Vísperas – Dedicación de la Basílica de Letrán

VÍSPERAS

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nueva Jerusalén y ciudad santa,
nuevo Israel, nueva morada
de la comunidad de Dios en Cristo edificada,
Iglesia santa.

Esposa engalanada, con Cristo desposada
por obra del Espíritu en sólida alianza,
divino hogar, fuego de Dios que al mundo inflama,
Iglesia santa.

Edén de Dios y nuevo paraíso,
donde el nuevo Adán recrea a sus hermanos,
donde el «no» del pecador, por pura gracia,
el «sí» eterno del amor de Dios alcanza,
Iglesia santa.

Adoremos a Dios omnipotente y a su Espíritu,
que en el Hijo Jesús, Señor constituido,
del hombre que ha caído raza de Dios levanta,
Iglesia santa. Amén.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Altísimo consagra su morada; teniendo a Dios en medio de ella, no vacila.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Altísimo consagra su morada; teniendo a Dios en medio de ella, no vacila.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vamos alegres a la casa del Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad a Dios, todos sus santos

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad a Dios, todos sus santos

LECTURA: Ap 21, 2-3. 22. 27

Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios.» Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Nunca entrará en ella nada impuro, ni idólatras ni impostores; sólo entrarán los inscritos en el libro de la vida que tiene el Cordero.

RESPONSORIO BREVE

R/ Dichosos, Señor, los que viven en tu casa.
V/ Dichosos, Señor, los que viven en tu casa.

R/ Alabándote siempre
V/ En tu casa.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Dichosos, Señor, los que viven en tu casa.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Santificó el Señor su tabernáculo, porque ésta es la casa de Dios, donde se invoca su nombre, del cual está escrito: «Mi nombre habitará allí», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Santificó el Señor su tabernáculo, porque ésta es la casa de Dios, donde se invoca su nombre, del cual está escrito: «Mi nombre habitará allí», dice el Señor.

PRECES

Oremos, hermanos, a nuestro Salvador, que dio su vida para reunir a los hijos de Dios dispersos, y digámosle:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Señor Jesús, que cimentaste tu casa en la roca,
— confirma y robustece la fe y la esperanza de tu Iglesia.

Señor Jesús, de cuyo costado salió sangre y agua,
— renueva la Iglesia con los sacramentos de la nueva y eterna alianza.

Señor Jesús, que estás en medio de los que se reúnen en tu nombre,
— atiende la oración unánime de tu Iglesia congregada.

Señor Jesús, que con el Padre vienes y haces morada en los que te aman,
— perfecciona a tu Iglesia por la caridad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor Jesús, que no echas fuera a ninguno de los que vienen a ti,
— acoge a todos los difuntos en la mansión del Padre.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que has querido que tu pueblo se llamara Iglesia, haz que, reunida en tu nombre, te venere, te ame, te siga y, guiada por ti, alcance el reino que le has prometido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Dedicación de la Basílica de Letrán

1) Oración inicial
Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles; concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que pos prometes. Por nuestro Señor.
2) Lectura
Del Evangelio según Lucas 15,1-10
Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: `Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.’ Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.
«O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas y les dice: `Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.’ Pues os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos trae las primeras tres parábolas enlazadas entre sí por la misma palabra. Se trata de tres cosas perdidas: la oveja perdida (Lc 15,3-7), la moneda perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15.11-32). Las tres parábolas son dirigidas a los fariseos y a los doctores de la ley que criticaban a Jesús (Lc 15,1-3). Es decir que son dirigidas al fariseo o al doctor de la ley que existe en cada uno de nosotros.
• Lucas 15,1-3: Los destinatarios de las parábolas. Estos tres primeros versos describen el contexto en el que fueron pronunciadas las tres parábolas: “Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban”. De un lado, se encontraban los cobradores de impuestos y los pecadores, del otro los fariseos y los doctores de la ley. Lucas dice con un poco de exageración: “Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle”. Algo en Jesús atraía. Es la palabra de Jesús la que los atrae (Cf. Is 50,4). Ellos quieren oírlo. Señal de que no se sienten condenados, sino acogidos por él. La crítica de los fariseos y de los escribas era ésta: “¡Este hombre acoge a los pecadores y come con él!”. En el envío de los setenta y dos discípulos (Lc 10,1-9), Jesús había mandado acoger a los excluidos, a los enfermos y a los poseídos (Mt 10,8; Lc 10,9) y a practicar la comunión alrededor de la mesa (Lc 10,8).
• Lucas 15,4: Parábola de la oveja perdida. La parábola de la oveja perdida empieza con una pregunta: “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?” Antes de que él mismo diera una respuesta, Jesús tiene que haber mirado a los oyentes para ver cómo respondían. La pregunta es formulada de tal manera que la respuesta no puede que ser positiva: “Sí, ¡él va en búsqueda de la oveja perdida!” Y tú ¿cómo responderías? ¿Dejarías las 99 ovejas en el campo para ir detrás de la única oveja que se perdió? ¿Quién haría esto? Probablemente la mayoría habrá respondido: “Jesús, entre nosotros, ninguno haría una cosa tan absurda. Dice el proverbio: “¡Mejor un pájaro en mano, que ciento volando!”
• Lucas 15,5-7: Jesús interpreta la parábola de la oveja perdida. Ahora en la parábola el dueño de las ovejas hace lo que nadie haría: deja todo y va detrás de la oveja perdida. Sólo Dios mismo puede tener esta actitud. Jesús quiere que el fariseo y el escriba que existe en nosotros, en mí, tome conciencia. Los fariseos y los escribas abandonaban a los pecadores y los excluían. Nunca irían tras la oveja perdida. Dejarían que se perdiera en el desierto. Prefieren a las 99 que no se perdieron. Pero Jesús se pone en lugar de la oveja que se perdió, y que en aquel contexto de la religión oficial caería en la desesperación, sin esperanza de ser acogida. Jesús hace saber a ellos y a nosotros: “Si por casualidad te sientes perdido, pecador, recuerda que, para Dios, tú vales más que las 99 otras ovejas. Dios te sigue. Y en caso de que tú te conviertes, tiene que saber que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.”
• Lucas 15,8-10: Parábola de la moneda perdida. La segunda parábola: “O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas y les dice: `Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.’ Pues os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» Dios se alegra con nosotros. Los ángeles también se alegran con nosotros. La parábola era para comunicar la esperanza a quien estaba amenazado de desesperación por la religión oficial. Este mensaje evoca lo que Dios nos dice en el libro del profeta Isaías: “Te tengo grabado en la palma de mi mano” (Is 49,16). “Tu eres precioso a mis ojos, yo te amo” (Is 43,4)
4) Para la reflexión personal
• ¿Tú irías detrás de la oveja perdida?
• ¿Piensas que la Iglesia de hoy es fiel a esta parábola de Jesús?
5) Oración final
¡Buscad a Yahvé y su poder,
id tras su rostro sin tregua,
recordad todas sus maravillas,
sus prodigios y los juicios de su boca! (Sal 105,4-5)

Bien, siervo bueno y fiel

“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. Estas palabras del tercer criado de la parábola reflejan bien la actitud de muchos cristianos ante  Dios y su responsabilidad en el Reino de Dios a favor de la humanidad. Para ellos, el Señor es un amo exigente y arbitrario, que exige agobiantemente y sin medida, y nos hace sentir esclavos uncidos a un yugo insoportable de mandatos y culpabilidad.

Sin embargo, según la Biblia, Dios no quiere esclavos, sino colaboradores libres y responsables que se comprometen con el plan de promoción y salvación de lo humano, con su ser y su hacer, porque, en definitiva, no se trata de un capricho suyo, sino del propio beneficio de la humanidad.

Ya desde la imagen de Adán en el Génesis (Gen 1,26.28; 2,15), este aparece como persona que cuida la tierra, su tierra. Y esto corresponde a la realidad y vocación más profunda del ser humano: se hace, haciendo –porque no nace “hecho”-. Se reconoce, tiene conciencia de su identidad, haciendo, a través de su actividad consciente y efectiva. Se encuentra pleno, útil,  realizado, haciendo. Y en su hacer, “da de sí”, es decir: se descubre más grande que sus propios límites o miedos, y “se da”, porque al hacer, se entrega a sí mismo en beneficio de los demás.

Ser llamado, pues, a la colaboración con Dios en la obra de la creación y la salvación es un privilegio para el ser humano: encuentra en ello, su dignidad (colaborador de Dios), su contribución al bien de las personas y de la creación, su vocación y puesto en la vida.

Quien no vive así, en laboriosidad consciente, filial y fraterna, es, como dice la segunda lectura, un “ser durmiente”, una vida vegetativa.

Los talentos son nuestras cualidades, habilidades, experiencias… pero sobre todo, nuestra propia persona como creyentes. Por lo cual, incluso en las circunstancias de enfermedad o disminución, cuando parece que ya no podemos aportar nada práctico, nuestra manera de ser en fe, esperanza y amor, es una contribución esencial y necesaria.

Esta colaboración responsable e ilusionante, a pesar de las dificultades, no conoce el fracaso. Puede ser que no consigamos resultados visibles, pero sí frutos. El resultado es exterior al trabajador y depende mucho de las circunstancias sobre las que no tiene ningún control. El fruto, nace de dentro, tiene una eficacia misteriosa y transforma, en primer lugar, al que se ha entregado personalmente, a través de su labor, su ingenio y su tiempo. Lo ha hecho más persona y más hermano; más imagen e un Dios “que está siempre obrando” (Jn 5, 17) en favor nuestro.

Esta llamada se dirige a todos y no solo a los que tienen grandes responsabilidades. Es en lo gris de lo cotidiano, donde hay que invertir los talentos. Incluso cuando Dios parezca estar, como el señor de la parábola, tan lejos, que nos ha dejado solos e indefensos en nuestros riesgos. Por ejemplo, en la primera lectura se nos habla de un modelo de mujer que emplea sus talentos. No se puede quedar en referente de la esposa y madre. Abarca a toda actividad realizada por mujeres (y también por varones): el rasgo más importante es que  “sabe hacer hogar”, con los de dentro y los de fuera. Igualmente, el salmo nos habla de un modelo masculino (que sirve también para las mujeres), de un hombre que ha sabido hacer familia, hogar y ciudad. Necesitamos de hombres y mujeres así: contemplativos (“los que “temen” a Dios”), que en la acción cotidiana van trasformando nuestro mundo en hogar con Dios en el centro, como Dios mismo lo hace, y gracias a Dios, que nos da recursos, horizontes y ganas para hacerlo.

Fr. Francisco José Rodríguez Fassio

Comentario – Dedicación de la Basílica de Letrán

Las palabras de Jesús que recoge san Lucas en este pasaje siguen girando en torno al dinero (μαμων, voz aramea transcrita al griego, de connotaciones idolátricas) y a la administración. El dinero injusto o, como traduce la nueva versión de la Biblia, el dinero de iniquidad, es el dinero que procede de operaciones injustas como las que llevó a cabo aquel administrador infiel de la parábola. Pues bien, hasta ese dinero, reinvertido en obras de misericordia, puede ganarnos amigos que nos reciban bien en las moradas eternas.

Pero el evangelio continúa volviendo sobre el tema de la administración que se presenta a modo de fianza: El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es de fiar; el que no es honrado en lo poco, tampoco en lo mucho es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará?

El que es fiel y honesto, lo suele ser tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, tanto en lo menos importante como en lo más importante. La fidelidad y la honestidad son actitudes que se suelen mantener en las diferentes circunstancias de la vida; y el que no es fiel en lo poco (en los céntimos) tampoco suele serlo en lo mucho (en los millones) o en lo que vale más que el dinero, por ejemplo, en la amistad o en el compromiso matrimonial, o en cualquiera de las relaciones humanas.

Por eso, si no hemos sido de fiar en algo que merece el calificativo de vil o despreciable, como el dinero, cómo vamos a serlo en cosas más importantes, como la educación de los hijos o la formación humana y cristiana de niños y jóvenes, o la capacitación de personas para la prestación de determinados servicios en la sociedad. Cuando lo que se nos confía son personas y no simplemente bienes materiales, aumenta la responsabilidad, como le sucede a un médico cirujano al que se le confían vidas humanas o a un sacerdote al que se le confían las mismas vida humanas en otra dimensión, no relativa a la salud corporal o psíquica, sino a la salud espiritual.

Y si no hemos sido de fiar en lo ajeno (bienes o vidas), tampoco seremos de fiar en lo propio (bienes y vida), aunque podamos apreciar más lo propio que lo ajeno. Porque también lo que nos pertenece como propiedad, incluida la vida, lo hemos recibido en fianza, se nos ha confiado para hacer de ello un buen uso. Pero si no hemos sido fieles en lo ajeno, ¿lo seremos en lo propio? Y si no hemos sido fieles en lo propio, ¿lo seremos en lo ajeno? La fidelidad atañe siempre a la gestión de unos bienes (materiales, personales, espirituales) encomendados, ya sean propios o ajenos. En cualquier caso se trata de una fianza que se nos confía y de la cual se nos pedirá cuentas.

Ningún siervo puede servir a dos amos… porque se dedicará al primero y no hará caso del segundo.

Se trata de amos que exigen dedicación plena o casi exclusiva; por eso hay incompatibilidad de servicios. No podéis servir a Dios y al dinero, si hacéis del dinero un tirano al que se sirve, por el que se trabaja hasta el agotamiento, o por el que se está dispuesto incluso a poner en riesgo la propia vida o a sacrificarla, o un dios al que se adora o por el que uno es capaz de inmolarse.

Cuando uno idolatriza de este modo al dinero (= mamona) le está dando un rango semidivino, lo está elevando a la categoría de un dios que acabará exigiendo hasta el sacrificio de vidas humanas como sucede tantas veces en nuestra sociedad. Basta pensar en las ingentes cantidades de dinero que se mueven en las mafias, en el mundo de la droga, en la trata de blancas, en el mercado negro o amarillo, en la bolsa, en la especulación inmobiliaria, etc. Y habiendo dinero de por medio no es fácil que se respeten las vidas humanas, que acaban teniendo menos valor, mucho menos valor que el dinero que se maneja. Así se cumple el dicho de Jesús: No se puede servir a Dios, cumpliendo sus exigencias de caridad y respeto a la dignidad de la persona humana, y al dinero, dejándose arrastrar por las exigencias que impone la avaricia y la codicia que nunca se ven saciadas, porque el dinero no puede saciar de ninguna manera el corazón humano.

La insistencia de Jesús en el tema nos puede parecer excesiva u obsesiva. Tal vez nos suceda lo que a aquellos fariseos, amigos del dinero, que se burlaban de él y de sus apreciaciones, por considerarlas demasiado ingenuas o poco realistas o impropias de alguien que debería tener los pies en la tierra. Pero él les dijo: Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.

Que el Señor nos encuentre receptivos a su palabra. Lo que más detesta Dios en los fariseos no es su apego al dinero, que es más digno de compasión que de desprecio, sino su arrogancia. Presumen de observantes de la Ley. Pero no es infrecuente que uno presuma de lo que carece. Y Dios que ve sus corazones –y no sólo sus observancias externas- les conoce y detesta su arrogancia. Más les valdría ser humildes y reconocer sus servidumbres, como la del aprecio del dinero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

En la Iglesia se realiza por la Liturgia

6. Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, Él, a su vez, envió a los Apóstoles llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su Muerte y Resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte, y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica. Y así, por el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son sepultados con El y resucitan con El; reciben el espíritu de adopción de hijos “por el que clamamos: Abba, Padre” (Rom., 8,15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman su Muerte hasta que vuelva. Por eso, el día mismo de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo “los que recibieron la palabra de Pedro “fueron bautizados. Y con perseverancia escuchaban la enseñanza de los Apóstoles, se reunían en la fracción del pan y en la oración, alabando a Dios, gozando de la estima general del pueblo” (Act., 2,14-47). Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo.

Homilía – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

1.- Para saber trabajar en la espera (Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31)

Un canto al trabajo honrado y bien hecho. Se concreta en el ejemplo de una mujer hacendosa y con gracejo. Una cascada de alabanzas que vienen a terminar en un verdadero canto «por el éxito de su trabajo».

Ese canto al trabajo resuena en la primera lectura de la liturgia de este domingo. La espera en la venida del Señor nunca podrá convertirse en una esperanza pasiva Para una esperanza activa, esta mirada a la exaltación de trabajo en el Antiguo Testamento.

Más allá de la referencia utilitarista que la mujer trabajadora reporta a su marido, hay en el texto afirmaciones hermosas sobre el trabajo, concretado en este ejemplo de una mujer hacendosa.

Es un trabajo que da a la persona más valor que las perlas. Y es de más consistencia que el gracejo y la hermosura. Es fruto del temor de Dios, y da lugar para poder compartir: «Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre». Es causa de la mejor pública alabanza de la gente: «Sus obras se alaban en la plaza».

Retenemos este valor del trabajo con el que el ser humano (hombre/mujer) multiplica los bienes recibidos para ser administrados, los comparte y, por su gran actividad, recibe la alabanza.

 

2.- Como un ladrón en la noche (1Tes 5, 1-6)

Las especulaciones sobre la venida gloriosa del Señor hacían las delicias de muchos en la Iglesia primitiva (…y la siguen haciendo en grupos religiosos cristianos de cuño apocalíptico). Tesalónica fue testigo de muchas de estas especulaciones. El anuncio de una llegada inminente del Señor desactiva la esperanza activa. Introduce al creyente o a la entera comunidad en una pasividad perezosa y culpable.

Pablo apela a lo que los tesalonicenses «saben perfectamente». Él lo habría repetido con frecuencia: «Que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche». Y saca las consecuencias: será un día repentino y de improviso. Es inútil hacer cálculos. Y a muchos los sorprenderá desprevenidos…

Pero hay otro tipo de espera: quien no vive en la noche ni en las tinieblas no debe temer nada… Para ese, no hay sorpresas de los ladrones nocturnos, porque ha hecho toda su vida una experiencia del día. Y en el día ha establecido su existencia. Una permanente vigilia con una preparación que nunca el sueño interrumpe. Así lo recuerda nuestro soneto: «Alejado de necias fantasías/ realiza tu deber aquí y ahora/ como si al sol de la siguiente aurora/ fuera a ocurrir la vuelta del Mesías».

3.- La encomienda de un trabajo permanente (Mt 25, 14-30)

La parábola de los talentos cierra el pequeño ciclo de los últimos domingos del tiempo ordinario. Y nos fija la mirada en el compromiso con la tierra. Son domingos de sabor escatológico. Pero, bien lo sabemos ya, la escatología no nos saca de la historia.

No importa lo que hayamos recibido. Lo que importa es recibirlo «con gratitud» y trabajarlo «con empeño». Nuestros bienes no son nuestros. Nos han sido encomendados. Pero están en nuestras manos. No para ser cautelosamente guardados; lo están para ser multiplicados; y aumentados en un serio compromiso, ser de nuevo devueltos a las manos que los dieron.

¡Que no podemos ser en la vida «empleados negligentes y holgazanes»! Quedarnos sin realizar la tarea significa no llenar nuestra existencia de la obediencia a la herencia y al mandato: «Llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes». Nos viene a la memoria el encargo del cuidado de la tierra que, al principio, hizo Dios a los humanos… Y la espera se nos llena así de un empeño permanente en devolver al Señor los bienes multiplicados.

Negociar los talentos

¡Vendrá el Señor! No gastes energías
especulando el cómo, el día o la hora…
Vendrá sin adelanto ni demora.
¡Negocia los talentos y los días!

Alejado de necias fantasías,
realiza tu deber aquí y ahora
como si al sol de la siguiente aurora
fuera a ocurrir la vuelta del Mesías.

Teme al Señor y sigue su camino:
te nutrirá, sabroso el pan y el vino
de tu trabajo y de su Eucaristía.

Medrarás en los hijos…, y tu esposa
será parra fecunda y vigorosa
en al cálido hogar de la alegría.

Pedro Jaramillo

Mt 25, 14-30 (Evangelio Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

No «enterrar» el futuro

El evangelio de Mateo (25,14-30) nos muestra, tal como lo ha entendido el evangelista, una parábola de “parusía” sobre la venida del Señor. Es la continuación inmediata del evangelio que se leía el domingo pasado y debemos entenderlo en el mismo contexto sobre las cosas que forman parte de la escatología cristiana. La parábola es un tanto conflictiva en los personajes y en la reacciones. Los dos primeros están contentos porque “han ganado”; el último, que es el que debe interesar (por eso de las narraciones de tres), ¿qué ha hecho? :“enterrar”.

Los hombres que han recibido los talentos deben prepararse para esa venida. Dos los han invertido y han recibido recompensa, pero el tercero los ha cegado y la reacción del señor es casi sanguinaria. El siervo último había recibido menos que los otros y obró así por miedo, según su propia justificación. ¿Cómo entendieron estas palabras los oyentes de Jesús? ¿Pensaron en los dirigentes judíos, en los saduceos, en los fariseos que no respondieron al proyecto que Dios les había confiado? ¿Qué sentido tiene esta parábola hoy para nosotros? Es claro que el señor de esta parábola no quiere que lo entierren, ni a él, ni lo que ha dado a los siervos. El siervo que “entierra” los talentos, pues, es el que interesa.

Parece que la recompensa divina, tal como la Iglesia primitiva pudo entender esta parábola, es injusta: al que tiene se le dará, y al que tiene poco se le quitará. Pero se le quitará si no ha dado de sí lo que tiene. Y es que no vale pensar que en el planteamiento de la salvación, que es el fondo de la cuestión, se tiene más o menos; se es rico o pobre; sino que la respuesta a la gracia es algo personal que no permite excusas. La diferencia de talentos no es una diferencia de oportunidades. Cada uno, desde lo que es, debe esperar la salvación como la mujer fuerte de los Proverbios que se ha leído en primer lugar. Tampoco el señor de la parábola es una imagen de Dios, ni de Cristo, porque Dios no es así con sus hijos y Cristo es el salvador de todos. Es una parábola, pues, sobre la espera y la esperanza de nuestra propia salvación. No basta asegurarse que Dios nos va a salvar; o aunque fuera suficiente: ¿es que no tiene sentido estar comprometido con ese proyecto? La salvación llega de verdad si la esperamos y si estamos abiertos a ella.

Tes 5, 1-6 (2ª lectura Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

Esperar en la luz, sin miedo

La segunda lectura, en continuación con la del domingo pasado, nos muestra al Pablo primitivo al que la comunidad de Tesalónica le plantea grandes cuestiones y, concretamente, en lo que se refiere a la venida del Señor. Los primeros cristianos estuvieron obsesionados con ello. Esta es la segunda instrucción del apóstol sobre dicho acontecimiento. Para su enseñanza se vale del lenguaje profético veterotestamentario, de la literatura apocalíptica (mucho de ello lo encontramos en los textos de Qumrán): vendrá como cuando una mujer da a luz, que casi siempre es un momento inoportuno, entre la luz y las tinieblas, entre el velar y el dormir.

Pero el objetivo de Pablo es liberar la tensión que pesa sobre el momento y la hora de la venida e incidir en la actitud que hay que tener, como lo más importante: ese debe ser un instante de luz porque es evento de salvación, para lo cual se debe estar preparado. Por eso, el falso problema de cuándo, con su angustia e incerteza, se cambia por el cómo: desde la luz, desde la praxis del amor, la justicia, la solidaridad y el perdón. Así viviremos con Cristo.

Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31 (1ª lectura Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

La sabiduría de las grandes decisiones

El ejemplo del libro de los Proverbios (31, 10…31) nos presenta precisamente a una mujer, la “mujer fuerte”, hija, hermana o madre en la que se puede confiar. Como la Biblia no es antifeminista, aunque su cultura esté impregnada por una mentalidad patriarcal, sí acierta en ver a la mujer como más abierta a lo escatológico, a lo espiritual, al amor por los pobres. Por eso, esta lectura, justamente, propone desde dónde se deben afrontar las últimas cosas de la vida. No conviene, de ninguna manera, hacer una lectura “contracultural”. La mujer no está reducida al hogar, a la casa, a los hijos… Lo importante en esta lectura es la gran capacidad de “decisión”.

La mujer judía, encargada de mantener el fuego en el hogar, y de encender las luces del shabat, experimentó desde muy pronto lo que significó su llamado al Reino. Ella encarnaba en Israel la sofía de Dios y, por lo tanto, debe enseñarla, iniciar a sus hijos en su camino. En el hebreo bíblico espíritu (ruah) y sabiduría, (hokma), son términos femeninos. Sofía, como una niña que danza ante Dios, (Prov 8,22ss), es el rostro humano del pensamiento divino y por lo tanto es a la madre a quien corresponde la iniciación de sus hijos en la prudencia. Israel valoró a la mujer como a una perla, desde su escondimiento e invisibilidad, pero también la apreció como profetisa, guerrera y reina. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, sus autores no callaron totalmente nombres como el de Myriam, Débora, Judith, Ester, Ana… Ellas y muchas otras mujeres encarnaron el ideal de Israel, quien llegó a identificarse como nación con la “amada” del Cantar. La amada de Yahvé a quien profetas y sabios dieron nombres y destinos femeninos, al reprender en sus desvíos la respuesta del pueblo a un amor de Alianza. Israel fue la elegida, la virgen, la esposa, la ramera… Oseas, Jeremías y Ezequiel vituperaron las infidelidades de Israel con nombres femeninos.

La mujer es más religiosa que el hombre; siempre lo ha sido. Y el elogio de la mujer en el capítulo último de los Proverbios es toda una analogía (y subrayo “analogía) para que demos importancia a lo que no queremos darle, como si eso fuera cosa de mujeres. Las cosas que merecen la pena, y especialmente las cosas de Dios, deben tener en nosotros la gran oportunidad que “la mujer”, la madre, la hija, la hermana, da a los suyos. Y todos, varones o mujeres, tenemos que tomar grandes decisiones. En realidad aquí se habla de la mujer como si se tratara de la “sabiduría”. Esa sabiduría bíblica, que es una sabiduría práctica, es la que se propone aquí en la imagen de la mujer.

Comentario al evangelio – Dedicación de la Basílica de Letrán

Hoy celebramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma. Es la Basílica más importante de Roma y la sede del obispo de Roma, es decir, del Papa. Esta basílica es de alguna manera la cabeza de todas las iglesias del mundo. Pero no es más que un edificio. Lo que es santo no son las piedras que lo forman. Lo de menos es que sea un templo artísticos, que su arquitecto sea Borrromini. Todo eso es muy bonito. Los que vayan a visitarla verán una obra de arte. Pero si se quedan en eso, se han perdido lo más importante. 

      Lo que hace que una iglesia sea realmente una iglesia, no es la forma ni las piedras ni los arcos ni los altares ni las estatuas. Una Iglesia es iglesia porque en ella sea reúne el pueblo creyente para escuchar la Palabra, para compartir el pan de la Eucaristía, para alabar y dar gracias, para sentir en toda su riqueza la fraternidad de los hijos e hijas de Dios. Esa es la verdadera riqueza. Sin ella, una iglesia, cualquier iglesia, no es más que un montón de piedras más o menos bonitas. Dependiendo de su antigüedad y belleza, podrá ser una especie de museo enorme. Pero nada más. Un cascarón sin nada dentro. 

      Deberíamos dirigir la mirada a lo fundamental y no quedarnos en lo accesorio. Deberíamos hacer el esfuerzo, siempre necesario y nunca acabado ni definitivo, de construir la fraternidad que levanta la verdadera iglesia. Cuando existe la comunidad, cuando los hermanos y hermanas se reúnen y acogen a todos, cuando se hacen testigos del amor de Dios que no excluye a nadie, entonces vemos levantarse los muros y paredes de la verdadera iglesia de Dios. En ese momento descubrimos la verdadera belleza, la increíble belleza, capaz de romper los odios y la violencia y de unir a las personas con lazos de amor, de cariño, de fraternidad. Porque las personas son las piedras vivas que forman la iglesia de Jesús. Luego, esas personas necesitarán un lugar donde reunirse, levantarán una iglesia, querrán que sea, en la medida de sus posibilidades, un edificio bello porque lo normal es que el edificio exprese lo que es la comunidad. 

      Hay comunidades que cuidan sus iglesias, que expresan en sus iglesias su vida de fe. A veces son iglesias sencillas y pobres, como la misma comunidad. A veces son grandes edificios. En cualquier caso, son la expresión de la vida de la comunidad. Esas iglesias están llenas de vida, de fe, de fraternidad. Y ahí reside su verdadera belleza. 

      Conclusión: llenemos nuestras iglesias de vida de fe, de comunidades creyentes porque ahí reside la verdadera belleza y riqueza de la Iglesia. 

Fernando Torres, cmf