II Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!»

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Despertar a lo que somos

El evangelio de este domingo comienza marcando claramente la pretensión de Jesús: cómo situarnos ante la llegada del Reino de Dios. Y, nuevamente, recurre a una alegoría para poder comprenderlo. Mateo ha situado esta parábola dentro del discurso del anuncio del final de los tiempos y de la plenitud del Reinado de Dios. Ya nos ha dejado claro que no estamos abocados a un duro juicio sino a un banquete, una fiesta inclusiva pero que necesita de una disposición personal para ello. Jesús no parece querer identificarse con el novio; es ésta una interpretación muy posterior de la tradición cristiana. Lo que sí tendría sentido, en coherencia con el discurso de Jesús, es su voluntad de recordar la necesidad de una mayor vigilancia para vivir esa plenitud a la que todo ser está llamado a vivir.

Se trata de una parábola no siempre bien leída porque la palabra “doncellas o vírgenes” genera otros escenarios de significado ajenos a la narración y pueden despertar cierta incomodidad. Cuenta la parábola que unas doncellas esperaban al novio de una Boda que no terminaba de llegar. Las doncellas se agrupan en dos modos de esperar: las previsoras y las imprudentes.

Para comprender esta parábola, es importante conocer el contexto cultural de la época. En la sociedad de Jesús podría darse el retraso del novio en una Boda porque se interpretaba como una complicación en la negociación sobre la dote o regalos para la novia.  Esto daba más importancia a la novia y a sus familiares que estaban negociando para defenderla bien. Las amigas no casadas de la novia practicaban un ritual antes de darse el enlace que consistía en ir a buscar al novio con lámparas encendidas.  El esposo solía llegar cuando los invitados comenzaban a cansarse y bajo el efecto del buen vino consumido. En esta espera todas las “doncellas” se duermen y son despertadas por el que vocifera que ya llega el novio. Las previsoras lo tenían todo preparado, las imprudentes buscan desesperadamente aceite para poder consumar el ritual. Ellas no pueden participar porque no tienen aceite, han ido a comprarlo y cuando llegan no pueden entrar, no son reconocidas y no les abren la puerta.

¿Hacia dónde nos conduce esta parábola? ¿Por qué el Reinado de Dios se parece a esta historia? El Reino de Dios no es una categoría humana sino divina, pero en esta vida humana puede ir desplegándose y encarnándose porque forma parte de nuestra identidad esencial. La vida humana transcurre en un doble dinamismo: dormir y despertar. No sólo en un sentido biológico, sino existencial. Cuando las muchachas despiertan se encuentran con dos realidades diferentes: las imprudentes entran en pánico, sienten la carencia, buscan desesperadamente, y en el lugar equivocado, el aceite que pueda encender la luz. Intentan pedirlo prestado, comprarlo, pero, al parecer, no llegan a tiempo. Cuando vivimos desde esta dejadez de lo que es esencial, nos encontramos con esta realidad de vacío que intentamos llenar y compensar cediendo a nuestro “ego” todo el poder; y nos empeñamos en ser quienes no somos. Nos revestimos de una imagen irreal, irreconocible, como les ocurre a las imprudentes al llamar a la puerta.

Las muchachas previsoras, al despertar, se encuentran una realidad de abundancia y pueden encender la luz. No tienen ya que comprar nada porque estaban situadas en la corriente que avanza hacia la plenitud; son portadoras de luz porque han sabido gestionar responsablemente el aceite de la vida; han facilitado el ritmo natural de la “boda” y no ha sido necesario llamar a la puerta porque ya estaban dentro. Han ido conectando con la fuente del aceite necesario para despertar a una nueva conciencia que es luz y disposición para llegar a ser lo que son como posibilidad. DESPERTAR no es desperezarse del letargo de la noche y del sueño; DESPERTAR es vivir la noche y el día desde esta conciencia de que la vida no es una compraventa de lo que somos en esencia, sino una consciente decisión de vivir lo que SOMOS.

Y el impacto de esta posición ante la vida repercute no sólo en nuestra conciencia sino en quienes son semejantes; es reconocer que todo fondo humano está llamado a despertar en la luz, que todo ser lleva en sí una dignidad por la que merece la pena empeñarse en que se reconozca. En estos momentos de incertidumbre, de oscuridad social, sanitaria, económica, mantengamos las lámparas encendidas para que tod@s lleguemos a SER en conexión a la misma Fuente.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

 

Rosario Ramos

¡Espabílate! ¡Rebosa de aceite!

En los tres domingos que quedan vamos a leer todo el capítulo 25 de Mt (el último antes del relato de la pasión). Los tres episodios que en él se narran (diez doncellas, los talentos y juicio definitivo, siguen siendo advertencias a su comunidad con el fin de poner en guardia a los cristianos de las consecuencias definitivas de sus actitudes vitales. Dios no puede hacer ya nada. La pelota está en nuestro tejado y depende de nosotros que la juguemos o no, que la juguemos bien o mal. En cualquier caso, pitarán el final del partido.

Los textos de estos últimos domingos del año litúrgico nos invitan a despertar, a estar preparados. Por fortuna, ya no pensamos en ese Dios vengativo que está al acecho para ver como puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Ya no se oye la tremenda frase: “Dios te coja confesado”, que es un insulto a Dios y a todo el mensaje de Jesús. Dios no nos espera al final del camino para someternos a un juicio. No, Dios es el principio y está en nosotros todos los instantes de nuestra vida para que podamos llevarla a plenitud.

Hoy no tiene sentido meter miedo: No sabéis el día ni la hora. ¡Temblad! Y eso que, en el ciclo (A), nos libramos de textos apocalípticos, que son todavía más terroríficos. No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés; solo viviendo a tope, se aprende a morir. Aunque solo os quedara un segundo de vida, haríais mal en pensar en la muerte. Sería mucho más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte ni quita ni añade nada. El sentido debemos dárselo a la vida, mientras somos conscientes.

Recordad: después de un año o más de desposorios, se celebraba la boda, que consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía ningún carácter religioso. El novio, acompañado de sus amigos y parientes iba a casa de la novia para conducirla a casa de su propia familia. En su casa le esperaba la novia con sus amigas, que la acompañaban. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol y tenían lugar de noche, de ahí la necesidad de las lámparas.

La importancia del relato no la tiene el novio ni la novia, ni siquiera los acompañantes. Lo que el relato destaca es la luz. La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Una acompañante sin luz no pintaba nada en el cortejo. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite.

El aceite y la luz son las obras que manifiestan una actitud adecuada. Jesús había dicho: “Yo soy la luz del mundo”. Y también: “Vosotros sois la luz del mundo”. El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser; es decir, cuando trasciende y va más allá de lo que le pide su simple animalidad. No es que nuestra condición de animales sea algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestras posibilidades de humanidad.

La primera lectura nos puede ayudar a encontrar el sentido de la parábola. La verdadera Sabiduría es encontrar el sentido de la vida. Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. La vida tiene sentido, pero tenemos que descubrirlo. Esa es la tarea específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como vida humana. Esa es la advertencia de la parábola. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Hay que despertar, porque de lo contrario, perderás la oportunidad de ser tú.

¿Cuál es el aceite que arde en la lámpara? Si acertamos con la respuesta a esta pregunta, tenemos resuelto el significado de la parábola. En (Mt 7,24-27) se dice: “Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Y todo aquel que no las pone por obra, se parece al necio que edificó sobre arena”. La luz son las obras. El aceite que alimenta la llama es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento mayor sino de la plenitud de Vida.

Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No es egoísmo. Es que resulta imposible amar en nombre de otro. Nuestra lámpara no puede arder con aceite prestado. Dar sentido a la vida no se puede improvisar en un instante. Solo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puede considerarse encendido nuestro ser. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la primera lectura. Sin esa llama, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios.

Interpretar la parábola en el sentido de que debemos estar preparados para el día de la muerte es tergiversar el evangelio. Esperar una venida futura de Jesús es pura mitología que nos lleva a un callejón sin salida. La parábola no hace especial hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de una actitud de amor y de servicio. Las lámparas deben estar encendidas siempre; si esperamos a prepararlas en el último momento, toda la vida transcurrirá carente de sentido.

Obsesionados por una “salvación eterna” y para el más allá, hemos interpretado esta parábola como una advertencia: ¡Cuidado! Si a la hora de la muerte no estás preparado, irá al fuego eterno para toda la eternidad. Nada más lejos del sentido del relato. Si el aceite es el amor manifestado en obras, lo que cuenta es toda una vida consumida en favor de los demás. No podemos pensar en el último día para que tenga sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo con todo el mensaje de Jesús. 

La venida de Jesús al final de los tiempos es una imagen escatológica, que no podemos tomar al pie de la letra. Tiene un significado mucho más profundo. Jesús, con su muerte en la cruz, consumió todo su aceite en una llamarada que sigue iluminándonos. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano en divino. Allí culminó su “historia humana”, porque solo permanecerá de él lo que le identifica con Dios, y Dios está fuera del tiempo y del espacio. No nos cabe en la cabeza que el consumirnos sea nuestra meta.

Los primeros cristianos esperaron la segunda venida de Jesús de una manera temporal. Nosotros seguimos esperando esa venida en la que no se hablará de cruz, sino de gloria para todos. No nos gusta cómo terminó Jesús su paso por la tierra, por eso hemos inventado un futuro a nuestro gusto para él y para nosotros. Esperamos que vuelva glorioso y nos comunique esa misma gloria. Esta visión surge de nuestro falso yo, que nunca aceptará el desaparecer, mucho menos consumirse en beneficio de los demás.

Si queremos dejar de ser necios y empezar a ser sensatos, debemos desplegar nuestra vida desde otra perspectiva. Tenemos que abandonar todo proyecto de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta la entrega total. El aceite solo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio, solo porque nos han prometido una “gloria”, la cosa no puede funcionar. Estamos completamente equivocados si pretendemos alzarnos con el santo y la limosna.

Meditación-contemplación

Su experiencia de Dios fue su lámpara encendida.
Dentro de ti debes descubrir el aceite.
Si prende, dará luz que alumbrará tus pasos.
Tú eres la lámpara, el aceite y la luz.
Nadie te los puede prestar, porque es tu propia vida.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

Toda adquisición de conocimiento exige una búsqueda. Es lo que los científicos llaman investigación. Pero hay descubrimientos que el investigador descubre casualmente, casi sin pretenderlo, como si la sabiduría saliese al encuentro del que anda buscado. Pues bien, esto que es propio de todo saber se acentúa aún más tratándose de la sabiduría de la que habla el texto sagrado: no solamente la encuentran los que la buscan; es que se anticipa a darse a conocer a los que la desean, la hallamos sentada a la puerta de nuestra casa, porque forma parte de la tradición en que hemos nacido y crecido.

Es la sabiduría que nos ha sido dada con la fe cristiana y en la que en gran medida estamos(como esas “creencias” de las que hablaba Ortega y Gasset). Porque estamos en ella, ella está en nuestros pensamientos, inspirándolos, conformándolos, alargándolos, dándoles un horizonte. Es la sabiduría que se nos da con Jesús, el Logos de Dios, es decir, el pensamiento-palabra de Dios hecho carne de hombre. Por boca del que es la Sabiduría de Dios no pueden salir sino palabras de sabiduría como la parábola que refiere el evangelio de hoy. Pensar en lo que él nos dice es prudencia consumada. Seamos, pues, prudentes como las doncellas de la parábola, y pensemos. El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

Así presenta la parábola a los personajes del relato. Todas las doncellas disponen de lámparas, quizá porque todos disponemos de la luz de la razón, y todas salen a esperar al esposo, quizá porque todos esperamos la llegada de un libertador o de alguien que venga a solucionar nuestros problemas. La diferencia entre las sensatas y las necias es que, mientras las primeras esperan bien provistas de aceite para mantener las lámparas encendidas, las segundas descuidan este particular: el aceite necesario para alimentar las lámparas.

El esposo es el único que hace posible nuestro ingreso en el Reino de los cielos, porque sin él no hay banquete de bodas, y el cielo consiste, entre otras cosas, en estar siempre con el Señor -como indica san Pablo-. Pero el esposo suele tardar en llegar. La espera supone tiempo, ese tiempo durante el cual hay que ocuparse sobre todo en mantener la lámpara encendida. Tratándose de un período de espera, la lámpara a la que aquí se refiere no puede ser otra que la de la esperanza. Pero esta lámpara se alimenta de la fe. No hay esperanza sin fe. Para esperar al esposo hay que tener fe en su venida. Se trata del esposo que ya vino en carne mortal, pero del que esperamos su vuelta gloriosa. Y sin la lámpara encendida de la fe no se puede reconocer al esposo como Salvador, como Señor, como Esposo.

Pero mantener la llama de esta lámpara exige una labor de mantenimiento, porque la espera puede ser larga y las condiciones existenciales poco propicias. Puede que nos cansemos de alimentar la fe o de practicarla, que es un modo de mantenerla activa, en ejercicio; puede sobrevenirnos el cansancio en nuestro combate contra la incredulidad reinante; podemos relajar la vigilancia frente a sus contradictores o enemigos no declarados o manifiestos; podemos acabar acostumbrándonos a vivir en la oscuridad o en la desesperanza, como tantos contemporáneos nuestros. Y si dejamos de esperar, el esposo no llegará para nosotros, se cerrarán las puertas del banquete y quedaremos fuera, en situación de desconocidos.

Los que se empeñan en no reconocer a Jesús como el Esposo que nos invita a su banquete de bodas, pueden acabar como desconocidos o ignorados de Dios y, por tanto, como excluidos del Reino, puesto que no se abre la puerta a desconocidos. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Cuando sucede esto, cuando no se sabe el día ni la hora, lo sensato es velar, aunque esta vela haya que mantenerla durante un largo espacio de tiempo.

Esta es la lección que se desprende de semejante sabiduría: manteneos vigilantes frente a la tentación del abandono o de la apostasía, con las lámparas de la fe encendidas. Y para ello es muy importante la práctica, el ejercicio de ese músculo que es la fe; pues el órgano que no se usa se atrofia. No hay otro modo de ejercitar la fe que hacer actos de fe. Cada vez que traemos a nuestra conciencia a Dios para pedir su ayuda o protección, para reconocer su grandeza, para darle gracias, para ofrecerle un sacrificio, estamos haciendo un acto de fe. Cada vez que nos mantenemos abiertos a la trascendencia divina y al cumplimiento de sus promesas, cada vez que acogemos su palabra como venida de Él a través de sus mediaciones, estamos haciendo un acto de fe. De este modo se acrecentará nuestra confianza en Él.

Y una última aclaración a propósito de esa actitud de las doncellas sensatas que se niegan a prestarles un poco de su aceite a las necias que ven cómo se les apagan las lámparas sin remisión por falta combustible. La respuesta de las sensatas a la petición de las necias (dadnos un poco de vuestro aceite) puede parecernos muy poco solidaria; al menos así suena su contestación: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.

No podemos pensar que en su intención estuviese el deseo de excluir del banquete de bodas a sus compañeras de espera. Tales doncellas, además de sensatas, serían malévolas. Pero tratándose de un asunto tan importante, en el que estaba en juego la felicidad eterna, había que actuar con sensatez; no era sensato desprenderse de un aceite que podía serles necesario para ver al esposo en su venida. Tampoco lo era desplazarse a la tienda en un momento como ése. No obstante, la insensatez ya se había instalado en las necias que no habían previsto la tardanza del esposo y el aceite que habrían de necesitar para mantenerse en vela hasta su venida. Además, podemos añadir un último argumento: la fe de las personas es intransferible; no se puede prestar como se prestan unos zapatos o un vestido; y el aceite que mantiene viva la llama de la fe es algo que se tiene que procurar cada uno personalmente, aunque lo pueda encontrar con la ayuda de otros en diferentes lugares (= tiendas).

La Iglesia nos proporciona esas fuentes en las que nutrir nuestra fe, pero sólo nosotros, acudiendo a ellas personalmente, podemos encontrar sustento para la misma. Nadie puede suplirnos en esta tarea. Nadie puede prestarnos su aceite, y menos su lámpara.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO I

PRINCIPIOS GENERALES PARA LA REFORMA
Y FOMENTO DE LA SAGRADA LITURGIA

I. NATURALEZA DE LA SAGRADA LITURGIA
Y SU IMPORTANCIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

La obra de la salvación se realiza en Cristo

5. Dios, que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim., 2,4), “habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros padres por medio de los profetas” (Hebr., 1,1), cuando llegó la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón, como “médico corporal y espiritual”, mediador entre Dios y los hombres. En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto en Cristo se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino. Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión. Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por este misterio, “con su Muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección restauró nuestra vida. Pues el costado de Cristo dormido en la cruz nació “el sacramento admirable de la Iglesia entera”.

Lectio Divina – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

La Parábola de las diez vírgenes
Prepararse para la llegada inesperada de Dios en la vida

Mateo 25, 1-13

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

Meditamos la parábola de las diez vírgenes o de las diez jóvenes doncellas. En las parábolas, Jesús gusta de usar hechos bien conocidos de la vida del pueblo como medios de comparación para aclarar un aspecto desconocido del Reino de Dios. En el caso de la parábola de las diez vírgenes, Él construye una historia en torno al comportamiento diferente de las doncellas que acompañan al esposo en el día de la fiesta del matrimonio. Este hecho bien conocido de todos, es usado por Jesús para poner en claro la llegada de improviso del Reino de Dios en la vida de las personas.

Generalmente, Jesús no explica las parábolas, sino que dice: “¡Quien tenga oídos para entender, que entienda! O sea: “¡Así es! Lo habéis oído. Ahora tratar de entender”. Él provoca a las personas, para que los hechos conocidos en la vida cotidiana les ayuden a descubrir las llamadas de Dios en sus vidas. Él compromete a los oyentes en el descubrimiento del significado de la parábola. La experiencia que cada uno tiene del hecho de vida narrado en la parábola, contribuye a descubrir el sentido de las parábolas de Jesús. Señal era de que Jesús tenía confianza en la capacidad de comprensión de las personas. Ellos se convierten en coproductores del significado.

Al final de la Parábola de las diez vírgenes, Jesús dice:” Velad, pues que no sabéis ni el día ni la hora”. Esta advertencia final sirve como clave de lectura. Ella indica la dirección del pensamiento de Jesús. Durante la lectura tratar de descubrir cuál sea el punto central de esta parábola que sirve a Jesús como semejanza del Reino de Dios.

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mt 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo; cinco prudentes y cinco necias.

Mt 25,5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche Mt 25, 7-9: El comportamiento diferente de las prudentes y de las necias Mt 25, 10-12: La suerte diferente de las prudentes y de las necias

Mt 25, 13: Conclusión de la parábola

c) El texto:

1-4: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas.

5-6: Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito:
‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’

7-9: Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las
prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las
prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’

10-12: Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco.’

13: Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.
a) ¿Cuál es el punto de la parábola que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?

b) ¿Cuál es el contexto de la vida normal del pueblo, sobre el cuál Jesús insiste en esta parábola?

c) Desde el principio, hacer una distinción entre “prudentes y “necias”. ¿En qué consiste la prudencia y la necedad o estulticia?

d)  ¿Cómo juzgar la respuesta tan dura del esposo: “En verdad no os conozco?”

e)  ¿De qué día y de qué hora habla Jesús al final de la parábola?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

• El contexto en el cuál Mateo conserva las palabras de Jesús

El Evangelio de Mateo tiene dos tipos de parábolas: Las que ayudan a percibir el Reino de Dios presente en las actividades de Jesús y las que nos ayudan a prepararnos para la venida futura del Reino. Unas son las que aparecen sobre todo en la primera parte de la vida apostólica de Jesús. Las otras son más frecuentes en la segunda parte, cuando parece evidente que Jesús será perseguido, arrestado y muerto por manos de las autoridades civiles y religiosas. En otras palabras, en las parábolas se mezclan las dos dimensiones del Reino: (1) el Reino ya presente, aquí y ahora, escondido en el cotidiano de nuestra vida y que se descubre y profundiza por parte nuestra; (2) el Reino futuro que todavía debe venir y para el cuál cada uno debe prepararse desde ahora. La tensión entre el ya y el todavía no invade toda la vida cristiana. La Navidad es al mismo tiempo, una celebración del Reino ya presente y un anticipo del Reino que todavía debe venir.

• Comentario de las palabras de Jesús, conservadas por Mateo
Mateo 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo: cinco prudentes y cinco necias

Jesús comienza la parábola con las palabras: ” El Reino de los cielos será semejante…” Significa que la parábola de las diez vírgenes se refiere a la venida futura del Reino, para el cuál debemos prepararnos desde ahora. Para aclarar esta dimensión del Reino, Jesús recurre a la costumbre bien conocida de invitar a algunas jóvenes para acompañar al esposo a su llegada para la fiesta de la boda. Ellas debían acompañar al esposo con las lámparas encendidas. Pero las lámparas eran pequeñas y el aceite que contenían bastaban sólo para un tiempo determinado. Por esto era prudente que cada una llevase consigo un poco de aceite de reserva. Porque el recorrido con el esposo podía durar más del tiempo limitado del aceite en la lámpara.

Esto es lo que se sobreentiende en esta historia de las diez vírgenes: que quien acepta un determinado oficio debe prepararse en base a las exigencias del mismo oficio. La joven que acepta ser dama de honor en las bodas debe comportarse de modo adecuado a esta función. Debe ser previsora y llevar el aceite necesario para su lámpara.. Quien debe hacer un viaje de 100 kilómetros en una carretera sin señales de tráfico, y sabiendo esto, sale con gasolina para apenas unos 50 kilómetros, no es previsora ni prudente. La gente exclama: “Qué estúpido, no tiene cabeza”.

Mateo 25, 5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche

La secuencia de los hechos narrados por Jesús es muy normal. Es de noche y el esposo tarda. Aun sin quererlo, por muy grande que sea la voluntad de las jóvenes, comienzan a adormilarse. Y al mismo tiempo se esfuerzan por estar atentas, porque el esposo puede llegar de un momento a otro. De pronto el grito: “Ahí está el esposo”. Es la señal que todas estaban esperando. Es en este momento de crisis en el que se revela el valor de las personas. Los hechos que acaecen de improviso, independientes de nuestra voluntad, demuestran si somos previsores o necios.

Mateo 25, 7-9: Actitudes diferentes de las sabias y de las necias
Una vez despiertas, las jóvenes empiezan a preparar las lámparas que deben servir para alumbrar el camino. Había llegado la hora de echar más aceite, porque las lámparas se estaban extinguiendo. 19

Las jóvenes que no tenían consigo aceite de reserva, piden aceite prestado a las otras. Estas responden que no pueden darles, porque al final faltaría para unas y otras. Si fuese sido solo para alumbrar el camino, las sabias hubieran podido decir: ” Caminad junto a nosotras y veréis donde ponéis los pies”. Pero no se trata de alumbrar el camino. Las lámparas servían también para festejar e iluminar la llegada el esposo. Este era el deber de las damas de honor: que cada una tuviese una lámpara encendida en la mano.

En el momento de la crisis las jóvenes necias piden el compartir. Piden que las sabias compartan con ellas el aceite que han llevado. El compartir es una práctica muy importante y fundamental en la vida del pueblo de Dios. Pero aquí no se trata solo de compartir: porque si las prudentes hubieran compartido el aceite hubieran provocado daño al esposo, arruinando la fiesta de las bodas y hubieran terminado por no cumplir ni ellas ni las otras la tarea que habían asumido. Por esto las prudentes, de frente a la petición de las necias, responden que no pueden compartir y dan un consejo realista: “¡Id a comprarlo!”. Siendo ya medianoche, sería difícil encontrar una tienda abierta.

Mateo 25, 10-12: Destino diferente de las prudentes y de las necias

Mientras las necias iban a comprar, llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a la fiesta de las bodas, y se cerró la puerta. En la historia de la parábola, las necias encontraron una tienda abierta, y compraron el aceite. Aunque retardadas, llegaron y gritaron:” ¡Abridnos la puerta! El esposo ( a lo menos parece que es él) responde con dureza: “En verdad os digo: que no os conozco”.

Mateo 25, 13: Conclusión: vigilancia

La conclusión del mismo Jesús, al final de la historia, es una frase que puede servir de clave para toda la parábola: “Vigilad, pues que no sabéis el día ni la hora”. Dios puede venir en cualquier hora de nuestra vida. Todos debemos estar preparados. Como las jóvenes de la boda, todos deben ser prudentes y previsores, llevando cada uno consigo aceite suficiente. O sea, deben estar atentos de no ser causa de descarrilamiento para otros, aunque insistan sobre cosas buenas como el compartir. Deben aprender a estar siempre atentos al servicio que deben dar a Dios y al prójimo.

• Para complementar

¿Cómo explicar la frase tan severa: “¡No os conozco!”? Ponemos aquí dos sugerencias para la respuesta:

— Muchas parábolas tiene algo de extraño: el padre que no reprueba al hijo pródigo, el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para preocuparse de una sola, el samaritano, que obra mejor que el sacerdote y que el levita, etc. Generalmente estos aspectos extraños y sorprendentes esconden una clave importante para descubrir el punto central de la parábola. Así, en la parábola de las diez vírgenes hay varias cosas extrañas, que por lo regular no suceden: (1) De noche no hay tiendas abiertas. (2) En las bodas no se acostumbra a cerrar las puertas. (3) En situaciones normales, el esposo nunca dice: “No os conozco”. Es por estos aspectos extraños por los que pasa el hilo central de la enseñanza de la parábola. ¿Cuál sería? “El que tenga oídos para entender, que entienda”.

— El esposo de la parábola es (también) el mismo Jesús, que llega repentinamente de noche. Es lo que el contexto de otros textos del Evangelio y del Antiguo Testamento sugieren. En la conversación con la samaritana Jesús le dice que tenía cinco maridos y que el que tiene ahora, o sea el sexto, no es su verdadero marido. El séptimo es Jesús el esposo verdadero (Jn 4, 16-18). Mientras el esposo está con los discípulos ellos no tienen necesidad de ayunar (Mc 2, 19-20). Desde los tiempos del profeta Oseas, siglo VIII antes de Cristo, crecía en el pueblo la esperanza de poder llegar un día a una intimidad tal con Dios, semejante a la intimidad del esposo con la esposa. (Os 2, 19- 20). Isaías dice claramente: es deseo de Dios ser el marido del pueblo (Is 54, 5; Jer 3, 14), gozar con el pueblo como un esposo goza con la presencia de su esposa (Is 62, 5). Esta esperanza se realiza con la llegada de Jesús. Cuando Jesús hace su entrada en la vida de las personas, todo debe retirarse, porque Él es el esposo. Esta visión de fondo de la historia y de la esperanza secular del pueblo ayuda a comprender mejor el sentido de la frase tan severa del esposo: “¡No os conozco”! Por la falta de empeño y seriedad, las cinco jóvenes necias mostraron claramente que todavía no estaban preparadas para el compromiso definitivo del matrimonio con Dios. Tenían necesidad de otro tiempo para prepararse: “Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora”.

6. Salmo 63, 2-9

El deseo de Dios

Dios, tú mi Dios, yo te busco, mi ser tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua. Así como te veía en el santuario, contemplando tu fuerza y tu gloria,-pues tu amor es mejor que la vida, por eso mis labios te alaban-,
así quiero bendecirte en mi vida, levantar mis manos en tu nombre; me saciaré como de grasa y médula, mis labios te alabarán jubilosos.

Si acostado me vienes a la mente, quedo en vela meditando en ti, porque tú me sirves de auxilio y exulto a la sombra de tus alas; mi ser se aprieta contra ti,
tu diestra me sostiene.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntaddel Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Preparando el examen final

Se acerca el fin de curso

Nos acercamos al final del año litúrgico, que terminará el 22 de noviembre. Como si nos aproximáramos al final de curso y tuviéramos que hacer un examen, la Iglesia quiere que nos preparemos a fondo y con tiempo. Para ello, en estos tres últimos domingos del año (32-34), se leen tres parábolas que se complementan: las diez muchachas, los talentos, el Juicio Final. Estas parábolas sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, que las añade con un fin muy concreto. El evangelio de Marcos termina la enseñanza de Jesús con el discurso sobre el fin del mundo. Era un final consolador, que promete la vuelta del Señor y nuestra victoria. Pero Mateo añadió estas tres parábolas, que animan a tomarse la vida muy en serio.

Un terremoto ¿inesperado?

El 30 de octubre tuvo lugar un terremoto en el mar Egeo que afectó a Turquía y algunas islas griegas. Los diecinueve muertos contabilizados hasta el momento en el que escribo, si pudieran volver a la vida estarían plenamente de acuerdo con las palabras del evangelio: «Estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora».

Vigilar no es vivir angustiado

San Luis Gonzaga estaba un día jugando al frontón y le preguntó un compañero: «Hermano Luis, si supieras que ibas a morir dentro de poco, ¿qué harías?». Y él respondió: «Seguir jugando». ¿Cómo se conjugan la vigilancia y el juego? La parábola de hoy puede ayudarnos a comprenderlo.

Las diez muchachas

En tiempos de Jesús, cuando se celebraba una boda, un grupo de muchachas acompa­ñaba al novio a recoger a la novia para celebrar la ceremonia. A partir de este hecho tan trivial crea Jesús la parábola. Nos encon­tramos ante diez muchachas divididas en dos grupos de cinco: unas necias, que se olvidan del aceite para los candiles; otras sensatas, que llevan aceite de repues­to. Hasta aquí todo es posible. Pero la parábola adquiere de repente un tono irreal, porque quien da el plantón no es la novia, sino el novio, que se retrasa hasta la medianoche.

Mientras, las diez se han quedado dormidas, y los candiles siguen consumiendo aceite. Al llegar el novio, unas pueden reponerlo fácilmente, los otros están casi agotados. Las sensatas no quieren darles aceite, y el novio se niega a admitirlas después de cerrada la puerta.

La conclusión de la parábola es desconcertante: «Por tanto, estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora». Es desconcer­tante, porque ninguna de la diez ha velado, todas se quedaron dormidas. Lo cual significa que la vigilancia, en este caso, equivale a la sensatez de llevarse la provisión de aceite. ¿Qué significa esto en la práctica?

Dos interpretaciones posibles

La parábola se ha interpretado en dos líneas principales.

Una concede especial importancia al aceite, viéndolo como imagen de la fe, del fervor, de las buenas obras, de lo que debemos estar provistos cuando llegue el esposo, Cristo.

Otra no presta atención al aceite; lo importante es estar preparados ya, y no retrasarlo hasta un momento que resulte demasiado tarde. Esta segunda línea parece la más exacta, como lo demuestra su traducción al lenguaje moderno. Diez universitarios se acercan al fin de curso. Cinco han estudiado durante todo el año, asistido a las prácticas, tomado apuntes; otros cinco han empalmado movida con movida. En el momento de entrar al examen piden a los primeros que les pasen las respuestas. Los otros se niegan, como es lógico. El examen se prepara con tiempo, no se improvisa ni se copia.

De todos modos, las dos interpretaciones se complementan. Si decimos: «Lo importante es estar preparados», ¿en qué consiste la preparación? «En llevar aceite de repuesto». Y ¿qué es el aceite? Mateo dejará claro dentro de dos domingos, en la parábola del juicio final, que el aceite del que debemos estar provistos son las buenas obras: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, etc.

La clave de la 1ª lectura

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, ofrece una perspectiva muy interesante. Se ha elegido porque su tema empalma con el de la sensatez de las cinco muchachas. En esta lectura, la sabiduría no es algo intelectual, un conjunto de conocimientos, sino una persona a la que se ama, se busca y se encuentra, o que se encuentra sentada a nuestra puerta esperándonos. Los primeros cristianos aplicaron esta imagen personalizada de la sabiduría a Jesús, que es la Sabiduría de Dios.

Con esto, la parábola adquiere un sentido nuevo. ¿Cómo podemos estar preparados? ¿En qué consiste la vigilancia? En tener ese contacto con Jesús, pensar en Él, hablar con Él, dejarnos encontrar por Él. Para que no nos ocurra lo que dice el novio a las cinco muchachas insensatas: «No os conozco». La amistad con Jesús, la capacidad de diálogo con Él, no se improvisan. Hay que ejercitarlas todos los días para poder disfrutar luego del banquete de bodas. Sin olvidar que el segundo mandamiento es igual que el primero: el amor y la preocupación por el prójimo tampoco se improvisan.

José Luis Sicre

¿Fue Jesús muy duro con las necias?

1.- La bondad continua y multiforme demostrada por Jesús de Nazaret parece desmentirse en la parábola de las doncellas. No hubo una segunda oportunidad para esas chicas poco previsoras que, sin duda, se parecen a alguna de nuestras jovencitas de hoy. A su vez, las muchachas juiciosas demostraban gran dureza a no compartir un poco de aceite. Sorprende pues el relato de Mateo. Nos descoloca un poco. Y, sin embargo, Jesús no ha querido sorprender con una paradoja o con una enseñanza en “segunda derivada”. Lo que nos quiere decir es bastante directo y poco eufemístico. Nos pide, una vez más, que estemos atentos y que no nos confiemos.

El Salvador va acercándose a su Pasión. El desenlace final está cerca. Y en cierto modo, el va a repetir a sus discípulos una lectura escatológica cósmica de su muerte. Es como el final de los tiempos y, desde luego, Muerte y Resurrección de Jesús son fronteras entre dos momentos del plano temporal y humano. Pero es también una realidad eterna por la que los Hijos de Dios se van a salvar a partir de ese momento y por la acción de la reconciliación buscada por Dios y oficiada por Jesucristo. No es pues una figura literaria la vertiente escatológica de Jesús de Nazaret en esos días. Es una realidad de enorme profundidad, pues supera la dimensión y condición humanas.

2.- El final llega. Acontece el “particular”, cuando morimos. Vendrá el universal, al final de los tiempos. No se trata de cultivar escenas tremendistas. Poco importa como sea nuestra muerte o como se desarrolle el final del mundo. Lo que interesa saber es que se trata de un tránsito definitivo en que las rectificaciones personales ya no son posibles. Y, entonces, si se ha agotado el tiempo para enderezar la biografía de cada uno, será mejor que la tengamos aceptablemente terminada en esos momentos. Y que nuestro relato se acerque lo más posible a lo que Dios quiere y nosotros siempre hemos anhelado. Además no son ociosas las advertencias de Jesús. No debemos perder nuestro tiempo. Decía Torcuato Luca de Tena en una muy interesante novela llamada “Carta del más allá” que la principal acción de demonio era apartarnos de nuestra auténtica vocación, de hacernos sistemáticamente perder el tiempo. Ese es el gran engaño. Podemos posponer el llenado de aceite de la alcuza hasta que ya sea inevitable. Pero antes, el Señor nos habrá dado sus mejores advertencias para evitar esa desidia. Otra cosa es que no hagamos caso y esperamos tranquilamente a la nada.

Hay una cierta tendencia –hoy es muy frecuente– a una vagancia profunda y de difícil análisis. Hay gentes que dejan agotar su vida –¿sus almas?– hasta cotas inverosímiles. Es un abandono terrible, inhumano. Y no nos referimos, solo, al caso del hundimiento patológico por algún tipo de drogadicción destructora. Hay circunstancias en las que algunas personas abandonan toda acción lógica, todo quehacer constructivo, cualquier creatividad, para sumirse en la nada cotidiana. Ni que decir tiene que podemos hablar, también en ese sentido, de muchas carencias espirituales y de caridad hacia los hermanos. Pero también esas carencias pueden incluirse en lo más básico, en lo que puede ser un ilógico abandono. Hay vidas vacías hasta niveles verdaderamente patológicos. Y ese estado es solo obra de algo verdaderamente malo. Ahí es donde hace falta toda la fuerza de la advertencia de Jesús. Y esa advertencia dirigida con ejemplos adecuados a la época neotestamentaria es perfectamente válida para nosotros. Jesús nos pide que salgamos de la inoperancia que produce el pecado. En fin hay un plano de nuestra relación con Dios que también Jesús quiere enseñarnos. Es indudable que la ternura del Padre hacia sus criaturas es infinita. Pero también lo es su justicia. Y en el perfecto acople –solo posible para Dios– de estas dos realidades se entiende aún mejor la parábola de las doncellas.

3.- Debemos de estar muy atentos a nuestras actitudes, a nuestra vida de cristianos. ¿Hemos pensado alguna vez en la escena de encontrarnos con Jesús, el amado Maestro, y que no nos reconociera? El epílogo del texto evangélico de hoy es estremecedor. Las doncellas llaman desde fuera: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él responde: “Os lo aseguro: no os conozco”. Hay un riesgo grave entre los hombres y mujeres de fe. Y es caer –y tolerar– el engaño. Dejar de ser cristianos en lo hondo, aunque lo parezcan en la superficie. Muchos de los que acuden a los templos están muy alejados del Espíritu del Señor. Y esconden tras su aparente buena fe y cercanía a Jesús, graves circunstancias que les hacen estar más cerca del “enemigo” que del Maestro. La hipocresía, la soberbia, el pecado, la incapacidad para el arrepentimiento ira produciendo una especie de abandono intimo que matará la semilla del Espíritu. Y todo puede llegar por desidia por abandono.

4.- Pero la liturgia ya nos ofrece una primera solución a estos problemas. Siempre los textos están perfectamente ordenados para nuestra enseñanza. Es cierto que el camino de la salvación no es fácil. Hay muchas encrucijadas para quienes quieren vivir en la fe. Se necesita de la sabiduría de Dios para mejor seguir ese camino. El engaño, la obcecación personal, la duda, la rutina aparecen y pueden ser un gran peligro para el propósito de cercanía a Jesús que nos hemos trazado. Nos hace falta ese conocimiento. Y es el texto del Libro de la Sabiduría quien nos habla de ella. Y lo hace con gran sencillez y belleza. Vamos a encontrar la sabiduría si se la pedimos a Dios y además “ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento”. Que la necesaria sabiduría nos salga al paso en cada pensamiento es un gran don de Dios. Con ella evitaremos que un día Jesús pase de largo sin reconocernos.

Decíamos al principio que la parábola de las doncellas se enmarca en esos mensajes “de final” que Jesús quiere dar a sus discípulos. Pablo en su Carta Primera a los Tesalonicenses nos presenta, de manera muy gráfica, el momento de la Segunda Venida de Jesús, de la Parusía. San Pablo pensaba, en el momento que escribió, ese texto que dicha venida estaba cercana. Y que el mismo –y los de su generación– verían la gloria del Señor y esa misma Gloria aplicada a los cuerpos de los que todavía no habían muerto. Al oír la trompeta los vivos se reunirían con Jesucristo y sus santos. Pablo reconoció después que ese momento feliz y grandioso no iba a llegar tan pronto. Pero no por eso perdió la esperanza en la resurrección gloriosa de la carne, de todos los hombres. Su relato tendrá sin duda, un fuerte sentido profético y como decíamos una enorme belleza. Pero a nosotros, hoy, nos sirve para meditar en el final que nos ofrece Cristo. En el tránsito feliz hacia la vida que no acaba. Y para llegar a esa vida que no acaba, en algún momento, el Maestro nos reconocerá. Y juntos iniciaremos una existencia inimaginable.

No es mucho trabajo desplegar una cierta atención para evitar desidias, traiciones y ausencia de responsabilidad que pueden afear nuestro semblante de seguidores de Cristo y hacernos irreconocible. Los aislamientos soberbios, las soledades egoístas, la lejanía de los hermanos y de sus necesidades es lo que puede ensombrecer y afear el rostro. Meditemos pues en lo que la Palabra de Dios ha querido decirnos hoy. Reparemos en su precisión, belleza y sólido argumento. Y no olvidemos que son, naturalmente, palabras de vida eterna.

Ángel Gómez Escorial

Educar en la responsabilidad

Cuando entré al Seminario, todos disponíamos de llaves de la puerta y por tanto teníamos la posibilidad de entrar y salir a cualquier hora. Alguna persona se sorprendió de ello, diciéndome que eso daría pie a que alguno “se escapase”; yo le respondí lo que a nosotros nos dijo el Rector al iniciar el tiempo de Seminario: “Es que hay que educar en la responsabilidad, porque en el futuro nosotros tendremos que organizar nuestra vida sin depender de que alguien nos controle para comportarnos como debemos”. Y quienes vivimos esa etapa creo que hoy agradecemos mucho que se nos diese esa posibilidad de “educarnos en la responsabilidad”. Porque es más fácil imponer una norma, o limitarse a obedecer, que esforzarse en hacer lo debido por convencimiento propio.

Hoy en el Evangelio Jesús nos ha dicho la parábola de las diez vírgenes o doncellas: cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Y siempre que se lee este texto en la Eucaristía o en una reunión del Equipo de Vida, no falta quien acusa a las doncellas prudentes de egoístas y poco solidarias, porque “tendrían que haber repartido su aceite con las otras, ¿no es eso lo que hacen los cristianos?”

Quizá hoy a nosotros nos haya venido este pensamiento, pero recordemos que en una parábola no hay que fijarse en los detalles concretos sino en el mensaje que quiere transmitir. Y el mensaje aparece sintetizado en la última frase: velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Con esta parábola, Jesús está haciendo una llamada a sus discípulos, los de entonces y los de ahora, a educarse en la responsabilidad. Y esa responsabilidad, esa preparación, es algo totalmente personal, depende exclusivamente de cada uno, y los detalles de la parábola están al servicio de esta enseñanza del Señor.

Las diez doncellas tomaron sus lámparas, es decir, todas estaban en la misma situación de partida, todas tenían la misma oportunidad y capacidad para encontrarse con el esposo.

Pero las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas: unas se contentan con lo mínimo exigible, que es el aceite que cabe en la lámpara, que es poca cantidad, mientras que las otras son responsables y no se contentan con el mínimo sino que se proveen de lo necesario para disponer de más capacidad.

Sin embargo, como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. La responsabilidad personal no nos hace “superiores” a otros, estamos igual de expuestos a dejarnos llevar en un momento dado por el cansancio, la dejadez, la mediocridad… pero cuando llega el momento decisivo del encuentro con el Señor es cuando se ve el fruto de esa responsabilidad previa: las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y las que no fueron responsables se quedaron fuera.

Además, las doncellas prudentes no dejan a las necias sin ayuda; les indican dónde pueden ir a buscar lo necesario para poder encontrarse con el Señor, pero su misión acaba ahí: la fe se propone, no se impone. La aparente insolidaridad de las doncellas prudentes es el recurso utilizado por Jesús para hacernos ver que nadie puede cuidar mi fe por mí, que nadie puede prepararse por mí para encontrarme con el Señor, que cada uno de nosotros ha de responsabilizarse en proveerse de los medios necesarios para que el “aceite” de la fe mantenga encendida la lámpara de nuestra esperanza hasta que nos encontremos con el Señor.

¿Procuro educarme en la responsabilidad? Si tengo personas a mi cargo, ¿trato de que también sea así? ¿Tengo presente que el Señor va a venir a mi vida, aunque no sepa el día ni la hora? ¿Me contento con “lo mínimo exigible” en mi vida cristiana (sólo “oír” misa y confesarme una vez al año…) o soy responsable y me proveo de “alcuzas” (formación cristiana, oraciones y retiros, encuentros, compromisos evangelizadores y solidarios…) que ayuden a crecer mi fe?

Como el esposo de la parábola, Jesús también vendrá a nosotros, pero como no sabemos ni el día ni la hora, hemos de ser responsables para estar preparados para recibirle. Cuando tantos ejemplos de irresponsabilidad estamos sufriendo estos días, prestemos atención a la llamada del Señor a educarnos en la responsabilidad, porque eso redundará en beneficio nuestro y de todos.

Comentario al evangelio – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

ELOGIO DE LA SABIDURÍA Y EL ACEITE


¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor, e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios!  Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante. (San Columbano)

      Podríamos titular la primera lectura de hoy: «Elogio de la Sabiduría», así, con mayúsculas, la Sabiduría de Dios. El Libro es de los más recientes del Antiguo Testamento, y fue escrito en y para tiempos de confusión: los que llegaron de la mano de Alejandro Magno y la cultura helenista. Cuando se tambalean seguridades, cuando se presenta el desconcierto, cuando no se sabe cómo reaccionar, cuando se presenta la crisis, los sabios de Israel intentan abrir caminos, dialogar con las circunstancias históricas, mantener la esperanza y la resistencia, partiendo de que Dios siempre está presente en la vida del pueblo, en los acontecimientos de ayer y de hoy… y en él hay que encontrar la luz para caminar juntos hacia adelante. No es difícil darse cuenta de su importancia para nuestros tiempos convulsos, que también traen una nueva época, una nueva cultura, una nueva economía, unas relaciones nuevas… desde hace ya tiempo, pero aceleradas ahora por el COVID-19 Y… ¿De qué «Radiante Sabiduría» nos hablan los autores de este Libro?

– Sabiduría significa “equilibrio” y armonía.

– Saber conjugar el corazón y la cabeza.

– Aprender de las experiencias que vamos acumulando, pero sin perder la capacidad de asombrarse, porque la vida siempre es nueva y distinta.

– Hacerse conscientes de las propias posibilidades, pero también reconocer humildemente los límites.

– Quietud para verlo todo despacio, pero inquietud para no quedarse atascados.

– Pasión por la verdad y tolerancia… Porque los bulos y polarizaciones no son caminos sabios

– Interés por los otros, por lo que ocurre alrededor. La Sabiduría no se encierra ni aísla en una burbuja, ni mira para otro lado

– Valorar la tradición, lo que es esencial e irrenunciable… y apertura a lo nuevo, porque podemos necesitar nuevas respuestas, iniciativas, cambios

– Realismo, pero también utopía, sueños… pero con los pies en el suelo

– Estar dispuestos a poner en cuestión y cuestionar nuestras creencias

– Sabe compaginar la oración con la acción, y la fe con la vida

– Sabe permanecer a solas, lo necesita, lo busca, pero sin renunciar a las relaciones profundas con los demás, con los otros, con los distintos…

      Dice el texto bíblico que “la sabiduría se deja encontrar” y sale al encuentro de los que la buscan ardientemente. Pide sólo ser acogida, dejarla entrar por las puertas de tu vida. Se te ofrece, y está esperando que quieras contar con ella. Pero se encuentra “en los caminos”, no solo ni principalmente en los libros, en las universidades y entre los intelectuales… Hay que salir a la calle, porque “se encuentra a la puerta de la casa”.

     En la calle encontraremos realidades muy distintas: un científico, un pensador, un profesional… o un analfabeto, un pobre, un enfermo… Pues cualquier encuentro debiera convertirse en una escuela de sabiduría. Todos pueden enseñarme algo, todos tienen su parte de sabiduría, porque Dios está presente en todos ellos, si bien, de distintas maneras. Pero es necesario renunciar a los prejuicios, a las ideologías, a las seguridades tajantes y ponerse en clave de escucha, de acogida, de encuentro… 

      Solamente en la paz, en la interioridad, en el silencio pueden encontrarse y dialogar los polos opuestos o distintos. Una tiempo de meditación, un cuadro contemplado con calma, un paisaje del que se disfruta, un paseo tranquilo, un rato en la montaña o en un parque, una conversación con un anciano o un enfermo, una lectura reposada de la prensa, una frase escogida de un libro, o escuchada al vuelo mientras viajamos en el metro, unas palabras de una homilía, o una frase encontrada de la Escritura….

      No hacen falta lugares muy especiales para todo esto: Puede servirte el claustro de un monasterio o la aburrida cola delante de una ventanilla, en una esquina de la calle, o en la sala de espera del médico, mientras conduces por la carretera, o tomas un café con alguien con una conversación que merezca la pena… Aunque es cierto que algunos espacios nos favorecen una mayor concentración y serenidad. Pero no siempre los tenemos a mano.

Para que la Sabiduría nos encuentre y seduzca hace falta detenerse, reflexionar, reorganizar las ideas, mirar en lugar de ver, escuchar en vez de oír, sentir más que tocar, reflexionar en lugar de indigestarse de palabras, noticias, videos, mensajes…

           Hay quienes nos ayudan con sus escritos, reflexiones y declaraciones honestas, en libros, prensa, entrevistas… Me parecen especialmente relevantes y valiosas las aportaciones que vienen haciendo el Papa Francisc o sobre diversos temas, ofreciendo caminos nuevos, invitando a la conversión, al cambio, a la búsqueda.

       Esta sabiduría tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy. A las jóvenes que se quedan sin aceite se las llama “necias” (es decir, que no tienen conocimiento, sabiduría), como también Mateo llama «necio» al que construye su casa sobre arena y no sobre la Roca de la Palabra. No tienen nada que aportar a la fiesta del Reino, se quedaron sin “aceite” para sus lámparas. No fueron «prudentes/sagaces» como las otras. Y además la Sabiduría que uno aprende y aplica a su vida… no es trasferible, no se puede compartir. Porque la vida que uno edifica es de uno mismo: sobre arena, sobre roca, con aceite, sin él…

     Todos hemos recibido una lámpara llena de aceite. El aceite tiene que ver con «consagración». Se utilizaba en la antigüedad para encomendar a alguien una tarea importante (sacerdotes, reyes y profetas): Todos fuimos untados (ungidos) con aceite en el día de nuestro bautismo. Dios nos estaba encomendando una tarea para la que necesitábamos estar preparados. Porque habrá que luchar contra tantas dificultades, contra la Sabiduría de este Mundo. También eso significa el aceite: dispuestos a combatir, como nos explica San Pablo en sus Cartas. 

    El aceite es también un símbolo de Espíritu (Confirmación): el que Dios ha puesto en el corazón para que vivamos de otra manera, para que hagamos el mundo distinto. Un Espíritu que multiplica con nosotros sus dones: “paz, alegría, acogida, sabiduría, equilibrio, autocontrol”… Sí, también la Sabiduría es un Don del Espíritu que pediremos continuamente en nuestra oración: «Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento…» (Secuencia de Pentecostés). Cuando falta el Espíritu sólo quedan hombres y mujeres necios. Y parece que hoy se multiplican… cuando más falta hace la sabiduría.

    Entonces… ¿Por qué no nos ponemos a buscar/acoger la Sabiduría, a poner un poco de aceite de ese que recibimos en el bautismo en cada encuentro, en cada actividad, en cada momento del día, en cada oscuridad, en cada tristeza. Un poco de nuestra luz en medio de una negra noche se ve muchísimo y brillará lo suficiente para sortear muchos obstáculos y no tropezar. Velad, no dejéis que se os apague u os  apaguen vuestra vela… hasta que nos llegue la LUZ.

Quique Martínez de la Lama-Noriega. cmf

Imagen de José María Morillo