójimo sin tener en cuenta a Dios. Para cumplir la Ley entera hay que amar a Dios y al prójimo, sin exclusiones. ¿Cómo vamos a amar a Dios, a quien no vemos -decía san Juan-, si no amamos al prójimo a quien vemos?

Pero también es verdad lo otro: ¿Cómo vamos a amar al prójimo, a quien vemos con frecuencia tan poco amable (con tantos defectos y carencias), si no amamos a Dios, a quien no vemos, pero al que concebimos como supremamente amable (sin ningún defecto)? Nada es más fácil que amar la perfección, pues la perfección -si se percibe- atrae por sí misma. Y Dios es el sumo Bien.

El amor a Dios, en el pensamiento de Jesús (y del Deuteronomio), se presenta como un amor totalizante: con todo el ser, es decir, con toda las fuerzas de que uno sea capaz. El amor al prójimo, en cambio, no se formula como una exigencia sin medida; pues la medidadel amor al prójimo es el amor a uno mismo. Ello supone que hemos de desear para el prójimo el bien que deseamos para nosotros mismos y hacer en su favor el bien que queremos hagan con nosotros.

El amor a nosotros mismos es una medida, pero no es mala medida, aunque no sea la medida suprema, que es la que nos ofrece el mismo Jesús dando su vida por nosotros. Y no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos (y por sus enemigos). Tal es la medida suprema del amor por alguien. Y el amor a Dios puede exigir esta medida del amor al prójimo: no sólo que amemos al prójimo, sino que lo amemos hasta dar la vida por él.

Si ésta es la voluntad de Dios, que demos la vida, como hizo Jesús, por los demás, amar a Dios implicará también amar al prójimo dando la vida por él. Aquí, el amor al prójimo está integrado en el amor a Dios, de tal modo que no podríamos amar a Dios si no amamos al prójimo, que es lo que Dios quiere que hagamos, es decir, que es la única manera de complacer a Dios.

Siendo segundo el mandamiento del amor al prójimo, brota del primero y lleva al primero, porque se trata del mismo amor, aunque tenga -sólo en cierta medida- diferente destinatario. Porque si Dios se identifica con el prójimo acaba desapareciendo incluso esa diferencia. El amor de Dios obliga a amar todo lo que Dios ama y, por tanto, también al prójimo. Y el amor al prójimo, si es auténtico amor, acaba remitiéndonos a su fuente que es Dios. De él procede todo amor auténtico. Y nada vale más que el amor, porque es precisamente el amor el que da valor a todo lo demás, incluidas las ofrendas y sacrificios que, despojados del amor, perderían todo su valor.

¿A qué compromete, por tanto, el amor a Dios? Si en el amor a Dios está implicado el amor al prójimo, no parece que sean suficientes las prácticas cultuales (misas, oraciones, alabanzas, actos de piedad) a que estamos acostumbrados para poder decir que amamos a Dios; habrá que poner en juego ese elenco de actos de benevolencia y de misericordia que son la expresión más clara de nuestro amor al prójimo. Y si el amor es un hábito que implica a toda la persona, con todas sus facultades -incluido el corazón-, no bastará con un acto (aislado) de amor, ni con un amor de palabras o de efusiones sensibles (aunque no falten las palabras y los sentimientos). Para que haya amor tendrá que haber también un firme compromiso de la voluntad, un querer «agradar» a Dios por encima de todo y sin perder de vista que la voluntad divina es una voluntad benéfica y amiga, que no busca otra cosa que nuestro bien.

Amar a Dios, el invisible, podría resultarnos en cierta medida dificultoso. Pero invisible no significa impensable o inaccesible. Además, Dios se nos ha hecho visible en su Hijo, Jesucristo. En Jesús podemos ver a Dios. A Dios le podemos pensar y agradar. Con Dios podemos hablar. A Dios le podemos obedecer. Pues bien, amar a Dios será pensar amablemente (= con amor) en él; reconocer y confesar sus bondades y sus obras de salvación; agradecerle este obrar en nuestro favor; hablar con Él prestando atención a sus palabras, porque nos merecen todo el aprecio; sintonizar con Él, dejando que nuestro potencial afectivo se concentre en Él; procurar por todos los medios complacerle o cumplir su voluntad. Aquí, amor y obediencia se funden, como se fundieron en la experiencia de Jesucristo, el Hijo amado.

Amar a Dios es consentir con Él, de modo que sus temores, repugnancias, afanes, emociones, gustos y gozos, tal como nos han sido revelados en la Sagrada Escritura, sean los nuestros. A Dios se ama no sólo por lo que es, sino también por lo que hace y ha hecho por nosotros. Cuanto más conscientes seamos de esto, más espontánea brotará nuestra respuesta agradecida o nuestro amor como respuesta de gratitud. Y como ya hemos indicado, termómetro del amor a Dios es sin duda nuestro amor al prójimo. Los niveles de este amor evidenciarán la cualidad y el grado de nuestro amor a Dios, que es el que nos tiene que mover a amar al prójimo y a obrar en su favor. Y, aunque se proponga como medida del amor al prójimo el amor a uno mismo, ésta no es definitiva.

Al prójimo se le puede amar incluso más que a uno mismo. ¿O no es esto lo que hace una madre cuando está dispuesta a dar la vida por su hijo? ¿No es esto lo que hizo Jesucristo dando la vida por nosotros? También podemos amar al prójimo como a nosotros mismos no por nosotros mismos, sino por amor a Dios que nos pide que le amemos como a nosotros mismos. La medida no es el motivo. El motivo es siempre más hondo. El motivo es lo que mueve a amar. La medida es sólo la magnitud de ese amor. Pero si amáramos al prójimo como a nosotros mismos ya le amaríamos en una medida muy considerable. Eso significaría que estaríamos tan pendientes del prójimo como de nosotros mismos. Pero el prójimo, en general, no suele concitar tanta atención como nuestras propias personas o las de nuestros hijos. ¿Quién puede dudar de la exigencia de estos mandamientos? No olvidemos que valen más que todos los holocaustos y sacrificios. Que el Señor nos conceda amar conforme a su voluntad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO V

EL NUEVO TESTAMENTO

Excelencia del Nuevo Testamento

17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de vida eterna. pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino.

Lectio Divina – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

El mandamiento más grande
Amar a Dios es igual que amar al prójimo
Mateo 22, 34-40

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

En el evangelio de este 30º Domingo del Tiempo Ordinario, los fariseos quieren saber de Jesús cuál es el mandamiento más grande de la ley. En aquel tiempo, entre los judíos, se discutía mucho sobre este tema. Se trataba de una cuestión polémica. También hoy, muchas personas quieren saber qué es lo que define a una persona como un buen cristiano. Algunos dicen que esto consiste en estar bautizado, rezar e ir a misa los domingos. Otros dicen que consiste en practicar la justicia y vivir la fraternidad. Cada uno tiene su propia opinión. Para ti ¿qué cosa es lo más importante en la religión y Mateo 22, 34-40en la vida de la Iglesia? Durante la lectura del texto, trata de prestar mucha atención al modo cómo responde Jesús a esta pregunta.

b) El Texto:

34 Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, 35 y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: 36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» 37 Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.38 Este es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué punto de este texto te ha gustado más y te ha atraído más la atención? ¿Por qué?
b) ¿Quiénes eran los fariseos en aquel tiempo?
c) ¿Cómo podía poner a Jesús a prueba la pregunta que le dirigen los fariseos?
d) ¿Qué relación existe entre el primero y segundo mandamiento?
e) ¿Por qué el amor a Dios y al prójimo constituye nel resumen de la ley y de los profetas?

5. Para aquéllos que desean profundizar en el tema

a) Contexto en el que este texto aparece en el Evangelio de Mateo:

 Se trata de una de las muchas discusiones de Jesús con las autoridades religiosas de aquella época. Esta vez es con los fariseos. Antes, los fariseos habían intentado desacreditar a Jesús entre la población arrojando sobre Él una calumnia, según la cuál, estaba poseído del demonio al que arrojaba en nombre de Belzebú (Mt 12,24). Ahora, en Jerusalén, ellos entran otra vez en discusión con Jesús en torno a la interpretación de la ley de Dios.

b) Comentario del texto:

Mateo 22,34-36: Una pregunta de los fariseos
Antes, para poner a Jesús a prueba, los saduceos habían hecho una pregunta sobre la fe en la resurrección, pero fueron duramente refutados por Jesús (Mt 22,23-33). Ahora, son los fariseos los que pasan al ataque. Fariseos y saduceos eran enemigos entre sí, pero se convierten en amigos en la crítica contra Jesús. Los fariseos se reúnen y uno de ellos pasa a ser el portavoz con una pregunta de aclaración: “Maestro, ¿cuál es el más grande mandamiento de la ley?” En aquel tiempo los judíos tenían una cantidad enorme de normas, costumbres, leyes, grandes y pequeñas para regular la observancia de los Diez Mandamientos. Una discusión en torno a dos mandamientos de la ley de Dios era un punto muy discutido entre los fariseos. Unos decían: “Todas las leyes tienen el mismo valor, tanto las grandes como las pequeñas, porque todo viene de Dios. No nos compete introducir distinciones en las cosas de Dios”. Otros decían: “Algunas leyes son más importantes que otras y por lo tanto más obligatorias”. Los fariseos quieren saber la opinión de Jesús sobre este polémico tema.

Mateo 22,37-40: La respuesta de Jesús
Jesús responde citando algunas palabras de la Biblia: “¡Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente!” (Cf. Dt 6,4-5). Al tiempo de Jesús, los judíos que se consideraban piadosos recitaban esta frase tres veces al día: por la mañana, a mediodía y por la tarde. Era una plegaria bastante conocida entre ellos, como lo es hoy para nosotros el Padre Nuestro. Y Jesús cita de nuevo el Viejo Testamento: “¡Éste es el más grande o el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Y concluye: “De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas”. Dicho con otras palabras, ésta es la puerta para llegar a Dios y al prójimo. No existe otra. La más grande tentación del ser humano es la de querer separar estos dos amores, porque así la pobreza de los otros no inquietaría para nada su conciencia

c) Profundizando:

i) Fariseos:

La palabra fariseo significa separado, porque su modo rígido de observar la ley de Dios, los separaba de los demás. Entre ellos se llamaban compañeros, porque formaban comunidad, cuyo ideal era el de observar en todo y por todo las normas y todos los mandamientos de la ley de Dios. El testimonio de vida de la mayoría de ellos constituía un testimonio para el pueblo, porque vivían de su trabajo y dedicaban muchas horas del día al estudio y meditación de la ley de Dios. Pero tenían algo de negativo: Buscaban la seguridad no en Dios, sino más bien en la rigurosa observancia de la ley de Dios. Tenían más confianza en lo que ellos hacían por Dios que en lo que Dios hacía por ellos. Habían perdido la noción de la gratuitidad, que es la fuente y el fruto del amor. Ante esta falsa conducta frente a Dios, Jesús reacciona con firmeza e insiste en la práctica del amor que relativiza la observancia de la ley y de su verdadero significado. En una época de cambios y de inseguridad, como es la nuestra de hoy, vuelve siempre la misma tentación de buscar la seguridad ante Dios, no en el amor que Dios nos tiene, sino en la observancia rigurosa de la ley. Si caemos en esta tentación, merecemos la misma crítica por parte de Jesús.

ii) Paralelo entre Marcos y Mateo:

En el Evangelio de Marcos, es un doctor de la ley quien dirige la pregunta a Jesús (Mc 12,32-33). Después de haber escuchado la respuesta dada por Jesús, el doctor está de acuerdo con Él y saca la siguiente conclusión: “Sí, amar a Dios y al prójimo es mucho más importante que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. O sea, el mandamiento del amor es el más importante entre los mandamientos ligados al culto y a los sacrificios del Templo y de la observancia externa. Esta afirmación estaba ya presente en el Viejo Testamento desde los tiempos del profeta Oseas (Os 6,6; Sal 40,6-8; Sal 51,16-17). Hoy decimos que la práctica del amor es más importante que las novenas, promesas, ayunos, rezos y procesiones. Jesús confirma la conclusión a la que llega el doctor de la ley y dice: “¡Tú no estás lejos del Reino!” El Reino de Dios consiste en esto: reconocer que el amor de Dios es igual al amor por el prójimo. ¡No se llega a Dios sin el don de sí mismo al prójimo!

iii) El Mandamiento más grande:

El mandamiento más grande o el primer mandamiento es éste: “Amar a Dios con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mc 12,30; Mt 22,37). En la medida en que el pueblo de Dios, a través de los siglos, ha profundizado sobre el significado de este amor, ha caído en la cuenta que el amor de Dios ha sido real y verdadero sólo si se ha concretado en el amor hacia el prójimo. Por eso es por lo que el segundo mandamiento es semejante al primero (Mt 22,39; Mc 12,31). “Si alguno dice: Amo a Dios pero odia a su hermano, es un mentiroso” (1Jn 4,20). “Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mt 22,40). En esta identificación de los dos amores ha existido una evolución dividida en tres etapas:

1ª Etapa: “Prójimo” es el pariente de la misma raza
El Viejo Testamento enseñaba la obligación de “¡amar al prójimo como a uno mismo!” (Lv19,18). En aquel tiempo la palabra prójimo era sinónimo de pariente. Se sentían obligados a amar a todos los que hacían parte de la familia, del mismo clan, del mismo pueblo. Pero en lo referente a los extranjeros, o sea, los que no pertenecían al pueblo hebreo, el libro del Deuteronomio decía: “Podrás exigir el préstito al extranjero, pero en cuanto a tu derecho con tu hermano, lo dejarás vencer (pariente, prójimo)” ( Dt 15,3).

2ª Etapa: “Prójimo es aquél a quien me acerco o el que se me acerca
El concepto de prójimo sí es el mismo. Y en el tiempo de Jesús hubo una discusión acerca de “ ¿quién es mi prójimo?” Algunos doctores de la ley pensaban que se debía extender el concepto de prójimo más allá de los límites de la raza. Otros no querían ni hablar de esto. Entonces un doctor de la ley se dirige a Jesús con esta polémica pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,29-37), en la cuál el prójimo no es el pariente o amigo, sino cualquiera que se acerca a nosotros, independientemente de la religión, del color, de la raza, del sexo o de la lengua. ¡Tú debes amarlo!

3ª Etapa: La medida del amor hacia el “prójimo” es amar como Jesús nos ha amado
Jesús había dicho al doctor de la ley: “¡No estás lejos del Reino!” (Mc12,34). El doctor ya estaba vecino, porque de hecho, el Reino consiste en unir el amor de Dios con el amor al prójimo, como ya había afirmado un doctor ante Jesús (Mc 12,33). Pero para poder entrar en el Reino debía dar un paso más. En el Viejo Testamento el criterio del amor hacia el prójimo era el siguiente: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús ensancha este criterio y dice: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Ninguno tiene un amor más grande de éste: ¡dar la vida por los amigos!” (Jn 15,12-13). Ahora, en el Nuevo Testamento el criterio será: “Amar al prójimo como Jesús nos ha amado”. Jesús ha interpretado el sentido exacto de la Palabra de Dios y ha indicado el camino para una convivencia más justa y más fraterna.

6. Salmo 62

Sólo en Dios encuentro descanso

Sólo en Dios encuentro descanso,
de él viene mi salvación;
sólo él mi roca, mi salvación,
mi baluarte; no vacilaré.
¿Hasta cuándo atacaréis a un solo hombre,
lo abatiréis, vosotros todos,
como a una muralla que cede,
como a una pared que se desploma?

Sólo proyectan doblez,
les seduce la mentira,
con la boca bendicen
y por dentro maldicen.
Sólo en Dios descansaré,
de él viene mi esperanza,
sólo él mi roca, mi salvación,
mi baluarte; no vacilaré.
En Dios está mi salvación y mi honor,
Dios es mi roca firme y mi refugio.
Confiad siempre en él, pueblo suyo;
presentad ante él vuestros anhelos.
¡Dios es nuestro refugio!
Un soplo son los plebeyos,
los notables, pura mentira;
puestos juntos en una balanza
pesarían menos que un soplo.

No confiéis en la opresión,
no os atraiga la rapiña;
a las riquezas, si aumentan,
no apeguéis el corazón.
Dios ha hablado una vez,
dos veces, lo he oído:
que de Dios es el poder,
tuyo, Señor, el amor;
que tú pagas al hombre
conforme a sus obras.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Aprenda a salvarse en treinta segundos

¿Cuál es el mandamiento principal? Muchos católicos responderían: «Ir a misa el domingo». Los que piensan así probablemente no irán a misa este domingo. A los que piensen de otro modo y vayan, les gustará recordar lo que pensaba Jesús.

El problema de sus contemporáneos

En los domingos anteriores, diversos grupos religiosos se han ido enfrentando a Jesús, y no han salido bien parados. Los fariseos envían ahora a un especialista, un doctor de la Ley, que le plantea la pregunta sobre el mandamiento principal. Para comprenderla, debemos recordar que la antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que se dividían en fáciles y difíciles: fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero (como honrar padre y madre) o ponían en peligro la vida (la circuncisión). Generalmente se pensaba que los importantes eran los difíciles, y entre ellos estaban los relativos a la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá.

¿Se puede reducir todo a uno?

Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, de saber qué era lo más importante. Este deseo se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammay y le dijo: «Me haré prosélito con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja». Shammay, que era sastre, lo despidió amenazándolo con la vara de medir que tenía en la mano. El pagano acudió entonces a Hillel, que le dijo: «Lo que no te gusta, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción» (Schabat 31a). También el Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) sintetizó toda la Ley en una sola frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es un gran princi­pio general en la Torá». 

La novedad de Jesús

Mateo había puesto en boca de Jesús una síntesis parecida al final del Sermón del Monte: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas» (Mt 7,12). 

Pero en el evangelio de hoy Jesús responde con una cita expresa de la Escritura: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Deuteronomio 6,5). Son parte de las palabras que cualquier judío piadoso recita todos los días, al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19,18). Una vez más, su respuesta entronca en la más auténtica tradición profética. Los profetas denunciaron continuamente el deseo del hombre de llegar a Dios por un camino individual e intimista, que olvida fácilmente al prójimo. Durante siglos, muchos israelitas, igual que muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. Ambos preceptos, en la mentalidad de los profetas y de Jesús, están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. «De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los Profetas» (v.40).

El prójimo son los más pobres (1ª lectura)

En esta misma línea, la primera lectura es muy significativa. Podían haber elegido el texto de Deuteronomio 6,4ss donde se dice lo mismo que Jesús al principio: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…» Sin embargo, han elegido un texto del Éxodo que subraya la preocupación por los inmigrantes, viudas y huérfanos, que son los grupos más débiles de la sociedad (la traducción que se usa en España dice los «forasteros», pero en realidad son los inmigrantes, los obligados a abandonar su patria en busca de la supervivencia, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc.). Luego habla del préstamo, indicando dos normas: si se presta dinero, no se pueden cobrar intereses; si se pide el manto como garantía, hay que devolverlo antes de ponerse el sol, para que el pobre no pase frío.

Es una forma de acentuar lo que dice Jesús: sin amor al prójimo, sobre todo sin amor y preocupación por los más pobres, no se puede amar a Dios.

El ejemplo de unos cristianos pobres (2ª lectura)

La lectura de la primera carta a los Tesalonicenses, continuación del fragmento que leímos el domingo pasado, recuerda lo bien que acogieron «la Palabra, entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo». La continuación de la carta aclara que «tanta lucha» se refiere a las persecuciones de los judíos. La comunidad, quizá la más pobre de las que fundó Pablo, supo unir dos realidades aparentemente irreconciliables: sufrir y vivir alegres, gracias al Espíritu Santo. De este modo se convirtieron en modelo para otros muchos cristianos de Macedonia y Grecia y nos recuerdan el ejemplo parecido de otras comunidades actuales.

El texto, aunque muy breve, contiene dos datos interesantes: 1) Resume la predicación de Pablo, al menos en sus primeros tiempos: el recurso para evitar el castigo futuro de Dios consiste en abandonar los ídolos, volverse al Dios verdadero y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús. 2) Hay comunidades cristianas no solo en Macedonia, sino también en Acaya y «en todas partes»; Acaya es la región situada al norte del Peloponeso, entre la región de Corintia y el mar Jónico. Esto demuestra que la predicación de Pablo y de los otros misioneros no se limitó a la ciudad de Corinto, sino que se extendió también hasta relativamente lejos.

José Luis Sicre

Una ecuación de amor

1.- La Iglesia sigue siendo –y debe serlo siempre—misionera y peregrina. Misionera porque recibió el encargo de llevar el evangelio hasta el confín del mundo, del universo. Peregrina porque, andariega por este mundo, busca su destino final que es la Casa del Padre. Y esta Iglesia, ya desde hace un buen número de años, dedica un domingo de octubre a las misiones. Y lo hace de manera total. Es decir, busca abrir conciencias y bolsillos. Lo cual es una buena práctica. Las conciencias son las primeras que deben abrirse en dirección de un deber inexcusable. Jesús de Nazaret es quien nos marcó la misión y que no fue otra que difundir su Palabra hasta los confines del mundo. Y eso nos obliga, por encima del tiempo y del espacio, porque si un día se descubriesen otros mundos donde habitaban seres inteligentes hasta ahí habría que llevar la Palabra.

Así se hizo en América, nuevo e inesperado mundo que se abrió a la semilla del profeta de Galilea. Pero es obvio que el ejercicio de una misión necesita medios en un mundo en que todo cuesta y todo se mide en dinero. La labor asistencial –espíritu y cuerpo—de los misioneros tiene un precio tangible y otro intangible. El que se puede medir, pues ya sabemos cual es. Y aquel otro al que no se aplica ninguna regla, ni metro alguno es el del amor y de la entrega. No es negativo, pues, hablar en unión de conciencias y bolsillos. El mejor realismo es aquel que ni oculta ni engaña.

2.- Pero si profundizamos en el evangelio de hoy veremos como Mateo nos da la base fundamental para entender nuestra misión –la de todos—y es que las palabras de Jesús dirigidas a los fariseos explican que el amor total a Dios solo se extiende si vive anexo al amor por los hermanos. Y una parte fundamental de la misión es atender al hermano. Dicha atención tiene muchas acciones y muchos escenarios. Por supuesto que un ámbito está en la lejanía, donde el nombre de Dios y de su Hijo Unigénito, Jesús, no se conocen. Pero el resto de esos escenarios están más cerca, algunos delante de nuestras propias narices: en el rellano de la escalera de nuestra vivienda o en la cercanía evidente de un grupo de gente que puebla un vagón del “metro”. Las acciones, pues, deben estar en función de esos colectivos que necesitan de la Palabra.

Ciertamente la Iglesia universal busca un día en que atender a las misiones lejanas. Y está muy bien. Como, probablemente, la mayoría de nosotros no tiene previsto irse a lugares lejanos a trabajar para la Palabra, lo idea sería que en el mismo momento que abrimos nuestros bolsillos y damos unas cantidades para las misiones, abramos nuestro corazón –y nuestro trabajo—a las necesidades de los más cercanos. Por eso la fiesta del Domund será plena si aprendemos a servir a los más próximos, poniéndonos en disposición total de ayudar con oraciones y medios a esos hermanos nuestros que su vocación les lleva lejos.

3.- Dentro de esa necesidad de apoyar y considerar el prójimo, desde el amor total a Dios, nos puede venir muy bien el ejemplo que Pablo de Tarso refiere respecto a la vida de los fieles de Tesalónica. Su enamoramiento de Jesucristo les llevó a ser misioneros de la Palabra por toda la región. Y es que la misión siempre viene precedida de ese enamoramiento de Jesús. Los misioneros y misioneras –de hoy de siempre—son fundamentalmente heraldos del Amor. Porque la mejor manera de comprender que Dios es Amor es comenzar por el amor a Jesús, ese hombre, como nosotros, que supo acercarse a un género humano hundido y vencido por el Malo, y elevarlo, por amor, a la condición de verdaderos hijos de Dios.

Merece la pena reflexionar sobre toda esta ecuación amorosa en un día litúrgico en que desde la primera lectura, el salmo, la segunda lectura, el aleluya y el evangelio rezuman amor verdadero: el amor a Dios que nos lleva a descubrir el rostro de Jesús en los hermanos. Y el añadido necesario a todo ese amor es el eslogan del Domund de este año. Es la misión del Pan Partido. Es la fuerza de la Eucaristía. Y en el sacramento del Pan y del Vino convertidos en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesús está el milagro de amor más sorprendente y conmovedor que podemos ver, aquí y ahora. Jesús se quedó con nosotros para ayudarnos a ser felices.

Ángel Gómez Escorial

Obras son amores

En un servicio de mensajería instantánea, una persona compartió una situación personal complicada, e inmediatamente obtuvo un montón de respuestas a su mensaje, del estilo de “estoy contigo”, “te apoyamos”, “ánimo, tú puedes…” junto con muchos emoticonos de besos, abrazos, manos en oración… Pero aparte de esto, nadie le ofreció una ayuda concreta, todo quedó en esos mensajes. Un conocido refrán afirma que “obras son amores y no buenas razones”, para significar que el verdadero amor se expresa con hechos y no con simples palabras por muy bonitas que sean.                       

En el Evangelio hemos escuchado la síntesis que Jesús hace de la Ley entera y los profetas: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estas palabras de Jesús son muy conocidas, no sólo por los cristianos, sino también por quienes no lo son. Las sabemos, las repetimos… pero en muchas ocasiones, no las llevamos debidamente a la práctica. Por una parte está el “amor a Dios”, y por otra, el “amor al prójimo”. Sin embargo, para Jesús no son dos mandamientos diferentes: son inseparables y necesarios, porque el amor a Dios debe expresarse en el amor al prójimo como a uno mismo, y si amo al prójimo estaré amando a Dios, incluso cuando no sea consciente de ello.

Para que llevemos a la práctica las dos dimensiones de este mandamiento, el Papa Francisco ha publicado su encíclica «“Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y amistad social». El título recoge las palabras “que escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio” (1).

El Papa es consciente de que en nuestra sociedad se difunden actitudes negativas hacia determinadas personas y colectivos que son “descartados” y denuncia: “Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno”. (39)

La ley suprema del amor fraterno, que hemos escuchado hoy, nos recuerda que “hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida” (68). Si afirmamos que creemos en Dios, no es una opción posible separar el amor que le debemos a Él del amor que debemos a nuestro prójimo: “La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar”. (92)

Para poder amar uniendo ambos mandamientos, el Papa nos indica por dónde empezar: “Hay un reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia”. (106)

Y como “obras son amores…”, “el amor implica algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos”. (94)

Desde las palabras de Jesús en el Evangelio, ayudados por lo que dice el Papa, cada uno tenemos que revisar con sinceridad cómo estamos cumpliendo el doble mandamiento que sostiene toda nuestra vida como cristianos porque “todo esto podría estar colgado de alfileres, si perdemos la capacidad de advertir la necesidad de un cambio en los corazones humanos, en los hábitos y en los estilos de vida”. (166) ¿Reconozco que necesito cambiar mi corazón, mi estilo de vida? ¿Pido al Señor la gracia de la conversión?

“Obras son amores y no buenas razones”. Para amar a Dios debemos amar al prójimo de forma real y concreta, porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. (1Jn 4, 20). Apliquémonos las palabras que el Papa dirige a quienes se dedican a la política, pero que valen para todos: “después de unos años, reflexionando sobre el propio pasado la pregunta no será: “¿Cuántos me aprobaron, cuántos me votaron, cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?”. Las preguntas, quizás dolorosas, serán: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó?”” (197).    

Comentario al evangelio – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

EL MANDAMIENTO PRINCIPAL:

Amar a Dios, amor de Dios, amar como Dios


    • Lo de amar a Dios y al prójimo lo tenemos archisabido. Lo sabemos y a menudo lo procuramos. Pero pocas veces tenemos en cuenta que nuestro corazón, espontáneamente, no tiende a amar así por las buenas a cualquier «prójimo», sino que tiende a buscar, amar, seleccionar y corresponder a aquellos que percibe como amigables y agradables, mientras se encoge o cierra con los adversarios, con los distintos o, simplemente, ignora a los que no le interesan especialmente. Y nos parece natural, y no nos causa especial inquietud. salvo contadas excepciones.

     • Ya es un primer paso acoger esa Palabra de Dios que nos advierte para que no dejemos entrar en nosotros al resentimiento, el odio, la revancha… porque nos daña principalmente a nosotros mismos. Pero saltar a amar a todos es bastante más complejo, porque el instinto natural sólo entiende de amigos; no fluye espontáneamenhte de nosotros la actitud y generosidad de amar a todos. Y casi diríamos «¡ni falta que hace!».  Con respecto a lo de conformarnos con amar sólo a los nuestros (aunque tampoco sobran a veces las dificultades), ya lo valoró Jesús en otro momento: si saludáis a los que os saludan, ¿qué merito tenéis?¿Si amáis a los que os aman? ¿Qué merito tenéis? También lo hacen así los paganos (Lc 6, 32-33). ¿Qué hacéis de extraordinario? Y levanta el listón: «Amaos los unos a los otros, amad a los que os odian, rezad por los que os persiguen, si te piden medio, da entero»… Es decir: que como discípulos de Jesús tenemos que llegar más allá de ese espontáneo amar a los nuestros, a los que nos corresponden.

    •  Para asumir estos retos de Jesús hay que empezar, por aceptarnos a nosotros mismos, tal como somos y estamos. Y al mismo tiempo también, aceptar la misericordia de Dios, que al amarnos y comprendernos en nuestra miseria, nos posibilita tratar a los otros con la misma generosidad e  incondicionalidad. Sería tarea imposible pretender llevarnos bien con todos los demás sin aceptarnos a nosotros mismos y, sin haber experimentado el amor y el perdón de Dios.

    Por eso, antes que nada necesitamos amarnos como Dios nos ama, y para poder después amar a los demás como a nosotros mismos. El amor a nosotros mismos no puede ser, sin más, el punto de referencia para tratar a los demás, porque descubrimos comportamientos de puro egoísmo, de inadaptación y falta de autoaceptación, la irritabilidad o el descontento personal, el tener una autoestima demasiado elevada o excesivamente baja, heridas sin cerrar… y todo esto nos causa daño a nosotros y lo acabamos reflejando en los demás. Si yo no estoy bien… será muy difícil tratar a los demás bien. Y si yo estoy mal conmigo mismo…. los otros experimentarán sin duda las consecuencias.

     Jesús, en su único y nuevo mandamiento, reformuló el «como a ti mismo»… por «como yo os he amado». Mucho mejor y más claro si el punto de referencia no soy «yo mismo», sino su modo concreto y extremo de amarnos. Por eso, más allá de amarnos a nosotros mismos, será necesario amarnos como Dios nos ama y como Jesucristo ama.

      • Por la fe yo puedo experimentar: «Tú eres amado». Esto es bien importante: Dios te ama, Dios te ama como eres y como estás, Dios te ama a pesar de todo, Dios te regala su amor, para que puedas amar con él. Déjame que te lo repita: Tú eres amado. Aunque puedas verte con mil limitaciones y dificultades, y te pueda parecer que no «mereces» ser amado. El amor verdadero no precisa los «méritos» del otro, porque es «incondicional». Dios te ama así, y porque sí, porque es Amor, y es su amor el que te hace capaz y fuerte para amar. El amor de otros siempre nos hace más fuertes y mejores amantes, y el de Dios con mucha mayor razón.

     Si llegamos a pasar por la dolorosa experiencia de traicionar -como Pedro- su amor, y que nos venza el miedo, la incoherencia… y se nos escapen las lágrimas por nuestra fragilidad, también experimentaremos cómo el Señor nos mira sin reproche, con ternura, con esperanza, nos sentiremos perdonados… La aceptación de la propia fragilidad, y el reconocerla delante de Dios es la ocasión para que el Señor nos encomiende -como a Pedro- que cuidemos de los demás: «Como yo te amo, te perdono y te miro con ternura después de tu caída… te encomiendo que te acercas a los otros y los cuides en mi nombre». No se lo había pedido antes de caer, sino después. Nuestra flaqueza y nuestro pecado nos permiten y ayudas a acercarnos a los otros desde la misericordia, desde la ternura, desde la acogida…

       • Dando un paso más, debiéramos amar a los demás como a Cristo en persona. Hacernos conscientes de que al amar, no amamos a otro diferente que al mismo Cristo. Convertiríamos así nuestras relaciones en un verdadero sacramento. Si procuráramos con nuestros ojos de fe reconocer en los demás al mismo Hijo de Dios, temblarían nuestras manos, y el corazón sobrecogido pondría en cada uno de nuestros gestos la ternura, la delicadeza, la misericordia, el amor más intenso. Leemos en la Primera Carta de San Juan: el que ama a Dios, ame a su hermano (1Jn 4, 20-21). Y es tan fuerte esa relación entre Cristo y los otros, que él mismo dirá un día: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y «me» disteis de comer, «me» disteis de beber, me acogisteis enfermo, o emigrante... Nuestro corazón debiera estremecerse al tener cada día tantas oportunidades para amar y servir al mismo Cristo en persona, amando a cuantos viven y pasan cerca de nosotros. Pero aunque hiciéramos el bien y amáramos sin ver en ellos a Cristo (tantos hombres buenos lo hacen), será él quien lo tenga en cuenta y nos dirá aquel día: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.

  •  Todavía podríamos señalar otra vía para el amor: Amar como si nosotros mismos fuéramos Cristo. Cristo, aquel que perdonó, curó, acogió, se sentaba con pecadores, hizo el bien por donde pasaba… Que pusiéramos la ternura del Maestro en nuestros oídos; hablásemos con calma y anunciáramos la Buena Noticia con nuestras humildes palabras y actitudes. Todo nuestro cuerpo y nuestro corazón, nuestro pensamiento pueden ser los del propio Jesucristo. ¡Qué vocación más admirable, que quien nos vea, le vea a Él!. Cristo pudo afirmar de sí mismo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Todos sus discípulos tenemos planteado el mismo reto: que al amar nosotros le vean a él, le experimenten a él, para que el mundo crea: “Mirad cómo se aman”, que se decía de las primeras comunidades.

  •   Y ¿cuál sería es la clave para sentirme profundamente amado, a pesar de mis limitaciones, y que mis obras y actitudes reflejen ese amor de Dios? La respuesta está en Cristo. Él se sentía continuamente bajo la mirada amorosa de su Padre. Y a Él levantaba los ojos a la hora de una decisión, de curar, o de hacerse Pan partido. El Señor sabía encontrar tiempo para estar con Él a solas. Y hacía de la voluntad del Padre su principal alimento.  Éste era su «truco», si se puede decir así. Y el nuestro: tenemos a nuestro alcance las fuentes del amor de Dios: su palabra, la Eucaristía (que llamamos sacramento del amor de Dios, donde él se nos entrega siempre que lo busquemos), la comunidad de hermanos que comparte, se entrega y ama, el don del Espíritu Santo (el Amor de Dios en mí) y que Dios nunca niega a quienes se lo piden…

  •  Nuestro amor, por ser sacramento del mismo Cristo, está llamado a abrir el horizonte de los hombres y colocarlos directamente ante Dios para que se sientan amados por él. LA TAREA Y LA MISIÓN ES QUE A TRAVÉS DE MÍ SIENTAN Y SE ENTEREN DE QUE QUIEN DE VERDAD LES AMA ES CRISTO, ES DIOS. COMO ME AMA A MÍ, COMO PROCURO AMARLOS YO. 

               Permitidme, ya que el día 24 hemos celebrado los 150 años del encuentro definitivo con Dios de San Antonio María Claret, que concluya con una oración suya, que resume y convierte en plegaria algo de lo que aquí hemos meditado hoy:

Hermano mío: yo te amo. Yo te quiero por mil razones:
Yo te amo porque Dios quiere que te ame y me ha hecho tu hermano.
Te amo porque Dios me lo manda. Te amo porque Dios te ama.
Te amo porque Dios te ha creado a su imagen y para el cielo.
Te amo porque Dios derramó su sangre para darte la vida.
Te amo por lo mucho que Jesucristo ha hecho y sufrido por ti.
Y como prueba del amor que te tengo haré y sufriré por ti
todas las penas y trabajos, incluso la muerte si fuera necesario.
Te amo porque eres amado de María, mi queridísima Madre.
Te amo, y por amor te enseñaré de qué males te debieras apartar,
qué virtudes debes desarrollar, y te acompañaré
por los caminos de las obras buenas y del cielo. (San Antonio M Claret)

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo