Comentario – Miércoles II de Adviento

(Mt 11, 28-30)

Jesús invita con ternura y compasión: “Vengan a mí”. Pero su invitación se dirige sobre todo a los cansados y agobiados, a los que ya no saben qué hacer con el peso de sus vidas, y a los que no pueden encontrarle el sabor a la existencia porque tienen demasiadas preocupaciones.

Y Jesús, desde la infinita misericordia de su corazón ofrece descanso, ofrece alivio al agobiado. Él puede dar verdadero abrigo, calor, reposo, alivio y esperanza en medio de las duras pruebas de la vida. Pero para eso nos indica dos caminos: uno es el de tomar con él el peso, compartirlo con él, descubriendo su presencia de amor en medio de nuestros cansancios. Se trata de darle sentido a las preocupaciones y dolores de la vida uniéndonos místicamente a Jesús.

El segundo camino es el de contemplarlo a él cargando su propia cruz sin lamentos ni quejas, ofreciendo su propia vida hasta el fin.

Contemplándolo a él, que carga pacientemente su cruz sin odios ni rebeldías, podemos unirnos más íntimamente a él en el dolor, experimentando cómo místicamente nuestras propias llagas se unen a las suyas en la cruz. Es lo que experimentaba San Pablo al decir “estoy crucificado con Cristo, ya no soy yo el que vive” (Gál 2, 19-20), o al decir “llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús” (Gál 6, 17).

Cuando Jesús dice que su carga es llevadera y liviana nos está haciendo ver que Dios no nos pide nada imposible. Pero si nos parece imposible como decía San Agustín, entonces pidamos a Dios su gracia para que sea posible.

Oración:

“Jesús, dame la gracia de unirme a ti en el dolor y en el cansancio; concédeme que pueda encontrar alivio en tu presencia, sintiendo cómo mis angustias se unen a tu pasión. Porque aunque estás resucitado, me concedes unirme a tu entrega suprema en la cruz”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día