II Vísperas – Jesucristo, Rey del Universo

II VÍSPERAS

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritu rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

LECTURA: 1Co 15, 25-28

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies. Pero, al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que le ha sometido todo. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

R/ Centro de rectitud es tu cetro real.
V/ Permanecerá para siempre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Todo otro es no-otro de mí

Con frecuencia se ha leído este relato como si fuera una especie de “descripción” anticipada de lo que habría de ser el “juicio final”. No es así; se trata de una parábola que busca responder a una cuestión universal: “¿Qué hacer?, ¿cómo acertar en la vida?”.

La respuesta que Jesús ofrece no puede ser más clara. No hay referencia a creencias ni a comportamientos “religiosos”, sino que nombra acciones concretas para cuya comprensión no se requiere ningún razonamiento: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedar al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al preso.

En su tajante y radical simplicidad, la parábola deja ver una de las grandes novedades que aporta el mensaje de Jesús: existe un camino para el encuentro con Dios que no pasa por el templo. En la lista no aparece ninguna exigencia “religiosa”; lo que importa es la acción compasiva en favor de quienes más sufren.

Dicho de otro modo, Jesús sitúa la ética por encima de la religión. Lo cual no resulta novedoso, ya que, en el mismo evangelio de Mateo, se encuentran aquellas otras palabras: “No todo el que me dice «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Y ahora queda claro cuál es la “voluntad del Padre”, en la lista de acciones que aparecen en esta parábola.

Además de la sencillez de su mensaje, centrado en la práctica compasiva hacia las personas más necesitadas, hay dos cosas más que llaman la atención. Por un lado, la pregunta de los destinatarios de las palabras: “¿Cuándo te vimos…?”. Unos y otros –tanto los que ayudaron como los que no lo hicieron– no habían sido conscientes de que Jesús estaba en los necesitados; era ellos. Usando nuestro lenguaje, diríamos que tanto los no creyentes como los creyentes no pensaron en absoluto que Dios se encontraba en los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, presos… Unos y otros parecían tener una “idea” muy distinta del Dios que negaban o en el que decían creer.

La otra cuestión llamativa es la contundencia de las palabras de Jesús cuando afirma: “Lo hicisteis (o no lo hicisteis) conmigo”. No dice: “es como si lo hubierais hecho conmigo”; no. Esa afirmación no nace de un imperativo ético, sino de la comprensión de quien sabe que todos somos uno, que todo otro soy yo. O, dicho con otras palabras: todo otro es no-otro de mí.

Esas palabras expresan el núcleo de la no-dualidad: somos diferentes, pero somos lo mismo. Y en el caso de Jesús casan de modo admirable con aquellas otras que el autor del cuarto evangelio pone en su boca: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Afirmando, valorando, acogiendo y cuidando las diferencias, somos uno con todo lo que es.

¿Cómo me vivo y me sitúo ante los demás?

Enrique Martínez Lozano

Projimidad y justicia, signos del reino

La iglesia celebra este domingo la festividad de Cristo Rey. Una fiesta que en el actual contexto de emergencia de la ultraderecha nos provoca un cierto chirrido y malestar por la deformación y manipulación que este tipo de grupos en un pasado no tan lejano hicieron de ella. Pero el reino de Dios anunciado por Jesús crítica y juzga toda forma de poder que pretenda imponerse por la fuerza y se construya a costa de las esperanzas y los sueños rotos de los últimos y las últimas. Que Dios reine significa que nunca más podrán reinar unos hombres sobre otros, una raza sobre otra, un género sobre otro, un grupo social sobre otro. Implica el fin de toda forma de dominación y relaciones subalternas y excluyentes y poner en ello la vida con sencillez y alegría como hizo el mismo Jesús, hasta que la justicia y la paz se besen y la creación sea de nuevo reconciliada.

El Evangelio de este domingo nos recuerda que la pregunta por el Dios de Jesús y su reino no remite a una abstracción, o a un “principio” o a “una doctrina “, sino a  algo tan concreto, histórico y cotidiano como es siempre la pregunta por el prójimo. Por eso en las relaciones con los y las demás, especialmente con los más empobrecidos y empobrecidas nos jugamos la relación con Él. No hay relación ni culto posible al Dios de Jesús que no pase por la práctica de la misericordia, la solidaridad y la justicia con nuestros hermanos y hermanas más vulnerados. Sus situaciones de indigencia, despojo, expropiación de bienes y derechos las padece Dios mismo, porque ellos y ellas son sus vicarios, por eso lo que hagamos a uno de estos humildes conmigo lo hicisteis

Dios no es un juez, sino que son nuestras obras u omisiones ante quienes han sido despojados de sus derechos más básicos y su dignidad como personas, quienes juzgan el éxito o el fracaso de nuestra vida. También en el contexto de esta crisis sanitaria y social que nos atraviesa Dios se nos revela en las vidas de los y las invisibles, aquellos y aquellas que no cuentan ni para salir en las estadísticas. Los excluidos y excluidas al banquete neoliberal que acontece en nuestro mundo 

¿Como escuchamos hoy su clamor? ¿cuál es nuestro nivel de sensibilidad e implicación con sus vidas y desde que actitudes y prácticas? ¿Como hacer mesa común y participar    juntos en el banquete del Reino instaurado por Jesús?…

Porque el reino de Dios se parece más a una fiesta popular donde corre la vida en abundancia, la alegría, el reconocimiento   y el pan para todos, empezando por los últimos, que a un desfile militar donde se consagran los ejércitos.

Pepa Torres

Comentario – Jesucristo, Rey del Universo

Hoy, último domingo del tiempo ordinario, proclamamos con toda la Iglesia a Jesucristo Rey del universo, de ese universo al que nosotros pertenecemos como detentores de conciencia y libertad. Por eso, al proclamarlo rey le concedemos el gobierno de nuestras vidas. Pero también le reconocemos como nuestro pastor, porque nos guía, nos apacienta, nos cura, nos guarda, porque con él nada nos falta.

Podríamos decir, además, que el Señor es nuestro juez, porque así se presenta este rey en el evangelio, como un juez supremo que separa las ovejas de las cabras, los obradores de misericordia de los inmisericordes, el trigo de la cizaña. El momento del juez es el juicio; y el juicio (sobre todo el juicio final) es el momento de la verdad y del discernimiento, es decir, el momento en que sale a la luz lo que esconden las tinieblas y es posible distinguir lo verdadero de lo falto, la realidad de la apariencia, el amor del odio; un momento para distinguir, pero también para separar, puesto que los contrarios no pueden convivir en el mismo espacio vital. Nuestro Rey es, por tanto, un rey que pastorea a la manera de un pastor y que juzga a la manera de un juez.

Al Rey le corresponde ante todo regir. Y la solemnidad de hoy proclama a Jesucristo Rey del universo, es decir, de todo y de todos. Es evidente que Cristo, en cuanto Creador, gobierna el movimiento de los astros. Para ello le basta con poner en la naturaleza leyes como la de la gravedad, que mantienen el equilibrio del sistema orbital de estrellas, planetas y satélites. Pero al universo pertenecen también otros sistemas como los de las sociedades humanas en los que intervenimos también las personas con nuestros aciertos y desaciertos. Y aquí no es tan evidente que Jesucristo gobierne y que tales sociedades se rijan por leyes puestas por él. Más bien, parece lo contrario, que los hombres nos damos leyes que atentan muchas veces contra los principios más básicos de la naturaleza humana, que no respetan esta naturaleza o que están diseñadas expresamente para destruirla.

Con frecuencia, ni siquiera imperan leyes, sino impulsos y apetitos que sacan a la luz lo más primitivo y salvaje del ser humano. Pero san Pablo anuncia el día en que Cristo reinará, cuando Dios haga de sus enemigos, es decir, de todos aquellos que se oponen a sus planes, estrado de sus pies. ¿Y cómo llevará a cabo esta operación? Seguramente, sometiendo sus voluntades, pero no con otra fuerza que la fuerza del amor; porque la violencia de este rey es la cruz: no la violencia ejercida (no crucificando) sino la violencia padecida (dejándose crucificar). Sucede que el sufrimiento sostenido por amor también conquista: es lo que realmente gana súbditos para una causa; porque el amor no sólo vence; hace más, convence. Y los mejores súbditos de un rey son los convencidos. Esto es lo que persigue nuestro Señor: ganarse nuestros corazones, no forzar nuestras voluntades; hacer de sus seguidores un ejército de mártires que le han entregado su voluntad.

Estas precisiones nos dan una idea de que el Reino de Cristo poco tiene que ver con los reinos de este mundo, ya se traten de una monarquía, una oligarquía o una democracia, o con esos intentos fallidos de implantar una teocracia o gobierno (en la práctica) de una clase sacerdotal. Y no porque Cristo no haya venido a implantar su reino en este mundo, sino porque su reino no es de este mundo. Por eso, su implantación no tiene parecido ni con una conquista bélica, ni con una invasión, ni con una dinastía, ni con una orquestación política. El reino del que Jesús habla se implanta al modo de una semilla que prende en el interior del hombre que se deja captar por el mensaje. Es la semilla del evangelio. Así nació y se extendió el cristianismo: a partir de la semilla evangélica. Esta idea da razón de expresiones y comparaciones como éstas: el reino de los cielos está dentro de vosotros, o es como un grano de mostaza, o como un sembrador, o como la levadura que fermenta la masa. La historia de este reino es, pues, la historia de una siembra.

Pero a este rey-sembrador y crucificado le corresponderá también juzgar a este universo del que es Rey. Por eso llegará un día en que tenga ante sí a todas las naciones para ser juzgadas. Semejante juicio será final (no se podrá recurrir a un tribunal superior) y universal (nadie ni nada escapará a este juicio): un juicio que pondrá finalmente las cosas en su sitio, porque las tinieblas no pueden ocupar el lugar de la luz, ni la mentira el lugar de la verdad. El juicio dará acceso al Reino; y como en todo reino, también en éste rigen leyes o “voluntades”. Los que no estén dispuestos a aceptar la legalidad vigente, quedarán excluidos del Reino, puesto que se habrán negado a someterse al dictado de las leyes que allí rigen. En el Reino de Dios hay una ley que rige por encima de cualquier otra: la ley del amor misericordioso. Dios es misericordia y los corazones gobernados por Él han de ser misericordiosos.

Ello explica las palabras del evangelio y la separación de los sometidos a juicio, esa separación que aparta a las ovejas de las cabras y pone a unas a la derecha y a las otras a la izquierda, haciendo recaer sobre ellas sentencias y destinos distintos; sobre los de la derecha, una sentencia laudatoria y un destino deseable; sobre los de la izquierda, una sentencia condenatoria y un destino indeseable. Tales son los herederos del reino preparado desde la creación del mundo para ellos y los condenados al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. La sentencia suena así (el rey se dirige a los de su derecha): Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Lo que llama la atención en este juicio es que sea el mismo juez el que se presenta como ese indigente que ha sido objeto de las atenciones de los que ahora merecen su alabanza, como identificándose con todos los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos o encarcelados de este mundo. Esto es precisamente lo que se deja ver en las palabras que siguen: Entonces los justos le contestaránSeñor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

Son conscientes de haber socorrido a hambrientos y sedientos, de haber hospedado a forasteros, vestido a harapientos y visitado a enfermos; pero no lo son de haberlo hecho con él, con aquel en quien reconocen a su Señor. Pero él les desvelará el secreto de esta identificación sacramental: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Lo hecho, por tanto, con los indigentes de este mundo debe considerarse hecho a él, que asume como propio lo recibido por sus humildes hermanos. Aquí no se valoran ni las conciencias, ni las intenciones, sino sólo las acciones en su desnudez. Evidentemente se trata de obras de misericordia, y el que las hace debe ser consciente de estar proporcionando un bien (alimento, vestido, hospedaje, cuidados, afecto) a una persona necesitada, pero no necesita saber siquiera que en esa persona está Jesucristo o que el bien que le hacemos se lo hacemos al mismo Cristo para ser recompensada con la herencia prometida.

Tampoco los que dejan de socorrer al necesitado y merecen por ello ser colocados a la izquierda del juez y recibir una sentencia condenatoria: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Necesitan saber que lo que no hicieron en favor de los indigentes con los que se encontraron, no lo hicieron con él. Pero saber esto, que Cristo está en el indigente identificándose con él a efectos de caridad o como destinatario de nuestra obra de misericordia, tiene que ser una motivación más para esa práctica de amor compasivo, un motivo añadido para vencer las últimas resistencias de ese egoísmo que nos impide desplegar nuestras energías en beneficio del prójimo sufriente.

La sentencia incluye la causa de la recompensa: porque tuve hambre y me disteis de comer. El que practica la misericordia (dando de comer al hambriento y de beber al sediento, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo) se convierte finalmente en heredero del reino, porque en la vida se ha conducido por la ley que rige en ese reino: la ley del amor que, en este mundo de miserias, no puede ser sino amor misericordioso. Los que optan, en cambio, por el camino, de la indiferencia o del desprecio, omitiendo la obra de misericordia cuando la necesidad del hermano lo reclama, se autoexcluyen de ese reino, haciéndose merecedores de la sentencia condenatoria que recae sobre los situados a la izquierdaApartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer.

El egoísmo inmisericorde no cabe en el reino del amor misericordioso, de la misma manera que no pueden habitar juntas la luz y las tinieblas. Eso sólo es posible en lugares intermedios o entreverados, pero no en estados definitivos como el cielo o el infierno. Lo que se presenta como una condena y un castigo es el resultado de una elección: la de los que han decidido vivir de espaldas al amor, esto es, de espaldas al prójimo necesitado; y vivir así es vivir de espaldas a Cristo y a su ley, despreciando su reinado y su reino.

El juicio se hace recaer, pues, sobre la obra de misericordia aplicada a los necesitados de este mundo. Y no debe extrañarnos que eso sea precisamente lo que salve, puesto que la salvación es una obra de misericordia. Pero no podremos salvarnos si esa misericordia que brota de lo alto no toca nuestro corazón haciéndonos misericordiosos para con los necesitados de misericordia. El que se mantiene inmisericorde con su prójimo no puede convivir con el Dios misericordioso; tampoco pueden convivir en el mismo reino los que carecen de entrañas para apiadarse del hambriento, enfermo o encarcelado.

Por eso Dios quiere la misericordia y no los sacrificios carentes de ella. Por eso solicita el perdón de los que están siendo perdonados. Por eso nos invita a pedir: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que non ofenden. Por eso nos advierte que hay una medida con la que seremos medidos, y esa medida será la que nosotros hayamos empleado en nuestra relación con los demás: si misericordia, misericordia; si inmisericordia, inmisericordia. De Dios, que es la fuente inagotable de la misericordia, no podemos esperar un trato inmisericorde. Pero, al parecer, ni siquiera la misericordia divina podrá evitar la separación provocada por el juicio entre los de la izquierda y los de la derecha, entre los que van al castigo eterno y los que disfrutan de la vida eterna.

Será la misma verdad de las cosas presente en los corazones, conformados por sus propios actos, la que dicte sentencia colocando a cada cual en su lugar. Pero ese juicio con carácter de definitividad sólo le corresponde al Juez universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Formación litúrgica del pueblo fiel

19. Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa, cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios y, en este punto, guíen a su rebaño no sólo de palabra, sino también con el ejemplo.

Lectio Divina – Jesucristo, Rey del Universo

Jesús se identifica con sus hermanos más pequeños
El criterio para entrar en el Reino
Mt 25, 31-46

1. Oración inicial

Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Tú, que descendiendo sobre María de Nazareth, la convertiste en tierra buena donde el Verbo de Dios pudo germinar, purifica nuestros corazones de todo lo que opone resistencia a la Palabra. Haz que aprendamos como Ella a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia.

2. Lectura

a) El contexto:

Nuestro texto forma parte de un discurso escatológico (24, 1-25, 46) pronunciado por Jesús en el monte de los Olivos a sus discípulos aparte (24, 3). El discurso parte del anuncio de la destrucción de Jerusalén para hablar del fin del mundo. Los dos sucesos se confunden como si fuesen uno solo. Esta parte del discurso termina con la venida del Hijo del hombre con gran poder y gloria. El enviará a sus ángeles a reunir a todos sus elegidos (24, 30-31). En este punto el flujo cronológico de los hechos anunciados se interrumpe con la inserción de algunas parábolas sobre la necesidad de vigilar para no ser sorprendidos a la llegada del Hijo del hombre (24, 24-31). El discurso escatológico encuentra su culmen literario y teológico en nuestro texto que, reanudándolo en 24, 30-31, vuelve a hablar de la venida del Hijo del hombre acompañado de los ángeles. La reunión de los elegidos toma aquí la forma de un juicio final.

 

b) El texto:

Mateo 25,31-46

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: `Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí.’ Entonces los justos le responderán: `Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti?’ Y el Rey les dirá: `En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.’
Entonces dirá también a los de su izquierda: `Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces dirán también éstos: `Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Y él entonces les responderá: `En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Cuál es el criterio de separación que usa Jesús?
b) ¿Quiénes son los hermanos más pequeños con los que Jesús se identifica?
c) ¿ Cómo ha demostrado Jesús en su vida su predilección por los últimos?
d) ¿Cuáles son los hermanos más pequeños de Jesús que yo encuentro?
e) ¿Soy capaz de ver, amar y servir a Jesús en ellos?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

El Hijo del hombre:

Hijo del hombre es una expresión semítica que significa simplemente un ser humano ( ver por ejemplo el paralelismo entre “hombre” e “hijo del hombre” en Sal 8,5). Así la usa frecuentemente el libro de Ezequiel donde Dios se dirige al profeta como “hijo del hombre” (2,1.3.6.8; 1.2.4.10.16+) para resaltar la distancia entre Dios que es transcendente y el profeta que es un simple hombre. Sin embargo en Daniel 7,13-14 la expresión adquiere un significado particular. El profeta ve ” aparecer sobre las nubes del cielo uno semejante a un “hijo de hombre” que recibe de Dios “poder, gloria, y reino”. Se trata sin duda de un ser humano, que no obstante esto, es introducido en la esfera de Dios. El texto ha sido interpretado siempre en sentido mesiánico, sea en sentido personal como colectivo. Por tanto, se trate de una persona o se trate del Pueblo de Dios en su conjunto, el Hijo del hombre es el Mesías que inaugura el Reino de Dios, eterno y universal.
La aplicación del título “Hijo del hombre” a Jesús teniendo de fondo a Daniel 7, 13-14 es difundidísima en los evangelios. Se encuentra también en las Actas 7, 56 y en el Apocalipsis 1, 13 y 14,14. Los especialistas piensan que ha sido el mismo Jesús quien se ha dado a sí mismo este título. En el evangelio de Mateo se ha puesto en boca de Jesús particularmente cuando Él habla de su pasión (17, 12.22; 20, 18.28), de su resurrección como suceso escatológico ( 17, 19; 26,64) y de su venida gloriosa (24, 30; y 25, 31, inicio de nuestro texto).

Jesús rey, juez y pastor:

Mateo da también a Jesús el título de rey (1,23; 13, 41; 16, 28; 20, 2). La realeza de Dios es un tema muy querido en la Biblia. Porque es el Hijo de Dios, Jesús reina junto al Padre. En nuestro texto el rey es Jesús, pero Él ejercita su realeza en estrecha relación con el Padre. Los elegidos son los “benditos de mi Padre” y el reino al cual son invitados a entrar, es un reino preparado para ellos por Dios, como indica la forma pasiva del verbo. Esta forma verbal, dicha pasiva divina, se encuentra a menudo en la Biblia y tiene siempre a Dios como sujeto implícito. En este texto el reino viene a indicar la vida eterna.
Como en Daniel, 7 (ver en particular los versículos 22, 26 y 27), también en nuestro texto la realeza del Hijo del hombre está ligada al juicio. El rey, especialmente en la antigüedad, ha sido siempre considerado como el juez supremo. El juicio que hace Jesús es un juicio universal, un juicio que compromete a todas las gentes (ver v. 32). Sin embargo, no es un juicio colectivo. No son los pueblos los que serán juzgados, sino las personas particulares.
Igualmente unida a la realeza está el simbolismo pastoral. En la antigüedad el rey se presentaba a menudo como pastor de su pueblo. También el Antiguo Testamento habla de Dios, rey de Israel, como pastor (ver por ejemplo Sal 23; Is 40, 11; Ez 34) y el Nuevo Testamento aplica el título también a Jesús (Mt 9, 36; 26, 31; Jn 10). Los pastores de Tierra Santa en los tiempos de Jesús llevaban a pastar rebaños mixtos, compuestos de ovejas y cabras. Al atardecer los separaban porque las ovejas duermen al sereno, mientras las cabras prefieren ponerse bajo cobijo. En nuestro texto las ovejas representan a los elegidos porque son de mayor valor económico que las cabras y también por su color blanco que a veces en la Biblia significa la salvación.

“Mis hermanos más pequeños”:

Tradicionalmente se interpretaba este pasaje evangélico como la identificación de Jesús con los pobres y los marginados. Jesús juzgaría a todos y particularmente a aquéllos que no han tenido la oportunidad de conocer su evangelio, en base a la misericordia que han demostrado por los pobres. Todos tienen la oportunidad de aceptarlo o rechazarlo, si no personalmente, al menos, en la persona del indigente con el que se identifica.
La exégesis contemporánea tiende a leer el texto en sentido más eclesiológico. Poniéndolo en estrecha relación con Mateo 10, 40-42, los exegetas insisten que aquí no se trataría de filantropía, sino de la respuesta al evangelio del reino que es llevado por los hermanos de Jesús, no sólo los jefes de la Iglesia sino de todo hermano, aun el más significante.
Las naciones, es decir los paganos, son por tanto invitados a acoger a los discípulos de Jesús que predican el evangelio y sufren por él, como si estuviesen acogiendo al mismo Jesús en persona. Los cristianos, por su parte, están invitados a la hospitalidad generosa con sus hermanos que se hacen predicadores itinerantes por causa del evangelio, sufriendo persecuciones (ver 2Jn 5-8). Así demostrarían la autenticidad de su propio empeño de discipulado.
En el contexto del evangelio de Mateo esta segunda interpretación es probablemente la más precisa. Sin embargo en el contexto de la Biblia entera (ver por ejemplo Is 58, 7; Sant 2, 1-9; Jn 3, 16-19) no se puede descartar completamente la primera.

6. Salmo 72

El Rey-Mesías promueve la justicia y la paz

Confía, oh Dios, tu juicio al rey,
al hijo de rey tu justicia:
que gobierne rectamente a tu pueblo,
a tus humildes con equidad.

Produzcan los montes abundancia,
justicia para el pueblo los collados.
Defenderá a los humildes del pueblo,
salvará a la gente pobre
y aplastará al opresor.
Durará tanto como el sol,
como la luna de edad en edad;
caerá como lluvia en los retoños,
como rocío que humedece la tierra.

Florecerá en sus días la justicia,
prosperidad hasta que no haya luna;
dominará de mar a mar,
desde el Río al confín de la tierra.

Ante él se doblará la Bestia,
sus enemigos morderán el polvo;
los reyes de Tarsis y las islas
traerán consigo tributo.
Los reyes de Sabá y de Seba
todos pagarán impuestos;
ante él se postrarán los reyes,
le servirán todas las naciones.

Pues librará al pobre suplicante,
al desdichado y al que nadie ampara;
se apiadará del débil y del pobre,
salvará la vida de los pobres.
La rescatará de la opresión y la violencia,
considerará su sangre valiosa;
(que viva y le den el oro de Sabá).

Sin cesar rogarán por él,
todo el día lo bendecirán.
La tierra dará trigo abundante,
que ondeará en la cima de los montes;
sus frutos florecerán como el Líbano,
sus espigas como la hierba del campo.
¡Que su fama sea perpetua,
que dure tanto como el sol!
¡Que sirva de bendición a las naciones,
y todas lo proclamen dichoso!

¡Bendito Yahvé, Dios de Israel,
el único que hace maravillas!
¡Bendito su nombre glorioso por siempre,
la tierra toda se llene de su gloria!
¡Amén! ¡Amén!

7. Oración final

Señor Dios, tú has constituido a tu Hijo Jesús rey y juez universal. Él vendrá al final de los tiempos para juzgar a todas las naciones. Él viene cada día a nosotros de mil formas y nos pide que lo acojamos. Lo encontramos en la Palabra y en el partir del pan. Y lo encontramos también en los hermanos partidos y desfigurados por el hambre, la opresión, la injusticia, la enfermedad, el rechazo de la sociedad. Abre nuestros corazones para saber acogerlo en el hoy de nuestra vida, para ser por Él acogidos en la eternidad del cielo.
Te lo pedimos por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén

Jesús reina como reina la paz, como reina el amor

Es muy difícil dar sentido “cristiano” a esta fiesta. Jesús nunca reivindicó ningún reino para sí. Todo lo contrario, afirmó de palabra y con su vida, que él “no venía a ser servido, sino a servir”. Después del ayuno en el desierto, el ser dueño y señor del mundo, se le presenta como una tentación. ¿No hemos ocupado el lugar del tentador cuando, sin pedirle consentimien­to, le hemos dado todos los reinos del mundo? Jesús criticó muy duramente todo poder. Después de la multiplicación de los panes, Nos dice Juan: “Viendo que querían proclamarle rey, se retiró a la montaña él solo.”

¿No hemos superado la burla macabra de los soldados, poniéndole una corona de oro, un manto real y un cetro cargado de brillan­tes? Este cetro y esta corona es mucho más denigrante para Jesús, que la caña y las espinas. Cuando Pilato pone el título sobre la cruz: “Éste es el rey de los judíos”, lo hace para burlarse de él y de los judíos. ¿No será también una burla llamarle rey del universo? La intención de Pio XI al instituirla hace un siglo no nos ayuda a darle sentido hoy. Lo que él pretendió fue que todos los hombres y todas las naciones le reconocieran a él como representante de eso: Cristo Rey.

Nuestro ego narcisista está incapacitado para asumir su desaparición. Tiene una capacidad increíble para revolverse y salirse con la suya. Como la propuesta de Jesús era inasumible, la presenta como una estrategia para conseguir plenitud de gloria. Así, cuando Jesús dice que la meta de su vida es el don total a los demás, el ego la interpreta como el único medio para ser glorificado por Dios. Una vez presentada así la trayectoria de Jesús, será muy fácil hacernos ver que la nuestra debe seguir el mismo camino.

El ser humano, como la vela, está hecho para dar luz, pero la vela nada más encenderla se empieza a consumir. La vela, hasta que no es encendida, es un trasto que rueda por los cajones. El día que se va la luz, la buscamos y la encendemos. En ese momento empieza a ser vela. Nuestro ego nos impide aceptar esta perspectiva. Nada ni nadie le puede convencer de que su objetivo es desaparecer, menos aún, en beneficio de los demás. El colmo del desastre fue que descubrió la manera de emplear toda la parafernalia espiritual para conseguir su propio objetivo. No hay forma de que pueda cambiar de perspectiva.

Fijaros qué contradicción. Para celebrar la gloria de Jesús, recordamos el momento de su vida donde mejor dejó reflejada su actitud vital, la eucaristía. Yo, como el pan, me parto y me vuelvo a partir para que me coman. Me dejo masticar, tragar, asimilar para alimentar a otros, aunque sea a costa de desaparecer. Yo entrego mi vida (mi sangre), a los demás para que la hagan suya y puedan trasformar su propia vida. La sangre solo se puede entregar a costa de la propia vida. Si la doy a los demás, me quedaré sin ella. Todo esto lo celebramos como un rito más, pero para nada condiciona mi propia existencia.

Sin duda, el Reino de Dios fue el centro de la predicación de Jesús. La imagen de Dios como rey de Israel se remonta a la época de la entrada en Palestina del pueblo judío. Para un nómada nada podía significar la idea de un rey; pero cuando entran en contacto con las estructuras sociales de la gente que vivía en ciudades, los israelitas piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas, como una traición a Yahvé. Poco a poco se va enriqueciendo esa idea y termina por ser la imagen clave para la apocalíptica. El final de la historia será un Reino de Dios que termina por sobreponerse a todos los demás.

Solo en este contexto cultural, podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que le da es muy distinto. En tiempos de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios, del que van a quedar excluidos lo que se creían buenos y van a entrar las prostitu­tas, los pecadores, los marginados. Los gentiles serán llamados y muchos judíos quedarán fuera.

El Reino predicado por Jesús ya está aquí, ha comenzado ya. “El Reino de Dios está dentro de vosotros”.  Esta idea desbarata todo nuestro montaje sobre el reino de Dios. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un Reino que es Dios, no de que Dios tenga un reino. Haremos que se vea con nuestra manera de actuar, pero solo después de haber descubierto su presencia en lo más hondo de nuestro corazón. Es un reinado del AMOR. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita preocupándome por él, hago presente el Reino de Dios.

Cuando Pilato le pregunta si es rey, contesta Jesús: “Mi reino no es de este mundo”. No quiere decir que vendrá después o que estará en otro lugar, sino que no tiene nada que ver con lo que él entendía por reino. Al insistir Pilato, Jesús le dice: “Sí, soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad.” Ser testigo de la verdad, ser auténtico, ser verdad, es la única manera de ser dueño de sí mismo, y por la tanto de ser dueño de la realidad entera. Jesús es rey de sí mismo y así es Rey en absoluto.

“El Reino de Dios, lo divino que nos inunda, es un fermento, un alma, una luz que transforma mi ser y toda la realidad. Se manifiesta como una cualidad, pero en realidad, es mi esencia. Yo tengo que esforzarme por hacerla surgir desde lo hondo de mí mismo, aceptando que viene a absorberme. Es necesario que, tras haber cooperado con todas mis fuerzas a hacerla brotar, consienta en la comunión, en la que mi propia individualidad se hundirá y acepte convertirme en su alimento”. (Teilhard de Chardin).

Después de lo dicho podemos comprender que, no se trata de entronizar a Jesús, ni antes ni después de morir. Lo “Crístico”, es decir, lo que significa y encarna la figura de Jesús, es lo que tiene que reinar entre nosotros. Cuando decimos: reina la armonía, reina la paz, etc., estamos hablando de un ambiente envolvente que permite su desarrollo. Hablar del reinado de Cristo significa que su mismo espíritu mueve también nuestra existencia.  

En el relato que hemos leído encontramos la clave de la encarnación. Dios no se hace un hombre, sino que se hace hombre. El que juzga es el Hombre, el punto de contraste para valorar una vida humana es la semejanza con Jesús: “el Hombre”. No tenemos que esperar ningún juicio desde fuera. Mis actitudes van manifestando en cada momento el grado de identificación con el modelo de Hombre. En la medida que me identifique con el modelo, me salvo; en la medida que me separe de él, me voy condenando.

Hemos conseguido un cristianismo cómodo, colocando a Dios en el cielo. Sería demasiado peligroso descubrir a Dios encarnado en cada uno de los seres humanos que nos rodean. Pero no hay escapatoria. Dios es encarnación y lo tenemos que descubrir en las criaturas. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. La pregunta de los rechazados deja bien claro que, si hubieran descubierto la presencia de Dios en el necesitado, lo hubieran socorrido. La tarea es descubrir lo que somos.

Meditación

A Dios no le servimos para nada.
Los demás sí necesitan de nosotros.
Si quieres llegar a Dios cuida del otro.
En él lo encontrarás pobre y necesitado.
Al cuidar con amor de sus heridas,
restañarás las tuyas.

Fray Marcos

Dos regalos, con una condición

Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos de diciembre los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.

Motivo y sentido de la fiesta

No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. ¿Qué pretendía con ella? Para comprenderlo hay que recordar los principales acontecimientos de la época. La Primera Guerra Mundial ha terminado siete años antes. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis sociopolítico-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás hasta la muerte le concedieran el mayor premio.

Pero las lecturas no nos hablan de una celebración de campanas al vuelo y ceremonias deslumbrantes. Hablan de lo bien que se porta Cristo Rey con nosotros y de la respuesta que espera de nuestra parte.

Primer regalo: su preocupación por nosotros (lectura de Ezequiel)

En el Antiguo Oriente, la imagen habitual para hablar del rey era la del pastor. Simbolizaba la preocupación y el sacrificio por su pueblo, como la de un pastor por su rebaño. En la práctica, no siempre era así. El c. 34 de Ezequiel habla de los reyes judíos como malos pastores que han abusado de su pueblo y luego se han desinteresado de él y lo han abandonado cuando se produjo la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia.

Pero Dios no permanece impasible: eliminará a esos malos reyes y ocupará su puesto haciendo dos cosas:

1. Como Rey-pastor, buscará a sus ovejas, las cuidará, etc.

2. Como Rey-juez, juzgará a su rebaño, defendiendo a las ovejas y salvándolas de los machos cabríos (por eso llamamos en España “cabrones” a los que se portan mal con otros).

El texto del evangelio (el Juicio Final) empalma con el segundo tema. Pero la liturgia se ha centrado en el primero, que subraya la preocupación de Dios por su pueblo. Es interesante advertir la cantidad de acciones que subrayan su amor e interés: «seguiré el rastro de mis ovejas, las libraré, apacentaré, las haré sestear, buscaré, recogeré, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas». En el contexto de la fiesta de hoy, estas frases habría que aplicarlas a Jesús y ofrecen una imagen muy distinta de Cristo Rey: no lo caracterizan el esplendor y la gloria sino su cercanía y entrega plena a todos nosotros. Buen momento para recordar cómo se ha comportado con cada uno, buscándonos, librándonos, curando…

Segundo regalo: victoria sobre la muerte (1ª carta a los Corintios)

Pablo, influido por las campañas romanas de su tiempo, presenta a Dios Padre como el gran emperador que termina triunfando y sometiendo todo. Pero quien guerrea en su nombre es Cristo, que debe enfrentarse a numerosos enemigos. El último de ellos, el más peligroso, es la muerte, a la que Jesús vence en el momento de resucitar. De esa victoria sobre la muerte participamos también todos nosotros. El fin del año litúrgico, que recuerda el fin de la vida, es un momento adecuado para superar la incertidumbre y la angustia ante la muerte y agradecer la esperanza de la resurrección.

Una condición (evangelio)

El evangelio no se centra en el triunfo de Cristo, que da por supuesto, sino en la conducta que debemos tener para participar de su Reino. La parábola es tan famosa y clara que no precisa comentario, sino intentar vivirla. Indico algunos datos de interés:

1. A diferencia de otras presentaciones del Juicio Final en la Apocalíptica judía, quien lo lleva a cabo no es Dios, sino el Hijo del Hombre, Jesús. Es él quien se sienta en el trono real y el que actúa como rey, premiando y castigando. 

2. Los criterios para premiar o condenar se orientan exclusivamente en la línea de preocupación por los más débiles: los que tienen hambre, sed, son extranjeros, están desnudos, enfer­mos o en la cárcel. Estas fórmulas tienen un origen muy antiguo. En Egipto, en el capítulo 125 del Libro de los Muertos, encontramos algo pareci­do: «Yo di pan al hambriento y agua al que padecía sed; di vestido al hombre desnudo y una barca al náufrago». Dentro del AT, la formulación más parecida es la del c.58 de Isaías: «El ayuno que yo quiero es éste: partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.» Lo único que Jesús tendrá en cuenta a la hora de juzgarnos será si en nuestra vida se han dado o no estas acciones capitales. Otras cosas a las que a veces damos tanta importancia (creencias, prácti­cas religiosas, vida de oración…) ni siquiera se mencionan. 

3. La novedad absoluta del planteamiento de Jesús es que lo que se ha hecho con estas personas débiles se ha hecho con Él. Algo tan sorprendente que extraña por igual a los condenados y a los salvados. Ninguno de ellos ha actuado o dejado de actuar pensando en Jesús; pero esto es secundario.

José Luis Sicre

Inconscientes y conscientes

Es muy probable que hayamos tenido la experiencia de que alguien nos haya dicho algo similar a esto: “Tú no te acordarás, pero hace años me dijiste una cosa que me hizo mucho bien, y no se me ha olvidado”. Seguro que todos recordamos alguna palabra o gesto que alguien tuvo con nosotros y que supuso una gran ayuda, y por mucho tiempo que pase no lo olvidamos y lo seguimos recordando con agradecimiento. Pero también se da el caso contrario; alguien nos puede decir algo similar a esto: “Tú no te acordarás, pero hace años me dijiste una cosa que me hizo mucho daño, y no se me ha olvidado”. Y seguro que todos recordamos también alguna palabra o gesto que alguien tuvo con nosotros y que nos afectó negativamente, y por mucho tiempo que pase no lo olvidamos y lo seguimos recordando con dolor y acritud. Porque aunque no seamos conscientes de ello, nuestras palabras y actos tienen una trascendencia mucho mayor de lo que imaginamos.

Hemos llegado al último domingo del tiempo ordinario, y como culminación de todo nuestro recorrido creyente durante este año litúrgico, hoy celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo y, en el Evangelio, hemos escuchado la parábola conocida como “del Juicio Final”. Al final de los tiempos, Jesús, el Hijo del hombre, ejercerá esa potestad real que es juzgar, es decir, determinar si el comportamiento de alguien es contrario a la ley, y sentenciar lo procedente. Para eso, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros… a su derecha y a su izquierda. Con esta imagen Jesús nos da a entender que, al final, nuestras obras aparecerán en su verdadero sentido y valor, y cada uno recibiremos lo que nos corresponde.

Hemos escuchado cómo el comportamiento de los integrantes de uno y otro grupo es lo que les acarrea una sentencia favorable (Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros…) o condenatoria (Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno…). Pero tanto unos como otros tienen algo en común: no eran conscientes de la repercusión de sus actos, puesto que ambos, al escuchar la sentencia, formulan la misma pregunta: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, con sed…?

Ante una misma realidad, unos han actuado (me disteis de comer, de beber, me hospedasteis, me vestisteis, me visitasteis…) y los otros no (no me disteis de comer, no me disteis de beber, no me hospedasteis, no me vestisteis, no me visitasteis…). Y tanto las acciones como las omisiones han tenido una trascendencia infinitamente mayor de lo imaginable. No sólo por el bien concreto que se hizo o se dejó de hacer a esos necesitados, sino sobre todo por lo que ha revelado Jesús: cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Y también: cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Aunque hayan pasado muchos años, el recuerdo permanece.

Con esta parábola Jesús no quiere meternos el miedo en el cuerpo, sino sacudir esa inconsciencia que nos hace no tener en cuenta, o minusvalorar, la trascendencia que tiene toda nuestra vida, nuestras palabras y acciones, no sólo en los momentos importantes sino sobre todo en los pequeños gestos de cada día, porque en cada ocasión Él va a estar ahí, presente en la persona de sus humildes hermanos y, si no somos conscientes de ello, podemos dejar pasar la ocasión de socorrerle.

Si, dentro de nuestra inconsciencia, como el primer grupo de juzgados, somos capaces de hacer el bien, pensemos cuánto cambiaría para mejor nuestro entorno si hiciéramos el bien siendo conscientes de la trascendencia infinita de nuestras acciones, porque el receptor es el mismo Dios.

Celebrar a Jesucristo como Rey del Universo en este último domingo del año litúrgico supone una llamada a hacer una evaluación de nuestro actuar durante estos últimos meses: ¿Qué he hecho en favor de otros? ¿Cuáles son mis omisiones, a qué se debieron? ¿Vivo de un modo inconsciente, o soy consciente de la trascendencia de toda mi vida? ¿Recuerdo que Cristo está presente en sus humildes hermanos? Si yo fuera el juez, ¿qué sentencia dictaría para mí mismo?

Es cierto que nadie podremos presentarnos totalmente “limpios” ante el juicio de Dios. Por eso, pidámosle que sea misericordioso con nosotros y, también, que despertemos de nuestra inconsciencia para hacer todo el bien posible a sus humildes hermanos, mientras vamos de camino.

Comentario al evangelio – Jesucristo, Rey del Universo

UNA RELIGIÓN QUE ME DESCENTRA Y ME SACA DEL INDIVIDUALISMO


           Este relato de Jesús tuvo que chocar enormemente a los judíos que lo escucharon. Ellos estaban acostumbrados a «ganarse» a Dios con sus prácticas religiosas, con el cumplimiento de los mandamientos y normas mil, con sus rezos, estudiando las Escrituras… Conocían de sobra lo que nosotros llamamos «obras de misericordia», pero eran un «plus» de libre opción, un complemento no necesario para estar en regla con Dios.

     Me atrevo a decir que una mentalidad similar se ha ido extendiendo entre nosotros desde hace bastante tiempo. Esta cultura «narcisista» y «selfie» (según subrayan muchos pensadores y analistas) ha condicionado mucho nuestra espiritualidad, y hemos aprendido a estar muy pendientes de nuestro «yo»: nos revisamos frecuentemente de nuestros fallos y defectos personales, a los que no terminamos de vencer, y que seguramente nos acompañen hasta el final de nuestra vida: el mal genio, la pereza, la envidia, los deseos, el carácter, las manías… En los exámenes de conciencia a menudo nos acusamos del incumplimiento de algunas obligaciones y prácticas religiosas, de nuestros compromisos de oración hechos un poco a medias, de si hicimos o no ayuno o abstinencia… Y con frecuencia nos quedamos en estas cosas. Una espiritualidad individlualista y escasamente comunitaria.

    El sentido común dice que todo lo que hagamos por ser dueños de nosotros mismos, por mejorarnos como personas, por luchar contra nuestros fallos y debilidades… ¡pues está muy bien! ¡Claro que sí! Pero para la mayoría de estas cosas no es necesario ni ser creyente, ni discípulo de Jesús. Es propio de todo ser humano. Pero el Señor, a sus discípulos, les ha puesto el acento en otras cosas, las que leemos en el Evangelio de hoy: el «otro» necesitado y la voluntad salvadora y liberadora de Dios debieran ser lo principal de nuestra espiritualidad y nuestros exámenes de conciencia. No parece que la vida espiritual, la fe, las prácticas religiosas formen parte del juicio final. No son relevantes para Cristo Rey.

   

Por otra parte, habría que remarcar que todas nuestras prácticas religiosas y compromisos de rezar lo que sea todos los días, o acudir al culto, o a visitar al Santísimo… tienen un criterio de valoración y validación: si me ayudan y empujan a amar más, a ser más misericordioso, a entregarme a los demás… tendrán sentido y agradarán a Dios. Y de paso, los otros saldrán beneficiados. Si el proyecto de Jesús (lo que él llamaba el «Reino»), y si nuestro Padre Dios está especialmente preocupado y pendiente de los que peor lo pasan (por ejemplo lo que dice la Primera Lectura: «Yo mismo buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma…» ) los que nos consideramos suyos… tenemos que ser sus instrumentos,  sus principales agentes para que este mundo sea de otra manera, sea suyo, sea de la misericordia y del amor. Lo que «ofende» gravemente a Dios no son esas cosas que a veces decimos y confesamos referidas a nuestro propio «yo», sino antes que nada y sobre todo la falta de atención a «mis hermanos más pequeños».

     Jesús estaba «cansado» (incluso enfadado, si recordamos aquella escena a la entrada del Templo)  de esa religión llena de solemnes liturgias y procesiones, de prácticas, de distinciones sobre lo puro y lo impuro, de normas y prohibiciones, de rezos, sacrificios y ofrendas «por mí y por los míos» … que se dejaban «fuera» -llegándose a veces al extremo de «excluir» y «condenar» en el nombre de Dios- …  a los que más necesitaban la cercanía y la ternura de Dios por parte de los que se consideraban «el pueblo de Dios». Para los profetas y para el mismo Jesús esto no era sino una religión «vacía».  Y con sus palabras, actitudes y gestos, deja claro lo que sí tiene sentido, lo que vale a los ojos de Dios. Intenta iluminar el presente (que es donde nos jugamos el «más allá»), dándole profundidad humana, contagiando esperanza, aliviando… Y así, hasta los gestos más triviales, como el de dar un vaso de agua, se convierten en semillas de eternidad, en opción decisiva, en algo agradable a Dios.

     También un no creyente puede obrar a favor o en contra de Jesucristo, aunque no lo conozca, según decida servir o no servir al hombre. Matar a un semejante o ayudarle a vivir; oprimir al hermano o liberarlo; ofender a alguien o mostrarle respeto; pisotear la dignidad de un desgraciado u honrarl;  explotar al prójimo o compartir el pan con él: rechazar o acoger a un emigrante/forastero; contribuir al hambre o alimentar a los pobres… significa atentar contra el señorío de Cristo o promoverlo. Ser «benditos de mi Padre» o no serlo.

    – Es significativo que en el texto de Mateo falta el verbo amar. Cristo no dice: «… y me amasteis», sino «me disteis de comer, me disteis de beber, me visitasteis, me hospedasteis, me vinisteis a ver… ». «Amar» es un término que puede quedarse en demasiado vago. Es difícil saber o medir si le amamos sobre todas las cosas. Jesucristo Rey se fijará más bien en si  «Hicisteis esto» o «no hicisteis esto». La sentencia del juicio final está más en el verbo «hacer» en favor del hermano. O sea que para Jesús el cumplimiento y valoración del primer mandamiento está en practicar/hacer el segundo.

     – Resulta asombroso que los «justos» (que no tienen por qué coincidir con los «creyentes») declaren que… no reconocieron a Cristo en el pobre, en el que pasa apuros. Que no se supieron que el necesitado al que atendían era… Otro (con mayúsculas). Admitirán que lo hicieron todo por amor al hombre. Sin embargo, se salvarán igualmente, aunque no hayan logrado descubrir a Cristo en el hermano. Para Dios es suficiente que te hayas encontrado ante un rostro humano (por muy desagradable que sea) y que, sin necesidad de echar mano de motivaciones religiosas, le hayas abierto tus puertas. Lo esencial no es tu fe, sino la caridad. El amor al hombre.

– Las seis «obras de misericordia» que ha enumerado Jesús se refieren a cuatro necesidades fundamentales de la condición humana:

– La alimentación (hambriento y sediento).

– El reconocimiento social (ser extranjero, estar desnudo).

– La salud (enfermo).

– La libertad (la cárcel).

Y podríamos añadir otras en esa misma línea. Por ejemplo: 

– Una palabra amable o un oído atento pueden redimir a una persona desesperada. ¡Y hay tantas!

– Ofrecer un poco de gasolina al que se quedó tirado en la carretera, o ayudarle con un pinchazo, u ofrecer un bocadillo y acompañar mientras se lo toma… 

– Visitar al que estaba viejo, enfermo y solo en su casa, y hacerle la compra, limpiar un poco…

– «Me vieron accidentado y me llevaron al hospital».

– «Era inmigrante y me enseñaron el idioma, me ayudaron con los papeles, me facilitaron un trabajo o una vivienda, o unos libros para los críos, me acogieron bien…»

– «Estaba ingresado en una residencia, con la cabeza un poco perdida, y me acompañasteis o me sacasteis de paseo».

– “Había una pandemia mundial… y me ofrecí/arriesgué a probar una posible vacuna…”

    Precisamente, con la que está cayendo en todas las esquinas del planeta muchas voces, eclesiales o no, incluido el Papa, llaman continuamente a la solidaridad, a la proximidad, a la atención a los más desfavorecidos… Con confinamientos y sin ellos. Una ocasión urgente para ejercitar la misericordia. O nos salvamos todos juntos… o no se salva nadie.El individualismo y el «sálvese quien pueda»… cuentan a favor de la difusión del virus.

    Ojalá que los seguidores de Jesús destaquemos y se nos reconozca principalmente por hacer de nuestra vida una entrega, un servicio, un compromiso por cambiar lo que sea necesario de modo que no haya tantos descartados, para que no haya tanta soledad, para que no haya tantos «prisioneros» de sus circunstancias. Y desterremos el individualismo/narcisismo de nuestra vida cristiana, así como todo lo que pueda ser sospechoso de «espiritualismo», de religión vacía. Nuestra vida entonces merecerá la pena, y el Señor podrá decirnos: «Venid, benditos de mi Padre».

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo