Lo que alimenta nuestra luz

Leída en una estricta literalidad, la parábola parece caer en una contradicción, ya que las doncellas “sensatas” (“buenas”) aparecen como egoístas, al negarse a compartir su aceite con las del otro grupo. La contradicción estriba en el hecho de que no hay “sensatez” –comprensión– posible cuando no hay amor.

Pero una parábola busca ser evocadora, por lo que carece de sentido una lectura literalista de la misma. Se trata, más bien, de identificar el objetivo al que la parábola apunta. Y en este caso parece claro que busca poner el foco en otra cuestión: la importancia decisiva de proveerse de “aceite”.

En el relato, el aceite es aquello que alimenta la lámpara, es decir, lo que hace posible la luz. Con lo cual, el eje de la parábola remite a esta cuestión: ¿qué es aquello que posibilita, mantiene y alimenta la luz en nuestras vidas?

En nuestra identidad profunda, somos luz, afirmación que el cuarto evangelio pone en boca de Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Ahora bien, es indudable que con frecuencia vivimos ignorantes de esa realidad, desconectados de ella y, en consecuencia, en la oscuridad de la ignorancia esencial, con la confusión y el sufrimiento que conlleva. En esas condiciones, se hace vital la cuestión: ¿cuál es el “aceite” que alimenta nuestra luz y nos permite vivir en conexión con ella?

La respuesta solo puede ser una: la comprensión experiencial de lo que somos. Para empezar, la persona interesada puede verificarlo por sí misma a partir de un cuestionamiento elemental: ¿qué es lo que me aporta serenidad, paz, ecuanimidad, plenitud, amor, desegocentración, vitalidad, creatividad…? ¿De dónde brota todo eso y –lo que es más importante– qué lo mantiene aún en circunstancias adversas? Indaga con rigor…

O puede hacerse el mismo cuestionamiento desde otro ángulo: si evito la trampa de atribuir la causa de mis malestares al exterior y dejo de buscarla fuera, ¿qué es lo que me altera, me encierra, me hace sufrir, me desconecta de la vida…?

Tal como yo lo veo, la respuesta solo es una: todo se ventila en el hecho de vivir o no conectados a lo que realmente somos. Esa comprensión experiencial es luz; su carencia es oscuridad.

El paso siguiente surge por sí mismo: ¿cómo provisionarnos de “aceite” ?, es decir, ¿qué podemos hacer para favorecer la comprensión? 

Seguramente necesitemos trabajar con constancia la inercia que nos hace vivir identificados con el yo, en una especie de estado hipnótico, y volver a conectar una y otra vez, de manera consciente, con aquello que somos, lo que está más allá del cuerpo, de la mente, del psiquismo, del yo, de la personalidad…

Más en concreto, me parece necesario vivir un triple cuidado, que puede expresarse en tres palabras: acogerse, atender y estar. Cuidar el amor humilde e incondicional hacia si, como fuente de unificación psíquica; cuidar la atención, como condición de libertad interior frente a los movimientos mentales; y cuidar el silencio consciente hasta, acallada la mente, reconocernos en él.

¿Qué alimenta la luz en mí? ¿Cómo lo cuido?

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Aunque el Esposo tarde, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aunque el Esposo tarde, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXI de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles; concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que pos prometes. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 16,9-15
«Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante; y el que es injusto en lo insignificante, también lo es en lo importante. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.» Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: «Vosotros sois los que os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos presenta unas palabras de Jesús alrededor del uso de los bienes. Son palabras y frases sueltas, de las que no conocemos el contexto exacto en el que fueron pronunciadas. Lucas las coloca aquí para formar una pequeña unidad alrededor del uso correcto de los bienes de esta vida y para ayudar a entender mejor el sentido de la parábola del administrador deshonesto (Lc 16,1-8).
• Lucas 16,9: Usar bien el dinero injusto “Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas”. Otros traducen “riqueza inicua”. Para Lucas, el dinero no es algo neutral, es injusto, es inicuo. En el Antiguo Testamento, la palabra más antigua para indicar al pobre (ani) significa empobrecido. Viene del verbo ana, oprimir, rebajar. Esta afirmación, evoca la parábola del administrador deshonesto, cuya riqueza era inicua, injusta. Aquí se hace patente el contexto de las comunidades del tiempo de Lucas, esto es, de los años 80 después de Cristo. Inicialmente, las comunidades cristianas surgieron entre los pobres (cf. 1Cor 1,26; Gál 2,10). Poco tiempo después fueron entrando personas más ricas. La entrada de los ricos trajo consigo problemas que están evidenciados en los consejos dados en la carta de Santiago (Sant 2,1-6;5,1-6), en la carta de Pablo a los Corintios (1Cor 11,20-21) y en evangelio de Lucas (Lc 6,24). Estos problemas se fueron agravando al final del siglo primero, como atesta el Apocalipsis en su carta a la comunidad de (Ap 3,17-18). Las frases de Jesús que Lucas conserva son una ayuda para aclarar y resolver este problema.
• Lucas 16,10-12: Ser fiel en lo pequeño y en lo grande. “El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante; y el que es injusto en lo insignificante, también lo es en lo importante. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?” Esta frase aclara la parábola del administrador deshonesto. El no fue fiel. Por esto fue sacado de la administración. Esta palabra de Jesús trae también una sugerencia de cómo realizar el consejo de hacerse amigos con dinero injusto. Hoy ocurre algo similar. Hay personas que dicen palabras muy lindas sobre la liberación, pero que en casa oprimen a la mujer y a los hijos. Son infieles en las cosas pequeñas. La liberación en lo macro empieza en lo micro, en el pequeño mundo de la familia, de la relación diaria entre las personas.
• Lucas 16,13: No podéis servir a Dios y al dinero. Jesús es muy claro en su afirmación: “. “Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.” Cada uno, cada una tendrá que optar. Tendrá que preguntarse: “¿A quién, qué pongo en el primer lugar en mi vida: a Dios o al dinero?” En lugar de la palabra dinero cada cual puede colocar otra palabra: coche, empleo, prestigio, bienes, casa, imagen, De esta opción dependerá la comprensión de los consejos que siguen sobre la Providencia Divina (Mt 6,25-34). No se trata de una opción hecha sólo con la cabeza, sino de una opción bien concreta de la vida que abarca también actitudes.
• Lucas 16,14-15: Crítica a los fariseos que aman el dinero. “Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: “«Vosotros sois los que os las dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.”. En otra ocasión Jesús menciona el amor de algunos fariseos al dinero: “… mientras devoran las casas de las viudas y simulan largas oraciones…” (Mt 23,14: Lc 20,47; Mc 12,40). Ellos se dejaban llevar por la sabiduría del mundo, de quien Pablo dice: “Y si no, mirad, hermanos vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Antes eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes. Y lo plebeyo del mundo, el desecho, lo que no es nada, lo eligió Dios para anular lo que es” (1Cor 1,26-28). A algunos fariseos les gustaba el dinero, como hoy a algunos sacerdotes les gusta el dinero. Vale para ellos la advertencia de Jesús y de Pablo.
4) Para la reflexión personal
• ¿Tú y el dinero? ¿Por qué optas?
• ¿Fiel en lo pequeño? ¿Cómo hablas del evangelio y cómo vives el evangelio?
5) Oración final
¡Dichoso el hombre que teme a Yahvé,
que encuentra placer en todos sus mandatos!
Su estirpe arraigará con fuerza en el país,
la raza de los rectos será bendita. (Sal 112,1-2)

Vigilad y orad

1.- “Radiante e inmarcesible es la sabiduría…” (Sb 6, 13)La sabiduría es uno de los grandes dones que Dios puede otorgar al hombre. La sabiduría es como una luz mágica que permite ver las cosas y los acontecimientos en sus justas proporciones. La luz de Dios que ilumina el camino de la felicidad, con tal resplandor que es imposible no lanzarse a caminar por él.

Fácilmente la descubren los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada. Amarla, desearla, buscarla. Sólo eso, pero sinceramente, con ahínco, con constancia. Comenzando por pedirla a Dios con fe y confianza. Ahora mismo te lo rogamos, Señor, danos el don de la sabiduría, esa luz nueva para nuestros ojos, esa dimensión distinta para nuestra mirada apagada, ese ver más allá de las sombras que inundan nuestros días grises y anodinos… Verlo todo con la luz de Dios, contemplarlo todo bajo la perspectiva de la eternidad, y superar así esta visión estrecha y pequeña que tantas veces nos angustia.

“… y quien vela por ella, no se verá sin afanes…” (Sb 6, 15) Cuántos afanes en cada jornada, cuántas preocupaciones. Siempre hemos de tener algo que nos inquiete y nos turbe. Y la causa está en nuestra falta de sentido sobrenatural, en nuestra falta de visión de fe. Nos empeñamos en vivir según nuestros propios criterios y despreciamos los criterios de Dios. Y ese es el resultado: una vida de ajetreo continuo, una existencia profundamente marcada por la zozobra.

La misma sabiduría “busca por todas partes a los que son dignos de ella; en los caminos se les muestra benévola y les sale al encuentro en todos sus pensamientos…”. Son palabras tuyas, Señor. Palabras, por tanto, objetivas, absolutamente verdaderas. Haznos, pues, dignos de la sabiduría que sale a nuestro encuentro y aviva nuestro deseo por tenerla. Para que, con tu luz y tu fuerza, vivamos de modo distinto a como vivimos. Para que, en medio de la vorágine del vivir actual, conservemos la calma y el optimismo. Danos, te lo pedimos otra vez, esa sabiduría que ha de llenar de honda alegría esta nuestra vida, tan cargada de tristeza.

2.- “Oh Dios, tú eres mi Dios…” (Sal 62, 2) Ocurre a veces que el latido místico e íntimo del cantor de Dios aflora a la superficie de sus palabras. El salmo de hoy expresa, en efecto, los más hondos sentimientos del hombre ante Dios. “Mi alma está sedienta de ti -dice con emoción-, mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada, sin agua”.

El salmista se siente seco por dentro, con una ansiedad incontenible, con una sed indefinible de algo que sólo le puede venir de lo Alto. Y por eso clama con acentos de humilde súplica y llama al Señor, diciéndole: Oh Dios, Tú eres mi Dios, mi todo, mi bien supremo, mi verdad única, mi más firme esperanza de amor eterno. Humildemente, con sencillez de niño enfermo, vamos a acercarnos en el silencio de la oración hasta nuestro Dios y Señor. Vamos a decirle cuanto sentimos o cuanto no sentimos y quisiéramos sentir. Digamos también con honda emoción, o sin ella: “Oh Dios, tú eres mi Dios…”.

“Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote…” (Sal 62, 5) Sigue el poeta desgranando sus versos divinamente inspirados, sigue brotando a borbotones el agua limpia de su fuente interior. Toda la vida te bendeciré, mi Dios y Señor; en todas las circunstancias te cantaré con gratitud y amor. Pase lo que pase, sea bueno lo que me ocurra o sea lo peor cuanto me pueda ocurrir, alzaré las manos hacia ti para invocarte, humilde y confiado.

Sí, también tú te puedes acercar a Dios en la íntima soledad de tu corazón, donde él está. Si lo haces, sentirás que tu vida se colma, se sacia, se apacigua en las ansias más profundas. Dile entonces al Señor, con palabras de ese salmo: “Mis labios te alabarán jubilosos. En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo”.

Tener sed de Dios, anhelar su cercanía más que cosa alguna. Buscarle si le hemos perdido de vista, correr tras él hasta encontrarlo de nuevo. Quedarse entonces junto a él para nunca más separarse, persuadidos de que sólo así alcanzaremos alivio para nuestra ardiente sed.

3.- “Hermanos: no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza” (1 Ts 4, 12) Es inevitable. La muerte nos produce siempre un deje de tristura, cuando no un dolor exasperado. Son momentos inolvidables que se nos clavan como espinas en la propia carne, hasta enquistarse definitivamente. En este mes de noviembre, nuestra Madre la Iglesia quiere que recordemos a los fieles difuntos, esos que han cruzado ya la frontera del “irás y no volverás”. Tiempo por otra parte muy adecuado para ello puesto que la naturaleza parece morir a nuestro alrededor, durmiéndose callada bajo el arrullo de las hojas secas.

Pero detrás de todo ese espectáculo melancólico y triste de la muerte y el otoño, hay una luz suave y viva al mismo tiempo, que ha de iluminar nuestros ojos y nuestro corazón. Y gracias a esa luz lograremos descubrir el encanto y el misterio que hay en todo eso. Así, ante el recuerdo entrañable de nuestros seres queridos ya muertos, hemos de sentir la honda esperanza de los que saben que esas ramas secas e inertes volverán a reverdecer.

“Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1Ts 4, 17) Sí, estas ramas desnudas y ennegrecidas volverán a brotar en hojas verditiernas primero y en tupido follaje luego, en flores y frutos. Y ante esa convicción, el color ocre y multicolor del otoño adquiere una luminosidad, mezcla de recuerdo nostálgico y de serena paz. Lo mismo ocurre entonces con la muerte, lo mismo hemos de pensar ante la idea triste de que ya se nos fueron para siempre los nuestros.

Sus cuerpos podridos y deshechos recobrarán otra vez la vida, renacerán transidos de gloria. Por eso nuestra fe nos asegura que cuando resucitemos tendremos un cuerpo glorioso, nuestro mismo cuerpo robustecido por el fuego y el hálito vivificados del Espíritu divino. Viviremos entonces una eterna primavera, un verano sin fin, con flores y frutos perennes. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras… Sí, es realmente un motivo profundo de consuelo; es como para no llorar nunca más, para no dejarnos vencer jamás por la tristura. Y sin embargo, Señor, tú sabes nuestra debilidad, nuestra ceguera, nuestra falta de fe y de esperanza. Perdónanos y concédenos ese consuelo del que cree de veras en tu indefectible palabra.

4.- “… cinco de ellas eran necias y cinco sensatas” (Mt 25, 2) La fiesta nupcial judía, cargada de ritos simbólicos, sirve a Jesús para hablar del Reino de los cielos. Se fija en la ceremonia de recepción y de acompañamiento que hacen las amigas solteras de la novia a la feliz pareja. Con sus lámparas encendidas y su alegría juvenil contribuían, sin duda, a la felicidad de los novios. Todos juntos iban hacia la sala del banquete, inundada de luz y de alegría. Se cerraba entonces la puerta y la noche, oscura y triste, quedaba fuera, en fuerte contraste con la luz y el alborozo que había dentro, en la sala del banquete.

Eso viene a ser el Reino de los cielos, un banquete de bodas reales. En la noche, cuando menos se espera quizá, llegará el esposo, Cristo Jesús, para celebrar por siempre la gran fiesta nupcial. Entonces el que tenga su lámpara encendida, quien tenga su alma en gracia, viva la fe, despierta la esperanza y ardiente la caridad, ese entrará en la sala del Reino, participará de esa fiesta que nunca cesará. En cambio, el que tenga su lámpara sin aceite, quien tenga el corazón seco y frío, quien vista los harapos del pecado, quien duerma el sueño de los indolentes y los frívolos, quien sólo piense en sí mismo, ese se quedará fuera, inmerso en esa oscura noche, sin amanecida posible.

Hay que vigilar, hay que estar alerta, hay que vivir preparados, siempre en gracia de Dios y luchar cada batalla como si esa fuera la última. No podemos descuidarnos, no podemos andar jugando. Es mucho lo que se solventa, la salvación eterna, la dicha de entrar en el gozo de la luz, de disfrutar para siempre de la alegría de la Jerusalén celestial.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXXI de Tiempo Ordinario

Las palabras de Jesús que recoge san Lucas en este pasaje siguen girando en torno al dinero (μαμων, voz aramea transcrita al griego, de connotaciones idolátricas) y a la administración. El dinero injusto o, como traduce la nueva versión de la Biblia, el dinero de iniquidad, es el dinero que procede de operaciones injustas como las que llevó a cabo aquel administrador infiel de la parábola. Pues bien, hasta ese dinero, reinvertido en obras de misericordia, puede ganarnos amigos que nos reciban bien en las moradas eternas.

Pero el evangelio continúa volviendo sobre el tema de la administración que se presenta a modo de fianza: El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es de fiar; el que no es honrado en lo poco, tampoco en lo mucho es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará?

El que es fiel y honesto, lo suele ser tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, tanto en lo menos importante como en lo más importante. La fidelidad y la honestidad son actitudes que se suelen mantener en las diferentes circunstancias de la vida; y el que no es fiel en lo poco (en los céntimos) tampoco suele serlo en lo mucho (en los millones) o en lo que vale más que el dinero, por ejemplo, en la amistad o en el compromiso matrimonial, o en cualquiera de las relaciones humanas.

Por eso, si no hemos sido de fiar en algo que merece el calificativo de vil o despreciable, como el dinero, cómo vamos a serlo en cosas más importantes, como la educación de los hijos o la formación humana y cristiana de niños y jóvenes, o la capacitación de personas para la prestación de determinados servicios en la sociedad. Cuando lo que se nos confía son personas y no simplemente bienes materiales, aumenta la responsabilidad, como le sucede a un médico cirujano al que se le confían vidas humanas o a un sacerdote al que se le confían las mismas vida humanas en otra dimensión, no relativa a la salud corporal o psíquica, sino a la salud espiritual.

Y si no hemos sido de fiar en lo ajeno (bienes o vidas), tampoco seremos de fiar en lo propio (bienes y vida), aunque podamos apreciar más lo propio que lo ajeno. Porque también lo que nos pertenece como propiedad, incluida la vida, lo hemos recibido en fianza, se nos ha confiado para hacer de ello un buen uso. Pero si no hemos sido fieles en lo ajeno, ¿lo seremos en lo propio? Y si no hemos sido fieles en lo propio, ¿lo seremos en lo ajeno? La fidelidad atañe siempre a la gestión de unos bienes (materiales, personales, espirituales) encomendados, ya sean propios o ajenos. En cualquier caso se trata de una fianza que se nos confía y de la cual se nos pedirá cuentas.

Ningún siervo puede servir a dos amos… porque se dedicará al primero y no hará caso del segundo.

Se trata de amos que exigen dedicación plena o casi exclusiva; por eso hay incompatibilidad de servicios. No podéis servir a Dios y al dinero, si hacéis del dinero un tirano al que se sirve, por el que se trabaja hasta el agotamiento, o por el que se está dispuesto incluso a poner en riesgo la propia vida o a sacrificarla, o un dios al que se adora o por el que uno es capaz de inmolarse.

Cuando uno idolatriza de este modo al dinero (= mamona) le está dando un rango semidivino, lo está elevando a la categoría de un dios que acabará exigiendo hasta el sacrificio de vidas humanas como sucede tantas veces en nuestra sociedad. Basta pensar en las ingentes cantidades de dinero que se mueven en las mafias, en el mundo de la droga, en la trata de blancas, en el mercado negro o amarillo, en la bolsa, en la especulación inmobiliaria, etc. Y habiendo dinero de por medio no es fácil que se respeten las vidas humanas, que acaban teniendo menos valor, mucho menos valor que el dinero que se maneja. Así se cumple el dicho de Jesús: No se puede servir a Dios, cumpliendo sus exigencias de caridad y respeto a la dignidad de la persona humana, y al dinero, dejándose arrastrar por las exigencias que impone la avaricia y la codicia que nunca se ven saciadas, porque el dinero no puede saciar de ninguna manera el corazón humano.

La insistencia de Jesús en el tema nos puede parecer excesiva u obsesiva. Tal vez nos suceda lo que a aquellos fariseos, amigos del dinero, que se burlaban de él y de sus apreciaciones, por considerarlas demasiado ingenuas o poco realistas o impropias de alguien que debería tener los pies en la tierra. Pero él les dijo: Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.

Que el Señor nos encuentre receptivos a su palabra. Lo que más detesta Dios en los fariseos no es su apego al dinero, que es más digno de compasión que de desprecio, sino su arrogancia. Presumen de observantes de la Ley. Pero no es infrecuente que uno presuma de lo que carece. Y Dios que ve sus corazones –y no sólo sus observancias externas- les conoce y detesta su arrogancia. Más les valdría ser humildes y reconocer sus servidumbres, como la del aprecio del dinero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

4. Por último, el sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios. Desea, además, que, si fuere necesario, sean íntegramente revisados con prudencia, de acuerdo con la sana tradición, y reciban nuevo vigor, teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de hoy.

No vale engancharse a última hora

1.- Que Dios es grande todos lo sabemos. Que su misericordia es ilimitada, lo anunciamos y pregonamos –una y otra vez– en nuestras homilías y conversaciones, grupos, reflexiones y tratados de teología. Que, Dios, es un gran buscador de todo lo perdido lo palpamos en muchos momentos de nuestra existencia y, lo escuchamos especialmente, en la parábola de la oveja perdida.

Estamos tan acostumbrados a proclamar que Dios es tan bueno que, en ocasiones, podemos correr el riesgo de pensar que Dios debe ser demasiado tonto y que, por lo tanto, todo vale, todo cuela…aunque seamos unos ladronzuelos de tercera.

En todo, y para todos, siempre hay una última oportunidad. No podemos confiarnos demasiado, o mejor dicho, dejarlo todo a merced de Dios.

En cierta ocasión un viajero, acostumbrado a recorrer su país en tren, daba tanto margen de confianza a su reloj que, un buen día, en el viaje más importante que le quedaba por emprender llegó a la estación y comprobó con gran decepción que el ferrocarril había partido minutos antes.

2.- La Iglesia, como novia del Señor, vive ansiosa y gozosa, sufriente y en medio de pruebas, alentando, animando las lámparas de tantas doncellas representadas por miles y miles de cristianos que pertenecen y alimentan su fe en Cristo dentro de ella.

–En unos, desgraciadamente, por excusas o por diversas razones, la fe ha ido languideciendo, empobreciéndose, haciéndose menos visible y luchadora.

–En otros, por la fuerza del Espíritu, la antorcha de la fe sigue viva y operativa, sabiendo que Dios en cualquier momento, personal o colectivamente, puede llamarnos a su presencia.

–¿Qué hay muchos vientos que intentan apagar multitud de llamas que reflejan el amor y la presencia de Dios en el mundo? Por supuesto que sí.

–¿Qué existen “apagavelas” que pretenden erigirse en fuegos de artificio ocultando la verdad de las cosas y del hombre? Por supuesto que sí.

Pero, en medio de todo ello, la parábola de hoy nos llena de esperanza y nos infunde hasta un santo orgullo: seguimos esperando al Señor, sin dormirnos en los laureles. Y lo hacemos manteniendo vivo nuestro fuego con la leña de su palabra y el soplo de su Espíritu.

3.- Si venimos a la Eucaristía, todos los domingos, es porque entendemos que hemos de consagrar todas nuestras energías para formar parte del banquete celestial. Un estudiante no puede pasar los exámenes últimos si no ha estudiado todo el año. El atleta no participará de los juegos olímpicos si no se ha ejercitado cientos de horas durante muchos meses. El escalador no llegará a la cumbre si no sube, poco a poco, lo abrupto de la montaña y ataca los riscos más empinados.

Como siempre, y ahí está también la grandeza de nuestra fe, lo de mucho valor implica mucho sacrificio. Una carrera a última hora, además de crear fatiga y riesgo de infarto, no es suficiente para llegar a tiempo a los sitios. Ni, incluso, para conquistar el corazón de Dios, por muy bueno que sea.

Si preparamos tantos momentos en nuestra vida (bodas, viajes, empresas, trabajos, comidas) ¿cómo no vamos a dedicar ilusión y esfuerzo en preparar ese encuentro de tú a tú con Dios?

Ciertamente, la sensatez, nos dice que la Eucaristía dominical es imprescindible y hace extraordinario cada domingo. Creatividad, oración, empeño, ilusión, constancia, gusto y perseverancia, son entre otras muchas, los ingredientes de un buen aceite para la lámpara de nuestra fe.

Javier Leoz

Velar y estar preparados

1.- La primera y tercera lecturas tienen una conexión muy especial: Ese esposo tan esperado que, luego, llega en el momento menos pensado, y cuya entrada en el banquete de bodas es tan decisiva, es la sabiduría que debemos buscar desde la mañana a la noche.

Toda la intención de la parábola que tenemos en el Evangelio de la Eucaristía de este domingo es que pongamos toda nuestra atención en Jesucristo. El es el importante, su presencia es decisiva, es Él quien inaugura el Reino de Dios, y debemos vivir siempre preparados a entrar en la plenitud del Reino, porque no sabemos ni el día ni la hora.

Se trata, la historia de las vírgenes que acompañan a la esposa en el día de su boda con el esposo, de una parábola y no de una alegoría. Convertirla en una alegoría sólo nos creará problemas para la interpretación legítima. Observemos lo que pasa con el sentido si en vez de ser parábola la historia es una alegoría: El esposo es, claramente, Cristo. ¡La esposa es la Iglesia, y se duerme! ¡La lámpara es la fe y la lámpara de la Iglesia está apagándose en el relato! ¡El aceite de la lámpara podría ser alegoría del amor o de la fe, y las cinco vírgenes, precisamente las prudentes, se niegan a compartirlo! Pero es una parábola, no una alegoría.

Así que lo importante en la parábola no es el aceite, o que las vírgenes se durmieron, o que cinco eran prudentes (las prudentes resultan unas egoístas). Lo esencial en la parábola es estar listo en el momento en que el esposo llega por la esposa. Lo esencial y decisivo es el esposo y su llegada en el momento menos esperado… por muy esperado que sea.

2. La parábola tiene un sentido bien claro: Hay que estar siempre preparados. Hay que estar siempre preparados para entrar en el Reino de Dios, creer en ese Reino, esperarlo, como el esposo que espera a la esposa, o la esposa que espera la llegada del esposo en el día de la boda. Esperar el Reino del amor (porque Dios es amor) con tanta alegría y deseo que nuestra espera sea continua.

Igual que el invitado al banquete sin traje de boda, a cinco de las doncellas la inesperada, a pesar de anunciada, y decisiva entrada del esposo, las agarró impreparadas y quedaron fuera para siempre. La llegada repentina del esposo tiene su correspondiente en la repentina, e igual de decisiva, llegada del diluvio. También tiene su paralelo en el robo inesperado y en el repentino regreso del amo. El Evangelio nos quiere decir: El cambio decisivo está a la puerta, viene tan repentino como el grito a media noche: “¡Llega el esposo!”. Y ese cambio decisivo trae implacablemente la separación: Unos entran en el Reino y otros no. ¿Vivimos nosotros como quien espera esa repentividad decisiva? ¿O más bien nos hemos instalado como quien se quisiera quedar aquí y así para siempre? ¿Qué significa el Reino de Dios, para nosotros? ¿Lo esperamos? ¿Lo deseamos?

En este domingo se inicia un ciclo corto de evangelios sobre la espera de esa plenitud del Reino o segunda venida; veremos en los próximos domingos, empezando por éste, parábolas como la de las vírgenes imprudentes, la parábola de los talentos, y la parábola del juicio entre los cabritos y ovejas. ¿En qué se nota que nosotros esperamos cada día el Reino? ¿Esperamos, como lo decimos en el Padre Nuestro, su venida aquí, o esperamos nuestra ida a algún lado?

3. En la segunda lectura continúa el desarrollo de la carta de san Pablo a los cristianos de la comunidad de Tesalónica. Se trata de mantener despierta la fe en nosotros. Pablo la despierta en aquellos que se afligen por sus difuntos como “los hombres sin esperanza”, y les hace ver que no se trata de una aniquilación ni de una trasmigración de las almas, sino de la participación en la resurrección de Cristo. Podemos, dice Pablo, afligirnos con los que mueren, pero no como quienes no tienen esperanza. Nosotros creemos en la resurrección de Cristo y en nuestra futura resurrección. No sabemos cómo resucitaremos, ni cuándo, pero resucitaremos como Cristo resucitó. En donde Él esté reinando, nosotros estaremos con Él. ¿Lo creemos? ¿Lo deseamos? ¿Es la resurrección o la venida del Reino una dimensión de nuestra fe que juegue un papel decisivo a la hora en que escogemos los criterios prácticos con los cuales regimos nuestra vida diaria?

Lo más importante es la certeza de que todos los que pertenecen a Cristo “estarán siempre con el Señor”; se trata, pues, de velar y de estar preparados para el día y la hora última.

Antonio Díaz Tortajada

Tener comprado el billete

En uno de mis últimos viajes en tren por el interior de Japón, momentos antes de llegar a la estalación de trasbordo oí por los altavoces que nos pedían perdón por llegar con 15 segundos de retraso y que no nos quedaban para transbordar más que 6 minutos y 45 segundos. Y es que tienen su horario y lo cumplen.

También Dios tiene su horario, lo mismo para la última llegada, como para la que nos atañe a cada uno, pero no nos lo ha dicho. La fecha y la hora está en nuestra agenda de bolsillo, pero nosotros no la tenemos señalada. Sabemos que llegará pero no cuando.

Y esto es lo que mal interpretaron los primeros cristianos, que se empeñaron en señalar día y hora para la llegada del Señor y como llegaba con retraso algunos se dedicaron a vaguear. Contra ellos dice San Pablo aquello de que el que no trabaje que no coma.

2.- Y la parábola de hoy, de las diez damas de honor de una boda, viene a dejar claro que lo importante no es saber la hora, sino el estar preparados para cuando llegue el Señor. Que lo importante no es estar en la sala de espera del tren, sino tener comprado el billete, como las cinco muchachitas avispadas, para montar en el tren en cuanto llegue. Porque si cuando llega se va uno a comprar los billetes, como las muchachitas atolondradas, lo único que van a ver es el farolillo rojo del vagón de cola del tren que se aleja, dejándolas a ellas en el anden.

3.- No es solo eso porque el aceite de las lámparas tiene otra enseñanza. Y es que se aceite no se vende en supermercados y tiendas de ultramarinos. Y menos a medianoche. Sino que tiene que ser aceite de fabricación casera. Digo, aceite que cada uno tiene que haber fabricado con sus propias manos…

Que en cuestiones de fe y de entrega al Señor no hay posibles suplencias:

–¿Sabe usted?, yo tengo una tía monja que es una santa.

— Si viera los rosarios que reza mi madre.

–Yo de familia muy católica, hasta tenemos un primo misionero.

–Mi hija totalmente entregada a trabajar en la parroquia.

–¿Y TU QUÉ? Todo eso es como aceite de otros. Pero, ¿hay aceite en tu lámpara? Como no nos podemos vestir con plumas ajenas, nuestra lámpara no luce con aceite ajeno.

Fe es fiarse de Dios a ciegas. Y la confianza en él es algo muy personal. Para entrar en el banquete del Reino hay que ser amigo del novio, que es el Señor, y la amistad no se impone, nace del corazón.

4.- Diógenes a pleno sol con una lámpara encendida buscaba, en la plaza (ágora) de Atenas, repleta de gente, un hombre. También nosotros con la lámpara de nuestra Fe buscamos a un hombre, buscamos al Señor, Dios y hombre, buscamos al amigo que nunca nos falla, que nunca nos va a jugar una mala pasada, que va a estar junto a nosotros, hombro con hombro, un amigo que en realidad está sentado a nuestra puerta esperando que le abramos, dispuesto a entrar y vivir con nosotros.

Pero para encontrar al Amigo en medio de tantos que se dicen amigos, hay que tener encendida la lámpara de la fe que nos hace descubrir:

–de la ilusión y el deseo que nos lo hace buscar

–del cariño a los demás con los que Él se mezcla y confunde

–de la alegría, que al fin de cuentas no es más que el respeto de la Fe que arde el corazón.

No dejemos que el egoísmo, el desengaño, la mediocridad, la falta de horizontes apague nuestras lámparas, porque si así sucede, nuestra vida se convertirá en una aburrida sala de espera, donde lo más que haremos será hojear con desgana revistas de uno o dos años atrasadas.

José María Maruri, SJ

Antes de que sea tarde

Mateo escribió su evangelio en unos momentos críticos para los seguidores de Jesús. La venida de Cristo se iba retrasando. La fe de no pocos se relajaba. Era necesario reavivar de nuevo la conversión primera recordando una parábola de Jesús.

El relato nos habla de una fiesta de bodas. Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Unas llevan consigo aceite para encender sus antorchas; a las otras ni se les ha ocurrido pensar en ello. Creen que basta con llevar antorchas en sus manos.

Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entra el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo. Las jóvenes previsoras encienden sus antorchas y entran con él en el banquete. Las inconscientes se ven obligadas a salir a comprarlo. Para cuando vuelven, «la puerta está cerrada». Es demasiado tarde.

Es un error andar buscando un significado secreto al «aceite»: ¿será una alegoría para hablar del fervor espiritual, de la vida interior, de las buenas obras, del amor…? La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.

Es una irresponsabilidad llamarnos cristianos y vivir la propia religión sin hacer más esfuerzos por parecernos a él. Es un error vivir con autocomplacencia en la propia Iglesia sin plantearnos una verdadera conversión a los valores evangélicos. Es propio de inconscientes sentirnos seguidores de Jesús sin «entrar» en el proyecto de Dios que él quiso poner en marcha.

En estos momentos en que es tan fácil «relajarse», caer en el escepticismo e «ir tirando» por los caminos seguros de siempre, solo encuentro una manera de estar en la Iglesia: convirtiéndonos a Jesucristo.

José Antonio Pagola