Comentario – Domingo I de Adviento

Comenzamos un nuevo año litúrgico. Aquí lo nuevo no es la novedad absoluta, sino la renovación de lo antiguo. No se trata de adquirir una nueva fe, sino de renovar la fe que tenemos y que se nos ha quedado un poco gastada, anquilosada, abúlica, esclerotizada, rutinaria… “O renovarse o morir”, dice un adagio castellano. Por eso hay que volver a empezar el recorrido litúrgico, esta especie de retorno anual que nos hace revivir los acontecimientos de la vida de Cristo, desde su nacimiento (Navidad) hasta su muerte y resurrección (Pascua) y envío del Espíritu Santo (Pentecostés). Son festividades que se repiten, pero que podemos vivir (y de hecho vivimos) con nuevo espíritu, en situaciones anímicas diferentes, más maduros o mejor dispuestos para recibir lo que Dios quiere darnos: su gracia salvadora, la experiencia de su amor.

Y comenzamos de nuevo con el Adviento, esto es, volviendo nuestra mirada hacia (ad) el que viene (venientem). Pero el que viene a nosotros hoy (en sus diferentes modos de presencia sacramental) es también el que vino en carne mortal, en Belén de Judá, y el que vendrá en gloria, no sabemos cuando, al final. No se trata, por tanto, de vivir sólo mirando al pasado, como los que viven de recuerdos, sumidos en la gruta de su propia melancolía. Tenemos pasado y no renunciamos a él. Nuestra fe es también tradición y se funda en unos hechos históricos que acaecieron hace ya unos siglos. Son los hechos que tejen la biografía de nuestro Señor Jesucristo.

Pero no vivimos exclusivamente del recuerdo de aquellos hechos dramáticos y triunfantes. Vivimos del presente de una realidad transfigurada y misteriosa, vivimos pendientes del que viene a diario a nuestras vidas en su presencia sacramental, vivimos de su palabra y de su eucaristía, vivimos de su amistad consoladora, gozosa y estimulante, vivimos de su trato y compañía, alentados por su amor y guiados por sus directrices y orientaciones, vivimos de su Espíritu. Pero nuestro presente no se clausura en sí mismo como si fuera eterno. Un presente (temporal) sin futuro es un tiempo sin horizonte, encerrado en sí mismo. El presente necesita del futuro para no perecer en su fugacidad.

Nuestro adviento tiene no sólo un futuro temporal, sino eterno. Es sobre todo un fijar la mirada en el que vendrá como juez, como restaurador, como salvador universal. Y ése no es distinto del que ha venido, aunque venga de manera distinta, a saber, manifiesta, pública, radiante. Pero el momento de esa venida nos es desconocido, y por muchas señales que nos den, nos seguirá siendo desconocido. De ahí la recomendación evangélica: veladporque no sabéis cuando vendrá… si al atardecer, a medianoche o al amanecer: no sea que venga inesperadamente.

Así es como vendrá: inesperadamente, porque así es como viene también, inesperadamente, como esa muerte que nos sorprende, bien porque se anticipa, bien porque se retrasa. Pero el carácter intempestivo de su venida no nos impide esperar; al contrario, el que vela, espera. Hay que esperar velando (despiertos, activos), pero velando con esperanza; pues el que vendrá es el Libertador, por tanto, alguien esperado (=deseado), no temido. Si no tememos al que viene, porque le tenemos por amigo, tampoco hemos de temer al que vendrá, porque sigue siendo el mismo amigo, aunque venga haciendo ostentación de poder.

Se trata del mismo Jesús, aunque en diferente condición. Por tanto, ¡velad! Esta es la gran consigna del adviento. Estad vigilantes para no dejaros seducir por el mundo y sus ofertas de aparente felicidad –en realidad, de placer, de poder, de dinero, de saber, etc-, para no dejaros absorber por lo visible olvidándoos de Dios, que se encuentra más allá de lo visible, en lo invisible. Y manteneos firmes en la esperanza del que vendrá, porque realmente vendrá para poner de manifiesto la verdad, para sacar a la luz lo que esconden las tinieblas. Él lo hará en vosotros, nos dice san Pablo: os mantendrá firmes hasta el final. Para alcanzar la meta se requiere firmeza y perseverancia.

Esto es muy importante hoy, en un tiempo en el que se impone la vacilación y la carencia de convicciones o principios, eso que Benedicto XVI llamó dictadura del relativismo. Y hay que esperar esta venida con el anhelo que revelan las palabras del profeta: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Con esta expresión Isaías deja escapar de sus labios un deseo vehemente, suscitado por la urgencia del momento, que reclama una presencia más palpable y manifiesta de Aquel cuyo nombre es nuestro redentor; porque lo que él espera es un redentor capaz de sacarles de su impureza estado de culpa, de su ignorancia y olvido culpables. Nadie invocaba tu nombre –dice-, ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa.

Hoy se habla de eclipse de Dios. ¿Qué otra cosa significa esta expresión que el ocultamiento del rostro de Dios? En esta situación tan antigua y tal actual Isaías clama: Vuélvete a nosotros, muéstranos tu rostro… ¿Por qué endureces nuestro corazón para que no te tema? Porque tú eres nuestro padre y nosotros obra de tu mano. Desconocer al que nos ha hecho es una triste y grave ignorancia. Por eso, restáuranos, decimos con el salmista, que brille tu rostro y nos salve. Restáuranos, devuélvenos la vista para verte, danos la luz de la fe para que podamos siquiera divisar tu rostro de Padre. Sin esta luz permaneceremos en la oscuridad, en la ignorancia de nuestra condición filial y de lo que nos espera, en la ignorancia de los que somos (hijos de Dios) y de lo que nos prometes y regalas: esa herencia prometida que es la vida misma del Hijo. Y Él es fiel, concluye el Apóstol, fiel a sus palabras, fiel a sus promesas, fiel a su alianza o compromiso de amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

No hay vida sin despertar

Las palabras de Jesús remarcan una actitud básica: la importancia de vivir despiertos y despiertas. Lo cual equivale a ser conscientes de lo que somos y a vivir en coherencia con ello.

Estamos dormidos mientras permanecemos en la superficie, “lejos” de nosotros mismos, de los demás, de la vida. Nos movemos entonces como personajes de un sueño en busca de sus propios intereses, sin ni siquiera cuestionarnos el porqué y el para qué de la existencia. En consecuencia, nos olvidamos de “ser” y priorizamos el “tener”, el “hacer”, el entretenerse…

Despertar es ser, de una manera cada vez más constante e ininterrumpida. “Solo ser”, como dijera el poeta Jorge Guillén. Y en la certeza –estas son palabras de Jesús de Nazaret– de que todo lo demás “se nos dará por añadidura”.

¿Qué requiere “ser”? Poner consciencia, o mejor aún, vivir con consciencia. Algo que desaparece cuando estamos “dormidos”. Por lo cual, es probable que necesitemos entrenarnos en activarla.

Poner consciencia implica una especie de viaje de “vuelta a casa”. Y el entrenamiento, en tal caso, pasa por acercarnos a nosotros mismos, desde una actitud inicial de aceptación y unos sentimientos de cercanía y de amor hacia sí.

A partir de ahí, a través de esa “puerta de entrada”, podemos entrar en contacto con la Vida que somos, más allá de la persona en la que nos estamos experimentando. Hasta experimentar que, en realidad, no vivimos, sino que somos vividos. Y desde esa comprensión nos convertimos, de manera consciente, en cauces por los que la vida se despliega. Hemos despertado.

Para que el despertar se produzca, necesitamos “velar”, que puede traducirse en un doble cuidado: por un lado, cuidar los tiempos de silencio para alimentar la consciencia de cercanía amorosa a nosotros mismos y saborear la vida que somos; por otro, cuidar la atención consciente a lo largo del día para mantener viva de manera continuada aquella conexión… o volver a ella cada vez que notemos que nos hemos “alejado”.

¿Escucho el anhelo interior que me llama a vivir despierto/a?

Enrique Martínez Lozano

El Adviento es ficción, él viene en cada instante

Estamos en el primer día del Nuevo Año litúrgico. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús si no nos obliga a vivir en constante búsqueda de lo que ya tenemos. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso es solo el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que solo es una gran metáfora. Lo importante es descubrir que está viniendo en este instante.

Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Según el relato bíblico, Dios les va prometiendo lo que ellos en cada momento más ansían. A Abrahám, descendencia; a los esclavos en Egipto, libertad; a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel; cuando han conquistado Canaán, una nación fuerte y poderosa; cuando están en el Exilio, volver a su tierra; cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc. En el AT siempre les promete cosas terrenas porque es lo único que ellos esperan. Jesús promete algo muy distinto. “He venido para que tengan Vida y la tengan abundante.”

Según el AT Dios les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero para hacerles caminar según su voluntad. Tomado al pie de la letra sería ridículo. Dios no hace promesas para el futuro, porque ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios son hechas por los profetas, como una estratagema, para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados. Nada de lo que anunciaron los profetas se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación de seguridades materiales. Hoy podemos entender aquellas imágenes como metáforas de la verdadera salvación.

La clave del relato evangélico está en la actitud de los criados. Nos quiere decir que Dios está siempre viniendo. Él es “el que viene”. La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios cicatero que se complace en hacer rabiar a la gente obligándola a infinitas esperas antes de darle lo que ansía. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de Dios, lo tengo ya dentro de mí.

Vigilad. Para ver no solo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despierto para afrontar la vida con una conciencia lúcida. Se trata de vivir a tope una vida que puede transcurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tenía que aterrarte; que pueda transcurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado. La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es o plenitud humana o simple animalidad.

Pues no sabéis cuándo es el ‘momento’. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por “tiempo”: “kairos” y “chronos”. Chonos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. Kairos sería el tiempo psicológico, el momento oportuno para tomar una decisión. Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos. Naturalmente que el hombre, como criatura se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es vivir el kairos.

El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿Esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no puede ser nuestro salvador. La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. Esta vez sí, nos salvará de verdad, porque vendrá con “poder y gloria”. ¿No os parece un poco ridículo? La médula de su mensaje es que la salvación, que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total.

Las primeras comunidades oraban: “Maranatha” (ven Señor). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. “Ya, pero todavía no”. “Ya” por parte de Dios, que nos ha dado ya la salvación. “Todavía no” porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el “ya”. Eso no lo conseguiremos, si seguimos dormimos.

Luchar por un mayor consumismo y creyendo que en él está la verdadera salvación sería una trampa. Descubrir ese engaño sería estar despiertos. El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad, Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.

La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos un Dios que llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Jesús ni lo puede hacer Dios. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solo yo puedo hacer.

La religión me ofrece salvación, pero solo me salva de los lazos que ella misma me ha colocado. Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mi auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo. Tengo que dejar de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad, será disuelta.

El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cual de los dos vencerá? Muy sencillo y lógico. Vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.

Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más… Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada, la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá. Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. También Dios sigue esperando.

Meditación

Para ver se necesita tener los ojos abiertos,
pero también se necesita la luz.
Para nosotros la luz es Jesús.
Despertar solo depende de mí.
Puedo pasarme la vida entera dormido,
pero entonces no podré culpar a nadie.

Fray Marcos

I Vísperas – Domingo I de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador.»

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad: el Señor vendrá, y todos sus santos vendrán con él; en aquel día, habrá una gran luz. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá el Señor con gran poder, y lo contemplarán todos los hombres.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mirad: El Señor viene de lejos y su resplandor ilumina toda la tierra.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle:

¡Ven, Señor, y no tardes más!

Esperamos alegres tu venida:
— ven, Señor Jesús.

Tú que existes antes de los tiempos,
— ven y salva a los que viven en el tiempo.

Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitan,
— ven a restaurar la obra de tus manos.

Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal,
— ven y arráncanos del dominio de la muerte.

Tú que viniste para que tuviéramos vida abundante,
— ven y danos tu vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que quieres congregar a todos los hombres en tu reino, 
— ven y reúne a cuántos desean contemplar tu rostro.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21, 34-36

«Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre.»

3) Reflexión

• Estamos llegando al final del largo discurso apocalíptico y también al final del año litúrgico. Jesús da un último consejo convocándonos a la vigilancia (Lc 21,34-35) y a la oración (Lc 21,36).
• Lucas 21,34-35: Cuidado para no perder la conciencia crítica. “Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”. Un consejo similar Jesús lo había dado ya cuando le preguntaron sobre la llegada del Reino (Lc 17,20-21). El responde que la llegada del Reino acontece como un relámpago. Viene de repente, sin previo aviso. Las personas han de estar atentas y preparadas, siempre (Lc 17,22-27). Cuando la espera es larga, corremos el peligro de quedar desatentos y no prestar más atención a los acontecimientos “los corazones se embotan por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida”. Hoy, las muchas distracciones nos vuelven insensibles y la propaganda puede hasta pervertir en nosotros el sentido de la vida. Ajenos a los sufrimientos de tanta gente del mundo, no percibimos las injusticias que se cometen.
• Lucas 21,36: La oración como fuente de conciencia crítica y de esperanza. “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre. . La oración constante es un medio muy importante para no perder la presencia de espíritu. La oración nos ayuda a profundizar en nosotros la conciencia de la presencia de Dios en medio de nosotros y, así, sacar fuerza y luz para aguantar los malos días y crecer en la esperanza.
• Resumen del Discurso Apocalíptico (Lc 21,5-36). Hemos pasado cinco días, desde el martes hasta hoy sábado, meditando y profundizando sobre el significado del Discurso Apocalíptico para nuestras vidas. Los tres evangelios sinópticos traen este discurso de Jesús, cada uno a su manera. Vamos a ver de cerca la versión que nos ofrece el evangelio de Lucas. He aquí un breve resumen de lo que meditamos esos cinco días.
Todo el Discurso Apocalíptico es un intento para ayudar a las comunidades perseguidas a situarse dentro del conjunto del plan de Dios y así tener esperanza y valor para seguir firme por el camino. En el caso del Discurso Apocalíptico del evangelio de Lucas, las comunidades perseguidas vivían en el año 85. Jesús hablaba en el año 33. Su discurso describe las etapas o las señales o de la realización del plan de Dios. En todo son 8 señales o periodos desde Jesús hasta el final de los tiempos. Leyendo e interpretando su vida a la luz de las señales dadas por Jesús, las comunidades descubrían en qué medida estaban realizando el plan. Las siete primeras señales habían acontecido ya. Pertenecían todas al pasado. Pero sobre todo en la 6ª y en la 7ª señal (persecución y destrucción de Jerusalén) las comunidades encuentran la imagen o el espejo de lo que estaba ocurriendo en el presente. He aquí las siete señales:
Introducción al Discurso (Lc 21,5-7)
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
6ª señal: la persecución de los cristianos y la misión que deben realizar (Lc 21,12-19) + Misión
7ª señal: la destrucción de Jerusalén (Lc 21,20-24)
Al llegar a esta última señal, las comunidades concluyen: “Estamos en la 6ª y en la 7ª señal”. Y aquí viene la pregunta más importante: “¿Cuánto falta para que llegue el fin?” A aquel que está siendo perseguido no le importa el futuro distinto, quiere saber si estará vivo el día siguiente o si tendrá la fuerza para aguantar la persecución hasta el día siguiente. La respuesta a esta pregunta inquietante la tenemos en la octava señal:
8ª señal: cambios en el sol y en la luna (Lc 21,25-26) que anuncian la llegada del Hijo del Hombre. (Lc 21,27-28).
Conclusión: falta poco, todo está conforme con el plan de Dios, todo es dolor de parto, Dios está con nosotros. Nos da fuerza para aguantar. Vamos a testimoniar la Buena Noticia de Dios traída por Jesús.
En definitiva, Jesús confirma todo con su autoridad (Lc 21,29-33).

4) Para la reflexión personal

• Jesús pide vigilancia para que no seamos sorprendidos por los hechos. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús?
• La última petición de Jesús al final del año litúrgico es ésta: Estad en vela, orando en todo tiempo. ¿Cómo vivo este consejo de Jesús en mi vida?

5) Oración final

un gran Dios es Yahvé,
Rey grande sobre todos los dioses;
él sostiene las honduras de la tierra,
suyas son las cumbres de los montes;
suyo el mar, que él mismo hizo,
la tierra firme que formaron sus manos.
(Sal 95,3-5)

Estad preparados

1.- “Tú, Señor, eres nuestro Padre…” (Is 63, 16) A la entrada del nuevo año litúrgico, la Iglesia nuestra Madre, nos pone en los labios y en el corazón esa plegaria del profeta Isaías, para que la hagamos nuestra, para que desde lo más profundo de nuestro ser le digamos al Señor que es nuestro Padre, para que nos preguntemos por qué nos alejamos de él, y por qué el corazón se endurece y se torna insensible al amor divino, impávido ante la terrible amenaza de un castigo eterno.

“Ojalá rasgaras el cielo y bajaras, derritiendo los montes con tu presencia”. El profeta clama para que la grandeza del Señor se ponga de manifiesto, a ver si así reaccionamos de nuestra indolencia y nos convertimos a él de una vez para siempre. Pero el poder destructor, capaz de derretir las rocas, es menos convincente y persuasivo para el hombre que la fuerza del amor divino. Por eso Isaías recurre al recuerdo de la bondad del Señor para mover nuestro corazón. Jamás se ha oído ni se ha visto nada parecido al amor de Dios por nosotros, jamás nadie ha hecho por nosotros lo que el Señor de cielo y tierra hizo por ti y por mí. Él ha bajado desde lo más alto hasta lo más bajo, él ha dejado su poder y su gloria para revestirse con la carne de un niño recién nacido. Dios se ha hecho hombre y ha plantado su tienda de acampada entre nosotros.

“Sales al encuentro del que practica la justicia…” (Is 64, 5) Practicar la justicia es, según el lenguaje bíblico, practicar el bien, hacer en cada momento lo que es justo; en una palabra, cumplir la voluntad de Dios. Por eso es lógico que el Señor salga al encuentro de quien busca de continuo agradarle, mediante el cumplimiento de su Ley. Caminemos, por tanto, por los senderos del bien y así nuestra ruta estará enderezada hacia Dios, hacia su encuentro gozoso.

A pesar de quererlo así, nos empeñamos en caminar por los vericuetos del egoísmo y de la sensualidad, nos manchamos y nos degradamos con toda clase de miserias, quedamos -dice Isaías- como un trapo sucio y repugnante. “Y sin embargo, Señor, -sigue el profeta-, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: Todos somos obra de tus manos”… Isaías no se desalienta ante la miseria propia o ajena. Él sabe que Dios es bueno y misericordioso, inclinado al perdón y a la compasión con quienes acuden a él, arrepentidos y apenados, deseosos de reparar y de volver a empezar.

2.- “Pastor de Israel, apresta el oído. Tú que conduces a José como un rebaño…” (Sal 79, 2) Pastor de Israel, Pastor del Pueblo escogido, Pastor de la Iglesia. Sí, Dios es quien guía a los suyos hasta lugares tranquilos y seguros… Muchas veces se nos presenta el Señor bajo la figura entrañable del pastor que camina junto a sus ovejas, que se pasa horas y horas vigilando mientras la grey pasta perezosamente, o se enfrenta con valentía contra las fieras que puedan hacer algún mal a su rebaño.

Él nos dijo: Yo soy el Buen Pastor y conozco a mis ovejas, una por una; y éstas me conocen a mí, escuchan mi voz, y son dóciles a mis silbidos. Me siguen, caminan por los parajes que yo les voy llevando, día a día… Jesús es, sin duda, nuestro Buen Pastor. Pero, ¿y nosotros? ¿Pertenecemos en realidad a su rebaño?, ¿somos dóciles a su voz?, ¿le escuchamos al menos?

“Dios de los ejércitos, vuélvete ya, mira desde los cielos y contempla y visita a esta viña” (Sal 79, 15) De nuevo una sencilla comparación, tomada de la vida del campo, de nuevo una metáfora de honda raigambre bíblica. En efecto, ya el profeta Isaías cantaba el bello poema de la viña que el Señor plantó con esmero, cultivó con mimo y guardó vigilante. Viña de la que era justo esperar una cosecha copiosa, abundancia de racimos jugosos, apretados y dulces. Y sólo dio agrazones, verdes pámpanos, fuertemente agrios.

Más tarde diría Jesús: Yo soy la vid verdadera y vosotros los sarmientos. Mi Padre es el labrador que corta los sarmientos inútiles y los arroja al fuego eterno, el que poda los sarmientos sanos, para que den más fruto… ¡Cuántas enseñanzas se desprenden de estas comparaciones, tan bucólicas y tan sencillas! Piensa un poco en el silencio de la oración, considera que son palabras que el Señor te dirige a ti, de forma personal, con la misma ilusión que entonces, repitiendo la misma queja amorosa, el mismo deseo y anhelo de tu arrepentimiento interior y de tu conversión.

3.- “Hermanos: la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros” (1 Co 1, 3) Así escribía san Pablo a los cristianos de Corinto. Un saludo epistolar que la Iglesia recoge para dirigirlo ahora a cada uno de nosotros. Un saludo que es una oración, un deseo de que nuestro espíritu goce de la gracia y la paz de Dios. Sí, la Iglesia nuestra Madre, ruega por nosotros cada día. Hay miles de hombres y de mujeres consagrados a Dios que rezan por toda la Humanidad.

Especialmente en la Santa Misa, en este acto supremo de la liturgia, ese sacrificio de la Cruz que se renueva de forma incruenta en nuestros altares. La Iglesia por medio de Jesucristo, víctima que se inmola en expiación, dirige su ruego ferviente al Dios de cielo y tierra para implorarle su gracia y su paz.

Muchos dones nos concede el Señor mediante a esa oración continua de la Iglesia. Hemos de ser conscientes de ello. Y responder a los dones de Dios con nuestro esfuerzo de cada día para ser mejores. Hemos de darnos cuenta de lo que sus ruegos significan, para ser agradecidos con nuestra Santa Madre la Iglesia, y defenderla, ayudarla, quererla.

“Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. ¡Y él es fiel!” (1 Co 1, 9) No podemos olvidarlo si de veras queremos ser cristianos: Dios nos ha llamado a participar de su propia vida. Ha querido que seamos hijos suyos y lo somos. Nuestra vida humana ha sido traspasada por la vida de Dios. Y sin dejar de ser hombres hemos venido a ser hijos suyos, de tal forma que nuestra vida breve y estrecha se ha alargado y ensanchado, hasta los límites más insospechados que podríamos soñar.

Y Dios es fiel. No se echa atrás, no se arrepiente de habernos elegido. Su amor no se enfría, su amor no se apaga. Él no se cansa de querernos y de ayudarnos. Día tras día sigue llamando a nuestra puerta para que le abramos y le dejemos entrar en la intimidad de nuestros más hondos sentimientos… Hoy comienza un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo de la espera, el Adviento. Dios está para nacer en un pobre rincón de Belén. Y nosotros hemos de corresponder a su incansable amor con la renovación constante del nuestro, con la lucha denodada por serle también siempre fieles.

4.- “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento…” (Mc 13, 33) El ciclo litúrgico se abre una vez más. Ante nuestra mirada de creyentes comienza a desplegarse el Misterio de Cristo, su vida y sus palabras. Hechos y dichos del Hijo de Dios, venido hasta la tierra como hombre y Dios verdadero. Acontecimientos y enseñanzas que toman vida por y en el recuerdo, para encender nuestro entusiasmo, nuestra fe y nuestro amor, nuestra esperanza sobre todo.

Sí, el Adviento es un período para reavivar la esperanza, la certeza de que un día, mañana quizá, Jesús volverá hasta nosotros. Llegará como en Belén, calladamente, con la misma sencillez y ternura de entonces, con la misma humildad. Y como entonces para unos, los pastores y los magos, será motivo de alegría íntima, intensa; para otros, como para Herodes y para Jerusalén, será ocasión de temores y recelos, de ansias y de angustias.

Jesús está para llegar. De nuevo la Iglesia se prepara para su venida. Se reviste de tonos penitenciales y nos hace llegar el mensaje del Evangelio, nos llama con cierta urgencia a la espera atenta, a la vigilancia en alerta: “Mirad, nos dice el Señor, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento”. Y sigue Jesús explicándonos aquello que quiere sembrar en nuestra mente y en nuestro corazón: “Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara”.

El Señor, por lo tanto, nos ha confiado a cada uno nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros amigos y colegas, nuestra sociedad y nuestra tierra, nuestra patria y nuestro mundo. Cada uno tiene una misión que realizar en su vida, unos deberes que cumplir con esmero en cada momento. Como si esta misma noche tuviéramos que rendir cuentas, ante el Tribunal supremo, de la gestión de esta tarea que se nos ha encomendado.

“Velad entonces -nos sigue diciendo el Maestro-, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos”. Ante estas palabras de urgencia vamos a espabilarnos de una vez, vamos a sacudir nuestra modorra, esa que nos hace ser cristianos mediocres y adocenados, aburguesados y comodones, arrastrados por el hedonismo y la molicie que va socavando nuestro viejo mundo… Por el horizonte apunta un nuevo día. Preparemos nuestros corazones con el arrepentimiento y la penitencia por nuestras faltas y pecados. Jesús está para llegar, hagámosle sitio en nuestra alma teniéndola limpia y encendida.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXXIV de Tiempo Ordinario

Jesús previene a sus discípulos, advirtiéndoles: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día, porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Hay cosas que quitan lucidez a la mente, y entre esas cosas están el vicio, todo tipo de vicio, la bebida, que es un tipo de vicio, y la preocupación del dinero, esa preocupación que absorbe todas las energías, que convierte la ganancia (del dinero) en el objetivo número uno de la vida, que genera tantas codicias y temores y por el que uno se desvive. También esta preocupación puede calificarse de vicio.

Porque la preocupación del que no tiene para comer o para dar de comer a sus hijos o del que no tiene casa donde vivir es comprensible y muy respetable, pero el deseo desenfrenado de tener más y más, porque todo es poco, deja de ser razonable, se convierte en un vicio que se llama codicia y engendra esclavitud. Los vicios embotan la mente precisamente porque la someten a su tiranía, la subyugan, la sujetan a sus inclinaciones y deja de ser la que gobierna y dirige esa personalidad.

Pero también la mente puede perder su lucidez cuando deja de percibir las cosas en su realidad, cuando se abstrae de la realidad emigrando a un país imaginario, cuando ha pasado a vivir de fantasías o ilusiones. Se pierde el sentido de la realidad cuando uno deja de considerar la muerte como parte integrante de la vida, como su límite o frontera, o cuando se vive como si nuestros proyectos pudieran mantenerse a perpetuidad, como si nada ni nadie los fuera a interrumpir, como si pudiéramos disfrutar de ellos eternamente.

Cuando vivimos así, perdemos de vista la temporalidad de todos nuestros empeños en este mundo. Pues bien, nos advierte Jesús, tened cuidado, manteneos lúcidos, no sea que se os eche encima de repente aquel día, porque el cese de la vida puede llegar en el momento más inesperado: caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra, aunque no caiga sobre todos a la vez.

Eso no significa que tengamos que vivir en un estado permanente de sobresalto -esto sería insoportable para nuestra psicología-, pero sí en estado de lucidez, conscientes de lo que somos, sabedores de nuestra precariedad y dependencia del que nos sostiene en la vida, despiertos y pidiendo fuerza al que puede darla, fuerza para escapar o para afrontar todo lo que está por venir, y fuerza para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre, no en actitud desafiante, como queriendo hacerle frente, sino en actitud acogedora, dándole la bienvenida como a nuestro bienhechor y Salvador, como al que viene a llevarnos consigo a una tierra mejor, como al que viene a recoger nuestros mejores frutos, como al que viene a darnos la plenitud del conocimiento y de la dicha.

Un adviento, el litúrgico, nos remite a otro adviento, el existencial. Aquel adviento nos prepara para la Navidad, y la Navidad nos tiene que preparar para el segundo adviento que debe introducirnos en el definitivo Nacimiento a la vida sin mengua ni defecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Vigilad mi arcilla

1.- Una mañana de niebla en el Pirineo catalán, un centinela oye en la penumbra del sueño, jadeo de mulos y estridencia y estridencias metálicas que se acercan por la tierra de nadie. Entre sueños esos ruidos se hacen más reales hasta que el centinela salta en pie, apunta con el fusil y grita con miedo:

–¿Quién va?

Y una voz bien conocida contesta:

–No tires, que soy Pepe, el ranchero que me he equivocado de camino.

Y aparecieron con las muy conocidas perolas y los cazos colgando.

Vigilad es estar alerta, ni siquiera vale estar despierto. El motor tiene que estar en marcha y caliente, y la marcha metida, y el conductor a punto de soltar el embrague y pisar el acelerador a fondo.

Vigilad es un doble grito de San Marcos a los que cansados de esperar la venida del Hijo del Hombre viven inmersos en un mundo que les atrae y a los que por creer la fecha inminente no se ocupan ya del hoy porque creen que ya no hay mañana.

“Vigilad” porque nuestra sociedad se corrompe y huele mal, a pesar de los cosméticos de progreso. Y junto a esta palabra hay otra en la liturgia de hoy que llama la atención: “Nosotros somos la arcilla, tu el alfarero”. Vigilad. No dejéis que nadie os modele la arcilla, que Dios sólo debe modelar. No dejéis que os hagan a su capricho.

2.- En la parábola de hoy el dueño es el alfarero, que cuando ya iba a montar en el coche para partir, regresa y le dice al portero: vigila y diles a todos que vigilen.

— Vigilad y cuidad esa arcilla que dejo en vuestras manos. Arcilla aún blanda y dúctil, de la que puede salir una infancia y una juventud limpia, ilusionada, alegre, soleada, con altos ideales. Que no es la endurezcan y sequen con espectáculos, con revistas, con televisión, con enseñanza teledirigida.

— ¡Vigilad! Que la acomplejante liberación sexual (nunca ha habido más complejo sexual que ahora que no se habla más que de sexo). O la liberación en el uso de la droga (como si fuese libertad poner entre rejas la energía libre de la voluntad) O la nacionalización del agnosticismo (propaganda antirreligiosa de guante blanco). Que nada eso convierta a nuestra juventud en masa amorfa, desilusionada, sin más ideal qua pan y circo, carne de cañón para nuestras nunca tan repletas cárceles.

— Vigilad para que la familia sea moldeada por Dios como centro de la vida humana, foco de calor y cariño, amparo de los primeros vuelos del joven fuera del nido, lugar de amor limpio, profundo y sacrificado. Que ese lugar no cercene la vida del hijo que iba a venir porque sea legal hacerlo, que no se convierta en lugar de pura convivencia lúbrica donde se cambia de compañero o compañera como se cambia de corbata. Que esa familia no dé oídos a insinuaciones médicas que se escuchan en los hospitales: que una sencilla inyección acabaría con tanto sufrimiento y sobre todo con tanto gasto y preocupación familiar.

— Vigilad para que se vuelva a la verdadera escala de valores donde sea el hombre, arcilla en manos de Dios, el que pese más que el dinero facilón, cuyas raíces, vaya usted a saber en que fraude, en que alijo de drogas, o en que venta de armas se meten. Que no sea verdad que todo hombre tiene su precio, que sea el valer personal y no el dedo poderoso el que conceda los puestos y los ascensos.

— Vigilad porque el alfarero volverá y nos pedirá cuentas a todos sobre qué sociedad construimos con la arcilla que dejó en nuestras manos.

José María Maruri, SJ

Voy, Señor, Jesús

1. – Hoy comienza el Adviento. El adviento es el tiempo de la esperanza. Sólo es capaz de esperar aquél que está despierto y vigilante. Hoy suena el despertador en nuestra vida para sacarnos del adormecimiento. ¡Velad!, ¡Vigilad!, nos dice el Señor. Ya es “hora de despertar del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cerca de nosotros. La noche está ya avanzada y el día está cerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Portémonos con dignidad, como en pleno día”. Este texto (Romanos, 13,11) es el que leyó San Agustín cuando escuchó la canción “Toma y lee”. La Carta a los Romanos fue el despertador que Agustín necesitaba. Pasamos casi un tercio de nuestra vida durmiendo, añádase a esto el tiempo en que vivimos adormilados y obnubilados. Nuestra mente está embotada por la rutina, la dispersión, el cansancio, el vacío. Hoy Dios nos acucia para que velemos, para que no dejemos escapar la oportunidad de “vivir nuestra vida” con plenitud. Dios nos regala a raudales su Amor, viene a nuestra vida y quiere aprovechemos a tope los dones que nos da.

2. – Pero en nuestro mundo no sólo hay amor, también hay pecado y maldad. E incluso pensamos que la tiniebla domina sobre la luz, el mal sobre el bien. Cuando contemplamos la muerte del hombre y de la naturaleza, cuando vemos las consecuencias del egoísmo, del terrorismo, de la droga, de la pornografía, de la marea negra, de la explotación del hombre por el hombre, sale de nuestros labios la súplica del salmo: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. Es el grito que dirigimos a Dios desde la desesperanza, el desánimo o la impotencia. Es posible que incluso le pidamos que venga sobre el mundo su castigo para que reaccione, que baje desde el cielo y derrita los montes para imponer la auténtica justicia, como dice el profeta Isaías. Pero el mismo profeta reconoce que Dios es nuestro Padre y sabe que nosotros somos de barro. Por eso se compadece de nuestras miserias y no deja de darnos una nueva oportunidad.

3. – Esperamos un mundo nuevo, pero ¿cuándo vendrá? Sólo será posible desde la compasión hacia el pobre o necesitado, pero además desde la indignación y el decir “¡basta ya!” ante tanta injusticia y miseria. De ahí vendrá nuestro compromiso solidario para construir un mundo nuevo. Sólo será posible si sabemos ser testigos de Dios en la historia, es decir será posible desde el Amor de Dios que transforma nuestras mentes y nuestros corazones. Por eso, le pedimos al Señor que venga pronto para que le conozcamos mejor y le queramos más, para que descubramos sus entrañas misericordiosas, para que transforme radicalmente nuestra vida. Adviento es espera, pero también transformación, conversión…. Nuestra oración “Ven, señor, Jesús” debe ir acompañada por la decisión “Voy, Señor Jesús”.

José María Martín OSA