Comentario – Domingo II de Adviento

Consolad, consolad a mi pueblo. Hablad al corazón de Jerusalén. Es el encargo que ha recibido el profeta Isaías de parte de Dios. Tras el castigo purificador viene el consuelo: ya está pagado el crimen. Se trata de un pueblo quebrantado por el destierro, con conciencia de estar pagando una deuda, la deuda contraída con sus muchos pecados. Es este pueblo humillado, despojado de todo motivo de orgullo, sin patria, sin templo, sin nacionalidad…, sin nada de lo que gloriarse, el que tiene que ser consolado. Y lo será hablándole al corazón, porque ahora sí está en condiciones de escuchar a ese Dios del que se ha olvidado, ya que los sufrimientos le han vuelto más receptivo y sensible a la palabra de Dios.

No sé si el corazón de nuestro pueblo –el que fue cristiano y ya no lo es; el que se ha olvidado de Dios y de sus mandamientos- está en la misma situación. Quizá todavía tenga que experimentar en su propia carne los sinsabores del destierro: la añoranza de una tierra en la que tuvo asiento, seguridad y protección, una tierra sentida como patria y no como tierra extraña e inhóspita. Es triste, pero es así. Parece que sólo desde el desconsuelo provocado por una situación de destierro (enfermedad, fracaso, humillación, desgracia, muerte) nos hacemos receptivos a Dios y a su palabra, porque sentimos con más fuerza que nunca la necesidad de consuelo, esto es, la necesidad de una palabra de esperanza.

Pues bien, el consuelo que proclama Isaías es el que brota del perdón del único que puede realmente perdonar o dar por saldada la deuda: se ha cumplido tu servicio; tu crimen está pagado. Cesó la deuda. Esta condonación irá ligada a una venida: la del mismo Señor que llega con fuerza, acompañado del salario con el que recompensar esfuerzos y méritos. Así lo anuncia el profeta. Esta venida exige una preparación en todos aquellos que quieran recibir el consuelo.

El mismo Dios hará resonar en el desierto –donde las voces se oyen con más nitidez- una voz que grita para que se oiga: preparadle un camino al Señor. Esa voz anónima será la voz del Precursor, la voz de Juan el Bautista. Y los caminos se preparan levantando valles u hondonadas o rebajando montículos, enderezando lo torcido e igualando lo escabroso. ¡Qué fácil resulta entender esta metáfora! A veces habrá que levantar corazones hundidos por la culpa, la desesperación o el fracaso; a veces habrá que rebajar corazones elevados por el orgullo o la autosuficiencia, corazones endiosados por el poder de la ciencia o de la técnica; o ablandar corazones endurecidos por la soberbia; o rectificar corazones torcidos o desviados por las seducciones del mundo o descarriados por la vorágine de los vicios y placeres de la vida.

Ese Señor a quien hay que preparar el camino no es otro que el protagonista del evangelio de san Marcos, aquel a quien el evangelista presenta como Hijo de Dios desde el comienzo. Pero el que le presentó realmente en sociedad fue el Bautista: más que un personaje; una voz que grita en el desierto con la misma convicción y claridad que Isaías; con la misma claridad, pero con mayor cercanía al acontecimiento. Preparadle el caminoviene detrás de mí, pero puede más que yo. Yo bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo. ¿Y en qué modo se le puede preparar el camino? Convirtiéndose y recibiendo el bautismo para obtener el perdón de los pecados.

Éste es el camino mostrado por Juan. Y este camino sigue vigente. No podremos volver a Él, ni Él podrá venir a nosotros, si no reconocemos nuestros pecados, empezando por nuestros olvidos culpables de Dios, de sus normas, de su palabra, de sus advertencias, de sus promesas, y del prójimo: de sus necesidades materiales y espirituales; de nosotros mismos y de nuestras necesidades más profundas de amor y de vida. Semejante reconocimiento es imposible desde la autosuficiencia, o desde la desesperación a que conduce la propia miseria moral, o desde el imperio del vicio que nos reduce a la condición de esclavos encadenados, o desde la instalación en una vida amoral.

Y si nos parece que el Señor se hace esperar –esta es la impresión que tenían aquellos cristianos que le hacen decir a san Pablo: para el Señor mil años es como (para nosotros) un día-, no es que tarde en cumplir su promesa; es que tiene mucha paciencia con nosotros. Tal es la paciencia que le hace esperar el tiempo de la conversión de todos, porque no quiere que nadie se pierda. Nosotros –dice también-, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Y lo esperamos de nuestro Dios, porque somos conscientes de nuestra incapacidad para dárnoslo a nosotros mismos.

Ya sabemos en lo que han terminado tantos intentos políticos de hacer de la tierra cielo, esto es, un lugar en el que habite la justicia o en el que esté ausente toda corrupción. Nosotros esperamos este cielo y esta tierra nuevos porque confiamos en la promesa del Señor, no en nuestras fuerzas humanas o en nuestra quebradiza inmunidad a la corrupción. Procuremos, no obstante, que Dios nos encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables, mientras estamos a la espera de estos acontecimientos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo II de Adviento

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: «Mirad, nuestro Rey viene en persona y nos salvará.» Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: «Mirad, nuestro Rey viene en persona y nos salvará.» Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

LECTURA: 1Ts 5, 23-24

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ven, Señor, y danos tu paz; tu visita nos retornará a la rectitud y podremos alegrarnos en tu presencia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ven, Señor, y danos tu paz; tu visita nos retornará a la rectitud y podremos alegrarnos en tu presencia.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo, el Señor, que nació de la Virgen María, y digámosle:

Ven, Señor Jesús.

Hijo unigénito de Dios, que has de venir al mundo como mensajero de la alianza,
— haz que el mundo te reciba y te reconozca.

Tú que, engendrado en el seno del Padre, quisiste hacerte hombre en el seno de María,
— líbranos de la corrupción de la carne.

Tú que, siendo la vida, quisiste experimentar la muerte,
— no permitas que la muerte pueda dañar a tu pueblo.

Tú que, en el día del juicio, traerás contigo la recompensa,
— haz que tu amor sea entonces nuestro premio.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor Jesucristo, que por tu muerte socorriste a los muertos,
— escucha las súplicas que te dirigimos por nuestros difuntos.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado I de Adviento

1.- Ambientación.

Señor Jesús, porque mi fe es débil, ante los problemas cotidianos de la vida frecuentemente me siento como oveja sin pastor. Ilumina este rato de oración para que sepa ser fiel a las innumerables gracias que Tú me ofreces generosamente. Haz Jesús, que Tú seas todo para mí y que viva con la inquietud y el ansia de proclamar tu Buena Nueva a todas las personas.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 9, 35. 10, 1. 6-8

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Les dijo: «Id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y proclamad en que el Reino de los Cielos está cerca. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, purificad a los leprosos, echad fuera a los demonios. Gratuitamente lo habéis recibido dadlo gratis”

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

“Id a las ovejas perdidas”. En la parábola de Jesús, la oveja perdida era una y las otras noventa y nueve estaban en el aprisco. Y, sin embargo, el pastor deja las noventa y nueve y va a buscar la única que se le había perdido. Y uno se pregunta: ¿Qué hubiera hecho ese pastor si se le hubieran perdido las noventa y nueve? ¿Se hubiera quedado tranquilo cuidando la única que le quedaba? ¿Y hubiera dormido tranquilo sabiendo que las otras 99 las tenía perdidas? Pensemos en nuestra situación actual: Metemos horas en cuidar los pocos que nos vienen y apenas hacemos nada por recuperar los que están fuera. Y seguimos durmiendo a pierna suelta.

“Proclamad que el reino de Dios está cerca”. Esta es la noticia que tenemos que dar: Que Dios siempre está cerca, que no nos abandona nunca, que no se cansa de nosotros, que nos sigue queriendo aunque nosotros no le respondamos con amor. Nos tenemos que preguntar seriamente si el motivo de que se nos haya ido tanta gente de la Iglesia no estará en que no hemos sabido presentar el verdadero rostro de Dios, tal y como nos lo presenta Jesús.

“Dad el evangelio gratis”. Dios no tiene precio y no se puede comprar con nada; ni con Misas, ni con rosarios, ni con novenas. Él se nos da gratis. Y sólo cuando nos reconocemos “regalo de Dios” podemos hacer de nuestra vida un regalo para los demás.

Palabra autorizada del Papa

Tomen el Evangelio. ¡Tómenlo, tómenlo con ustedes y léanlo cada día! ¡Es el mismo Jesús el que les habla allí! ¡Es la palabra de Jesús! ¡Esta es la Palabra de Jesús! Hoy se puede leer el Evangelio también con muchos instrumentos tecnológicos. Se puede llevar encima la Biblia entera en un teléfono móvil, en una Tablet. Lo importante es leer la Palabra de Dios, con todos los medios, pero leer la Palabra de Dios, ¡Es Jesús que nos habla allí!, y acogerla con el corazón abierto: ¡entonces la buena semilla da fruto! (Papa Francisco, 6 de abril de 2014)

4.- Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.-Propósito:   La vocación no sólo se acepta sino que se celebra. Hoy doy gracias a Dios por haberme llamado.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Padre y Señor mío, cuántas personas hay que no te conocen y por ello su vida carece de sentido. No puedo ni debo cerrar mi corazón ante esta abrumadora realidad. Ayúdame a que sepa abrir mi corazón y llenar mi vida del celo por la causa de Cristo, No dejes que me olvide que soy un enviado tuyo. Ayúdame a que mi testimonio de vida sea el medio para que otras personas te amen y te sigan.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Espera y búsqueda

1.- El adviento es espera y búsqueda. Esperamos a un Gran Señor y buscamos la Salvación. Hemos de estar preparados en todo lo que ese Señor espera de nosotros. Y la necesaria adecuación de cuerpos y almas a lo que se nos pide nos va a traer, sin duda, la apertura de un tiempo de salvación. Jesús dijo una vez que si éramos capaces de adivinar los cambios en el clima, en el tiempo físico, también deberíamos intuir que llegaban otros cambios de gran importancia. La Iglesia prepara este tiempo de Adviento como camino de encuentro con Jesús y nos recomienda que nos convirtamos. La conversión no termina nunca. Siempre hemos de estar procurando completarla. Es posible que recordemos con emoción los primeros momentos de ella, cuando volvimos, como el Hijo Pródigo, a los brazos del Padre. O, cuando, también, pudimos ver por primera vez al Señor Jesús tras –casi– ser durante años ciegos de nacimiento curados por El mismo. El hilo argumental de las lecturas de este domingo se resume bien las siguientes palabras de Isaías: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos». Luego el Evangelio de Marcos se referirá a la profecía de Isaías igualmente y hará referencia al Precursor, a San Juan Bautista. Pero el hilo argumental es el mismo. Se trata de abrir un camino posible para que todos caminemos al encuentro del Señor.

2.- Este segundo domingo de Adviento y el siguiente –el Tercero– la figura del Bautista es eje central para nuestras meditaciones. Desde la austeridad, la justicia y la honradez, Juan se dirige a sus contemporáneos y les anuncia que la llegada de Dios está muy cercana. Les pide reordenar sus vidas, mejorar sus caminos y pedir perdón por sus pecados. Y ello es igual para nosotros hoy: no podremos cambiar si no somos capaces de entender y evaluar con honradez nuestras propias faltas. Podemos, tal vez, tener en el corazón un rescoldo de presencia del Señor, pero si nuestra vida cotidiana está marcada por el desorden, por la injusticia, por la insolidaridad, por el pecado en definitiva; no podremos ver a Jesús aunque El pase por delante de nosotros. Y lo primero de todo, por tanto, es nuestra disponibilidad, hacer el camino posible. Si no estamos dispuestos a recibir el Señor el tiempo de Adviento no sirve para nada.

3.- Otra reflexión que no podemos obviar es si, en nuestro tiempo, Juan el Bautista es solo una voz no escuchada, aunque clame en el desierto. Bien pudiera ser que el entorno festivo, luminoso y bullanguero de la próxima Navidad nos impidiera oír la voz de Juan. Es buena y muy útil la alegría navideña. Pero esas manifestaciones de júbilo son solo una parte de un todo. Lo esencial es que esperamos el Nacimiento del Niño Dios y ese Niño viene a salvarnos. Si no somos capaces de hacer caso a Juan y enmendar nuestras vidas estaremos muy alejados de lo que Dios nos pide. La tragedia sería que no oyéremos a Juan, que no hiciéramos nada para iniciar una nueva etapa de nuestra conversión y que el único cuidado que realizáramos de cara a la Navidad es vigilar nuestro peso para luego no engordar demasiado. ¿Es esto último una broma? No, desde luego. Porque hay gentes que solo piensan en cosas y efectos materiales.

Juan dice que «detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» El Nacimiento, el inicio de la vida de Jesús en la Tierra, es también el principio de su gran hazaña salvadora y redentora. No debemos olvidarlo.

4.- La frase siguiente de San Pedro en la segunda lectura es impresionante. Dice: «esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia». Habla de justicia y no de riqueza o de bienestar físico. Pedro narra en su Segunda Carta un tiempo final y a alguno si tiene inclinaciones milenaristas le agradaría dicho comentario, si no fuera porque lo que espera Pedro en la Segunda Venida del Señor es esencialmente muy parecido a la que se ha producido tras de la Primera es una tierra nueva o vieja «donde habite la justicia». Por tanto, lo más importante del mensaje que nos trae este Segundo Domingo de Adviento incide en la espera atenta a la llegada del Señor Jesús. Es tiempo pues de conversión. No lo olvidemos.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado I de Tiempo Ordinario

(Mt 9, 35 – 10, 1. 6-8)

“Vengan conmigo”. Aquí está la primera invitación que Dios te hace, lo primero que te pide. Te invita a caminar con él, a estar con él. Te invita a salir del encierro de tu pequeño mundo para que no estés más solo, para que a su lado sientas cómo todo se te hace más interesante, más bello, menos duro.

Esta invitación al seguimiento estaba muy presente en el antiguo libro del Deuteronomio (5, 33; 8, 6; 10, 12), que había alimentado toda una espiritualidad del seguimiento de Dios expresada en el cumplimiento de la Ley. Aquí el seguimiento no es tanto cumplir una ley; es más bien una relación personal, un “estar con él”, pero invitándote a cumplir una misión que él te confía.

En este texto Jesús convoca a sus discípulos y los envía a curar dolencias y a expulsar los demonios de la gente. Y en esta expresión se resumen todos los males del pueblo. La expresión “demonios” en aquella época resumía todo tipo de alteraciones que no tenían explicación natural en la medicina poco desarrollada de entonces, y abarcaba histerias, depresiones, epilepsias, iras enfermizas, etcétera.

Al llamar “demonios” a esos males, se está indicando que no se envía a los discípulos como médicos, sino en la medida en que esas perturbaciones psicofísicas podían tener alguna raíz en los problemas del corazón: odios, desengaños, etc. Invitando a la conversión, los discípulos se preocupaban por el hombre entero, sabiendo que la apertura sincera a Dios nos abre el camino para resolver mejor las dificultades de nuestra vida en la tierra.

Oración:

“Señor, dame tu fuerza y tu luz para poder ayudar a los demás a resolver sus problemas, sus angustias, sus perturbaciones. Dame la palabra justa y la actitud correcta para que mi vida sea fecunda en los hermanos, para que a través de mí pueda actuar mejor tu poder divino”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

No se hará acepción alguna de personas

32. Fuera de la distinción que deriva de la función litúrgica y del orden sagrado, y exceptuados los honores debidos a las autoridades civiles a tenor de las leyes litúrgicas, no se hará acepción de personas o de clases sociales ni en las ceremonias ni en el ornato externo.

¿Cuál es tu desierto?

1.- Frecuentemente el desierto ha sido considerado como lugar privilegiado de encuentro con Dios. Los Santos Padres se retiraron al desierto buscando allí la presencia de Dios. Hoy, sin embargo, la palabra «desierto» tiene para nosotros otras connotaciones no tan positivas. Hace un mes nos enterábamos que muchos subsaharianos habían atravesado el desierto para llegar a la frontera de Ceuta y Melilla buscando trabajo y una vida más digna. Pero la mayoría fueron devueltos al desierto, donde sin duda sufrirán unas condiciones extremas e inhumanas. El desierto para ellos es un lugar de paso donde no quieren quedarse. Ni siquiera los participantes del París-Dakar quieren quedarse allí. Lo atraviesan raudamente, sin detenerse en el camino.

Hoy el profeta Isaías, en el Libro de la Consolación, nos pide que preparemos un camino al Señor en el desierto. ¡Cuántos desiertos hay a nuestro alrededor! Desde el que sufre el inmigrante que ha dejado su patria y no acaba de encontrar el trabajo que busca, hasta los hombres y mujeres que viven el desamor de una familia desestructurada, pasando por los niños y ancianos desatendidos porque hay otras prioridades que atender… ¡Cuánta soledad, vacío y desesperación! Estos son los desiertos de nuestro tiempo, quizás también los tuyos. El lugar inhóspito se convertirá en un lugar de salvación gracias a la intervención de Dios, que se hace presente en medio del pueblo en el exilio como pastor que apacienta su rebaño y lleva en brazos los corderos. El Señor trae la paz y la justicia, pero espera nuestra colaboración.

2. – Nuestra tarea es preparar una calzada a nuestro Dios, «que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». ¿Cuál nuestra colina? Quizá sea nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. Pero podemos también vivir sin valorarnos, con una falsa humildad y abatimiento. Por eso se nos dice que nos levantemos y reconozcamos los dones que Dios nos ha dado para ponerlos a disposición de los hermanos. A veces nos empeñamos en caminar por caminos tortuosos o escabrosos. Dios quiere que eliminemos los baches y las curvas que nos desvían de la senda verdadera. Tanto Isaías como Juan Bautista nos hacen una llamada a la conversión.

3.- El domingo pasado se nos pedía una esperanza activa. El Señor viene, pero nosotros tenemos que ir hacia El. Esto exige un cambio de mente y de corazón. Es decir, requiere volvernos a Dios. El mensaje de este segundo domingo de Adviento es la conversión. El bautismo de Juan es una preparación para la llegada de aquél que viene detrás «y yo no merezco agacharme para desatarles las sandalias». El bautismo de agua es sólo de penitencia. Hay que empezar por ahí, es decir cambiando de rumbo y de actitud. Pero la auténtica transformación viene del Bautismo con el Espíritu Santo que proclama y ofrece Jesús. Como el fuego purifica y transforma, así también seremos trasformados por el Espíritu si vivimos el Evangelio.

4. – En este Adviento tienes la oportunidad de pararte y preguntarte: ¿qué camino estás siguiendo, el falso o el que conduce a la felicidad? Si vives obsesionado por el dinero, el placer, la vanagloria, el pensar sólo en ti mismo, te estás equivocando. Esto no te hace feliz. Tienes la oportunidad de rectificar y enderezar tu camino. ¿Cómo puedes preparar el camino que conduce a Jesús, qué piedras son las que te hacen tropezar, qué baches son los que te encuentras? Sólo si tienes ilusión y ganas por llegar a la meta, podrás llegar. No lo harás solo, pues hay otros muchos que te acompañan. Prepárate para la Navidad. No te dejes arrastrar por el desenfreno de las cenas, el gasto inútil, las prisas….. Sólo merecerá la pena esta Navidad si encuentras de nuevo tu camino interior y escuchas al Dios de la misericordia, que viene a consolarte y a regalarte la salvación. ¿Estarás atento a su voz?

José María Martín OSA

El desierto puede ser positivo o negativo

1.-. La vida de muchas personas es un desierto. El ir y venir, subir o bajar, trabajar y disfrutar o el movimiento al que estamos sometidos cada día, hace casi imposible el detenerse para saber y palpar que Dios viene a nuestro encuentro.

Y, en este Segundo domingo de Adviento, con el profeta Isaías y con San Juan sentimos que “en ese desierto” “en esa realidad dura” que nos toca vivir, es donde hemos de construir un camino para el Señor.

Desde la mañana hasta la noche, nuestra agenda está tan colapsada, que resulta muy difícil hacer un hueco para lo trascendente. El adviento, a los cristianos, nos vacía, nos esponja, nos sensibiliza: ¿Qué estás dispuesto a realizar para que tu vida sea un camino para Dios?

2.- Porque hay dos clases de desierto: el que no deja que nazca nada bueno en torno a nosotros y, aquel otro, que posibilita un encuentro con nosotros mismos, con la fe, con la esperanza, con Jesús que viene, con esa realidad interior que nos abre y nos conduce a la esperanza.

Los caminos que conducen a la Navidad no pueden ser aquellos falsos anuncios de felicidad, que nos invitan a un simple sueño de lotería, al dulce o al cotillón de nochevieja. Los caminos, que conducen a una auténtica Navidad, son aquellos que nos hacen vivir y recuperar el sentido más profundo de esos días: Dios sale a nuestro encuentro. ¿Seremos capaces, en medio de tantos atajos, de acondicionar un sendero limpio, sencillo, humilde para que Jesús venga por El?

El camino de cada uno, nuestra propia historia (con grandezas y con miserias incluidas) es la vía que Dios utiliza para venir hasta nosotros. Juan Bautista se hizo camino para indicar a otros la llegada de Jesús. Esto, como cristianos, nos debe de interpelar seriamente: ¿somos recordatorio de la llegada de la Navidad o rito que se repite sin una gran verdad de fondo? ¿Nos diluimos como la sal en el agua? ¿Presentamos a Jesús como algo que merezca la pena ser vivido, amado y seguido?

3.- A Juan Bautista le costó la cabeza su fidelidad y su tenacidad por las cosas de Dios. Cogió el camino que le conducía hasta Jesús y, a partir de ese momento, no supo entender su propia existencia sino desde su más profundo convencimiento: viene Alguien grande detrás de mí. Esa intuición de que Jesús llega, hoy y ahora, nos debería de llevar a un entusiasmo en nuestra acción evangelizadora. El adviento, por ello mismo, es un enderezar aquellos caminos que se han quedado en sendas conquistadas por el matorral, en calzadas marcadas por la incredulidad o la pereza, en autopistas donde vamos a tanta velocidad que, ni tan siquiera, disfrutamos de tantas cosas buenas que nos da la vida.

¡Preparad el camino al Señor! Lo haremos, Señor. Con la esperanza o seguridad de que vienes detrás de nosotros. Con el propósito de que, la Navidad, será Navidad si dejamos un hueco para que Tú nazcas.

4.- Estos días, en una gran ciudad, observaba como unos operarios se afanaban en preparar diversos motivos de luz para las navidades. Por un momento, me asoló un pensamiento: ¿serán conscientes de por qué y para qué los ponen? ¿Estaremos iluminando las calles por donde va a venir Dios o, simplemente, dándoles más colorido y superficialidad?

Pidamos al Señor, que en lo más hondo de nuestro corazón, siga encendida la estrella de la fe. Y, eso, no se consigue a base de kilowatios, sino con vigilancia, conversión y santa esperanza.

Javier Leoz

El Señor se acerca sin ruido

1.- El adviento es el anuncio, es el grito en el desierto de la llegada de algo, o, mejor dicho de alguien que ya está en la puerta y llama, de alguien que está larga y dolorosamente esperando. Adviento es esperar con el corazón latiendo alegre, porque el Señor está cerca; digo, se acerca a nosotros sin ruido, como quien llega de puntillas para sorprendernos y ver en nuestras pupilas el destello de alegría por el reencuentro y las lágrimas de emoción. Y con todo ello sentirnos queridos.

2.- Adviento no es conmemoración de algo pasado, de que Jesús vino al mundo. Ni es la espera bullanguera de una Navidad llena de luces, regalos, turrones y bebidas. Es la espera callada del Señor que está en la puerta y llama. “Y si alguien me abre entraré y cenaré con él…” ¿No le abriremos tampoco este año?

Lope de Vega puso así sus llamadas y nuestras demoras

Alma asómate agora a la ventana

verás con cuanto amor llamar porfía

y cuantas, hermosura soberana,

mañana le abriremos, respondía,

para lo mismo responder mañana.

3.- Juan, el Bautista, parecía conocer esos versos, que son la eterna entre el hombre y Dios. Y Juan nos pide “metanoia”, que es cambio de manera de pensar. Cambio de actitud con el Señor, cambio de dirección.

Invertir la escala de valores: que es pasarlo bien, o tener cuanto más mejor, que tenemos en lo alto de la escala. Y que eso baje a los más bajos escalones y que en lo alto aparezca Dios, nuestro fin, y el hombre, nuestro hermano.

4.- Y como la Virgen María fue llamada a ser santa e inmaculada, nos dice hoy San Pedro que nosotros hemos sido llamados a ser santos e irreprochables. Y para que esto fuera posible, a pesar de la viborilla que llevamos dentro y que nos hace hacer lo que no queremos, como dice San Pedro, el Señor en el bautismo nos dio un germen de Dios, un transplante de corazón para que se desarrolle nuestra vida nueva.

Pero para que ese germen se desarrolle hay que decir un SÍ a la vida nueva, un SÍ a eso de querer vivir como irreprochables. ¿Somos irreprochables en alma y cuerpo? ¿Irreprochables en la honradez de nuestras vidas? ¿En la bondad de corazón con los demás? ¿Irreprochables en nuestros amores? ¿Amamos sin esperar nada a cambio o nos amamos a nosotros y nuestro amor es puro egoísmo?

Si vamos siendo irreprochables, si nuestro, si nuestro pequeñito Sí a Dios va haciéndose más sonoro, entonces el transplante del corazón de Dios al nuestro se ve realizado sin rechazo y hay esperanzas de que lleguemos a ser como María, santa, inmaculada, irreprochable.

José Maria Maruri, SJ

Rendijas

Son bastantes las personas que ya no aciertan a creer en Dios. No es que lo rechacen. Es que no saben qué camino seguir para encontrarse con él. Y, sin embargo, Dios no está lejos. Oculto en el interior mismo de la vida, Dios sigue nuestros pasos, muchas veces errados o desesperanzados, con amor respetuoso y discreto. ¿Cómo percibir su presencia?

Marcos nos recuerda el grito del profeta en medio del desierto: «Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos». ¿Dónde y cómo abrir caminos a Dios en nuestras vidas? No hemos de pensar en vías espléndidas y despejadas por donde llegue un Dios espectacular. El teólogo catalán J. M. Rovira nos ha recordado que Dios se acerca a nosotros buscando la rendija que el hombre mantiene abierta a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello, a lo humano. Son esos resquicios de la vida a los que hemos de atender para abrir caminos a Dios.

Para algunos, la vida se ha convertido en un laberinto. Ocupados en mil cosas, se mueven y agitan sin cesar, pero no saben de dónde vienen ni a dónde van. Se abre en ellos una rendija hacia Dios cuando se detienen para encontrarse con lo mejor de sí mismos.

Hay quienes viven una vida «descafeinada», plana e intrascendente en la que lo único importante es estar entretenido. Solo podrán vislumbrar a Dios si empiezan a atender el misterio que late en el fondo de la vida.

Otros viven sumergidos en «la espuma de las apariencias». Solo se preocupan de su imagen, de lo aparente y externo. Se encontrarán más cerca de Dios si buscan sencillamente la verdad.

Quienes viven fragmentados en mil trozos por el ruido, la retórica, las ambiciones o la prisa darán pasos hacia Dios si se esfuerzan por encontrar un hilo conductor que humanice sus vidas.

Muchos se irán encontrando con Dios si saben pasar de una actitud defensiva ante él a una postura de acogida; del tono arrogante a la oración humilde; del miedo al amor; de la autocondena a la acogida de su perdón. Y todos haremos más sitio a Dios en nuestra vida si lo buscamos con corazón sencillo.

José Antonio Pagola