La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

XVI. CAMINO DE JERUSALÉN

1.- LA VIUDA DE NAÍN

Lc 7, 11-17

Después del Sermón de la Montaña y de la curación del siervo del centurión, Jesús manifestó la firme intención de marchar a Jerusalén. Y envió por delante unos mensajeros. Decidió ir por el interior, a través de Samaria.

El Señor abandonó el lago y se dirigió primero a Nazaret, en el interior, para tomar la Vía maris. En el camino pasó por una pequeña ciudad, Naín[1], a 32 km de Cafarnaún, donde había curado al siervo del centurión. Le acompañaban sus discípulos y muchos otros que no se cansaban de verle y de oírle.

Al entrar en la ciudad, Jesús y quienes le acompañaban vieron una comitiva numerosa de gente que llevaba un muerto a enterrar. Los entierros normalmente tenían lugar la tarde del mismo día de la muerte. Cuando se producían estos encuentros, era costumbre esperar y dejar paso al cortejo fúnebre. El que llevaban a enterrar era hijo único, y su madre viuda, y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El cementerio estaba situado, como era normal entre los hebreos, a cierta distancia de las viviendas, fuera de la población.

El Señor abandonó el lago y se dirigió a Nazaret, para tomar un ramal de la vía maris. Después pasó por Naín, a unos diez kilómetros al sureste de Nazaret. Al no ser bien acogido por un pueblo de samaritanos, tomó el camino del Jordán hasta Jericó. No tenemos detalles muy precisos de este viaje.

Jesús vio a la madre de cerca y se compadeció, le dio pena aquella mujer que lloraba a su hijo único. Se dirigió hacia ella y la consoló: No llores, le dijo. No fue un consuelo solo de palabras, como el de los demás. Se acercó y tocó el féretro. Este consistía en unas sencillas parihuelas en las que se llevaba el cadáver envuelto en una sábana. Los que lo llevaban se detuvieron. Todos estaban admirados de la majestad y la sencillez de Cristo ante el difunto.

Entonces, el Señor dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. Y, ante el estupor de todos, el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. A continuación, escribe san Lucas, Jesús se lo entregó a su madre. San Agustín comenta que aquella madre es imagen de la Iglesia, que se alegra cada día con sus hijos pecadores que vuelven a la vida de la gracia[2].

Al ver al hijo que hablaba como antes, se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo. San Lucas añade que la fama de Jesús se extendió por todas partes. El milagro no era para menos. Aquel muchacho se convirtió en un signo vivo de la divinidad de Jesús.


[1] Actualmente Neus (DEB, p. 1076).

[2] Sermón 98, 2.