Vísperas – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXXIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: Rm 15, 1-3

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Bendigamos a Dios, que mira propicio los deseos de los necesitados y a los hambrientos los colma de bienes; digámosle confiados:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren:
— acuérdate que, por ellos, Cristo, cabeza de la Iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.

Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos,
— y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.

Concede a tus hijos al fuerza necesaria,
— para resistir las tentaciones del Maligno.

Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte:
— para que puedan contemplarte eternamente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Conduce a los difuntos a la luz donde tú habitas,
— para que puedan contemplarte eternamente.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los que hemos sido aleccionados con los ejemplos de la pasión de tu Hijo estemos siempre dispuestos a cargar con su yugo llevadero y con su carga ligera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.

2) Lectura
Del santo Evangelio según Lucas 19,45-48

Jesús entró en el Templo y comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!»
Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban modo de hacerlo, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

3) Reflexión
• El contexto. Tras describir la subida de Jesús a Jerusalén (17,11-19,28), Lucas lo presenta ahora realizando su acción en el contexto del templo. Después de la entrada del enviado del Señor a Jerusalén pasando por la puerta de oriente (19,45), el templo es el primer lugar en que Jesús lleva a cabo su acción: las controversias que se narran tienen lugar en este sitio y a él hacen referencia. La subida de Jesús al templo no es sólo una acción personal sino que afecta también a la “multitud de los discípulos” (v.37) en su relación con Dios (vv.31-34). Lucas narra ante todo un primer episodio en el que presenta los preparativos de la entrada de Jesús en el templo (vv.29-36) y su realización (vv.37-40); sigue después una escena en la que se presenta a Jesús llorando sobre la ciudad (vv.41-44), mientras que en la siguiente encontramos la narración de nuestro pasaje de hoy: su presencia en el templo y la expulsión de los vendedores (vv.45-48).

• El gesto de Jesús. No tiene un valor político, sino una significación profética. Parecerá al lector que la meta del gran viaje de Jesús a Jerusalén es su ingreso en el templo. Es evidente la referencia a la profecía de Malaquías y su cumplimiento con la entrada de Jesús en el templo: “Y enseguida vendrá a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis…” (3.1). Jesús une al gesto de expulsar del templo a los vendedores dos referencia a la Escritura: Ante todo Is 56, 7: “Mi casa será casa de oración”. El templo es el lugar en el que Jesús se dirige al Padre. La actividad comercial y especulativa ha convertido el templo en una cueva de ladrones y lo ha desprovisto de su única y exclusiva misión: el encuentro con la presencia de Dios. La segunda referencia a la Escritura está tomada de Jr 7,11: “¿En cueva de bandoleros se ha convertido a vuestros ojos esta Casa que se llama por mi Nombre?”. La imagen de cueva de ladrones le sirve a Jesús para condenar el tráfico material en sentido amplio y no sólo los tráficos deshonestos que de manera velada e ilegal se cometían en el templo. Jesús exige un cambio de rumbo: purificar el templo de todas aquellas negatividades humanas y conducirlo a su función originaria: rendir verdadero servicio a Dios. Expulsando a estos impostores del comercio se cumple la profecía de Zacarías: “Y no habrá más comerciante en la Casa de Yahvé Sebaot aquel día” (14,21). Al pronunciarse así Jesús sobre el templo, no se refiere a una restauración de la pureza del culto, como era la intención de los zelotas. La intención de Jesús va más allá de la pureza del culto, es más radical, es intransigente: el templo no es una obra realizada por el esfuerzo humano; la presencia de Dios no está ligada a su aspecto material; el autentico servicio a Dios lo realiza Jesús en su enseñanza. Con motivo de esta predicación “los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo buscaban matarlo” (v.47). En los límites temporales del espacio del templo, Jesús lleva a cabo una enseñanza altamente significativa, es más, es justamente en este lugar tan fundamental para los judíos donde su enseñanza alcanza el vértice, y será desde aquí desde donde partirá la palabra de los apóstoles (Hch 5,12.20.25.42). La difusión de la Palabra de gracia de la que Jesús es el único portador se abre como un arco que tiene su inicio cuando con doce años discute entre los Doctores de la ley en el templo; continúa con su enseñanza mientras atraviesa Galilea y durante el camino hacia Jerusalén; y se completa con la entrada en el templo donde toma posesión de la casa de Dios. En este lugar se echan los fundamentos para la futura misión de la Iglesia: la difusión de la palabra de Dios. Los principales del pueblo no pretenden suprimir a Jesús por haber destruido los negocios económicos del templo, sino que sus motivos alcanzan a toda su anterior actividad docente y se hacen patentes ante el discurso contra el templo. Jesús reivindica algo que desencadena la reacción de los sumos sacerdotes y de los escribas. En contraste con esta actitud hostil aparece la actitud del pueblo “que le oía pendiente de sus labios”. Jesús es visto como el mesías que, con su Palabra de gracia, reúne en torno a él al pueblo de Dios.

4) Pare el examen personal
• Tu oración al Señor ¿consiste en una relación sencilla de padre a hijo como fuerza para comunicarte con Dios, o más bien está recubierta de costumbres y prácticas con la pretensión de conseguir su benevolencia?

• Al escuchar la palabra de Jesús, ¿te sientes cogido por su enseñanza como la multitud que estaba pendiente de sus labios? Es decir, ¿prestas la debida atención a la escucha del Evangelio para unirte a Cristo?  

5) Oración final
Considero un bien la ley de tu boca,

más que miles de monedas de oro y de plata.
¡Qué dulce me sabe tu promesa,
más que la miel a mi boca! (Sal 119,72.103)

Comentario – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

A diferencia de la versión de Mateo, Lucas ofrece una narración muy escueta –poco pródiga en detalles- de la expulsión de los vendedores del templo. Se limita a decirnos que Jesús, entrando en el templo (de Jerusalén), se puso a echar a los vendedores –no nos aclara siquiera de qué-, diciéndoles: Escrito está. «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Es evidente que a Jesús no le gustó nada el espectáculo que contemplaron sus ojos: un mercado en toda regla asentado en el mismo atrio del templo; un mercado que no era ajeno a lo religioso, puesto que lo que allí se compraba y vendía eran los animales que habían de ofrecerse en sacrificio con motivo de la Pascua, por tanto, las ofrendas de los sacrificios. Pero no por ser religioso, dejaba de ser mercado. Jesús entiende, pues, que han hecho de la casa de oración, un edificio destinado, según sus propios estatutos (lo escrito), a la oración, en un mercado donde se intercambian mercancías y dinero (las monedas de los cambistas).

El Maestro, sin embargo, emplea una expresión aún más dura e hiriente para los responsables de este travestimiento: una cueva de bandidos ladrones, como se quiera traducir. Han hecho de la casa de su Padre, casa construida para la oración y el encuentro con Dios, un espacio para el comercio o las transacciones mercantiles. Y esa deformación le resulta intolerable y le merece el nombre de cueva de bandidos. Su indignación le lleva a adoptar una postura cuasi violenta, derribando mesas y monedas y expulsando a los vendedores. Esta reacción les parece tan desproporcionada a los que la sufren –quizá también a los espectadores del suceso- que piden explicaciones.

Es la única ocasión en los relatos evangélicos en que vemos reaccionar a Cristo de manera airada, tanto que parece haber perdido el dominio de sí o la mansedumbre que venía caracterizando todas sus actuaciones. Pero no debemos exagerar esta impresión. Allí no hubo muertos. Sólo derribos del mobiliario y expulsiones. La acción de Jesús reviste incluso un carácter simbólico. Destruid este templo y en tres días lo levantaré –llega a decirles-. Estaba hablando del templo de su cuerpo, lugar por excelencia de la presencia de Dios.

Precisamente por tener esta dimensión simbólica, su denuncia no afecta únicamente a esos casos en los que vemos transformarse un espacio sagrado en espacio comercial o turístico, aun cuando los objetos de comercio lleven también el sello o la imagen de lo sagrado; afecta también a ese otro ámbito, más íntimo, de nuestro culto, o de nuestras relaciones con Dios, que pueden deslizarse casi sin darnos cuenta hacia formas mercantiles de transacción: do ut des, yo te doy (misas, rezos, limosnas, sacrificios) para que tú me des a cambio lo que yo te pido (salud, éxito, bienestar, vida eterna). Sin pretenderlo, podemos hacer de la religión (práctica religiosa) un instrumento para doblegar la voluntad de Dios, es decir, podemos convertir no sólo la casa de oración, sino la misma oración, en mercado o relación mercantil, más aún, en chantaje o asalto propio de bandidos.

A Jesús no sólo le desagradan los derroteros que viene tomando la religiosidad judía, sino que anuncia un tipo de religiosidad nuevo, basado en la recuperación de valores tradicionales como la “oración” que debe mantenerse en los edificios (templos) construidos con ese fin y en la introducción de nuevos valores, fruto de la nueva presencia (corporal y espiritual) de Dios en el mundo o presencia humanada del Hijo de Dios hecho hombre. A Dios únicamente podemos acercarnos con espíritu de humildad y de obediencia, sin las exigencias propias de los que se saben con derechos ante Él, simple y llanamente con el deseo de descubrir su voluntad para llevarla a la práctica.

Jesús hace ahora del templo su lugar asiduo de enseñanza. Y esto era un verdadero desafío para las autoridades religiosas de su tiempo, esas autoridades que legitimaban el tráfico comercial que allí se daba y que Jesús había desaprobado con su actuación y que desautorizaban, como muestran todos los indicios, la actividad que el Maestro de Nazaret venía desarrollando en el lugar. Por eso le piden credenciales que Jesucristo no puede mostrar porque carece de toda autorización humana. Esta es también la razón por la que empiezan a idear el modo de quitarle de en medio, y a ser posible cuanto antes mejor; y es que está empezando a resultarles realmente molesto. Con este fin se confabulan sumos sacerdotes, letrados y senadores del pueblo.

Pero no pudieron hacer nada contra él porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios. Era tal la popularidad alcanzada por Jesús, que no se atrevían a actuar en su contra en pleno día o a la luz del día. Más tarde, urdirían estratagemas de apresamiento menos manifiestas –o más noctámbulas- para llevar a cabo sus propósitos homicidas. Para evitarlo no bastó el respaldo del pueblo ni de sus discípulos, porque estaban en juego los designios divinos, y el Padre había decidido la entrega del Hijo en manos de sus asesinos. Por eso, en semejante trance se encontrará abandonado de todos sin otras manos en las que expirar que las del Padre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Vida litúrgica en los seminarios e institutos religiosos

17. En los seminarios y casas religiosas, los clérigos deben adquirir una formación litúrgica de la vida espiritual, por medio de una adecuada iniciación que les permita comprender los sagrados ritos y participar en ellos con toda el alma, sea celebrando los sagrados misterios, sea con otros ejercicios de piedad penetrados del espíritu de la sagrada Liturgia; aprendan al mismo tiempo a observar las leyes litúrgicas, de modo que en los seminarios e institutos religiosos la vida esté totalmente informada de espíritu litúrgico.

La misa del domingo: misa con niños

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

SALUDO

La Gracia y la Paz de Dios, que en su entrañable misericordia nos da a Jesús, y con la Fuerza de su Espíritu nos busca sin cesar, esté con todos nosotros.

ENTRADA

Quizá el título de “Rey” aplicado a Jesús sea de los menos afortunados que hayamos podido acuñar: lo importante es no dejarnos llevar por falsas imágenes, por supuestas grandezas, que nada tienen que ver ni con Jesús ni con su anuncio del Reino de Dios. Sabemos que la realeza de Jesús se mani­fiesta en la Cruz y en su entrega a los más sencillos y mcnesterosos de la sociedad, y es a ellos a quienes muestra el Amor preferente del Padre. De ahí la importancia de lo que hagamos o dejemos de hacer a las personas: no se nos va a preguntar por lecciones de doctrina, o por número de actos y ritos, sino por cómo hemos actuado, cómo hemos hecho del amor obras concretas y prácticas liberadoras. Cada día nos sobran más motivos para la entrega, para querer, acompañar, aliviar a los hermanos: en quienes más sufren está la realeza de nuestro Rey y Señor. Casi lo contrario a lo que solemos creer. Bienvenidos, hermanos.

ACTO PENITENCIAL

“El Señor es mi pastor, nada me falta”, rezamos con los Salmos. Pero, ¿de verdad ponemos nuestra confianza en el Señor? Pidamos ahora perdón:

 – Tú buscas a cada persona sacándola de la oscuridad para que viva en tu luz. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú has resucitado para vencer la injusticia y la muerte, y abrirnos cl camino de la Vida. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú nos enseñas que todo lo que hacemos con los más humildes lo hacemos contigo. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Señor, que reconociendo nuestras limitaciones, merezcamos recibir tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios Padre nuestro, que escribes la historia de cada persona lle­nándola de ternura y amor; acude en nuestra ayuda cuando los afa­nes de la vida nos lleven a la oscuridad, y haz que el amor que debe­mos a los más humildes les ayude a vivir con la dignidad de hijos tuyos y hermanos nuestros. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA PROFÉTICA

Ezequiel mantiene la esperanza de un nuevo pastor para el pueblo de Israel. Un nuevo pastor que en nada se parecerá a esos otros que dejan las ovejas sin cuidado, aprovechándose de ellas. Ese pastor es Dios mismo que nos busca a cada uno, nos encuentra, nos saca de la oscuridad, nos venda las heridas, nos apacienta y hace sestear.

LECTURA APOSTÓLICA

Cristo Jesús ha resucitado, primicia de todos los que han muerto. Por Él nos viene a todos la vida nueva, la resurrección. Y así la historia huma­na no es un caminar hacia la nada, sino hacia la plenitud: eso nos llena de alegría y de esperanza porque sabemos que Cristo tiene que reinar, y Dios será todo para todos.

 

LECTURA EVANGÉLICA

En la vida tenemos que ser expresión de la bondad de Dios, en el ser­vicio y la entrega a quienes sufren. De ahí que el amor a Dios y a las per­sonas vayan siempre unidos. Quizá nos toque oír: porque no tenía traba­jo y me ayudaste a encontrarlo; venía de otra cultura y me acogiste; estaba desesperado y fuiste para mí apoyo… Y el Señor nos dirá: “venid, bendi­tos de mi Padre, heredad el reino preparado desde siempre”.

ORACIÓN DE LOS FIELES

 Dirijamos ahora nuestras peticiones a Dios nuestro Padre, para que su Reino esté cada vez

más presente en nuestro mundo. Oremos diciendo: VENGA A NOSOTROS TU REINO.

  1. Por nuestra Iglesia. Que dé siempre testimonio de esperanza, de espíritu de concordia, de servicio a los pobres. OREMOS:
  2. Por nuestro obispo, por los sacerdotes y diáconos, por los religiosos y religiosas. Que con su vida y su palabra sean estímulo de nuevas vocaciones al servicio de la Iglesia. OREMOS:
  3. Por nuestro país. Que cada día avance por los caminos de la justicia, la solidaridad, la paz, el amor. OREMOS:
  4. Por los más necesitados. Por los que pasan hambre o sed, por los forasteros, por los enfermos, por los presos. Que puedan experimentar el amor de Dios a través nuestro.
  5. Por todos nosotros. Que la Eucaristía que celebramos nos ayude a vivir cada día más unidos a Jesucristo, nuestro rey y Señor. OREMOS:

OREMOS: Escucha, Padre, nuestras oraciones, y danos tu gracia, para que se abra paso entre nosotros tu Reino de paz, justicia y amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Junto al pan y al vino traemos al altar, Señor, todos nuestros mejo­res deseos de vivir en tu amor y de estar cercanos de los que sufren; haz­los fructificar por tu Espíritu, Tú, que todo lo puedes. Por Jesucristo.

PREFACIO

En verdad es bueno y necesario para nuestra vida de cristianos darte gracias y glorificarte, Señor, con nuestra voz y con nuestra vida. Tú, en cl momento culminante de la historia, has enviado a tu único Hijo Jesús, Camino que nos lleva hasta Ti, que nos enseña cómo tenemos que vivir si de verdad queremos alcanzar la fraternidad y la paz.

En Jesús, Hermano mayor, descubrimos que la realeza, lejos de ser privilegio, es siempre servicio a los más pobres, hasta dar la vida si es pre­ciso. Que la realeza se forja cada día desde la entrega, y que brilla con luz propia, no por títulos o grandezas, sino por la disponibilidad, la cercanía y el amor a todos. En este Jesús, en Cristo Rey, sí merece la pena creer. Permítenos unir nuestras voces a las de cuantos en el ciclo y en la tierra te glorifican, diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Llegue a Ti, Señor, nuestra gratitud por todo tu Amor, que vemos hecho realidad en Jesús, en el anuncio del Reino, en cuántas personas buscan el bien. Que tu Reino, por la entrega de la Iglesia y de los cris­tianos, llegue como vida y esperanza a todas las personas. Por Jesu­cristo.

DESPEDIDA:

Que nuestra fve debe traducirse en la vida no es una exigencia más de la misma, sino su propia esencia:  o vivimos la fe o no somos creyentes.

La misa del domingo

El Evangelio y las lecturas elegidas para la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, anuncian realidades escatológicas, es decir, aquellas cosas que vendrán luego de nuestra muerte y al final de la historia de la humanidad.

En el Evangelio, al concluir su “discurso escatológico”, el Señor anuncia un juicio final. Lo hace presentándose a sí mismo como el Rey-Mesías que al final de los tiempos vendrá en gloria, acompañado de sus ángeles, para juzgar a su rebaño. La escena hace eco del pasaje de Ezequiel (1ª. lectura), cuando Dios anuncia que luego de reunir a los miembros dispersos de su rebaño juzgará «entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío».

Está implícito que a esta convocatoria universal para presentarse ante el Rey-Mesías antecede la resurrección de todos los muertos. Otros pasajes de la Sagrada Escritura echan luz sobre este acontecimiento (ver 1Cor 15,51-57; 1Tes 4,16). San Pablo enseña que así como por Adán vino la muerte a todos los hombres, por Cristo todos los muertos volverán a la vida (2ª. lectura). Cristo, el primero en resucitar, será también modelo y principio de resurrección para todo ser humano.

La gran multitud de resucitados se presentará entonces ante el Rey-Mesías para el juicio universal. La sentencia de este juicio será pública y final.

Lo que resulta novedoso de este juicio es que lo que se presenta como materia de examen no son los males o crímenes cometidos por la persona a lo largo de su vida, sino el bien realizado u omitido, la caridad vivida o negada para con el prójimo necesitado de alimento, de agua, de cobijo, de vestido, de compañía. El juicio, en resumen, es presentado como un juicio sobre el amor, un amor a Cristo que se verifica en el amor al prójimo que sufre, especialmente a los “más pequeños”, es decir, a aquellos que son despreciados u olvidados por la gran mayoría: «cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron».

El amor al prójimo permite distinguir entre el amor genuino a Dios y el que sólo lo es en apariencia, de la boca para afuera. Quien no ama al hermano a quien ve, con un amor que se expresa en obras concretas de caridad, miente si dice que ama a Dios a quien no ve (ver 1Jn 4,20-21).

El juicio final dará lugar a una separación o división en dos grupos. Según el uso rabínico, cuando había que hacer una selección, a la derecha siempre se ponía lo mejor. Serán separados aquellos que supieron amar de aquellos que se cerraron al amor.

No habrá nuevas oportunidades, por medio de sucesivas reencarnaciones. Quienes en el transcurso de ésta su única vida (ver Heb 9,27) se negaron a amar, cerrando sus entrañas a las necesidades del prójimo, son calificados de “malditos”. Quizá el calificativo execratorio suene exagerado, demasiado duro; sin embargo, obedece a la realidad de un egoísmo que ha pervertido totalmente sus entrañas hasta hacerlo incapaz de amar. Incluso cuando cree que ama a otros, no ha hecho más que amarse a sí mismo.

La omisión, no hacer algo por remediar la necesidad o aliviar el sufrimiento del prójimo cuando está en sus manos el hacerlo, es lo mismo que obrar el mal y manifiesta una grave falta de amor que deforma el rostro humano hasta tornar maldito a quien está convencido incluso que ama a Dios porque cumple con participar de ciertos rituales religiosos externos. Lo único que ha hecho —y ante Cristo quedará patente— es tranquilizar su propia conciencia convenciéndose de que está bien con Dios mientras “no haga mal a nadie”, cuando de lo que en realidad se trata es de actuar por el amor y la caridad, de hacer el bien al prójimo, de hacerse solidario con su sufrimiento y buscar ayudarlo o acompañarlo de algún modo. El individualismo, en cerrarse en su propio mundo olvidando el sufrimiento de tantos, el pasar por la vida sin preocuparse más que de sí mismos, el egoísmo, el no hacer nada por los demás, conduce a cada cual a su autoexclusión de la comunión de Dios, que es Comunión de Amor.

Cabe resaltar que, por duro que sea, la sentencia final será irrevocable y eterna.

En efecto, el Señor anuncia que los malvados «irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». En cuanto al lugar del castigo eterno, se trata de la separación definitiva de Dios.

Por otro lado, «los justos irán a la vida eterna», que consiste en entrar con Cristo en la comunión eterna de amor con Dios y todos los que son de Dios.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

No son pocos los cristianos que rechazan las enseñanzas de la Iglesia sobre el infierno y prefieren creer que no existe, aduciendo que fue un “invento de curas” para mantener el dominio sobre los fieles. Ellos argumentan: “¿Cómo podría un Dios que es todo amor condenar al hombre a un lugar tan terrible, y por toda la eternidad? Si Dios es amor, entonces el infierno no existe”.

Sin embargo, allí están las tremendas palabras del Señor en el Evangelio: «Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». ¡Y no es la única vez habla de esta terrible realidad y posibilidad para nosotros! (Ver Mt 8,12; 10,28; 13,45; 22,13; 24,51; Mc 9,47; Lc 13,26-28). La doctrina sobre el infierno no es “invención” de la Iglesia, sino una enseñanza clara del Señor Jesús.

Pero, si esto es así, ¿cómo se conjuga con el amor infinito de Dios? Dios ciertamente es amor (1Jn 4,8.16). Nos ha creado por amor y para el amor. Por el inmenso amor que le tiene a su criatura humana, no quiere que nadie se pierda, y tanto lo quiere que Él mismo se ha hecho uno como nosotros, Él mismo asumió nuestra naturaleza humana para cargar sobre sí nuestro pecado y para reconciliarnos… ¡en la Cruz! Dios ha hecho todo, hasta lo impensable, para que su criatura humana tenga vida, la tenga en abundancia y la tenga para toda la eternidad. Por tanto el problema no está en Dios, sino en el hombre, en el rechazo que él hace de la invitación divina a participar de ese amor, en excluir a Dios de su propia vida para seguir su propio camino, lejos de Dios, sin Dios, y muchas veces en contra de Dios. Esto es lo que llamamos pecado.

A pesar de este rechazo, Dios nos sigue amando tercamente. Cristo en la Cruz perdona, reconcilia, toca y toca a la puerta del corazón de todo hombre invitándolo a abrirle. ¿Puede el amor de Dios expresarse en un grado más alto que ese? ¿Qué más pudo hacer Dios por nosotros?

Pongámoslo de un modo muy sencillo y comprensible. Si un hombre, que ama intensamente a una mujer, le propone matrimonio, le manifiesta su amor incondicional una y otra vez, pero ella una y otra vez le dice “no”, en algún momento él, aunque la siga amando, se apartará. ¿Qué más puede hacer, si ella no quiere? ¿Obligarla contra su voluntad? No sería amor, porque el amor exige libertad. No le queda más que dejarla ir. El problema no es que él no la ame, sino que ella, haciendo uso de su libertad, no quiere ese amor y lo rechaza. Ésa es su opción, es su decisión, absolutamente libre. Ante la propuesta de quien ama quien elige su destino es la amada: está en sus manos aceptarla o rechazarla. Algo análogo sucede con cada uno de nosotros: Dios nos ama, hasta el extremo, con “locura”. Por ese amor nos invita a participar de su comunión divina de amor, a ser amados por Él por toda la eternidad, a amar nosotros sin límite ni medida. Pero podemos decirle “no”, “déjame en paz”, una y otra vez, hasta que Él ya nada más pueda hacer, hasta que lo único que le quede sea dejarnos “en paz”. Y eso, justamente, es el infierno: la autoexclusión de la comunión con Dios. En el día del juicio Dios no podrá hacer otra cosa sino respetar esa opción.

Más a quien le abre las puertas a Cristo, a quien procura amar como Él y amarlo a Él en los hermanos concretos, sirviéndolos con generosidad, Dios lo recibirá en la eterna comunión de amor con Él y con todos los santos. Eso es el Cielo: amar y ser amados por siempre, viviendo una intensa y gozosa comunión de amor sin límite ni medida (ver 1Cor 2,9).

Nos mirará

No tenemos en nuestras manos
la solución a los problemas del mundo;
pero, frente a los problemas del mundo,
tenemos nuestras manos.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará las manos.

No tenemos en nuestro corazón
ternura para calmar tantos mares de violencia;
pero, frente a esos mares de violencia,
tenemos nuestro corazón.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará el corazón.

No tenemos en nuestras entrañas
consuelo para serenar este valle de lágrimas;
pero, frente a este valle de lágrimas,
tenemos nuestras entrañas.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos mirará las entrañas.

No tenemos en nuestra cabeza
sabiduría e inteligencia suficiente
para cambiar las cosas que no funcionan
pero, frente a la realidad nos queda la dignidad.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos preguntará por nuestra dignidad.

No tenemos en nuestro poder
la palabra con autoridad que manda
y, obedecida, cambia situaciones y circunstancias,
pero, frente a esas situaciones, tenemos palabra.
Cuando el Dios de la historia venga,
nos preguntará por nuestras palabras.

No tenemos en nuestra cartera
dinero suficiente para alegrar a los pobres;
pero a pesar de tanta pobreza y miseria
todavía ahorramos y nos sobra.
Cuando el Dios de la historia venga,
de nada nos servirán nuestros ahorros y monedas.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXIII de Tiempo Ordinario

La historia que se cuenta en el evangelio de hoy se desarrolla en los patios del Templo de Jerusalén, lugar que visitó Jesús antes de su pasión. Allí purifica y predica: Su furioso gesto va seguido de una explicación. La reacción de los testigos, como suele ocurrir en las páginas del evangelio, varía entre las autoridades y el pueblo. Resaltemos tres detalles de esta página.

  • Los motivos de la condena de Cristo. Los cuatro evangelios registran la expulsión de los vendedores del Templo, aunque Juan no lo emplaza en la misma víspera de su pasión. Los cuatro coinciden en que la relevancia del relato se funda en contener el motivo que dio pie a las autoridades religiosas del tiempo para condenar a muerte a Jesús: Su actuación pública y blasfema contra la institución más augusta de la religión judía: El Templo.
  • La razón de un gesto profético. Lo denuncia Jesús con claridad: Haber convertido un espacio de encuentro con Dios en antro de turbios negocios. Lo más sagrado se puede depravar. Ocurre cuando se corrompen las intenciones y los intereses que mueven la conducta religiosa: No se ama ni se sirve a Dios, sino que se le utiliza para conseguir sórdidos bienes. Esto para Jesús fue inaguantable.
  • El estupor de la gente. No pasó desapercibida esa actuación de Jesús, atrevida y escandalosa. Tampoco pasa desaperciba para nosotros. Pero no deberíamos dedicar mucho espacio a debatir si se trató o no de un acto violento de Cristo. El meollo consiste en entender que una reacción tan vehemente del Príncipe de la Paz, del manso y humilde de corazón, debía deberse a una causa grave en extremo.

Nos toca a nosotros repasar -y acaso reparar- la intención y orientación de nuestra vida cristiana. Porque puede convertirse en algo parecido a un negocio. Cuando falta el amor, inevitablemente se ambicionan ganancias, ventajas o privilegios. Dios no se presta a compraventas. ¡Así no!

Juan Carlos Martos cmf