Comentario – Jueves I de Adviento

(Mt 7, 21. 24-27)

El evangelio de Mateo es el que más insiste en el tipo de vida que debemos llevar para agradar a Dios, en la necesidad de cumplir la Ley de Dios. El que se encuentra con el Señor no puede seguir actuando de la misma manera, porque el impacto de ese encuentro termina transformando las opciones concretas, las acciones, las reacciones externas, el estilo de vida del creyente.

Aquí se nos invita a edificar la propia vida sobe la roca firme. En realidad es un deseo que habita en la profundidad del ser humano: el deseo de sentirse seguro, fuerte. Porque una de las sensaciones más molestas y dañinas es la de experimentar la fragilidad, la inseguridad.

Pero cuando este texto explica cómo hacer para que la propia vida esté bien asentada sobre la roca, firme y segura, nos dice que no basta la devoción, nos recuerda que es insuficiente la oración, que ni siquiera es suficiente dejar las propias preocupaciones en las manos de Dios.

Nos dice que es necesario también dejar que Dios transforme el propio estilo de vida, nuestra forma de obrar. Nos enseña que para que nuestra vida esté firme es necesario practicar su Palabra: amar, servir, compartir, ser fiel, intentar vivir como él vivió. Y así nos llama a crecer, de manera que alcancemos esa fortaleza y esa seguridad que deseamos para nuestra existencia.

El que está firme es entonces “todo el que escucha la Palabra y la pone en práctica “ (v. 24). Pero quizás, antes de preguntarnos si la estamos poniendo en práctica, tendríamos que preguntarnos si no nos hemos saltado el primer paso, es decir, si realmente la escuchamos con atención e interés.

Oración:

“Dame tu gracia Señor, para que pueda vivir tu Palabra, transforma mis actitudes, mis reacciones, mi forma de vivir, mi manera de actuar. Orienta mi vida por tu camino, para que toda mi existencia esté firme, asentada sobre tu roca”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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