I Vísperas – Jesucristo, Rey del Universo

I VÍSPERAS

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritu rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

SALMO 116:

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

LECTURA: Ef 1, 20-23

Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Tú eres Señor del universo.
V/ Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 20,27-40
Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, debe tomar a la mujer para dar descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos; la tomó el segundo, luego el tercero; y murieron los siete, sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.»
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos informa sobre la discusión de los Saduceos con Jesús acerca de la fe en la resurrección.
• Lucas 20,27: La ideología de los Saduceos. El evangelio de hoy comienza con esta afirmación: “Los saduceos sostienen que no hay resurrección. Los saduceos eran una élite aristocrática de latifundistas y comerciantes. Eran conservadores. No aceptaban la fe en la resurrección. En aquel tiempo esta fe comenzaba a ser valorada por los fariseos y por la piedad popular. Animaba a la resistencia de la gente en contra de la dominación tanto de los romanos como de los sacerdotes, de los ancianos y de los saduceos. Para los saduceos, el reino mesiánico estaba ya presente en la situación de bienestar que ellos estaban viviendo. Así seguían la llamada “Teología de la Retribución” que distorsiona la realidad. Según esta teología, Dios retribuye con riqueza y bienestar los que observan la ley de Dios, y castiga con el sufrimiento y la pobreza a los que practican el mal. Así, se entiende que los saduceos no querían mudanzas. Querían que la religión permaneciera tal y como era, inmutable como Dios mismo. Por esto, para criticar y ridiculizar la fe en la resurrección, contaban casos ficticios para mostrar que la fe en la resurrección llevaría a la persona al absurdo.
• Lucas 20,28-33: El caso ficticio de la mujer que se casó siete veces. Según la ley de la época, si el marido muere sin hijos, su hermano tiene que casarse con la viuda del fallecido. Era para evitar que, en caso de que alguien muriera sin descendencia, su propiedad pasara a otra familia (Dt 25,5-6). Los saduceos inventaron la historia de una mujer que enterró a siete maridos, hermanos entre sí, y ella misma acabó muriendo sin hijos. Y le preguntaron a Jesús. “Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.” Caso inventado para mostrar que la fe en la resurrección crea situaciones absurdas.
• Lucas 20,34-38: La respuesta de Jesús que no deja dudas. En la respuesta de Jesús aflora la irritación de aquel que no aguanta el fingimiento. Jesús no aguanta la hipocresía de la élite que manipula y ridiculiza la fe en Dios para legitimar y defender sus propios intereses. Su respuesta tiene dos partes: (a) vosotros no entendéis nada de la resurrección: “Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección.” (vv. 34-36). Jesús explica que la condición de las personas después de la muerte será totalmente diferente de la condición actual. Después de la muerte no habrá bodas, todos serán como ángeles en el cielo. Los saduceos imaginaban la vida en el cielo igual a la vida aquí en la tierra. (b) Vosotros no entendéis nada de Dios: “Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Y al final concluye: “¡No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven!” Los discípulos y las discípulas, que estén alerta y aprendan. Quien está del lado de estos saduceos, estará del lado opuesto a Dios.
• Lucas 20,39-40: La reacción de los otros ante la respuesta de Jesús. “Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Pues ya no se atrevían a preguntarle nada”. Muy probablemente estos doctores de la ley eran fariseos, pues los fariseos creían en la resurrección (Cf. Hechos 23,6).

4) Para la reflexión personal

• Hoy los grupos de poder ¿cómo imitan a los saduceos y arman manifestaciones para impedir mudanzas en el mundo y en la Iglesia?
• ¿Tú crees en la resurrección? Al decir que crees en la resurrección, ¿piensa en algo del pasado, del presente o del futuro? ¿Has tenido en tu vida alguna experiencia de resurrección?

5) Oración final

Creo que gozaré
de la bondad de Yahvé
en el país de la vida.
Espera en Yahvé, sé fuerte,
ten ánimo, espera en Yahvé. (Sal 27,13-14)

Una advertencia para toda la eternidad

1.- El Evangelio de hoy, que procede del capítulo 25 del libro de Mateo, guarda coherencia con los anteriores que hemos ido leyendo las semanas precedentes y que contienen advertencias firmes para el final de los tiempos. En definitiva, Jesús nos ha ido dando una serie de consejos a que vigilemos nuestra actitud ya que el tiempo se esta consumando. Sería con la parábola de las vírgenes que esperan al esposo y con los empleados que han tenido que administrar convenientemente los dones dados por su Señor. Pero hoy la advertencia tiene efectos de eternidad. No es ya –en si misma– una advertencia y si una sentencia definitiva.

Se ha acabado el tiempo y solo queda el juicio universal para iniciar lo eterno. No hay ya retorno. Ni otra oportunidad. El tiempo –y el espacio– tal como lo entendemos nosotros se ha terminado. Y, claro, el relato del juicio final nos llega en el último domingo del Tiempo Ordinario. El próximo ya será Adviento. Y, entonces, se abrirá un tiempo de esperanza y júbilo. Vamos a esperar al Niño que nos salva. Sin embargo, hoy Jesús quiere recordarnos el final de los finales. Y lo hace para que entremos purificados en ese ámbito de esperanza. O para, que a lo largo de los domingos que celebraremos hasta el Día de Navidad seamos capaces de enmendar nuestros caminos y allanar los personales riscos de conducta lejana a lo que es Jesús.

2.- Sobrecogen las palabras de Jesús. Y ninguno de nosotros quisiera oír, un día, el desprecio final que el Maestro expresa. Lo más duro es mas pensar que no nos deje seguir a su lado, que no nos reconozca y que nos llame malditos. Las palabras cálidas con las que nos rogaba que fuéramos a su lado si estábamos cansados y agobiados se han desvanecido. Asimismo parece que quedan muy lejos las invitaciones a portar carga y yugo suaves y ligeros. Nuestra salvación es un asunto personal. Es cierto que contamos con la ayuda de Dios, sin la cual habría posibilidad alguna. Pero eso no quiere decir que podamos transferir nuestra responsabilidad. Jesús nos ha ido repitiendo que hemos de perseverar, vigilar y estar atentos. Dios Padre lo ha expresado de la misma forma en toda la historia prodigiosa del Antiguo Testamento. Las pruebas de su ternura son idénticas al talante de Jesús con los enfermos, pobres y humildes.

Y dichas advertencias no son solo una secuencia histórica expresada en los Libros Sagrados. Dios se acerca a nosotros, todos los días, para hablarnos de manera privada y con los mismos contenidos. Luego, nosotros haremos lo que queramos, porque el mismo Dios no ha creado libres y el ejercicio de nuestra libertad es completamente intransferible. La existencia de la libertad marca la presencia de la justicia. Y ambas constituyen un modo muy especial de armonía. Tal vez, dura armonía, pero real, importante, inevitable. Nuestra fe en Dios, nuestra adhesión a Jesús, como Hijo Unigénito, nuestro amor a Dios y a los hermanos nos traerán la salvación. Pero podemos preferir otro camino y tenemos capacidad y libertad para seguirlo… Es nuestra responsabilidad, aunque hemos de tener esperanza en el amor de Dios sembrado en nuestra alma. Con esa confianza bien situada en nosotros todo es posible.

3.- “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Conviene hacer un hueco en nuestro corazón a estas palabras. Debemos escucharlas atentamente y releerlas en nuestros momentos de oración. No se trata de una invocación tremendista o terrorífica. La advertencia final del Señor Jesús debe servirnos como medicina para evitar los engaños del de siempre. Es fácil confiarse o autoengañarse. O dejar al Malo que nos engañe.

Y también la literalidad de estas palabras de nuestro Amigo nos es muy útil. La condena que hace no se refiere más que a la relación con nuestros hermanos más necesitados personificados en la mismísima figura de Cristo. Porque le vamos a preguntar: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Su respuesta será inequívoca: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” No hay mejor enseñanza. Es como el epílogo necesario a, por ejemplo, las bienaventuranzas. Se trata de una concreción fuerte para nuestra vida de cristianos. Además de nuestra fe, de nuestra religiosidad, de la necesaria vida íntima con Jesús tenemos que salir a la calle a ayudar a los hermanos mas necesitados. No hay vuelta de hoja.

4.- Sabemos, por otro lado, que la ayuda de Dios nunca nos va a faltar para seguir el camino adecuado. Y que escuchar a Jesús las palabras transcritas a continuación no es una realidad imposible si confiamos en Él y queremos servir a los hermanos. Merece la pena oírlas con mucha atención y, asimismo, releerlas con mucha entrega: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Y lógicamente esto producirá sorpresa, porque algunos de los buenos que han suspirado –y trabajado– para estar cerca de Jesús, tal vez no se hayan dado cuenta con suficientemente intensidad que en aquel pobre que echaron una mano estaba el mismísimo Cristo. Y, por tanto, el Señor va a decir: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Conviene, pues, valorar de manera muy precisa y objetiva el servicio a los demás, a nuestros hermanos, como lo más importante de nuestro amor a Dios. Es bueno repetir sobre esta idea e invitar a la meditación sobre este importante relato del Evangelio de Mateo.

5.- En la profecía de Ezequiel que hemos leído se dan pistas suficientes para mejor entender lo anterior. El Señor busca a sus ovejas, para amarlas y curarlas. Y después las separa, las elige. Nunca falta el amor de Dios. Quien elige otro camino, contrario a la salvación, ha de hacerlo en contra del Señor. Luchando contra su ayuda manifiesta. No es cierto del todo que el camino más fácil sea el de la perdición. A veces, instintos, placeres, engaños llevan hacia situaciones difíciles, a pecados manifiestos. Pero, en seguida, aparece el Señor en nuestro rescate. La separación definitiva es algo más duro, mas profundo. Es una ruptura violenta, avalada por la soberbia y enmarcada en la desidia. Es necesario examinar nuestras conciencias. Y tener un análisis objetivo de la forma de actuar. No es ocioso entrar, a veces, en el pormenor de una mala actuación. No se trata, por supuesto, de hurgar en el mal. Se trata, solo, de conocerlo y evitarlo. El ejercicio nos servirá para conocernos mejor y estar preparados ante otros embates del Malo.

El análisis que hace San Pablo de los tiempos finales es, además, de profético, verdaderamente importante. Es sabiduría divina expresada en magnífico lenguaje. De este final Pablo nos dice en su Primera Carta a los Corintios que “el último enemigo aniquilado será la muerte”. Y añade que “cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos”. Es el final absoluto. Es el principio del firme y permanente Reino de Dios. Y tras todo esto se nos va abriendo la esperanza del tiempo del Adviento. Hemos de llegar al mismo bien preparados y estas lecturas de la misa de hoy nos ayudan.

6.- La tradición llama al domingo que celebramos hoy de “Cristo, Rey del Universo”. Que el Verbo es rey de todo lo creado es más que obvio. Y es rey, además, de nuestras almas y de nuestros caminos. No obstante algunos quisieron ver, en su día, una cierta dimensión terrena y política a este título. La política se ha mezclado con la vida de la Iglesia desde siempre. Y no es política lo que preconiza el Salvador sino servicio. Y los políticos aunque dicen que sirven, en la mayoría de los casos quieren servirse de los demás. Aunque, tal vez, no deberíamos ser tan severos con los políticos. San Pablo decía que había que orar por ellos y así, muchas veces, en la oración de los fieles de la Santa Misa, se pide por ellos y por la validez comunitaria de sus trabajos. Lo malo es politizar a Cristo y a su Iglesia. Y eso se ha intentado siempre: desde la izquierda a la derecha; desde las monarquías o desde las repúblicas. Pero nuestra seguridad está en considerar a Cristo nuestro único Rey. Y Él reina en un espacio y un tiempo –en un Reino– que nunca se acaba.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

En cierta ocasión, refiere el evangelista, se acercaron a Jesús unos saduceos, miembros de la aristocracia judía y doctrinalmente contrarios a la idea de la resurrección de los muertos. Le plantean un caso límite que les permite desacreditar o presentar como poco sostenible la fe en la resurrección. Se trata de una mujer que ha estado casada con siete hermanos tras haber enviudado de cada uno de ellos y haberse vuelto a casar con el siguiente, conforme a la ley mosaica del levirato que dice: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano».

Tenemos, pues, a una mujer que ha estado casada con siete hombres. La cuestión que se plantea es la siguiente: Cuando muera la mujer y llegue la resurrección, ¿de cuál de aquellos hombres con los que estuvo casada en la tierra será mujer por toda la eternidad, o habrá que pensar que será la mujer de todos ellos y que en el cielo, por tanto, se admitirá la poligamia que no estaba permitida en la tierra? La circunstancia es límite, pero podría valer cualquier caso de segundas nupcias: un marido casado por segunda vez con otra mujer o una mujer casada por segunda vez con otro hombre. Si la resurrección recupera las vidas de los muertos, se verían unidos en matrimonio con varias personas simultáneamente. La resurrección vendría a consagrar y a inmortalizar semejantes uniones poligámicas. Este pensamiento les llevaría, hipotéticamente, a descartar la resurrección como poco adecuada o inconveniente.

Jesús, en su respuesta a la cuestión planteada, acentúa el contraste entre la situación (marital) de hombres y mujeres en esta vida y su situación (angélica) en la otra. En esta vida, dice, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Según esta observación, en la vida futura, entre los resucitados, ya no habrá matrimonios (no sólo los que pudieran celebrarse en la eternidad, sino los ya celebrados en el tiempo) ni, en consecuencia, relaciones matrimoniales; pues ya no pueden morir, ni necesitan procrear para la perpetuidad de la especie. Desaparecerá la institución matrimonial, porque seremos como ángeles.

No seremos ángeles, puesto que somos hombres; pero sí seremos como los ángeles en lo que se refiere a la corporeidad (gloriosa), a la inmortalidad o a la espiritualidad. ¿Qué necesidad hay de matrimonio entre seres inmortales o entre seres dotados de cuerpos gloriosos? Y como no habrá matrimonios, tampoco habrá poligamia y menos aún promiscuidad. Pero sí habrá fraternidad, puesto que habrá hijos de Dios, en plural, e hijos de Dios resucitados. Es precisamente la participación en la resurrección la que nos hace definitivamente hijos de Dios. Tan definitivamente que ya nada ni nadie nos podrá arrebatar esta condición filial y fraternal; pues la filiedad deriva en fraternidad. Somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre. Luego no habrá matrimonios, pero habrá amor mutuo, amor de hijos y de hermanos, y amor plenificante, capaz de colmar las ansias de unidad que bullen en el corazón humano.

Jesús completa su respuesta remitiéndose a la Sagrada Escritura, palabra autorizada no sólo para él, sino también para los saduceos que intervienen en el debate; concretamente menciona el episodio (teofánico) del libro del Éxodo en el que Moisés contempla una zarza ardiendo que no se consume y se dirige al Señor llamándole: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», e interpretando que todos ellos le son contemporáneos habiendo pertenecido a generaciones distintas en el tiempo.

Si los personajes mencionados estuvieran muertos, Dios ya no sería su Dios. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Moisés puede referirse a su Dios, el que le ha librado de la muerte, el que ahora entra en contacto con él, como Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob porque, para Él, todos ellos están vivos. De no estarlo, habría dejado de ser su Dios. Dios, aun siendo creador y conservador de la materia inorgánica, no es propiamente su Dios, al menos no es el Dios de la alianza que entra en contacto con seres vivos como Moisés.

Jesús presenta las palabras de Moisés como una indicio de que hay resurrección de muertos, puesto que su Dios es también el Dios de sus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob que, indudablemente, ya murieron, pero que tienen que estar vivos para que Dios sea también su Dios. Y para estar vivos, tras haber muerto, tienen que pervivir tras la muerte o tienen que resucitar. El recurso de Jesús a este pasaje de la Escritura y la interpretación que ofrece de él revelan con toda claridad su postura doctrinal a favor de la resurrección, ganándose en este caso la aprobación de los fariseos (letrados) que, como él, también eran partidarios de la resurrección de los muertos.

Tras la respuesta a la objeción, no se atrevieron ya a hacerle más preguntas. Ahí concluye el debate, pero no las consecuencias que podemos extraer. Porque si creemos en la resurrección hemos de mirar la vida que ahora disfrutamos y padecemos temporalmente con otros ojos, y sobre todo la muerte que pone término a esta vida. Aunque la vida, por el hecho de ser vida, se resiste a la muerte, dependerá del modo en que se viva la vida, padeciendo o disfrutando, para que la muerte sea mejor o peor recibida, si bien sólo en circunstancias extremas de sufrimiento estamos en disposición de darle la bienvenida. Pero si la muerte nos abre la puerta a la vida futura, trámite la resurrección, tendríamos que tener una actitud más positiva ante ella.

A veces se compara la muerte con un parto: el parto nos traslada de la vida intrauterina a la vida extrauterina; la muerte, de la vida temporal a la eterna; en ambos casos hay trance y tránsito; pero en el parto no muere nada, mientras que en la muerte fenece la vida temporal en el estado en que se encuentre, en su plenitud o en su decrepitud. La experiencia del parto suele resultar traumática; la de la muerte también. Pero en el parto hay certeza de nacer a la vida en la que se suceden el día y la noche, y en la muerte podemos no tener esta certeza porque nos falta fe en el Dios que resucita a los muertos dándoles nueva vida. Pero si tuviéramos la certeza que otorga la fe viviríamos con otro ánimo el trance amargo de la muerte. Que Dios aumente nuestra fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Vida litúrgica de los sacerdotes

18. A los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, que ya trabajan en la viña del Señor, se les ha de ayudar con todos los medios apropiados a comprender cada vez más plenamente lo que realizan en las funciones sagradas, a vivir la vida litúrgica y comunicarla a los fieles a ellos encomendados.

Un rey distinto

1.- “Así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro” (Ez 34, 11) Que distinto es Cristo Rey a los reyes de la tierra. Al entrar triunfalmente en Jerusalén su figura real fue totalmente nueva, sorprendente. Un rey que montaba sobre un asno, aclamado por los niños, odiado por los capitostes del Templo. Un rey que iba a ser coronado de espinas ante el griterío de la turba y las burlas de la soldadesca. Un rey cuyo trono estaría en una cruz y cuyos adornos serían las huellas cárdenas sobre su carne desnuda y azotada.

Un rey que es como un pastor que sigue el rastro de su rebaño cuando las ovejas se dispersan. Él mismo las librará, las sacará de todos los lugares donde se desperdigaron en el día de los nubarrones y de la oscuridad… Bendito seas mil veces, mi Rey humilde y bueno, mi Dios de infinito amor, Rey de verdad, Rey absoluto. Míranos con misericordia a nosotros, las ovejas de tu rebaño, que tantas veces andamos descarriados, alejados de ti, de espaldas a tu realeza.

“He aquí que yo voy a juzgar…” (Ez 34, 17) Rey de tremenda majestad. Cuando vuelvas a la tierra el orbe entero se estremecerá desde sus cimientos ante tu presencia soberana… Al hacerte tan humilde, al bajarte tanto, al presentarte como un pobrecito hombre más, nos hemos olvidado de tu divinidad, de la trascendencia de tu realeza. Y te hemos despreciado, te hemos desobedecido, nos hemos reído de ti, hemos coreado de alguna manera el grito salvaje de los que se mofaron de ti diciendo: “Salve, rey de los judíos”.

Ten misericordia, Señor, en ese día del juicio. Recuerda que somos de barro, unos pobres estúpidos, incapaces tantas veces para amarte de modo adecuado… Y ahora, aunque sólo sea de palabra, aunque sólo sea por este momento, te proclamamos nuestro Rey. Sí, Señor, Tú eres el Rey de nuestra tierra y de nuestra alma. Cuanto tenemos lo ponemos a tu servicio, con la ilusión y el propósito de contribuir, cada uno a nuestro modo, a la extensión universal de tu reinado de amor.

2.- “… me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa…” (Sal 22, 5) La unción es un rito sagrado que ha pervivido a lo largo de los siglos. Con esa ceremonia de ungir en la cabeza al elegido se simboliza, y se realiza, la consagración de una determinada persona, para una misión sagrada e importante. La de ser rey, por ejemplo, o profeta, o sacerdote. En la liturgia actual este rito pervive en sacramentos tan importantes como son el Bautismo y el Orden sacerdotal.

Desde que el hombre es bautizado pasa a formar parte de los hijos de Dios, participa del sacerdocio real de Cristo. Él, Jesús, es el Ungido por excelencia, el Mesías, el Cristo. Estos tres títulos vienen a significar lo mismo. Aspectos que se relacionan con la unción del Hijo de Dios hecho hombre, que con su muerte nos ha liberado, siendo exaltado sobre todas las cosas. En cuanto a la unción en el Sacramento del Orden hace al ungido partícipe del sacerdocio ministerial, capaz de administrar los misterios de Dios, como son el Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía

“… y habitaré en la casa del Señor por años sin término” (Sal 22, 6) Grandeza suprema de Jesucristo, realeza máxima, majestad infinita, Sumo Sacerdote. Y de esa dignidad divina venimos a participar nosotros, pobrecitos hombres. Con razón enseña San Pedro que somos linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa. Son palabras tomadas del libro del Éxodo, dichas por el Señor cuando escoge a Israel para que sea su pueblo.

Cristo Rey se nos presenta radiante, luminoso, triunfador definitivo del demonio y de la muerte. El Señor quiere hacernos partícipes de tan rico botín, alcanzado en el Calvario. Ante su magnanimidad nosotros nos postramos en adoración rendida y le acatamos como Rey. Él nos colma con sus riquezas, nos hace partícipes de su sacerdocio, de su profetismo y de su realeza. Pensemos en ello y seamos consecuentes con tan gran dignidad. No empequeñezcamos nuestra vida con afanes mezquinos. Estamos llamados a grandes cosas. Extendamos la mirada hacia el universo entero, sintámonos como lo que somos, ciudadanos del Cielo en cualquier parte del mundo. Y en esta fiesta de Cristo Rey pidamos para que todos los hombres, heridos por el pecado, nos sometamos a este reinado y aclamemos gozosos a nuestro Rey y Señor. Nos va en ello nuestra felicidad eterna.

3.- “Cristo ha resucitado, primicia de todos los muertos” (1 Co 15, 20) En el mes de ánimas está la fiesta de Cristo Rey. Dentro de este período en el que se recuerda la muerte, el juicio, el infierno y la gloria, la Iglesia nos recuerda también que Cristo ha vencido a la muerte, se ha declarado Rey de la vida mediante su Resurrección gloriosa. En consecuencia él será nuestro juez que con justicia y misericordia dará la sentencia inapelable.

De ese modo conseguiremos que la muerte, tan acorde con el paisaje otoñal de este tiempo, pierda su aspecto macabro y no nos lleve a la desesperanza o a la tristeza. Porque si es cierto que por la desobediencia de un hombre, Adán, vino la muerte al mundo, dominando implacable a todos los hombres, también es verdad que por la obediencia de otro hombre, de Cristo, ha entrado la vida a raudales sobre los hombres. Y así, entre la neblina y la nostalgia de estos paisajes de hojas caídas, brilla el Sol que nace de lo Alto, el resplandor de la Luz de luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

“El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Co 15, 26) Sí, es verdad que todavía nos domina la muerte, es cierto que también ahora se cobra sus víctimas. Insaciable “Dama del alba” que vuelve una y otra vez a nuestras casas, a nuestras calles, a nuestras carreteras, tan llenas de vida y tan llenas de muerte… La victoria de Cristo no ha llegado todavía a su plenitud. Y aunque es cierto que la muerte no debe significar gran cosa para quien cree en la vida eterna, no podemos remediar el miedo a la hora definitiva, sin saber si conseguiremos recibir ese trance con lucidez y con fortaleza, aceptando gustosos perder la vida, llenos de esperanza cierta de recuperarla.

En esta situación de provisionalidad, en que la muerte circula aún libremente, ha de animarnos profundamente la persuasión de que Cristo es ya el Rey de la Vida, que hará posible que un día la muerte sea aniquilada definitivamente. Mientras ese momento llegue, vivamos como si ya hubiera llegado, vivamos sin temor alguno, seguros de que la victoria sobre la muerte también será una victoria nuestra.

4.- “Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre…” (Mt 25, 31) La realeza de Jesucristo quedará manifiesta de forma plena y definitiva al fin de los tiempos. Todo el esplendor de su gloria se desplegará ante el asombro de la Historia. Muchos se mofaron de este Rey crucificado, muchos ridiculizaron su Reino que estaba en el mundo sin ser del mundo. Otros rechazaron su soberanía, la avasallaron imponiendo por la fuerza y el engaño, dictaron leyes que contradecían su Evangelio. Todo eso habrá terminado.

El príncipe de este mundo, el padre de la mentira, el que es homicida desde el principio, quedará al fin derrocado. Los ángeles proclamarán como en Belén el “Gloria a Dios en las alturas”. Pero ya no será como entonces, de forma oculta y en el silencio de la noche, perceptible sólo para unos pastores. El día en que él vuelva, el canto que lo anuncie será clamoroso, una sinfonía a toda orquesta que será oída hasta el último rincón de la tierra.

Con gran majestad, sobre las nubes, descenderá de lo Alto. Un espectáculo único e irrepetible, imposible de imaginar con los cortos vuelos de nuestra imaginación. Vendrá como juez supremo para juzgar a vivos y a muertos, para establecer la justicia, mil veces desquiciada por la maldad de los hombres. Se terminará para siempre el eclipse de Dios, su silencio ante esa situación anómala del triunfo de los soberbios y la opresión de los humildes.

Es cierto que ese diálogo entre Cristo juez y los hombres, que el evangelista nos describe, no es más que un muestrario abreviado de la escena final. Pero es más que suficiente para estimularnos a contemplar la vida, los hechos, las cosas y las personas, con mirada de fe. Sobre todo a las personas. Saber descubrir, tras el rostro de todo ser humano, el rostro de Cristo. Apreciar la presencia de Jesús en cada hombre, que nos extiende su mano, o nos pide ayuda con una mirada, sin atreverse quizás a pedirla con palabras. Sólo así nuestro Rey y Señor nos llamará al Reino de su Padre, diciéndonos que cuando tuvo hambre le dimos de comer, o que cuando estuvo solo le acompañamos, o que cuando todos le despreciaron nosotros le sonreímos y le saludamos. Sí, no lo olvidemos nunca, Cristo está presente en cada uno de los que se nos cruzan en el camino, o lo recorren junto a nosotros.

Antonio García Moreno

Un rey que rompe esquemas

1.- En el año litúrgico que ahora finalizamos, hemos contemplado en diversas escenas, y hemos escuchado en miles de palabras, la personalidad, la vida, los hechos, la hondura de Jesús de Nazaret.

Aquel niño que el adviento nos preparó a recibirlo en un pesebre, que fue reverenciado por pastores y reyes, que cargó una cruel cruz sobre sus hombros, que se desangró hasta la hora nona en el calvario, que resucitó en las primeras horas del domingo de pascua y que ascendió a los cielos encargándonos trabajar por su reino hasta su segunda venida, es coronado en este día como rey de un reino de hombres y mujeres que creen, se fían y esperan en El.

2.- Hoy, más allá del concepto que tengamos de la figura de un rey, vemos a un Jesús aventurándose y consagrándose en cuerpo y alma a la verdad y la justicia, al amor y a la gracia, a la vida y a la justicia. Un Reino donde, más de uno, quisiéramos tomar parte para vivir dignamente.

El Reino de Dios fue la locura y el centro de la vida de Jesús ¿Es también la nuestra? O, tal vez, ¿sólo una calentura de un momento sacramental o celebrativo?

La fiesta de Cristo Rey nos sugiere poner a Cristo en el corazón de todo lo que sentimos, somos y palpamos: un rey que sufre por la suerte de sus súbditos, ante los que no tuvo reparo en arrodillarse en la tarde de jueves santo, curar sus enfermedades, rescatarlos a la vida después de muertos o a la fe después de haber deambulado por la incredulidad.

3.- Jesús, como rey, rompe muchos esquemas. Se ha dejado tocar. Su palacio ha sido la vivienda humilde de un publicano o la de un pecador. Su palacio preferido fue el hogar de un enfermo desahuciado o de un pobre que clamaba su atención.

Como rey, su carroza, fue las manos que le buscaban porque no tenían pan o porque, los hombres de Dios de aquellos tiempos, les decían lo que nunca luego hacían. Un rey así, de original y de rompedor, ha contado con nuestra atención y con nuestro seguimiento en diversos encuentros de reflexión en nuestras parroquias, comunidades o en mil expresiones de religiosidad popular.

No podemos quedarnos, en este día, en la simbología ni en el concepto actual que la sociedad nos transmite sobre el término “rey”.

–A Jesús le sobran los papeles. Va a la situación concreta del hombre.

–A Jesús no le hace falta protocolo. No existe distancia entre aquello que dice y aquellos que le necesitan.

–A Jesús no le marcan palabras, pasos ni discursos. Como rey, sabe que los suyos necesitan verle, tocarle, escucharle para secundarle en esa iniciativa de llevar a cabo un reino tan original y tan contracorriente.

–A Dios no le hace falta una clínica de prestigioso nombre para dar luz a un gran rey. Con un simple pesebre le bastará. Y, además, con el testimonio único y cierto de los pastores.

Javier Leoz

Tenéis a Cristo sentado en el cielo y mendigo en la tierra (San Agustín)

1.- El último domingo del año litúrgico se celebra la fiesta de “Jesucristo, Rey del universo”. Es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año. ¿Cómo, dónde, cuándo tiene que reinar Jesucristo? Su reino no es de este mundo, por eso su forma de reinar es desde la humildad, desde la cruz…. Su corona es de espinas, su cetro una caña cascada, su manto un trapo de color púrpura, su trono la cruz. Reina en el corazón de cada hombre y cada mujer que se acerca a otro, descubre su necesidad y le ayuda. Reina en aquél que descubre a Cristo en el rostro del mendigo, en la madre angustiada por el hijo que se pierde, en el anciano que se muere en soledad. Cristo debe reinar ya en nuestro interior, porque su Reino ya ha comenzado, pero todavía no ha llegado a su plenitud. Es el “ya, pero todavía no” en tensión escatológica.

2.- El rey que juzga se identifica con el hambriento, con el sediento, con el inmigrante, con el desnudo, con el enfermo y con el preso. ¡Cuánto nos cuesta ver en los desheredados el rostro de Cristo! Me viene a la memoria este cuento de León Tolstoi.

“Érase una vez un zapatero remendón, llamado Martín. Vivía solo, era piadoso, leía todas las noches la Biblia. Una noche soñó que se le aparecía Cristo y le decía: “Martín, mañana voy a venir a visitarte. Asómate por la ventana para abrirme cuando venga”. Aunque se trataba de un sueño, Martín se impresionó. Por si fuera verdad, a la mañana siguiente, desde primera hora, estuvo pendiente, mirando a través de la ventana.

Muy temprano vio un barrendero que estaba quitando la nieve de las entradas de las casas. Le llamó y le ofreció una taza de té caliente. Mientras el barrendero, tiritando, sorbía el té, Martín seguía mirando por la ventana. “¿Está usted esperando alguna visita”, le preguntó el barrendero? “No”, contestó Martín y le contó el sueño. “Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós, y muchas gracias”. Al mediodía, todavía el frío era intenso. Vio pasar a una mujer con un niño en brazos llorando de frío. Les llamó y les dio la sopa bien caliente que tenía preparada para él. Seguía mirando por la ventana, y la mujer le preguntó: “¿Espera alguna vista?”. “No”, le contestó y le contó el sueño. “Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós y muchas gracias”.

Atardecía el día de invierno; Martín seguía mirando por la ventana. Y vio una vendedora ambulante a la que un muchacho le había robado una manzana. En aquel momento la mujer había agarrado al muchacho. Martín salió corriendo, convenció a la mujer de que lo perdonara y al muchacho le reprendió de tal modo que pidió perdón a la mujer y se puso a vender con ella.

Se hizo de noche. Martín cerró su casa y volvió de nuevo a la lectura del Evangelio. Mientras leía oyó una voz que le llamaba: “¡Martín, Martín!”. Levantó asustado la cabeza y vio al barrendero de la mañana que le sonreía y se iba. Volvió a la lectura, y otra vez oyó que le llamaban: “¡Martín, Martín!”. Y vio a la mujer con el niño en brazos, que le sonreían. Y vio a la verdulera y al ladronzuelo, que le sonreían. Martín se echó a llorar. Cristo le había visitado tres veces aquel día. “Porque cuando tuve hambre, me distéis de comer….”.

3.- El juicio de Dios es para la salvación de todas las naciones. El resultado del mismo depende de la opción personal de cada uno por la misericordia o por la cerrazón de corazón al hermano necesitado. Es nuestra actitud ante el ser humano lo que se juzga. El evangelista Mateo abre aquí una gran puerta a la acción salvadora de Dios con toda la humanidad y actualiza la presencia de Jesús en los débiles los pequeños, los marginados, los excluidos, los estigmatizados. Si quieres ayudar a alguien, hazlo en vida, hermano, porque el Cristo triunfante en el cielo es mendigo en la tierra.

José María Martín OSA

La sorpresa final

Los cristianos llevamos veinte siglos hablando del amor. Repetimos constantemente que el amor es el criterio último de toda actitud y comportamiento. Afirmamos que desde el amor será pronunciado el juicio definitivo sobre todas las personas, estructuras y realizaciones de los hombres. Sin embargo, con ese lenguaje tan hermoso del amor, podemos estar ocultando con frecuencia el mensaje auténtico de Jesús, mucho más directo, sencillo y concreto.

Es sorprendente observar que Jesús apenas pronuncia en los evangelios la palabra «amor». Tampoco en esta parábola que nos describe la suerte final de los humanos. Al final no se nos juzgará de manera general sobre el amor, sino sobre algo mucho más concreto: ¿qué hemos hecho cuando nos hemos encontrado con alguien que nos necesitaba? ¿Cómo hemos reaccionado ante los problemas y sufrimientos de personas concretas que hemos ido encontrando en nuestro camino?

Lo decisivo en la vida no es lo que decimos o pensamos, lo que creemos o escribimos. No bastan tampoco los sentimientos hermosos ni las protestas estériles. Lo importante es ayudar a quien nos necesita.

La mayoría de los cristianos nos sentimos satisfechos y tranquilos porque no hacemos a nadie ningún mal especialmente grave. Se nos olvida que, según la advertencia de Jesús, estamos preparando nuestro fracaso final siempre que cerramos nuestros ojos a las necesidades ajenas, siempre que eludimos cualquier responsabilidad que no sea en beneficio propio, siempre que nos contentamos con criticarlo todo, sin echar una mano a nadie.

La parábola de Jesús nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿estoy haciendo algo por alguien?, ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda?, ¿qué hago para que reine un poco más de justicia, solidaridad y amistad entre nosotros?, ¿qué más podría hacer?

La última y decisiva enseñanza de Jesús es esta: el reino de Dios es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. Esto es lo esencial y definitivo. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa que el amor es la única verdad, y que Dios reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXXIII de Tiempo Ordinario

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación de la Virgen en el Templo. Los evangelios canónicos no dejan constancia del hecho, como hacen los apócrifos. Sin embargo, la Iglesia mantiene esta fiesta ya que expresa algo que perduró siempre en el alma de la Madre de Jesús: Su libre disposición ante los planes del Señor.

El evangelio se sitúa en el contexto de final de vida pública de Jesús. Narra un debate de Jesús con los saduceos. Estos argumentan en contra de la resurrección de los muertos, tratando de ridiculizarla con un ingenioso cuento. Jesús termina desbaratando sus tesis. Quedémonos tan solo con dos pinceladas:

  • Jesús no devalúa el matrimonio. En absoluto. Jesús lo ha defendido en otras ocasiones y ahora no se contradice. Ha sido instituido por Dios, que nos ha creado como hombre y mujer y no sólo para la reproducción de la especie. De ahí que el motivo biológico no justifique la necesidad del sacramento. El matrimonio alcanza su sentido más alto en la realización del amor recíproco, expresión del mismo amor de Cristo. Los seres humanos no podríamos vivir sin un amor concreto, hecho de estabilidad y fidelidad, abierto a la nueva vida. Con la muerte de uno de los cónyuges, el vínculo se deshace… pero pasan a vivir en una condición libre del condicionamiento del sexo, en una vida distinta. 
  • ¿Qué es eso se “ser como ángeles”? Es una manera de expresar lo que queda aún oculto en el misterio. Dios nos tiene destinados a la vida sin fin, no a la muerte. La vida de resucitados no es una simple continuación de esta vida terrena. Acontece de otra manera. Para hacerse entender, Jesús opone «este mundo» y «el mundo futuro» … un mundo en el que las personas morimos y otro mundo en el que no se muere más, y por lo tanto donde no es necesario engendrar nuevos seres. No hace falta explicar más para refrendar que “sí se puede resucitar“. Nosotros creemos, sin elucubrar ni dudar, que al final de todo, la última palabra es la del Dios de la vida. Y su palabra siempre es palabra vivificadora, resucitadora, creadora… siempre lo fue. Por tanto, “¡sí se puede!”.

Juan Carlos Martos cmf