Vísperas – Viernes XXXII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXXII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Cantadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

SALMO 144

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA: Rm 8, 1-2

Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

R/ Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
V/ Para conducirnos a Dios.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal
— por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofrece el pecado y aplaca la penitencia,
— aparta de nosotros el azote de tu ira, merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
— no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
— abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como hostia viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXXII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del evangelio según Lucas 17,26-37:

Y dijo Jesús a sus discípulos: “Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo que los hizo perecer a todos. Así sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste. «Aquel Día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y, de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán; habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán y a la otra la dejarán.» Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?» Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy sigue la reflexión sobre la llegada del fin de los tiempos y trae palabras de Jesús sobre cómo preparar la llegada del Reino. Era un asunto candente, que en aquel tiempo, causaba mucha discusión. Quien determina la hora de la llegada del fin es Dios. Pero el tiempo de Dios (kairós) no se mide por el tiempo de nuestro reloj (chronos). Para Dios, un día puede ser igual a mil años, y mil años igual a un día (Sal 90,4; 2Pd 3,­8). El tiempo de Dios corre de forma invisible dentro de nuestro tiempo, pero es independiente de nosotros y de nuestro tiempo. Nosotros no podemos interferir en el tiempo, pero debemos estar preparados para el momento en que la hora de Dios se hizo presente en nuestro tiempo. Puede ser hoy, puede ser de aquí a mil años. Lo que da seguridad, no es saber la hora del fin del mundo, sino la certeza de la presencia de la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará jamás (Cf. Is 40,7-8).
• Lucas 17,26-29: Como en los días de Noé y de Lot. La vida corre normalmente: comer, beber, casarse, comprar, vender, plantar, construir. La rutina puede envolvernos de tal forma que no conseguimos pensar en otra cosa, en nada más. Y el consumismo del sistema neoliberal contribuye a aumentar en muchos de nosotros esta total desatención a la dimensión más profunda de la vida. Dejamos entrar la polilla en la viga de la fe que sustenta el tejado de nuestra vida. Cuando la tormenta derriba la casa, muchos dan la culpa al carpintero: “¡Mal servicio!” En realidad, la causa de la caída fue nuestra prolongada desatención. La alusión a la destrucción de Sodoma como figura de lo que va a suceder al final de los tiempos, es una alusión a la destrucción de Jerusalén de parte de los romanos en el año 70 dC (cf Mc 13,14).
• Lucas 17,30-32: Así será en los días del Hijo del Hombre. “Así sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.”. Difícil para nosotros imaginar el sufrimiento y el trauma que la destrucción de Jerusalén causó en las comunidades, tanto de los judíos como de los cristianos. Para ayudarlas a entender y a enfrentar el sufrimiento, Jesús usa comparaciones sacadas de la vida: “Aquel Día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y, de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás”. La destrucción vendrá con tal rapidez que no merece la pena bajar a la casa para buscar algo dentro (Mc 13,15-16). “Acordaos de la mujer de Lot” (cf. Gén 19,26), esto es, no miréis atrás, no perdáis tiempo, tomad la decisión e id adelante: es cuestión de vida o de muerte.
• Lucas 17,33: Perder la vida para ganar la vida. “Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará”. Sólo se siente realizada la persona que es capaz de darse enteramente a los demás. Pierde la vida la que la conserva sólo para sí. Este consejo de Jesús es la confirmación de la más profunda experiencia humana: la fuente de la vida está en la entrega de la vida. Dando, se recibe. “En verdad os digo: el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Lo importante es la motivación que añade el evangelio de Marcos: “Por mí y por el Evangelio” (Mc 8,35). Al decir que nadie es capaz de conservar su vida con su propio esfuerzo, Jesús evoca el salmo donde se dice que nadie es capaz de pagar el precio del rescate de la vida: “Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su rescate; pues muy caro es el precio de rescate de la vida, y ha de renunciar por siempre continuar viviendo indefinidamente sin ver la fosa”. (Sal 49,8-10).
• Lucas 17,34-36: Vigilancia. “Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán; habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán y a la otra la dejarán.” Evoca la parábola de las diez vírgenes. Cinco eran prudentes y cinco necias (Mt 25,1-11). Lo que importa es estar preparado/a. Las palabras: “Una la tomarán y otra la dejarán” evocan las palabras de Pablo a los Tesalonicenses (1Tes 4,13-17), cuando dice que en la venida del Hijo seremos arrebatados al cielo junto con Jesús. Estas palabras “dejados atrás” proporcionan el título de una terrible y peligrosa novela de extrema derecha fundamentalista de Estados Unidos: “Left behind!” Esta novela no tiene nada que ver con el sentido real de las palabras de Jesús.
• Lucas 17,37: ¿Dónde y cuándo? “Los discípulos preguntaron: “¿Señor, dónde ocurrirá esto?” Jesús respondió: “Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres”. Respuesta enigmática. Algunos piensan que Jesús evoca la profecía de Ezequiel, retomada en el Apocalipsis, en la cual el profeta se refiere a la batalla victoriosa final contra los poderes del mal. Las aves de rapiña o los buitres serán invitadas a comer la carne de los cadáveres (Ez 39,4.17-20; Ap 19,17-18). Otros piensan que se trata del valle de Josafat, donde tendrá lugar el juicio final según la profecía de Joel (Joel 4,2.12). Otros piensan que se trata simplemente de un proverbio popular que significaba más o menos lo mismo que dice nuestro proverbio: “¡Cuando el río suena, agua lleva!”

4) Para la reflexión personal

• ¿Soy del tiempo de Noé y de Lot?
• Novela de extrema derecha. ¿Cómo me sitúo ante esta manipulación política de la fe en Jesús?

5) Oración final

Dichosos los que caminan rectamente,
los que proceden en la ley de Yahvé.
Dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón. (Sal 119,1-2)

Comentario- Viernes XXXII de Tiempo Ordinario

El discurso evangélico relativo al día de la manifestación del Hijo del hombre resulta ciertamente enigmático. Jesús se remite a hechos que se narran en los relatos del Antiguo Testamento (Génesis) como si hubiesen acontecido realmente en la historia. Uno de ellos es el diluvio, un verdadero cataclismo de dimensiones extraordinarias: Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos (a excepción de los supervivientes refugiados en el arca).

Equipara, pues, lo que sucedió con lo que sucederá. Aquel cataclismo de proporciones inmensas dejó sólo algunos supervivientes, hombres y animales, que tras el descenso de las aguas pudieron reiniciar su vida en la tierra. También en tiempos de Lot hubo otra catástrofe que sembró de muerte y desolación las ciudades de Sodoma y Gomorra. El fuego y el azufre llovidos del cielo acabaron con todos los habitantes, salvo con Lot y sus acompañantes que se alejaron oportunamente de la población incendiada. Así sucederá –anuncia Jesucristo- el día que se manifieste el Hijo del hombreAquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no intente recuperarlas, que no baje por ellas, le va a resultar inútil. Y si uno está en el campo, que no vuelvaAcordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Son imágenes que parecen tomadas de un terremoto o de un Tsunami como el habido en Japón hace apenas unos años. Más vale evitar la tentación de volver para recuperar lo perdido, porque uno puede quedar atrapado. Hay que escapar a toda prisa del radio de acción del movimiento, si es posible. Porque muchos perecen por no reaccionar a tiempo o por querer salvar sus posesiones. Pero en tales circunstancias lo importante es salvar la vida. Ni siquiera puede uno detenerse a mirar atrás, como la mujer de Lot. Esos segundos perdidos pueden ser fatídicos.

Jesús alude a cataclismos de dimensiones colosales, que no han dejado de repetirse a lo largo de la historia, pero que no parece signifiquen el final de todo y de todos. Siempre quedan supervivientes que escapan de la catástrofe: Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán; estarán dos en el campo: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. Si es así, no es el final para todos, aunque lo sea para muchos.

Los discípulos de Jesús, seguramente alarmados, le preguntan: ¿Dónde, Señor? ¿Dónde se producirá el suceso para poder prevenirlo? Y la respuesta del Maestro resulta aún más enigmática: Donde está el cadáver se reunirán los buitres. No se podrá, por tanto, anticipar ni el lugar, ni el tiempo. Sólo se conocerá una vez que haya sucedido. Donde se reúnan los buitres porque hay cadáveres, allí habrá sucedido la catástrofe.

Un país tan avanzado como Japón, con tantos medios técnicos para anticipar un fenómeno tan repetido como un temblor sísmico, no pudo evitar la catástrofe que se les vino encima de repente. Esto nos tiene que hacer tomar conciencia de lo frágiles que seguimos siendo pese al desarrollo científico y tecnológico logrado por la humanidad. Ante las fuerzas desatadas o incontroladas de la naturaleza, cuando alcanzan ciertas dimensiones, no podemos nada o podemos muy poco. A veces no podemos casi nada frente a una simple infección microbiana o frente a una mordedura venenosa de serpiente. No somos dioses ni semidioses. Por tanto, hagamos un ejercicio de humildad. No dejemos de hacerlo, porque nos ayudará a tomar conciencia de lo que realmente somos: criaturas demasiado vulnerables y frágiles como para creernos dioses o como para hacer ostentación de un presunto poder “divino”.

La ilusión no está en reconocer a Dios, sino en creernos Dios. Esta conciencia nos tendría que llevar a confiarnos a Él y a esperar nuestro final, sea el que sea, confiados en Él, que es poderoso para hacernos escapar de la muerte que nos acecha tantas veces a lo largo de la vida o de la muerte hecha realidad consumada en nuestras vidas. En cualquier caso, Dios, que es la realidad fundante, nos sostiene. Esperemos, pues, lo que tenga que suceder con serenidad, sin miedos paralizantes, y confiados en las manos poderosas de nuestro Dios y Padre. Por otro lado, vivir en un permanente estado de ansiedad sería insufrible. Pero la confianza que aporta la fe en el Dios de la vida y de la muerte, de la tierra y del cielo, nos permitirá vivir tranquilos incluso en situaciones críticas o catastróficas. Que así sea.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial

10. No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor. Por su parte, la Liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados “con los sacramentos pascuales”, sean “concordes en la piedad”; ruega a Dios que “conserven en su vida lo que recibieron en la fe”, y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin.

Misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO

 

SALUDO

Dios Padre, que nos llama a estar vigilantes porque en Jesús nos hace hijos de la Luz, y nos da su Espíritu, esté con todos nosotros.

ENTRADA

Si algo tenemos las personas, hermanos, es capacidad para orientar nuestro modo de actuar y para crecer y desarrollar los valores que lleva­mos dentro. Todos hemos sido enriquecidos con la vida, con la alegría, con la capacidad de superarnos. Y esos talentos que Dios nos da, además de ayudarnos a vivir, están destinados a ayudar a otros, para que buscando el bien común todos seamos miembros del Reino que nos trae Jesús. Es cier­to que a veces vamos escasos de fidelidad tanto a Dios como a las perso­nas, y que nuestros afanes no son del todo los que deberían ser: pero ahí estamos, con la invitación permanente de hacer de la Iglesia la comunidad querida por el Padre, donde prevalezca la misericordia, el perdón, la apues­ta por los crucificados del mundo, la ternura y la caridad. Sólo si vivimos así, aprovechando bien todos los dones recibidos y poniéndolos al servicio de otros, seremos cristianos de verdad, seremos la Iglesia de Jesús.

ACTO PENITENCIAL

Somos hijos de la Luz, pero nuestras limitaciones y pecados hacen que la Luz del Padre quede velada. Pidamos perdón al comenzar nuestra celebración:

– Cuando en el servicio a las personas vemos una carga, no una mues­tra de vivencia cristiana.

SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Cuando guardamos nuestras capacidades para los más cercanos, que no cuestionan nuestro modo de vida. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Cuando nos encerramos en seguridades vacías, con miedo a denunciar la injusticia.

SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Míranos, Señor, y danos tu perdón, que nos hace avanzar por la vida con limpia mirada. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, de quien recibimos todo bien; al celebrar la Eucaristía que nos une en tu Nombre, te rogamos que nos ayudes a ser, dentro de la Iglesia, personas activas y comprometidas, que vayan más allá de lo establecido, y que en todo sirvamos a los demás con ale­gría y entrega. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA SAPIENCIAL

La madre del rey  le muestra el tipo de mujer considerada ide­al en el pueblo de Israel. Nunca se trata de imitar, sino de buscar qué hay de válido para nuestra sociedad, pues corremos el riesgo de idealizar algo sin atender a lo actual.

 

LECTURA APOSTÓLICA

Los cristianos de Tesalónica debían andar preocupados por la llegada del “Día del Señor”. Pablo insiste en esta Carta en que lo importante no es la fecha o las circunstancias del tal venida, sino la fe en Dios que siem­pre cumple sus promesas, y en la actitud de estar “vigilantes y activos”, no por miedo sino con confianza en Dios

LECTURA EVANGÉLICA

El Evangelio de este domingo nos sigue invitando a estar vigilantes. No importa cuantos talentos tengamos o cuanta “producción” saquemos de ellos:lo que importa es que lo que hemos recibido nos lleve al com­promiso por los demás, nos lleve a ser trabajadores del Reino. Que no sea­mos empleados negligentes, sino activos y comprometidos en la medida de nuestras capacidades.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Presentemos con fe nuestras plegarias a Dios, el Padre de todos. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE

  1. Por la Iglesia. Que dé siempre y en todo lugar un buen testimonio del amor de Jesucristo. OREMOS:
  2. Por los jóvenes de nuestras comunidades. Que Dios suscite entre ellos vocaciones al ministerio sacerdotal y diaconal, y a la vida religiosa. OREMOS:
  3. Por los gobernantes de las naciones. Que dediquen todos sus esfuerzos a hacer posible una vida digna para toda persona. OREMOS:
  4. Por los pobres. Que encuentren en nosotros la presencia del amor de Dios que no les abandona. OREMOS:
  5. Por los ricos de este mundo. Que Dios les convierta y les haga generosos y desprendidos. OREMOS:
  6. Por los que trabajan al servicio de los pobres y necesitados, en entidades e instituciones tanto civiles como de Iglesia. OREMOS:
  7. Por nosotros. Que tengamos siempre muy presente la llamada que Dios nos hace para que vivamos atentos a todos los que sufren por la pobreza. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y llena el mundo con tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Dios, Padre nuestro, acepta estos bienes que te presentamos y haz que ellos alimenten nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para que vivamos siempre alegres sirviéndote a Ti y a nuestros her­manos. Por Jesucristo.

PREFACIO

En verdad es justo reconocerte, Señor, por toda la grandeza del Amor que nos muestras en cada momento; por ser Palabra creadora y Sabiduría que existes desde siempre en esa felicidad a la que nos invitas una y otra vez.

En tu Palabra queremos vivir y actuar, porque en medio de ella vamos descubriendo la luz y el sentido de cuanto somos y tenemos, y orienta nuestro caminar y nuestra esperanza, para que vivamos como auténticos hijos de la Luz.

Te pedimos, Señor, que Tú seas nuestra fuerza, la certeza en el cami­no para que podamos alabarte, como ahora lo hacemos, diciendo: Santo, .Santo, Santo…

 

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

A1 terminar la celebración te dirigimos, Señor, nuestra acción de gracias por los dones con que nos enriqueces; haz que al hacerlos fructificar en el servicio a los hermanos ayudemos a que otras perso­nas te reconozcan como el Dios Padre de todos. Por Jesucristo.

DESPEDIDA:

A veces nuestra tarea resulta dura: inviertir los talentos muchas veces se convierte en un aparente perderlos y eso nunca es plato de gusto. Sin embargo, sabermos de quién nos fiamos, sabemos que nos ha prometido una recompensa y, en defintiva, sabemos que merece más la pena el invertirlos arriesgando que guardarlos, anquilosados, despreciados quizá, estériles e inútiles para uno y para otros.

Misa del domingo

Como la parábola de las cinco vírgenes necias y de las cinco vírgenes sabias, también la parábola de los talentos está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico”.

En el Evangelio de este Domingo el Señor habla de un hombre que, «al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó».

Los empleados, o más precisamente siervos según la traducción literal de la palabra griega doulos, aparecen en los Evangelios como hombres de absoluta confianza. Así, por ejemplo, sus señores los envían a realizar misiones específicas (ver Mt 21,34-36; Mt 22,4.6) o les encargan el manejo económico de la hacienda, dándoles incluso la libertad para negociar con sus bienes. Sin embargo, no dejan de ser administradores que tendrán que rendir cuentas ante sus respectivos señores.

A los siervos de la parábola que ahora nos ocupa, su señor «los dejó encargados de sus bienes». Este acto implica darles pleno poder de decisión y de acción sobre toda la hacienda. La confianza depositada en sus siervos implica por parte de ellos una responsabilidad. Los siervos saben que su señor es exigente, que llegado el momento les pedirá cuentas de su administración, específicamente, de lo que han hecho con los talentos que les confió.

En su parábola el Señor habla de tres siervos. Cada cual recibe una determinada cantidad de “talentos”. El talento (del griego tálanton, que significa balanza o peso) era una unidad de peso equivalente a unos 42 kilogramos. Algunos sostienen que el peso era mayor, de unos 60 kilogramos. Se trataría, pues, de un determinado número de monedas, probablemente de plata, que sumaban ese peso. Algunos cálculos señalan que en la época del Señor un talento equivalía a 6000 denarios (una unidad monetaria), siendo un denario el jornal de un trabajador. Así, pues, la cantidad de dinero confiada a cada siervo, para aquella época, era exorbitante, incluso para aquél que “tan solo” recibe un talento.

En la distribución de los talentos el señor manifiesta conocer a sus siervos, pues da «a cada cual según su capacidad» para trabajar esos talentos, para invertirlos, para negociarlos y multiplicarlos. Sabe lo que cada uno es capaz de dar, y de acuerdo a ese conocimiento profundo les reparte los talentos.

La tarea de los siervos no es la de estar ociosos, sino la de trabajar arduamente en la administración de la hacienda de su señor: «los dejó encargados de sus bienes». Al entregarles sus bienes les da pleno poder de decisión y de acción sobre ellos. La confianza depositada en ellos trae consigo una enorme exigencia y responsabilidad. El señor espera de cada uno una gestión eficiente, concretamente con la cantidad de dinero que le confía a cada cual. Ellos saben que su señor “es exigente”: no reciben los talentos para guardarlos, sino para invertirlos y para, a su vuelta, le devuelvan no sólo la cantidad entregada sino también las ganancias. Esto lo saben los tres, tanto los dos que de inmediato se ponen a negociar responsablemente con el dinero a ellos entregado, como también aquél que entierra su talento.

En efecto, dos de los siervos fueron «en seguida a negociar con» los talentos a ellos confiados. El adverbio griego eutheos, traducido por “en seguida”, se puede traducir también por inmediatamente, prontamente. Ellos entienden perfectamente la intención de su señor y sin perder tiempo ponen manos a la obra.

El tercero, que recibe 42 kilos en monedas, decide enterrarlas, esconderlas, para que nadie se las robe. Él mismo explicará posteriormente a su señor el motivo o excusa que le llevó a tomar esa decisión: «Señor, sabía que eres exigente… tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra». Este siervo le echa la culpa al miedo de su inacción, de su opción de enterrar el talento. Pero si tenía miedo de perderlo todo —pues es el riesgo que existe en los negocios— y recibir por eso el castigo de su señor, ¿no debía al menos haber puesto el dinero de su señor en el banco, «para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses»? El miedo se revela como una excusa inaceptable. Más bien, detrás de ese supuesto miedo, el señor pone de manifiesto la verdadera razón de su opción: «Eres un empleado negligente y holgazán». Este siervo, con su excusa, se condena a sí mismo a ser despojado de todo y ser arrojado «fuera, a las tinieblas».

Los talentos pueden interpretarse principalmente como los dones o gracias concedidas a los discípulos, según su misión en la Iglesia y en el mundo. Muchos de ellos serían nombrados “administradores” de los bienes divinos (ver 1Cor 4,1s), que Dios da a cada cual por medio de su Hijo «para edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 12). En este sentido también se entiende la exhortación de Pedro a los cristianos: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1Pe 4,10).

Al pronunciar esta parábola el Señor se compara a sí mismo con el dueño de la hacienda. Él emprendería «un largo viaje» el día de su Ascensión. Desde entonces permanece “ausente”, más retornará glorioso al final de los tiempos. De aquél momento nadie sabe ni el día ni la hora, mas, cuando vuelva, cada “siervo” tendrá que dar cuenta del uso que ha hecho de los talentos confiados a él para su multiplicación. Jesucristo vendrá al final de los tiempos como Juez justo. A esta última venida se le conoce con el nombre griego de Parusía.

A quien haya sabido multiplicar los talentos “negociando” con ellos, el Señor lo calificará de siervo «fiel y cumplidor» y lo hará pasar «al banquete de tu Señor». La traducción literal del griego dice: «en el gozo (jarán) de tu Señor». Se trata de la felicidad eterna de la que gozarán los bienaventurados. La traducción litúrgica traduce “banquete”, dado que el gozo mesiánico era comparado a la alegría expresada mediante un banquete (Mt 8,11s; 22,8).

A quien haya enterrado sus talentos “guardándoselos para sí mismo”, se le despojará de todo talento y será «echado fuera, a las tinieblas». Se trata de una fórmula usual con que se designa el infierno, el estado de la ausencia absoluta y lejanía definitiva de Dios. Allí sólo habrá «llanto y rechinar de dientes», soledad y sufrimiento sin fin.

La enseñanza doctrinal fundamental es clara: Dios exige que los cristianos especialmente “multipliquen” los “talentos”, los Dones y Gracias a ellos confiados por Cristo, preparándose para dar cuenta de ellos el Día de su Parusía. El cristiano debe entender que enterrar sus talentos, esconder las riquezas inmensas que ha recibido en Cristo “por miedo”, es una omisión inexcusable que tendrá como consecuencia el despojo y la exclusión definitiva de la vida divina. Cada cual tiene en deber de hacer rendir los “talentos” que Dios le ha dado. Sólo así podrá participar también del gozo de su Señor por toda la eternidad.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Dios, junto con el don de la vida, ha dado a cada cual ciertos talentos. Entendemos por talentos dones, cualidades, capacidades que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida. Son como semillas que debemos hacer germinar y fructificar con inteligencia, con un trabajo paciente y esforzado, en cooperación con la gracia divina y según el Plan que Dios nos vaya mostrando.

Inmediatamente se nos viene esta pregunta a la mente: ¿cuáles y cuántos son mis talentos? Para ello es necesario conocerse bien uno mismo, iluminado por la luz de Cristo.

Ahora bien, muchas personas descubren sus talentos desde pequeños y aprenden a desarrollarlos. Pero, ¿los usan para el bien, y los usan para el bien común? ¿O se valen de ellos para alimentar su vanidad y su soberbia, para obtener poder, riquezas y placeres que no miran a dar gloria a Dios sino tan sólo a sí mismos?

La parábola de los talentos nos recuerda en primer lugar que los talentos nos vienen de Dios y que nosotros sólo podemos entendernos como administradores de los mismos. Por tanto no debemos buscar “apropiarnos” de ellos para buscar exclusivamente nuestro propio beneficio o para hinchar nuestro orgullo y vanidad, sino que hemos de buscar desarrollarlos según el Plan de Dios para el beneficio en primer lugar de aquellos que nos rodean y también de toda la sociedad. Los talentos que cada uno posee tienen, sin duda, una dimensión social fundamental.

Por otro lado hay muchos que se menosprecian de tal modo que terminan creyendo que nada tienen de valioso. Viven comparándose con personas exitosas, envidiando tal o cual talento, convencidos de que ellos mismos no tienen ningún talento o la capacidad para desarrollarlos. Son los que terminan enterrando sus talentos.

En realidad, nadie puede decir: “yo no tengo ningún talento”. ¿Es que acaso Dios no nos ha dado a todos la capacidad de amar? ¿Es que no te ha dado el talento del amor? Sí, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). ¡Ese es ya un “talento” inmenso, un don precioso!

Quizá has enterrado ese talento, esa capacidad de amar, porque “alguien” te hizo daño, porque alguien se aprovechó de ti o te defraudó, porque tu corazón se endureció, porque ya no eres digno o digna de ser amado, amada, o porque no sabes amar. Sin embargo, ése es un talento que todos podemos recuperar si acaso lo hemos “perdido”, o si nos hemos equivocado, porque el amor es tu vocación más profunda, porque estás hecho, hecha para amar, porque Cristo te ha reconciliado y ha derramado su Espíritu de amor en tu corazón, porque Él ha venido a enseñarnos cómo vivir el amor verdadero. Nadie tiene excusa para enterrar ese talento optando por vivir en la amargura, cerrándose al perdón, negándose a amar al prójimo. Quien cree que no tiene ese “talento”, es porque ha hecho la opción —y se mantiene tercamente aferrada a ella— de no amar, de enterrar ese talento.

Y en no otra cosa consistirá el juicio: el día que seas llamado a la presencia del Señor, se te preguntará qué hiciste con ese talento. ¿Acogiste el amor de Dios en tu corazón? ¿Te esforzaste en amar cada día como Cristo mismo nos amó? ¿Multiplicaste ese talento viviendo la caridad con tu prójimo, en lo pequeño, en lo escondido, en lo cotidiano y rutinario? ¿O lo enterraste, consintiendo el odio, el resentimiento, el egoísmo, el individualismo, la indiferencia, negando el perdón, cerrando el corazón a las necesidades del prójimo?

Oración del payaso

Señor:
Soy un trasto, pero te quiero;
te quiero terriblemente, locamente,
que es la única manera que tengo yo de amar,
porque ¡sólo soy un payaso!

Ya hace años que salí de tus manos
lleno de talentos y dones,
equipado con todo lo necesario
para vivir y ser feliz
–tu amor, tu caja de caudales,
tus proyectos,
tus sorpresas y regalos de Padre–.
Pronto, quizá, llegue el día
en que vuelva a ti…

Aquí estoy, Señor.

Mi alforja está vacía,
mis pies sucios y heridos,
mis entrañas yermas,
mis ojos tristes,
mis flores mustias y descoloridas.
Sólo mi corazón está intacto…

Me espanta mi pobreza
pero me consuela tu ternura.
Estoy ante ti como un cantarillo roto;
pero, con mi mismo barro,
puedes hacer otro a tu gusto…

Aquí estoy, Señor.

Señor:
¿Qué te diré cuando me pidas cuentas?
Te diré que mi vida, humanamente, ha sido un fallo;
que he perdido todo lo tuyo y lo mío,
y me he quedado sin blanca;
que no he tenido grandes proyectos,
que he vivido a ras de tierra,
que he volado muy bajo,
que estoy por dentro como mi traje,
cosido a trozos, arlequinado.

Señor:
Acepta la ofrenda de este atardecer…
Mi vida, como una flauta, está llena de agujeros…,
pero tómala en tus manos divinas.
Que tu música pase a través de mí
y llegue hasta mis hermanos los hombres;
que sea para ellos ritmo y melodía
que acompañe su caminar,
alegría sencilla de sus pasos cansados…

Aquí estoy, Señor.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXII de Tiempo Ordinario

      Una primera lectura del Evangelio de hoy nos puede asustar, ¡La que se nos viene encima con eso del “día del Hijo del hombre”! Parece que va a ser terrible. Todo va a suceder como es normal. Levantarse, comenzar el día, trabajar, comer, descansar, y vuelta otra vez a la misma historia. Pero, según nos dice Jesús, el día del Hijo del hombre toda esa normalidad va a terminar de golpe. Un corte tremendo que va a hacer parecer tonterías esas películas que hablan de desastres terribles. 

      Pero vamos a ser realistas. La vida nuestra tiene algo de ir de susto en susto. Y si leemos un poco de historia pues no haremos más que confirmar esa impresión. ¿Qué siglo se ha librado de guerras, epidemias, terremotos, terrorismo, dictaduras, huracanes y cosas peores? Seamos realistas: ninguno. A veces algún país tiene la suerte de vivir un periodo relativamente largo de paz, sin que sucedan ninguna de esas cosas terribles. Pero eso es casi más la excepción que la regla. 

      Por si alguno tiene alguna duda, que repase la historia reciente. Estábamos tan tranquilos, o más bien, creíamos estarlo, y llegó el covid 19 con su potencial de muerte. Está cambiando nuestras vidas, amenazando nuestra economía. Nadie se salva de él. Ciertamente el covid 19 no tiene prejuicios raciales ni de clase social. Y esto por comentar lo que más dicen los medios de comunicación. Porque guerras y terrorismo y mafias y otras cosas siguen campando en muchos países. 

      Jesús no nos está amenazando con el fin del mundo ni con el desastre. Más bien. Nos recuerda lo que nos dijo el otro día. El reino de Dios está dentro de nosotros y es hoy, aquí y ahora, donde nos tenemos que jugar nuestra vida. Es hoy, aquí y ahora, donde tenemos que dar el do de pecho como cristianos y seguidores de su buena nueva de amor y misericordia y perdón y reconciliación para todos. Hoy, cuando estamos en paz y tranquilos. Y hoy, cuando llega el covid 19 o cuando la violencia nos cerca o cuando el terremoto sacude nuestras casas o cuando sucede cualquier otra cosa que conmueve nuestras rutinas y nos obliga a cambiar el paso. El que ante esas nuevas situaciones pretenda salvar su vida, la perderá. El que pretenda hacer lo de siempre o esconderse asustado tratando de salvar lo suyo, lo perderá todo. Sólo el que abra los ojos e intente vivir en cristiano la nueva situación en que nos encontramos cada día, es el que gozará de la vida.

      Porque la verdad es que cada día es nuevo. Cada día se nos plantean desafíos, retos, situaciones adversas, complicaciones. En el trabajo, en la familia, en el barrio o en el grupo de amigos, en la sociedad, en el mundo. Cada día tenemos que responder en cristiano. Lo nuestro no es hacer del avestruz: esconder la cabeza en el suelo. Lo nuestro es, como Jesús y con Jesús, levantar la cabeza y tratar de responder con la dignidad de los hijos e hijas de Dios a esas situaciones que se nos plantean cada día. Sin miedo. Porque el amor de Dios está con nosotros.

Fernando Torres, cmf