II Vísperas – Solemnidad de Todos los Santos

II VÍSPERAS

TODOS LOS SANTOS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Peregrinos del reino celeste,
hoy, con nuestras plegarias y cantos,
invocamos a todos los santos,
revestidos de cándida veste.

Estos son los que a Cristo siguieron,
y por Cristo la vida entregaron,
en su sangre de Dios se lavaron,
testimonio de amigos le dieron.

Sólo a Dios en la tierra buscaron,
y de todos hermanos se hicieron.
Porque a todos sus brazos se abrieron,
éstos son los que a Dios encontraron.

Desde el cielo, nos llega cercana
su presencia y su luz guiadora:
nos invitan, nos llaman ahora,
compañeros seremos mañana.

Animosos, sigamos sus huellas,
nuestro barro será transformado
hasta verse con Cristo elevado
junto a Dios en su cielo de estrellas.

Gloria a Dios, que ilumina este día:
gloria al Padre, que quiso crearnos,
gloria al Hijo, que vino a salvarnos,
y al Espíritu que él nos envía. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todos los pueblos, de pie delante del trono.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todos los pueblos, de pie delante del trono.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Dios los puso a prueba, y los halló dignos de sí; por eso recibirán la noble corona de manos del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios los puso a prueba, y los halló dignos de sí; por eso recibirán la noble corona de manos del Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Con tu sangre nos compraste, Señor Dios, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y has hecho de nosotros un reino para nuestro Dios.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Con tu sangre nos compraste, Señor Dios, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y has hecho de nosotros un reino para nuestro Dios.

LECTURA: 2Co 6, 16b; 7, 1

Nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: «Habitaré y caminaré con ellos; seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.» Estas promesas tenemos, queridos hermanos; por eso, limpiemos toda suciedad de cuerpo o de espíritu, para ir completando nuestra consagración en el temor de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Santos y justos, alegraos en el Señor.
V/ Santos y justos, alegraos en el Señor.

R/ Dios se os escogió como heredad.
V/ Alegraos en el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Santos y justos, alegraos en el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Qué glorioso es el reino donde todos los santos gozan con Cristo!; vestidos con vestiduras blancas, siguen al Cordero adondequiera que vaya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Qué glorioso es el reino donde todos los santos gozan con Cristo!; vestidos con vestiduras blancas, siguen al Cordero adondequiera que vaya.

PRECES
Invoquemos con alegría a Dios, corona de todos los santos, y digámosle:

Sálvanos, Señor, por la intercesión de los santos.

Dios sapientísimo, que por medio de Cristo has constituido a los apóstoles fundamento de tu Iglesia,
— conserva a tus fieles en la doctrina que ellos enseñaron.

Tú que has dado a los mártires la fortaleza del testimonio, hasta derramar su sangre,
— haz que los cristianos testigos fieles de tu Hijo.

Tú que has dado a las santas vírgenes el don insigne de imitar a Cristo virgen,
— haz que reconozcan la virginidad a ti consagrada como una señal particular de los bienes celestiales.

Tú que manifiestas en todos los santos tu presencia, tu rostro y tu palabra,
— otorga a tus fieles sentirse más cerca de ti por su imitación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede a los difuntos vivir por siempre en compañía de la bienaventurada Virgen María, de san José y de todos los santos,
— y otórganos a nosotros, por su intercesión, esa misma compañía.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Un mundo al revés

Una existencia egocentrada gira en torno a los intereses del propio yo, por encima de cualquier otra referencia. Se caracteriza por el narcisismo y la apropiación –el yo no puede existir sin decir “mío”– y persigue el tener, el poder, el aparentar o, simplemente, su propio bienestar.

Tal programa de vida puede explicarse e incluso comprenderse a partir de factores psicológicos –carencias y vacíos afectivos– y socioculturales –“valores” dominantes en un ambiente determinado–, que tienden a encerrar a la persona en determinados mecanismos de defensa y, en último término, a mantenerla en la ignorancia básica acerca de su verdadera identidad.

La espiritualidad es un camino de comprensión –de liberación de aquella ignorancia radical– y, por eso mismo, de desegocentración. Una existencia lograda, adulta y plena, libre y feliz es una existencia desegocentrada, amorosa y servicial. La persona feliz es buena.

Las llamadas “Bienaventuranzas”, sin duda una de las páginas más sublimes y provocativas de la literatura espiritual, constituyen un “programa de vida” que señala el camino de la desegocentración y, en ese sentido, pone del revés los valores que, en gran medida, gobiernan todavía el mundo de los humanos.

Ahora bien, tal programa no se halla al alcance del yo. De hecho, lo que pretende es transcenderlo, pero no desde un imperativo moral, sino desde la comprensión que posibilita pasar de una consciencia de separación (egoica o egocentrada) a una consciencia de unidad (transpersonal, desegocentrada, fraternal y planetaria), permitiendo así salir de la ignorancia y vivir en la verdad de lo que realmente somos.

No se llama “dichoso” a algún yo que hubiera conseguido las metas propuestas, sino justamente a quien ha dejado de identificarse con él. La ignorancia nos mantiene en la identificación con el yo; la comprensión nos muestra nuestra verdadera identidad. 

Las Bienaventuranzas no son, por tanto, un mensaje de felicidad para el yo. En realidad, el yo no puede ser feliz, porque su existencia –como la de todas las formas– se halla sometida a la ley de la impermanencia y a merced de sucesos que no puede controlar. Donde hay impermanencia, afirma un axioma básico del budismo, hay sufrimiento. Por eso tiene razón José Díez Faixat cuando afirma que “nadie es feliz; lo difícil es ser nadie”.

Es difícil porque estamos literalmente hipnotizados, tan identificados con el yo que nos resulta imposible entendernos a nosotros mismos sin ser “alguien”. Hemos ligado nuestra suerte y nuestra felicidad al carrusel del yo, con todos sus inevitables altibajos, olvidando que lo que realmente somos se halla siempre a salvo.

Pues bien, utilizando este lenguaje, la bienaventuranza que proclama “felices los pobres” está diciendo “felices quienes han comprendido que son nadie”, es decir, quienes no se identifican con su yo, porque han descubierto que, en su verdadera identidad, son vida.

¿Qué significa todo esto en la vida cotidiana? Que se abren ante mí dos caminos posibles. Puedo vivir en función del yo –instalado en la ignorancia–, dando así lugar a una existencia egocentrada que gira en torno a sus propios intereses. El resultado es el egocentrismo, la agresividad y la decepción cuando se frustran las expectativas y el sufrimiento debido a la no aceptación de la impermanencia.

O puedo reconocerme como vida –desde la que acojo e integro el yo– y, desde esa consciencia de unidad, me dejo ser cauce para que la vida fluya, buscando el bien de todos los seres.

El paso de la ignorancia a la comprensión –de identificarme ansiosamente con el yo a comprender que, bien mirado, soy “nadie”– modifica de manera radical el criterio que guía mi existencia: dejo de juzgarla de manera exclusiva en función de mis propios intereses –sintiéndome “feliz” o abatido, según las circunstancias respondan a ellos o los frustren– para empezar a mirarla desde mi (nuestra) verdadera identidad y desde el amor a los demás que brota de esa comprensión.

Y es aquí, en la práctica cotidiana, donde se verifica la verdad profunda de la bienaventuranza: si vivo para el yo, terminaré frustrado y vacío; solo cuando vivo desde la verdad de lo que somos –y el amor que nace de ahí– seré feliz aun en medio de circunstancias adversas. Porque la felicidad no estará puesta en lo que pueda sucederle al yo, sino en la certeza de que, en medio de todo lo que suceda, nuestra verdadera identidad se halla siempre a salvo.

¿Qué busco en el día a día? ¿Únicamente mi propio bienestar, por encima de todo, o el bien de las personas?

Enrique Martínez Lozano

Las Bienaventuranzas en el lugar imaginado del Reino de Dios

Si nos situamos en el imaginario cultural de los oyentes primarios de Jesús las bienaventuranzas no aparecerán como una proclamación de santidad sino de honorabilidad, porque el honor era el valor central en el mundo antiguo y, por lo tanto, lo que se está proclamando es que quien es reconocido en las situaciones que proclaman las bienaventuranzas ha adquirido la máxima reputación. Sin embargo, lo que proponen está lejos de ser considerado socialmente honorable tanto en aquella sociedad como en la nuestra.

Vistas así, las bienaventuranzas son contraculturales, y por tanto, desafían hoy como ayer nuestros modos de entender lo que encaja y lo que no en nuestros universos sociales y religiosos. Generalmente, traducimos el término griego makarios con que se inicia cada bienaventuranza como felices o bienaventurados, pero también podría traducirse por honorable para destacar la propuesta social que subyace en ellas y la carga subversiva que poseen[1]. Desde este enfoque desarrollaremos el comentario.

Reimaginar el lugar comunitario y social.  

Las bienaventuranzas no describen un estado ideal ni una enumeración de regalos recibidos por perseverar en el sufrimiento, sino que presentan un horizonte alternativo. El sermón del monte invita a imaginar un mundo alternativo en el que la opresión ceda ante la misericordia, las relaciones sean justas y equitativas y todas y todos puedan acceder a los recursos disponibles. No es cuestión de alcanzar alturas espirituales sino de entregar la vida para hacer posible un mundo diferente, un mundo acorde con el sueño del Reino de Dios.

Jesús al proclamar las bienaventuranzas nos está invitando a reimaginar los lugares que habitamos. Nos está llamando a pensar y vivir desde otros valores, con otras prácticas que, sin duda, no nos situarán en los centros de poder sino en los márgenes porque no armonizan con lo que la mayoría piensa. Al escucharlas con atención encontramos condiciones y conductas que Dios valora o encuentra honorables y que, por tanto, quien quiera formar parte de la comunidad del Reino tiene no solo que valorar y estimar sino convertirlas en señas de identidad.

Las bienaventuranzas nos sitúan en un espacio alternativo desde el que tener una nueva perspectiva de la realidad y de Dios. Este nuevo espacio es lo que Jesús llamó Reino de Dios y las bienaventuranzas son centrales para imaginar ese lugar. Pero decir que el Reino de Dios es un lugar imaginado no significa que sea inventado, sino que cuando nos situamos ante él, desde la perspectiva de la Buena Noticia que Jesús proclama, podemos abrirnos tanto a nuevas perspectivas de vida y de fe como a cambios personales o colectivos que generen transformación crítica y creativa en nuestro entorno[2].

Honorables son l@s pobres de espíritu. Teniendo en cuenta el mensaje y la praxis de Jesús, es claro que Dios no hace honorable la pobreza, sino a los pobres. El honor generalmente otorgado a los ricos y poderosos es ahora entregado a quienes viven en duras condiciones sociales y económicas, sin los recursos necesarios, explotados/as y despreciados/as por los poderosos. Estas personas, indefensas frente al opresor/a, sufren su maldad y eso les hace perder la esperanza, la dignidad y la autoestima. y a su pobreza material se añade su dolor profundo en el alma, por eso, pueden ser llamadas pobres de espíritu.

Dios hace honorable su vida por la acción sanadora y salvadora de Jesús. Con ella Jesús puede devolverles la esperanza, liberarlos/as, acogerlos/as, compartir con ellos/as e invitarlos/as a formar parte de la comunidad del Reino, una comunidad que está llamada a ser primicia de un cambio mayor, el de hacer posible un mundo diferente. Eso no ocurrirá por acto milagroso sino por el empeño sostenido y paciente de quienes creen en un nuevo cielo y una nueva tierra donde habite la justicia.

Honorables son quienes lloran. Las lágrimas pueden parecer signos de debilidad, de fracaso o tristeza, pero también pueden expresar indignación y lamento. Quienes lloran porque son abusados, ninguneados o negados en su dolor sienten rabia, se lamentan, pero solo su llanto parece tener voz.  Raquel la matriarca de Israel es símbolo de ese llanto desesperado de la víctima, pero también receptora del consuelo prometido y de un futuro lleno de esperanza (Jr 31, 1-22).  En ella se hace memoria subversiva de un consuelo que no solo enjuga las lágrimas, sino que transforma la vida, atraviesa las fronteras de la existencia y devuelve a la vida[3]

Honorables son quienes no buscan venganza. Sentir en propia carne el peso de la injusticia, sentirnos dolidas/os por las conductas de otros/as, sabernos perdedoras/os en juegos tramposos, puede tentarnos a buscar venganza. Pero si queremos formar parte de la familia alternativa del Reino tenemos que incorporar otro modo de respuesta. No es fácil, pero Jesús lo hizo primero. Quien no busca venganza heredará la tierra porque perdonar, comprender y confiar es un estilo de vida que nos hace herederas/os del mundo soñado por Dios.

Honorables quienes tienen hambre y sed de justicia. Con frecuencia nos duele la injusticia, nos da rabia el abuso y el maltrato, pero muchas veces nos contentamos con indignarnos sin tomar decisiones que ayuden al cambio. Tener hambre y sed de justicia es luchar porque exista una relación justa entre las personas y los bienes. Tener hambre y sed de justicia es elegir la palabra y no el silencio cómplice. Tener hambre y sed de justicia es no claudicar hasta que la bondad y la verdad se encuentren.

Honorables quienes son misericordios@s. La misericordia caracteriza el reino de Dios. Las curaciones de Jesús y sus exorcismos muestran misericordia, como también sus comidas. La misericordia está en el ADN de quienes siguen a Jesús.  Amar sin esperar nada a cambio, perdonar a los/as enemigos/as, estar del lado de quienes no cuentan es construir la casa de Dios.

Honorables quienes son limpi@s de corazón. Quienes no engañan, quienes son honestas/os, e íntegras/os, pueden entender que es dejarse sostener por Dios. Ellos y ellas viven desde el corazón y desde ahí pueden habitar una espiritualidad autentica y audaz que vivifique sus vidas y las de los que están próximos a ellos y ellas.

Honorables quienes trabajan por la paz. En un mundo crispado, endurecido y violento necesitamos paz y pacificadoras/os que puedan imaginar espacios habitables, que construyan puentes y destruyan fronteras. Cada gesto de paz hace germinar esperanza y fraternidad/sororidad. Cada gesto de paz nos hace hermanos y hermanas, cada gesto de paz nos hace hijos e hijas de Dios.

Honorables quienes son perseguid@s por causa de la justicia. Este modo de vivir que proclaman las bienaventuranzas cuestiona el mundo en que vivimos, quien apuesta por el lugar imaginado del Reino será incomodo@, e incluso perseguido. Quien quiera vivir así, no será considerado/a honorable para los criterios de nuestra sociedad individualista y egoísta porque de la misma manera persiguieron a los profetas, pero tendrán la suerte de ayudar a cambiar el mundo al estilo de Dios.

 

Carme Soto Varela

 

[1] Jerome H. Neyrey, Honor y vergüenza. Lectura cultural del evangelio de Mateo, Sígueme (Salamanca), 2005.

[2] Halvor Moxnes, Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios, Verbo Divino (Estella) 2005.

[3] Lola Arrieta-Elisa Estévez, Acompañar en las periferias existenciales, Narcea (Madrid), 2020.

Comentario – Solemnidad de Todos los Santos

El vidente del Apocalipsis contempla una muchedumbre inmensa e incontable de toda nación, raza y lengua, delante del trono y del Cordero, y vestidos de fiesta (con blancas vestiduras y palmas en las manos); y gritando con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios… y del Cordero!

Aquí tenemos representados a esos santos que hoy celebramos como esa muchedumbre inmensa en la que se encuentran hombres, mujeres, niños, ancianos y adultos de toda procedencia, de toda raza y nación, y celebrando la salvación que reconocen como don de Dios; pues la salvación –dicen- es de nuestro Dios y del Cordero. Pero los beneficiarios de esa salvación son finalmente los salvados: esos santos que lo son porque ya han logrado su destino y su fin últimos. Porque no tenemos otra meta que la salvación; y decir salvación es también decir bienaventuranza; pues con la salvación llega la plena satisfacción de nuestros deseos y aspiraciones más hondas, ésas que nunca se ven saciadas con nada de este mundo y tienen, por tanto, el carácter de lo infinito y lo eterno.

Pero esos santos que hoy celebramos como miembros de nuestra Iglesia, en este caso triunfante, vienen como nosotros de la gran tribulación que representa el paso por este mundo o valle de lágrimas. Pero es ahí, en el lugar de la gran tribulación, donde han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero: algo que les ha permitido presentarse con el traje de fiesta en el banquete del Reino de los cielos. Estos son los méritos de los santos (un una u otra forma, mártires): haber mezclado (o lavado) su vida con la sangre del Cordero: una sangre que lava y purifica, una sangre que hace dignos del Reino de Dios.

San Juan nos dice que los santos no son otra cosa que hijos de Dios en los que ya se ha manifestado lo que están llamados a ser: la perfecta semejanza con Él que nos logra la visión. Entonces, cuando le veamos tal cual es, seremos semejantes a Él, como los santos, moradores del cielo. Pero para verle en este modo, es preciso una mirada limpia, esto es, esa limpieza de corazón que permite ver a Dios. Es la mirada que han adquirido los santos a lo largo de su vida: una mirada que se ha ido forjando en la fe, la esperanza y la caridad, una mirada de hijos, a la que nos vamos conformando en la medida en que contemplamos al Hijo y sus actuaciones. Contemplar al Hijo es contemplar a Dios en la tierra o con indumentaria humana. No es la contemplación cara a cara, pero la anticipa en alguna medida. Y habitúa nuestra mirada a la visión definitiva de Dios en el cielo.

Sólo los que alcanzan este fin: ver a Dios, logran la felicidad deseada, porque sólo Dios, el sumo Bien, puede colmar nuestras ansias de felicidad. Pero para alcanzar esta meta es necesario, como señalan las bienaventuranzas, hacerse pobre de espíritu, ser sufrido (paciente), tener hambre y sed de la justiciaser misericordioso, trabajar por la paz, ser perseguido por causa de la justicia o por causa de Cristo… porque sólo de ellos es el Reino de los cielos, o el consuelo, o la saciedad…, o la gran recompensa en el cielo, es decir, la dicha que otorga este estado o recompensa al que da acceso la pobreza de espíritu, el sufrimiento soportado con amor, la misericordia que atrae misericordia, la limpieza de corazón que propicia la visión de Dios.

Los santos que hoy recordamos son precisamente estos bienaventurados (=dichosos) que ven a Dios y han entrado en posesión del Reino de los cielos, hasta el punto de quedar saciados. Ésta es su recompensa. Para esto fueron hechos. Ésta debe ser también nuestra aspiración, pues también nosotros hemos sido hechos (por Dios) para el cielo. Más allá no hay nada a lo que aspirar, pues más allá del cielo no hay nada.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología

24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura.

Lectio Divina – Solemnidad de Todos los Santos

Las Bienaventuranzas Mateo 5,1-12

1. Escucha del texto

a) Oración inicial:

¡Oh, Señor!, buscar tu Palabra, que nos lleva al encuentro con Cristo, es todo el sentido de nuestra vida. Haznos capaces de acoger la novedad del evangelio de las Bienaventuranzas, que así es como mi vida puede cambiar. De ti, Señor, no podría saber nada, si no existiese la luz de la Palabra de tu Hijo Jesús, venido, para “contarnos” tus maravillas. Cuando soy débil, apoyándome en Él, Verbo de Dios , me hago fuerte. Cuando me comporto como un ignorante, la sabiduría de su evangelio me restituye el gusto de Dios, la suavidad de su amor. Y me guía por los senderos de la vida. Cuando aparece en mí cualquier deformidad, reflexionando en su Palabra, la imagen de mi personalidad se hace bella. Cuando la soledad me tienta para dejarme sin vigor, uniéndome a Él en matrimonio espiritual mi vida llega a ser fecunda. Y cuando me hallo en cualquier tristeza o infelicidad, el pensar en Él como mi único bien, me abre el sentido del gozo. Un texto que resume fuertemente el deseo de la santidad, como búsqueda intensa de Dios y escucha de los hermanos, es el de Teresa del Niño Jesús: “Si tú eres nada, no olvides que Jesús lo es todo. Debes por tanto perder tu poca nada, en su infinito todo y no pensar nada más que en este todo totalmente amable…” (Cartas, 87, a María Guerin)

b) Lectura del evangelio:

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

c) Momentos de silencio orante:

Para ser alcanzados por la Palabra de Cristo y para que la Palabra, hecha carne, que es Cristo, pueda habitar en nuestros corazones y nos podamos unir a ella, es necesario que se haya escuchado en silencio profundo. Sólo en los corazones silenciosos la Palabra de Dios puede nacer también en esta Solemnidad de los Santos y, también hoy, tomar carne.

2. La Palabra Se Ilumina (Lectio)

a) Contexto:

La Palabra de Jesús sobre las Bienaventuranzas que Mateo recoge de sus fuentes, estaba condensada en breves y aisladas frases y el evangelista las ha colocado dentro de un discurso de más amplio respiro; es lo que los peritos de la Biblia llaman “ discurso de la montaña” (capítulos 5-7). Tal discurso viene considerado como el Estatuto o la Carta Magna que Jesús ha confiado a su comunidad como palabra normativa y vinculante para definirse cristiana.

Los varios temas de la palabra de Jesús contenidos en este largo discurso no son una suma o aglomerado de exhortaciones, sino más bien indican con claridad y radicalidad cual debe ser la nueva actitud que hay que tener con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Algunas expresiones de esta enseñanza de Jesús pueden aparecer exageradas, pero son utilizadas para dar una imagen más viva de la realidad y por tanto realista en el contenido, aunque no en la forma literaria: por ejemplo en los vv. 29-30: “Si tu ojo derecho te es ocasión de escándalo, sácatelo y arrójalo fuera de ti: es mejor que perezca uno de tus miembros, que todo el cuerpo sea arrojado a la Gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de escándalo, córtatela y arrójala lejos de ti; es mejor que perezca uno de tus miembros, que todo el cuerpo termine en la Gehenna”. Tal modo de expresarse es para indicar el efecto que se quiere crear en el lector, el cual debe entender rectamente la palabra de Jesús para no trastocar el sentido.

Nuestra atención por exigencias litúrgicas se detiene en la primera parte del “discurso de la montaña,” aquella precisamente que se abre con la proclamación de las bienaventuranzas (Mt 5,1- 12)

b) Algunos Particulares:

Mateo prepara al lector a escuchar las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús con una rica concentración de detalles particulares. Ante todo se indica el lugar en el cual Jesús pronuncia su discurso: “Jesús subió al monte” (5,1). Por este motivo los exegetas lo definen como el “sermón del monte” a diferencia de Lucas que lo inserta en el contexto de un lugar llano (Lc 6,20-26). La indicación geográfica “del monte” podría aludir veladamente a un episodio del AT muy semejante al nuestro: es cuando Moisés promulga el decálogo sobre el Monte Sinaí. No se excluye que Mateo intente presentar la figura Jesús, nuevo Moisés, que promulga la ley nueva.

Otro particular que nos llama la atención es la posición física con la que Jesús pronuncia sus palabras: “se sentó”. Tal postura confiere a su persona una nota de autoridad en el momento de legislar. Lo rodean los discípulos y las “muchedumbres”: este particular intenta demostrar que Jesús al pronunciar tales palabras se ha dirigido a todos y que se deben considerar actuales para todo el que escucha. Hay que notar que el discurso de Jesús no presenta detalles de formas de vida imposibles, o que están dirigidas a un grupo de personas especiales o particulares, ni intenta fundar una ética exclusivamente para el interior. Las exigentes propuestas de Jesús son concretas, comprometidas y decididamente radicales.

Alguien ha estigmatizado así el discurso de Jesús: “Para mí, el texto más importante de la historia humana. Se dirige a todos, creyentes o no, y permanece después de veinte siglos, como la única luz que brilla todavía en las tinieblas de la violencia, del miedo, de la soledad en la que ha sido arrojado el Occidente por su propio orgullo y egoísmo” (Gilbert Cesbron)

El término “beati” (en griego makarioi) en nuestro contexto no expresa un leguaje “plano” sino un verdadero y preciso grito de felicidad, difundidísimo en el mundo de la Biblia. En el AT, por ejemplo, se definen personas “felices” a aquellos que viven las indicaciones de la Sabiduría (Sir 25,7-10). El orante de los Salmos define “feliz” a quien teme, o más precisamente , a quien ama al Señor, expresándolo en la observancia de las indicaciones contenidas en la Palabra de Dios (Sal 1,1; 128,1).

La originalidad de Mateo consiste en la unión de una frase secundaria que especifica cada bienaventuranza: por ejemplo, la afirmación principal “bienaventurados los pobres de espíritu” se ilustra con una frase añadida “porque de ellos es el reino de los cielos”. Otra diferencia respecto al AT: la de Jesús anuncian una felicidad que salva en el presente y sin limitaciones. Además, para Jesús, todos pueden acceder a la felicidad, a condición de que se esté unido a Él.

c) Las Tres Primeras Bienaventuranzas

i) El primer grito va dirigido a los pobres: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. El lector queda desorientado: ¿cómo es posible que los pobres puedan ser felices? El pobre en la Biblia es aquel que se vacía de si mismo y sobre todo renuncia a la presunción de construir su presente y futuro de modo autónomo, para dejar, por el contrario, más espacio y atención al proyecto de Dios y a su Palabra. El pobre, siempre en sentido bíblico, no es un hombre cerrado en sí mismo, miserable, sino que nutre una apertura a Dios y a los demás. Dios representa toda su riqueza. Podríamos decir con Santa Teresa de Ávila: felices son los que hacen la experiencia del “¡Sólo Dios basta!”, en el sentido de que son ricos de Dios.

Un gran autor espiritual de nuestro tiempo ha descrito así el sentido verdadero de la pobreza: “ Hasta que el hombre no vacía su corazón, Dios no puede rellenarlo de sí. En cuanto y en la medida que de todo vacíe su corazón, el Señor lo llena. La pobreza es el vacío, no sólo en lo referente al futuro, sino también en lo que se refiere al pasado. Ningún lamento o recuerdo, ninguna ansia o deseo. Dios no está en el pasado. Dios no está en el futuro. ¡Él es la presencia! Deja a Dios tu pasado, deja a Dios tu futuro. Tu pobreza es vivir en el acto que vives, la presencia pura de Dios que es la Eternidad” (Divo Barsotti)

Es la primera bienaventuranza, no sólo porque da inicio a la serie, sino porque parece condensar las variedades específicas de las otras.

ii) ”Bienaventurados los mansos porque poseerán la tierra”. La segunda bienaventuranza se refiere a la mansedumbre. Una actitud, hoy, poco popular. Incluso para muchos tiene una connotación negativa y se entiende como debilidad o por aquella imperturbabilidad de quien sabe controlar por cálculo la propia emotividad. ¿Cuál es el significado de “mansos” en la Biblia? Los mansos se perfilan como personas que gozan de una gran paz (Salmo 37,10), son considerados como felices, benditos, amados por Dios. Y al mismo tiempo son contrapuestos a los malvados, impíos, a los pecadores. De aquí que el AT presenta una riqueza de significados que no nos permiten una definición unívoca.

En el NT el primer texto que encontramos es Mt 11,29: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Un segundo texto está en Mt 21,5. Mateo cuando quiere narrar la entrada de Jesús en Jerusalén, cita la profecía de Zacarías 9,9: “He aquí que tu siervo viene a ti manso” En verdad, el evangelio de Mateo pudiera ser definido el evangelio de la mansedumbre.

También Pablo recuerda la mansedumbre como una actitud específica del ser cristiano. En 2 Corintios 10,1 exhorta a los creyentes “por la benignidad y mansedumbre de Cristo”. En Gálatas 5,22 la mansedumbre es considerada un fruto del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes y consiste en ser mansos, moderados, lentos para herir, dulces, pacientes con los demás. Y todavía en Efesios 4,32 y Colosenses 3,12 la mansedumbre es un comportamiento que deriva de ser cristiano y es una señal que caracteriza al hombre nuevo de Cristo.

Y finalmente, una indicación elocuente nos viene de la 1 Pedro 3,3-4: “ Vuestro ornato no ha de ser el exterior, cabellos rizados, ataviados con collares de oro o la compostura de los vestidos, tratad más bien de adornar el interior de vuestro corazón con un espíritu incorruptible lleno de mansedumbre y de paz que es lo precioso delante de Dios”.

En el discurso de Jesús ¿qué significado tiene el término “mansos”? Verdaderamente iluminadora es la definición del hombre manso que nos ofrece el Card. Carlo Maria Martín: “ El hombre manso según las bienaventuranzas es aquel que, a pesar del ardor de sus sentimientos, permanece dúctil y libre, no posesivo, internamente libre, siempre sumamente respetuoso del misterio de la libertad, imitador en esto de Dios, que hace todo en el sumo respeto por el hombre, y mueve al hombre a la obediencia y al amor sin usar jamás la violencia. La mansedumbre se opone así a toda forma de prepotencia material y moral, es la victoria de la paz sobre la guerra, del diálogo sobre el atropello”.

A esta sabia interpretación se añade la de otro ilustre exegeta: “La mansedumbre de la que habla las bienaventuranzas no es otra cosa que aquel aspecto de humildad que se manifiesta en la afabilidad puesta en acto en las relaciones con el prójimo. Tal mansedumbre encuentra su ilustración y su perfecto modelo en la persona de Jesús, manso y humilde de corazón. En el fondo nos aparece como una forma de caridad, paciente y delicadamente atenta para con los demás”. (Jacques Dupont)

iii) “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”.Se puede llorar por un gran dolor o sufrimiento. Tal estado de ánimo subraya que se trata de una situación grave, aunque no se indiquen los motivos para identificar la causa. Queriendo identificar hoy la identidad de estos “afligidos” se podría pensar en todos los cristianos que desean con vehemencia la llegada del Reino y sufren por tantas cosas negativas en la Iglesia; al contrario de preocuparse de la santidad, la Iglesia presenta divisiones y heridas. Pueden ser también aquellos que están afligidos por sus propios pecados e inconsistencias y que, en algún modo, vuelven al camino de la conversión. A estas personas sólo Dios puede llevarles la novedad de la “consolación”.

3. La Palabra Me Ilumina (Para Meditar)

a) ¿Sé aceptar aquellos pequeños signos de pobreza que a mí me suceden? Por ejemplo, ¿ la pobreza de la salud, las pequeñas indisposiciones? ¿Tengo grandes pretensiones?

b)  ¿Sé aceptar cualquier aspecto de mi pobreza y fragilidad?

c)  ¿Sé rezar como un pobre, como uno que pide con humildad la gracia de Dios, su perdón, su misericordia?

d) Inspirado por el mensaje de Jesús sobre la mansedumbre ¿sé renunciar a la violencia, a la venganza, al espíritu de revancha?

e) ¿Sé cultivar, en familia y en mi puesto de trabajo, un espíritu de dulzura, de mansedumbre y de paz?

f)  ¿Respondo con el mal a las pequeñas ofensas, a las insinuaciones, a las alusiones ofensivas?

g)  ¿Sé estar atento con los débiles, que son incapaces de defenderse? ¿Soy paciente con los ancianos? ¿Acogedor con los extranjeros, los cuales a menudo son explotados en su trabajo?

4. Para Orar

a) Salmo23:

El salmo parece rotar en torno a un título “El Señor es mi pastor”. Los santos son imágenes del rebaño en camino: ellos están acompañados por la bondad de Dios, hasta que lleguen definitivamente a la casa del Padre (P. Alonso Schökel, Los salmos de la confianza, Dehoniana libri, Bolonia 2006, 54)

Yahvé es mi pastor, nada me falta. En verdes pastos me hace reposar. Me conduce a fuentes tranquilas, allí reparo mis fuerzas.

Me guía por cañadas seguras haciendo honor a su nombre. Aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temería, pues tú vienes conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas ante mí una mesa, a la vista de mis enemigos; perfumas mi cabeza, mi copa rebosa.

Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida, y habitaré en la casa de Yahvé un sinfín de días.

b) Oración final:

Señor Jesús, tú nos indica la senda de las bienaventuranzas para llegar a aquella felicidad que es plenitud de vida y de santidad. Todos estamos llamados a la santidad, pero el tesoro para los santos es sólo Dios. Tu Palabra Señor, llama santos a todos aquellos que en el bautismo han sido escogidos por tu amor de Padre, para ser conformes a Cristo. Haz, Señor, que por tu gracia sepamos realizar esta conformidad con Cristo Jesús. Te damos gracias, Señor, por tus santos que has puesto en nuestro camino, manifestación de tu amor. Te pedimos perdón porque hemos desfigurados en nosotros tu rostro y renegado nuestra llamada a ser santos.

A pesar de mis fallos, soy plenitud

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: “Todos santos”; aunque también podía haber puesto “Todos pecadores” y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podíamos llamar santidad y es posible para todos.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto sino el sincero. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que es Dios y está en vosotros.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: “Maestro bueno”. Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios o para los demás. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como “intercesores”. Si lo entendemos pensando en un Dios, que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En Jn 16,26-27 dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que lo es, sino porque Él es amor. Es un poco ridículo seguir repitiendo una y otra vez: Señor, ten piedad (15 veces en cada eucaristía).

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. El ejemplo de esas personas, que han tomando conciencia de su verdadero ser y son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, puede ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto puede acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios, a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más en nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que, después de su muerte, tuvieran noticia de ‘su vida y milagros’. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los “conscientes”.

Debemos tener cuidado con la “comunión de los santos”. No se trata de unos “dones” o unas “gracias” que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: “Todos formamos un solo cuerpo”.

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. La vida merece siempre la pena. Esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son y se conforman con vegetar.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del “santo”. ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común de los mortales. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que serán felices más allá. Haber reservado la palabra “bienaventurado” para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable. Aquí abajo, el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo “no” de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor que es Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser, nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubren la marca de lo divino en ellos, y ese descubrimiento les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios. Muchas de esas personas, que se han ido y recordaremos mañana, son verdaderos santos.

Fray Marcos

Dos ejemplos malos y uno bueno

Los protagonistas de las tres lecturas (hoy tendré también en cuenta la segunda) son las personas que deberían estar al servicio de la comunidad. Unos se portan mal con Dios y con el prójimo; Pablo se entrega por completo a sus cristianos.

El mal ejemplo de los sacerdotes (1ª lectura)

La primera lectura nos traslada a Judá en el siglo IV a.C. Por entonces, los judíos están sometidos al imperio persa. No tienen rey, sólo un gobernador, y los sacerdotes gozan cada vez de mayor poder y autoridad. Pero no lo ejercen como correspondería. Contra ellos se alza este profeta anónimo (Malaquías no es nombre propio sino título; significa “mi mensajero”). Las acusaciones que hace a los sacerdotes son muy duras, pero parecen muy genéricas: no dar gloria a Dios, no obedecerle, no guardar sus caminos, hacer tropezar a muchos. Si la liturgia no hubiese mutilado el texto, quedarían claras algunas de las cosas con las que los sacerdotes desprecian a Dios: ofreciendo sobre el altar pan manchado, animales ciegos, cojos, enfermos o incluso robados. En definitiva, no dan importancia al altar ni a lo que se ofrece a Dios.

El mal ejemplo de los escribas y fariseos (evangelio)

En los domingos anteriores leíamos diversos enfrentamientos de grupos religiosos judíos con Jesús. Ahora le toca a él contraatacar. Y lo hace con un discurso muy extenso, del que hoy sólo se lee la primera parte, dirigido contra los escribas y fariseos, los principales representantes religiosos de los judíos después del año 70 (cuando los romanos incendiaron el templo de Jerusalén, los sacerdotes pasaron a segundo plano porque no podían ejercer su función cultual). Los escribas eran los especialistas en la Ley de Moisés, algo así como nuestros canonistas y moralistas. Los fariseos eran los seglares piadosos, que se esforzaban sobre todo por cumplir las normas de pureza y por pagar el diezmo incluso de lo más pequeño.

Ni buen ejemplo ni buena enseñanza

El discurso comienza con una afirmación llena de ironía. Aparentemente distingue entre lo que dicen y lo que hacen. Lo que dicen es bueno, lo que hacen… es que no hacen nada. Sin embargo, esta afirmación hay que matizarla teniendo en cuenta el resto del evangelio. Entonces se advierte que Jesús no está de acuerdo con la enseñanza de escribas y fariseos, porque en otras ocasiones ha mostrado su desacuerdo con ellos, e incluso ha puesto en guardia a los discípulos contra su doctrina («la levadura de los escribas y fariseos»). Así lo demuestra la referencia a su enseñanza: toda ella se resume en agobiar a la gente con cargas pesadas, que ellos no se molestan en empujar ni con el dedo. Por consiguiente, la única forma adecuada de interpretar las palabras iniciales es la ironía. Jesús está en desacuerdo con la conducta de escribas y fariseos, y también con su enseñanza.

Filacterias y alzacuellos, borlas y colorines

El discurso sigue con el mismo enfoque irónico. Después de afirmar que «no hacen», dice que hacen muchas cosas, pero todas para llamar la atención. Y se detiene en algo a lo que Jesús daba mucha importancia: la forma de vestir.

Las filacterias eran pequeñas cajas forradas de pergamino o de piel negra de vaca que contienen tiras de pergamino en las que están escritos cuatro textos bíblicos (Dt 11,13-22; 6,4-9; Ex 13,11-16; Ex 13,2-10). Desde los trece años, durante la oración de la mañana en los días laborables, el israelita varón se ponía una sobre la cabeza y otra en el brazo izquierdo, pronunciando estas palabras: «Bendito seas, Yahvé, Dios, Rey del Universo, que nos has santificado por tus mandamientos y que nos has ordenado llevar tus filacterias». Mateo alude a una costumbre de los judíos beatos, que llevaban las filacterias todo el día y agrandaban las borlas para hacerlas más visibles.

El origen de las borlas se remonta a Nm 15,38s: «Di a los israelitas: Haceos borlas y cosedlas con hilo violeta a la franja de vuestros vestidos. Cuando las veáis, os recordarán los mandamientos del Señor y os ayudarán a cumplirlos sin ceder a los caprichos del corazón y de los ojos, que os suelen seducir». Los judíos beatos agrandaban esas borlas que llamar la atención. Escribas y fariseos caen en estos defectos, a los que se añaden otros detalles de presunción.

Ni rabí, ni monseñor, ni padre

Mateo, que no quiere limitarse a ironizar, sino que desea evitar los mismos peligros en la comunidad cristiana, termina esta parte introductoria exhortando a evitar todo título honorí­fico: maes­tro, padre, consejero. En su opinión, no se trata de una cuestión secundaria: el uso de estos títulos equivale a introducir dife­rencias dentro de la comunidad, olvidando que todos somos igua­les: todos herma­nos, hijos del mismo Padre. Más aún, esos títulos signifi­can desposeer a Dios y al Mesías de la dignidad exclusiva que les pertenece, para atribuírsela a simples hombres. Por eso, frente al deseo de aparentar de escri­bas y fariseos, el principio que debe regir entre los cristianos es que «el más grande de vosotros será servidor vuestro». Y el que no esté dispuesto a aceptarlo, que se atenga a las consecuen­cias: «A quien se eleva, lo abajarán, y a quien se abaja, lo elevarán».

Una anécdota que viene a cuento

Me contaban hace poco que un compañero fue a visitar a un cardenal. Cometió el tremendo error de llamarle “Excelencia” (título de un obispo) en vez de “Eminencia”. Al interesado se le mudó la cara ante tamaña ofensa. Y mi compañero no consiguió lo que pedía.

El buen ejemplo de Pablo (2ª lectura)

Por pura casualidad, y sin que sirva de precedente, la segunda lectura de hoy se puede relacionar con las otras dos. Frente al mal ejemplo de desinterés, autoritarismo, vanidad y presunción, Pablo ofrece un ejemplo de entrega absoluta a los cristianos de Tesalónica, como una madre, trabajando día y noche para no resultarles gravoso.

José Luis Sicre

La vida del mundo futuro

Al iniciar este curso pastoral, pensando en todo lo que hay que tener en cuenta por la pandemia, una agente de pastoral dijo: “La parte organizativa por el coronavirus absorbe de tal modo que al final todo el esfuerzo se centra en cómo hacer las cosas, y a los demás aspectos no se les presta casi atención”. Y vimos que tenía razón. Nos fijamos mucho, y hay que hacerlo, en cumplir la normativa vigente, pero no habría que descuidar el sentido, la razón por la que hacemos las cosas.                       

El Cardenal Cañizares, Arzobispo de Valencia, escribió hace unas semanas una carta pastoral titulada “Vigilad: y seamos testigos de esperanza”, en la que decía: “Hemos de ser prudentes y cuidar de la salud. Pero, ¿no estamos haciendo de todo ello un absoluto, incluso por encima de Dios? ¿Cuánto se está repitiendo estos días que lo primero es la salud? Claro que sí y Dios lo quiere y lo manda en el quinto mandamiento. Parece como si sucediesen aquellas palabras del Evangelio: Tenemos miedo a lo que puede matar el cuerpo, y no tenemos miedo a lo que puede matar el alma. Pero lo primero es Dios, y hemos de escucharle y viviremos; por eso la Iglesia en estos momentos debería ayudar a los fieles a proporcionar los medios y auxilios para mantenerse ahí, en que lo primero es Dios”.

Hoy estamos celebrando la solemnidad de Todos los Santos, que este año viene a darnos un toque de atención en este sentido, como escucharemos en el Prefacio: “hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste… donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los Santos… Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe…” La crisis mundial provocada por el coronavirus, con las graves consecuencias que está teniendo, no debe hacernos olvidar que “somos peregrinos” y hacia dónde nos dirigimos, cuál es nuestra meta, como decimos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

Hoy es un día para tener presente lo que ya se dijo en el Concilio Vaticano II, en “Gaudium et spes” 18: “la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera”.

Hoy no sólo recordamos a Todos los Santos que ya han llegado a la meta en la vida del mundo futuro, sino que nos sentimos unidos a todos ellos, en comunión con ellos, especialmente este año en que tanto estamos sufriendo las dificultades de nuestro camino, porque “en ellos encontramos ejemplo y ayuda en nuestra debilidad”

(Prefacio). Por eso, esta fiesta no es una ocasión de tristeza y añoranza, sino de esperanza, que tanto necesitamos, porque “la esperanza se diferencia del mero optimismo, según el cual las cosas acaban siempre por arreglarse de alguna manera. La esperanza va mucho más lejos y es más profunda. Es la certeza de que la monotonía triste y el peso de la vida diaria, la desigualdad y la injusticia del mundo, la realidad del mal y del sufrimiento no van a tener la última palabra. Y el fundamento de nuestra esperanza es la resurrección de Jesucristo” (Catecismo alemán), una resurrección de la que participan todos los Santos a quienes hoy celebramos. 

Pero precisamente porque esperamos la vida del mundo futuro, nuestra esperanza ha de ser activa, “contribuyendo en primera fila, con la ayuda de Dios, a solucionar los problemas del paro, del cierre de empresas, de hambre…” (Mons. Cañizares). La celebración de Todos los Santos, que nos recuerda que somos peregrinos hacia la vida del mundo futuro, es una llamada a la acción: “Fundados en la fuerza de la esperanza y de la caridad, los cristianos pueden y deben, ya en este mundo y cada uno según sus posibilidades, anticipar como en esbozo la realidad del Reino de Dios, a responsabilizarnos también del mundo como naturaleza y como entorno humano” (Catecismo alemán) y, por tanto, nuestra acción pasa necesariamente por seguir el camino de las Bienaventuranzas, porque “no se trata sólo de «hacer» sino sobre todo de «ser», de ser de verdad cristianos, discípulos de Jesucristo”, como han sido y han hecho todos los Santos.

Celebremos a Todos los Santos, pero pidamos también al Señor seguir sus huellas porque, como escribió Mons. Cañizares, “me parece que a esta situación que estamos padeciendo hemos llegado con poca fe en Dios, con olvido de Dios y con poco amor que de esa fe se deriva. “Bendito este momento” si nos sirve para recibir su luz, la luz de la Pascua que nos guíe en esta prueba y nos haga mirar al gran futuro, el que Dios ha dispuesto, y vayamos, volvamos a Él y adoremos a Dios, sin omitir que adorar y servir a Dios no es posible sin respetar, promover, servir, amar a los hombres, mis hermanos, sobre todo si sufren y están necesitados”.    

Comentario al evangelio – Solemnidad de Todos los Santos

SAN TÚMISMO


Hay lugares donde sopla el Espíritu, pero hay un Espíritu que sopla en todos los lugares. Hay personas a las que Dios toma y pone aparte. Hay otros a los que deja en medio de la gente, a los que «no retira del mundo». Esta es la gente que tiene un trabajo ordinario, que tiene un hogar ordinario o son solteros ordinarios. Gente que tiene enfermedades ordinarias, con su pena ordinaria. Gente que tiene una casa ordinaria, que viste ropas ordinarias. Es la gente de la vida ordinaria. La gente que se encuentra en cualquier calle. Aman la puerta que da a la calle, como sus hermanos invisibles al mundo aman la puerta que se cierra definitivamente tras ellos. Nosotros, la gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, que este mundo donde Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad. Creemos que no carecemos de nada, porque, si algo de lo necesario nos faltara, Dios ya nos lo habría dado. 

Madeleine Delbrêl

Celebramos la fiesta de Todos los Santos. 

    De algunos sabemos muchas cosas, porque se ganaron el cariño de mucha gente, y han ido poblando los retablos y altares de las iglesias y catedrales, han sido nombrado patronos de grupos, ciudades, países, se ha impuesto su nombre a los recién bautizados, han congregado seguidores que han mantenido vivo su carisma… 

    Pero yo os quiero hablar hoy de un santo menos conocido: San Túmismo. Es de la misma raza que San Francisco, San Ignacio, Sta Clara o San Antonio Mª Claret. Pero es menos famoso. 

Esta es su vida:

    Nació como los demás santos: pequeñajo, desnudo, feúcho y pelón y con toda la piel arrugada…  Tan feo como cualquier niño pequeño… o tan guapo, según quién lo mire (sobre todo si lo mira su abuela). 

Hubo santos y santas que, ya desde su más tierna infancia, dieron muestras asombrosas de santidad: santas criaturas que tenían apariciones y fenómenos místicos, santos niños que se quedaban extasiados en oración, y hasta se cuenta de algunos niños de pecho que no mamaban los viernes y los días de ayuno cuaresmal.

Pero este santo del que os estoy hablando fue de otra clase. De esos que, como San Agustín o Sta Teresa de Jesús, empezaron a ser santos más tarde, bastante más tarde, o incluso muchísimo más tarde… pero que terminaron siendo santos.

     La infancia de San Túmismo fue bastante corriente. Es verdad que tuvo algunas cosillas buenas. Era buenillo un par de días al mes. ¡Porque otros días era más trasto….! Varias veces después de comulgar prometió a Jesús que iba a ser muy bueno. Y rezaba sus oraciones todas las noches… que se acordaba y que no se quedaba antes dormido.

      Por otro parte, San Túmismo hizo de niño, de adolescente, y de joven otro montón de cosas que no tenían nada de santas: No se llevaba bien con sus hermanos, no volvía  a casa a la hora que había prometido a sus padres, escondió las notas, le echaron de clase en el colegio, no estudió lo suficiente, fumó lo que no debía, se aprovechó de sus amigos muy egoístamente, se marchó de alguna tienda sin pagar, y se «encontró» en sus manos algunos euros que antes estaban en el monedero de mamá… Y sobre todo hizo un montón de veces lo que le dio la realísima gana.

     Tuvo, por supuesto, algunos gestos de generosidad que no hace falta detallar… junto a muchos caprichos, vulgaridades y comodidades que es mejor no explicar.

    Nadie hubiera dicho por aquel entonces que San Túmismo iba para santo. 

Nadie lo hubiera dicho… excepto Dios. Dios sí. Dios tenía en el bolsillo del corazón un montón de Espíritu Santo para hacerle santo.  Dios es admirable en sus santos. Sobre todo en aquellos que lo fueron después de haber sido unos impresentables.

Lo que vino después, en su juventud, fue un poco triste, la verdad. San Túmismo se dedicó a convencerse a así mismo de que era de los buenos, e incluso mejor que los demás:  Se apuntó a un voluntariado, se confirmó, procuró no meterse en líos, sacar adelante sus estudios… y se convenció de que ya estaba haciendo lo que Dios quería. No hacía cosas malas. Por lo menos, no era peor que la mayoría de sus amigos y conocidos. Pero tampoco hizo otras cosas que tendrían que hacer los cristianos normalitos. No se preocupaba gran cosa de los demás. Puso sus estudios en primer lugar, y después su trabajo. Su agenda estaba bastante ocupada con el deporte y el gym, el ordenador, las redes, su pareja… Al menos sí que estaba un poco pendiente de sus amigos, y a veces -sólo a veces- de su familia y de lo que necesitaban de él en casa.

     Pero un día le ocurrió una cosa muy rara: Abrió, no sin esfuerzo, pero abrió su corazón a la Palabra de Dios y…

Fue un primero de noviembre, cuando  oyó aquel Sermón del Monte, aquellas Bienaventuranzas, donde Jesús proclama nueve veces quiénes tienen la clave de la felicidad… Y pensó, sin complicarse con cosas raras que, por de pronto, podía decidirse a hacer bien hechas todas las cosas que siempre hacía a medias, y a menudo con rutina y desgana. 

     Y además tuvo una gran idea: Se puso a ORAR. Se plantó como un valiente delante de Dios y le dijo: – Señor. Estoy decidido a hacer bien todas las cosas porque… porque eres estupendo, y hacer las cosas bien por ti merece la pena. Pero verás, es preciso que tú me ayudes, porque yo soy un inútil y un egoísta y un pedazo de esto y de lo otro…

Y claro, Dios, que es capaz de hacer santo al más inútil, siempre que uno colabore un poco, le ayudó. San Túmismo puso un poco de su parte:

– y hacía su trabajo de siempre mejor y más alegremente

– aguantaba con mucha paciencia las “cosillas” del prójimo, y cuando le faltaba la paciencia, iba a Dios y le pedía un poco más.

– procuró no montar líos en casa y aprendió a decirles (¡en buena hora!) que les quería un montón

– Siempre buscaba algo de tiempo y algunos dineros para entregarlo a los que tienen menos.

– Y no le faltaba (casi) nunca un rato para estar a solas con Dios y hablarle de tantos hermanos suyos que iba descubriendo que, con su ayuda, eran un poco más felices. Él mismo empezaba a ser, cada vez más, un bienaventurado.

     Lo de San Túmismo no fue uno de esos prontos que a veces nos dan y que duran unos pocos días, y luego vuelta a lo de siempre. Fue en serio. Empezó a ser un buen cristiano en su vida de todos los días, con la ayuda de Dios… aunque de vez en cuando seguía teniendo sus fallos. A todos los santos les ha pasado. Pero luego se arrepentía y empezaba a hacer las cosas otra vez como es debido, como Dios manda.

    Y así hasta que se murió. No ha quedado constancia de qué. Pero se murió, probablemente, de lo mismo que se muere todo el mundo: de una angina de pecho, de un cáncer, de un accidente de tráfico, o de un catarro mal curado. Y no dijo una de esas frases importantes cuando se moría. 

    Cristo sí que la dijo: “Ven bendito de mi Padre al Reino preparado para ti desde el principio del mundo”. No hizo milagros ni de vivo ni de muerto (que sepamos). Pero de vivo hizo las cosas como deben hacerse, lo cual es muchísimo mejor que hacer milagros. No le canonizaron, porque no van a canonizar a tantos San Túmismos como hay por ahí. E incluso por aquí. Sin embargo Dios sí lo canonizó allá arriba, y le dejó verle cara a cara como a la Virgen, a San Pablo o a San Juan de Dios. 

    Esta es tu vida. La de San Túmismo. A lo mejor los datos que he presentado no son del todo correctos, pero estoy dispuesto a que me mandes un correo corrigiéndome… por si algún día se publicara tu historia. Ojalá que te animes a ser «Túmismo» como Dios te ha soñado… Como bien ha dicho James Martin, sj: “Para mí ser un santo significa ser yo mismo. Por lo tanto, el problema de la santidad y la salvación es, de hecho, el problema de averiguar quién soy y de descubrir mi verdadero yo.

Y ojalá también podamos ponerte algún día el «san» por delante de tu nombre. La verdad es que no es tan difícil. ¿O sí? Ya hemos dicho que Dios se encargará de hacerlo si nosotros no lo hacemos. Hoy es tu fiesta

Quique Martínez cmf, sobre un texto de Pedro M Iraolagoitia, sj

Imagen de José María Morillo