Vísperas – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXX TIEMPO ORDINARIO

V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.

Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.

Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.

Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.

Porque existen las víctimas, el llanto. Amén.

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

SALMO 120: EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA BREVE 1Co 2, 7-10a

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

V/. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
R/. Para conducirnos a Dios.

V/. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

 

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

MAGNÍFICAT, Lc 1, 46-55 ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

 

PRECES

Bendigamos ahora al Señor Jesús, que en su vida mortal escuchó siempre con bondad las súplicas de los que acudían a él y con amor secaba las lágrimas de los que lloraban, y digámosle también nosotros:

Señor, ten misericordia de tu pueblo.

Señor Jesucristo, tú que consolaste a los tristes y deprimidos,
— pon ahora tus ojos en las lágrimas de los pobres.

Escucha los gemidos de los agonizantes
— y envíales tus ángeles para que los alivien y conforten.

Que los emigrantes sientan tu providencia en su destierro,
— que puedan regresar a su patria y que un día alcancen también la eterna.

Que los pecadores se ablanden a tu amor
— y se reconcilien contigo y con tu Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Perdona las faltas de los que han muerto
— y dales la plenitud de tu salvación.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que, del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina, así las podamos cantar también plenamente, con la asamblea de tus santos, por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad; y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 14,1-6
Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando. Había allí, delante de él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?» Y no pudieron replicar a esto. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy relata un episodio de la discusión entre Jesús y los fariseos, acontecido durante el largo viaje de Jesús desde Galilea hasta Jerusalén. Es muy difícil situar este hecho en el contexto de vida de Jesús. Hay semejanzas con un hecho narrado en el evangelio de Marcos (Mc 3,1-6). Probablemente, se trata de una de las muchas historias transmitidas oralmente y que, en la transmisión oral, fueron siendo adoptadas según la situación, las necesidades y las esperanzas de la gente de las comunidades.
• Lucas 14,1: La invitación en el día de sábado. “Sucedió que un sábado fue a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos le estaban observando.”. Esta información inicial sobre el convite en casa de un fariseos le sirve a Lucas para contar diversos episodios que hablan de convites: curación del hombre enfermo (Lc 14,2-6), escogida de los lugares para comer (Lc 14,7-11), escogida de los convidados (Lc 14,12-14), convidados que no aceptan la invitación (Lc 14,15-24). Muchas veces Jesús es convidado por los fariseos para participar en comidas. En la invitación tiene que haber habido una cierta curiosidad y un poco de malicia. Quieren observar a Jesús de cerca para ver si él observa en todo las prescripciones de la ley.
• Lucas 14,2: La situación que provoca la acción de Jesús. “Había allí, delante de él, un hombre hidrópico”. No se dice cómo un hidrópico puede entrar en casa del jefe de los fariseos. Pero si él está delante de Jesús es porque quiere ser curado. Los fariseos observan a Jesús. es un día de sábado, y en un día de sábado, está prohibido curar. ¿Qué hacer? ¿Se puede o no?
• Lucas 14,3: La pregunta de Jesús a los escribas y a los fariseos. “Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» Con su pregunta Jesús explicita el problema que estaba en el aire: ¿se puede o no curar en un día de sábado? La ley permite esto ¿sí o no? En el evangelio de Marcos, la pregunta es más provocadora: “¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?” (Mc 3,4).
• Lucas 14,4-6: La curación. Los fariseos no respondieron y quedaron en silencio. Ante el silencio de aquel que ni aprueba ni desaprueba, Jesús le toma, le cura y le despide. En seguida, para responder a una posible crítica, explicita el motivo que le lleva a curar: » Y a ellos les dijo: ¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?” Con esta pregunta, Jesús muestra la incoherencia de los doctores y de los fariseos. Si uno de ellos, en día de sábado, encuentra que no hay ningún problema en socorrer a un hijo o hasta un animal, Jesús también tiene el derecho de ayudar y curar a un hidrópico. La pregunta de Jesús evoca el salmo, en el que se dice que Dios mismo socorre a hombres y animales (Sal 36,8). Los fariseos “no pudieron replicar a esto”. Pues ante la evidencia no hay argumento que pueda negarla. 

4) Para la reflexión personal

• La libertad de Jesús ante la situación. Y aunque se sienta observado por quienes no le aprueban, Jesús no pierde su libertad. ¿Qué libertad existe en mí?
• Hay momentos difíciles en la vida, en que nos vemos obligados a escoger entre la necesidad inmediata del prójimo y la letra de la ley. ¿Cómo actuar? 

5) Oración final

Doy gracias a Yahvé de todo corazón,
en la reunión de los justos y en la comunidad.
Grandes son las obras de Yahvé,
meditadas por todos que las aman. (Sal 111,1-2)

Comentario – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

El evangelista nos pone en situación describiendo la escena con maestría de narrador: Un sábado entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. No es la primera vez que vemos a los fariseos en esta disposición que consiste en observar las conductas ajenas para juzgarlas conforme a sus leguleyos y, con frecuencia, mezquinos criterios. Era sábado: un día propicio para ejercitarse en esta tarea judicial. El sábado no era simplemente el día séptimo de la semana, sino el día del descanso sagrado, un día con carácter de ley y que imponía, por tanto, una observancia legal a todo judío observante o piadoso. Siendo norma sagrada, la ley del sábado obligaba a una determinada conducta. Los fariseos se sienten garantes de esa ley, y por eso se creen con derecho a juzgar del comportamiento de Jesús, adoptando ante él una actitud muy crítica, rayana con lo miserable.

Jesús se encontraba como invitado en casa de uno de los principales fariseos de la ciudad para el acto social o comunitario de la comida; por tanto, expuesto a las miradas y a los juicios de los demás comensales, esos mismos que le estaban espiando. Los fariseos allí presentes observan con mirada inquisitorial los movimientos de Jesús, porque es sábado y porque hay un enfermo en el lugar. La confluencia de ambos daba realce al momento. Pero ¿qué hacía un enfermo de hidropesía en la sala de un banquete organizado por un fariseo? No es descabellado imaginar que aquel enfermo había sido colocado allí como señuelo o conejillo de indias por los mismos fariseos que estaban a la espera de la actuación del maestro taumaturgo. Al fin y al cabo eso es lo que habían hecho con la mujer sorprendida en adulterio y llevada a la presencia de Jesús para él diera su veredicto.

Al encontrarse delante del enfermo, Jesús, que era bien consciente de la situación en que querían ponerle sus espías y jueces, se dirige a ellos mismos con una pregunta que representaba un verdadero desafío a su rígida mentalidad: ¿Es lícito curar los sábados, o no? Al parecer, la pregunta no mereció respuesta o provocó el embarazoso silencio de aquellos a quienes iba dirigida. En realidad, para los fariseos la respuesta estaba ya dada en la formulación de la misma ley: si en día de sábado no se podía trabajar, puesto que era día de descanso, y curar a un enfermo era un trabajo -el trabajo propio del médico-, resultaba evidente que no se podía curar en sábado o que curar los sábados era un acto manifiestamente ilícito. Pero aquellos fariseos prefirieron callar o no significarse en su respuesta explícita a la pregunta que les había dirigido Jesús. Quizá les costaba demasiado admitir públicamente la conclusión a la que les llevaban sus premisas.

Y ése es el momento de la actuación. Porque Jesús no se limita a lanzar preguntas inquietantes, sino que lleva el desafío hasta el final: toca al enfermo y lo cura, y curándolo hace lo que no está permitido en sábado. Pasa de las palabras a las obras, consuma la transgresión y se atrae la sentencia condenatoria, aunque todavía in pectore, de aquellos jueces a quienes ha silenciado con su pregunta y su inmediata actuación. Como en el caso de la mujer sorprendida en adulterio, también aquí Jesús les ha dejado sin argumentos y sin armas.

Pero a la pregunta, agrega una justificación, amparado en la excepcionalidad de la ley, esa excepcionalidad a la que ellos también recurren cuando les conviene: si a uno de vosotros –les dice- se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado? Podría esperar al día siguiente para sacarlo, pero no lo hace porque le interesa rescatar vivo al animal. Si ellos, tan observantes de la ley, obran así en circunstancias excepcionales en que la urgencia y la gravedad del caso reclaman una actuación inmediata sin sentimiento de culpa, ¿por qué no va a actuar él en una circunstancia similar en favor no de un animal, sino de un ser humano a quien la enfermedad tiene sometido? Tras esta observación creció aún más la intensidad de su silencio; pero aquella ocasional falta de respuesta no significó el fin de sus hostilidades, ni el cese de sus maquinaciones. Al contrario, se avivaron todavía más esas ascuas adormecidas en las que pervivían odios capaces de desencadenar efectivos propósitos homicidas.

Con la curación de aquel enfermo Jesús proclamaba a los cuatro vientos que no hay ley que esté por encima del ser humano y de la satisfacción de sus necesidades más elementales (salud, comida, abrigo, trabajo, vivienda); por tanto, que no puede haber ley justa que no ampare o proteja los derechos humanos; y en consecuencia, que una ley inhumana o que legislara abiertamente contra el hombre se descalificaría a sí misma, perdiendo su carácter normativo. Lo formula el mismo Jesús en otro lugar con una frase lapidaria: el Sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el Sábado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Se recomiendan las traducciones bien cuidadas

22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso ala Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos.

La misa del domingo: misa con niños

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

 

ENTRADA

Hermanos: En realidad, todas las eucaristias que cele­bramos en nuestras parroquias y templos no son sino parti­cipación de la única y eterna eucaristía que celebró Jesús y que se perpetúa por siempre en la vida eterna. Todos los hombres que han alcanzado la salvación en Cristo partici­pan de ella eternamente. Hoy vamos a celebrar nosotros la eucaristía sintiéndonos en comunión con todos esos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han vivido su vida de tal modo que participan ya de la eucaristía eterna. Ellos son los santos todos cuya festividad conmemoramos.

ACTO PENITENCIAL

  • Tú que quieres que todos los hombres se salven. SEÑOR, TEN PIEDAD.
  • Tú que quieres que nos realicemos plenamente, en la tierra y en el cielo. CRISTO, TEN PIEDAD.
  • Tú que, más allá de la muerte, nos llamas a una plenitud de gloria y de felicidad. SEÑOR, TEN PIEDAD.

ORACION COLECTA

Oremos: Dios todopoderoso y eterno, te alabamos y nos ale­gramos por toda esa cantidad inmensa de hombres y mujeres que han pasada por la historia de tal modo que han merecido ser recibidos por ti en el cielo, y te pedimos que también nosotros un día merezcamos formar parte de esa gloriosa asamblea. Por Jesucristo nuestro Señor.

LECTURA PROFETICA

Juan, el evangelista, describe proféticamente en el Apo­calipsis una visión simbólica de lo que será la asamblea glo­riosa del cielo.

LECTURA APOSTOLICA

No sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que en verdad la somos. Lo que pasa es que aún no ha llegado a plenitud lo que ya hemos comenzado a ser. No podemos vivir plenamen­te nuestra fe si no tenemos en cuenta el futuro que nos espera­. De esto nos habla esta carta de San Juan.

LECTURA EYANGELICA

Los santos no son sólo aquéllos cuyos nombres han sido inscritos en el catálogo que existe en Roma. Santos son aquéllos que viven coherentemente con el programa de que Jesús nos propuso, el programa de las bienaventuranzas, que es lo que vamos a escuchar.

ORACION DE LOS FIELES

Con la esperanza puesta en Dios, el Padre de todos, presentemos nuestras plegarias.

Oremos diciendo: PADRE, ESCÚCHANOS.

  1. Por la Iglesia. Que sea siempre pobre y esté al lado de los pobres. OREMOS:
  2. Por los cristianos. Que aprendamos cada día más a seguir el camino del Evangelio, para dar un buen testimonio en nuestro mundo. OREMOS:
  3. Por los que viven sin esperanza. Que encuentren en Jesús la luz y la fortaleza que necesitan. OREMOS:
  4. Por los que no tienen lo necesario para vivir, en nuestro país y en todos los países del mundo. Que su situación remueva las conciencias de los responsables de la política y de la economía, y actúen para poner remedio a esta injusticia. OREMOS:
  5. Por nuestros difuntos. Que Dios, el Padre del amor, los acoja con él en el cielo, y les dé su vida y su luz para siempre. OREMOS:
  6. Por nosotros. Que el recuerdo de los santos y santas que nos han precedido nos dé confianza y esperanza, y nos anime a avanzar en el camino de la santidad. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y danos tu Espíritu Santo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Dígnate aceptar, Señor, las ofrendas que te presentamos en  honor de todos los Santos, y haz que sintamos interceder por nuestra salvación a todos aquéllos que ya gozan de la gloria de la inmortalidad. Por Jesucristo.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Oremos: Te pedimos, Señor, que la eucaristía nos recuerde siempre que la santidad no es algo reservado a una élite priviñegiada, sino que a todos y a cada uno de nosotros nos llama a ser santos. Por Jesucristo nuestro Señor.

DESPEDIDA

Las bienaventuranzas que hoy hemos escuchado no son un texto frío para reflexionar en la eucaristía, sino un programa para realizar en la vida. Por eso quizá será bueno que volvamos a releer en casa las palabras de Jesús una y otra vez, para ir acomodando nuestra vida más y más a si programa. Que el Señor nos ayude a llevarlo a cabo.

La misa del domingo

A la vista del gentío, el Señor sube a la montaña y se sienta. Los discípulos se acercan y Él «se puso a hablar, enseñán¬doles». Esta introducción al llamado “sermón de la montaña” no es una simple descripción de los hechos. Es un mensaje tremendo para los judíos. El Señor es presentado como el nuevo Moisés.

En efecto, con la autoridad propia de un maestro, el Señor se sienta en la “cátedra” de la montaña y se dispone a proclamar su enseñanza a los discípulos en primer lugar, pero una enseñanza destinada a superar los límites de Israel y alcanzar a todos los hombres de todos los tiempos. Aunque sabemos que se encuentra en Galilea, cerca de Cafarnaúm, el evangelista no especifica de qué monte se trata. Mateo se refiere al lugar únicamente como “la montaña”, lugar que es también el lugar predilecto de oración del Señor Jesús, lugar de encuentro con el Padre. De este íntimo encuentro con el Padre, de ese estar en su presencia y entrar continuamente en su intimidad, procede su doctrina, su enseñanza (ver Jn 15,15). Al referirse a aquel lugar como “la montaña”, proclama que se trata de un nuevo y definitivo Sinaí.

Si la montaña es el nuevo Sinaí, el Señor Jesús es el nuevo Moisés. Aquél había recibido de Dios las tablas de la Ley para comunicárselas al pueblo de Israel, y ahora el Señor Jesús se dispone a promulgar la nueva “Ley”, que no cancela la de Moisés sino que la eleva a su perfección. En efecto, el Señor, recorriendo diversos mandamientos de la antigua Ley, enseñará con autoridad: “Habéis oído que se dijo a los antepa¬sados… Mas yo os digo…” (Mt 5,21.27.¬31.33.38.43).

Así, pues, con esta brevísima introducción queda claro que el “sermón de la montaña” es la nueva Ley, la Ley definitiva, la Ley promulgada por el nuevo Moisés en el nuevo Sinaí. El Señor Jesús se sienta en la “cátedra” como maestro de Israel y como maestro de todos los hombres en general: todos están invitados a acercarse al Maestro para escuchar y acoger sus enseñanzas y convertirse en discípulos. El Señor forma un nuevo pueblo, en el que lo que importa ya no es el origen, sino la escucha y el seguimiento.

Inicia el Señor su “sermón” proclamando “dichosos” o “bienaventurados” a los pobres en el espíritu, a los que lloran, a los sufridos, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por causa de la justicia, por causa del Señor.

Cada una de estas bienaventuranzas lanzada por el Señor es una paradoja: invierte absolutamente los criterios del mundo. En efecto, la escala de valores que presenta el Señor, que es la escala de valores de Dios, es completamente opuesta a la escala de valores con la que opera la sociedad olvidada de Dios. Los que según los criterios de este “mundo” son considerados pobres, débiles, inútiles, despreciables, son y serán bendecidos por Dios si en Él ponen su confianza. Y si bien las bienaventuranzas son ante todo promesas “escatológicas”, promesas que verán su pleno cumplimiento al final de los tiempos, el discípulo, al estar íntimamente unido a Cristo, fuente de su vida, de su amor y de su gozo, experimenta y vive ya en su terreno peregrinar una misteriosa alegría en medio del dolor o desgarrador sufrimiento que pueda experimentar.

El discípulo está llamado a santificarse en Cristo, participando de su misma vida y destino. El discípulo debe aprender del Maestro. Él, que promulgó las Bienaventuranzas, es al mismo tiempo su Modelo supremo. En Él se verificará cada una de las Bienaventuranzas, de modo que éstas pueden ser consideradas como una «velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura» (S.S. Benedicto XVI). Se santifican aquellos que, escuchando y siguiendo al Señor, asumen las Bienaventuranzas como programa de vida.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La fiesta de todos los santos nos recuerda que también a nosotros Dios nos llama a ser santos: «santificaos y sed santos, pues yo soy santo» (Lev 11,44; ver Mt 5,48).

Ante esta invitación más de uno puede preguntarse con escepticismo: “¿Yo, santo?”. Muchos se dicen a sí mismos: “No, eso no es para mí, es para otros, es para los curas o las monjas”. Otros, aunque quisieran, se dicen: “¿Cómo podría yo ser santo, si soy tan pecador?”. Otros, que quizá lo han intentado durante mucho tiempo sin ver avances, caen en el desaliento: “¿Para qué seguir intentando? No puedo, siempre caigo en lo mismo”. Muchos otros, envueltos en las múltiples fascinaciones del mundo, no entienden qué pueda tener de atractivo un ideal así: “¿Ser santo? ¡Qué aburrido! ¡Me perdería demasiadas cosas!”.

Lo cierto es que el llamado a ser santo, a ser santa, es un llamado hecho a pecadores. Nadie nace santo. Por más pecador que seas, tú estás llamado a ser santo. ¿Que eres muy frágil y siempre caes en lo mismo? Pues te respondo que santo no es aquel o aquella que nunca cae, sino quien siempre se levanta, quien una y otra vez, tercamente, pide perdón al Señor y vuelve a la batalla, renovándose en sus propósitos. Santo es aquel que a pesar de caer “siempre en lo mismo” jamás se desalienta, y persevera hasta el fin. Los santos se asemejan en esto a esos muñequitos llamados “porfiados”: los tumbas y se vuelven a poner de pie; y aunque los tumbes mil veces, mil veces se volverán a poner de pie. Y podemos ser santos, podemos volver a ponernos de pie, porque contamos con el perdón del Señor, porque contamos con su fuerza y su gracia, que viene en auxilio de nuestra debilidad cuando humildes acudimos a Él. Esta fuerza, no podemos olvidarlo, la encontramos especialmente en la confesión sacramental, en la Eucaristía y en la oración perseverante. Puede, quien tercamente acude al Señor y encuentra en Él su fuerza: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Flp 4,13).

Dios nos llama a ser santos por más indignos o frágiles que seamos. Y si Dios nos llama a ser santos, es porque es posible. Sí, es posible, a pesar de tu debilidad y fragilidad. Es posible porque Él lo hace posible con su fuerza, con su gracia, con la acción de su Espíritu en aquel que desde su pequeñez pone de su parte y coopera con la gracia divina. Es verdad que para nosotros, si queremos obrar con nuestras solas fuerzas, es una tarea imposible, mas lo que es imposible para nosotros, es posible para Dios (ver Mt 19,26). Por tanto, una vez que contamos con la gracia de Dios, para ser santos «no se necesita otra cosa que quererlo» (San Juan Crisóstomo). Y es que, el que quiere el fin, pone los medios.

¿Y por qué deberíamos desear ser santos más que nada en la vida, más que todos los tesoros y placeres que el mundo puede ofrecerte? Porque de eso depende tu felicidad. ¿Y no anhelas más que nada en la vida ser feliz y hacer felices a otros? El Señor Jesús llama “bienaventurados” a los santos (ver Mt 5,3-12), es decir, ¡felices!, ¡dichosos! ¿Quieres de verdad ser feliz? La respuesta a nuestros anhelos de felicidad no está en perseguir vanas ilusiones y quimeras, que hoy te entretienen pero mañana te dejan tan solo y vacío. Si no llegas a responder adecuadamente a ese reclamo profundo de felicidad que hay en ti, serás muy infeliz. Dios quiere esa felicidad para ti, porque Él te ha creado. Él mismo ha puesto ese anhelo de felicidad en lo más profundo de tu corazón para que te pongas en marcha. Y porque quiere esa felicidad para ti, te muestra el camino: ¡Sé santo! ¡Sé santa! ¡Ése es el camino para alcanzar tu verdadera felicidad y bienaventuranza eterna!

Soñando la Iglesia

Abrir las puertas y ventanas
de esta Iglesia, tuya y nuestra,
es tan importante y necesario
como abrir los rincones de mis entrañas.

Yo sé que si no los oreo con frecuencia
pronto se convierten en estercolero
y en estancia poco apetecida para la presencia
aunque sean lugar sagrado y de sueños.

Pero se ha convertido en tarea arriesgada
en estos tiempos locos y efímeros en la tierra,
pues hay quienes defienden sus puertas y ventanas
para que sigan cerradas contra viento y marea.

Hemos tergiversado tu mensaje;
cargamos fardos pesados a la gente,
nos gustan los premios y distinciones
y ocupar tribunas y lugares preferentes.

Y nos olvidamos que no somos jefes,
que Tú rompiste todas las murallas levantadas
al encarnarte en nuestra historia y plaza
sin miedo a perderte entre la pobre gente.

Nos dejamos llamar «señor» y «maestro»,
pensamos que somos algo más que hermanos
y consideramos un insulto, a ti y a nosotros,
que nos llamen sepulcros blanqueados…

Por eso seguimos soñando
una Iglesia diferente.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

Me gusta pensar que los que leen estos sencillos comentarios al Evangelio de cada día son gente llena de buena voluntad, gente buena en el mejor sentido de la palabra. Y que tienen poco que ver con aquellos fariseos que espiaban a Jesús y que ponían todos sus esfuerzos en intentar pillarle en una falta. 

Por eso, ahora y muchas veces, hago mía la primera lectura de Pablo, el comienzo de la carta a los Filipenses, que es sobre todo una acción de gracias. Pablo da gracias a Dios por los destinatarios de la carta. Los conoce. Por eso la acción de gracias y la alegría cada vez que se acuerda de ellos. Ve en esa comunidad el germen de la presencia del Reino y está convencido de que Dios que ha sembrado esa semilla la llevará a su plenitud. Siente y sabe que comparte con ellos la misma fe y la misma esperanza en Cristo Jesús. Los quiere y ora por ellos para que su amor siga creciendo cada vez más. Hasta llegar a su plenitud como comunidad y como personas. 

Repito que estoy seguro de que los lectores de estos comentarios están hechos de la misma esencia que aquella comunidad cristiana de Tesalónica. Llenos de buena voluntad. Habiendo recibido la semilla del amor de Dios, a través de su Palabra, tantas veces leída y orada. 

A veces nos fijamos sobre todo en los defectos, en las faltas, en lo que nos rompe por dentro, en lo que quiebra nuestras relaciones. Y se nos puede olvidar lo mejor que tenemos: el amor de Dios recibido gratuitamente, la fuerza que sentimos cuando, en comunidad, compartimos el pan y el vino en la Eucaristía. Por eso, tenemos que dar muchas gracias a Dios por lo recibido en los hermanos y en nosotros. 

Probablemente, ése sea el mejor camino para no caer en esa actitud tan fea de los fariseos con Jesús, que trataban de pillarle en falta para condenarlo definitivamente. Cuando miramos a los demás como dones de Dios, nos alegramos con sus alegrías, con sus éxitos, con las cosas buenas que les pasan. Damos gracias a Dios por ellos. Y lloramos con sus penas como si fuesen nuestras. Eso es la fraternidad del Reino.