Santoral 10 de noviembre

SAN LEÓN MAGNO, papa y doctor de la Iglesia († 461)

San León I el Magno nació en Roma, originario de la Toscana. Antes de ser papa, había mostrado sus excepcionales cualidades en todas las empresas que le habían encomendado. Siempre fue fiel y responsable.

Se nos habla del acólito León, que lleva una carta de la Iglesia de Roma a la de Cartago. Del diácono León, gloria de la Iglesia romana, a quien Casiano dedica sus libros sobre la encarnación de Cristo. Del clérigo León, a quien San Cirilio de Alejandría escribe para interesarle en su favor, contra Nestorio. Luego le vemos en Francia, como diplomático, negociando, en nombre de la Roma Imperial, con los prefectos del imperio.

Mientras recorría Francia, es elegido Papa. Era el año 440. Todos los años, en el aniversario de su coronación, agradece a los fieles la confianza que pusieron en él, sin merecerlo, a la vez que les suplica sus oraciones “para que no tengáis que arrepentiros de vuestra elección”.

La llegada de San León a la cátedra de Pedro, en aquel momento, fue providencial. Roma se desmoronaba por los cuatro costados. Ante la invasión, crujían los cimientos de la sociedad. Los generales desertaban, los emperadores eran títeres sin consistencia. Los veintiún años de gobierno de San León fueron una cadena de triunfos contra el desaliento.

Roma se veía amenazada, desde África por Genserico, desde el Danubio por Atila, el azote de Dios, que con sus bárbaros lo destruían todo. “Por donde pasa el caballo de Atila, no vuelve a nacer hierba”. Atila, el rey de los hunos, había sido rechazado en los Campos Cataláunicos, Francia. Entonces, para vengarse, pasa a Italia y se dirige a Roma. Todos se asustan. El emperador huye. La única esperanza está en el Papa. San León sale al encuentro de Atila, a las puertas de Mantua. Se cuenta que se presentó revestido con los ornamentos pontificales. Atila se conmovió y renunció al saqueo de Roma. San León había salvado la ciudad.

Pero las calamidades volverían sobre Roma. El imperio estaba podrido. Los emperadores se asesinan unos a otros. Genserico, rey de los vándalos, llega a las puertas de Roma. León le envía una embajada. Logra que respete las vidas, pero el saqueo será tremendo. Otra vez había salvado la ciudad.

No sufría sólo por Roma. Era pastor de toda la Iglesia. Reprime a los maniqueos en Italia, atiende a los problemas de la Galia, alienta a las iglesias de África, interviene en los Balcanes, escribe a Santo Toribio de Astorga, avisándole sobre las desviaciones del priscilianismo.

En Oriente se extiende la herejía monofisita de Eutiques, que defendía la existencia de una sola naturaleza en Cristo. Muchos apoyaban la herejía. San León escribe desde Roma a Flaviano de Constantinopla. El IV concilio ecuménico se reúne en Calcedonia (451) y la verdad triunfa, “Pedro ha hablado por boca de León”, claman los seiscientos obispos presentes.

San León sigue actuando, escribiendo cartas, predicando sermones, que son un exhaustivo catálogo de los problemas de su tiempo, y le sirven para exponer la verdad. Luchó como un campeón indomable por la integridad de la fe y por la unidad de la Iglesia. San León, con la elocuencia que le caracterizaba, reprimió bravamente los vicios de su tiempo.

Fue sobre todo un gran catequista y un maestro de la moral católica. “Reconoce, cristiano, tu dignidad”, clamaba San León. Fue grande en su vida, en su palabra y en su acción. Bien se mereció el apelativo de Magno. Fue el Papa providencial en aquella hora aciaga. Murió el año 461.

 

Otros Santos de hoy: Virgen de la Almudena, Andrés, Avelino, Ninfa, Florencia, Demetrio, Modesto.

Justo y Rafael Mª López-Melús