Vísperas – Jueves II de Adviento

VÍSPERAS

JUEVES II DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 29: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«no vacilaré jamás»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi lengua sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

SALMO 31: ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

— Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA: St 5, 7-8.9b

Tened paciencia hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. Mirad que el juez está ya a la puerta.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

PRECES

Imploremos a Cristo, luz resplandeciente, que prometieron los profetas a los que habitan en tierra de sombras, y digámosle:

Ven, Señor Jesús

Cristo, Palabra de Dios, que en el principio creaste todas las cosas, y en la etapa final del mundo tomaste nuestra naturaleza humana,
— ven y arráncanos de la muerte.

Luz verdadera que alumbra a todo hombre,
— ven y disipa las tinieblas de nuestra ignorancia.

Hijo único que estás en el seno del Padre,
— ven y danos a conocer el amor de Dios.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que abres las puertas de todas las cárceles,
— admite en el festín de tus bodas a cuantos aguardan a la puerta.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Imploramos, Señor, tu misericordia y te suplicamos que, por la intercesión de tu obispo san Nicolás, nos protejas en todos los peligros, para que podamos caminar seguros por la senda de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves II de Adviento

1.-Introducción

Señor, hoy quiero que me ayudes a meditar en la gran figura de tu primo Juan. Cuando se abrazaron las dos madres embarazadas, María e Isabel, el niño Juan dio un salto en el vientre de su madre. Es el salto de júbilo del pueblo judío y de la humanidad entera ante la venida de Jesús. San Juan recogía los deseos, las nostalgias, las ilusiones del pueblo judío y también de toda la humanidad que salta de júbilo ante la llegada de Dios a nuestro mundo. 

2.- Lectura sosegada de la Palabra de Dios. Mateo 11,11-15

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «Os aseguro que no ha surgido entre los hombres nadie mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él. Desde que apareció Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos pretenden apoderarse de él. Pues todos los profetas y la ley anunciaron esto hasta que vino Juan. Y es que, lo acepten o no, él es Elías, el que tenía que venir. El que tenga oídos, que oiga».

3.- Qué dice este evangelio.

Meditación-Reflexión.

Jesús tiene para Juan Bautista el más grande de los elogios: “No ha surgido entre los hombres nadie mayor que Juan”. ¿Por qué será? Su gran humildad. Normalmente, cuando nos preguntan como a Juan: Tú, ¿quién eres? sacamos todos nuestros títulos…soy doctor, soy licenciado, soy Obispo, soy párroco, soy maestro etc. En cambio. San Juan dice Yo no soy… No soy el Mesías, no soy profeta… No soy… ¿Quién eres? Mi misión es ser referente a Otro. Dar paso al que viene detrás de mí y es más que yo. Lo importante para Juan es señalar con el dedo a Jesús y decir: Ése es el Mesías, ése es el importante. Nos cuesta dar paso a otro. Nos cuesta aceptar que no somos importantes, imprescindibles…que hay otro que viene detrás y hace las cosas como nosotros y mejor que nosotros. Nos cuesta decir como Juan: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya”.  Pero ahí está precisamente la grandeza de este hombre. Otro aspecto es la valentía como profeta. Herodes se ha separado de su legitima mujer y se ha unido con su cuñada. Es un escándalo para el pueblo. Y Juan tiene la valentía de decírselo. Por eso es encarcelado. Él sí que está en la cárcel, pero a la verdad no se le puede encarcelar. En la cárcel le cortarán la cabeza, pero esa cabeza en la bandeja seguirá hablando por los siglos.

Palabra autorizada del Papa.

“Con excepción de la Virgen María, Juan el Bautista es el único santo del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como un profeta que termina el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, el Ungido del Señor. De hecho, será Jesús mismo el que hablará de Juan con estas palabras: «Este es de quien está escrito: He aquí, que yo envío mi mensajero delante de ti / que preparará tu camino por delante de ti. En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él»» (Benedicto XVI, 24 de junio de 2012)

4.- Qué me dice hoy a mí esta Palabra. (Silencio)

5.- Propósito: Diré siempre la verdad aunque ésta me comprometa.

6.- Dios me ha hablado con su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, me ha impresionado la figura de Juan Bautista. Cuando queremos afirmar algo con rotundidad solemos decir: “Y esto será así hasta que San Juan abaje el dedo”. San Juan nunca bajará el dedo porque siempre está señalando a Jesús como la persona que más necesitamos, la que nos salva, la que nos libera, la que nos da la verdadera felicidad. Ojalá que mi dedo, mi mirada, y mi corazón estén siempre orientados a Jesús.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La Encarnación del Hijo de Dios, la mayor muestra de su Amor (amor de Dios a los hombres)

[…] ninguna prueba de la caridad divina hay tan patente como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre (Santo Tomás, Sobre el Credo, I, c., 59).

¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una gran prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre (San Bernardo, Sermón 1, sobre la Epifanía).

Aprende, pues, ¡oh, hombre!, y conoce a qué extremos llegó Dios por ti. Aprende (en Belén) esa lección de humildad tan grande que te da un maestro sin hablar todavía. En el paraíso tú tuviste tal honor que pudiste poner nombre a todos los animales, y aquí tu Creador se ha hecho tan niño, que ni aún puede dar a la suya el de madre. Tú en aquel vastísimo lugar de ricos bosques te perdiste desobedeciendo. Él se ha hecho hombre mortal en tan estrecha posada para buscar, muriendo, al que estaba muerto. Tú, hombre, quisiste ser Dios y pereciste. Él, Dios, quiso ser hombre y te salvó. ¡Tanto pudo la soberbia humana que necesitó de la humildad divina para curarse! (San Agustín, Sermón 183).

Comentario – Jueves II de Adviento

(Mt 11, 11-15)

Aparece el Bautista como el que resume todo el Antiguo Testamento y lo orienta a Cristo. Porque “hasta Juan todos los profetas y la ley eran un anuncio” (v. 13), estaban diciendo que había que esperar un Salvador.

Juan el Bautista está prestando la voz a todo el Antiguo Testamento para señalar a Jesús y decir: “¡Aquí está, éste es el esperado! ¡En él se cumplen las expectativas más profundas de tantos siglos y siglos de espera; por eso ahora ya no hay que esperar, sólo hay que aceptarlo!” Desde Juan el Bautista ya no se trata de una esperanza remota o de un anuncio lejano. Juan está anunciando un Reino que ya se hace presente con toda su fuerza, con toda su “violencia” (vv. 12-13), porque el Mesías ya está aquí. Este Reino está hecho para los valientes, los “violentos” (Lc 16, 16), no para los cobardes como el joven rico (Mt 19, 22), las autoridades miedosas (Jn 12, 42), o los fariseos instalados.

Sin embargo, hay que reconocer que el Mesías que ya llegó, todavía no ha podido renovar plenamente este mundo en la justicia y la paz. Por eso seguimos esperando una nueva venida donde todo será llevado a su plenitud. Por eso, aunque él ya vino, podemos seguir diciendo: “¡Ven Señor!”

Nuestra propia historia también podría mostrarnos cómo el Espíritu Santo nos fue preparando para el encuentro con Cristo, para reconocer que sólo en él esta nuestra salvación. Pero además, una vez que lo encontramos descubrimos mejor el sentido de todo lo que vivimos antes.

Sólo en el cielo tendremos una visión clara y una comprensión acabada del sentido de todo lo que nos ha sucedido, sólo en la gloria veremos el bien que Dios ha ido sacando también de nuestros males.

Pero a la luz de nuestro encuentro con Cristo podemos vislumbrar algo de eso ya desde ahora. Por eso es bueno a veces detenerse serenamente a mirar para atrás y reconocer bajo la nueva luz de nuestro encuentro con Cristo el sentido de todo lo que nos ha sucedido en la vida, así como Juan el Bautista mostraba que el sentido del Antiguo Testamento y sus promesas se aclaraba mejor con la llegada de Jesús.

Oración:

“Señor, dame un corazón abierto para descubrir cada día a Cristo que viene a mi vida, para reconocer que todo lo que he vivido es como una preparación para encontrarme con él que cada día viene a mi encuentro de una manera nueva”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

D) Normas para adaptar la Liturgia a la mentalidad
y tradiciones de los pueblos

37. La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva integro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico.

Juan testigo de la luz y de la alegría

1.- Dios veía desde su trono del cielo al mundo entero envuelto en tinieblas, más oscuras aún que cuando en la creación del Universo todo era una masa amorfa sin sol ni luna y antes de enviar a su Hijo envía a un mensajero.

Y de esa oscura tiniebla surge una desdibujada figura de hombre, vestido con pieles de camello con una titilante antorcha en la mano. Surge Juan Bautista como aurora vacilante en la noche, como faro que anuncia bajíos en la costa, como estrella polar que señala el norte a los navegantes.

Surgió de la tiniebla un hombre, un testigo de la luz:

* Testigo contra la falsedad de la tiniebla. Viene a presentar una denuncia contra la mentira de esta vida. Testigo de que la mentira de los poderosos, charlatanes, sacamuelas y embaucadores acabará un día y triunfará de verdad plena a la luz.

* Antorcha vacilante que denuncia el odio, la violencia, el asesinato, que enturbia todo el humo de las bombas y metralletas. Denuncia que ese no es el mundo que Dios quiso desde el principio cuando hizo a los hombres hermanos.

* Denuncia que el explotar a la mayoría de los hombres para que vivan una minoría opíparamente nunca fue el proyecto del Señor.

* Esa antorcha vacilante nos anuncia que hay otra clase de hombres, que en vez de generar una historia de muerte y guerra genera un mundo de paz, de fraternidad, luz, alegría y amor.

Por eso nos dice San Pablo hoy “alegraos”, porque esa denuncia de Juan Bautista no es vana. Está refrendada por el mismo Dios que le ha hecho surgir de las tinieblas para dar paso a la luz.

* Alegraos porque el Señor está cerca. Alegraos porque ese Señor os inundará de paz, como empapa el agua a la esponja. Alegraos porque ese Señor que ha venido prometiendo la luz de la Verdad a través de los siglos por los Profetas, cumplirá sin duda su palabra.

2.- Juan surgió de la tiniebla como testigo de la luz y testigo de la alegría. Juan es la voz que grita en el desierto, donde nadie oye su voz porque los que deberían escucharla no la escuchan y por eso les dice Juan “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”.

Hoy hay quien alardea públicamente de conocer a Dios, que esclaviza a los débiles, cuando son ellos esclavos del poder, del dinero, del placer.

Pero tendríamos que preguntarnos nosotros también si no es el Señor un desconocido para nosotros. Si no tenemos un Dios desconocido, como aquella estatua de que nos habla San Pablo que tenían los atenienses entre sus dioses para no dejar de adorar a ningún dios posiblemente existente.

3.- ¿Será nuestro Dios un desconocido para nosotros? Juan les dice que no conocen a Dios a los levitas y a los sacerdotes, a los que sabían teología, Sagrada Escritura, Moral… los que monopolizaban a Dios.

Y es que Dios no se le conoce con mucha ciencia. Se le conoce con el corazón. Cuántas veces son las gentes sencillas las que sintonizan de verdad con Dios.

No es la fría lógica la que nos lleva a Dios, es el calor humano. No conoce el padre al hijo mejor con raciocinios que la madre con la intuición del corazón.

Todos nosotros tenemos Fe, y muchos sin duda una fe muy fundada en estudios, pero para sintonizar con Dios, para que Dios no sea un desconocido para nosotros, necesitamos que esa Fe baje de la cabeza al corazón.

Y sólo cuando esa Fe caliente nuestros corazones seremos como Juan el Bautista, antorchas en medio de las tinieblas de nuestra sociedad y testigos de la luz y de la alegría de un Dios bien conocido por nosotros.

José María Maruri, SJ

En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Hubo un hombre enviado por Dios, de nombre Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino testigo de la luz.

Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a preguntar a Juan: «Tú, ¿quién eres?». Su testimonio fue claro y rotundo: «Yo no soy el mesías». Y le preguntaron: «Entonces, ¿qué?; ¿eres Elías?». Y dijo: «No lo soy». «¿Eres el profeta? ». Respondió: «No». Ellos insistieron: «Pues, ¿quién eres, para llevar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».

Dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (como dijo el profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos. Éstos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el mesías, ni Elías, ni el profeta?». Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis; viene después de mí, pero yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias». Estas cosas pasaron en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

Juan 1, 6-8.19-28

VER

Vamos a leer en el Evangelio quién contaba a la gente la gran noticia de Jesús.. 

JUZGAR

Juan fue elegido para “dar testimonio” de Jesús.
Jesús tiene que ser “anunciado” por alguien. Si no, tendría muy difícil llegar al corazón de las personas.
Se necesitan chicos y chicas que puedan contar a los demás que Jesús está entre nosotros y nos ama con locura.
¡¿Te animas?!

ACTUAR

• ¿A quién puedo yo anunciarle esta buena noticia?
• ¿Cómo puedo hacerlo? Proponte un compromiso.

ORACIÓN

Jesús hazme valiente
para contar a todos
lo mucho
que nos quieres.

Allanad los caminos

Allanad los caminos de vuestra vida
porque el Señor está cerca.

Él vendrá y llenará de esperanza
a los que la han perdido
y están frustrados y tristes.
Vendrá y traerá la paz
a los que andan preocupados
y no saben descansar en ningún regazo.
Vendrá y será nuestra luz

en medio de la noche y las tinieblas
para que no nos perdamos.

Vendrá y nos ofrecerá su compañía
para que nadie se sienta solo y abandonado.
Vendrá y se convertirá en guía

de quienes están cansados y rendidos,
y de los eternos desilusionados.

Allanad los caminos de vuestra vida
porque el Señor está cerca.

Él vendrá como el rocío mañanero,
como la luz del alba,

como la lluvia que empapa la tierra,
como el sol que calienta nuestra existencia,
como el aire que infunde vida,

como la nieve que nos cubre de blancura.
Él cambiará nuestros corazones de piedra
en corazones de carne cálida y tierna,
lavará nuestro rostro con agua fresca,
despertará nuestros ojos dormidos,
ablandará la dureza de nuestras entrañas,
guiará nuestros pasos vacilantes

por sendas rectas y llanas,
perfumará todo nuestro ser

con sus fragancias
y fecundará nuestra vida yerma.

Allanad los caminos de vuestra vida
y esperad al Señor que ya llega.

Los que pasáis por este mundo
sin encontrar sentido a la vida,
los que sobrevivís
a pesar de los golpes y las caídas,
los que seguís caminando
sobreponiéndoos a la dureza del camino;
los que cantáis canciones alegres y solidarias,
los que dudáis de los signos de su presencia,
lo que anheláis conocerle

y escuchar su palabra,
los que cada día abrís
nuevos caminos de esperanza…
Esperad al Señor en el umbral de vuestra casa
porque Él se acerca sin hacer ruido
y trae la paz y el consuelo.

¡No pases de largo, Señor!
¡Detente en el umbral de mi casa!

F. Ulibarri

Notas para fijarnos en el evangelio

• Se nos presenta a Juan (6), el Bautista, como el que “no era la luz” (8). El v. 9, que hoy no leemos, nos dice que aquel que es “la luz verdadera… alumbra a todo hombre”.

• El Evangelio es la presentación de Jesucristo, “luz del mundo” (Jn 8,12; 9,1-41; 1Jn 2,8) que viene al mundo e ilumina a cuantos se le acercan.

• Juan “no es la luz” (8) sino el “testigo de la luz” (7). Siempre que aparece, insiste en lo mismo: “yo no soy el Mesías” (20): y, más adelante: Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de Él” (Jn 3,28).

• El “testimonio” del Bautista se inscribe, según refleja el evangelista Juan, en el juicio que los judíos inician desde el principio contra Jesús. Jesús declarará en ese juicio y aducirá testimonios en favor de sí mismo (Jn 3,11; 5,31 -40; 8,13-20). El testimonio de Jesús es la revelación de su identidad más profunda, ya que se refiere al Padre que lo ha enviado (Jn 3,31 – 36).

• La expresión “los judíos” (19) sale 67 veces en el Evangelio según Juan. No tiene un sentido étnico (el pueblo judío como tal) sino religioso: en este Evangelio son los representantes del pueblo de Israel que se oponen a la comunidad del evangelista y a la fe que dicha comunidad tiene en Jesús. Pero al mismo tiempo la expresión se refiere a la oposición que el mismo Jesús halló en los dirigentes judíos. Leyendo el Evangelio se ve que el marco de la confrontación es a menudo el templo (Jn 2, 13-22; 5, 10-18; 8, 13-20; 10, 22-39).

• Juan Bautista cita (23) al profeta Isaías (Is 40,3). Se coloca en la cadena de los profetas que han sido enviados por Dios a su pueblo como precursores del Mesías.

• El bautismo sólo “con agua” (26) de Juan es, como su misión, preparatorio del bautismo de Jesús, “con Espíritu Santo” (Jn 1,33). Es el Espíritu Santo que envía el Padre (Jn 14,26) y que da Jesús en su Pascua (Jn 20,22).

• Como el domingo pasado, en Mc 1,7, aquí el Bautista habla de su indignidad en relación con Jesús con el signo de “desatar la correa de la sandalia” (27), que era una de las tareas que tenían que hacer los esclavos cuando su amo volvía a casa.

• El acento de este domingo está en la expresión de Juan: “en medio de vosotros hay uno que no conocéis” (27). Juan Bautista nos incita a estar atentos, a reconocer a Aquel que, hace más de dos mil años y ahora también, está “en medio de nosotros”, en la vida de los hombres y las mujeres que “Dios ama” (Lc 2,14), como se nos recordará en Navidad.

Comentario al evangelio – Jueves II de Adviento

Una convicción muy extendida en el judaísmo de la época de Jesús era el regreso del profeta Elías en vísperas de la era mesiánica (cf. Mal 3,23). Cuando Jesús dijo que el degollado Bautista era Elías, en realidad estaba haciendo una confesión sobre sí mismo: lo admitan o no, él es el mesías, y no hay que esperar a otro (Lc 7,19). En otro momento de su ministerio, cuando le preguntan sobre el misterioso retorno de Elías, responde: “Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido” (Mc 9,13), en referencia, sin duda, a la muerte violenta sufrida recientemente por el Bautista. Dado el papel que Juan desempeñó, tanto para con Jesús y sus seguidores, como para los fieles de la comunidad de Mateo, sobra toda especulación sobre la vuelta de Elías: el papel que a él se le asignaba lo ha realizado el Bautista amplia e inconfundiblemente. Seguramente ni Jesús ni los primeros creyentes identificaron al Bautista con Elías a priori, sino a posteriori, a la luz de ese cumplimiento.

En los orígenes cristianos hubo una cierta concurrencia entre los partidarios de Juan el Bautista y los de Jesús; ¿quién de los dos sería el Mesías? Percibimos tal discusión en el prólogo del cuarto evangelio; al mencionar al Bautista, el autor afirma inmediatamente: “no era él la luz, sino el destinado a dar testimonio de la luz” (Jn 1,8). Al Bautista le cupo en suerte un cometido único, insuperable: ser el testigo inmediato de la mesianidad de Jesús y seguidamente ser su “pedagogo”; le señaló como “el Cordero de Dios” y le admitió en su comunidad; por un tiempo Jesús fue discípulo del Bautista; en su comunidad Jesús reflexionó, oró y afianzó su autoconciencia mesiánica, y del Bautista aprendió a guiar a un grupo hacia la esperanza última de Israel: Jesús fue discípulo antes de tener discípulos. La grandeza del Bautista, que tanto pondera Jesús, la tuvo igualmente presente la iglesia primitiva; el autor de los Hechos de los Apóstoles, al reproducir lo que debieron de ser los primeros discursos de Pedro y Pablo, en Cesarea y en Antioquía de Pisidia respectivamente, comienza con una referencia al ministerio de Juan el Bautista (cf. Hch 10,37; 13, 24).

Cundo los evangelistas transmiten estos recuerdos, están haciendo algunas advertencias a sus propias comunidades. Ante todo las invitan a no perderse en nuevas búsquedas o especulaciones y a que, como Juan, sean pregoneras y precursoras de Jesús. No deben predicarse a sí mismas, sino al Jesús, como hizo el Bautista; también ellas deben menguar para que Él crezca. Y esas advertencias sirven igualmente a muchos creyentes de nuestro tiempo, que tan fácilmente se entregan a la búsqueda de falsos mesías o salvadores y llegan a la locura de llamar “dios” a un deportista toxicómano y “catedral” a un estadio de balompié. La Iglesia será grande en la medida en que se haga pequeña como el dedo de Juan el Bautista, fiel indicadora de Jesús presente, y también en la medida en que se aplique el conocido cántico “no adoréis a nadie, a nadie más que Él; no busquéis a nadie, a nadie más que a él”. Seamos creyentes centrados, y no dispersos; esto será fuente de salud psíquica y espiritual.

Severiano Blanco cmf