Vísperas – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XXXIV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,1-4
Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, Jesús elogia a una viuda pobre que sabe compartir más que los ricos. Muchos pobres de hoy hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre al pobre”. Pero a veces, ¡ni esto es posible! Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, se fue a vivir a la ciudad y decía: “En el campo, la gente era pobre, pero siempre había una cosita para dividirla con el pobre que llamaba a la puerta. ¡Ahora que estoy aquí, en la ciudad, cuando veo a un pobre que llama a la puerta, me escondo de vergüenza porque no tengo nada en casa para darle!” De un lado: gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene.
• Al comienzo de la Iglesia, las primeras comunidades cristianas, eran de gente pobre (1 Cor 1,26). Poco a poco fueron entrando también personas más ricas, lo cual trajo consigo varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaban al imperio romano, empiezan a marcar también la vida de las comunidades. Esto se manifestaba, por ejemplo, cuando se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22), o cuando tenían reuniones (Santiago 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era muy actual, tanto para ellos, como para nosotros hoy.
• Lucas 21,1-2: La limosna de la viuda. Jesús estaba ante el arca del Templo y observaba cómo la gente iba echando su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todos echaban algo para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del edificio. Parte de este dinero era usada para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguridad social. Los pobres vivían de la caridad pública. Las personas más necesitadas eran los huérfanos y las viudas. Dependían en todo de la caridad de los demás, pero así mismo, trataban de compartir con otros lo poco que poseían. Así, una viuda bien pobre, pone su limosna en el arca del Templo. ¡Nada más que dos centavos!
• Lucas 21,3-4: El comentario de Jesús. ¿Qué vale más: los pocos centavos de la viuda o las muchas monedas de los ricos? Para la mayoría, las monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer la caridad que los pocos centavos de la viuda. Los discípulos, por ejemplo, pensaban que el problema de la gente podía resolverse sólo con mucho dinero. Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían sugerido comprar pan para dar de comer a la gente (Lc 9,13; Mc 6,37). Felipe llegó a decir: “¡Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito!” (Jn 6,7). De hecho, para aquel que piensa de esa manera, los dos centavos de la viuda no sirven para nada. Pero Jesús dice: “De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie”. Jesús tiene criterios diferentes. Al llamar la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, les enseña a ellos y a nosotros dónde debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir. Y un criterio muy importante es el siguiente: “Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»
• Limosna, compartir, riqueza. La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del Antiguo Testamento decía: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por esto te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra”. (Dt 15,11). Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios (Eclo 35,2; cf. Eclo 17,17; 29,12; 40,24). Dar limosna era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros no somos que administradores de esos dones. Pero la tendencia a la acumulación sigue muy fuerte. Cada vez renace de nuevo en el corazón humano. La conversión es necesaria siempre. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Va, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended vuestros bienes y dadlos en limosna: haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos, adonde ni el ladrón llega ni la polilla roe” (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés fue éste: “No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles” (Hechos 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas colocadas a los pies de los apóstoles no se acumulaban, sino que “y a cada uno se le repartía según su necesidad” (Hechos 4,35b; 2,45). La entrada de los ricos en las comunidades cristianas posibilitó, por un lado, una expansión del cristianismo, al ofrecer mejores condiciones para los viajes misioneros. Pero por otro lado la tendencia a la acumulación bloqueaba el movimiento de la solidaridad y del compartir. Santiago ayudaba a las personas a que tomaran conciencia del camino equivocado: “Y vosotros los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos de orín.” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos debemos volvernos alumnos de aquella pobre viuda, que compartió con los demás hasta lo necesario para vivir (Lc 21,4).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son las dificultades y las alegrías que has encontrado en tu vida para practicar la solidaridad y compartir con los otros?
• ¿Cómo es que los dos centavos de la viuda pueden valer más que las muchas monedas de los ricos? ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?

5) Oración final

Sabed que Yahvé es Dios,
él nos ha hecho y suyos somos,
su pueblo y el rebaño de sus pastos. (Sal 100,3)

Vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento

En la introducción a la Eucaristía hemos recordado que la primera parte del adviento orienta nuestra mirada hacia el Señor glorioso que un día vendrá a nuestro encuentro, al final de los tiempos. En Navidad celebraremos que ese que vendrá con gloria es el mismo que vino en la humildad de nuestra carne. Pero ahora conviene que nos centremos en lo que toca. Y lo que toca es hablar de la esperanza en la venida del Señor al final de los tiempos. Para cada uno, el final de nuestro tiempo es la hora de nuestra muerte, el momento de la salida de este mundo. Pues bien, tenemos que esperar ese momento con paz y serenidad, porque precisamente entonces Dios se nos hará más presente que nunca. Dios nos acogerá con un amor como no hay otro, nos abrazará para no soltarnos nunca de sus manos.

El evangelio que hemos escuchado nos exhorta a estar siempre vigilantes, porque no sabemos cuando va a ocurrir el encuentro definitivo con el Señor de la gloria. Para dejar claro que siempre hay que estar preparado, cuenta una pequeña parábola que recuerda los cuatro momentos en que se divide el día y en los que el gallo canta: el amanecer, el mediodía, la media tarde y la mitad de la noche. Siempre hay que estar preparado, no sólo porque el Señor de la gloria puede venir en cualquier momento, sino porque siempre está viniendo a nuestras vidas, y el creyente tiene mucho interés en descubrir esa permanente venida.

Escucharemos en el prefacio, que luego proclamaremos, que el Señor glorioso que vendrá al final de los tiempos, “viene ahora a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino”. El profeta Isaías, en la primera lectura, ha dicho claramente que Dios sale al encuentro del que practica la justicia. Y el Apóstol Pablo, en la segunda lectura, nos dice a nosotros, que aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que importa mucho salir bien parados cuando tengamos que presentarnos ante el tribunal de Jesucristo. Para salir bien parados nada mejor que encontrar hoy al Señor presente ya en nuestras vidas y en cada uno de los hermanos que se aproximan a nosotros.

El adviento es tiempo de atención y de cuidado, tiempo de vigilancia dice Jesús en el Evangelio. Tiempo de estar atentos. Atentos a tantas injusticias y desigualdades; atentos a quienes más sufren las consecuencias de esta pandemia; atentos a los grupos, personas e instituciones que están empeñadas en cuidar la tierra y cuidar de los habitantes de la tierra; atentos para consumir de forma que la vida sea abundante para todos; atentos a lo que está diciendo el Espíritu en los signos de los tiempos; atentos para descubrir el rostro de Cristo en quién nos necesita; atentos para no hacer ningún daño ni causar ninguna lágrima.

La encíclica que acaba de publicar el Papa, Fratelli tutti, puede ser un buen manual del adviento, pues en ella nos invita a construir una nueva humanidad más fraterna, en la que haya tierra, pan y techo para todos; en la que nadie sea discriminado por motivos de raza, de orientación sexual, de lugar de nacimiento, de enfermedad o de pobreza. Esta humanidad es la que Dios quiere y la que debemos preparar. El apóstol Pablo dice que estamos capacitados para preparar esa nueva humanidad, pues hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber. Podríamos añadir: y también en el hacer.

Hablar, saber, hacer: hablar palabras positivas, palabras de reconciliación, palabras que unan y no dividan. Saber que todos somos hijas e hijos de Dios, que Dios ama a todos con todo su amor, y quiere para cada uno un presente y un futuro lleno de vida. Y hacer, o sea cuidar unos de otros, cuidar la tierra que nos da el alimento, cuidar sobre todo de los más necesitados. Esos son los caminos del Señor de los que habla el profeta Isaías. Ese es el camino que nosotros estamos llamados a recorrer en este tiempo de adviento y siempre.

Fray Martín Gelabert Ballester

Comentario – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

Recuerda el evangelista que estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero. Jesús observa la conducta de la gente en una situación bien definida: un espacio religioso y en el momento de la ofrenda. Observa la conducta de los demás no con el ánimo de fiscalizar, sino de aleccionar a sus discípulos. Vio –precisa el evangelista- unos ricos que echaban donativos en el cepillo del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos reales.

Siendo una viuda en situación de necesidad, dispone sin embargo de una pequeña cantidad, dos reales, para la limosna del templo. Pero esto era todo lo que tenía para vivir; a pesar de ello, se desprende de ese dinero en un acto de generosidad sin precedentes. Y esto es lo que llama la atención de Jesús que quiere hacérselo notar a sus discípulos: Sabed que esta pobre viuda ha echado más que nadie, porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Jesús mide y valora la grandeza de una persona no por lo que da, sino por aquello de lo que se desprende. La pobre viuda ha echado más que nadie, no porque haya entregado mayor cantidad de dinero –no podía hacerlo puesto que no lo tenía-, sino porque ha dado de lo que necesitaba para vivir; y es evidente que el que da de lo que necesita para sí da mucho más que el que da de lo que le sobra, por muy grande que sea la donación de éste.

Aquí el valor de la donación no está en la cantidad objetiva que se entrega, sino en el grado de desprendimiento que exige una determinada entrega, aunque ésta sea objetivamente muy pequeña en términos de cantidad. Según este criterio, los dos reales de la viuda tenían un valor muy superior a las grandes cantidades de dinero que echaban los ricos. La limosna de estos estaba compuesta de elementos sobrantes; la de la viuda, de elementos necesarios. La pobre viuda echa más que nadie, porque, pasando necesidad, echa todo lo que tenía para vivir, es decir, aquello de lo que dependía en gran medida su propia vida. Luego su pobreza le da para echar más que nadie; en este sentido podría decirse que era más rica y generosa que los demás, dado que había echado más que los demás.

Dios, que ve el corazón del hombre, puede juzgar su grandeza y su calidad. Jesús quiere hacernos tomar conciencia de esta mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y sabe estimar el verdadero valor de las cosas y de las acciones humanas. Porque para valorar la conducta de la pobre viuda y la grandeza de su acción hay que saber que se trata de una mujer pobre y que no dispone más que de esos dos reales –lo que echa en el cepillo- para vivir. Sólo ese conocimiento nos permite evaluar en sus justos términos la acción. Pero Dios y los que se dejan iluminar por Él sí disponen de estos datos para formarse un juicio justo de los hechos. Pidamos al Señor adquirir esta mirada, que es la suya, para saber enjuiciar la conducta propia y la de los demás en sus justos términos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Homilía – Domingo I de Adviento

1

Empieza un nuevo año cristiano

Hoy los cristianos empezamos un nuevo año litúrgico. Y lo hacemos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva a la vez: somos invitados a celebrar, en un único y progresivo movimiento, el Adviento, la Navidad y la Epifanía. Las tres palabras -Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación- apuntan a lo mismo: que el Hijo de Dios, Cristo Jesús, se ha querido hacer presente en nuestra historia para comunicarnos su salvación. Desde hoy hasta el día del Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía, van a ser unas seis semanas de “tiempo fuerte” en que celebramos la misma Buena Noticia: la venida del Señor.

Cuando todos están hablando de las últimas semanas del año, nosotros hablamos de las primeras. Cuando en el ambiente social se respira la preparación comercial de las fiestas navideñas, nosotros los cristianos, además, nos centramos en la gran noticia de que nuestro Dios ha querido ser Dios-con-nosotros.

Nos guiarán en esta celebración las lecturas y las oraciones, así como la ambientación especial de las iglesias y el repertorio de los cantos. También las velas de la “corona de Adviento”, que iremos encendiendo sucesivamente a lo largo de estas semanas y que con el verde vegetal y la luz de las velas nos habla simbólicamente de la esperanza y de la alegría por la venida del Señor.

 

Isaías 63, 16-17.19; 64, 2-7. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!

El profeta nos presenta una visión muy positiva de Dios, en contraposición a otra, no tan positiva, de nuestra situación de pecado.

La lectura de hoy es la oración confiada y humilde a un Dios a quien se llama “nuestro Padre” y “nuestro Redentor”. Le pedimos que se vuelva a nosotros, aunque seamos culpables y “nuestra justicia sea un paño manchado”. El pueblo de Israel sabe que ha merecido el castigo (el destierro) y que Dios le “haya ocultado su rostro”. Pero confía en que él, como siempre, le perdonará y salvará. Desea que se “rasguen los cielos” y baje la salvación de Dios.

El salmo sigue con el mismo tono de humilde confianza: “oh Dios, restaúranos, que brille tu rostro y nos salve”. Esta vez el salmista llama a Dios “Pastor de Israel” y le pide que venga en nuestra ayuda: “ven a visitar tu viña… danos vida para que invoquemos tu nombre”.

 

1 Corintios 1, 3-9. Esperamos la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo

Leemos el comienzo de esta carta de Pablo a los cristianos de Corinto. Después del saludo, en seguida asume un tono optimista y de acción de gracias por la situación de aquella comunidad: “habéis sido enriquecidos en todo… no carecéis de ningún don”. Sobre todo alaba Pablo (con una cierta ironía, que se extiende a toda la carta) que los de Corinto son famosos “en el hablar y en el saber” (¡son griegos, y los griegos eran maestros en filosofía!).

Pero además de creer en el Cristo que ya vino, y que “les llama a participar en su vida”, los corintios “aguardan la manifestación del Señor” al final de los tiempos: es la perspectiva escatológica. Los corintios miran ya hacia delante y se preparan para cuando se tengan que presentar ante “el tribunal de Jesucristo Nuestro Señor”.

 

Marcos 13, 33-37. ¡Velad, ya que no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa!

Ya desde este primer domingo empezamos a escuchar al evangelista Marcos, que nos acompañará todo el año. No lo hacemos desde su primera página -lo haremos el próximo domingo- sino con uno de los últimos capítulos antes de la Pasión, porque en la primera parte del Adviento miramos decididamente hacia el final de los tiempos.

Jesús ofrece una breve parábola a sus oyentes, invitándoles a la vigilancia. Compara su venida última con la vuelta del amo, que se ha ido de viaje y puede volver a casa en cualquier momento. Se trata de que los criados estén preparados para recibirle cuando llegue, no sea que los encuentre dormidos. El consejo de Jesús es claro: “lo que digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”.

 

2

Somos pecadores

Reconocerse pecadores es la primera condición para que Dios nos salve.

Eso es lo que hace el profeta en nombre del pueblo de Israel y nos invita a hacer a nosotros: todos somos pecadores, impuros, culpables. Con una sencilla comparación, dice que “nuestra justicia es un paño manchado”.

También nosotros, sin ninguna exageración, podemos reconocernos pecadores delante de Dios. Como sociedad. Como Iglesia. Como personas particulares. No será tal vez que hayamos cometido graves pecados. Pero seguro que sí pecamos muchas veces de dejadez, de olvido, de pereza, envueltos y tentados como estamos por una mentalidad social que no es exactamente la de Dios. ¿Tendremos que reconocer también nosotros que “nuestra justicia es un paño manchado” y que “nos hemos extraviado de tus caminos”?

Desde esa situación de “déficit” -cada uno sabe en qué y hasta qué punto- somos invitados a pedir perdón a Dios, también como comunidad.

 

Orar con confianza a Dios

Nuestra oración debería estar también llena de confianza. Si el profeta llamaba a Dios “nuestro padre” y “nuestro redentor”, y el salmista se dirigía a él como “pastor de Israel”, nosotros, después de la venida de Cristo Jesús a nuestra historia, tenemos muchos más motivos para llamarle nuestro Padre y Salvador, y para decir con un cierto orgullo: “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él”.

También en el Adviento de este año deseamos nosotros en nuestras oraciones y cantos que Dios “rasgue los cielos y baje” en nuestra ayuda. Como cuando en tiempo de sequía el campesino mira al cielo, deseando que aparezcan por fin las nubes y la lluvia. Nosotros también necesitamos esa lluvia de Dios. Es verdad que somos débiles y no siempre hemos correspondido a Dios como él deseaba, pero seguimos diciendo como el profeta: “y sin embargo tú eres nuestro padre”.

Ya hace dos mil años que Dios envió a su Hijo a salvarnos. Pero se trata de que nosotros, en la Navidad de este año, le admitamos en nuestra vida, que pueda entrar de veras en nuestra existencia y en nuestra mentalidad.

 

Lo digo a todos: ¡velad!

No nos resulta cómodo que nos despierten y nos inviten a velar, a vigilar. Pues eso es lo que hace Jesús con nosotros. Miles y miles de comunidades cristianas escuchan hoy la llamada inicial del Adviento: “lo digo a todos: ¡velad!”. Es un toque de atención. Una llamada a la vigilancia.

Nuestra tendencia, con el correr de los días y los meses, es a quedarnos un poco dormidos, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, entretenidos en muchos valores intermedios y descuidando los fundamentales.

El Adviento es como un despertador espiritual. Nos estimula a la vigilancia orientando nuestra mirada, ante todo, hacia adelante: a la última venida, al final de los tiempos, la venida gloriosa del Señor como Juez de la historia. La primera parte del Adviento, hasta el día 16 de diciembre, tiene esta perspectiva “escatológica”, de mirada hacia el final de los tiempos. Se nota en los prefacios y en las oraciones.

También nos prepara el Adviento a la “venida sacramental” que sucederá, con gracia siempre nueva, en la Navidad de este año. La Navidad está en medio de la primera venida, que ya sucedió hace dos mil años en Belén, y la última, que no sabemos cuándo tendrá lugar. La Navidad condensa en sí misma el pasado y el futuro, con una gracia que siempre es actual y presente: el Dios que quiere hacerse, una vez más, con renovada ilusión por su parte, Dios-con-nosotros.

Vigilar es no dejarse vencer por el sueño, no caer en el sopor o en la pereza o en la rutina. Vigilar es estar atentos a Dios, a su venida continuada a nuestras vidas, y acogerle cada día. Vigilar es darse cuenta de que no sabemos cuándo acabará nuestro camino personal, ni el de la humanidad, ni el del cosmos. Dios puede “venir” a nosotros a cualquier hora, cualquier día, “al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer”, como dice la parábola de Jesús. Lo importante no es saber cuándo vendrá, sino cómo tenemos que estar preparados para que nos encuentre dispuestos a recibirle.

Vigilar es mirar al futuro: como hacen los que se preocupan de que nuestro mundo, nuestro medio ambiente, no vaya deteriorándose, sino que lo podamos dejar en herencia a nuestros sucesores en las mejores condiciones posibles. O como el jardinero que cuida su jardín, porque sabe que si lo descuida crecerán las malas hierbas y se estropeará progresivamente. O como el deportista que no sabe cuándo va a ser el momento decisivo para atacar o responder al ataque del adversario. O como cuando, al comienzo del verano o del invierno, cambian oficialmente la hora y tenemos que “poner en hora” nuestro reloj personal: así en el Adviento tendríamos que poner en hora nuestro reloj espiritual y reorientar nuestra marcha por la vida.

 

Pregoneros de la esperanza

En medio de las propagandas y confusas ideologías de este mundo, vivir el Adviento es, para los cristianos, reconocer que sólo en Dios está la salvación. Las seguridades que nos ofrecen el dinero, o el placer, o el éxito social, son efímeras.

Debemos volver a sentir la necesidad de Dios, creyéndonos las palabras que tantas veces oímos y decimos estos días: “ojalá rasgases los cielos y bajases”. Al menos en Adviento, ¿tendremos hambre de Dios?

Pero también debemos ser pregoneros de esa misma esperanza para los demás: transmitir a las personas con las que nos encontramos esa confianza

en Dios, que quiere construir, con nuestra ayuda, unos cielos nuevos y una tierra nueva. Si vamos cantando: “ven, Salvador, ven sin tardar”, eso se tiene que traducir en un estilo de vida en que predomine la esperanza y, a la vez, nuestro compromiso de trabajar para la llegada del Reino de Dios.

El Adviento es una verdadera escuela de esperanza. A veces se nos insiste en la importancia de una fe recta o de una caridad generosa. En este tiempo se nos urge a que crezcamos en esperanza, a que aprendamos a esperar, como espera el estudiante las vacaciones, y la mujer su primer hijo, y el campo reseco la lluvia…

Cada vez que celebramos la Eucaristía miramos al pasado, porque es el memorial de la Pascua del Señor. Pero también miramos hacia delante: “mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo”, y en el centro de cada celebración proclamamos: “ven, Señor Jesús”.

Si el profeta llamaba a Dios “nuestro Padre”, nosotros, en el rezo de la oración que nos enseñó Jesús, hoy tendríamos que “descongelar” esa expresión, y decirla con profunda fe, creyendo lo que decimos: “Padre nuestro, que estás en los cielos… Venga a nosotros tu Reino”.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 13, 33-37 (Evangelio Domingo I de Adviento

La vigilancia, una llamada a la esperanza

El evangelio de Marcos propio del Ciclo B que inauguramos con este Adviento, insiste en el tema de la carta de Pablo. El c. 13 de Marcos se conoce como el “discurso escatológico” porque se afrontan las cosas que se refieren al final de la vida y de los tiempos. Es un discurso que tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época que estaba muy determinada para la irrupción del juicio de Dios para cambiar el rumbo de la historia. Los otros evangelistas lo tomarían de Marcos y lo acomodarían a sus propias ideas. En todo caso, este discurso no corresponde exactamente a la idea que Jesús de Nazaret tenía sobre el fin del mundo o sobre la consumación de la historia.

Es bastante aceptado que es un discurso elaborado posteriormente, en situaciones nuevas y de crisis, sobre una “tradición” de Jesús y también de algo sucedido en tiempo del emperador Calígula. Aquí, el evangelista, se vale de la parábola del portero que recibe poderes para vigilar la casa hasta que el dueño vuelva. Estamos ante el final del discurso, y se ve que es como una especie de consecuencia que saca, el redactor del evangelio, de la tradición que le ha llegado a raíz de los acontecimientos que han podido marcar la crisis de Calígula, un hombre que no era agraciado ni en el cuerpo ni en el espíritu, como cuenta de él Suetonio (Calig., L). Los judíos habían derribado un altar pagano en Yamnia, y el emperador mandó hacer en el templo de Jerusalén un altar a Zeus. Para los judíos y los judeo-cristianos supuso una crisis de resistencia como oprimidos frente al poder del mundo. En aquél entonces algunos judeo-cristianos no habían roto todavía con el judaísmo y con el templo. No pueden desear otra cosa que legitimar su anhelo religioso en aras de una visión apocalíptica de la historia: sobre todo, es necesaria la fidelidad a Dios antes que la lealtad a los poderes del mundo que oprimen.

En la historia de la humanidad siempre se repiten momentos de crisis; situaciones imposibles de dominar desde el punto de vista social y político, cuando no es una catástrofe natural. La interpretación religiosa de esos acontecimientos se presta a muchos matices y a veces a falsas promesas. El hecho de que no se pueda asegurar el día y la hora pone en evidencia a los grupos sectarios que se las pintan muy bien para atemorizar a personas abrumadas psicológicamente. El lenguaje apocalíptico, que no era lo propio de Jesús, se convierte para algunos en la panacea de la interpretación religiosa en los momentos de crisis y de identidad.

Hoy, sin embargo, debemos interpretar lo apocalíptico con sabiduría y en coherencia con la idea que Jesús tenía de Dios y de su acción salvadora de la humanidad. Se pide “vigilancia”. ¿Qué significa? Pues que vivamos en la luz, en las huellas del Dios vivo, en el ámbito del Dios de la encarnación como misterio de donación y entrega. Ese es el secreto de la vigilancia cristiana y no las matemáticas o la precisión informática de nuestro final. Esto último no merece la pena de ninguna manera. Pero vigilar, es tan importante como saber vivir con dignidad y con esperanza. Hablar de la “segunda” venida del Señor hoy no tendría mucho sentido si no la entendemos como un encuentro a nivel personal y de toda la humanidad con aquél que ha dado sentido a la historia; un encuentro y una consumación, porque este mundo creado por Dios y redimido por Jesucristo no se quedará en el vacío, ni presa de un tiempo eternizado. Dios, por Jesucristo, consumará la historia como Él sabe hacerlo y no como los Calígula de turno pretenden protagonizar. Es esto lo que hay que esperar, y el Adviento debe sacar en nosotros a flote esa esperanza cristiana: todo acabará bien, en las manos de Dios.

1Cor 1, 3-9 (2ª lectura Domingo I de Adviento)

El “conocimiento” como experiencia de salvación

La segunda lectura es, concretamente,  el proemio de la carta de Pablo a la comunidad de Corinto, aquella que habría de darle mucho quehacer pastoral y teológico. En esas comunidades había grupos bien diversos; algunos buscarán caminos de perfección y de conocimiento más altos y exigentes. Viven bajo la espera de la venida de Jesucristo y el Apóstol los alienta para que sin perder esa dimensión tan esencial de su fe no olviden que lo más importante, no obstante, es vivir la vida de Jesucristo. En esa tensión escatológica no valen de nada las elucubraciones y los miedos: quien vive la vida del Señor; quien tiene sus sentimientos, heredará la verdadera vida.

La comunidad, muy heterogénea, muy plural y muy problemática, se vanagloriaba de su elocuencia y de sus carismas (cc. 12-14). Pablo menciona aquí el “conocimiento” de que hacen gala algunos de la comunidad. ¿Qué conocimiento? Quizás el de la inteligencia (la gnosis, de los griegos). ¿Qué les falta? El conocimiento que viene de la revelación de Dios y que los pondrá en trace de esperar el “día de nuestro Señor Jesucristo”, la “parusía”. En aquellos momentos incluso Pablo pensaba que ese día vendría pronto, como manifestación de la acción salvadora de Dios sobre este mundo y sobre la historia. Y para ese día no hay que prepararse con “conocimiento”, sino desde la praxis de una vida llena de sentido.

Is 63, 16-17; 64, 1.3-8 (1ª lectura Domingo I de Adviento)

Dios Redentor y Padre

La primera lectura está entresacada del libro de Isaías (63,16-17;64,1.3-8), y es la reflexión de un profeta (conocido por muchos como Tercer Isaías) que después del exilio de Babilonia sabe lo que es la crisis de identidad de su pueblo. Un pueblo que vive sin Dios, buscando simplemente subsistir, no tiene futuro, porque no tiene esperanza. El profeta, puesto en lugar de los sencillos y de las almas anhelantes, nos ofrece un “credo” majestuoso sobre quién es Dios: nuestro padre y nuestro redentor. (Qué anhelo tan fuerte se siente! Quiere que el cielo se rasgue y baje Dios en persona… Y ya percibe el profeta que esto ha sucedido.

Efectivamente Dios no se ha quedado en su cielo, sino que ha bajado para ser uno de nosotros y enseñarnos a practicar la justicia y la solidaridad. Este Dios ha venido para salvarnos y liberarnos. Esto sucedió, en realidad, en el s. I, con Jesús de Nazaret, el profeta nuevo de Galilea, desde cuando comienza a contarse una historia nueva. Pero muchos siglos antes, hombres, profetas como el Trito-Isaías, lo intuyeron como si lo estuvieran viendo con sus ojos.  Desafiando, incluso, la memoria de los padres del pueblo, Abrahán e Israel (considerando éste como uno de los antepasados) que ya no pueden proteger a los suyos (son solo recuerdo), no le queda más remedio que recurrir a Dios. No puede ser de otra manera, porque es el único que puede responder, porque es el único que sabe comprometerse.

El profeta repasa la situación anterior y comprende que el pueblo se ha olvidado de Dios. ¿Qué puede ocurrir? En las religiones de dioses celosos, la venganza divina se hubiera dado por descontado. Pero cuando se tiene un Dios de verdad, con entrañas de misericordia, que considera a los hombres como hijos, entonces sale a relucir lo que Dios es: padre y redentor (go´el).  Sin Dios, padre del pueblo, no hay nada que hacer. Es de los pocos textos del AT que usa esta expresión para hablar de Dios como “padre” del pueblo. Dios siempre sabe inventar algo nuevo para los suyos, y en este caso, el profeta, quita el título a los patriarcas para dárselo a Dios, porque Dios es más “padre” que los epónimos, los antepasados. De eso no se vive y hay que reconocerlo. Así es como se “rasgará” el cielo y vendrá el rocío que en tierra de “desierto” es como el maná, como el agua. Esta es una de las imágenes del Adviento. Y entonces el hombre aprenderá a no ser más de lo que debe ser. De ahí que teniendo a Dios como “padre y redentor”, no importa sentirse como el “barro en manos del alfarero”, porque de sus manos siempre sale un vaso nuevo.

Comentario al evangelio – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

Entramos en la recta final del tiempo ordinario. A las puertas del Adviento, en tiempos del Covid, la Esperanza llamará este año con fuerza a tu puerta, porque Dios quiere entrar en ti. Acabamos de celebrar que Jesús es Rey, una verdad que ojalá muchos más pudieran afirmar: Jesús es mi rey, mi Señor, quiero que lo sea, a pesar de mis torpezas. Y Él quiere un año más ser tú Señor, mi Señor, nuestro Señor.

Precisamente por ser la recta final del tiempo ordinario, toda la liturgia de la Palabra de esta semana tiene un tono apocalíptico. Nos invita a ser conscientes que, de parte de Dios, algo importante va a pasar y debemos estar preparados. Él pasará más cerca, nacerá de nuevo entre nosotros y esto no es un acontecimiento cualquiera.

El Apocalipsis, que nos acompañará a lo largo de esta semana, no es un libro misterioso, ni de terror, sino de esperanza. Es una joya escrita en tiempos de gran persecución, en un lenguaje cifrado y simbólico que hay que traducir para llegar a morder el fruto sabroso que esconden sus palabras. La rica tradición y el estudio de la Escritura por parte de la Iglesia, nos ayuda a ello. Hoy encontramos un claro ejemplo en Ap 14, 3 “los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra”. Más de un predicador sectario ha amenazado con esta cifra afirmando que este es un número cuantitativo: se salvarán ciento cuarenta y cuatro mil, lo dice la Biblia. No se puede interpretar la Sagrada Escritura al margen del Magisterio de la Iglesia ni de su estudio exegético. Este número resulta de multiplicar 12 (tribus de Israel, Antigua Alianza de Dios con los hombres) x 12 (apóstoles, Nueva Alianza) x 1000 (que en la Escritura significa multitud). Luego los 144.000 mil salvados, significa la mayoría del pueblo que ha permanecido fiel en la fe y la tribulación.

Su mensaje revelado de salvación no es una rebaja ni una bajada de listón. No vayamos a creer lo que algunos de los primeros cristianos imaginaban, una “apocatástasis”, un borrón y cuenta nueva final donde habrá una amnistía general porque todo vale. No. Dios es misericordioso, pero el amor es exigente y la puerta es estrecha. Por ello hay que permanecer y esperar en el amor contra viento y marea, como la viuda pobre del evangelio de hoy, cuya ofrenda es mayor que la de todos los asistentes juntos.

Esto es, en segundo lugar, a lo que nos invita la Palabra. A no ser huraños, a no regatear con la entrega personal. La vida es para darla, para repartirla. Ofrécete, no seas rácano ni miserable. No caigamos en la tentación de acumular para nosotros mismos tiempo, la satisfacción de nuestros intereses particulares, bienes, proyectos individualistas de vida… porque esto, al final, nos empobrece. ¿Qué significa ser rico? Para Dios ser rico significa darlo todo, como hace la viuda de hoy. Y pobre es aquel que todo lo guarda para sí. Lo contrario de la lógica mercantilista.

Señor, nos enseñas con la Palabra de hoy y con tu propia vida, que hay que darlo todo. En esto consiste la felicidad humana. Pero no acabamos de creer completamente esta verdad revelada por ti y tendemos a guardarnos para nosotros mismos, por miedo, desconfianza, inseguridad… Necesitamos de tu fuerza y de tu apoyo para ser desprendidos con nuestra vida, de modo que así sirvamos a los demás, dándonos.

¡Que en la celebración de tu nacimiento en esta próxima Navidad, nuestro corazón crezca en amor entregado!

Juan Lozano, cmf