Vísperas – Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

VÍSPERAS

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Tú, Señor, que asumiste la existencia,
la lucha y el dolor que el hombre vive,
no dejes sin la luz de tu presencia
la noche de la muerte que lo aflige.

Te rebajaste, Cristo, hasta la muerte,
y una muerte de cruz, por amor nuestro;
así te exaltó el Padre, al acogerte,
sobre todo poder de tierra y cielo.

Para ascender después gloriosamente,
bajaste sepultado a los abismos;
fue el amor del Señor omnipotente
más fuerte que la muerte y que su sino.

Primicia de los muertos, tu victoria
es la fe y la esperanza del creyente,
el secreto final de nuestra historia,
abierta a nueva vida para siempre.

Cuando la noche llegue y sea el día
de pasar de este mundo a nuestro Padre,
concédenos la paz y la alegría
de un encuentro feliz que nunca acabe. Amén

 

SALMO 120: EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

Ant. El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma.

SALMO 129: DESDE LO HONDO, A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

LECTURA: 1Co 15, 55-57

¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

RESPONSORIO BREVE

V/. A ti, Señor, me acojo: No quede nunca yo defraudado.
R/. A ti, Señor, me acojo: No quede nunca yo defraudado.

V/. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
R/. No quede nunca yo defraudado.

V/. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. A ti, Señor, me acojo: No quede nunca yo defraudado.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí; y al que venga a mí no lo echaré fuera.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos los que el Padre me ha entregado vendrán a mí; y al que venga a mí no lo echaré fuera.

PRECES

Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo, y digámosle:

Tú, Señor, eres nuestra vida y nuestra resurrección.

Oh Cristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro,
— lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescataste con tu sangre preciosa.

Oh Cristo, consolador de los afligidos, que, ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven de Naín y de la hija de Jairo, acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas,
— consuela también ahora a los que lloran la muerte de sus seres queridos.

Oh Cristo salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte,
— para que obtengamos en ti la vida eterna.

Oh Cristo redentor, mira benignamente a los que, por no conocerte, viven sin esperanza,
— para que crean también ellos en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro.

Tú que, al dar la vista al ciego de nacimiento, hiciste que pudiera mirarte,
— descubre tu rostro a los difuntos que todavía carecen de tu resplandor.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, Señor, que permites que nuestra morada corpórea se a destruida,
— concédenos una morada eterna en los cielos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Escucha, Señor, nuestras súplicas, para que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Conmemoración de los Fieles Difuntos

El pan de la vida
Juan 6, 37-40

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que revivan (Ez 37,9), ven Espíritu Santo, sopla sobre nuestra mente, sobre nuestro corazón, sobre nuestra alma, para que seamos en Cristo una nueva creación, primicia de la vida eterna. Amén

b) Lectura del Evangelio:

En aquel tiempo, les dijo Jesús: 37«Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; 38 porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. 40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.»

c) Momentos de silencio orante:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestras vidas

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

En el evangelio de Juan, el punto de vista fundamental sobre Jesús y su misión es que el Verbo hecho carne ha sido enviado por el Padre al mundo para darnos la vida y salvar lo que estaba perdido. El mundo por su parte rechaza al Verbo encarnado. El prólogo del Evangelio nos presenta este pensamiento (Jn 1, 1-18), que sucesivamente el evangelista continuará elaborando en el relato evangélico. También los evangelios sinópticos, a su modo, anuncian esta novedad. Piénsese en las parábolas de la oveja extraviada y del drama perdido (Lc 15, 1-10), o en la declaración: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2, 17).

Esta línea de pensamiento lo encontramos también en este pasaje:He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad delque me ha enviado (Jn 6,38) . Y esta es la voluntad de mi Padre, que quien vea al Hijo y crea en Él tenga la vida eterna (Jn 6,40). Palabras claves del evangelio de Juan son: ver y creer. Ver, implica y significa automáticamente creer en el Hijo enviado por el Padre. Con esta forma de fe el creyente posee ya la vida eterna. En el evangelio de Juan, la salvación del mundo se cumple en la primera venida de Cristo a través de la encarnación y con la resurrección de aquél que se deja elevar en la cruz. La segunda venida de Cristo en el último día será el complemento a este misterio de salvación

El pasaje del evangelio de hoy está sacado de la sesión que habla del ministerio de Jesús (Jn 1, 12). El texto nos lleva a la Galilea, al tiempo de la Pascua, la segunda vez en el texto juaneo: Después de estos hechos, Jesús partió a la otra orilla del mar de Galilea…Estaba vecina la Pascua, la fiesta de los Judíos (Jn 6, 1, 4). Una gran muchedumbre lo seguía (Jn 6,2) y Jesús viendo a la gente que lo seguía multiplica los panes. La gente lo quiere proclamar rey, pero Jesús huye y se retira a la montaña Él solo (Jn 6,15). Después de una breve pausa que nos hace ver al Señor caminando sobre las aguas (Jn 6, 16-21), el relato sigue al otro día(Jn 6, 22), con la gente que continúa esperando y buscando a Jesús. Sigue después el discurso sobre el pan de la vida y la amonestación de Jesús a buscar el alimento que siempre perdura (Jn 6, 22). Jesús se define a sí mismo como el pan de la vida, haciendo referencia al maná dado al pueblo por Dios mediante Moisés, como una figura del verdadero pan que desciende del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30 -36). En este ámbito se desarrolla las palabras de Jesús que nosotros estamos usando para nuestra Lectio (Jn 6, 37-40). En este contexto encontramos una nueva oposición y un nuevo rechazo de la revelación de Cristo como el pan de la vida (Jn, 6, 41-66).

Las palabras de Jesús sobre el que viene a Él, hacen eco de la invitación de Dios a participar en los bienes del banquete de la alianza (Is 55, 1-3). Jesús no rechaza a los que van a Él, sino que les da la vida eterna. Su misión es precisamente buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 27). Esto nos recuerda el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Jacob (Jn 4, 1- 42). Jesús no rechaza a la Samaritana, sino que comienza con ella un diálogo “pastoral” con la mujer que viene al pozo por el agua material y encuentra el hombre, el profeta y el Mesías que le promete el agua de la vida eterna (Jn 4, 13-15). Tenemos pues en el relato la misma estructura: de una parte la gente busca el pan material y de la otra, por el contrario, se hace por parte de Jesús todo un discurso espiritual sobre el pan de la vida.

También el testimonio de Jesús, que come el pan de la voluntad de Dios (Jn 4, 34), reconfirma lo que el Maestro enseña en este pasaje evangélico (Jn 6, 38).

En la última cena vuelve a tomar una vez más todo este discurso en el capítulo 17. Es Él el que da la vida eterna (Jn 17, 2), conserva y guarda a todos los que el Padre le ha dado. De éstos ninguno se ha perdido, sino el hijo de la perdición (Jn 17, 12-13)

b) Algunas preguntas:

para orientar la meditación y actualizarla.

* El Verbo hecho carne es enviado por el Padre al mundo para darnos vida, pero el mundo rechaza al Verbo encarnado. ¿Acepto en mi vida al Verbo encarnado que da la vida eterna? ¿Cómo?

* He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquél que me ha enviado (Jn 6, 38). En Jesús vemos la obediencia a la voluntad del Padre ¿Interiorizo esta virtud en mi vida para vivirla cada día?

* Quienquiera que ve al Hijo y cree en Él tendrá la vida eterna (Jn 6, 40). ¿Quién es Jesús para mí? ¿Trato de verlo con los ojos de la fe, escuchando sus palabras contemplando su modo de ser? ¿Qué significa para mi la vida eterna?

3. ORATIO

a) Salmo 22:

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

b) Oración final:

Oh Dios, que nos nutre en la mesa de tu palabra y del pan de la vida para hacernos crecer en el amor. Concédenos acoger tu mensaje en nuestro corazón para llegar a ser en el mundo levadura e instrumento de salvación. Por Cristo Nuestro Señor Amén.

4. CONTEMPLATIO

La contemplación es el saber unir nuestro corazón y nuestra mente al Señor que con su Palabra nos transforma en nuevas personas que cumplen siempre su voluntad. “Sabiendo estas cosas, seréis dichosos si la ponéis en práctica” (Jn 13,17).

Velad, porque no sabéis el día ni la hora

La vigilancia, una responsabilidad personal e intransferible

Hay muchas personas que vigilan por la salud de los demás en este momento de pandemia (políticos, personal sanitario, epidemiólogos, biólogos, químicos, fuerzas de seguridad, rastreadores…) dado que puede tener un impacto significativo en la salud pública. Todos ellos informan para que se tracen estrategias políticas de actuación clínica para el control de la pandemia, asignando recursos que mitiguen las necesidades de las personas contagiadas.

La vigilancia es vital y depende de la responsabilidad y la veracidad de todos y de cada uno en particular.

Nosotros, los bautizados, estamos comprometidos en el trabajo por el Reino de Dios, para hacer de este mundo, “un mundo de libertad, de justicia, de amor y de paz, que mantener así la esperanza de todos”. Se espera de nosotros una actitud comprometida, una respuesta digna de un seguidor de Jesús ante las distintas experiencias de la vida. Estamos ungidos por el bautismo “sine die”, o sea, “sin plazo”, “sin fecha”,y tiene un cometido, que ese Reino que es, sea también aquí. Por eso la invitación constante de Jesús: «…  velad, porque nos sabéis ni el día ni la hora».

Podemos pasar la vida distraídos, en un carpe diem sin Dios; viviendo nuestro día a día en la búsqueda constante de un disfrute que roza tendencias hedonistas: ejercitando el cuerpo sólo con actividades que produzcan placer y con el objetivo de evitar malestares posteriores; invirtiendo en viajes por puro placer sin importar su costo económico; reuniéndonos y conversando sólo con personas cuya presencia y conversación nos resultan placenteras; evitando libros, películas o noticias que nos produzcan sufrimiento; acumulando conocimiento sin que éste revierta en los demás; evitando cualquier actividad que no nos sea placentera…

Tener la lámpara encendida es sinónimo de estar vigilante ante la llegada inminente del Reino, del cual estamos llamados a participar aquí y en la eternidad. Es una cualidad interior (personal) que no puede ser compartida, ni prestada ni vendida. Un ejercicio continuo (la vigilancia), que nos hace permanecer fieles a la llamada, a la experiencia de que ese Reino es y será.

El Reino definitivo tarda, y para unos llegará antes, para otros después. No está sujeta la venida definitiva del Señor a los cálculos humanos, para cuando estemos preparados. Esta vigilancia exige de nosotros mantenernos en tensión, para que no caigamos en ese carpe diem insensato, sino carpe díem vigilante, esperanzado, porque el Señor de la historia vendrá definitivamente. El encuentro del Señor con el hombre está fuera de nuestros cálculos. Con esta parábola se nos está invitando a ser constantes, pues en cualquier momento se puede producir su llamada.

El tiempo de la fe es algo permanente en las personas, no es algo para dos días sí, y dos no; no es intermitente. Cuando hemos tenido experiencia del Dios que ha venido a compartir nuestras vidas, el Dios-con-nosotros, se traduce en algo definitivo. Esa experiencia de gracia es percibida en el tiempo, nuestro tiempo, en nuestro cuerpo. Y es cierto que podemos compartir la experiencia de fe con otras personas, pero no mi responsabilidad ni mi respuesta ante ella.

Una búsqueda intensa pero serena

La primera lectura nos hace una invitación: a desear la Sabiduría.Y para acceder a ella, necesitamos una actitud constante de búsqueda y de apertura. Así dice el texto: «Fácilmente la ven los que la aman –y la encuentran los que la buscan-. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada… Ella misma busca por todas partes a los que son dignos de ella…»

La Sabiduría se nos da en plenitud en la Palabra hecha carne, en Jesucristo; Él da sentido a nuestra vida y satisface nuestras aspiraciones. Pero como leemos en el evangelio de san Juan: «la(Sabiduría) Palabra(Jesús), vino a los suyos y no la recibieron».

Nuestra experiencia del Dios-con-nosotros, del Reino anunciado y traído por Jesús, nos ayuda a conseguir que nuestra vida tenga un porqué y un para qué. Es una experiencia fundante que nos convierte en sal de la tierra, en luz del mundo, en levadura. Que las distracciones de nuestra vida no nos hagan perder de vista la llamada que se nos ha hecho. Este proyecto necesita de todo nuestro tiempo, atención, cariño y entrega.

Esta responsabilidad personal y llamada a la vigilancia, no se debe convertir en un pensamiento obsesivo ni agobiante. La búsqueda del Reino de Dios no es nada traumático, ni algo ajeno a nosotros, que esté fuera o lejos. En realidad, se trata de buscarnos a nosotros mismos, de penetrar en nuestra interioridad, de vernos tal cual somos, de sentirnos un “yo” en lo que sentimos y hacemos. En la primera lectura se nos invita a esa búsqueda serena y gozosa de algo que se nos cruza diariamente en el camino, que nos espera sentado en la puerta de nuestra casa (la Sabiduría).

En el día de hoy, se nos invita a abrir los ojos y reconocer a Dios en los acontecimientos vividos. Esto requiere el estar vigilantes, tener encendida nuestra lámpara, en el aquí y ahora, en nuestra familia, en la comunidad, en nuestro pueblo o ciudad, en nuestro país, a través de los distintos hechos vividos, sean dolorosos o felices…, a través de esto que llamamos vida. En ella se manifiesta Dios, y nos pide una respuesta evangélica.

El Reino de Dios “está dentro de nosotros”, no tenemos que buscarlo fuera. No es algo material, es una forma de existencia, una manera de responder ante las distintas circunstancias de la vida.

Estemos vigilantes, pues el Señor está presente de una u otra manera en los distintos acontecimientos de nuestra vida. Y esa vigilancia ha de ser serena y confiada en la búsqueda: el Reino está más cerca de lo que pensamos. El buscarlo ya es poseerlo

D. Juan Manuel López Montero, OP

Comentario – Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

Hoy conmemoramos a nuestros difuntos; algo que exige hacer memoria de ellos, pero no para quedarnos atados a la nostalgia de un pasado irrecuperable o para sentir el aguijón de ciertos reproches que nos recuerdan lo que podríamos haber hecho por ellos y no hicimos. Les recordamos para rezar por ellos, porque entendemos que nuestra oración, en esa corriente de intercomunicación que recorre el cuerpo místico de Cristo, les puede seguir siendo útilAsí nos lo hace ver el texto sagrado (2 Mac 12, 43): es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos, para que sean librados del pecado. Porque tales difuntos pueden estar todavía necesitados de esta liberación.

El pecado apresa hasta hacer sentir sus cadenas más allá de la muerte. Es la Iglesia purgante, la que todavía experimenta la servidumbre del pecado y la todavía necesitada de liberación. Pues bien, nuestras oraciones pueden contribuir a lograr esta liberación pendiente. Rezando por los difuntos llevamos a la práctica esta idea piadosa y santa. Pero rezar por ellos es también recordarlos. Son momentos para la oración y para el recuerdo; pero también para la reflexión. Y es que ante el fenómeno de la muerte no dejan de acumularse preguntas en nuestra mente: ¿Qué razón de ser tiene esta vida tan asediada y asaeteada por la muerte? Porque la muerte no es sólo el acontecimiento que clausura nuestra vida en este mundo. La muerte no está sólo al final (lo estará como consumación, pero no como amenaza y acechanza ); está también al principio y en medio de la vida. Está permanentemente. Lo está como riesgo o amenaza, como noticia de su incesante acaecer, como anticipo que se deja sentir en la enfermedad o en la experiencia-límite. Y en presencia de la muerte, la vida se nos presenta demasiado precaria y pasajera, siempre pendiente de un hilo y asomada al abismo.

Ya el profeta se lamentaba en su situación de abatimiento: De la dicha no le quedaba siquiera el recuerdo. Se le habían acabado las fuerzas, y con ellas la esperanza. Era tal su aflicción y amargura que sentía su sangre envenenada. Pero al final del túnel divisa una lucecilla, algo que le trae a la memoria y que le infunde esperanza. Sin esta memoria habría caído en la oscuridad más tenebrosa. ¿Y qué es eso que aún le mantiene esperanzado? Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; que el Señor sigue estando ahí para remediar nuestros males, incluido el mal irreversible de la muerte. Y está no para los que no esperan ya nada de Él, sino para quienes en Él esperan y lo buscan: con todas sus deficiencias y pecados, pero lo buscan y esperan en Él y en su capacidad para compadecerse de nuestros males. Por eso, qué bueno es esperar en silencio, sin alborotos ni presunciones; en silencio, pero esperando la salvación del Señor, porque tal es el remedio de nuestros males. Esperando en silencio, pero orando, incluso gritando desde lo hondo: Señor, escucha mi voz, porque mi alma espera en tu palabra sanante, liberadora, poderosa, benéfica.

¿Cómo no esperar en la palabra del que es eternamente fiel, del que no engaña ni se engaña? ¿Cómo no tranquilizarnos; cómo no creer en la palabra de Jesús que nos dice que su Padre dispone de una casa con muchas estancias, para la que la muerte no es un obstáculo, sino un acceso, y que él se nos anticipa para prepararnos sitio? Por eso su ausencia no nos debe sumir en la tristeza; por eso, no debemos desesperar nunca, pues confiamos en que volverá y nos llevará consigo. Esta confianza en su retorno; esta seguridad de que nos llevará consigo, de que no quedaremos en la situación en que nos deja la muerte, de que no volveremos a la condición inorgánica de nuestra materia o a esa nada de la que salimos, nos mantiene persistentemente en la esperanza, aguardando siempre la Tierra de promisión, el cielo de la promesa, adonde Cristo nos llevará con él en esa condición gloriosa que adquirió tras su resurrección de entre los muertos. Apoyados en esta esperanza, siempre podremos divisar en nuestro horizonte un futuro mejor, un futuro esplendoroso. Con la esperanza siempre hay futuro, pues el Señor no permite que se cierren todas las puertas de la vida. Él mismo es la Vida, y contra ella no hay poder que pueda aniquilarla.

También san Pablo vivía de esta certeza: Si nuestra existencia –decía- está unida a él en una muerte como la suya (tras haber asumido él una muerte como la nuestra), lo estará también en una resurrección como la suya. Es el efecto de la incorporación o de la unión con él. Así pasamos de estar muertos con él a estar vivos con él, y con una vida como la suya actual, es decir, con una vida como la adquirida tras la resurrección o vida sin sombra de muerte, ya que una vez resucitado no muere más, pues la muerte no tiene dominio sobre esa vida que es eterna, esto es, que no está sujeta a temporalidad alguna. Y del mismo modo que la muerte, tampoco el pecado tiene dominio sobre esta vida que ha quedado absuelta del pecado y liberada de toda servidumbre.

Nuestro deseo incontenible de vida se ve, pues, refrendado por esta promesa a la que hemos dado fe. El que afronta la muerte con esta fe (la de que no moriremos para siempre) podrá situarse ante ella con serenidad y esperanza, como ante un trance que es tránsito hacia un estado mejor. Y podrá concebir la vida como un regalo a la vez que como una ofrenda: algo similar a un préstamoque exige devolución, pero para obtener a cambio una vida infinitamente mejor: la misma vida de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Dei Verbum – Documentos Concilio Vaticano II

Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura

25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”, puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina.

De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo”, con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. “Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo”. Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.

Incumbe a los prelados, “en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu.

Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.

Homilía – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

1.- La vela y la madrugada para encontrar la Sabiduría (Sab 6, 12-16)

Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia nos confronta con la espera vigilante. Una vigilia y espera que tienen su recompensa en el encuentro anhelado.

En la primera lectura es la Sabiduría la que nos sale al encuentro: «La ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan». Ella misma toma la iniciativa… y se muestra. Y espera, paciente, a todos los que la buscan.

Hay quienes la desean y hasta madrugan por ella. Allí « encuentran, sentada a la puerta». Los hay que velan por ella y, en su vigilia, «pronto se ven libres de preocupaciones».

Aunque no todos velan ni madrugan… Pero, también para ellos, ella misma se convierte en buscadora del encuentro «Va de un lado para otro, buscando»; eso sí, buscando «a quienes la merecen». Con benignidad, ella anda por los caminos, «y les sale al paso en cada pensamiento».

Una hermosa descripción de la «.inquieta Sabiduría» a toda costa, quiere el encuentro para comunicar todo aquello que ella es y todo lo que posee. Hacemos la súplica de nuestro soneto: «¡Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo!/ Anhela mi alma tu Sabiduría./ Llueve sus aguas sobre mi sequía…,/ pon sabor en mis labios con su jugo».

 

2.- La «suerte» de los difuntos (ITes 4, 13-17)

Lo que toca a los difuntos es su «suerte». ¿Mirarla con aflicción y honda desesperanza? Es duro el que nuestra vida venga a acabar en la tumba. Una brecha queda abierta en lo más hondo del hombre. Para cerrar esa brecha escribe Pablo a los cristianos de Tesalónica. No los quiere afligidos ni desesperados ante el misterio de la muerte, como ocurría con tantos a su alrededor. Como ocurre y ocurrirá siempre: confrontados con el misterio del fin.

La clave hay que buscarla en la resurrección de Jesús. Creída por la fe, la resurrección no es un «acontecimiento» que afecte tan sólo a Jesús. Ella abarca mucho más: «A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él». Nuestra unión sacramental en el bautismo con Jesús crucificado es también una unión con Jesús resucitado: «Un con él con una resurrección como la suya».

Queda fuera de lugar la preocupación por la «suerte» de los muertos. Se trata de una «buena suerte»: ser los primeros en estar con el Señor, aventajando a los que quedamos vivos. Llegar antes a la meta; ser, por tanto, los primeros vencedores.

3.- La vela para encontrar al Señor (Mt 25, 1-13)

La exhortación final da el tono a todo el texto: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Se trata también de un encuentro. Un encuentro que es seguro, pero incierto. Su espera puede producir pereza y hasta sueño.

Dos actitudes frente a la espera, reflejadas en dos grupos de doncellas. La parábola sólo se fija en su vela. No se trata de juzgar si las doncellas sensatas fueron poco generosas con las necias. Es una imagen sencilla con la simple intención de comparar un encuentro logrado con u encuentro fallido.

El secreto está en el aceite sobrante. En el aceite llevad por si la espera era larga. Las unas se proveyeron; las otras se descuidaron. La previsión o el descuido de llenar buenas obras el largo tiempo de espera.

E! encuentro se realiza, si es que el aceite rebosa; pe cuando el aceite falta no puede lucir la lámpara que permita el poder reconocerse: «Os aseguro, no os conozco». No puede darse una mayor frustración para quien esperaba el encuentro. Les vino a faltar aceite para poder «alumbrarlo».

Cuando llegue el Esposo

«¡Oh Dios, Tú eres mi Dios, por ti madrugo!»

Anhela mi alma tu Sabiduría.
¡Llueve sus aguas sobre mi sequía…,
pon sabor en mis labios con su jugo!

Quiero nutrir mi fe con un mendrugo
de su pan suculento, cada día…,
vocear por las plazas su valía
tras rumiarla en la sombra de mi ostugo…;

ir a su luz urdiendo la esperanza
y el amor radical con que se alcanza
la vida en la fontana de su centro…,

y aderezar con su óleo generoso
mi lámpara, aguardando a que el Esposo
llegue, resucitado, hasta mi encuentro.

Pedro Jaramillo

Mt 25, 1-13 – (Evangelio Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

La actitud frente a la felicidad eterna

El evangelio, texto exclusivo de Mateo, nos propone la parábola de las vírgenes necias y las prudentes. No siempre hemos logrado penetrar adecuadamente en su sentido, ya que la narración está recargada de significados específicos diversos. Se habla de “diez’, quizás porque era el número exigido para la calidez de la plegaria en la sinagoga o fuera de ella. Por lo mismo se apunta, o precisa el autor del evangelio de Mateo, que es una parábola de sesgo comunitario a todos los efectos. Incluso la boda, con toda su significación bíblico-mesiánica, es útil para enmarcar el punto final: la llegada o venida del esposo. Sin esposo no hay boda ni nada lamento de sus amigas, en este caso vírgenes, lo que quiere decir simplemente “no casadas” y que también un día serán desposadas. Entre tanto, acompañan a su amiga a lo más importante de su vida pero, sin el esposo, nada tiene sentido. Algunos autores han apuntado a las interpretaciones rabínicas del Cantar de los Cantares que ven en el coro de las “hijas de Jerusalén” el grupo de los discípulos que llevan en sus manos la luz de la “Thora” y vigilan la llegada del Mesías. El aceite era en el judaísmo, además, el signo de las buenas obras, así como de la alegría de la acogida (Sal 23,5; 104,15; 133,2) e incluso de la unción mesiánica (Sal 45,8; 89,21).

Jesús, en ella, se vale del marco de una fiesta de bodas para hablar de algo trascendental: la espera y la esperanza, como cuando la novia está ardiendo de amor por la llegada de su amado, de su esposo. Pero los protagonistas no son ni el novio (lo será al final de todo), ni la novia, en este caso, sino las doncellas que acompañaban a la novia para este momento. Eso quiere decir que ellas se gozaban en gran manera con este acontecimiento, como si ellas mismas estuvieran implicadas, tanto como la novia, y sin duda la narración da a entender que debían estarlo; pero para este acontecimiento de amor y de gracia hay que estar preparados, o lo que es lo mismo, deben abrirse a la sabiduría; el júbilo que se respiraba en una boda como la que Jesús describe es lo propio de algo que alcanza su cenit en la venida del esposo.

La iglesia primitiva ha alegorizado, sin duda, la propuesta de Jesús en razón precisamente de la “parusía” que no llegaba, pero que podía llegar en cualquier momento. Este es un problema muy discutido. La frustración en la primera o segunda generación cristiana, sobre la llegada de la “parusía” o el fin del mundo, es decir, la plenitud del Reino de Dios, no se ha resuelto adecuadamente (solamente en Lucas tenemos una enseñanza más acorde con el retraso de la parusía). Por ello, la diez vírgenes son representación de una comunidad, de la comunidad cristiana. ¿Habría aceite en las lámparas para ese momento? En definitiva ¿habría sabiduría) Así es como se enlaza con el sentido de la primera lectura, que como dijimos, marca la pauta de la liturgia de hoy. Sabernos que esta es una parábola de “crisis”, no para atemorizar; sino para mantener abierta la esperanza a esa dimensión tan importante de la vida.

Entonces, ¿qué es la parusía? ¿qué significa el fin del mundo) (lo veremos mejor cl próximo domingo). Lo importante es estar preparados para la venida del esposo, el personaje que se hace esperar. Se habla de una “presencia” (que eso significa “parusía) ante los que esperan. Por tanto, no es cuestión de entender el terna en términos cósmico-físicos, sino de cómo nos enfrentamos a lo más importante de nuestra vida: la muerte y la eternidad: ¿con sabiduría? ¿con alegría? ¿con aceite, con luz? ¿con esperanza? Este mundo puede ser “casi” eterno, pero nosotros aquí no lo seremos. Estamos llamados a una “presencia de Dios” (parusía) y eso es como unas bodas: debemos anhelar amorosamente ese momento o de lo contrario seremos unos necios y no podremos entender unos desposorios de amor eterno, de felicidad sin límites.

1Tes 4, 13-18 – (2ª lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

Nuestro destino es la vida eterna

San Pablo en uno de los textos más conocidos de su carta I a a los Tesalonicenses establece unas analogías, aproximaciones que se imaginaba, sobre la suerte de los que habían muerto y qué sería de ellos cuando llegara el fin del mundo. Cuando Timoteo llega a Corinto, donde está Pablo, con algunos acompañantes de la comunidad de Tesalónica, le plantean la dificultad que tienen de que algunos de los suyos, que han muerto, puedan quedan “desposeídos” de la gloria y la felicidad de Dios en la llegada de la “parusía”. Es decir, si los muertos resucitarán para gozar de esta felicidad. Pablo lo apoya como “palabra de Dios”. Esta es la afirmación más decisiva, independientemente del momento de la parusía o de la resurrección de los muertos para gozar de Dios. Es lógico pensar que en el texto esta ” trasformación-resurrección” se contempla desde la perspectiva del “final de los tiempos” o de este mundo.

Porque Pablo, al comienzo de su misión apostólica, pensaba que él mismo vería ese momento de la “parusía” o la segunda venida del Señor, que era una actitud e incluso un convencimiento bastante común entre los primeros cristianos, heredada de una corriente de corte apocalíptico del judaísmo. Después evolucionaría en su pensamiento y en su teología (cf Flp 1,20-24; 2Cor 4,10-5,8), porque el fin del mundo y la venida del Señor no debernos entenderla como una irrupción apocalíptica, sino como un proceso que se va consumando misteriosamente en esta historia; que por una parte va muriendo y por otra se evoluciona hacia un mundo mejor y más hermoso en medio de acontecimientos críticos, de ciclos desconcertantes, para volver a resurgir la esperanza y la luz. Ya Jesús había hablado de que los muertos, para Dios, están vivos, en una discusión que los saduceos le habían planteado sobre el destino de los que han muerto (cf Mc 12, 18-27; Lc 20,27-38). Jesús, pues, había afrontado la cuestión desde esa clave de la sabiduría que descubre en nosotros lo que nunca muere.

Sab 6, 12-16 – (1ª lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

Abrirse a la sabiduría

La liturgia de este domingo, intenta marcar la pauta de lo que es la apertura al último destino del hombre y de la vida. Efectivamente, sin la sabiduría, que es la esencia de lo bueno, de la felicidad, de lo ético y estético, la vida perdería su hermosura y su dimensión escatológica (lo que la lleva más allá de la experiencia de la finitud y de la muerte). Por ello, ser sabio, en la Biblia, no es estudiar una carrera para aprender muchas cosas; no es cuestión de cantidad, sino de calidad; es descubrir constantemente la dimensión más profunda de nosotros mismo y de Dios. Para los hebreos, los enemigos de la fe en Dios no eran el escepticismo ni la incredulidad sino la adoración a los dioses paganos, meros productos de la imaginación humana descarriada.

Los hebreos no buscaban el conocimiento teórico sino la sabiduría (hokma), es decir; el pensar correctamente para tomar decisiones acertadas y vivir una vida justa ante Dios. En el origen de su semántica hebrea la sabiduría no era un saber cualquiera ni puramente teórico —a la manera griega— sino el conocimiento necesario para la acción. El que tenían, por ejemplo, los arquitectos cananeos para construir el templo de Salomón. Pero también y especialmente el conocimiento que tuvo Salomón para conducir a su pueblo. Era, sobre todo, la sabiduría que transmitía Dios a Israel para llevarlo a su plenitud, a la verdadera Felicidad, y expresada de un modo sintético y sublime en los mandamientos.
¿Dónde está esa sabiduría? El autor de este libro lo tiene claro: en Dios, el autor de la vida y de lo que somos. El poema es un alarde, porque en el fondo, con la sabiduría, casi personalizada, se está hablando de la acción de Dios que sale siempre al encuentro del hombre. Sin Dios (en el poema es la sabiduría), pues, el ser humano no encontrará su verdadero destino. Si no mimamos la sabidura, no aprenderemos a vivir con esperanza, ni a ser felices en aquello que merece la pena, ni a superar los traumas que nos rodean, ni a esperar siempre un minuto, una hora, un día, una eternidd mejor para todos. Pero como dice el texto de hoy, debemos ser dignos de la sabiduría para que ella reos sonría. Tener sabiduría, en definitiva, es buscar o descubrir constantemente lo que nunca muere; aspirar a ello como lo más normal de la vida. Ahí se revela verdadera sabiduría divina.

Comentario al evangelio – Conmemoración de los Fieles Difuntos

Ayer celebrábamos a los santos. Todos los Santos de la historia de la Iglesia. Peor hoy celebramos a los difuntos, y estos son como más nuestros. La mente y el recuerdo se nos van a nuestros difuntos, los que hemos conocido, los que han sido de nuestra familia, los que han formado parte de nuestra historia personal. Con ellos hablamos, tuvimos relación. Quizá hasta nos enfadamos y discutimos. Son nuestros difuntos. Y cuando murieron, un poco de nosotros mismos, de nuestra historia, de nuestro ser, murió con ellos. 

Es una memoria agradecida. La relación con nuestros difuntos, de los que nos acordamos, fue una relación de cariño. Hasta podríamos decir que esa relación no solo fue, sino que es. Está presente en nuestros corazones y en nuestras mentes. Nos acordamos de ellos. No se trata sólo de que tengamos su foto en la cartera. Ellos están con nosotros. Es otra forma de presencia. 

Es una memoria dolorosa. Porque su partida nos dejó marcados. Un trozo de nuestra propia y personal historia se fue con ellos. Alguien que formaba parte de nosotros, de nuestro yo, se fue y nos dejó más solos. Desde entonces experimentamos con más fuerza esa soledad que forma parte intrínseca de la vida de toda persona. Nos sentimos huérfanos porque ellos cuidaban de nosotros, su amistad y su cariño nos mantenía firmes y nos ayudaba a vencer las dificultades de la vida. Nos hemos quedado más solos y lo sentimos. 

Es una memoria esperanzada. Porque desde la fe creemos que esta vida no termina en  estos límites que impone la duración de nuestro cuerpo. La fe en Jesús nos invita a mirar más allá del horizonte de la muerte. No sabemos bien cómo pero creemos que hay vida más allá de la muerte. Estamos convencidos de que tanto amor, tanta amistad, tanto cariño, no puede desaparecer de golpe. Que Jesús resucitó es la afirmación más importante de nuestra fe. Desde ella todo el Evangelio cobra sentido. Amar, servir, entregarse por los demás, tiene un sentido nuevo. Nada es en vano. Nos encontraremos más allá –no sabemos de qué manera– y ese amor, esa amistad, ese cariño llegará a su plenitud. 

Por eso, hoy recordamos a nuestros difuntos. Y, aunque nos duela su memoria y su recuerdo, sabemos que la vida de Dios es más fuerte que la muerte. Cuando escuchamos el mandato evangélico de amarnos unos a otros, sabemos que ese amor no se perderá. Porque Dios es amor y es vida. Y nosotros mantenemos alta la mirada y firme la esperanza. Aunque nos duela el recuerdo de nuestros seres queridos.

Fernando Torres, cmf