Estad atentos, esperanzados y comprometidos

Empezamos Adviento y continuamos en pandemia. Por eso, este Adviento tiene que ser diferente. Las circunstancias lo exigen. Teniendo en cuenta esto, mi reflexión hoy gira alrededor de estas tres preguntas: ¿A qué prestar atención? ¿Qué esperamos? ¿Qué tenemos que hacer?

Empezamos el año litúrgico. Estamos en Adviento y en una pandemia mundial. Estas circunstancias nos dan ocasión de reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias. También para revisar nuestros estilos de vida, que suponemos que algo tienen que ver con lo que está ocurriendo. Esta pandemia global puede ser una buena oportunidad para analizar y cambiar nuestra visión de la realidad y nuestras relaciones con la naturaleza y entre nosotros. Porque debemos pensar que algo hemos hecho mal para que estemos como estamos. Reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias nos permitirá atisbar qué tenemos que hacer para superarlas.

Aprovechemos este tiempo de Adviento, tiempo de inicio del nuevo año litúrgico, momento oportuno de programar el futuro inmediato, para elaborar nuestro plan de transformación y cambio de aquellos comportamientos que individual y/o colectivamente hayan causado directa o indirectamente esta emergencia mundial. Como cristianos, seguidores del estilo de vida de Jesús de Nazaret, el Adviento es un tiempo oportuno, un Kairós, para la renovación de nuestros compromisos con el estilo de vida que nos muestra el Evangelio. Acudamos a lo que hoy nos dice el texto de Marcos en busca de respuesta a las tres preguntas que guían nuestra reflexión de hoy.

¿A qué prestar atención? Mc 13: Estad atentos, vigilad como centinelas en la noche

El autor de Marcos 13 contrapone la atención al estar dormidos. Nos pide una atención concentrada, profunda. La atención es una disposición de querer ver con precisión, buscando comprender. Hoy nos concentramos en este “Adviento en pandemia”. Atentos como centinelas en la noche de la pandemia. Esta epidemia nos ha sorprendido. Nos seguimos preguntado cómo es posible que un virus insignificante ponga en emergencia a la humanidad entera. Por qué ha sucedido. Cuándo acabará. Cómo saldremos de ella. Qué habremos aprendido. Qué consecuencias tendrá. Cómo las afrontaremos. Qué adaptaciones nos exigirá. Y así un sinfín de preguntas. Nosotros que creíamos que teníamos control sobre todo, que éramos los señores de la creación, que éramos autosuficientes, etc.. ¡Qué inconsciencia! ¡Además de vulnerables somos impotentes ante este virus minúsculo!

No puede cundir el pesimismo ni el miedo. Para estas sombras los cristianos tenemos que ser luz. Jesús lo fue en sus días y nosotros lo tenemos que ser aquí y ahora. Tenemos todo lo que necesitamos para ello, si utilizamos nuestros recursos materiales y espirituales. Nuestra razón y nuestra fe-confianza. Con la mente bien abierta, atenta, podemos y tenemos que analizar lo que nos está pasando, descubrir y comprender sus causas y comprometernos con los cambios necesarios. Modificadas las causas se modifican los efectos. Nuestra razón fortalecida con la fuerza del Espíritu podrá llevar adelante la transformación necesaria.

Una pandemia de esta magnitud tiene muchas causas y una larga historia. Entre las causas: Ruptura del equilibrio planetario por sobreexplotación de recursos naturales, Globalización parcial y olvido de las desigualdades que el sistema económico está creando, desigualdad e injusticia social cada vez más grande. perdida de referencias éticas universales, inversión de la escala de valores. obsesión por el tener y consumir. Habíamos olvidado que el ídolo tiene los pies de barro (finitud, vulnerabilidad, la interdependencia con todo), la pérdida de los referentes transcendentes y espirituales, materialismo, la ausencia de Dios. También habíamos olvidado la filiación divina y su ley: el amor y fraternidad universal.

A esas causas el papa Francisco (Fratelli Tutii) llama “Sueños rotos” y junto a estas sombras coloca “Las Semillas del Bien” que también la pandemia ha sacado a la luz. Ellas son la razón de la esperanza en que otro mundo mejor es necesario y posible. En este tiempo de pandemia hemos visto florecer espontáneamente la bondad, solidaridad y gratuidad en muchas personas de nuestro entorno. ¡Cuánta gente cuidando a los que lo necesitan! Esto nos da motivos de esperanza: Todavía estamos a tiempo. No todo está perdido.

¿Qué esperamos? ¿Qué hemos aprendido? Esperamos salir de esta situación convencidos de que tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. Hemos aprendido que podemos salir mejores personas.

Consideramos el Adviento como tiempo de esperanza: algo bueno puede suceder si nos empeñamos en ello. Los humanos somos capaces de ello. Los creyentes en el Dios de Jesús tenemos motivos para sentirnos sacramento de esperanza. Los cristianos celebramos en Adviento que el Dios en quien creemos se hace carne. Es encarnación en Jesús, en nosotros y en todo. El Dios en el que hoy creemos nos lo ha revelado Jesús de Nazaret. Es un Dios inmanente, no afuera sino dentro, no arriba sino abajo, con nosotros, en nosotros. Un dios que respeta nuestra libertad y autonomía. Que no actúa sino que nos da la responsabilidad de que actuemos nosotros con Él y por Él. Que nos hace cocreadores con Él. Que nos da todo lo que necesitamos para conseguir la realización de su proyecto amoroso sobre toda la creación. Y nos da la fuerza, la posibilidad de transformarnos y transformar la realidad. El humano, como especie y como individuo, va descubriendo poco a poco la presencia de Dios y se le representa en imágenes que evolucionan con su propia evolución como ser vivo y en desarrollo hacia su plenificación biológica y espiritual. Siempre estamos en proceso, en progreso. Somos seres abiertos, inacabados, siempre por completar. En búsqueda de su plenificación. ¿Cómo? La respuesta en la pregunta siguiente.

 Si así es nuestro Dios y así somos nosotros ¿Qué podemos esperar de Él? Que nos ayude a completar la creación, nuestra creación y la del resto de su obra. Todo está en evolución. Todo está abierto, por plenificar. Todo es posibilidad en espera de realización. Que venga a nosotros su Reinado. Traducido a nuestra lengua: Que construyamos un mundo de justicia, paz y amor. Un mundo más justo y fraternal. Que el Reinado de Dios se realice exige que nos impliquemos y comprometamos en ello. En medio de la pandemia también Dios está con nosotros trabajando en su resolución a través de nuestro empeño y compromiso. El Señor está con nosotros pero le tenemos que descubrir y ayudar a nuestros hermanos a que lo descubran.

 Los creyentes, como sacramento de la esperanza, están comprometidos con el Reinado de Dios aquí y ahora. Ante la situación de emergencia en que estamos, la actitud puede ser negativa, desmoralizada o positiva y constructiva. Los cristianos elegimos la actitud positiva y decidimos aprovechar las enseñanzas que nos ofrece el momento presente. Ha despertado los mejores sentimientos de la persona humana. El miedo ha paralizado a muchos, pero a otros los ha puesto en movimiento solidario y gratuito. El virus ha sacado la bondad que también hay en todo ser humano. Humanización e interdependencia dan como resultado una buena persona que sabe que es un ser para los demás y que su felicidad está en el servicio al necesitado.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué compromisos tenemos que asumir para construir el Reinado de Dios aquí y ahora?

A pesar de las sombras y sufrimiento, la pandemia nos ha reportado el ejemplo de solidaridad y gratuidad de que es capaz la humanidad. La bondad lo mismo que el mal nos constituye. El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios-Amor, amor incondicional y misericordia sin límites. El bien en nosotros es más fuerte que el mal. Lo que de Dios hay en mi es más grande que mi miseria y límites. Mi verdadero ser es bondadoso. Estamos hechos de amor y para el amor. Si de verdad vivimos esto, podemos, ser sal, luz y fuerza unos para otros como nos manda Jesús.

Nuestro amor tiene que ser activo y comprometido. Obras son amores. No podemos seguir igual después de lo que estamos viviendo. Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. El cambio es necesario y posible. Cambios en el sentido contrario de las causas que nos ha traído a esta situación de emergencia. Seríamos necios si no aprendemos y nos transformamos. Hay que volver a las causas para caminar a la búsqueda de su antídoto: Revisión de nuestros hábitos de consumo, solidaridad frente a individualismo, decrecimiento frente a afán posesivo, austeridad y sobriedad compartida, gratuidad.

Compromiso: Empezar con ilusión el nuevo año litúrgico, sostener la esperanza, hacer presente a Dios con mi vida para que cuando tantos me pregunten ¿dónde está Dios? pueda contestar desde mi vivencia: Dios está en ti y en mí todo haciendo todo nuevo.

África De la Cruz Tomé

II Vísperas – Domingo I de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen, 
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José, 
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo.
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Súplica, admiración, vigilancia

Súplica (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7)

La primera lectura nos sitúa unos cinco siglos antes de la venida de Jesús, cuando la situación en Jerusalén y Judá dejaba mucho que desear desde todos los puntos de vista: político, social, religioso. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, un árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los independentistas, a los banqueros, al FMI, a los Presidentes de las grandes potencias, se reúne en asamblea litúrgica y entona una lamentación.

Las palabras del pueblo ofrecen un curioso contraste al hablar de Dios. A veces destaca sus rasgos positivos: es «nuestro padre», «nuestro redentor», «sales al encuentro del que practica la justicia», «somos todos obra de tu mano». Otras se quejan de que «nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón», «estabas airado y nosotros fracasamos», «nos ocultabas tu rostro». Pero el pueblo reconoce que la culpa no es de Dios, sino suya: «todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, nuestras culpas nos arrebataban como el viento, nadie invocaba tu nombre, ni se esforzaba por aferrarse a ti».

¿Cuál es la solución? Sorprendentemente, que Dios se convierta: «vuelve por amor a tus siervos», «ojalá rasgases el cielo y descendieses», «aparta nuestras culpas». Los profetas anteriores (Amós, Isaías, Jeremías…) habían concedido gran importancia a la conversión, al hecho de que el pueblo volviese a Dios y cambiase su forma de actuar. Quienes rezan esta lamentación no confían en ellos mismos. Debe ser Dios quien vuelva y, como buen alfarero, moldee una nueva vasija.

En el contexto del Adviento, la frase que más llama la atención y ha motivado la inclusión de este texto en la liturgia es: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!». Aunque el profeta piensa en la venida de Dios, la liturgia nos hace pensar en la venida de Jesús. Pero ese recuerdo debe ir acompañado del reconocimiento de nuestra debilidad y de la necesidad de ser salvados.

Admiración por los bienes recibidos (1 Corintios 1,3-9)

La respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús, y desde el momento en el que lo aceptamos, nuestra vida cambia por completo. Pablo habla de nuestro pasado, futuro y presente.

En el pasado, Dios nos ha enriquecido en todo; nos ha llamado a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo. La imagen es potente y extraña. Recuerda a la experiencia de un hijo con su madre, de la que recibe la vida. Pero esa relación vital no termina cuando se corta el cordón umbilical, perdura siempre.

Con respecto al futuro, aguardamos la manifestación de Jesucristo, la segunda y definitiva venida del Señor, tema esencial para los primeros cristianos y que debería serlo para nosotros en este tiempo de Adviento.

En el presente, «no carecemos de nada». Cuando tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar casi hirientes: «No carecéis de ningún don». Buen momento, este del Adviento, para pensar en qué cosas valoramos: si los materiales, que a menudo faltan, o la riqueza espiritual que proporciona Jesús.

Esta enseñanza de Pablo no se produce en un contexto de fría reflexión teológica, sino de oración y acción de gracias al pensar en sus cristianos de Corinto, la más complicada y problemática de sus comunidades.

Vigilancia (Marcos 13, 33-37)

No deja de ser irónico que precisamente el evangelio no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra en nosotros, en la actitud que debemos tener: «vigilad», «velad», «velad». Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no solo pretende recordar la venida del Señor, sino también prepararnos para el encuentro final con Él.

La actividad pública de Jesús termina con un discurso sobre el fin del mundo y su segunda venida, que no está dirigido a todos los discípulos, como sugiere la introducción del evangelio de hoy, sino solo a los cuatro primeros llamados por Jesús: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (Mc 13,3-37). Jesús ha dicho poco antes que de los grandes edificios del templo no quedará piedra sobre piedra. Para estos cuatro, el fin del templo de Jerusalén equivale al fin del mundo, y desean saber cuándo ocurrirá y qué señales lo precederán. Un tema que a nosotros nos parece más propio de los Testigos de Jehová, pero que creaba enorme preocupación en las primeras comunidades cristianas.

El discurso responde a estas cuestiones, pero termina con esta exhortación a la vigilancia, que la liturgia, con pleno sentido, aplica a todos los discípulos y a todos nosotros.

¿En qué consiste la vigilancia? Se sugiere con muy pocas palabras: «dio a cada uno de sus criados su tarea». Esa es, en parte, la misión del Adviento: reflexionar sobre la propia tarea recibida de Dios y examinar si la cumplimos debidamente.

 

José Luis Sicre

Tal vez hoy o mañana

1.- Hoy el evangelio habla de una cosa de la que nadie quiere hablaros. Hasta a veces os lo ocultan. Se trata de la muerte humana. Vosotros ya sabéis algo de ello. Habréis visto algún animal que lo ha atropellado un coche, algún pajarito ha aparecido inmóvil en la jaula y os lo han retirado o el pez de vuestro acuario lo habéis encontrado en la superficie de panza arriba. Cuando ha pasado esto, seguramente, os habéis puesto un poco tristes. Cuando muere algún animal que apreciamos siempre ocurre así. Aunque no os hablen de la muerte humana, seguramente sabréis algo de ella por las películas de cine o por la televisión. Sea como fuere, la muerte es una cosa que os da miedo.

2.- ¿Qué dice Jesús en el evangelio de la misa de hoy sobre ello? Jesús explica que un hombre se fue, dejando a sus criados vigilando la casa hasta su vuelta. Tal vez a vosotros también un día han marchado vuestros padres y os han encargado el cuidado de un hermanito, de contestar al teléfono o de que cerraseis las ventanas si llovía. Vuestros padres confían en vosotros y quieren que les ayudéis. Pero si no hacéis caso y os vais a jugar a casa de un vecino o ponéis música tan fuerte que no podéis oír el timbre u abandonáis al chiquillo y al volver se encuentran que se ha caído de la cama, o que ha entrado agua en la casa, eso les entristece. Porque habían confiado en vosotros y no habíais cumplido.

Algo semejante pasa con Jesús, nos ha dejado unos encargos personales, nos ha puesto en este mundo para que seamos sus amigos y ayudantes. Él confía en nosotros. No podemos defraudarle. Desea que ayudéis al compañero del que se ríen todos. Desea que si tenéis algo: juguetes, libros o golosinas, no seáis tacaños y penséis y compartáis con los que no lo tienen. Desea que vuestros padres estén satisfechos de vosotros. Parece que Dios se haya ido de este mundo, aunque esté siempre muy próximo. Un día, no sabemos si pronto o tarde, se presentará y nos preguntará como hemos cumplido sus deseos. Será mala cosa si nos encuentra que hemos olvidado lo que nos encomendó.

3.- Así que cada día debemos estar atentos y no olvidarnos de ello. Y si se presenta en cualquier momento y nos encuentra ocupados en lo que nos confió, Él estará contento y también nosotros. A unos la vida les dura mucho, a otros poco, pero si no le decepcionamos, aunque venga muy pronto la muerte, con motivo de un accidente o de una enfermedad, nos recibirá para vivir eternamente con Él y para que seamos compañeros de otros jóvenes, que también cumplieron sus deseos. A su casa la llamamos Cielo y en él sabemos que hay mucha gente joven, que no todos son viejos, serios y barbudos, como los representan en muchas imágenes.

Si en este momento viniera la muerte y se nos llevara, al entrar en el Cielo, nos encontraríamos a un niño de siete años llamado Tarsício, a otro un poco mayor que se llamaba Domingo, a otro que le conocían como Dominguito, a una chica italiana muy valiente llamada Goretti y muchísimos más. A estos que pueden ser compañeros vuestros en el Cielo los llamamos santos, Dios espera que nosotros lo seamos. ¿Qué le contaríamos si ahora mismo viniera a nuestro encuentro preguntándonos que hemos hecho por Él?

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Domingo I de Adviento

(Mc 13, 33-37)

“Ustedes no saben cuándo será el momento… ¡Velen!”

Muchas veces nos equivocamos cuando creemos que las cosas importantes pueden esperar. Muchos han resuelto esperar un poco más para entregarse a Dios, para reconciliarse con los demás, para vivir como hermanos. Sobreviven como pueden, arrastrándose detrás de pequeños placeres que los dejan vacíos, viviendo en la superficie. Y así piensan que cuando dejen de trabajar, o cuando llegue la vejez, entonces se decidirán a vivir a otro nivel, con más profundidad. Pero olvidan que las cosas grandes no se improvisan, que después de toda una vida de mediocridad sólo nos queda un corazón anquilosado, cerrado, cómodo, egoísta, lleno de vicios enfermizos. Con ese estilo de vida sólo se va preparando un futuro pero, más triste y más enfermo. Por eso el evangelio nos insiste: no posterguen lo importante; este momento no se repite. Entonces no se duerman, vivan este día despiertos, vívanlo a pleno, encuentren al Señor ahora, amen hoy mismo. Este es el día de la salvación, precioso, único, irrepetible.

Al decir “cuando vuelva el dueño de la casa” (v. 35) el evangelio nos invita a no sentirnos dueños absolutos de nuestro tiempo, de nuestra vida en la tierra, de nuestra misión, de lo que se nos encomienda, sino como administradores de algo que recibimos de su auténtico dueño, el Señor.

Este texto nos recuerda también que la Iglesia no debe dejar de ser la comunidad de los que esperan. Debe estar consciente de que no es perfecta ni se basta a sí misma, y por eso debe esperar, siempre más, la llegada de su Señor.

Oración:

“Aquí estoy en tu presencia, Señor. Tú eres el principio y el fin, tuyos son el tiempo y la eternidad. Tú eres el Señor de la historia. Por eso sé que no puedo tener en mis manos todo el control de mi vida, y quiero confiar en tus manos mi futuro. Dame la gracia de estar despierto hoy, de entregarme a ti hoy, de amar hoy como si fuera el único día de mi vida”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

B) Normas derivadas de la índole de la liturgia como acción
jerárquica y comunitaria
.

26. Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad”, es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual.

Lectio Divina – Domingo I de Adviento

1.- Introducción

Este tiempo de Adviento es bueno para recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta. ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una Iglesia «dormida» a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida? (J.A. Pagola) 

2.- Lectura reposada del evangelio

San Marcos (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión

Estamos en el primer Domingo de Adviento. Y adviento es tiempo de esperanza. Sin esperanza no se puede vivir. Por eso decimos que la esperanza es lo último que se pierde. Uno no se muere cuando le falla el pulso o se le para el corazón, sino cuando “ya no espera nada de la vida”. Y también podemos matar moralmente a una persona cuando le decimos: ¡Yo de ti no espero nada! Las cosas sí están hechas, pero las personas, no.  Somos lo que no somos, lo que estamos llamados a ser. Y siempre podemos evolucionar, arrepentirnos, desandar el camino… ¡cambiar!

Nosotros no esperamos “algo” sino “Alguien”. Alguien que se escribe con mayúscula porque es hombre y más que hombre, es el Hijo de Dios. En el profeta Isaías (1ª lectura) más que esperanza hay “expectación” ¡Que se rasguen los cielos!” Cielos cerrados es signo de que Dios no se comunica con los hombres, no hay profetas… Pero cielos abiertos es signo de comunicación de Dios con los hombres. Y esta expectación se ha cumplido con la venida de Jesús. Y ¿quién es Jesús? Nos lo dice San Pablo en la segunda lectura: “En Él Dios nos ha enriquecido con toda clase de bendiciones”. Hasta la venida de Cristo el mundo se dividía en ricos o pobres por razón del dinero. Pero desde Cristo hay otro baremo: Ricos, inmensamente ricos son los que tienen a Jesús. Y pobres, inmensamente pobres los que no lo tienen.

Esperamos a Jesús, pero ¿a qué Jesús? En las primeras comunidades cristianas se dieron distintos grupos de seguidores de Jesús.

LOS HISTORICOS.  Los que se quedaron anclados en el pasado, en el Jesús histórico. Así estaba Tomás el apóstol que sólo quería su cuerpo, meter los dedos en sus llagas, su mano en su costado. En esta situación estaba también María la Magdalena, que sólo quería “el cadáver” de Jesús. “Si tú lo has robado…dímelo…yo iré a buscarlo… ¿Dónde vas con un cadáver? Fue la condescendencia de Jesús lo que hizo que se desprendieran del Jesús histórico y dieran el paso al Cristo de la fe. (Muchos cristianos de ahora se quedan en el Viernes Santo y no dan el paso a la Vigilia Pascual.

LOS TRIUNFALISTAS. En la comunidad de Corinto había cristianos dotados de carismas: de profecías, de hablar de lenguas extrañas…de interpretaciones. Eran felices porque creían que allí se estaban reproduciendo las grandes señales del Éxodo… Pero aquellos cristianos estaban viviendo a Cristo “de tejas abajo”. No creían en su propia resurrección. San Pablo arremete contra ellos. ¿Cómo es posible que algunos digan que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Hay algunos cristianos que se encuentran muy bien con un Xto para esta vida. Lo importante es triunfar, aunque sea uncidos al carro del poder o del dinero. Iglesia triunfalista…

LOS NOSTALGICOS. Aquellos judíos que se convirtieron al cristianismo echaban de menos las grandes ceremonias del Templo de Jerusalén, con sus sacrificios, sus vestiduras sagradas, su incienso… Los cristianos sólo tenían unas ceremonias sencillas con un poco de vino y un poco de pan, aunque con mucho amor, y con un Cristo Resucitado que se hacía presente en esos signos sencillos. En nuestra Iglesia hay muchos nostálgicos. La Iglesia de las grandes ceremonias, de los seminarios y noviciados repletos, de las grandes composiciones musicales en las Catedrales… No podemos vivir desfasados. “Si sólo para este mundo tenemos nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres”. (1Cor. 15,19) Lo importante es tener esperanza en Cristo Resucitado. Cristo ha abierto una puerta que ya nadie puede cerrar. (Ap. 3,8).  Es la puerta de la esperanza, de la alegría, del entusiasmo por la vida.  Hay que creer contra toda esperanza. (Ro. 4,18). Y lo comenta así Kierkegaard: “Los grandes hombres serán celebrados en la historia. Cada uno de ellos fue grande según aquello que esperó. Uno fue grande poniendo su esperanza en las cosas posibles. Otro fue grande poniendo su esperanza en las cosas eternas. Pero el más grande de todos fue el que puso su esperanza en lo imposible. Abrahán fue el más grande”.

4.- Me pregunto

1.- ¿Estoy tomando mi vida en serio? ¿Estoy satisfecho con lo que hago? ¿En qué me gustaría cambiar?

2.- Dios ha tenido, desde siempre, un bonito sueño sobre mí. ¿Me preocupa el defraudar a Dios?

3.- ¿Alguna vez he tenido miedo a Dios?  ¿Me creo que Dios me ama y que me creó para ser feliz?  Razona.

5.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Llega el Adviento anunciando
tu Nacimiento sagrado,
con fe viva te rezamos:
¡Ven, Señor, ven a salvarnos!
Sólo Tú puedes cambiar
nuestros golpes en abrazos,
convertir en bellas flores
nuestros más punzantes cardos.
Sólo Tú puedes sembrar
de amor y paz nuestros campos,
que nosotros, con las guerras,
rompemos a cañonazos.
Sólo Tú puedes lograr
que todos, entusiasmados,
formemos una cadena
de hermanos y no de esclavos.
Sólo Tú puedes sentarnos
en la gran mesa del diálogo,
hablando la misma lengua,
compartiendo el mismo plato.
Sólo Tú puedes sacar
de nuestra imagen de barro
otra figura divina,
modelada por tus manos.
¡Ven, Señor!, te lo decimos
con oraciones y cantos!
¡Ven a nacer en nosotros!
¡Ven, Señor, que te esperamos!

(Compuso estos versos José Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

El Señor llega

–El Señor vino; el anunciado por los profetas. El ansiado por nuestros hermanos del Antiguo Testamento, vino, sin demasiado ruido. Vino, y muchos no se enteraron, ni hoy otros, son sensibles a su llegada.

El Señor vino; sigue viniendo y vendrá al final de los tiempos. Lo tenemos y no lo vemos. Pero, al final, se presentará de una manera definitiva y para siempre. En esa dirección, también nos movemos.

–El Señor viene; eterna presencia y, a la vez, sensación de ausencia. Lo palpamos y se nos escurre entre las manos. Lo poseemos pero, nos invita a seguir esperándolo. Es la tensión del que sabe que, Jesús, ha venido pero todavía esta por venir.

–El Señor vino; se revistió de nuestra humanidad para que el hombre alcanzara la Divinidad. Lo esperaban entre oropeles y vino en la humildad de un pesebre. Lo añoraban en palacios y se dejó adorar en la sobriedad de una cueva.

–El Señor vendrá; al final de los tiempos. Y, cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra? ¿Vigilantes de su llegada? ¿Heraldos de su amor? ¿Mensajeros de su reino?

–El Señor vendrá; cuando menos lo esperemos. Cuando parezca que todo se ha perdido. Cuando, incluso, muchos crean que Dios quedó para siempre dormido. El Señor, aunque nos parezca mentira, vendrá.

–El Señor viene; en cada oportunidad que le damos para vivir en medio de las cosas de cada día. En la mente despierta y expectante. En las almas que, lejos de desesperar, viven alegres, dinámicas, optimistas y eternamente jóvenes, porque esperan.

–El Señor vino; porque encontró personas bien dispuestas. Una madre como cobijo. Un padre con humilde vara de mando. Un ángel mensajero anunciando su llegada por todo el valle.

–¡Abrid! ¡Abrid de par en par las ventanas de vuestra existencia! Para que, cuando Dios llegue en la humildad de Jesús, no las encuentre cerradas.

–¡Abrid! ¡Abrid y no cerréis las puertas de vuestra esperanza! Para que, cuando Dios se presente con rostro humano en la tierra, encuentre hombres y mujeres que le esperan.

–Si el Señor vino…….en cualquier momento, puede llegar. ¿No lo oís? ¡Está viniendo!

Javier Leoz

La catequesis de la liturgia

1.- La liturgia es una forma suprema de catequesis que reúne al pueblo de Dios todos los días. La presencia y escucha de los textos sagrados condensa una forma de enseñanza de gran importancia. Y esa catequesis se hace de especiales resonancias en las misas dominicales, en las eucaristías del Día del Señor. Vemos así como las lecturas de este primer domingo de Adviento pues guardan oportuna continuidad con los textos del domingo anterior en el que celebrábamos la solemnidad de Cristo Rey. El consejo se repite: tenemos que estar vigilantes porque la venida del Señor está próxima. En realidad, cada vez, que las oraciones de la misa decimos “¡Ven, Señor Jesús!” o “¡Hasta que vuelvas!” rezamos ante la venida segunda de Jesús –la Parusía—que aunque mantenga el secreto del momento en que se vaya a producir no por eso es menos deseada por los fieles del Señor. Y es que, entre otras cosas, uno de los más grandes anhelos del cristiano es ese encontrarse a Jesús de una vez y para siempre.

2.- Celebramos este primer domingo de Adviento y con él iniciamos un nuevo año litúrgico y estrenamos nueva ciclo, el B. Ya en el altar, y en el ornamento del templo, se apreciará que estamos iniciando la cuenta atrás para la llegada de Jesús a la Tierra. Renovamos, una vez más, el deseo de verle Niño, allá en Belén, junto a María y a José. Y nos proponemos a recorrer ese tiempo de espera en la convicción profunda que algo nuevo debe abrirse en nuestro interior, para mejor recibir al Hijo de Dios. Y es el Padre Dios quien nos lo envía para que todos los hombres y mujeres se salven y para que la paz y el amor reinen entre todos. Y eso se trasluce claramente en la primera lectura, sacada del capítulo 63 del libro de Isaías. En ella se anuncia –a nosotros y al pueblo judío de quinientos años del nacimiento de Cristo— la paternidad sublime de Dios y que ella va a sustituir, por mejora evidente, a aquella otra que inició el Patriarca Abrahán, porque para esperar al Hijo antes hay que reconocer al Padre, al Dios de todos que es Padre para todos. Isaías lo dice claramente: nosotros somos arcilla y Dios es el alfarero.

3.- San Pablo en el fragmento que hemos escuchado hoy de la primera carta a los fieles de Corinto nos confirma con sencillez y profundidad esa paternidad de Dios Padre, por revelación de Jesucristo. Hay además un matiz muy importante para estos tiempos: el llamamiento que Pablo de Tarso que hace a los Corintos contiene una invocación a la unidad, por la misma que mantienen Padre e Hijo. Y hemos de tenerlo en cuenta en este primer día del Adviento. Hemos de esperar a Jesús pero todos unidos. Eso no significa un uniformismo a ultranza o un diseño exclusivo del pensamiento de los fieles cristianos. La discrepancia es posible y hasta aconsejable. Pero no en nada de lo que es fundamental y que no es otra cosa que nuestra comunión en la unidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Habría además una unidad operativa, útil y no restadora de libertades, que es la posición fraterna de todos aquellos que comparten la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues dicha unidad es fuente de confianza para aquellos hermanos alejados que se acercan a nosotros.

4.- Hemos de esperar en el Señor. Lo dice el Evangelio de Marcos, que nos presidirá y nos enseñará durante este ciclo B. Pero esperar y confiar en Dios, no significa adentrarse por la senda de la vagancia y de la inoperancia. Hemos de pedir a Dios que nos cure, pero hemos de acudir al médico y poner toda nuestra voluntad en curarnos. Y así con todas las cosas de la vida. Es posible, no obstante, que el conocimiento de las ciencias modernas y de las tecnologías recién descubiertas nos lleven a pensar en lo contrario: que no necesitamos a Dios. Y eso puede ser un error fatal. Trabajamos junto a Dios para hacer un mundo mejor y para buscar el bienestar legítimo de nuestros hermanos. Sabemos que Jesús de Nazaret nos ha pedido que colaboremos con Dios Padre –con la Trinidad—en la redención de todos los hombres. Y la espera, hoy, que nos pide Marcos es un tiempo de esperanza, dirigido a hacer mejor nuestro trabajo, cuyas pautas fundamentales no son otras que esas ya muy sabidas de amar a Dios sobre todas las cosas y que ese mismo amor dirigido a los hermanos nos lleve a entregarnos a ellos, sin reservas, para su salvación y por tanto para su felicidad, tanto aquí en la tierra, como un poco más tarde, allá en el cielo.

Despojémonos de todos los viejos hábitos, del viejo traje, para revestirnos de la gran esperanza de la llegada del Salvador del Mundo.

Ángel Gómez Escorial

Ojalá…

En la lengua española tenemos una palabra que expresa un vivo deseo de que suceda algo: “Ojalá”. La utilizamos en múltiples circunstancias, tanto personales como sociales: “Ojalá llegue a tiempo, ojalá apruebe la oposición, ojalá acabe pronto, ojalá me toque la lotería, ojalá…” Y en las actuales circunstancias provocadas por la pandemia, hay otros “ojalá” que añadir a la lista: “Ojalá acabe esto, ojalá la vacuna salga pronto, ojalá la economía mejore, ojalá la gente sea más responsable…” Lo que pasa es que, al menos en lo que se refiere a los grandes problemas, decimos “ojalá” sin mucho convencimiento, porque en el fondo no esperamos que se cumpla ese deseo: lo que vivimos cada día, lo que escuchamos o leemos en las noticias… no mueve precisamente a la esperanza. Estamos comprobando cómo los medios e iniciativas humanas, aun siendo positivos, resultan insuficientes. La pandemia nos ha hecho recordar una realidad que habitualmente no tenemos en cuenta: que, a pesar de todos nuestros avances y logros, somos criaturas, somos seres limitados.                       

Pero esto no debemos vivirlo desde la amargura, la rabia y la impotencia: si somos criaturas, abrámonos a nuestro Creador. Ser criatura no supone para el ser humano un menoscabo de su dignidad, todo lo contrario: somos nada más y nada menos que criaturas de Dios, los únicos creados a su imagen (cfr. Gn 1, 27). Y no estamos solos, Dios está ahí, aquí, y viene a nosotros.

Hoy comenzamos el tiempo de Adviento. Como todo lo demás en nuestra vida, este Adviento también va a ser diferente, no será “lo de siempre, lo de todos los años”. Si el Adviento ha sido siempre por excelencia el tiempo de espera y esperanza, este año la llamada a vivir en profundidad la espera y la esperanza cristianas es todavía mayor, porque lo necesitamos más: “La esperanza se diferencia del mero optimismo, va mucho más lejos y es más profunda. Es la certeza de que la monotonía triste y el peso de la vida diaria, la desigualdad y la injusticia, la realidad del mal y del sufrimiento no van a tener la última palabra. Y el fundamento de nuestra esperanza es la resurrección de Jesucristo” (Catecismo alemán), una resurrección que tiene su inicio en el nacimiento de Jesucristo, al cual nos preparamos durante el tiempo de Adviento.

Por eso deberíamos hacer nuestras las palabras de Isaías que hemos escuchado en la 1ª lectura: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases…! Sabemos que el Señor ha venido al mundo, pero necesitamos re-descubrir su presencia aquí, ahora, y el Adviento es el instrumento que la Iglesia nos ofrece para desear el encuentro con Él, para mirar más allá de esta realidad que nos aplasta y descubrir que el Señor “viene ahora a nuestro encuentro, en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la espera dichosa de su Reino” (Prefacio III de Adviento). También este año, ahora, en los acontecimientos que estamos viviendo, el Señor viene a nosotros para que lo recibamos en la fe.

De ahí la repetida invitación que Jesús nos ha hecho en el Evangelio: Vigilad, velad, porque no sabéis cuándo es el momento. El Adviento recoge nuestro deseo y petición a Dios: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases…! y nos hace estar vigilantes para ayudarnos a concretar ese deseo en nuestro día a día, viviendo con esperanza porque sabemos que el Señor viene a nosotros. Como dijo Benedicto XVI, “aparece como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente” (Spe salvi 2).    

¿Cuáles son mis “ojalá” personales? ¿Cuáles son mis “ojalá” referidos a la realidad social, económica, sanitaria, política…? ¿Tengo el convencimiento de que se verán realizados mis deseos? ¿Pido de corazón a Dios ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases…! o lo digo sin esperanza? ¿Voy a aprovechar el Adviento para salir al encuentro de Cristo, que viene en las personas y los acontecimientos?

Que la dura realidad que vivimos nos sirva para vivir el Adviento vigilantes, recordando que esperamos a Alguien, a Cristo. “Necesitamos tener esperanzas -más grandes o más pequeñas-, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto” (Spe salvi 31), el Dios hecho hombre cuyo nacimiento vamos a preparar durante este tiempo de Adviento.