Vísperas – San Francisco Javier

VÍSPERAS

SAN FRANCISCO JAVIER, presbítero

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en su tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

SALMO 111:

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos,
su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor,
su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.

La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

LECTURA: St 5, 7-8.9b

Tened paciencia hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. Mirad que el juez está ya a la puerta.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que viene detrás de mí existía antes que yo, y yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que viene detrás de mí existía antes que yo, y yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia.

PRECES

Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que por nosotros se despojó de su rango, y digámosle confiados:

Ven, Señor Jesús

Señor Jesús, que con tu encarnación has salvado al mundo,
— purifica nuestras almas y nuestros cuerpos de todo pecado.

No permitas que aquellos a quienes llamas hermanos por tu encarnación
— se alejen de ti por el pecado.

No permitas que aquellos a quienes has salvado con tu venida
— merezcan ser castigados en el día de tu juicio.

Cristo Jesús, que nunca alejas de nosotros tu bondad y tu amor,
— haz que alcancemos la corona inmarcesible de gloria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te encomendamos, Señor, a nuestros hermanos que han sido separados temporalmente de su cuerpo;
— haz que, muertos para el mundo, vivan eternamente para ti.

Confiemos nuestras súplicas a Dios, nuestro Padre, terminando esta oración con las palabras que el Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor y Dios nuestro, tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento de tu nombre por la predicación de san Francisco Javier; infúndenos su celo generoso por la propagación de la fe, y haz que tu Iglesia encuentre su gozo en evangelizar a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves I de Adviento

1.- Ambientación.

Señor, gracias por tu amistad, por tu paciencia, por tu gracia. Haz que sepa construir mi vida sobre la roca firme de tu amor. Dame la gracia de crecer en la fe, para descubrirte en los acontecimientos de la vida y, sobre todo, en las personas. Que sea el amor la raíz de mi vida de modo que todo lo que haga esté enraizado en el amor. No un amor egoísta que viene de mi sino un amor desinteresado, gratuito, que sólo puede provenir de Ti.

2.- Lectura sosegada del texto. Mateo 7, 21.24-27

«No todo el que me diga: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

3.- Qué dice el texto

Meditación

Jesús nunca engaña. Por eso nos advierte: Podéis pasar toda vuestra vida trabajando y llegar al final “con las manos vacías”. Los que edifican sobre la arena, no están ociosos, no hacen mal a nadie, están trabajando. Pero si llega un viento fuerte, todo se les hunde como un castillo de naipes. Han construido sobre arena. Jesús nos advierte: podéis estar ocupados toda la vida en hacer cosas y acabar como unos fracasados. La coherencia entre la fe que se profesa y la vida no admite «medias tintas». Escuchar cada día la Palabra de Dios y no ponerla en práctica es edificar sobre arena movediza. Sólo el amor construye. En esta vida todo lo que no pueda reciclarse en amor es arena. Sólo se puede edificar sobre la roca firme del amor. Sobre esa roca ha edificado Jesús su Iglesia. Y nosotros, cuando vivimos en el amor, somos piedras vivas de esa Iglesia.

Palabra autorizada del Papa

“¿Es solamente un sentimiento, un estado psicofísico? Claro que si es solamente esto no se pueden construir encima nada que sea sólido. En cambio, si el amor es una realidad que crece, y podemos decir como ejemplo, como se construye una casa. Crece y se construye como una casa. Y la casa se construye juntos y no cada uno por su lado. Construir aquí significa favorecer el crecimiento. Ustedes se están preparando para crecer juntos, para construir esta casa, para vivir juntos para siempre. No la cimienten en la arena de los sentimientos, que van y vienen, sí en cambio en la roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer, de la misma manera que se construye una casa, que sea lugar de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Pero todo junto: afecto, ayuda, esperanza, apoyo”. (Papa Francisco, 14 de febrero de 2014)

4.- Qué me dice ahora a mí esta palabra ya meditada. Guardo silencio

5.-Propósito.

Hoy tomaré en serio la Palabra de Dios. Y procuraré ponerla en práctica. Por la noche pensaré si la he cumplido.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Jesús, ayúdame a cultivar una voluntad firme contra los cambios de los sentimientos y emociones, de modo que sea capaz de renunciar a todo aquello que me impida la donación a los demás y pueda cumplir siempre y en todo tu voluntad.  Éste es el único camino para poder construir sobre la roca firme. No permitas, Señor, que me pase la vida trabajando inútilmente.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Recibimos constantemente innumerables gracias y dones por parte de Dios (amor de Dios a los hombres)

En ocasiones, Dios no desdeña de visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón […]. Tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza. (Casiano, Colaciones, 4).

El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 458).

Comentario – Jueves I de Adviento

(Mt 7, 21. 24-27)

El evangelio de Mateo es el que más insiste en el tipo de vida que debemos llevar para agradar a Dios, en la necesidad de cumplir la Ley de Dios. El que se encuentra con el Señor no puede seguir actuando de la misma manera, porque el impacto de ese encuentro termina transformando las opciones concretas, las acciones, las reacciones externas, el estilo de vida del creyente.

Aquí se nos invita a edificar la propia vida sobe la roca firme. En realidad es un deseo que habita en la profundidad del ser humano: el deseo de sentirse seguro, fuerte. Porque una de las sensaciones más molestas y dañinas es la de experimentar la fragilidad, la inseguridad.

Pero cuando este texto explica cómo hacer para que la propia vida esté bien asentada sobre la roca, firme y segura, nos dice que no basta la devoción, nos recuerda que es insuficiente la oración, que ni siquiera es suficiente dejar las propias preocupaciones en las manos de Dios.

Nos dice que es necesario también dejar que Dios transforme el propio estilo de vida, nuestra forma de obrar. Nos enseña que para que nuestra vida esté firme es necesario practicar su Palabra: amar, servir, compartir, ser fiel, intentar vivir como él vivió. Y así nos llama a crecer, de manera que alcancemos esa fortaleza y esa seguridad que deseamos para nuestra existencia.

El que está firme es entonces “todo el que escucha la Palabra y la pone en práctica “ (v. 24). Pero quizás, antes de preguntarnos si la estamos poniendo en práctica, tendríamos que preguntarnos si no nos hemos saltado el primer paso, es decir, si realmente la escuchamos con atención e interés.

Oración:

“Dame tu gracia Señor, para que pueda vivir tu Palabra, transforma mis actitudes, mis reacciones, mi forma de vivir, mi manera de actuar. Orienta mi vida por tu camino, para que toda mi existencia esté firme, asentada sobre tu roca”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Al encuentro de Dios: ¡Convertíos!

1.- «Consolad, consolad a mi pueblo…» (Is 40, 1) El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Babilonia, colgadas las cítaras en los sauces de la orilla, mudas las viejas y alegres canciones patrias. Años de exilio después de una terrible derrota e invasión que asoló la tierra, el venerado templo de la Ciudad Santa convertida en un montón de escombros y cenizas. El rey y los nobles fueron torturados y ejecutados en su mayoría, mientras que la gente sencilla era conducida, como animales en manadas, hacia nuevas tierras que labrar en provecho de los vencedores.

Pero Dios no se había olvidado de su pueblo, a pesar de aquel tremendo castigo infligido a sus maldades. En medio del doloroso destierro resonaría otra vez un canto de la consolación, cuya melodía y con el que se vislumbra y promete un nuevo éxodo hacia la tierra prometida, un retorno gozoso en el que el Señor, más directamente aún que antes, se pondría al frente de su pueblo para guiarlo lo mismo que el buen pastor guía a su rebaño, para conducirlo seguro y alegre a la tierra soñada de la leche y la miel.

«Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor…» (Is 40, 3) «Súbete a lo alto de un monte -dice el poema sagrado-, levanta la voz, heraldo de Sión, grita sin miedo a las ciudades de Judá que Dios se acerca». Que preparen los caminos, que enderecen lo torcido, que allanen lo abrupto, que cada uno limpie su alma con un arrepentimiento sincero y una penitencia purificadora. Llega el gran Rey con ánimo de morar en nuestros corazones, de entablar nuevamente una amistad profunda con cada uno de nosotros. Por eso es preciso prepararse, despertar en el alma el dolor de amor herido por ofenderle, el ansia de reparar nuestras culpas y el deseo de hacer una buena confesión para recomenzar una vida limpia y alegre.

El Señor llega cargado de bienes, él mismo es ya el Bien supremo. Viene con el deseo de perdonar y de olvidar, de prodigar su generosidad divina para con nuestra pobreza humana. Viene con poder y gloria, con promesas y realidades que colmen la permanente insatisfacción de nuestra vida. Este pensamiento de la venida inminente de Jesús, niño inerme en brazos de Santa María, ha de llenarnos de ternura y gozo, ha de movernos a rectificar nuestros malos pasos y enderezarlos hacia Dios.

2.- «Voy a escuchar lo que dice el Señor…» (Sal 84, 9) Qué importante es el decidirse a escuchar al Señor. No sólo oírle, sino sobre todo escucharle. Porque oír, quizá le oigamos muchas veces. De hecho Dios nos habla continuamente. En la santa Misa sobre todo. Hay momentos en que sus palabras, las suyas realmente, llegan claras y distintas hasta nuestros oídos. Y también en otras muchas ocasiones y de formas diversas nos llegan las palabras del Señor: Por medio de un acontecimiento triste o gozoso que nos hace pensar, a través de un amigo que nos da un consejo, de un desconocido quizá que dice algo que nos llega muy dentro.

Pero la mayoría de las veces nos limitamos a oír. De momento quizá nos impresiona lo que oímos, nos produce una cierta inquietud; pero todo eso se pasa pronto, sin dejar ninguna huella, sin repercutir en nuestra vida. Y es que nos contentamos con oír, no escuchamos. Es decir, tenemos una actitud meramente pasiva, oímos pero no escuchamos, sabemos que Dios nos llama pero no le respondemos, recibimos pero no damos.

«La salvación está cerca de sus fieles…» (Sal 84, 10) Los que escuchan, los que ponen interés en las cosas de Dios, los que luchan por responder a las exigencias de la fe, los que no se contentan con oír sino que pasan, o tratan al menos de pasar, a las obras, esos son los realmente fieles. Y de esos que se esfuerzan y combaten está muy cerca la salvación. Tan cerca, tan cerca que si siguen así ya están casi salvados, eternamente salvados, liberados para siempre del mal que lo es de verdad, la condenación eterna.

Vamos, pues, a incorporarnos al ejército de los que pelean con ilusión y esperanza las refriegas de cada día. Esos combates hechos de pequeñas renuncias, de sencillos deberes que se repiten una y otra vez. Si lo hacemos podremos estar seguros de nuestra salvación definitiva. Sí, está seguro. Si eres fiel hasta la muerte, recibirás la corona de la vida.

3.- «El Señor no tarda en cumplir su promesa como creen algunos» (2 P 3, 9) Los temas de la espera siguen aflorando en los textos sagrados de la liturgia de Adviento. Hoy nos recuerda la Iglesia que el retraso de Dios es tan sólo aparente. No perdáis de vista una cosa, nos dice: para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. Es decir, Dios está por encima del tiempo. Él posee toda la eternidad para cumplir su promesa. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con nosotros y no quiere que nadie perezca, sino que todos se salven por medio de una auténtica conversión, un verdadero cambio de vida.

El día del Señor llegará como un ladrón. Y el ladrón llega cuando menos se le espera; llega de noche, a escondidas. Dios ha querido que sea así para que vivamos siempre en actitud de Adviento, de espera, en postura de vigilancia, con la ansiedad y el anhelo de quien aguarda la llegada de la persona amada, con el cuidado y el esmero del que sabe que de un momento a otro puede ocurrir algo realmente importante.

Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus obras se consumirá. «Si todo este mundo se va a deshacer de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser nuestra vida!».

«Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego…» (2 P 3, 12)Parece que nunca ocurrirá eso. Lo vemos todo tan sólido, tan firme, tan seguro, que no podemos imaginarnos el caos total. El Sol, que sigue su breve recorrido en invierno; la Luna, que cambia continuamente; el viento, la lluvia, la escarcha de las mañanas blancas de diciembre, todo camina por la misma senda de cada año.

Y, sin embargo, cada vez es más fácil que todo se nos venga abajo, como un castillo de arena… Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Nuestra espera no está teñida por la angustia o la zozobra, no lleva en sí la tristura o nostalgia, amargura o miedo. Tiene tan sólo la dulce confianza del que sabe que al fin llegará Jesús como Salvador.

«Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis acontecimientos tales, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables». Esto es lo importante: vivir siempre preparados para recibir la llegada del Señor, vivir en tensión dinámica y amorosa hacia Dios.

4.- «Una voz grita en el desierto… “(Mc 1, 3) Cuando Juan Bautista comenzaba su predicación había en Israel un clima de gran tensión político-religiosa. El Pueblo elegido estaba bajo el yugo de Roma que ejercía su poder con la fuerza de sus legiones y la rapaz astucia de sus procuradores. Para colmo de males quienes gobernaban en la Galilea y en la región nordeste eran dos hijos de Herodes el Grande, Heredes Antipas y Herodes Filipo. Todos descendientes de los idumeos y pertenecientes, por tanto, a la gentilidad, a los malditos «Goyim», considerados impuros por los judíos. Esa situación era para Israel un insulto permanente. Esto, unido a las profecías sobre la venida ya inminente del Mesías, provocaba en los ánimos el anhelo y la esperanza.

La voz de Juan resuena en el desierto, lo mismo que resonó la voz de Moisés. El nuevo éxodo que anunciara Isaías comenzaba a realizarse. Pero en este nuevo tránsito por el desierto no será otro hombre quien los guíe: será el mismo Yahvé, el mismo Dios que se hace hombre en el seno de una Virgen, Jesucristo. Ante esa realidad próxima a cumplirse, el mensajero del nuevo Rey clama a voz en grito que se allanen los caminos del alma, que se preparen los espíritus para salir al encuentro de Cristo.

Su mensaje sigue válido en nuestros días. La Iglesia, al llegar el Adviento, lo actualiza con el mismo vigor y energía, con la misma urgencia y claridad: «Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos… Preparad el camino del Señor, allanad su sendero». Sí, también hoy es preciso que cambiemos de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos humildemente ante el ministro del perdón de Dios, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia.

El Bautista apoya con el testimonio de su vida el contenido de sus palabras. Su misma conducta austera y penitente es ya un clamor de urgencia que ha de resonar en nuestro interior de hombres aburguesados, medio derruidos por el confort y la molicie, acallados muchas veces por el respeto humano y por la cobardía de no querer complicarnos la vida: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?… Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y arrojado al fuego». Meditemos estas palabras, reflexionemos en la presencia de Dios, imploremos su ayuda para rectificar y prepararnos así a recibirle como él se merece.

Antonio García Moreno

Allanad los senderos del Señor

Principio del evangelio de Jesucristo, hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: Yo envío delante de ti a mi mensajero, para que te prepare el camino. Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor. Allanad sus sendas. Juan Bautista se presentó en el desierto bautizando y predicando un bautismo para la conversión y el perdón de los pecados. Y acudían a él de la región de Judea y todos los de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el río Jordán. Juan tenía un vestido de pelo de camello con un cinturón de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y decía: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo».

Marcos 1, 1-8

Comentario del Evangelio

Es tiempo de preparara el camino… pero ¿para qué? San Juan Bautista lo sabía muy bien. Por eso dedicó su vida a decirles al mayor número de personas que iba a venir el Señor y que para ello deberíamos estar preparados.

Pero él no se creyó una persona importante. Lo hizo todo con mucha humildad. El objetivo era que las personas se prepararan para la venida de Jesús, y no que las personas se quedaran maravilladas con las palabras de San Juan Bautista.

Nosotros debemos fijarnos hoy en lo que hizo San Juan Bautista. Debemos hablar a los demás de lo que supone para nosotros Jesús. Tenemos que anunciar a nuestras familias, a nuestros amigos, que Jesús va a venir y que viene para cada uno de nosotros.

Para hacer vida el Evangelio

• Escribe el nombre de una persona que conozcas y que hable de su fe, de Jesús con total normalidad.

• ¿Por qué crees que esta persona habla de Jesús con naturalidad? ¿Qué crees que puedes hacer para parecerte más a esa persona?

• Escribe el nombre de una persona a la que le quieras contar lo importante que es para ti ser amigo de Jesús y hazlo a lo largo de esta semana.

Oración

Hoy se enciende una llama
en la corona de Adviento
que arda nuestra esperanza
en el corazón despierto
y al calor de la Madre
caminemos este tiempo

Un primer lucero se enciende
anunciando al Rey que viene
preparad corazones
allánense los senderos

Hoy se enciende una llama
en la corona de Adviento
que arda nuestra esperanza
en el corazón despierto
y al calor de la Madre
caminemos este tiempo.

Crecen nuestros anhelos al ver
la segunda llama nacer
como dulce rocío vendrá
el Mesías hecho Niño.

Adviento en nuestra vida

Adviento
es una multitud de caminos
de búsqueda y esperanza
para recorrerlos a ritmo ligero
siguiendo las huellas

de Abraham, nuestro padre en la fe,
de Jacob, enamorado, astuto y tenaz,
de Moisés, conocedor de desiertos

y guía de tu pueblo,
de Isaías, profeta y cantor
de un mundo nuevo,
de Jeremías, sensible a los signos
de los tiempos,
de Juan Bautista, el precusor humilde
y consciente,
de José, el enraizado y con la vida alterada,
de María, creyente y embarazada,

y con los ojos fijos en quien va a nacer
en cualquier lugar y circunstancia.

Adviento,
en nuestra vida e historia,
siempre es una aventura osada
que acontece en cualquier plaza,
calle y encrucijada,

o en el interior de nuestra casa,
o en nuestras propias entrañas.

Adviento
es tiempo y ocasión propicia
para preparar el camino:
igualar lo escabroso,
enderezar lo torcido,
rebajar lo pretencioso,
aventar el orgullo,
rellenar los agujeros negros,
despejar el horizonte,

señalar las fuentes de agua fresca,
no crear nieblas ni tormentas
sembrar verdad, justicia y amor

y tener el corazón con las puertas abiertas.

Te agradecemos, Señor,
la reiterada presencia del Adviento
en nuestra vida e historia.

En Él, gracias a tu Espíritu y Palabra,
y a nuestra humilde acogida,
despunta una nueva aurora.

Florentino Ulibarri

Notas para fijarnos en el evangelio

• La palabra “evangelio” (1) significa “buena nueva”, “anuncio gozoso”, y en un primer momento designaba el anuncio de Jesús sobre la proximidad del Reino de Dios (Mc 1,14); en realidad, toda la enseñanza de Jesús, y todavía más los hechos de su vida, muerte y resurrección, eran el Evangelio, la Buena Nueva que había que anunciar a todos (1 Co 15,1-5). Sólo después de un tiempo la palabra Evangelio se utilizó para hablar de los escritos que contienen todo lo que se refiere a Jesús y a su anuncio (los cuatro Evangelios).

• Sobre Jesús como “Cristo” o “Mesías” (1) es significativa la confesión de Pedro (Mc 8,29), que nos ayuda a entender el sentido de este título. El reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro marca un punto central del Evangelio según Marcos: después de un tiempo de ver su actividad y escuchar su enseñanza, los discípulos son capaces de reconocer quién es Jesús; a partir de ese momento, sin embargo, Él mismo les irá mostrando cómo hay que entender su mesianismo: Jesús no es un Mesías guerrero y triunfador, sino un Mesías que acepta el sufrimiento y la muerte para salvar a los hombres. También hallamos este título en 14,61 y en 15,32.

• Sobre el título “Hijo de Dios” (1), en Marcos hallamos que Dios mismo revela que Jesús es su Hijo (Mc 1,11; 9,7). Es un título que se encuentra en boca de los demonios (Mc 1,24; 3,11; 5,7) y de un pagano (Mc 15,39). El mismo Jesús se proclama Hijo de Dios en su proceso (Mc 14,61-62).

• Lo que Marcos atribuye a Isaías es una combinación de Ex 23,20 y Ml 3,1 -en lo que se refiere al versículo 2- y de ls 40,3, en lo tocante al versículo 3.

• El bautismo de Juan (4-5) es un signo externo que tiene que ir unido a la conversión y al reconocimiento ante Dios de los propios pecados (Lv 5,5-6; Dn 9,4-19; Ne 9,6-37; Ba 1,15–2,10).

• El vestido de Juan (6) es característico de los profetas (2Re 1,8; Za 13,4).

• Desatar las sandalias (7) era una de las tareas que tenían que realizar los esclavos cuando su dueño volvía a casa. Juan expresa con esta imagen su situación en relación con el Mesías que está a punto de llegar.

• El bautismo con Espíritu Santo (8), el que viene después de Juan, lo hallamos en Hch 1,5; 11,16; 19,2-4.

• Los profetas, Juan -con el simbolismo que lo describe-, el futuro que esperan y preparan… nos invitan a cambiar -conversión-, a “preparar el camino al Señor” (3), a “comenzar el Evangelio” (1).

Comentario al evangelio – Jueves I de Adviento

Cuando Isaías describe al pueblo justo dice: “que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios”. Sería bonito que nuestro mundo nos identificara también porque somos gente de ánimo firme, que no se viene abajo con cualquier contratiempo y que hacemos todo lo que está en nuestras manos para mantener la paz. A veces me pregunto si no es así porque nuestra confianza en el Señor, a pesar de todo, no es tan fuerte.

O en palabras del evangelio de hoy, se trataría de ser gente que no se queda en palabras bonitas (¡Señor, Señor!) sino que cumple la voluntad de Dios, que expresa su fe con gestos concretos, con hechos. En definitiva, que nuestra vida se va construyendo sobre roca y no sobre arena.

San Francisco Javier, a quien celebramos, como testigo de vida y ejemplo misionero, puede ser otra enorme ayuda para nosotros. Todo su proceso vital es el retrato de alguien que, ciertamente, se fio de Dios, construyó su casa sobre roca y por eso tuvo la libertad suficiente para ir cambiando el rumbo según soplaba el Espíritu en la vida de cada día. Sin estar preso en apariencias o en grandilocuentes hazañas. Su modo de morir lo expresa muy bien.

Al parecer, un 21 de noviembre, la fiebre comenzó a minar su salud. Tuvo que abandonar el barco en que se hallaba y un comerciante le condujo a una pobre cabaña de palos, donde fue debilitándose, hasta morir un 3 de diciembre. Tenía 46 años. Toda la pompa y reconocimiento a sus andanzas misioneras se tradujeron en un entierro con su amigo Antonio, un portugués y dos esclavos. ¿Qué más señales necesitamos para seguir confiando en quien realmente nos da la vida?, ¿qué más necesitamos para desconfiar de grandes fachadas y aparentes éxitos como garantía de fidelidad a Dios?

Rosa Ruiz