Amor de Dios a los hombres (amor de Dios a los hombres)

En numerosos pasajes de la Sagrada Escritura se nos habla del amor de Dios por nosotros. No le basta decírnoslo una o dos veces; en ocasiones, lo repite hasta cinco veces en el mismo lugar (Is 46, 3-4). Y en otros pasajes nos asegura que, aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Él jamás nos olvidará, pues nos lleva escritos en sus manos para tenernos siempre a la vista (Is 49, 15-17); que quien nos toca, hiere las niñas de sus ojos (Za 2, 12). Fue el Señor, con todo, quien nos enseñó en toda su hondura el amor que Dios tiene a los hombres, a cada hombre.

Él nos invita a no preocuparnos en exceso por la comida ni el vestido, pues bien sabe que tenemos necesidad de todo eso (Mt 6, 31-33); y nos dice que tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza y ni uno de ellos se perderá (Mt 10, 30); y su Padre nos ama como Él lo ama, y Él nos ama como su Padre a Él (Jn 17, 26; 15, 9). Quiere que estemos donde Él está, es decir, descansando con Él en el seno y en el corazón de su Padre (Jn 17, 24)…

El Espíritu Santo nos exhorta a poner nuestra confianza en Dios con absoluto abandono: Encomienda a Yahvé tus caminos y todos tus asuntos, confía en él y él obrará (Sal 36, 5). Y en otro lugar: Encomienda a Yahvé tu destino y todo lo que te preocupa, y él te sostendrá (Sal 55, 23). San Pedro nos anima: echemos sobre él todos nuestros cuidados puesto que se preocupa de nosotros (1P 5, 7)… Es lo que oyó del Señor Santa Catalina de Siena: «Hija, olvídate de ti y piensa en mí, que yo pensaré continuamente en ti».

El amor de Dios a los hombres es muy superior a cualquier idea que podamos formarnos. En primer lugar nos ha hecho hijos suyos, como nos dice San Juan: Mas a cuantos le recibieron dióles poder de llegar a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1, 12). Todas las formas en que se expresa la Sagrada Escritura nos muestran que esta filiación es real y verdadera: Ved qué amor nos ha tenido el Padre, que ha querido que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos (1Jn 3, 1).

La filiación divina es la muestra más grande de amor de Dios a los hombres. Tiene para nosotros la abnegación y la ternura de un padre, y Él mismo se compara a una madre que no puede olvidarse jamás de su hijo (Is 49, 15).

Dios nos ama con amor personal e individual, a cada uno en particular. Jamás ha cesado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o en los que cometimos los pecados más graves. Quizá, en esas tristes circunstancias, ha sido cuando más atenciones hemos recibido de Dios, como nos muestra en las parábolas que expresan de modo especial la misericordia divina: la oveja perdida es la única que fue llevada a hombros; la fiesta del padre de familia es para el hijo que dilapidó la herencia, pero que supo volver arrepentido; la dracma perdida y después encontrada dio a aquella mujer más alegría que todas las demás… (cfr. Lc 15, 1). A lo largo de nuestra vida, su atención y amor han sido constantes, y ha tenido presentes todas las circunstancias y sucesos por los que habíamos de pasar. En cada momento estuvo junto a nosotros: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28, 20), hasta el último momento de nuestra vida.

Como muestra de amor nos dejó los Sacramentos, «canales de su misericordia». De modo especial, la Confesión, donde se nos perdonan los pecados, la Sagrada Eucaristía, donde quiso quedarse como una muestra especialísima de amor.

Como muestra de su amor nos ha dado un Ángel para que nos proteja, nos aconseje y nos preste infinidad de favores hasta que lleguemos al final de esta vida, donde Él nos espera para darnos el cielo prometido, una felicidad sin límite y sin término.