I Vísperas – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene», dice el Señor.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 18,1-8
Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: «Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: `¡Hazme justicia contra mi adversario!’ Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: `Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme.’»
Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos relata otro asunto muy importante para Lucas, a saber: la oración. Es la segunda vez que Lucas nos trae palabras de Jesús para enseñar a rezar. (Lc 11,1-13). Nos ha enseñado el Padre Nuestro y, por medio de comparaciones y de parábolas, nos enseña que debemos rezar con insistencia, sin desfallecer. Ahora, esta segunda vez, recurre de nuevo a una parábola sacada de la vida para enseñar la insistencia en la oración (Lc 18,1-8). Es la parábola de la viuda que incomoda al juez sin moral. La manera de presentar la parábola es muy didáctica. Primero, Lucas da una breve introducción que sirve de llave de lectura. Luego cuenta la parábola. Al final, Jesús mismo la aplica.
• Lucas 18,1: La introducción. Lucas introduce la parábola con la siguiente frase: ” Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer”. La recomendación a “orar Sin desfallecer” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento (1 Tes 5,17; Rom 12,12; Ef 6,18; etc.). Este es un rasgo característico de la espiritualidad de las primeras comunidades cristianas.
• Lucas 18,2-5: La parábola. Luego Jesús presenta dos personajes de la vida real: un juez sin consideración para Dios y sin consideración para las personas, y una viuda que lucha por sus derechos ante el juez. El simple hecho que Jesús presenta estos dos personajes revela la conciencia crítica que tenía de la sociedad de su tiempo. La parábola presenta a la gente pobre luchando en el tribunal por sus derechos. El juez decide atender a la viuda y hacerle justicia. El motivo es éste: dejaré libre de la obstinación de la viuda y ésta deje de importunarle. Motivo bien interesado. ¡Pero la viuda obtuvo lo que quería! Es éste el hecho de la vida diaria del que Jesús se sirve para enseñar cómo rezar.
• Lucas 18,6-8: La aplicación. Jesús aplica la parábola: ” Oíd lo que dice el juez injusto; pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto”. Si no fuera Jesús, nosotros no tendríamos el valor de comparar a Dios con un Juez inmoral. Al final Jesús expresa una duda: ” Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» Es decir, ¿vamos a tener el valor de esperar, de tener paciencia, aunque Dios se demora en atendernos?
• Jesús orante. Los primeros cristianos tenían una imagen Jesús orante, en contacto con el Padre. De hecho, la respiración de la vida de Jesús era hacer la voluntad del Padre (Jn 5,19). Jesús rezaba mucho e insistía para que la gente y sus discípulos rezaran también. Pues es en la confrontación con Dios donde aparece la verdad y la persona se encuentra consigo misma en toda su realidad y humildad. Lucas es el evangelista que más nos informa sobre la vida de oración de Jesús. Nos presenta a Jesús en constante oración. He aquí algunos de los momentos en los que Jesús aparece rezando. Tú puedes completar la lista:
– A los doce años de edad va al Templo, a la Casa del Padre (Lc 2,46-50).
– Reza cuando es bautizado y asume la misión (Lc 3,21).
– Cuando inicia la misión, pasa cuarenta días en el desierto (Lc 4,1-2).
– En la hora de la tentación, se enfrenta al diablo con textos de la Escritura (Lc 4,3-12).
– Jesús tiene costumbre de participar en las celebraciones en las sinagogas, los sábados (Lc 4,16)
– Busca la soledad del desierto para rezar ( Lc 5,16; 9,18).
– La víspera de elegir a los doce Apóstoles, pasa la noche en oración (Lc 6,12).
– Reza antes de comer (Lc 9,16; 24,30).
– Cuando explica la realidad y habla de su pasión, reza (Lc 9,18).
– En la hora de la crisis sube al Monte para rezar y es transfigurado cuando reza (Lc 9,28).
– Ante la revelación del Evangelio a los pequeños, dice: “¡Padre, yo te alabo!” (Lc 10,21)
– Rezando, despierta en los apóstoles la voluntad de rezar (Lc 11,1).
– Reza por Pedro para que no desfallezca en la fe (Lc 22,32).
– Celebra la Cena Pascual con sus discípulos (Lc 22,7-14).
– En el Jardín de los Olivares, reza, sudando sangre (Lc 22,41-42).
– En la angustia de la agonía, pide a los amigos que recen con él (Lc 22,40.46).
– En la hora de ser clavado en la cruz, pide perdón por los ladrones (Lc 23,34).
– En la hora de la muerte, dice “¡En tus manos entrego mi espíritu!” (Lc 23,46; Sal 31,6)
– Jesús muere soltando el grito del pobre (Lc 23,46).
• Esta larga lista indica lo siguiente. Para Jesús, la oración estaba íntimamente unida a la vida, a los hechos concretos, a las decisiones que debía tomar. Para poder ser fiel al proyecto del Padre, trataba de quedarse a solas con él. De escucharlo. En los momentos difíciles y decisivos de su vida, Jesús rezaba los Salmos. Al igual que todo judío piadoso, los conocía de memoria. La recita de los Salmos no mató en él la creatividad. Por el contrario, Jesús llega a componer él mismo un Salmo que nos transmite. Es el Padre Nuestro. Su vida era una permanente oración. “No busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió.” (Jn 5,19.30) A él se aplica lo que dice el Salmo: “¡No hago más que orar!” (Sal 109,4)

4) Para la reflexión personal

• Hay gente que dice que no sabe rezar, pero conversa con Dios todo el día. ¿Conoces a personas así? Cuenta cómo son. Hay muchas maneras que la gente usa para expresar su devoción y oración. ¿Cuáles son?
• ¿Qué nos enseñan estas dos parábolas sobre la oración? ¿Qué nos enseñan sobre la manera de ver la vida y las personas?

5) Oración final

¡Dichoso el hombre que teme a Yahvé,
que encuentra placer en todos sus mandatos!
Su estirpe arraigará con fuerza en el país,
la raza de los rectos será bendita. (Sal 112,1-2)

Jesús advierte hoy a los justos, no a los pecadores

1.- Vamos acercándonos al final del Tiempo Ordinario y con ello a la conclusión del año litúrgico. Celebramos, hoy, el penúltimo “domingo ordinario”. La semana que viene, con la celebración de Jesucristo, Rey del Universo, se concluye, pues, el ciclo A. El Adviento es la espera del tiempo nuevo y, por tanto, lo anterior se relaciona con el final de los tiempos. O, al menos, con nuestro fin individual. La semana pasada, en la parábola de las doncellas se nos pedía mucha atención a la llegada, siempre inesperada, del Señor. Hoy, con el relato de los talentos se establece una advertencia dirigida a los justos, a los habituales en el trato de Jesús. No tanto a los alejados, a los pecadores. Y no nos engañemos tiene mayor dramatismo estas advertencias a los “buenos”, dirigidas a los que –tal vez– estamos seguros y un tanto ensoberbecidos como el fariseo petulante que acudía al templo a orar.

2.- Recibimos del Señor unos dones personales que debemos hacer crecer y trasladar a nuestros hermanos. No nos vale conservar igual lo que recibimos, porque eso significaría que no hemos trabajado suficiente. Si cada uno guardamos para nosotros solo lo que hemos recibido gratuitamente de Dios, defraudaremos al Señor, porque la mies es mucha y los operarios pocos. Pero, además, todo ello se inscribe con el universo de nuestra relación personal con el Señor Jesús. No podemos defraudarle, porque El nos sacó de la Tiniebla, nos hizo amigos suyos, nos enseñó que éramos hijos de Dios y nos mostró a los prójimos que sufrían y necesitaban ayuda. Ante ello no es posible cerrarse a todo y esperar una salvación justita, como los aprobados “por los pelos” de los malos estudiantes. Pero, al final, lo terrible no es la buena o mala evolución de nuestro trabajo. Lo peor es que Jesús nos echa de su lado, no quiere saber nada de nosotros. Le hemos defraudado.

3.- Cuando el Señor dice a su empleado inútil que si hubiera puesto el dinero en el banco se habrían, al menos, obtenido intereses, lo que nos está mostrando a nosotros es que con, simplemente, no enterrar nuestra vida sencilla, nuestro testimonio y dar en el exterior el limitado ejemplo que supone una actitud “poco heroica”, ya habría sido suficiente. Pero, si por el contrario, por miedo al mundo, al que dirán, enterramos nuestra substancia de cristianos, habremos cometido un grave pecado, susceptible de la dura condena del Maestro Bueno, de Nuestro Señor Jesús. Hemos de meditar en profundidad este tema los que, precisamente, solemos estar cerca del Templo y cerca de la Palabra. Imaginemos que al final de nuestra vida escucháramos de Jesús lo siguiente: “Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Es muy doloroso, ¿verdad? Sin embargo, es posible. Hemos de buscar el mayor desarrollo de nuestro trabajo como Hijos de dios y hermanos de todos.

Es cierto, por otro lado, que no se trata de una carrera obsesiva para obtiene premios de calidad y prestigio. El Señor lo explica claramente cuando en la parábola va a referirse de la misma forma a los dos siervos que han sacado rendimiento a su capital, aunque exista una enorme diferencia entre ambas ganancias. En la vida de este mundo no sería así. “Tanto tienes, tanto vales”, “tanto ganas, tanto vales” podría decirse, asimismo. No es así. Lo que importa es el esfuerzo y la rectitud, no el resultado concreto.

4.- San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses incide en esa realidad escatológica de la que la Escritura habla en todos estos domingos previos al Adviento. Pablo es muy preciso. Dice: “Sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: “Paz y seguridad”, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar”. Pero tiene, en efecto, un cántico a la Esperanza surgido de la fe en Cristo y por ello añade: “vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas”. Su epilogo es concluyente: “Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados”. La Escritura, pues, nos anima a esa vigilancia activa y alegre, no angustiosa y apesadumbrada, porque el Señor será muy generoso con quienes se esfuerzan en el camino, en la medida de las fuerzas de cada uno.

5.- La primera lectura, sacada del libro de los Proverbios, alaba la actitud de la mujer hacendosa y buena administradora del hogar. Puede parecer chocante en este tiempo en que las mujeres –la mayoría por necesidad– salen de su casa para trabajar. Pero este texto nos puede servir para meditar en profundidad sobre lo importante que es –aun estos tiempos– que la vida familiar esté dinámicamente organizada y que el hogar sea un centro de actividades y de relación. La educación de los hijos adquiere una importancia mayúscula cuando la familia funciona “todos los días” –y no solo los fines de semana– en el entorno de la casa común. Es posible, no obstante, que sea necesario ese trabajo externo realizado por ambos cónyuges y que las estrecheces físicas de las viviendas no permitan la presencia de los abuelos o de los tíos mayores. Y sin embargo, deberíamos ser más creativos para recrear –refundar– el núcleo familiar. El mantenimiento del hogar ya no es patrimonio exclusivo de las mujeres y si el hombre tiene un trabajo más flexible debería incidir en el mantenimiento del citado núcleo. Son reflexiones a las que nos incita ese magnifico texto del Libro de los Proverbios que no debemos, hoy, echar en saco roto. Utilicemos esta semana para meditar y discernir las enseñanzas y mensajes que las lecturas de hoy nos comunican.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

Jesús propone una parábola. Y el evangelista nos esclarece el motivo de la misma: para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse. Porque en la oración también puede cundir el desánimo: cuando creemos que no se nos escucha, que Dios está ocupado en otros asuntos más importantes; cuando pasa el tiempo y no obtenemos lo que pedimos; cuando nos parece que orar es inútil, porque pensamos que Dios no va a interrumpir las leyes de la naturaleza ni el curso de la historia por dar cumplimiento a nuestras peticiones particulares o que el mundo de las actuaciones humanas no es el mundo de las intervenciones divinas a pesar de nuestra fe en la Encarnación.

Si el desánimo se hace tantas veces presente en las actividades humanas que resultan arduas y se prolongan en el tiempo, mucho más cuando se trata de una actividad como la oración, insostenible sin la fe, que se mantiene a la espera de una señal o una respuesta de parte de Aquel a quien se eleva.

La parábola de Jesús que tiene como propósito combatir el desánimo que acecha siempre al orante es la siguiente: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

La situación enfrenta a un juez y a una viuda que acude a él en busca de justicia. Reclama, pues, lo que aquel puede darle en razón de su oficio, porque el juez está para impartir justicia. El juez es caracterizado negativamente como alguien que no teme a Dios ni a los hombres. Por tanto, no parece que se pueda esperar de él un acto de compasión, ni que actúe dejándose influir por el juicio o las presiones de otros. De hecho, por algún tiempo, se niega a tomar el caso entre las manos, seguramente por falta de interés. Desatiende, por tanto, los ruegos de esa viuda que no tiene más respaldo que su propia convicción y su propia insistencia. Quizá insista porque está convencida de que merece justicia.

Pues bien, finalmente aquella viuda, a base de insistir hasta el fastidio, obtiene del juez lo que se había propuesto, que interviniera en su causa. Si esa viuda se hubiese desanimado ante las primeras negativas del juez no habría podido alcanzar lo que buscaba. Pero lo logra a fuerza de perseverar en la petición, y lo logra de alguien a quien, por su actitud de desprecio o de indiferencia, era difícil arrancarle esa actuación en su favor.

Si la petición insistente de aquella viuda se revela finalmente eficaz, teniendo por destinatario a un juez poco dado a piedades y temores, ¿cómo no va a ser eficaz la petición que día y noche le dirigen a Dios sus elegidos? ¿No hará justicia Dios a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

Dios no es un juez inicuo, ni indiferente a nuestras súplicas. Dios no puede darnos largas como si no pudiera o no quisiera cumplir nuestras peticiones de justicia. Dios es Padre y es Juez justo. Pero ¿lo que solicitamos de Él es siempre un acto de justicia? ¿Y si nos da largas, no será porque de concedernos lo que pedimos nos haría más daño que beneficio? ¿No querrá mantenernos en la petición para ensanchar o elevar nuestros deseos y poder colmarnos de mayores bendiciones? Pero si se trata de hacer justicia, las palabras de Jesús nos invitan a esperar una pronta intervención de Dios.

No obstante, hay que aclarar que los tiempos de Dios no son los nuestros, y las injusticias pueden perpetuarse en el tiempo hasta la exasperación.

Pensemos en los tiempos de la persecución sufrida por los primeros cristianos en que algunos apologistas, como san Justino, tomaron la palabra para solicitar justicia de los emperadores. Pero la justicia no llegaba, porque los cristianos seguían siendo injustamente perseguidos, vejados y condenados a muerte. También Dios parecía sordo a tales gritos, que eran los gritos de sus elegidos. Llegó la paz constantiniana y aquella beligerancia cesó. Pero aquella paz tardó en llegar; además, no garantiza que no se produzcan nuevos brotes de cristofobia. Insisto, los tiempos de Dios no son los nuestros, ni las apreciaciones de Dios son las nuestras.

Pero vivir de la fe es vivir en estado de petición (u oración) y de acción de gracias (también oración). La fe sostiene la oración y la oración nutre la fe. El creyente y el orante se reclaman mutuamente. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?, ¿encontrará en la tierra la fe de que dio muestras aquella viuda ante el juez?

He ahí la cuestión, la gran cuestión. Porque si la fe desapareciera de la tierra, ¿qué quedaría? No cabe imaginar la vida humana en sociedad sin esa fe (humana) que hace posible la convivencia, sin esa confianza elemental que permite mantener a flote las relaciones sociales, familiares, laborales. Pienso en la confianza que otorgamos a nuestros padres, al marido o a la mujer, al médico, al camarero, al conductor, al analista, al biólogo, al que nos sirve la carne o el pescado o las medicinas o la leche, etc. Pero ¿podemos imaginar una sociedad sin fe en Dios? De hecho muchos parecen vivir como si Dios no existiera. ¿Podrá, sin embargo, mantenerse mucho tiempo esta situación? ¿Matar a Dios en las conciencias humanas no traerá consecuencias inimaginables para la humanidad como las que presagia Nietzche en sus visiones pseudoproféticas? ¿No nos crecerán los monstruos y las monstruosidades?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Necesidad de las disposiciones personales

11. Mas, para asegurar esta plena eficacia es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano. Por esta razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente.

Ajuste de cuentas

1.- “Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas” (Pr 31, 16) Esta pregunta del sabio de la Biblia recuerda a Diógenes, aquel filósofo griego que recorría las calles de Atenas con una lámpara encendida con la que, a pleno día, buscaba un hombre. En este caso se trata de una mujer. Casi me atrevo a decir que si difícil es encontrar a ese hombre, más lo es encontrar a esa mujer. Y esto porque si la mujer es buena, es mejor que el hombre. Igual que si es mala, es también peor que el hombre.

Su marido se fía de ella, nos dice el sabio inspirado por Dios, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida… Maravilloso tesoro y dichoso quien lo encuentra. Ideal sublime que toda mujer ha de afanarse por conseguir: ser una bendición de Dios donde quiera que se encuentre, poner al servicio de los demás toda la riqueza de su condición femenina. Dar ternura a la vida, dar sencillez y belleza, dar serenidad y sosiego. Convertir cada casa en un lugar apacible y cómodo, en un hogar limpio y tranquilo en el que permanezca la paz y la alegría de Dios.

Engañosa es la gracia y fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza” (Pr 31, 31) Ahí está el mal, en que a menudo se pone el valor de la mujer en su presencia física nada más. De ahí que, en la mayoría de los casos, la mujer se afane sobre todo en aparecer hermosa y atractiva, mientras descuida otros aspectos más importantes, aunque menos vistosos de momento. Hay que reconocer que la culpa, en gran parte al menos, la tiene el hombre, ese animalito extraño que teniendo la luz de la inteligencia se guía casi siempre por el instinto.

Así viene luego el triste, cuando no dramático, desenlace de la separación o el divorcio. Antes de que ese momento llegara, debería la mujer esforzarse por aparecer más bonita y arreglarse aun para estar en la cocina. Y junto a ese esfuerzo por estar siempre arreglada, poner en el trato la ilusión y el cariño de una novia. También aquí influye culpablemente el hombre, ese niño absurdo que no sabe apreciar las cosas, que es egoísta y que no piensa un poco más en los que tiene a su alrededor cuando está en casa… En fin, Señor, haz que cada hombre acierte al elegir a “su” mujer y que cada mujer encuentre a “su” hombre.

2.- “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 127, 1) Dicha y temor parecen, a primera vista, realidades contradictorias. Sin embargo, el texto inspirado las conjuga y las hace compatibles, animándonos con la promesa cierta de la dicha si tememos al Señor. Esta exhortación nos recuerda otro pasaje de la Biblia, que nos dice que el temor de Dios es el principio de la sabiduría.

Si nos paramos a pensar un poco junto a la luz de Dios, presente en especial cuando nos metemos por caminos de oración, entonces comprendemos que, en efecto, el temor reverencial y filial hacia el Señor nos induce a guardar gustosamente sus mandamientos, a ser fieles a sus más mínimas insinuaciones y exigencias. Y esto, necesariamente, nos lleva a la paz y a la alegría, a la dicha, en una palabra. Temer al Señor es lo mismo que reverenciarle, tenerle un profundo respeto, tener los mismos sentimientos que un buen hijo tiene para con su padre a quien admira y ama con todas sus fuerzas, a quien por nada del mundo ocasionaría el más mínimo disgusto.

“Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien” (Sal 127, 2) De nuevo se puede objetar que no es posible la dicha donde hay que trabajar. Lo bueno sería no trabajar y al mismo tiempo tener todas nuestras necesidades y caprichos cubiertos. Entonces, se piensa, sí habría una dicha completa.

La argucia de la mente humana que no profundiza en la condición íntima del hombre nos engaña con facilidad. En efecto, la experiencia nos muestra que hay más felicidad y dicha entre los pobres que entre los ricos. Y más generosidad también. Y, desde luego, hay más hombres serenamente felices, contentos y optimistas, entre quienes trabajan que entre quienes se pasan el día sin hacer nada.

El trabajo es fuente de alegría, de grandes satisfacciones cuando se hace bien y, sobre todo, cuando se realiza por amor de Dios. El que descubre el valor santificable, santificador y santificante de las tareas más menudas, ese ha encontrado la dicha más duradera, a ese, dice el Señor, todo le irá bien.

3.- “Sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche” (1 Ts 5, 2) Siempre hubo agoreros que vaticinaron a lo largo de la Historia la fecha del fin del mundo. Hubo momentos en que el pánico cundió en todos los hombres, aterrados ante ese cataclismo que se avecinaba. También hoy se han dado fechas concretas de ese día terrible, y corregidas luego ante el fallo de esos absurdos cálculos. En cambio, el Señor nos ha dicho que ese día vendrá de improviso, como un ladrón en la noche.

Esto puede engendrar en nosotros una postura peligrosa. Podríamos vivir angustiados como esos que señalan un día fijo; o por el contrario, podríamos olvidar que ese día llegará y seguir viviendo como si tal cosa, de modo frívolo e insensato. Sin caer en la cuenta de que habrá un día en que todo terminará para siempre, un día en que habremos de dar cuenta de todos nuestros actos, buenos o malos. Entonces no valdrán las disculpas, ni las mentiras de los falsos testigos. Ese día el justo juicio de Dios sonará implacable sobre cada uno de nosotros.

“Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente” (1 Ts 5, 6) Por todo eso hemos de vivir siempre alertas, con la guardia montada para que el enemigo no nos pille desprevenidos. Atentos y preparados para que la llegada del Señor no nos encuentre dormidos. Y estamos dormidos cuando vivimos habitualmente en pecado mortal, cuando no nos preocupamos seriamente de ser, más que de parecer, buenos cristianos.

Sed sobrios y vigilad, nos dice también en otra ocasión San Pedro en su primera carta. Vivir honestamente, con sobriedad, con sencillez, con generosidad ante las necesidades de los demás. Sólo así el día del Señor, el día de la ira, el día aquel, nos encontrará preparados para presentarnos ante el tribunal de Dios y escuchar la sentencia definitiva e inapelable. Si ahora vivimos vigilantes y sobrios, Jesús no será para nosotros juez severo, sino simplemente Jesús, es decir, Salvador.

4.- “… y se puso a ajustar las cuentas con ellos” (Mt 25, 19) Los discursos escatológicos del Señor, recogidos por San Mateo, son un texto adecuado para estos últimos días del año litúrgico. Con ellos vienen a la memoria los novísimos del hombre, buena receta según el sabio de Israel para no pecar. En esta ocasión, ese recuerdo saludable nos llega mediante la parábola de los talentos, que nos habla de los cuatro momentos últimos para todo hombre: la muerte, el juicio, el infierno y la gloria.

El fin comienza con la muerte. Pero antes está la vida, esa entrega de tiempo y de diversos dones con los que hemos de negociar durante un determinado período, de ordinario no muy largo… Sí, cuanto tenemos lo hemos recibido del Señor, para que lo hagamos fructificar, para que procuremos servir a los demás y servirnos nosotros mismos de esos bienes recibidos. No somos dueños absolutos de nada. Sólo administradores, que un día han de rendir cuenta de su gestión. El día de la muerte, en efecto, compareceremos ante el tribunal supremo cuyo juez es el mismo Dios. Ese momento es imprevisible, pero inexorable. Por eso hay que vivir siempre en vela, preparados para cruzar la terrible frontera del sepulcro.

Ajuste de cuentas con el Señor. Un juez al que no se le podrá engañar. Él tiene “anotado” en el libro de la eternidad cuanto hemos hecho de bueno y de malo. Su balanza es fiel, no admite componendas ni medidas falsas. Esta realidad, esta verdad de fe nos ha de empujar a trabajar con intensidad y constancia, a no desaprovechar ningún instante de nuestra vida. Todo nos puede y nos debe servir para ganarnos el cielo. El Señor será exigente, no cabrá la excusa del que enterró su talento para devolverlo al final, sin más pena ni gloria.

No puede ser una vida vacía la nuestra. Ha de estar llena de buenas obras, de servicio a los demás, de trabajo bien hecho. Ni un minuto puede quedársenos vacío, ni una línea en blanco. Dios nos da mucho, más de lo que uno se piensa. Pero también nos exige hasta el máximo. Tiene derecho a ello. Y nosotros tenemos la obligación de corresponder a su esplendidez. No nos arrepentiremos de hacerlo. Por el contrario, si no respondemos a esas divinas exigencias, lo pagaremos muy caro, con la condena eterna. Vamos, por tanto, a luchar por sacar fruto a esto que Dios nos da. Estemos seguros de que vale la pena decir que sí al Señor, sea lo que sea aquello que nos pidiere.

Antonio García Moreno

Hombres y mujeres que se mojan

1.- La pereza, el egoísmo, la sutileza o los celos, logran condicionar, encerrar, malgastar y ahogar lo mejor de nosotros mismos. ¿Qué es lo que realizamos por nuestra parroquia? ¿Qué esfuerzo evangelizador invertimos en nuestra familia? A menudo enterramos, por no decir ocultamos, la grandeza de la fe y de nuestra vida cristiana en el trabajo, en los amigos o en el ambiente donde nos encontramos.

Jesús, entre otras cosas, nos viene a decir que su reino necesita de cada uno de nosotros. De todo ese potencial creativo y espiritual, que llevamos en lo más hondo de nuestras entrañas desde la horaen que recibimos el bautismo.

Lejos de ser unos aprovechados, o unos oportunistas, no hemos de dejar escapar ocasión para volcarnos en el mundo con aquellos criterios que Jesús nos sugiere para una vida digna, honrada y justa.

2.- Miles de católicos, millones, hemos recibido talentos, actitudes, habilidades, impulsos que serían el no va más, si los pusiéramos al servicio de Dios y de su iglesia. No resulta fácil encontrar, hombres y mujeres exhaustos, invirtiendo tiempo y dinero para que Dios sea conocido y alabado en diversos lugares y, por el contrario, no resulta difícil dar con personas que han situado su forma de ver, de trabajar y de sentir la fe entre cuatro cómodas paredes.

Los talentos, también hoy, son más necesarios cuanto más peligro existe en una sociedad que eleva al podium a muchos des-talentadosconvirtiéndolos en ídolos o en modelos de referencia para la juventud, la política, la economía, etc.

Los talentos, en la vida activa de un cristiano, se traducen en una interpelación seria para los que nos decimos creer y seguir a Jesús: ¿Hacemos lo que debemos? ¿Deberíamos comprometernos un poco más? ¿Dejamos pasar ocasiones para proponer nuestra forma de entender el mundo y el hombre, por vergüenza, pereza, comodidad o miedo a la crítica?

Pronto llega el Adviento. Necesitamos una caricia de Dios. El mundo, capitalista y liberal, nos invita a atesorar, a guardar u –otras veces- a gastar en lo que arruina bolsillos y desestabiliza los corazones. Dios, por el contrario, nos enseña y nos invita a invertir hacia dentro, en ese gran banco de sentimientos y de vida interior, donde el Señor habla, corrige, dirige, aconseja e ilumina.

3.- Hoy, en este domingo, debiéramos de hacer un elogio a tantas personas que, lejos de esconder su fe y su pertenencia a la comunidad eclesial, la viven, la defienden y se mojanpara que Dios, lejos de ser silenciado en el rincón del olvido, pueda ser celebrado y descubierto antes que enterrado por los que teniendo mucho, en cierta forma, persiguenlos mínimos para los demás y los máximos para ellos.

No es cuestión pues, de prepararnos a bien morir, cuanto de una llamada a bien vivir. Estamos en noviembre, mes dedicado a la oración por nuestros difuntos. Que lejos de obsesionarnos por la muerte (y sin olvidarla) nos dediquemos a transformar con los valores del evangelio nuestra propia vida.

Entre la partida de Jesús y su segunda venida existe un momento apasionante en el que intervenimos nosotros con nuestra valentía, vigilancia activa y enemigos de la simple rutina o alejados de la comodidad.

Javier Leoz

Pon tus talentos a trabajar

1.- En el evangelio de Mateo esta parábola de los talentos (o las minas) está situada después de la del criado fiel y de las diez vírgenes (que escuchábamos el domingo pasado). A partir del versículo 31 del capítulo 25 se describe la parábola del juicio final que leeremos el próximo domingo, fiesta de Cristo Rey. Todas ellas tienen un carácter escatológico, pues describen lo que sucederá al final de los tiempos. Se nos pedía el domingo pasado una actitud de vela, de estar preparados. La parábola de los talentos nos enseña que además de la actitud de espera vigilante, es necesaria la actitud productiva, es decir dar frutos de buenas obras.

2.- Por la fe nos fiamos de Jesucristo, le seguimos y dejamos que El transforme nuestra vida. Creer en Jesucristo es comprometerse en la construcción del Reino. No se trata, por tanto, de quedarse con los brazos cruzados o de cumplir una serie de normas culturales o devocionales. El cristiano se distingue por lo que cree, por lo que celebra y por lo que vive. ¡Cuántas veces hemos escurrido el bulto, abandonando nuestro compromiso cristiano! ¡Que alguien actúe!, pero si todos decimos los mismo. Es más fácil contentarse con rezar, con no meterse con nadie, con cumplir el precepto dominical. Yo creo que al final de nuestra vida nos juzgarán sobre el modo en que hemos empleado los talentos que Dios nos ha dado. Es más fácil decir “yo no valgo”, o “no tengo tiempo”, o “no me atrevo”, o “me da miedo”. El evangelio de Mateo es duro con los temerosos, con aquellos que prefieren enterrar su talento.

3.- Lo primero que tenemos que hacer es descubrir nuestros talentos. Y lo digo en plural porque todos tenemos más de un don o carisma: inteligencia, palabra, espíritu de servicio, amabilidad, habilidad manual. ¿Cuáles son tus talentos? Después de reconocerlos hay que ponerlos en juego para bien de la comunidad. ¿Dónde soy necesario, qué servicio puedo prestar? Ahí está la llamada del Señor, El cuenta contigo. Pero cuidado, no actúes por vanagloria, para que te vea la gente, por autocomplacencia. Muchas veces hay intenciones ocultas en nuestros actos. En nuestras comunidades cada cuál está llamado a una misión según el carisma recibido. En ocasione pretendemos desempeñar funciones para las que no estamos llamados, causando con ello más daño que beneficio. Si Dios no te ha dado el carisma del buen oído no te empeñes en cantar en el coro.

Descubre cuál es el don que has recibido de Dios y sirve con él a tus hermanos. Pero no te angusties si no puedes hacer más, pues nadie te va a pedir más de lo que puedes dar, pero si te van a pedir cuentas de aquellos talentos que has enterrado.

José María Martín OSA

Despertar la responsabilidad

La parábola de los talentos es un relato abierto que se presta a lecturas diversas. De hecho, comentaristas y predicadores la han interpretado con frecuencia en un sentido alegórico orientado en diferentes direcciones. Es importante que nos centremos en la actuación del tercer siervo, pues ocupa la mayor atención y espacio en la parábola.

Su conducta es extraña. Mientras los otros siervos se dedican a hacer fructificar los bienes que les ha confiado su señor, al tercero no se le ocurre nada mejor que «esconder bajo tierra» el talento recibido para conservarlo seguro. Cuando el señor llega, lo condena como siervo «negligente y holgazán» que no ha entendido nada. ¿Cómo se explica su comportamiento?

Este siervo no se siente identificado con su señor ni con sus intereses. En ningún momento actúa movido por el amor. No ama a su señor, le tiene miedo. Y es precisamente ese miedo el que lo lleva a actuar buscando su propia seguridad. Él mismo lo explica todo: «Tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra».

Este siervo no entiende en qué consiste su verdadera responsabilidad. Piensa que está respondiendo a las expectativas de su señor conservando su talento seguro, aunque improductivo. No conoce lo que es una fidelidad activa y creativa. No se implica en los proyectos de su señor. Cuando este llega, se lo dice claramente: «Aquí tienes lo tuyo».

En estos momentos en que, al parecer, el cristianismo de no pocos ha llegado a un punto en el que lo primordial es «conservar» y no tanto buscar con coraje caminos nuevos para acoger, vivir y anunciar su proyecto del reino de Dios, hemos de escuchar atentamente la parábola de Jesús. Hoy nos la dice a nosotros.

Si nunca nos sentimos llamados a seguir las exigencias de Cristo más allá de lo enseñado y mandado siempre; si no arriesgamos nada por hacer una Iglesia más fiel a Jesús; si nos mantenemos ajenos a cualquier conversión que nos pueda complicar la vida; si no asumimos la responsabilidad del reino como lo hizo Jesús, buscando «vino nuevo en odres nuevos», es que necesitamos aprender la fidelidad activa, creativa y arriesgada a la que nos invita su parábola.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXXII de Tiempo Ordinario

      Hay parábolas que necesitan ser interpretadas. Los estudiosos de la Biblia han dedicado muchas horas y muchos libros a lo largo de la historia para desentrañar lo que Jesús quiso decir con algunas de esas historias. Pero la parábola de hoy, en principio, no necesita de ese trabajo. Jesús mismo interpreta la parábola para nosotros. 

      No es que Dios se parezca al juez injusto, que termina por hacer justicia a la viuda no por hacer justicia en sí, lo que debería ser su principal preocupación, sino porque la viuda no le deja tranquilo y le importuna. Lo que dice Jesús es precisamente lo contrario. Si el juez injusto es capaz de hacer eso, qué no hará Dios con sus elegidos, con sus pequeños, con sus hijos e hijas que claman a él día y noche. Eso es así independientemente de que cuando venga el Hijo del hombre se encuentre con esa fe y esa confianza en la tierra. Dios no depende de nuestra fe. Dios es lo que es: absoluto de vida, de libertad y de justicia. Y su ser no se cambia porque nosotros creamos o no creamos en él. 

      Pero me voy a atrever a interpretar de una manera un poco diferente esa historia de la viuda que importuna el juez hasta consigue que le haga justicia. Me gusta imaginar que Dios se parece un poco a esa viuda pesada, que a tiempo y a destiempo, persigue al juez hasta que consigue que cambie, que haga justicia, que haga las cosas bien, como las debe hacer. 

      Me gusta pensar que Dios, de muchas maneras, por caminos a veces muy extraños, nos busca y nos sigue, nos persigue, se hace el pesado con nosotros. Hasta que consigue lo que quiere: que descubramos que somos hijos e hijas suyos, que estamos llamados a vivir en el amor, a amar sin límite a nuestros hermanos y hermanas, a perdonar, a reconciliar, a ser misericordiosos como lo es Él. Y que solo por ese camino llegaremos a ser felices, a vivir en paz con nosotros mismos. 

      No siempre los caminos de Dios son los nuestros. Nosotros conocemos algunos de sus caminos: la iglesia, la palabra de Dios, los sacramentos, la oración… Todos esos son buenos caminos. Dios los sigue muchas veces para encontrarse con nosotros. Pero Dios es más grande que todo eso. Y sumamente libre. Y muy creativo. Capaz de imaginar siempre nuevos caminos para encontrarse con sus hijos e hijas por medios que nosotros no podemos ni imaginar. Dios es un poco, o un mucho, pesado y no ceja hasta encontrarse con nosotros, hasta tocarnos el corazón y curarnos nuestras llagas. Habrá quien no le sepa poner nombre, quien no le reconozca. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que el amor de Dios llega a todos los corazones. Sin medida. Sin límite. Porque Dios no deja nunca abandonado a ningún hijo suyo. Por más que nosotros no lo veamos ni lo entendamos. Eso forma parte de nuestra fe. 

Fernando Torres, cmf