Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 15, 38-39

40Pero estaban también mujeres mirando desde lejos, y entre ellas María Magdalena y María, la madre de Santiago el Menor y de Joseto, y Salomé 41que, cuando estaba en Galilea, lo seguían y servían, y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

15, 40-41: Después de la confesión del centurión, el foco cambia a otros testigos de la muerte de Jesús, un grupo de reverentes mujeres (15,40-41). Aunque sean seguidoras de Jesús, como sus acciones siguientes confirman (15,42-47; 16,1-8), su mención como gentes que observan «desde lejos» introduce una nota de reserva, ya que las retrata como incapaces o poco dispuestas a correr en ayuda de Jesús en sus horas de angustia, quizás por el miedo de verse relacionadas con un criminal condenado. La mención de las mujeres que observan desde lejos prepara así el terreno para el final del evangelio, en el que huirán llenas de terror del lugar de la resurrección de Jesús (16,8). Este hecho evoca también un salmo del justo sufriente (Sal 38, 10-11).

Pero la pintura de las mujeres no es negativa en principio. Estas mismas figuras reaparecerán en los dos pasajes restantes del evangelio, donde darán testimonio no solo de la sepultura de Jesús (15,42-47), sino también de la tumba vacía, que proclamará su resurrección (16,1-8). Son, pues, testigos oculares de la tríada kerigmática: Jesús murió, fue enterrado, resucitó (cf. 1Cor 15,3-5). Marcos cataloga cuidadosamente sus nombres y procede a ofrecer una amplia visión retrospectiva sobre la experiencia anterior de estas mujeres con Jesús: habían seguido a Jesús cuando estaba en Galilea (15,41a), lo habían servido allí (15,41b), y habían subido con él a Jerusalén (15,41c). Estos detalles son paralelos a las menciones de los discípulos varones: ambos grupos siguen a Jesús (cf. 1,16-20; 6,1; 10,28.32), ambos están relacionados con su ministerio en Galilea (cf. 1,16.28-29; 9,30; 14,28; 16,7), y ambos suben con él a Jerusalén (cf. 10,32-33). Pero a diferencia de los hombres, que escaparon cuando Jesús fue detenido (14,50-52), y como la mujer anónima que había ungido a Jesús en 14,1-9, estas mujeres aparecen vinculadas con el último acto de servicio de Jesús, su muerte (cf. 10,45). Inesperadamente, sin embargo, no serán estas mujeres, cuyo continua vinculación a Jesús acaba de destacar el evangelista, sino un miembro de la élite judía, que hasta ahora había sido abrumadoramente hostil, el que en el siguiente pasaje del evangelio asumirá la caritativa tarea de sepultarlo.

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