La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

4.- LA REGLA DE ORO

Mt 7, 12; Lc 6, 31-43

La llamada regla de oro será la expresión más concreta del amor cristiano, de cómo ha de compartirse con los demás: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: esta es la Ley y los Profetas.

Poner a los otros en nuestro lugar, tratarlos siempre y en todo como quisiéramos ser tratados: es una práctica difícil porque supone el olvido de uno mismo[1]. Para alcanzarla, el cristiano ha de tener la convicción, fundada sobre la fe, de que Dios nos tratará como hayamos tratado a los demás:

No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que mi dáis seréis medidos.

La experiencia nos enseña que podemos caer en las faltas de las que nos parece que los demás son culpables. Por eso dirá el Señor: No juzguéis y no seréis juzgados. El discípulo de Cristo no se constituye en juez de los demás:

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: hermano, deja que quite la paja que hay en tu ojo, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la paja del ojo de tu hermano.

Las palabras y acciones tienen sus raíces profundas en los pensamientos: para que aquellas sean buenas es necesario que primero lo sean estos. Ningún árbol bueno da frutos malos, ni puede haber árbol malo que dé frutos buenos: porque por los frutos se conoce la naturaleza del árbol. No se cogen uvas de los espinos, ni higos de los abrojos. A cada uno se le conoce por este criterio: Por sus frutos los conoceréis.

Termina el Sermón del Monte. Todos están admirados y sobrecogidos por las enseñanzas del Maestro. Ahora es necesario llevarlas a la práctica:

Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: Cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.


[1] «Solo por la vía del amor, cuyas sendas se describen en el Sermón de la Montaña, se descubre la riqueza de la vida, la grandiosidad de la vocación del hombre…, y se explica qué es la libertad: es libertad para el bien, libertad que se deja guiar por el espíritu de Dios». BENEDICTO XVI, o.c., p. 129.