Vísperas – San Andrés Dung-Lac

VÍSPERAS

SAN ANDRÉS DUNG-LAC, presbítero y compañeros mártires

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cirineos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús solitario,
llevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
y la luz del sol tiñe de rojo el alto cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidores.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos la milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén.

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Los cuerpos de los santos fueron sepultados en paz, y su fama vive por generaciones.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando y sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los cuerpos de los santos fueron sepultados en paz, y su fama vive por generaciones.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Vi las almas de los degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vi las almas de los degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Éstos son aquellos santos que entregaron sus cuerpos para ser fieles a la alianza de Dios y han lavado sus mantos en la sangre del Cordero.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éstos son aquellos santos que entregaron sus cuerpos para ser fieles a la alianza de Dios y han lavado sus mantos en la sangre del Cordero.

LECTURA: 1Jn 2, 3-6

Queridos hermanos, estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ Alegraos, justos, y gozad con el Señor.
V/ Alegraos, justos, y gozad con el Señor.

R/ Aclamadlo, los de corazón sincero.
V/ Y gozad con el Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Alegraos, justos, y gozad con el Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y porque le amaron hasta derramar su sangre reinan con el Señor eternamente.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se alegran en el cielo los santos que siguieron las huellas de Cristo, y porque le amaron hasta derramar su sangre reinan con el Señor eternamente.

PRECES

A la misma hora en que el Rey de los mártires ofreció su vida, en la última cena, y la entregó en la cruz, démosle gracias, diciendo:

Te glorificamos, Señor.

Porque nos amaste hasta el extremo, Salvador nuestro, principio y origen de todo martirio:
Te glorificamos, Señor

Porque no cesas de llamar a los pecadores arrepentidos para los premios de tu Reino:
Te glorificamos, Señor

Porque hoy hemos ofrecido la sangre de la alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados:
Te glorificamos, Señor

Porque, con tu gracia, nos has dado perseverancia en la fe durante el día que ahora termina:
Te glorificamos, Señor

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Porque has asociado a tu muerte a nuestros hermanos difuntos:
Te glorificamos, Señor

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que concediste a los mártires Andrés Dung-Lac y compañeros la gracia de morir por Cristo, ayúdanos en nuestra debilidad para que, así como ellos no dudaron en morir por ti, así también nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Martes XXXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21, 5-11
Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: «De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.» Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy empieza el último discurso de Jesús, llamado Discurso Apocalíptico. Es un largo discurso, que será el asunto de los evangelios de los próximos días hasta el final de esta última semana del año litúrgico. Para nosotros del Siglo XXI, el lenguaje apocalíptico es extraño y confuso. Pero para la gente pobre y perseguida de las comunidades cristianas de aquel tiempo era la manera que todos entendían y cuyo objetivo principal era animar la fe y la esperanza de los pobres y oprimidos. El lenguaje apocalíptico es fruto del testimonio de fe de estos pobres que, a pesar de las persecuciones y a pesar de lo que veían, seguían creyendo en que Dios estaba con ellos y que seguían siendo el Señor de la historia.
• Lucas 21,5-7: Introducción al Discurso Apocalíptico. En los días anteriores al Discurso Apocalíptico, Jesús había roto con el Templo (Lc 19,45-48), con los sacerdotes y con los ancianos (Lc 20,1-26), con los saduceos (Lc 20,27-40), con los escribas que explotaban a las viudas (Lc 20,41-47) y al final vemos en el evangelio de ayer que teje el elogio de la viuda que dio en limosna todo aquello que poseía (Lc 21,1-4). Ahora, en el evangelio de hoy, al oír como “algunas personas hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas”, Jesús responde anunciando la destrucción total del Templo: “De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.” Al oír este comentario de Jesús, los discípulos preguntan: “Maestro, ¿cuándo sucederá esto? ¿Y cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Ellos quieren más información. El Discurso Apocalíptico que sigue es la respuesta de Jesús a esta pregunta de los discípulos sobre el cuándo y el cómo de la destrucción del Templo. El evangelio de Marcos informa lo siguiente sobre el contexto en que Jesús pronunció este discurso. Dice que Jesús había salido de la ciudad y estaba sentado en el Monte de los Olivares (Mc 13,2-4). Allí, desde lo alto del Monte, tenía una vista majestuosa del Templo. Marcos nos dice que eran sólo cuatro los discípulos que fueron a escuchar el último discurso. Al comienzo de su predicación, tres años antes, allí en Galilea, las multitudes iban detrás de Jesús para escuchar sus palabras. Ahora, en el último discurso, hay apenas cuatro oyentes: Pedro, Santiago, Juan y Andrea (Mc 13,3). ¡Eficiencia y buen resultado no siempre se miden por la cantidad!
• Lucas 21,8: Objetivo del discurso: “¡Mirad, no os dejéis engañar!”    Los discípulos habían preguntado: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Jesús empieza su respuesta con una advertencia: “Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis”. En época de mudanzas y de confusión siempre aparecen personas que quieren sacar provecho de la situación engañando a los demás. Esto acontece hoy y estaba ocurriendo en los años 80, época en que Lucas escribe su evangelio. Ante los desastres y guerras de aquellos años, ante la destrucción de Jerusalén del año 70 y ante la destrucción de la persecución de los cristianos por el imperio romano, muchos pensaban que el fin de los tiempos estuviera llegando. Y hasta había gente que decía: “Dios ya no controla los hechos. ¡Estamos perdidos! ” Por esto, la preocupación principal de los discursos apocalípticos es siempre la misma: ayudar a las comunidades a discernir mejor los signos de los tiempos para no dejarse engañar por las conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “Mirad, ¡no os dejéis engañar!”. Luego viene el discurso que ofrece señales para ayudarlos en el discernimiento y, así, aumentar en ellos la esperanza.
• Lucas 21,9-11: Señales para ayudar a leer los hechos. Después de esta breve introducción, empieza el discurso propiamente dicho: “Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.” Para entender bien estas palabras, es bueno recordar lo siguiente. Jesús vivía y hablaba en el año 33. Los lectores de Lucas vivían y escuchaban en el año 85. Ahora, en los años cincuenta, entre el año 33 y el año 85, la mayoría de las cosas mencionadas por Jesús habían acontecido ya y todos las conocían. Por ejemplo, en varias partes del mundo había guerras, aparecían falsos mesías, surgían enfermedades y pestes y, en Asia Menor, los terremotos eran frecuentes. En un estilo bien apocalíptico, el discurso enumera todos estos acontecimientos, uno después de otro, como señales o como etapas del proyecto de Dios en la andadura de la historia del Pueblo de Dios, desde la época de Jesús hasta el fin de los tiempos:
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
Hasta aquí el evangelio de hoy. El evangelio de mañana trae una señal más: la persecución de las comunidades cristianas (Lc 21,12). El evangelio de pasado mañana trae dos señales más: la destrucción de Jerusalén y el inicio de la desintegración de la creación. Así, por medio de estas señales del Discurso Apocalíptico, las comunidades de los años ochenta, época en la que Lucas escribe su evangelio, podían calcular a qué altura se encontraba la ejecución del plan de Dios, y descubrir que la historia no se había escapado de la mano de Dios. Todo era conforme con lo que Jesús había previsto y anunciado en el Discurso Apocalíptico.

4) Para la reflexión personal

• ¿Qué sentimiento te habitaba durante la lectura de este evangelio de hoy? ¿Sentimiento de miedo o de paz?
• ¿Piensas que el fin del mundo está cerca? ¿Qué responder a los que dicen que el fin del mundo está cerca? ¿Qué es lo que hoy anima a la gente a resistir y tener esperanza?

5) Oración final

Exulte delante de Yahvé, que ya viene,
viene, sí, a juzgar la tierra!
Juzgará al mundo con justicia,
a los pueblos con su lealtad. (Sal 96,13)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LAS LÁGRIMAS DE UNA PECADORA

Lc 7, 36-50

En una de estas ciudades en el camino a Jerusalén, quizá en la misma Naín, le invitó un fariseo, de nombre Simón, para que comiera con él, y Jesús aceptó. Simón y los asistentes al banquete sentían mucha curiosidad por Jesús. Y debió de ser grande el interés, pues Simón había invitado a Jesús con insistencia –tal es la traducción literal del texto– para que fuera a su casa. El Maestro no descartaba las invitaciones. En esta ocasión acudió a casa del fariseo.

Había también en la ciudad una mujer pública, una prostituta, conocida por todos como tal[1]. Esta mujer ya había oído al Señor, sin duda, y se había sentido movida a cambiar de vida. Estaba hastiada de sus pecados. Y se habría sentido impresionada por las palabras y por la actitud misericordiosa del Maestro con los pecadores. ¡Él no era como los fariseos, que despreciaban a las gentes impuras y desconocedoras de la Ley!

Simón no mostró mucho aprecio al Maestro cuando llegó a su casa y comenzó el banquete. Ni siquiera tuvo con Él las muestras de deferencia normales en estos casos. El fariseo guardaba distancias; no era ciertamente uno de sus discípulos.

Jesús está sin sandalias, reclinado sobre un diván y con el brazo izquierdo apoyado en la mesa; está con los pies desnudos, retirados hacia afuera, hacia el pasillo libre para el paso de los sirvientes.

En un momento de la comida sucedió algo inesperado y terrible para el anfitrión. De pronto, una mujer, que nadie supo de dónde había salido, entró en la sala y se puso detrás de Jesús, arrodillada a sus pies, llorando. Entonces comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume. No fue cosa de un instante, pues todo esto requería su tiempo. Los invitados estaban desorientados.

Era algo insólito que una mujer irrumpiera así en la sala de un banquete, donde se reunían solo los hombres. Pero el escándalo creció cuando los comensales la reconocieron: era una mujer pública conocida en la ciudad. Lo que sucedió en el corazón de esta mujer se conoce por las palabras posteriores del Señor: amó mucho. Muestra que profesa a Jesús una veneración sin límites. Se olvidó de los demás y de sí; solo le importaba el Señor. Tenía mucha necesidad de perdón, de sentirse comprendida y acogida en medio de su gran miseria moral; deseaba cambiar. Todo lo demás le importaba muy poco. Y lo que pudieran pensar Simón y sus amigos nada, o casi nada.

Quizá su primera intención fue solo derramar sobre los pies de Jesús el perfume que llevaba en el frasco de alabastro y salir enseguida de la sala. Pero, sin poderse contener, se abrazó a los pies del Señor y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas hasta los pies de Jesús, que, lleno de comprensión, la contemplaba en silencio. Después, el amor incontenible de la pecadora hizo algo difícil de entender en una mujer de aquel tiempo: se quitó el velo, se soltó los cabellos sin pensar que estaba delante de hombres, que verían en esto un gesto inmoral, y comenzó a secar con ellos los pies mojados con sus lágrimas. Los besó muchas veces; después, vertió sobre ellos el perfume.

Se originó un silencio tenso. La mujer no dijo una palabra, ni nadie se atrevió a decirla. Pero el escándalo estaba en el corazón de todos. Simón contemplaba la escena y despreciaba en su interior a la mujer, como pecadora pública, y también a Jesús, que permitía la situación. Se sentía un poco juez de lo que estaba sucediendo. Pensaba que el Maestro, al que tanto había insistido y del que tanto se hablaba, era un hombre de poca talla sobrenatural: Si este fuera profeta –piensa–, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora. Todos lo sabían.

Jesús, como si todo fuera perfectamente normal, se dirigió entonces al dueño de la casa: Simón, tengo que decirte una cosa. Y este, hipócritamente, le contestó: Maestro, di. El Señor le puso una comparación sencilla: dos personas deben a otra un dinero: una, quinientos denarios y otra, cincuenta. Como ninguno de los dos puede pagar, el prestamista se los perdona a ambos. ¿Quién le estará más agradecido? La respuesta era lógica: le deberá amar más aquel a quien le condonó una deuda mayor. La parábola se convirtió entonces en una gran alabanza de la mujer pecadora.

Jesús, mirando a la mujer –en realidad se dirige a todos, sin dejar de mirar a la mujer–, le dice a Simón: ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pero ella, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Y terminó con estas palabras: Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho.

Y añadió, invirtiendo el orden lógico de la frase: Aquel a quien menos se perdona menos ama[2]. Y enseña que incluso el pecado, cuando va acompañado de una verdadera contrición, puede ser fuente de un mayor amor[3].

La mujer quedó llena de gozo, y también un tanto desorientada en medio de los hombres. El Señor la miró de nuevo y le dijo: Tus pecados quedan perdonados. Nunca había imaginado tanto.

Los convidados, escandalizados, comenzaron a comentar entre sí: ¿Quién es este que hasta perdona los pecados? ¡El Maestro se había atrevido a perdonar los pecados! ¡Solo Dios podía perdonar las culpas! El escándalo por esta cuestión fue mucho mayor que por la entrada de la mujer en la sala.

La mujer estaba ahora bastante asustada. Era la verdadera protagonista del banquete. Jesús hubo de decirle de nuevo: Tu fe te ha salvado; vete en paz. Se levantó, miró al Maestro y se marchó. Salió de la sala con el alma nueva y una alegría sin límites. Desde aquel instante comenzó una existencia distinta. Quizá dejó aquella ciudad para poder rehacer de nuevo su vida. Había nacido en ella un amor limpio y grande que no hubiera sospechado que pudiera existir.

Ahora el silencio se hizo aún más denso: Simón y sus amigos no habían quedado en buen lugar cuando el Señor les acusó públicamente de falta de hospitalidad. Pero luego el Maestro había hecho algo peor: ponía a aquella prostituta por encima de ellos, con un corazón más grande y más digna del perdón que ellos mismos. Estaban desconcertados y no se atrevían ni siquiera a formular en voz alta sus pensamientos: quién sabía qué respuesta podría darles Jesús. Ellos eran conscientes de las muchas cosas que debían ocultar. El rechazo al Maestro quedó en sus corazones; aparecería más tarde. El banquete quedó bastante deslucido.


[1] Esta mujer nada tiene que ver con la hermana de Lázaro. Con toda probabilidad tampoco se identifica con la Magdalena, aunque en Occidente, a partir de san Gregorio Magno, se confunden frecuentemente las tres en la liturgia, hasta la última reforma. Los cristianos de Oriente las distinguen. La identificación de María de Betania nació de la común unción (Jn 12, 1-8); la confusión con la Magdalena tiene por base una errónea interpretación de la posesión de la que fue librada por el Señor. San Lucas presentará a la Magdalena poco después (Lc 8, 2) como una persona nueva.

Es posible que san Lucas omita por delicadeza el nombre de esta pecadora, convertida más tarde a la fe.

[2] Las muchas faltas, escribe san Agustín, llevan a amar mucho; las pocas, si así fuera realmente, llevan a dar gracias a la misericordia divina que hizo posible el no caer. «Este cometió muchos pecados, y se hizo gran deudor; el otro cometió pocos por haberle llevado Dios de la mano. Si, pues, el uno le atribuye la remisión de los cometidos, atribúyale también el otro el haberse mantenido en pie» (Sermón 99, 6).

[3] Enseña san Gregorio Magno que «a nosotros representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y le imitamos en el llanto por la penitencia» (Homilías sobre el Evangelio, 13, 5). La verdadera contrición permite que nos olvidemos de nosotros mismos y nos acerquemos de nuevo a Jesús en un acto de amor más profundo. Este dolor de los pecados atrae la misericordia divina: Mis miradas se posan sobre los humildes y sobre los de corazón contrito (Is 66, 2).

Comentario – Martes XXXIV de Tiempo Ordinario

El evangelista nos sitúa a Jesús en los aledaños del templo de Jerusalén. Ante una edificación tan imponente, algunos ponderaban su belleza y grandiosidad. Admiraban la calidad de la piedra y los exvotos, esos objetos que colgaban de las paredes a modo de ofrendas presentadas a Dios en reconocimiento de los beneficios recibidos de él. Todo les resultaba admirable en el templo: su majestuosa belleza, su solidez y sus adornos. 

Pues bien, oyendo Jesús estos comentarios, les dice: Esto que contempláis con tanta admiración, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Anuncia, pues, la destrucción de una edificación que les parece indestructible, imperecedera. Y ellos, dando crédito a sus palabras, le preguntan: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

En su respuesta, Jesús les previene frente a posibles engaños, porque muchos (los adventistas de todos los tiempos) vendrán usando su nombre y anunciando la cercanía del momento final. Pero no deben ser creídos: No vayáis tras ellosEl final no vendrá en seguida.

Antes ocurrirán cosas que fácilmente se confundirán con el final y que significarán el final para muchos: guerras, revoluciones, grandes terremotos, epidemias y hambre en diversos países, espantos y grandes signos en el cielo. Son sucesos que anticipan el final y que revelan que todo en este mundo tendrá su final, porque nada es indestructible, porque todo es perecedero. Pero el final permanece en misterio. No hay que dar oído a las voces alarmistas que lo anuncian con antelación y a veces con fecha fija. El final no vendrá en seguida.

Pero tampoco tardará mucho en llegar para cada uno, aunque siga en pie la Torre Eiffel o la Catedral de Toledo. Y de este final sí que tendríamos que ser conscientes para no vivir en la insensatez y en la ilusión de una vida sin fin y sin deterioro.

De cuando en cuando sucede algo (una enfermedad, una muerte imprevista, un accidente) que nos sacude y nos despierta de nuestra inconsciencia. Son las señales que nos indican que nuestra vida en este mundo tiene límite o fecha de caducidad. Por eso conviene estar preparados, no sólo para no vivir en la mentira y valorar en su justa medida aquello de lo que disponemos o disfrutamos, sino porque la vida, con sus obras y palabras, será sometida a juicio, dado que se trata de una vida responsable y, por tanto, de la que hay que responder en lo que tiene de responsable.

Jesús anticipa que ese juicio será un refrendo de nuestra propia actitud, esto es, un juicio sin misericordia para el que no practicó la misericordia y un juicio misericordioso para el que practicó la misericordia. Lo que brota espontáneamente de Dios es la misericordia. Por eso nos resulta inconcebible un juicio divino que no lleve la impronta de la misericordia.

Pero ahí queda la sentencia de Jesús como una amenaza permanente. Puede que el corazón inmisericorde se endurezca tanto que quede privado de toda capacidad de transformación y el juicio venga a ser una simple constatación de esa dureza irreformable. Las consecuencias serán las propias de un juicio sin misericordia. Pidamos encarecidamente al Señor que no nos haga merecedores de este juicio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

III. REFORMA DE LA SAGRADA LITURGIA

21. Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea proveer con solicitud a una reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados.

En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria.

Por esta razón, el sacrosanto Concilio ha establecido estas normas generales:

Música – Domingo I de Adviento

Entrada: A ti, Señor, levanto mi alma. CLN A10; Ven, Salvador   CLN 3;
Vamos a preparar el camino, CLN  17; Tiempo de esperanza CLN 13
Introito en latin: Ad te levavi.
Corona de Adviento: Ven, ven, Señor, CLN30;  
Misa de Adviento: C. Gregoriano
Salmo Responsorial y Aleluya.  Propio: Señor, Dios nuestro, restáuranos
Ofrendas Rorate caeli,CLN 32
Comunión: El Dios de  paz: CLN 1; Palabra que fue luz, CLN 18; Esperamos tu venida- CLN 19
Final: Un pueblo que camina, CLN 7; Alma redemptoris Mater (gregoriano).

Recursos – Ofertorio Domingo I de Adviento

PRESENTACIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO

(Seguimos con esta bella tradición de la Corona de Adviento. Puede haber sido confeccionada en la propia comunidad o haberse encargado a una floristería. Debe hacer la ofrenda el Presidente del Consejo Parroquial. Dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, con este símbolo del Adviento y en nombre de toda la comunidad, te quiero hacer presente que todos/todas y cada uno/cada una nos comprometemos a vivir este tiempo fuerte de preparación a la Navidad de tu Hijo y a su venida definitiva. Danos fuerza y luz, Señor, para vivirlas, de acuerdo a tus deseos, santos e irreprochables en el amor.

SE ENCIENDE LA PRIMERA VELA DE LA CORONA DE ADVIENTO

(Una vez, que todo el mundo está sentado, se acerca quien preside hasta la corona, situada delante del altar o sitio bien visible, y enciende el primero de los velones, que corresponde a este primer domingo de Adviento. Tras ello, dice la siguiente monición-oración)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Padre nuestro, en el inicio del Adviento, queremos hoy encender la primera vela de esta corona, como signo de la luz que alumbra nuestra esperanza. A la vez, queremos hacer de ella la señal de nuestro permanecer despiertos/despiertas y con los ojos del corazón abiertos para leer todos los signos y rastros de tu venida y de tu presencia entre nosotros y nosotras. Que no se nos escape, Señor, nada de lo que nos habla de Ti. Que no se embote nuestra sensibilidad para sintonizar contigo allá donde Tú estés.

PRESENTACIÓN DE UN SUEÑO, UN DESEO, UNA ESPERANZA Y UNA ORACIÓN

(Hacen la ofrenda un niño o una niña, un o una joven, un matrimonio y un anciano o una anciana)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN:

El NIÑO o la NIÑA: Señor, yo te traigo un sueño infantil: que el mundo sea como nuestros juegos, un ámbito de fraternidad e igualdad.

El JOVEN o la JOVEN: Por mi parte, te traigo, Señor, un deseo: que los hombres y las mujeres y la sociedad sólo se muevan desde la verdad.

El MATRIMONIO: Nosotros, que vivimos mirándonos en nuestros hijos e hijas, te ofrecemos una esperanza: que el clima de las relaciones entre las personas sea la paz.

El ANCIANO o la ANCIANA: Yo vivo, Señor, marcado por el pasado y tocando con las yemas de los dedos el futuro. Por eso, te traigo mi oración: perdona cuanto retarda tu venida definitiva y haz que el sueño del niño (de la niña), el deseo del (de la) joven y la esperanza de nuestro matrimonio, por la fuerza de tu gracia, lleguen a ser una realidad.

PRESENTACIÓN DE LOS NIÑOS Y NIÑAS DE LA COMUNIDAD

(Quien preside la celebración pide a los niños, a las niñas de la comunidad, presentes en la misma, que se adelanten y se pongan junto al altar. Si hubiera niños y niñas suficientes, podrían hacer un corro en torno al altar, dándose las manos. Una vez situados y situadas, se dice la monición-oración)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Con la corona de Adviento, en la que hemos prendido la primera vela, queremos hoy, Señor, presentarte, también, lo que tenemos más prendido de esperanza: nuestros niños y niñas. Su presente es su futuro. Y, por eso, en sus juegos, lo adelantan cada día. Pero queremos en ellos y en ellas, Señor, mirarnos en sus mismos ojos y, si nos vemos ya adultos, sin embargo, conservamos el corazón lleno de esperanza.

PRESENTACIÓN DE UN PERIÓDICO

(Lleva el periódico uno de los miembros de la comunidad, mientras otro hace la ofrenda:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, nosotros/nosotras te traemos hoy un periódico. Es el resumen de la vida de una jornada a nivel local, provincial, regional, nacional e internacional. Son pocas las noticias buenas que nos ofrece. Es más numerosa la información de signo negativo. Hay guerras, injusticias, corrupción, sucesos. Son un resumen de cómo somos los hombres y las mujeres. Pero son también un signo de tu presencia entre nosotros y entre nosotras, si somos capaces de agudizar nuestra vista y ver bajo la pesada realidad cómo Tú nos hablas. Señor, no permitas que se embote la sensibilidad de nuestra fe para reconocer tu presencia entre nosotros y entre nosotras.

Oración de los fieles – Domingo I de Adviento

Tu pueblo Señor, espera tu venida. Para preparar nuestro corazón y nuestra alma, presentamos ante Ti nuestras súplicas:

SEÑOR, LO ESPERAMOS DE TI.

1.- Por el Papa Francisco, los obispos, sacerdotes y diáconos para que sientan en su corazón las manos del Alfarero. OREMOS

2.- Por el fin de las guerras y las hostilidades, por el cambio en los corazones, para que todos aceptemos al prójimo y juntos construyamos la paz. OREMOS

3.- Por los que rigen nuestros pueblos, para que sea la actitud de servicio lo que mueva todas sus decisiones. OREMOS

4.- Por los que sufren algún tipo de mal físico o espiritual, para que encuentren a su alrededor la comprensión necesaria para seguir adelante. OREMOS

5.- Por todos los que desde hoy preparamos tu venida, para que este tiempo de espera sirva de reflexión y cambio en nuestra rutina. OREMOS

6.- Por todas las familias que esperan algún nuevo miembro para que esa espera se una a la de la Iglesia y vivan con autentica alegría la celebración de la Navidad. OREMOS

7.- Por todos nosotros, presentes en esta Eucaristía y por todos aquellos que no quisieron o no pudieron venir, para que la Virgen María nos enseñe a esperar con paz y alegría del Niño Jesús. OREMOS

Padre, en este comienzo de Adviento te pedimos que acojas estas súplicas y nos ayudes a preparar la venida de tu Hijo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amen.


Elevamos nuestras oraciones al Señor, que por medio de Jesucristo nos llama a participar de la vida, y le decimos:

AYÚDANOS A ESTAR VIGILANTES

1.- Por el Papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, para que nos ayuden a despertar a los grandes valores de la vida, que vamos dejando en el camino por falta de compromiso. OREMOS

2.- Para que no seamos máquinas en nuestro trabajo, sino que tratemos de engrandecerlo y ofrecerlo a los demás. OREMOS

3.- Por todos los que viven dormidos sin ver su realidad personal, para que tomen conciencia de que un día tendrán que responder de ella. OREMOS

4.- Por los que no tienen los bienes necesarios, tanto económicos, morales y espirituales; para que encuentren personas vigilantes que se den cuenta de su situación y les ayuden a resolverla. OREMOS

5.- Por las familias que se encuentran ancladas en el consumismo, la pereza, la inercia, dejándose arrastrar por lo que no sacia. OREMOS

6.- Por todas las regiones del mundo que han perdido la esperanza, ante tanta guerra, y tanto odio; para que encuentren a Dios y a los hermanos que les ayuden a liberarse de la opresión de la violencia. OREMOS

7.- Por los que estamos aquí reunidos, para que creamos de verdad que no hay nadie que haga más por nosotros que el Señor. OREMOS

Sabemos que Tú, Dios Padre, eres la fuerza que viene a salvarnos, por eso te pedimos que escuches nuestras oraciones.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén

Comentario al evangelio – Martes XXXIV de Tiempo Ordinario

La siega y la vendimia de la que hoy nos habla el Apocalipsis, son símbolos del juicio de Dios. ¿Cuándo ocurrirá esto? no lo sabemos, aunque a lo largo de las distintas décadas y generaciones no han faltado ni faltarán predicadores baratos que han afirmado conocer el día y la hora, los planes de Dios. De ellos nos previene hoy Jesús: “Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: -Yo soy-, o bien -El momento está cerca-; no vayáis tras ellos”.

Ninguno de nosotros sabemos nuestra hora de partir de este mundo. Sabemos que algún día daremos ese paso y ojalá estemos bien preparados, como los ciento diecisiete mártires vietnamitas de los siglos XVII y XVIII que recordamos hoy. Lo que sí sabemos es que nuestras obras serán vistas a la Luz. Lo que contará es el amor. Este amor se “medirá” en la balanza, será “pesado” y entonces se verá con claridad si estamos preparados o no para ir al “banquete” de nuestro Señor. Esto no nos debe atemorizar, más bien nos debe estimular, nos recuerda que somos peregrinos y que estamos de paso, que nuestra estación de destino no es esta, por lo que hay que dejarse la piel y vivir con intensidad.

El tema de la muerte es hoy es un tema tabú para la civilización occidental, un asunto del que no gusta hablar porque muchos no saben encontrar un sentido a este inevitable destino humano. El libro del Apocalipsis nos ofrece la visión de Dios a este respecto. Meditémosla. No nos viene mal una dosis esperanzadora de realismo. 

En el evangelio de hoy, Jesús quita importancia a la belleza del templo, a la “calidad de la piedra y los exvotos” porque es efímera, porque algún día desaparecerá, porque no es eterna. No le faltaba razón; el templo de Jerusalén fue destruido el año 70 d.C. Para Jesús, la belleza que importa y permanece es otra. Que nadie nos engañe. La apuesta importante y decisiva es por aquello que permanece. Hay muchas señales muy espectaculares, pero en muchos casos no son más que artificios. Sólo el buen fruto será vendimiado. Sólo lo importante será tenido en cuenta. El Señor nos llama a ser fértiles, a estar preparados, a tener nuestras manos rebosantes para que cuando llegue el momento podamos mostrarlas llenas de satisfacción por el deber cumplido. El deber de amar y darlo todo allí donde y con quien te “tocó” vivir. Aprovechemos el tiempo que se nos regala cada día, no sabemos cuánto nos queda.

Juan Lozano, cmf