Todos los santos: ellos nos animan

1.- La pequeñez se hizo grandeza. La felicidad la conquistaron con aquello de lo que los sabios se sonreían. Dejaron huella y, lo mejor, es que ni siquiera muchos de ellos se dieron cuenta. Pero, eso sí, allá por donde pasaron fueron fermento del evangelio. Esta es, ni más ni menos, la festividad de Todos los Santos.

Comprobaron, por sí mismos, que la santidad desde donde mejor se veía era desde el monte de las bienaventuranzas.

No anduvieron en medias tintas. Muchos de ellos, unos con sufrimiento, otros desde el silencio, otros más con un corazón gigantescamente ancho, y otros tantos más acosados por la persecución, etc., comprobaron en la confrontación con muchas cosas, sistemas, personas e intereses que –el camino hacia la santidad- está torpedeado a veces por el ruido de la mediocridad. Pero no se dejaron vencer.

–Madres que se han sacrificado hasta la saciedad por sus hijos

–Padres que no han renunciado a ejercer su responsabilidad como tales

–Religiosos y sacerdotes que se han ido consumiendo como si fueran lámparas al pie del

altar

–Misioneros que, cogidos de la mano de la hermana soledad, han dado el todo dejándolo

todo por Cristo

–Hombres y mujeres a los cuales no les ha importado nada ser señalados por ir

contracorriente sin dejarse dominar por el ambiente

2.- Y así, en un océano inmenso, podríamos ir enumerando situaciones y vivencias donde las Bienaventuranzas, aún siendo un programa exigente, siempre han contado y encontrado entusiastas que las han hecho realidad.

La iglesia, en esta festividad, no solamente los recuerda sino que celebra las grandes maravillas que Dios ha creado a través de ellos, por ellos y con ellos.

Esta festividad de Todos los Santos es la fiesta de aquellos que han sabido tomarse en serio las cosas de Dios. Es el día en que veneramos y cantamos la gloria de aquellos para los cuales, Dios, lejos de pasar de refilón cambió su vida y posibilitaron el paso de Dios a través de ellos para los demás. Al fin y al cabo ¿un santo no es sino aquel que mejor nos hace comprender, ver y entender la presencia de Dios en medio de nosotros?

Muchos, sin ser conscientes de ello, fueron testigos nítidos y vivos de Dios. Nunca soñaron con formar parte de esa muchedumbre de santos que hoy llena el horizonte de esta fiesta. Hoy, la Iglesia, ve en ellos la mano poderosa de Dios. Los signos más clarividentes de que el camino de las bienaventuranzas es posible cuando se tienen las cosas claras. Cuando se confía en Dios. Cuando se antepone el servicio a los demás a los de uno mismo. Cuando se pone el corazón más en Dios que en el dios-hombre.

La festividad de Todos los Santos es cantar la grandeza de un Dios que nos indica un sendero para alcanzar la felicidad auténtica. Aquellos la creyeron a ojos cerrados. La trabajaron con manos generosas. La amaron a corazón abierto. Entendieron, que la felicidad que Jesús les prometía, era en todo superior a los pequeños sorbos de aquella otra más efímera y engañosa.

3. ¿Cuál es la motivación de esta muchedumbre de santidad que hoy entra por la ventana de nuestro pensamiento? ¿Cuál es la razón, primera y última, de tantos hombres y mujeres contenido en el gigantesco lienzo de la memoria de Dios?: la gloria definitiva que el Señor les prometió.

También a nosotros, aún en medio de vicisitudes y de contrariedades, de sombras y de dudas, Todos los Santos nos empujan para que finalicemos la carrera emprendida en el día de nuestro bautismo.

**Todos los Santos nos animan desde el graderío del cielo para que, ante la tentación de mirar hacia atrás, veamos lo que más adelante nos espera: el abrazo con Dios

**Todos los Santos nos aplauden cuando, lejos de acobardarnos, recogemos el testigo de las bienaventuranzas pregonándolas con nuestra propia existencia

**Todos los Santos, más allá de ser hombres y mujeres pintados o tallados en simple madera, son el espíritu de un Dios que habla, actúa y se hace presente en la santidad de cada día.

**Todos los Santos nos asisten, con el avituallamiento de su intercesión ante Dios, cuando nos caemos en el intento de ser mejores.

¿No os parece seductor el pensar que tal vez Dios nos tiene reservado un hueco en ese retablo inmenso e invisible de Todos los Santos?

Javier Leoz