Meditación – San Andres, apóstol

Hoy celebramos la fiesta de San Andrés.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 8, 5-11):

En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace».

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».

Hoy, Cafarnaúm es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaúm no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

Rev. D. Joaquim MESEGUER García(Rubí, Barcelona, España)

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Liturgia – San Andrés

SÁBADO. SAN ANDRÉS, apóstol, fiesta

Misa de la fiesta (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio de los apóstoles. Conveniente la Plegaria Eucarística I. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Rom 10, 9-18. La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo.
  • Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.
  • Mt 4, 18-22. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Antífona de entrada          Cf. Mt 4, 18-19
El Señor, paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Pedro y Andrés, y los llamó: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy es la fiesta de san Andrés, apóstol, natural de Betsaida, hermano de Pedro y pescador como él. Fue al primero de los discípulos de Juan el Bautista a quien llamó el Señor Jesús junto al Jordán y él lo siguió, trayendo consigo a su hermano. La tradición dice que, después de Pentecostés, predicó el Evangelio en Asia Menor y Grecia, y que fue crucificado en la ciudad griega de Patrás en el siglo I. La Iglesia de Constantinopla lo venera como patrono.

Yo confieso…

Se dice Gloria.

Oración colecta
SEÑOR, humildemente pedimos a tu majestad
que, así como san Andrés, apóstol de tu Iglesia,
brilló como predicador y pastor,
sea también nuestro perpetuo intercesor delante de ti.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Pidamos, a Dios Padre todopoderoso, que escuche nuestra oración al celebrar la fiesta del apóstol san Andrés.

1.- Por la santa Iglesia de Dios, para que sólidamente establecida sobre el fundamento de los apóstoles, viva con plenitud y predique con fidelidad el Evangelio recibido de ellos. Roguemos al Señor.

2.- Por el papa Francisco, por nuestro obispo N. y por todo el episcopado universal, para que, llenos del Espíritu Santo, transmitan con toda fidelidad la palabra apostólica. Roguemos al Señor.

3.- Por los que gobiernan nuestra patria y todas las naciones del mundo, para que trabajen sin desfallecer por la justicia y la paz de todos los pueblos. Roguemos al Señor.

4.- Por los cristianos perseguidos, para que sean confortados por el ejemplo de la firmeza apostólica y se alegren de poder sufrir por el nombre de Cristo. Roguemos al Señor.

5.- Por los miembros de nuestra comunidad, para que, fieles a la doctrina apostólica, anuncien el Evangelio a los pueblos y trabajen por el bien de nuestros hermanos. Roguemos al Señor.

Escucha, Dios todopoderoso, al pueblo a ti consagrado y, por la intercesión de tu apóstol san Andrés, concédele tu protección en las cosas temporales y eternas. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
DIOS todopoderoso,
concédenos agradarte con estos dones
que hemos traído en la fiesta de san Andrés,
y, al aceptarlos, haz que renueven nuestra vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de los apóstoles.

Antífona de comunión          Cf. Jn 1, 41-42
Dijo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo». Y lo llevó a Jesús.

Oración después de la comunión
SEÑOR, la comunión de tu sacramento nos dé fortaleza
para que, a ejemplo del apóstol san Andrés,
compartiendo la muerte de Cristo,
merezcamos vivir con él en la gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición sobre el pueblo
Dios todopoderoso,
que los estableció sobre el fundamento apostólico los bendiga
por la intercesión del glorioso apóstol San Andrés.
R./ Amén.

Él, que quiso instruirlos
con la doctrina y los ejemplos de los apóstoles,
los ayude a ser ante todos los hombres
testigos de la verdad.
R./ Amén.

Que la intercesión de los santos apóstoles,
que los instruyeron en la sólida doctrina de la fe,
os permita a todos vosotros, alcanzar la herencia eterna.
R./ Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo+ y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
R./ Amén.

Santoral 30 de noviembre

SAN ANDRÉS, apóstol († s. I)

En el lago de Genesaret o Tiberíades, o mar de Galilea -tres hermosos nombres para una misma realidad- se ha encontrado recientemente una barca. Los técnicos aseguran que es del tiempo de Cristo. De algún pescador de entonces: de Andrés y Simón, de Santiago y Juan, o de otro cualquiera.

Junto al lago de Genesaret, arpa, por la forma que tiene, estaba Magdala, la villa de la Magdalena. Y además, Tiberíades, donde parece que no estuvo nunca Jesús, Cafarnaún, donde realizó muchos milagros, Corozaín y Betsaida, que sufrieron el apóstrofe de Jesús, por no recibirle.

Dos habitantes de Betsaida sí que acogieron a Jesús. El primero fue Andrés. Había aquellos días mucha efervescencia y rumores sobre la llegada del Mesías. Juan Bautista bautizaba en el Jordán y caldeaba los espíritus. Tenía junto a él muchos discípulos. Uno de ellos era Andrés.

Una tarde estaba Andrés junto a su maestro. Jesús pasó por allí. Y Juan, en un gesto generoso del que no quiere retener nada para sí, sino que cuando llega el momento sabe ceder lo que más quiere, dice a su discípulo: «He ahí el Cordero de Dios «. Y se lo dice invitándole a que le siga. Juan Evangelista estaba junto a Andrés, pero como Andrés es el primer nombrado, se le llama «el protocletos», el primer llamado.

Inmediatamente Andrés fue corriendo detrás de Jesús. ¿Qué quieres?, le dice Jesús. Andrés no busca una simple palabra de respuesta, sino un conocimiento más pleno. Por eso contesta con una respuesta más ambiciosa: ¿Dónde moras? Y el Rabbí le respondió: Ven y lo verás. Se fue, y tan a gusto debió de encontrarse, que se quedó con él todo el día. «¡Quién pudiera decirnos lo que en aquellas horas aprendió el discípulo!» (S. Agustín).

Loco de alegría, Andrés quiere comunicar su experiencia. Se encuentra con su hermano Simón y lo conduce a Jesús que le cambia el nombre por Pedro. Lo mismo hizo Juan con Santiago y Natanael con Felipe. La experiencia les había tatuado para siempre. Era una experiencia contagiosa.

Andrés y Simón volvieron a sus redes. Un día Jesús se acercó a la orilla del lago y les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Y al instante lo dejaron todo y le siguieron. Era la vocación definitiva.

Luego siguieron tres años de intensa e íntima convivencia con el Maestro. Cuando las multitudes siguen a Jesús y el Maestro quiere saciar su hambre, Andrés le presenta a un muchacho que tiene unos panes y unos peces. Y junto con Felipe lleva ante Jesús a unos griegos que querían verle.

Cuando los apóstoles se dispersan por el mundo para predicar el Evangelio, Andrés recorrió el Asia Menor, el Peloponeso, Tracia, Escitia, y hasta el Mar Negro y el Cáucaso. En Patras, ciudad de Acaya, se presenta ante el prefecto. Andrés es un apasionado de la cruz. La cruz es su bandera, su espada y su armadura. «Si tú, Egeas, le dice, conocieras el misterio de la cruz, seguramente creerías en él y le adorarías».

Estas palabras provocaron la cólera del prefecto. Andrés fue condenado a muerte en una cruz en forma de aspa. Lleno de júbilo por morir como su Maestro, al ver la cruz prorrumpió en aquellas palabras que le aplicaba la liturgia: «¡Oh cruz amable, oh cruz ardientemente deseada y al fin tan dichosamente hallada! ¡Oh cruz, que serviste de lecho a mi Señor y Maestro, recíbeme en tus brazos, y llévame de en medio de los hombres, para que por ti me reciba quien me redimió por ti y su amor me posea eternamente».

Así murió Andrés «el primogénito de los Apóstoles», como le llama Bossuet.

 

Otros Santos de hoy: Maura, Justina, Cástulo, Constancio, Zósimo.

Justo y Rafael Mª López-Melús

Laudes – San Andrés, apóstol

LAUDES

SAN ANDRÉS, apóstol

La fiesta de este apóstol es de gran veneración en Oriente y Occidente. Hermano de San Pedro.

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

SALMO 99: ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de los apóstoles.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Hoy del tirano la furia
vence Andrés en los tormentos,
con aspa los aspavientos,
y con paciencia la injuria.

Halla en los tormentos gloria,
vida en la muerte y dolor,
en las afrentas honor,
y en ser vencido victoria.

El valor del pecho fuerte
alto y peregrino es,
porque sólo teme Andrés
el dilatarse la muerte.

Por quien se doma la furia
de los tiranos intentos,
con aspa los aspavientos,
y con paciencia la injuria. Amén.

SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

Ant. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron al Señor.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que siguieron al Señor.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. El Señor amó a Andrés como a un perfume de olor agradable.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. El Señor amó a Andrés como a un perfume de olor agradable.

SALMO 149: ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Ant. Andrés dijo a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías»; y lo llevó a Jesús.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles,
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Andrés dijo a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías»; y lo llevó a Jesús.

LECTURA: Ef 2, 19-22

Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar en templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.
V/ Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.

R/ Harán memorable tu nombre, Señor.
V/ Sobre toda la tierra.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los nombrarás príncipes sobre toda la tierra.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El muro de la ciudad tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero; y su lámpara es el Cordero.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El muro de la ciudad tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero; y su lámpara es el Cordero.

PRECES

Queridos hermanos, habiendo recibido de los apóstoles la herencia de los elegidos, demos gracias a nuestro Padre por todos sus dones, diciendo:

El coro de los apóstoles te ensalza, Señor.

Por la mesa de tu cuerpo y de tu sangre, que nos transmitieron los apóstoles
— con la cual nos alimentamos y vivimos:

Por la mesa de tu palabra, que nos transmitieron los apóstoles,
— con la cual se nos comunica la luz y el gozo:

Por tu Iglesia santa, edificada sobre el fundamento de los apóstoles,
— por la cual nos integramos en la unidad:

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Por la purificación del bautismo y de la penitencia, confiada a los apóstoles,
— con la cual quedamos limpios de todos los pecados:

Concluyamos nuestra oración diciendo juntos las palabras de Jesús, nuestro Maestro:
Padre nuestro…

ORACION

Protégenos, Señor, con la constante intercesión del apóstol san Andrés, a quien escogiste para ser predicador y pastor de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Estad atentos, esperanzados y comprometidos

Empezamos Adviento y continuamos en pandemia. Por eso, este Adviento tiene que ser diferente. Las circunstancias lo exigen. Teniendo en cuenta esto, mi reflexión hoy gira alrededor de estas tres preguntas: ¿A qué prestar atención? ¿Qué esperamos? ¿Qué tenemos que hacer?

Empezamos el año litúrgico. Estamos en Adviento y en una pandemia mundial. Estas circunstancias nos dan ocasión de reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias. También para revisar nuestros estilos de vida, que suponemos que algo tienen que ver con lo que está ocurriendo. Esta pandemia global puede ser una buena oportunidad para analizar y cambiar nuestra visión de la realidad y nuestras relaciones con la naturaleza y entre nosotros. Porque debemos pensar que algo hemos hecho mal para que estemos como estamos. Reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias nos permitirá atisbar qué tenemos que hacer para superarlas.

Aprovechemos este tiempo de Adviento, tiempo de inicio del nuevo año litúrgico, momento oportuno de programar el futuro inmediato, para elaborar nuestro plan de transformación y cambio de aquellos comportamientos que individual y/o colectivamente hayan causado directa o indirectamente esta emergencia mundial. Como cristianos, seguidores del estilo de vida de Jesús de Nazaret, el Adviento es un tiempo oportuno, un Kairós, para la renovación de nuestros compromisos con el estilo de vida que nos muestra el Evangelio. Acudamos a lo que hoy nos dice el texto de Marcos en busca de respuesta a las tres preguntas que guían nuestra reflexión de hoy.

¿A qué prestar atención? Mc 13: Estad atentos, vigilad como centinelas en la noche

El autor de Marcos 13 contrapone la atención al estar dormidos. Nos pide una atención concentrada, profunda. La atención es una disposición de querer ver con precisión, buscando comprender. Hoy nos concentramos en este “Adviento en pandemia”. Atentos como centinelas en la noche de la pandemia. Esta epidemia nos ha sorprendido. Nos seguimos preguntado cómo es posible que un virus insignificante ponga en emergencia a la humanidad entera. Por qué ha sucedido. Cuándo acabará. Cómo saldremos de ella. Qué habremos aprendido. Qué consecuencias tendrá. Cómo las afrontaremos. Qué adaptaciones nos exigirá. Y así un sinfín de preguntas. Nosotros que creíamos que teníamos control sobre todo, que éramos los señores de la creación, que éramos autosuficientes, etc.. ¡Qué inconsciencia! ¡Además de vulnerables somos impotentes ante este virus minúsculo!

No puede cundir el pesimismo ni el miedo. Para estas sombras los cristianos tenemos que ser luz. Jesús lo fue en sus días y nosotros lo tenemos que ser aquí y ahora. Tenemos todo lo que necesitamos para ello, si utilizamos nuestros recursos materiales y espirituales. Nuestra razón y nuestra fe-confianza. Con la mente bien abierta, atenta, podemos y tenemos que analizar lo que nos está pasando, descubrir y comprender sus causas y comprometernos con los cambios necesarios. Modificadas las causas se modifican los efectos. Nuestra razón fortalecida con la fuerza del Espíritu podrá llevar adelante la transformación necesaria.

Una pandemia de esta magnitud tiene muchas causas y una larga historia. Entre las causas: Ruptura del equilibrio planetario por sobreexplotación de recursos naturales, Globalización parcial y olvido de las desigualdades que el sistema económico está creando, desigualdad e injusticia social cada vez más grande. perdida de referencias éticas universales, inversión de la escala de valores. obsesión por el tener y consumir. Habíamos olvidado que el ídolo tiene los pies de barro (finitud, vulnerabilidad, la interdependencia con todo), la pérdida de los referentes transcendentes y espirituales, materialismo, la ausencia de Dios. También habíamos olvidado la filiación divina y su ley: el amor y fraternidad universal.

A esas causas el papa Francisco (Fratelli Tutii) llama “Sueños rotos” y junto a estas sombras coloca “Las Semillas del Bien” que también la pandemia ha sacado a la luz. Ellas son la razón de la esperanza en que otro mundo mejor es necesario y posible. En este tiempo de pandemia hemos visto florecer espontáneamente la bondad, solidaridad y gratuidad en muchas personas de nuestro entorno. ¡Cuánta gente cuidando a los que lo necesitan! Esto nos da motivos de esperanza: Todavía estamos a tiempo. No todo está perdido.

¿Qué esperamos? ¿Qué hemos aprendido? Esperamos salir de esta situación convencidos de que tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. Hemos aprendido que podemos salir mejores personas.

Consideramos el Adviento como tiempo de esperanza: algo bueno puede suceder si nos empeñamos en ello. Los humanos somos capaces de ello. Los creyentes en el Dios de Jesús tenemos motivos para sentirnos sacramento de esperanza. Los cristianos celebramos en Adviento que el Dios en quien creemos se hace carne. Es encarnación en Jesús, en nosotros y en todo. El Dios en el que hoy creemos nos lo ha revelado Jesús de Nazaret. Es un Dios inmanente, no afuera sino dentro, no arriba sino abajo, con nosotros, en nosotros. Un dios que respeta nuestra libertad y autonomía. Que no actúa sino que nos da la responsabilidad de que actuemos nosotros con Él y por Él. Que nos hace cocreadores con Él. Que nos da todo lo que necesitamos para conseguir la realización de su proyecto amoroso sobre toda la creación. Y nos da la fuerza, la posibilidad de transformarnos y transformar la realidad. El humano, como especie y como individuo, va descubriendo poco a poco la presencia de Dios y se le representa en imágenes que evolucionan con su propia evolución como ser vivo y en desarrollo hacia su plenificación biológica y espiritual. Siempre estamos en proceso, en progreso. Somos seres abiertos, inacabados, siempre por completar. En búsqueda de su plenificación. ¿Cómo? La respuesta en la pregunta siguiente.

 Si así es nuestro Dios y así somos nosotros ¿Qué podemos esperar de Él? Que nos ayude a completar la creación, nuestra creación y la del resto de su obra. Todo está en evolución. Todo está abierto, por plenificar. Todo es posibilidad en espera de realización. Que venga a nosotros su Reinado. Traducido a nuestra lengua: Que construyamos un mundo de justicia, paz y amor. Un mundo más justo y fraternal. Que el Reinado de Dios se realice exige que nos impliquemos y comprometamos en ello. En medio de la pandemia también Dios está con nosotros trabajando en su resolución a través de nuestro empeño y compromiso. El Señor está con nosotros pero le tenemos que descubrir y ayudar a nuestros hermanos a que lo descubran.

 Los creyentes, como sacramento de la esperanza, están comprometidos con el Reinado de Dios aquí y ahora. Ante la situación de emergencia en que estamos, la actitud puede ser negativa, desmoralizada o positiva y constructiva. Los cristianos elegimos la actitud positiva y decidimos aprovechar las enseñanzas que nos ofrece el momento presente. Ha despertado los mejores sentimientos de la persona humana. El miedo ha paralizado a muchos, pero a otros los ha puesto en movimiento solidario y gratuito. El virus ha sacado la bondad que también hay en todo ser humano. Humanización e interdependencia dan como resultado una buena persona que sabe que es un ser para los demás y que su felicidad está en el servicio al necesitado.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué compromisos tenemos que asumir para construir el Reinado de Dios aquí y ahora?

A pesar de las sombras y sufrimiento, la pandemia nos ha reportado el ejemplo de solidaridad y gratuidad de que es capaz la humanidad. La bondad lo mismo que el mal nos constituye. El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios-Amor, amor incondicional y misericordia sin límites. El bien en nosotros es más fuerte que el mal. Lo que de Dios hay en mi es más grande que mi miseria y límites. Mi verdadero ser es bondadoso. Estamos hechos de amor y para el amor. Si de verdad vivimos esto, podemos, ser sal, luz y fuerza unos para otros como nos manda Jesús.

Nuestro amor tiene que ser activo y comprometido. Obras son amores. No podemos seguir igual después de lo que estamos viviendo. Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. El cambio es necesario y posible. Cambios en el sentido contrario de las causas que nos ha traído a esta situación de emergencia. Seríamos necios si no aprendemos y nos transformamos. Hay que volver a las causas para caminar a la búsqueda de su antídoto: Revisión de nuestros hábitos de consumo, solidaridad frente a individualismo, decrecimiento frente a afán posesivo, austeridad y sobriedad compartida, gratuidad.

Compromiso: Empezar con ilusión el nuevo año litúrgico, sostener la esperanza, hacer presente a Dios con mi vida para que cuando tantos me pregunten ¿dónde está Dios? pueda contestar desde mi vivencia: Dios está en ti y en mí todo haciendo todo nuevo.

África De la Cruz Tomé

II Vísperas – Domingo I de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen, 
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José, 
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo.
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Súplica, admiración, vigilancia

Súplica (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7)

La primera lectura nos sitúa unos cinco siglos antes de la venida de Jesús, cuando la situación en Jerusalén y Judá dejaba mucho que desear desde todos los puntos de vista: político, social, religioso. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, un árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los independentistas, a los banqueros, al FMI, a los Presidentes de las grandes potencias, se reúne en asamblea litúrgica y entona una lamentación.

Las palabras del pueblo ofrecen un curioso contraste al hablar de Dios. A veces destaca sus rasgos positivos: es «nuestro padre», «nuestro redentor», «sales al encuentro del que practica la justicia», «somos todos obra de tu mano». Otras se quejan de que «nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón», «estabas airado y nosotros fracasamos», «nos ocultabas tu rostro». Pero el pueblo reconoce que la culpa no es de Dios, sino suya: «todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, nuestras culpas nos arrebataban como el viento, nadie invocaba tu nombre, ni se esforzaba por aferrarse a ti».

¿Cuál es la solución? Sorprendentemente, que Dios se convierta: «vuelve por amor a tus siervos», «ojalá rasgases el cielo y descendieses», «aparta nuestras culpas». Los profetas anteriores (Amós, Isaías, Jeremías…) habían concedido gran importancia a la conversión, al hecho de que el pueblo volviese a Dios y cambiase su forma de actuar. Quienes rezan esta lamentación no confían en ellos mismos. Debe ser Dios quien vuelva y, como buen alfarero, moldee una nueva vasija.

En el contexto del Adviento, la frase que más llama la atención y ha motivado la inclusión de este texto en la liturgia es: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!». Aunque el profeta piensa en la venida de Dios, la liturgia nos hace pensar en la venida de Jesús. Pero ese recuerdo debe ir acompañado del reconocimiento de nuestra debilidad y de la necesidad de ser salvados.

Admiración por los bienes recibidos (1 Corintios 1,3-9)

La respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús, y desde el momento en el que lo aceptamos, nuestra vida cambia por completo. Pablo habla de nuestro pasado, futuro y presente.

En el pasado, Dios nos ha enriquecido en todo; nos ha llamado a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo. La imagen es potente y extraña. Recuerda a la experiencia de un hijo con su madre, de la que recibe la vida. Pero esa relación vital no termina cuando se corta el cordón umbilical, perdura siempre.

Con respecto al futuro, aguardamos la manifestación de Jesucristo, la segunda y definitiva venida del Señor, tema esencial para los primeros cristianos y que debería serlo para nosotros en este tiempo de Adviento.

En el presente, «no carecemos de nada». Cuando tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar casi hirientes: «No carecéis de ningún don». Buen momento, este del Adviento, para pensar en qué cosas valoramos: si los materiales, que a menudo faltan, o la riqueza espiritual que proporciona Jesús.

Esta enseñanza de Pablo no se produce en un contexto de fría reflexión teológica, sino de oración y acción de gracias al pensar en sus cristianos de Corinto, la más complicada y problemática de sus comunidades.

Vigilancia (Marcos 13, 33-37)

No deja de ser irónico que precisamente el evangelio no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra en nosotros, en la actitud que debemos tener: «vigilad», «velad», «velad». Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no solo pretende recordar la venida del Señor, sino también prepararnos para el encuentro final con Él.

La actividad pública de Jesús termina con un discurso sobre el fin del mundo y su segunda venida, que no está dirigido a todos los discípulos, como sugiere la introducción del evangelio de hoy, sino solo a los cuatro primeros llamados por Jesús: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (Mc 13,3-37). Jesús ha dicho poco antes que de los grandes edificios del templo no quedará piedra sobre piedra. Para estos cuatro, el fin del templo de Jerusalén equivale al fin del mundo, y desean saber cuándo ocurrirá y qué señales lo precederán. Un tema que a nosotros nos parece más propio de los Testigos de Jehová, pero que creaba enorme preocupación en las primeras comunidades cristianas.

El discurso responde a estas cuestiones, pero termina con esta exhortación a la vigilancia, que la liturgia, con pleno sentido, aplica a todos los discípulos y a todos nosotros.

¿En qué consiste la vigilancia? Se sugiere con muy pocas palabras: «dio a cada uno de sus criados su tarea». Esa es, en parte, la misión del Adviento: reflexionar sobre la propia tarea recibida de Dios y examinar si la cumplimos debidamente.

 

José Luis Sicre

Tal vez hoy o mañana

1.- Hoy el evangelio habla de una cosa de la que nadie quiere hablaros. Hasta a veces os lo ocultan. Se trata de la muerte humana. Vosotros ya sabéis algo de ello. Habréis visto algún animal que lo ha atropellado un coche, algún pajarito ha aparecido inmóvil en la jaula y os lo han retirado o el pez de vuestro acuario lo habéis encontrado en la superficie de panza arriba. Cuando ha pasado esto, seguramente, os habéis puesto un poco tristes. Cuando muere algún animal que apreciamos siempre ocurre así. Aunque no os hablen de la muerte humana, seguramente sabréis algo de ella por las películas de cine o por la televisión. Sea como fuere, la muerte es una cosa que os da miedo.

2.- ¿Qué dice Jesús en el evangelio de la misa de hoy sobre ello? Jesús explica que un hombre se fue, dejando a sus criados vigilando la casa hasta su vuelta. Tal vez a vosotros también un día han marchado vuestros padres y os han encargado el cuidado de un hermanito, de contestar al teléfono o de que cerraseis las ventanas si llovía. Vuestros padres confían en vosotros y quieren que les ayudéis. Pero si no hacéis caso y os vais a jugar a casa de un vecino o ponéis música tan fuerte que no podéis oír el timbre u abandonáis al chiquillo y al volver se encuentran que se ha caído de la cama, o que ha entrado agua en la casa, eso les entristece. Porque habían confiado en vosotros y no habíais cumplido.

Algo semejante pasa con Jesús, nos ha dejado unos encargos personales, nos ha puesto en este mundo para que seamos sus amigos y ayudantes. Él confía en nosotros. No podemos defraudarle. Desea que ayudéis al compañero del que se ríen todos. Desea que si tenéis algo: juguetes, libros o golosinas, no seáis tacaños y penséis y compartáis con los que no lo tienen. Desea que vuestros padres estén satisfechos de vosotros. Parece que Dios se haya ido de este mundo, aunque esté siempre muy próximo. Un día, no sabemos si pronto o tarde, se presentará y nos preguntará como hemos cumplido sus deseos. Será mala cosa si nos encuentra que hemos olvidado lo que nos encomendó.

3.- Así que cada día debemos estar atentos y no olvidarnos de ello. Y si se presenta en cualquier momento y nos encuentra ocupados en lo que nos confió, Él estará contento y también nosotros. A unos la vida les dura mucho, a otros poco, pero si no le decepcionamos, aunque venga muy pronto la muerte, con motivo de un accidente o de una enfermedad, nos recibirá para vivir eternamente con Él y para que seamos compañeros de otros jóvenes, que también cumplieron sus deseos. A su casa la llamamos Cielo y en él sabemos que hay mucha gente joven, que no todos son viejos, serios y barbudos, como los representan en muchas imágenes.

Si en este momento viniera la muerte y se nos llevara, al entrar en el Cielo, nos encontraríamos a un niño de siete años llamado Tarsício, a otro un poco mayor que se llamaba Domingo, a otro que le conocían como Dominguito, a una chica italiana muy valiente llamada Goretti y muchísimos más. A estos que pueden ser compañeros vuestros en el Cielo los llamamos santos, Dios espera que nosotros lo seamos. ¿Qué le contaríamos si ahora mismo viniera a nuestro encuentro preguntándonos que hemos hecho por Él?

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Domingo I de Adviento

(Mc 13, 33-37)

“Ustedes no saben cuándo será el momento… ¡Velen!”

Muchas veces nos equivocamos cuando creemos que las cosas importantes pueden esperar. Muchos han resuelto esperar un poco más para entregarse a Dios, para reconciliarse con los demás, para vivir como hermanos. Sobreviven como pueden, arrastrándose detrás de pequeños placeres que los dejan vacíos, viviendo en la superficie. Y así piensan que cuando dejen de trabajar, o cuando llegue la vejez, entonces se decidirán a vivir a otro nivel, con más profundidad. Pero olvidan que las cosas grandes no se improvisan, que después de toda una vida de mediocridad sólo nos queda un corazón anquilosado, cerrado, cómodo, egoísta, lleno de vicios enfermizos. Con ese estilo de vida sólo se va preparando un futuro pero, más triste y más enfermo. Por eso el evangelio nos insiste: no posterguen lo importante; este momento no se repite. Entonces no se duerman, vivan este día despiertos, vívanlo a pleno, encuentren al Señor ahora, amen hoy mismo. Este es el día de la salvación, precioso, único, irrepetible.

Al decir “cuando vuelva el dueño de la casa” (v. 35) el evangelio nos invita a no sentirnos dueños absolutos de nuestro tiempo, de nuestra vida en la tierra, de nuestra misión, de lo que se nos encomienda, sino como administradores de algo que recibimos de su auténtico dueño, el Señor.

Este texto nos recuerda también que la Iglesia no debe dejar de ser la comunidad de los que esperan. Debe estar consciente de que no es perfecta ni se basta a sí misma, y por eso debe esperar, siempre más, la llegada de su Señor.

Oración:

“Aquí estoy en tu presencia, Señor. Tú eres el principio y el fin, tuyos son el tiempo y la eternidad. Tú eres el Señor de la historia. Por eso sé que no puedo tener en mis manos todo el control de mi vida, y quiero confiar en tus manos mi futuro. Dame la gracia de estar despierto hoy, de entregarme a ti hoy, de amar hoy como si fuera el único día de mi vida”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

B) Normas derivadas de la índole de la liturgia como acción
jerárquica y comunitaria
.

26. Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es «sacramento de unidad», es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miembros de este cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual.