Vísperas – Viernes I de Adviento

VÍSPERAS

VIERNES I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: 2P 3, 8b-9

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Llamé a mi Hijo para que saliera de Egipto: vendrá y salvará a su pueblo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llamé a mi Hijo para que saliera de Egipto: vendrá y salvará a su pueblo.

PRECES

Invoquemos confiados a Cristo, pastor y guardián de nuestras vidas y digámosle:

Favorécenos, Señor, por tu bondad.

Buen Pastor del rebaño de Dios,
— ven a reunir a todos los hombres en tu Iglesia.

Ayuda, Señor, a los pastores de tu pueblo peregrino,
— para que anuncien tu Evangelio hasta los confines del mundo.

Ten compasión de los que en su trabajo desfallecen a mitad del camino;
— haz que encuentren un amigo que los levante.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Muestra tu gloria en el gozo de tu reino
— a los que en este destierro escucharon tu voz.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Despierta tu poder y ven, Señor; que tu brazo liberador nos salve de los peligros que nos amenazan a causa de nuestros pecados. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes I de Adviento

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy necesito que me enseñes a saber “gritar en mi oración”. Y no es que crea que estás sordo, ni que estás tan lejos que no me puedas oir. Necesito poner delante de tus ojos “mi vida desgarrada, mi corazón lacerado, mi alma dolorida”. A veces, la vida pesa demasiado, nos duele el alma; y cuando duele el alma es que duele todo. Quisiera en esos momentos duros de la vida, que vinieras a mí como médico y tocaras mis heridas sangrantes.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!»Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les preguntó: «¿Creen que puedo hacerlo?» Ellos le contestaron: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe.». Y se les abrieron sus ojos.Jesús les ordenó severamente: «¡Que nadie lo sepa!» Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella región.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Siempre me han impresionado los gritos en la oración. Aparecen con frecuencia en los salmos. También Jesús gritó en la Cruz. Es verdad que Dios Padre no necesita ni de gritos ni siquiera de palabras. “Él sabe lo que necesitamos antes incluso de que lo pidamos” (Mt. 6,8). Pero el grito es la mejor expresión de un corazón dolorido que, en medio del dolor, busca la cercanía de “una presencia”. Estos dos ciegos tenían necesidad de acercarse y encontrarse con Jesús. El Señor “les tocó los ojos”. Tenían suficiente fe como para que Jesús, como hizo con el Centurión, hiciera el milagro desde la distancia. Pero quiso “tocar sus ojos enfermos”. Es Jesús ese médico maravilloso que quiere acecharse, ver, tocar la enfermedad y curarla. Así queda bien manifiesto que Jesús “curaba con la cercanía de su amor”. En realidad, podemos estar cojos, ciegos, sordos, mudos… pero nuestra enfermedad más profunda es la “lejanía de Dios”. Esos ciegos no tenían vista, pero tenían fe. Y Jesús los curó “conforme a su fe”. Y les dio una extraña recomendación: ¡Que nadie lo sepa! Pero ellos no hicieron caso y lo divulgaron por toda la región. Probablemente nosotros hubiéramos hecho lo mismo. ¿Cómo podemos ocultar las maravillas que Dios hace en nosotros? ¿Acaso no nos ha mandado el mismo Señor que publiquemos desde las azoteas lo que nos ha dicho en lo oculto? (Mt. 10,27). Con todo, hoy me parece también bonita la frase: “¡que nadie lo sepa!” Hay muchas cosas maravillosas en nuestra vida que deben permanecer ocultas para que las disfrutemos en soledad, sin testigos, sólo ¡entre Él y nosotros! Es estupendo conservar en nuestro solitario corazón experiencias que han sucedido en nuestra vida “sin saber cómo” (Mc. 4,27).

Palabra del Papa

“Al final el ciego curado llega a la fe, y ésta es la gracia más grande que le viene dada por Jesús: no sólo poder ver, sino conocerle a Él, ver a Él, como ‘la luz del mundo’”. Este es un relato del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de tanta gente: también nuestra gente ¿eh?, -también nosotros- porque nosotros tenemos, algunas veces, momentos de ceguera interior”. Nuestra vida es parecida a aquella del ciego que se ha abierto a la luz, que se ha abierto a Dios y a la gracia. A veces, lamentablemente, es un poco como aquella de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los demás, y ¡hasta al Señor! “Y debemos caminar decididamente sobre el camino de la santidad, que tiene su inicio en el Bautismo, y en el Bautismo hemos sido iluminados, para que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como ‘hijos de la luz’, con humildad, paciencia, misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad ni paciencia ni misericordia”. (Papa Francisco. Angelus.30-marzo-2014)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.- Propósito. Me acercaré a la Eucaristía como un ciego que necesita ser curado por Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi silencio.

Al acabar esta oración quiero darte las gracias por la riqueza de tus palabras. Nos podemos acercar a ti con nuestras palabras y con nuestros gritos; y podemos agradarte unas veces “divulgando” lo que haces con nosotros y otras veces “silenciándolo” y rumiándolo a solas contigo. Tú eres “presencia y ausencia”, “palabra y silencio”, “prosa y poesía”. “viento y brisa”. ¡Qué grande eres, Dios mío! ¡Envuélvenos en un misterio de amor!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes I de Adviento

(Mt 9, 27-31)

“Que se haga según la fe de ustedes”. Eso significa que de alguna manera lo que nosotros dentro coopera con la obra del Señor. Es interesante advertir este modo como Jesús hace sus prodigios y reconocer su gran delicadeza con el ser humano. Jesús no quiere despertar admiración, e incluso pide secreto, porque no quiere ayudar al hombre de tal manera que el hombre sea sólo un admirador completamente pasivo, inútil, un simple espectador miserable e incapaz.

Es cierto que sólo con su poder divino es posible el prodigio, pero él requiere que el hombre al menos ofrezca su confianza, una confianza que va creciendo por la acción de la gracia y la docilidad del hombre a su impulso.

Jesús nos hace notar con claridad que él valora esas disposiciones humanas cuando pregunta: “¿Creen que puedo hacerlo?”, y cuando sostiene que el prodigio se hará “según la medida de esa fe”.

Esto nos ayuda a explicarnos porqué muchas veces pedimos a Dios cosas que no conseguimos. Por eso quizá deberíamos comenzar siempre nuestra oración pidiendo al Señor que aumente nuestra fe.

Esta fe que nos abre a la acción de Jesús no es en primer lugar la aceptación de las verdades de fe, no es ante todo un conocimiento de la doctrina de la Iglesia ni una capacidad intelectual; se trata sobre todo de la confianza en u amor y en su poder. Pero también es verdad que no se trata de una confianza ciega o irracional, como cuando alguien se confía en cualquiera, con tal que lo ayuden de alguna manera. La fe cristiana es más bien la que expresan estas palabras: “Yo sé en quién he puesto mi confianza” (2Tim 1, 12).

Oración:

“Señor, creo en tu poder y en tu amor, pero aumenta mi fe. Mi confianza es débil, porque muchas veces pongo mi apoyo sólo en los podres naturales y humanos; pero me estás invitando a confiar sobre todo en tu fuerza. Pongo mi vida en tus manos, te presento mis enfermedades físicas y los males de mi corazón. Médico Divino”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo: misa con niños

SALUDO

Dios nuestro Padre, que en Jesucristo cl Señor nos da su Paz, y la Fuer­za del Espíritu que nos ayuda a vivir como hijos, esté con todos nosotros.

ENTRADA

El tiempo de Adviento está marcado por la esperanza y la vigilancia, por ir adecuando nuestra vida para que pueda nacer Jesús. Nuestra tarea sigue siendo preparar el camino al Señor para que éste manifieste su gloria en  la vida de todas las personas. El Amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es un Amor de abrazo, envolvente y universal. La misma vocación y entre­ga de nuestro Dios debería ser la de sus seguidores: reunir a las gentes, con­vocar a quienes andan lejos, celebrar la fiesta de la hermandad, servir, dejarnos afectar por todos. Para eso necesitamos unos ojos nuevos y un corazón  grande…, la lección nunca aprendida de la conversión, el camino iniciado hacia lo que Dios quiere. Necesitamos convertirnos a Dios, apostar y confiar en su promesa, anticipar ya aquí la nueva tierra y el nuevo cielo donde habi­te la justicia. Comenzamos la celebración.

ACTO PENITENCIAL

Llamados e invitados a transformar nuestra limitación y pecado, a vivir abiertos al Amor, pedimos perdón:

– Tú, que para revelarnos tu gloria nos llamas a preparar el camino abandonando todo mal. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos llamas a confiar en la promesa de un ciclo y una tierra nuevas dolido habite la justicia. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú, que en Jesús nos manifiestas la grandeza la  tu ternura y de tu amor. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Danos, Señor, la gracia y el perdón que proceden de Ti. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios, Padre nuestro, que cuidas de cada persona llevándonos en tus manos cálidas, ayuda a esta comunidad reunida en tu Nombre a llevar adelante su tarea de consolar a quienes sufren, de denunciar la injusticia, y de reunir a todos, de modo que, preparando el camino al Señor merezcamos tenerlo entre nosotros. Por nuestro Señor Jesu­cristo.

LECTURA PROFÉTICA

La lcctura que vamos a escucharse enmarca en la última etapa del des­tierro en Babilonia. Dios consuela a su pueblo, no con falsas palabras, sino preparando el camino hasta revelar su verdadera gloria a todas las personas. Como un pastor apacienta su rebaño, así reúne Dios a las gentes.

LECTURA APOSTÓLICA

El Señor no tarda en cumplir la promesa del Padre, que ya se ha hecho realidad en Jesús Resucitado y en sus efectos salvadores para todas las personas, ayudándonos a vivir plenamente. Pero, reconocido esto, no debemos estar inmóviles: la esperanza cristiana es siempre activa, es estar en marcha, comprometidos y transformadores.

 

LECTURA EVANGELICA

Marcos señala desde el principio del Evangelio quién es  el verdadero protagonista: Jesucristo, el hijo de  Dios. Condición humana v condición divina. El anunciado por los profetas, el que Juan señalará como Cordero de Dios, está ya entre nosotros. Para acogerlo es preciso un bautismo de conversión.

ORACION DE LOS FIELES

A Jesús, la luz del mundo, el camino de la vida, orémosle diciendo: VEN, SEÑOR JESÚS.

  1. Por la Iglesia. Que sea portadora de la buena noticia del evangelio a los hombres y mujeres de nuestro mundo. OREMOS:
  2. Por todos los cristianos. Que vivamos nuestra fe con autenticidad, que realmente nuestra vida se corresponda con la esperanza que profesamos. OREMOS:
  3. Por nuestro país. Que podamos avanzar hacia la paz, la justicia y el bienestar para todos, especialmente por los que más sufren las consecuencias de la crisis económica. OREMOS:
  4. Por todos nosotros. Que vivamos este tiempo de Adviento con intensidad y con el sincero compromiso de preparar los caminos del Señor. OREMOS:

Escucha, Señor, nuestras oraciones y ven a salvarnos. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Prefacio I de Adviento

PREFACIO

En verdad es justo y necesario reconocerte, Señor, como cl Dios Padre que nos ha traído a la  vida. y que nos acompaña en nuestro diario caminar. Con tu entrega en Jesús nos enseñas que tenemos que vivir abicrtos y pendientes de los hermanos; en Jesús nos enseñas que la fra­ternidad y la paz, ademas de bonitas palabras,  son realidades  que tenemos quc construir y que  a todos nos comprometen.

Permítenos vivir unidos a cuantos de verdad con su vida diaria te glo­rifican, y con ellos poder decirte: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNION

Al terminar la Eucaristía te damos gracias, Señor, y ojalá que lo hagamos también con nuestra vida entregada a las personas; ayúda­nos a ser trabajadores de tu reino, que se hace realidad cuando bus­camos el bien y  la paz de todos. Por Jesucristo.

La misa del domingo

La Iglesia propone este segundo Domingo de Adviento el inicio del Evangelio según San Marcos: «Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios». Con este brevísimo enunciado, el evangelista nos introduce en un compendio de la persona, enseñanzas y obras realizadas por el Señor Jesús.

En primer lugar, Evangelio procede de una palabra griega que literalmente traducida significa buena nueva o mejor aún, excelente noticia, a saber, que «Dios ha visitado (y rescatado) a su pueblo, ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia; (y) lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su “Hijo amado”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 422).

Jesús en hebreo quiere decir «Dios salva» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 430). En el caso particular del Hijo de Santa María este nombre expresa adecuadamente su identidad y su misión: Él verdaderamente es Dios que ha venido a rescatar a su pueblo, tomando de una Mujer la naturaleza humana. Jesús es en el pleno sentido de la palabra «Dios-con-nosotros» (Is 7,14; Mt 1,23), y únicamente Él, de modo admirable e insospechado, ha realizado las promesas de salvación hechas desde antiguo a Israel y a la humanidad entera (ver Gén 3,15). La misión que Él llevó a término fue la de rescatar definitivamente a toda criatura humana del pecado y de la muerte.

Este Jesús es el «Cristo», «Mesías» en hebreo, y que traducido quiere decir «Ungido» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 727). Y si bien no consta que fuese ungido con óleo sagrado, sí consta que fue ungido con el mismo Espíritu Santo, que en forma de paloma descendió visiblemente sobre Él al ser bautizado por Juan en el Jordán (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 504). Así se cumplía lo del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4,18. Ver Is 61,1 y Mt 12,18).

Asimismo, como sello de su origen divino, San Marcos atribuye a Jesucristo el título de Hijo de Dios. Con ello expresa que por su presencia humano-divina el Señor Jesús ha instaurado ya el Reino de Dios en la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha traído a todos el perdón de los pecados y ha abierto a todos las puertas de la vida eterna, prometida a los que en Él esperan.

Así, pues, «comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», y comienza —según el Evangelio de San Marcos— con el anuncio del Precursor, quien invita a todos a allanar el camino para la llegada de este Rey-Mesías. La voz de Juan Bautista es la voz potente del heraldo que anuncia a Israel: «Aquí está vuestro Dios… el Señor llega con poder» (1ª. lectura), viene para rescatar y reunir a las ovejas dispersas de su rebaño.

La imagen del precursor o heraldo usada por Isaías tenía indudablemente una honda resonancia para sus contemporáneos, pues evocaba la costumbre existente en el poderoso imperio babilónico de preparar el camino cuando el rey retornaba victorioso de una campaña militar. La procesión marchaba triunfal hasta llegar a la ciudad y en ella se iniciaban las jubilosas y fastuosas celebraciones. Isaías echa mano de esta realidad humana para anunciar la futura victoria de Dios: Israel, que por aquel entonces sufría el destierro babilónico a causa de su infidelidad a Dios y su Alianza, vería nuevamente la luz y la salvación. Isaías es enviado por Dios a consolar a su pueblo y a anunciarle el retorno a la tierra prometida. La gran celebración de este triunfo se daría en Jerusalén y estaría precedida por un retorno glorioso, por una marcha triunfal hasta la ciudad. Entonces un pregonero iría por delante, exhortando a todos a allanar los caminos para el paso triunfal del Señor. Ya cerca de Jerusalén, tal heraldo anunciaría la buena noticia a todos sus habitantes: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor vuestro Dios llega con poder, y su brazo manda».

El anuncio hecho por Isaías se complementa con el Salmo 84. En la primera parte de este salmo (Salmo responsorial), describe la situación de los primeros exiliados que han vuelto a su patria: el pueblo ha sido perdonado, la cautividad en Babilonia ha quedado atrás, el consuelo ha llegado para Jerusalén. Sin embargo, aún no se ven cumplidas todas las realidades anunciadas por los antiguos profetas. Si bien es cierto que Dios ha perdonado la culpa de su pueblo, la restauración aún no se ha realizado completamente. Por eso el salmista, testigo de esta salvación que se ha dado, pero que no ha llegado aún a su expresión más gloriosa, insiste en su oración: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». Responde el Señor anunciando que la salvación está ya cerca, y que cuando llegue, la gloria habitará en nuestra tierra.

Todo lo dicho hasta aquí nos hace comprender mejor el contexto en el que la Iglesia se sitúa en el tiempo de Adviento: es Dios quien, en marcha triunfal, se acerca a su pueblo; por delante su heraldo y pregonero, anuncia con potente voz a toda Judea y Jerusalén la proximidad del Rey-Mesías. Él exhorta a todos a hacer transitables los caminos, pues detrás de él viene Aquel en quien todas las antiguas promesas hallan su cumplimiento, Aquel «que es más que yo». Lo que Juan anuncia se realizará a la vista de todos: su proclamación es el anuncio de una nueva realidad mesiánica que se inicia y que con incomparable vigor se proyecta hacia un nuevo futuro.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Él nos invita también con potente y penetrante voz: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!”

Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia, y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. También hoy Él nos dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

¡Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor, impidiéndole acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra morada interior! Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en Él y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo “a una prudente distancia”.

Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta y acciones pecaminosas, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien, el sendero que conduce a la Vida.

Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “abajar los montes y colinas”, quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior.

Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “rellenar los valles y abismos”, quien con sistemático trabajo se empeña en adquirir las virtudes que apresuran la venida del Señor a su corazón.

Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirte de un habla reverente, que busca la edificación de los demás! ¡Despójate de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirte de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien te ha ofendido! ¡Despójate de la mentira y revístete de la verdad! ¡Despójate del robo, del fraude, de la usura, del soborno, del mal uso del dinero para corromper a otros y revístete de honradez! ¡Despójate de las borracheras, del consumo de drogas o del vicio del cigarrillo y revístete de sobriedad y autodominio! ¡Despójate de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral —ya sea de mirada, de pensamiento o física— que hacen de la persona un mero objeto de placer y revístete de virtudes de pureza, de autodominio y castidad! ¡Despójate del vicio “de las maquinitas” y revístete de un buen uso de tu tiempo y dinero!

Quien ama de verdad no soporta esperar, quisiera “ya” la presencia del amado. ¿Quieres que el Señor venga a ti, no mañana, sino hoy y cada día? Si amas al Señor con todo tu corazón, “abaja los montes y colinas”, quita todo obstáculo, limpia tu corazón de todo pecado, vicio o mal hábito que impide que Él venga y permanezca en ti. Al mismo tiempo, “rellena los vales y abismos”, revístete de Cristo y de sus virtudes, esfuérzate en pensar, amar y vivir como Él.

No olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si no acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor mismo: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él hará fecundos todos tus esfuerzos, si acudes incesantemente a Él y si luchas con paciencia y terca perseverancia. Así pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.

Conviérteme, Señor

Conviérteme, Señor,
porque me cuesta escucharte en el dolor,
en la marginación, en la violencia,
en la migración forzada
que sufren tantos hermanos y hermanas.

Conviérteme, Señor,
porque estoy contagiado de indiferencia,
porque soy inmune al escándalo del favoritismo,
porque siento adormecida la lucha por la dignidad,
porque me percibo inactivo y resignado.

Conviérteme, Señor,
porque pongo mil excusas
para evitar seguir tu ejemplo,
especialmente cuando se trata de amar
y acoger a los más desfavorecidos.

Conviérteme, Señor,
porque conozco tu vida y tus enseñanzas,
pero me falta fuego en el corazón
para corresponder con caridad misericordiosa
en favor de los hermanos necesitados.

Conviérteme, Señor.
dame un corazón nuevo para amarte;
da a nuestra Iglesia valentía
para organizarse a favor de la justicia social.
Abre nuestras manos para que sean prolongación de las tuyas
y tu bendición descienda sobre toda la humanidad.

Comentario al evangelio – Viernes I de Adviento

Quizá el secreto de que el tiempo de adviento nos resulte tan entrañable es el continuo mensaje de paz y esperanza que nos propone. Desde los profetas, en Adviento no dejamos de escuchar en la Palabra que las cosas pueden cambiar: ¡van a cambiar! ¿A quién no le consuela esto? ¿Quién no se emociona pensando en un mundo donde los ciegos ven, los sordos oyen, los desiertos son vergeles y se hace justicia con los cínicos, los violentos, las malas personas?

Adviento es el tiempo de cuantos ansiamos que las cosas cambien y sobre todo, es el tiempo de los pequeños, de los que ya ahora se sitúan del lado de la concordia, del diálogo, de la mirada limpia, del gesto fraterno.

Y, sin embargo, la realidad se empeña tozudamente en recordarnos que las cosas no cambian tanto como querríamos. Ni siquiera nosotros mejoramos tanto como nos gustaría. Somos ciegos a los que Jesús toca en medio del camino y nos pregunta: ¿creéis que puedo hacerlo? La respuesta está en cada uno. La ceguera también. Quizá la clave sea no olvidar que también en nosotros está la luz y la salvación, al menos en germen. Porque nos habita el Señor, la defensa de nuestra vida.

Rosa Ruiz