Santoral 27 de noviembre

SAN JOSÉ PIGNATELLI, sacerdote († 1811)

El autor de la Carta a los Hebreos recuerda en el capítulo XI los santos patriarcas del Antiguo Testamento. Y el capítulo XII lo empieza así: “Teniendo, pues, nosotros tal nube de testigos que nos envuelve”, dejemos el miedo y caminemos confiados hacia Jesús. Esa “nube de testigos”, esa constelación de santos, es la que inundó la Iglesia de España los siglos XVI y XVII, y los siglos XIX y XX. Pero ¡qué aridez y sequía en el siglo XVIII, siglo volteriano, masónico y jansenista! Apenas si encontramos un santo español, excepto San José Pignatelli, y aun éste medio napolitano.

José Pignatelli nació en Zaragoza el 1737. Su padre era el dique Don Antonio y su madre la marquesa Doña María Francisca, y tenían su palacio junto al solar de los Lunas, la familia del papa Pedro de Luna.

Perdió pronto a su madre, pasó unos años en Nápoles y volvió a Zaragoza para estudiar en los jesuitas. El 1753 entró en la Compañía de Jesús. Fue novicio en Tarragona y estudió en Manresa, Calatayud y Zaragoza.

El 1762 era ordenado sacerdote. Fueron años difíciles. El año 1767 el, rey Carlos III, “por razones que se reserva en su real pecho”, expulsa de España a los jesuitas. Nuestro Santo trabajó con gran celo, a pesar de su débil salud, como profesor, catequista, misionero, visitando enfermos y encarcelados. Fue siempre ejemplo de caridad, humildad y confianza en Dios. Ésas son sus virtudes características, que sabía armonizar con una innata elegancia y distinción, propia de su esclarecida alcurnia.

A él le tocó también sufrir el destierro. Vivió en Córcega, Génova, Ferrara. En Bolonia pasó un cuarto de siglo, desde 1773 hasta 1797. Desde que en 1773 fue suprimida la Compañía de Jesús por el débil papa Clemente XIV, que se dejó intimidar por algunos ministros extranjeros, Pignatelli se dedicó sobre todo a reunir los viejos miembros dispersos de la Compañía y a infundirles ánimos con los jóvenes que se van agregando.

Trabajó lo indecible por la restauración de la Compañía. Fue restaurada por Pío VII el 1814. Pignatelli había muerto ya, pero él había preparado la restauración, la había previsto y para ello había trabajado con toda su alma, con la incorporación de sangre nueva, como provincial de Italia y reorganizador de la Compañía en Nápoles y en Sicilia. Ha sido llamado segundo padre de la Compañía.

El santo aragonés era de una impresionante reciedumbre ascética. Le tocó vivir las tormentas implacables que se abatieron sobre la Compañía. Sabía que la restauración no se podría alcanzar sino con tribulaciones y trabajos, con humildad, caridad, confianza en Dios y vida interior.

En Roma se había extendido su fama de hombre de oración, de temple recio, de piedad honda y austera, humildad seráfica, caridad fogosa, exquisita prudencia y suave energía. Era un verdadero asceta. Y un manirroto limosnero también. Hasta se despojó de su ropa para vestir a un miserable.

Murió agotado por la enfermedad y los sufrimientos el 1811, en la pequeña casa de San Pantaleón, cerca del Coliseo, Benedicto XV promulgó el 1917 la heroicidad de sus virtudes. Pío XI lo declaró Beato el 1933 y el 1954 Pío XII lo inscribió en el catálogo de los santos.

El papa Pío XII, siendo aún cardenal Pacelli, y antes de la canonización, había escrito: “San Ignacio de Loyola, paladín de la vida, y José Pignatelli, paladín de la resurrección, son las dos columnas del arco triunfal de la Compañía de Jesús”. No podía hacerse un elogio mayor.

 

Otros Santos de hoy: Valeriano, Máximo, Virgilio, Severino, Josafat.

Justo y Rafael Mª López-Melús